Miras el tranvía desde el interior de una luz que parece opaca. Lo escuchas más que lo ves. Hay humo en el cielo, poca gente en las aceras, es casi verano. No se ve el sol.
Eres dueño de una pequeña nota manuscrita que coserias al interior de tu ropa como si fuese un salvoconducto: hay una mujer que compartió con él unos pocos años, parece que felices, en un lugar que ni encuentras en el mapa. Vive en otra ciudad, aún está viva.
Quieres desaparecer de ese restaurante, abrir no se sabe que ventana, que habitación, que casa, entrar en otro lugar. Piensas en lo que has leído por la mañana: personas con paciencia, inseguridades y compasión.
Al fin das con la estación de tren para viajar a Tomsk, muy lejos de donde ahora estás. Duermes en un asiento incómodo pero puedes encender una lamparita cálida con la imaginación, incluso cenar con un amigo en un vagón que no existe. Compruebas a cada rato que la inscripción cosida en tu ropa permanece en su sitio, un nombre y una dirección son un mapa completo del mundo.
V. es una mujer alta y con unos ojos azules pequeños, con el pelo muy corto y un vestido de flores violáceas que le llega casi hasta los pies. Es muy mayor y camina con cierta dificultad, también con mucha elegancia. Es una mujer hermosa y te gustaría decírselo pero no te atreves. Habla un poco tu idioma, lo aprendió mientras vivieron aislados cerca de un lago interior, lejos de todo, asegura.
He hecho cosas a medias, pero al menos las he hecho, te dice. No sé que siento ahora que se aproxima el final, todo es una mezcla y nada permanece mucho tiempo, salvo la ternura y la dedicación que nos dimos en esos pocos años. Por la mañana, en mitad de un frío polar, dormíamos hasta muy tarde. La casa estaba fría y no había nada que hacer, solo permanecer juntos y observar las dos estaciones (nunca hubo cuatro) que se alternaban en aquel lugar. Pero a la noche, luego de horas con el fuego encendido y la casa caliente, no encontrábamos el momento de irnos a domir. Hablábamos tanto como callábamos.
Un día salimos a caminar y nos perdimos en el bosque. Buscábamos el lago, una orilla, y solo había árboles sin hoja. Tardamos en encontrar la salida. A veces cocinábamos durante todo el día y lo que no éramos capaces de comer lo sacábamos a un pequeño cobertizo para que el frío lo congelase rápido. Muchas veces, sin rozarnos la piel, nos besábamos.
Los dos teníamos un largo pasado, familias extraviadas en algún lugar. No éramos jóvenes. Pero también nos gustaba pensar que todo acababa de comenzar y que cuando desapareciese la nieve y se abriese el camino nos iríamos de allí aunque sin saber adónde. Yo tenía una foto de la Piazza San Marco de Venecia y le pedí ir juntos. Me dijo que sí.
La casa en que vivía era un pequeño piso de alquiler. Estaba en Tomsk porque allí vivía una de sus hijas, parte de aquella familia extraviada de la que me hablaba. Apenas se veían.
V. movía las manos en el aire y todo su cuerpo se desplazaba años atrás. A veces se levantaba para explicarte algo y entonces las flores de su vestido se agitaban como si hubiese entrado el viento. La casa olía muy bien, olía a madera. Y de pronto, sus ojos muy firmes en ti. Unos segundos después dijo que quería pedirte algo: había una música que ellos habían disfrutado juntos muchas veces: le gustaría escucharla ahora contigo.
Cuando la aguja bajó al disco, y mientras parecía observar los primeros sonidos, acercó su silla y te cogió la mano con mucha firmeza. Tu mano era el hilo del tiempo, aquella habitación luminosa una tela de araña laboriosa y también cruel.
No sabes cuanto duró la pieza, tal vez seis o siete minutos, puede que una hora. Era una música preciosa, una especie de lamento con aires de danza ceremoniosa, lenta. Pensaste en una imagen que habías visto hace años en otro país: la luz de un láser escribía un nombre sobre una plancha de acero.
La abrazaste en silencio, luego dijiste gracias. Aquello era mucho más que la información que venías buscando. Sentiste que podrías quedarte a cuidarla, incluso llevarla a la Piazza San Marco. Cuando se levantó y salió de la habitación copiaste en tu libreta el título de la música: la Sonata Seconda de Johann Heinrich Schemelzer, un músico del que nada sabías y una pieza que no has querido buscar, solo recordar.
Imposible comprender cómo pudiste abandonar aquella casa sabiendo que tú eras la única persona capaz de eliminar la crueldad de aquella tela de araña, que escuchaba cada día a Johann Heinrich Schemelzer como si el camino se acabase de abrir.
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31 de julio de 2013
1 de junio de 2013
Vivir con el enemigo
Estraste y tuviste que apretar varias veces la tecla del número 9 para que aquella especie de cápsula empezara a moverse. Había treinta y siete teclas en aquel ascensor y todas parecían vivir sin luz. El edificio más alto de la ciudad. Un pequeño rascacielos rodeado de nieve manchada con la tierra de Vorkuta.
Solo en esa larga ascensión. Nadie más, nada. Y el sonido de las poleas.
La planta nueve era amplia y tal vez luminosa. Alguien que sabía que estabas subiendo te esperaba. Las mínimas palabras y con los gestos venga conmigo.
Frente a un armario de madera que iba desde el suelo hasta el techo, frente de un cajón con caracteres que no supiste descifrar, aquel ser pálido pero sonriente se volvió para mirarte y tuviste la sensación que también con gestos quería decir aquí es.
Pensaste que el sentido más antiguo que poseemos es el olfato, así que intentaste saber algo de aquel lugar. Olía a madera, había algo cálido en aquel archivo. Abrió el gran cajón y lo sacó hacia fuera, después se volvió a mirarte como queriendo preguntar si estabas preparado.
Al no hacer nada entendió que sí. Tú no sabías si lo estabas.
Pero antes de empezar quiso acercar una mesa cuadrada y la colocó frente al gran cajón y entre vosotros dos. Lo primero que sacó fue un sobre del mismo color que la madera. Y luego todo lo demás. No era mucho.
Durante el viaje supiste que aquella caja existía, pero ni te habías imaginado frente a ella. Cuando todo estuvo sobre la mesa, sin mirarte, aquel ser respetuoso retrocedió y se alejó, es posible que quisiese decir este tiempo es suyo, también la soledad en que se va a quedar.
Abriste el sobre y sacaste un pequeño legajo de papeles manuscritos, era una caligrafía preciosa y las palabras estaban escritas en un idioma que conocías.
Vivo con mi enemigo, decía la primera hoja. Y una fecha. Salgo a la calle y ya no sé si sabré volver a casa. No quiero dejar de salir porque quiero poder regresar. Pasaste los dedos sobre las letras y la tinta se movió.
Luego una caja azul y dentro algunas fotografías, pocas. Una mujer desnuda mirando a través del cristal, la espalda en sombra, el pelo largo, parecía tranquila. No sabías quien era.
Te sentaste. Había una pequeña acuarela hecha con tanto esmero y cuidado que parecía un icono. Te hubiera gustado acercarte más y olerla, inclinarte ante ella, rezar todo lo que sabías, acariciar aquella planta dibujada junto a un mantel y una mesa tras una comida. Quizás un día feliz en el que apetecía dibujar después de comer y de beber. Dibujaba bien, seguía haciéndolo desde su indiferencia.
Había un pequeño billete de tren del país del que venías, un billete a la ciudad. Y un tosco juguete de madera. Y dentro de una caja los pétalos caídos de una planta que había florecido y entre ellos las alas de una libélula. Habrías esperado encontrar cartas, escritos, pero sobre todo había objetos.
Hacia semanas los cuidadores te habían dado una anotación suya, hablaba de una caja en la que había depositado, decía literalmente, los objetos del amor, de las historias de amor, pero no solo las que ocurren entre las mujeres y los hombres sino también las que suceden, así estaba escrito, entre las personas y las piedras.
¿Qué se podía hacer ahora con esa caja?, ¿qué se puede hacer con esas cajas? Estuviste tentado de sacar la cámara y fotografiarlo todo, pieza a pieza. Pero retrocediste a tiempo y no lo hiciste, y te alegra haberte dado cuenta que frente a lo que no se puede descifrar hay que saber callar para permanecer cerca, acercándose.
Luego un papel, doblado por la mitad, con la dirección de un hotel lejano. Y al desdoblarlo encontraste una lista de nombres para alguien que pronto va a nacer. Allí estaba tu nombre.
Solo en esa larga ascensión. Nadie más, nada. Y el sonido de las poleas.
La planta nueve era amplia y tal vez luminosa. Alguien que sabía que estabas subiendo te esperaba. Las mínimas palabras y con los gestos venga conmigo.
Frente a un armario de madera que iba desde el suelo hasta el techo, frente de un cajón con caracteres que no supiste descifrar, aquel ser pálido pero sonriente se volvió para mirarte y tuviste la sensación que también con gestos quería decir aquí es.
Pensaste que el sentido más antiguo que poseemos es el olfato, así que intentaste saber algo de aquel lugar. Olía a madera, había algo cálido en aquel archivo. Abrió el gran cajón y lo sacó hacia fuera, después se volvió a mirarte como queriendo preguntar si estabas preparado.
Al no hacer nada entendió que sí. Tú no sabías si lo estabas.
Pero antes de empezar quiso acercar una mesa cuadrada y la colocó frente al gran cajón y entre vosotros dos. Lo primero que sacó fue un sobre del mismo color que la madera. Y luego todo lo demás. No era mucho.
Durante el viaje supiste que aquella caja existía, pero ni te habías imaginado frente a ella. Cuando todo estuvo sobre la mesa, sin mirarte, aquel ser respetuoso retrocedió y se alejó, es posible que quisiese decir este tiempo es suyo, también la soledad en que se va a quedar.
Abriste el sobre y sacaste un pequeño legajo de papeles manuscritos, era una caligrafía preciosa y las palabras estaban escritas en un idioma que conocías.
Vivo con mi enemigo, decía la primera hoja. Y una fecha. Salgo a la calle y ya no sé si sabré volver a casa. No quiero dejar de salir porque quiero poder regresar. Pasaste los dedos sobre las letras y la tinta se movió.
Luego una caja azul y dentro algunas fotografías, pocas. Una mujer desnuda mirando a través del cristal, la espalda en sombra, el pelo largo, parecía tranquila. No sabías quien era.
Te sentaste. Había una pequeña acuarela hecha con tanto esmero y cuidado que parecía un icono. Te hubiera gustado acercarte más y olerla, inclinarte ante ella, rezar todo lo que sabías, acariciar aquella planta dibujada junto a un mantel y una mesa tras una comida. Quizás un día feliz en el que apetecía dibujar después de comer y de beber. Dibujaba bien, seguía haciéndolo desde su indiferencia.
Había un pequeño billete de tren del país del que venías, un billete a la ciudad. Y un tosco juguete de madera. Y dentro de una caja los pétalos caídos de una planta que había florecido y entre ellos las alas de una libélula. Habrías esperado encontrar cartas, escritos, pero sobre todo había objetos.
Hacia semanas los cuidadores te habían dado una anotación suya, hablaba de una caja en la que había depositado, decía literalmente, los objetos del amor, de las historias de amor, pero no solo las que ocurren entre las mujeres y los hombres sino también las que suceden, así estaba escrito, entre las personas y las piedras.
¿Qué se podía hacer ahora con esa caja?, ¿qué se puede hacer con esas cajas? Estuviste tentado de sacar la cámara y fotografiarlo todo, pieza a pieza. Pero retrocediste a tiempo y no lo hiciste, y te alegra haberte dado cuenta que frente a lo que no se puede descifrar hay que saber callar para permanecer cerca, acercándose.
Luego un papel, doblado por la mitad, con la dirección de un hotel lejano. Y al desdoblarlo encontraste una lista de nombres para alguien que pronto va a nacer. Allí estaba tu nombre.
1 de mayo de 2013
Una carpeta y una colmena
Tenía los dedos gruesos y amarillentos. Pero los movía con una elegancia y una precisión que no parecían de aquellas manos.
La punta de todos los dedos estaba manchada de un polvillo verdoso, casi amarillento, finísimo, que todo lo recubría. Lo podías ver porque estabas muy cerca, a su lado en la mesa. Era casi imposible saber si te había visto, concentrado en aquel ir y venir laborioso que lo asemejaba más a un insecto bondadoso que a alguien que había luchado en una guerra y que había matado con aquellas mismas manos.
En la sala no habría más de ocho o diez personas, o pacientes, o enfermos, o gente olvidada. En uno de los laterales una mujer alta y huesuda parecía buscar una música que había olvidado entre las teclas de un piano de pared, un instrumento viejo y bastante desafinado que también ella recorría con el orden de los insectos. Tocaba unos acordes y luego se detenía, bajaba la cabeza, cerraba los ojos y pronto volvía a abrirlos, iniciaba la nueva secuencia de movimientos como si aquella vez fuese la definitiva. Pero a los segundos la música se volvía a interrumpir y a nadie parecía extrañarle.
Pensaste que todas aquellas personas aceptaban lo que ocurría día tras día en aquella sala. Y que lo mejor que podías hacer, ya que nadie te pedía nada era observar y, aunque no pudiese apreciarlo, dedicar tu atención a quien habías venido a ver.
La mesa sobre la que apoyabas los codos tenía algo de parecido al estudio de un pintor. Había un bote de metal con una cola blanca que parecía la de un carpintero y había dos o tres pinceles y una botella de plástico, cortada por la mitad, con agua. El trabajo consistía en separar minuciosamente los pétalos de todas las flores que había en un plato de aluminio y luego pegarlos en una gran hoja blanca con aquella cola casi transparente. Así, una flor tras otra, en un movimiento que por sistemático y calmado llegaba a ser hipnótico.
Una de las cuidadoras, una mujer mayor con la que te conseguiste entender, te había explicado que esa era su tarea desde hacía varios meses: recogía del suelo las flores que las plantas habían dejado caer, las guardaba y clasificaba según un orden indescifrable y luego, de alguna manera, buscaba reconstruirlas sobre un papel, aunque con otra forma y otros colores, porque las entremezclaba.
Sabías que las tareas repetitivas siempre habían sido promovidas en los psiquiátricos, en los manicomios que recogían a los deshauciados de la pobre salud mental de casi cualquier país. Habías visto como los cuidadores les encargaban trocear minuciosamente periódicos hasta reducirlos a pequeños cuadraditos de no más de un centímetro de lado. Y también habías visto como, con esa actividad, la calma parecía ir llegando a los cuerpos angustiados y sin orientación. Pero nunca habías conocido a alguien que reconstruyese flores sobre una hoja en blanco como si estuviese tejiendo una planta.
Te pareció sentir también en ti la paz que produce la repetición. Todo lo que ocurría allí recordaba algo cíclico y básico. Durante una tarde, alguien buscaba algo en el piano mientras otro alguien construía una planta. La colmena trabajaba con precisión y constancia para elaborar la mejor miel: buscar las mejores flores, libar, ir y venir y esperar, sin saberlo, que alguien recojiese el fruto de todo ese viaje aéreo. Pero aquella miel no sería recogida. Las hojas blancas ya cubiertas se acumulaban en una estantería.
Pensaste en que solo quedabas tú con interés por seguir viaje junto a aquella carpeta. Y cuando volviste a mirar sus dedos te diste cuenta que aquel polvillo verdoso que los cubría no era otra cosa que el polen de todas aquellas flores, semillas que la cola blanca había unido a la piel.
La punta de todos los dedos estaba manchada de un polvillo verdoso, casi amarillento, finísimo, que todo lo recubría. Lo podías ver porque estabas muy cerca, a su lado en la mesa. Era casi imposible saber si te había visto, concentrado en aquel ir y venir laborioso que lo asemejaba más a un insecto bondadoso que a alguien que había luchado en una guerra y que había matado con aquellas mismas manos.
En la sala no habría más de ocho o diez personas, o pacientes, o enfermos, o gente olvidada. En uno de los laterales una mujer alta y huesuda parecía buscar una música que había olvidado entre las teclas de un piano de pared, un instrumento viejo y bastante desafinado que también ella recorría con el orden de los insectos. Tocaba unos acordes y luego se detenía, bajaba la cabeza, cerraba los ojos y pronto volvía a abrirlos, iniciaba la nueva secuencia de movimientos como si aquella vez fuese la definitiva. Pero a los segundos la música se volvía a interrumpir y a nadie parecía extrañarle.
Pensaste que todas aquellas personas aceptaban lo que ocurría día tras día en aquella sala. Y que lo mejor que podías hacer, ya que nadie te pedía nada era observar y, aunque no pudiese apreciarlo, dedicar tu atención a quien habías venido a ver.
La mesa sobre la que apoyabas los codos tenía algo de parecido al estudio de un pintor. Había un bote de metal con una cola blanca que parecía la de un carpintero y había dos o tres pinceles y una botella de plástico, cortada por la mitad, con agua. El trabajo consistía en separar minuciosamente los pétalos de todas las flores que había en un plato de aluminio y luego pegarlos en una gran hoja blanca con aquella cola casi transparente. Así, una flor tras otra, en un movimiento que por sistemático y calmado llegaba a ser hipnótico.
Una de las cuidadoras, una mujer mayor con la que te conseguiste entender, te había explicado que esa era su tarea desde hacía varios meses: recogía del suelo las flores que las plantas habían dejado caer, las guardaba y clasificaba según un orden indescifrable y luego, de alguna manera, buscaba reconstruirlas sobre un papel, aunque con otra forma y otros colores, porque las entremezclaba.
Sabías que las tareas repetitivas siempre habían sido promovidas en los psiquiátricos, en los manicomios que recogían a los deshauciados de la pobre salud mental de casi cualquier país. Habías visto como los cuidadores les encargaban trocear minuciosamente periódicos hasta reducirlos a pequeños cuadraditos de no más de un centímetro de lado. Y también habías visto como, con esa actividad, la calma parecía ir llegando a los cuerpos angustiados y sin orientación. Pero nunca habías conocido a alguien que reconstruyese flores sobre una hoja en blanco como si estuviese tejiendo una planta.
Te pareció sentir también en ti la paz que produce la repetición. Todo lo que ocurría allí recordaba algo cíclico y básico. Durante una tarde, alguien buscaba algo en el piano mientras otro alguien construía una planta. La colmena trabajaba con precisión y constancia para elaborar la mejor miel: buscar las mejores flores, libar, ir y venir y esperar, sin saberlo, que alguien recojiese el fruto de todo ese viaje aéreo. Pero aquella miel no sería recogida. Las hojas blancas ya cubiertas se acumulaban en una estantería.
Pensaste en que solo quedabas tú con interés por seguir viaje junto a aquella carpeta. Y cuando volviste a mirar sus dedos te diste cuenta que aquel polvillo verdoso que los cubría no era otra cosa que el polen de todas aquellas flores, semillas que la cola blanca había unido a la piel.
25 de febrero de 2013
Los músicos, viejos soldados
Una tarde de la semana, durante el ensayo de la agrupación musical más importante de Lesosibirsk, probablemente la única que existía.
Un local que por momentos se parecía a un taller de antiguas máquinas y acto seguido a un hospital abandonado. Una sala demasiado grande a las afueras del único barrio que parecía tal cosa.
Una orquesta de antiguos marinos interpretaba música de ese norte, arreglos que un director local había hecho a partir de piezas de la música popular.
Era una tarde bonita, más luminosa de lo habitual. La primavera estaba cerca, tú viajabas hacia el sur, en realidad ibas a Emisejsk, pero de camino algo te retuvo varias horas en aquel lugar. No hacía demasiado frío. Algunos árboles parecían querer emerger de entre la nieve.
Los músicos eran viejos soldados. Sus mujeres, amables y envejecidas, estaban sentadas alrededor de una gigantesca e improvisada mesa. Apoyaban sus codos sobre la madera, custodiaban unos platos tapados con paños blancos, la comida que cerraba cada ensayo. Ellas la habían cocinado y ahora aguardaban mientras jugaban con los pies con dulzura de vieja bailarina.
Casi con seguridad, no había en la sala ninguno de sus hijos. Es posible que ni en el pueblo. Allí no había trabajo (poca veces hay trabajo a lo largo de una carretera secundaria).
Dirigía la banda un hombre mayor y en su chaqueta lucía una estrella de cinco puntas con un fulgor de oro antiguo en el centro. Todos los músicos eran hombres. Y había dos acordeonistas.
Era un ensayo pero en realidad parecía un concierto, las piezas sonaban una tras otra. Nunca se volvía atrás, nadie paraba para analizar mejor un pasaje, todo fluía de manera lenta y parecía que imparable. Aquella música no dejaba de ser un milagro en aquel lugar, aunque a veces una misma pieza pareciese una canción de cuna y algo después una vibrante adaptación de Sostakovich.
De pronto, aunque con una gran suavidad, casi con cansancio, una mujer se levantó y se acercó a uno de los acordeonistas: sin decir nada comenzó a cantar con una voz de bajo muy profunda. Los músicos la aceptaron con tal naturalidad que parecía que la estaban esperando. No entendías lo que decía la letra, pero parecía la historia de un regreso, una marcha lenta. Las otras mujeres callaban. También se escuchaba el fluir del agua caliente a través de las gruesas tuberias. Los cristales de la sala hacía mucho tiempo que no se limpiaban.
Tal vez aquella canción era la señal que indicaría el final del ensayo, pensaste. Es posible que tras ella todos se acercasen a la mesa para abrir los platos de la cena. Comerían en silencio, guardarían los instrumentos y se marcharían a casa. Después, el frío se internaría en la nave y todo habría terminado por aquella vez, también la música.
Pero, por el momento, solo eran imaginaciones porque la canción seguía.
Un local que por momentos se parecía a un taller de antiguas máquinas y acto seguido a un hospital abandonado. Una sala demasiado grande a las afueras del único barrio que parecía tal cosa.
Una orquesta de antiguos marinos interpretaba música de ese norte, arreglos que un director local había hecho a partir de piezas de la música popular.
Era una tarde bonita, más luminosa de lo habitual. La primavera estaba cerca, tú viajabas hacia el sur, en realidad ibas a Emisejsk, pero de camino algo te retuvo varias horas en aquel lugar. No hacía demasiado frío. Algunos árboles parecían querer emerger de entre la nieve.
Los músicos eran viejos soldados. Sus mujeres, amables y envejecidas, estaban sentadas alrededor de una gigantesca e improvisada mesa. Apoyaban sus codos sobre la madera, custodiaban unos platos tapados con paños blancos, la comida que cerraba cada ensayo. Ellas la habían cocinado y ahora aguardaban mientras jugaban con los pies con dulzura de vieja bailarina.
Casi con seguridad, no había en la sala ninguno de sus hijos. Es posible que ni en el pueblo. Allí no había trabajo (poca veces hay trabajo a lo largo de una carretera secundaria).
Dirigía la banda un hombre mayor y en su chaqueta lucía una estrella de cinco puntas con un fulgor de oro antiguo en el centro. Todos los músicos eran hombres. Y había dos acordeonistas.
Era un ensayo pero en realidad parecía un concierto, las piezas sonaban una tras otra. Nunca se volvía atrás, nadie paraba para analizar mejor un pasaje, todo fluía de manera lenta y parecía que imparable. Aquella música no dejaba de ser un milagro en aquel lugar, aunque a veces una misma pieza pareciese una canción de cuna y algo después una vibrante adaptación de Sostakovich.
De pronto, aunque con una gran suavidad, casi con cansancio, una mujer se levantó y se acercó a uno de los acordeonistas: sin decir nada comenzó a cantar con una voz de bajo muy profunda. Los músicos la aceptaron con tal naturalidad que parecía que la estaban esperando. No entendías lo que decía la letra, pero parecía la historia de un regreso, una marcha lenta. Las otras mujeres callaban. También se escuchaba el fluir del agua caliente a través de las gruesas tuberias. Los cristales de la sala hacía mucho tiempo que no se limpiaban.
Tal vez aquella canción era la señal que indicaría el final del ensayo, pensaste. Es posible que tras ella todos se acercasen a la mesa para abrir los platos de la cena. Comerían en silencio, guardarían los instrumentos y se marcharían a casa. Después, el frío se internaría en la nave y todo habría terminado por aquella vez, también la música.
Pero, por el momento, solo eran imaginaciones porque la canción seguía.
8 de febrero de 2013
Existen y no dan explicaciones
Los ríos no necesitan dar explicaciones.
No encuentras una razón para aquella conexión entre lugares, pero existió.
Eran unos días de descanso en mitad del viaje. En la casa había una mesa larga y muy alta pintada de color verdoso, las paredes repletas de cuadros y frente a las ventanas la vegetación de los grandes árboles. No muy lejos el río y algunos kilómetros más allá una ciudad pequeña llena de puentes viejos.
Alrededor de la casa una pequeña selva que los dueños luchaban por controlar. Ni tan siquiera era un jardín, se parecía más a un combate entre árboles pequeños y grandes por alcanzar el tejado y buscar un poco de luz sobre las tejas oscuras. Y de paso agrietar las paredes y la tela que las cubría, de un color terroso, con una preciosa decoración asiática. No había flores pero la casa estaba repleta de ellas.
Era un pequeño refugio y tú eras su invitado. Algunas mañanas te quedabas solo en la casa y entonces todo se convertía en una ceremonia para dar calor. Dormías sobre un futón que plegabas a conciencia. Desayunabas y salías a una primavera que dejaba hielo en todas las comisuras de la casa. Todo brillaba por el frío y la luz limpia. A veces bajabas hasta el río, no más de media hora por caminos de tierra. Nunca te cruzabas con nadie. Nunca fuiste más allá.
Una mañana pediste permiso para buscar algo de música en la estantería que había en la habitación principal. Había cosas conocidas y otras nuevas para ti, recorriste los pequeños lomos de los cedés. Había el silencio de una casa abandonada a la entrada de un bosque. Y entonces lo encontraste.
Entre aquella música había un disco:
Las cantigas de Santa María, por la Schola Cantorum Basiliensis de Thomas Binkley. Un disco raro, muy antiguo, en el que entre otras voces estaba la de Montserrat Figueras. A miles de kilómetros lucía la Strela do día.
A que nunca nos mente
e nossa coita sente,
porqué a non loades?
Del pequeño aparato de música solo funcionaba la radio. Así que te sentaste frente a una de las ventanas, los brazos apoyados en la mesa alta, y con la ayuda del pequeño libreto del disco, intentaste recordar la melodía, las olas que avanzan y retroceden, de la música de Alfonso X el Sabio.
Severnaja, el río que cruza el bosque, y la memoria de unas Cantigas de alabanza compuestas siglos atrás en el país del que venías. ¿Cómo había llegado aquel disco hasta allí?
Cuando comenzaste a recitar en silencio aquellas letras, todas las vocales abiertas comenzaron a expandir su olor. Conocías perfectamente el mar y los ríos de los lugares en los que se habían escrito aquellos versos y ahora volvían a ti de una manera imprevista. Y al detenerte sentiste que el océano, el Douro y las voces portuguesas, existían y se hacían presentes. O Porto. El bisturí de la memoria lo hizo posible y sentiste que aquello podían ser ríos distintos internándose en el mismo mar, aunque donde tú estabas el agua salada estaba muy lejos.
Pero quedaban los canales subterráneos, aquellos que todo lo conectan. Los que no necesitan dar explicaciones y a la vez todo lo alimentan.
A que faz o que morre
viv', e que nos acorre
porqué a non loades?
Cerraste el disco sobre una bonita tela blanca, encima de la mesa grande. Saliste a caminar. Llegaste al pie del río y junto a los abedules había algunas barcas amarradas, el embarcadero se usaba poco, toda aquella zona se había despoblado. Te sentaste en una tabla de madera y estaba humeda. En aquel instante no sabías frente a que río estabas sentado.
No encuentras una razón para aquella conexión entre lugares, pero existió.
Eran unos días de descanso en mitad del viaje. En la casa había una mesa larga y muy alta pintada de color verdoso, las paredes repletas de cuadros y frente a las ventanas la vegetación de los grandes árboles. No muy lejos el río y algunos kilómetros más allá una ciudad pequeña llena de puentes viejos.
Alrededor de la casa una pequeña selva que los dueños luchaban por controlar. Ni tan siquiera era un jardín, se parecía más a un combate entre árboles pequeños y grandes por alcanzar el tejado y buscar un poco de luz sobre las tejas oscuras. Y de paso agrietar las paredes y la tela que las cubría, de un color terroso, con una preciosa decoración asiática. No había flores pero la casa estaba repleta de ellas.
Era un pequeño refugio y tú eras su invitado. Algunas mañanas te quedabas solo en la casa y entonces todo se convertía en una ceremonia para dar calor. Dormías sobre un futón que plegabas a conciencia. Desayunabas y salías a una primavera que dejaba hielo en todas las comisuras de la casa. Todo brillaba por el frío y la luz limpia. A veces bajabas hasta el río, no más de media hora por caminos de tierra. Nunca te cruzabas con nadie. Nunca fuiste más allá.
Una mañana pediste permiso para buscar algo de música en la estantería que había en la habitación principal. Había cosas conocidas y otras nuevas para ti, recorriste los pequeños lomos de los cedés. Había el silencio de una casa abandonada a la entrada de un bosque. Y entonces lo encontraste.
Entre aquella música había un disco:
Las cantigas de Santa María, por la Schola Cantorum Basiliensis de Thomas Binkley. Un disco raro, muy antiguo, en el que entre otras voces estaba la de Montserrat Figueras. A miles de kilómetros lucía la Strela do día.
A que nunca nos mente
e nossa coita sente,
porqué a non loades?
Del pequeño aparato de música solo funcionaba la radio. Así que te sentaste frente a una de las ventanas, los brazos apoyados en la mesa alta, y con la ayuda del pequeño libreto del disco, intentaste recordar la melodía, las olas que avanzan y retroceden, de la música de Alfonso X el Sabio.
Severnaja, el río que cruza el bosque, y la memoria de unas Cantigas de alabanza compuestas siglos atrás en el país del que venías. ¿Cómo había llegado aquel disco hasta allí?
Cuando comenzaste a recitar en silencio aquellas letras, todas las vocales abiertas comenzaron a expandir su olor. Conocías perfectamente el mar y los ríos de los lugares en los que se habían escrito aquellos versos y ahora volvían a ti de una manera imprevista. Y al detenerte sentiste que el océano, el Douro y las voces portuguesas, existían y se hacían presentes. O Porto. El bisturí de la memoria lo hizo posible y sentiste que aquello podían ser ríos distintos internándose en el mismo mar, aunque donde tú estabas el agua salada estaba muy lejos.
Pero quedaban los canales subterráneos, aquellos que todo lo conectan. Los que no necesitan dar explicaciones y a la vez todo lo alimentan.
A que faz o que morre
viv', e que nos acorre
porqué a non loades?
Cerraste el disco sobre una bonita tela blanca, encima de la mesa grande. Saliste a caminar. Llegaste al pie del río y junto a los abedules había algunas barcas amarradas, el embarcadero se usaba poco, toda aquella zona se había despoblado. Te sentaste en una tabla de madera y estaba humeda. En aquel instante no sabías frente a que río estabas sentado.
15 de enero de 2013
Cuando el mar brillaba
No reconocía a nadie. A veces intentaba enderezar la columna, aunque sin levantarse de la silla. La luz era limpia y fría, como si una gran fuente de luz blanca rebotase sobre paneles de hielo. Era el primer día que hacía sol después de tanta niebla.
Os habían dejado solos, todo el tiempo que quisierais para vosotros. Los cuidadores no lo habían dicho pero parecían quererlo decir: quédese si quiere, cuide de él. O váyase, nos da igual. Estamos fuera del mundo. Nadie existe aquí.
Cuando el avión sobrevoló Lajda pensaste que estaba a punto de cumplirse un sueño. El mar brillaba, aún quedan brillos de luz, pensaste. Aquel desvío era uno de los motivos principales del viaje, así que no era un desvío: era la diana de la memoria.
Después, hubo que esperar un gigantesco autobús que caminaba vacío: había que retroceder bastantes kilómetros hasta un terreno boscoso al borde del mar. Entre los árboles un complejo con muchos edificios pequeños que había sido una base naval. Todo era gris. Nada se mantenía en pie. Excepto los jardines, con unas plantas empeñadas en crecer en un ambiente hostil y descuidado: no parecía la vegetación de un lugar que está más allá del último círculo del mapa.
Y en aquel lugar un árbol pequeño luchaba por no soltar la raíz de un suelo que estaba congelado. Aquel iba a ser el único país que conocería aquel hombre que no reconocía a nadie y que tú habías ido a ver. Era una historia de tristeza, no había nada romántico ni viajero tras ella. Su padre, pariente cercano, había llegado a la antigua URSS tras la guerra civil y allí había tenido aquel hijo, que mientras fue consciente, no dejó de intentar establecer lazos con la familia que imaginaba en el país del que venía su padre.
Ahora, tú representabas, sentado en una silla de playa como la suya, y en aquel espacio semicongelado a pesar del sol, ese hilo familiar que él tanto había buscado. Pero no reconocía a nadie, permanecía en silencio.
De vez en cuando había algún sonido alrededor de vosotros dos. Eran los sonidos de una habitación vacía y sin muebles, sin apenas sillas, ni cuadros, ni libros, ni juegos, casi ni personas. Solo con ventanas para ver la estrecha lengua de mar que cruzaba entre Lajda y Voroncovo, un nombre que recuerdas haber leido en sobres de cartas.
Sentados frente a frente y sin poder hablar decidiste alargar la mano y tocar las suyas. No ocurrió nada pero mantuviste el contacto y hasta daba la sensación de que su piel se hacía más roja. Un rayo de luz negra, como una inmensa ternura, te atravesó. Y te animó a poner la palma de la mano sobre su cabeza, después sobre su mejilla, también sobre su oreja, su hombro y en todo su brazo. Estabas convencido de que el hilo de una araña benefactora comenzaría a ser tejido de un momento a otro y aquel hombre sentiría aquella tela como un lugar en el que descansar.
Llegar hasta allí había supuesto meses de esfuerzo antes de partir y semanas intensas cruzando el país. No sabías lo que te podías encontrar y te habías intentado preparar. Pero era imposible estar preparado. Y el calor de su piel, silenciosa, te conmovía y te apegaba a aquel hombre a quien nunca antes habías visto. Moriría en aquel lugar, bastaba algo más de invierno. También allí había una araña tejiendo.
¿Por qué no sacaban a toda aquella gente, que tampoco eran tantos, fuera? Podrían caminar por los jardines, recoger hojas de los árboles, sentir el tacto de una piedra, incluso plantar algo y esperar. ¿Por qué aquella crueldad que consistía en negar que un organismo seguía respirando cuando de pronto había agarrado tu mano con fuerza?
Ni tan siquiera hablabas aquel idioma. No había mucho que se pudiera hacer.
Pensabas algo de esto sentado en el asiento de un avión dentro del que goteaba un liquido blancuzco y viscoso desde los lugares donde deberían saltar las mascarillas en caso de accidente. No se podía hacer mucho más. Recuerdas esto en el viaje de vuelta y no sabes muy bien si ya sentiste algo parecido en la ida, cuando el mar brillaba.
Os habían dejado solos, todo el tiempo que quisierais para vosotros. Los cuidadores no lo habían dicho pero parecían quererlo decir: quédese si quiere, cuide de él. O váyase, nos da igual. Estamos fuera del mundo. Nadie existe aquí.
Cuando el avión sobrevoló Lajda pensaste que estaba a punto de cumplirse un sueño. El mar brillaba, aún quedan brillos de luz, pensaste. Aquel desvío era uno de los motivos principales del viaje, así que no era un desvío: era la diana de la memoria.
Después, hubo que esperar un gigantesco autobús que caminaba vacío: había que retroceder bastantes kilómetros hasta un terreno boscoso al borde del mar. Entre los árboles un complejo con muchos edificios pequeños que había sido una base naval. Todo era gris. Nada se mantenía en pie. Excepto los jardines, con unas plantas empeñadas en crecer en un ambiente hostil y descuidado: no parecía la vegetación de un lugar que está más allá del último círculo del mapa.
Y en aquel lugar un árbol pequeño luchaba por no soltar la raíz de un suelo que estaba congelado. Aquel iba a ser el único país que conocería aquel hombre que no reconocía a nadie y que tú habías ido a ver. Era una historia de tristeza, no había nada romántico ni viajero tras ella. Su padre, pariente cercano, había llegado a la antigua URSS tras la guerra civil y allí había tenido aquel hijo, que mientras fue consciente, no dejó de intentar establecer lazos con la familia que imaginaba en el país del que venía su padre.
Ahora, tú representabas, sentado en una silla de playa como la suya, y en aquel espacio semicongelado a pesar del sol, ese hilo familiar que él tanto había buscado. Pero no reconocía a nadie, permanecía en silencio.
De vez en cuando había algún sonido alrededor de vosotros dos. Eran los sonidos de una habitación vacía y sin muebles, sin apenas sillas, ni cuadros, ni libros, ni juegos, casi ni personas. Solo con ventanas para ver la estrecha lengua de mar que cruzaba entre Lajda y Voroncovo, un nombre que recuerdas haber leido en sobres de cartas.
Sentados frente a frente y sin poder hablar decidiste alargar la mano y tocar las suyas. No ocurrió nada pero mantuviste el contacto y hasta daba la sensación de que su piel se hacía más roja. Un rayo de luz negra, como una inmensa ternura, te atravesó. Y te animó a poner la palma de la mano sobre su cabeza, después sobre su mejilla, también sobre su oreja, su hombro y en todo su brazo. Estabas convencido de que el hilo de una araña benefactora comenzaría a ser tejido de un momento a otro y aquel hombre sentiría aquella tela como un lugar en el que descansar.
Llegar hasta allí había supuesto meses de esfuerzo antes de partir y semanas intensas cruzando el país. No sabías lo que te podías encontrar y te habías intentado preparar. Pero era imposible estar preparado. Y el calor de su piel, silenciosa, te conmovía y te apegaba a aquel hombre a quien nunca antes habías visto. Moriría en aquel lugar, bastaba algo más de invierno. También allí había una araña tejiendo.
¿Por qué no sacaban a toda aquella gente, que tampoco eran tantos, fuera? Podrían caminar por los jardines, recoger hojas de los árboles, sentir el tacto de una piedra, incluso plantar algo y esperar. ¿Por qué aquella crueldad que consistía en negar que un organismo seguía respirando cuando de pronto había agarrado tu mano con fuerza?
Ni tan siquiera hablabas aquel idioma. No había mucho que se pudiera hacer.
Pensabas algo de esto sentado en el asiento de un avión dentro del que goteaba un liquido blancuzco y viscoso desde los lugares donde deberían saltar las mascarillas en caso de accidente. No se podía hacer mucho más. Recuerdas esto en el viaje de vuelta y no sabes muy bien si ya sentiste algo parecido en la ida, cuando el mar brillaba.
26 de noviembre de 2012
Una cena
Eran unos bosques oscuros que ofrecían quietud según se caminaba por ellos. Grandes extensiones de árboles muy altos que luchaban por un trozo de cielo. Cruzaban la llanura y las pequeñas elevaciones de tierra gris. En los límites de cada grupo de árboles, de cada bosque, una pradera resguardada del viento sin otra vegetación que una hierba rala del color de la tierra. Y en una de ellas había una casa.
Los días que pasaste allí existen con la nitidez y la quietud que ofrecía el lugar a quien quisiera escucharlo, algo que tampoco era fácil porque aquello no dejaba de ser un lugar inhóspito y aislado.
Había aves, y las recuerdas como si fuesen una luz en la oscuridad. Muchas eran blancas y esbeltas, de patas largas y pico afiladísimo que caminaban sobre las pequeñas corrientes de agua. Necesitaban tener el agua cerca, se parecían a la garza real o a las garcetas que viven aquí. Pero sus nombres eran otros y no los conocías. Les silbabas e intentabas imitar sus llamadas.
Tardes enteras buscando plumas.
Una noche, poco antes de seguir viaje, decidiste hacer una cena especial con los pocos ingredientes que aún había. La casa tenía una buena cocina de leña, toda la casa olía a madera. Decidiste hacer algo parecido a una empanada, aunque faltaban varios ingredientes.
Aquella noche hubo una tormenta. No era la época y por eso te extrañó, pero las tormentas no te asustaban. Mientras cocinabas la lluvia comenzó a caer, primero con mucha fuerza, una tromba de agua con algo de viento, luego una lluvia mansa, para después volver a comenzar el ciclo. Olía con la intensidad que generan las tormentas, más el calor de la masa de pan haciendose. Y en un lugar casi fuera del mundo.
Era un contraste que te hacía sonreir. Y te gustaba permanecer en ese umbral todo el tiempo que fuese soportable, en realidad de eso iba aquel viaje. Una ruta para observar algunos límites y sus continuas transformaciones.
Los días que pasaste allí existen con la nitidez y la quietud que ofrecía el lugar a quien quisiera escucharlo, algo que tampoco era fácil porque aquello no dejaba de ser un lugar inhóspito y aislado.
Había aves, y las recuerdas como si fuesen una luz en la oscuridad. Muchas eran blancas y esbeltas, de patas largas y pico afiladísimo que caminaban sobre las pequeñas corrientes de agua. Necesitaban tener el agua cerca, se parecían a la garza real o a las garcetas que viven aquí. Pero sus nombres eran otros y no los conocías. Les silbabas e intentabas imitar sus llamadas.
Tardes enteras buscando plumas.
Una noche, poco antes de seguir viaje, decidiste hacer una cena especial con los pocos ingredientes que aún había. La casa tenía una buena cocina de leña, toda la casa olía a madera. Decidiste hacer algo parecido a una empanada, aunque faltaban varios ingredientes.
Aquella noche hubo una tormenta. No era la época y por eso te extrañó, pero las tormentas no te asustaban. Mientras cocinabas la lluvia comenzó a caer, primero con mucha fuerza, una tromba de agua con algo de viento, luego una lluvia mansa, para después volver a comenzar el ciclo. Olía con la intensidad que generan las tormentas, más el calor de la masa de pan haciendose. Y en un lugar casi fuera del mundo.
Era un contraste que te hacía sonreir. Y te gustaba permanecer en ese umbral todo el tiempo que fuese soportable, en realidad de eso iba aquel viaje. Una ruta para observar algunos límites y sus continuas transformaciones.
20 de noviembre de 2012
Háblame de las tinieblas
Los perros parecían seres de otro mundo, ajenos, indiferentes a todo lo que tenía vida. Caminaban con la cabeza baja, solitarios y callados, como si ya hubieran consumido todas sus energías y ahora solo les quedase deambular mientras esperaban encontrar el camino de vuelta. Movían algo los ojos, imaginabas que olfateaban el aire, pero en realidad caminaban de manera errática en el barro.
Cada pueblo ocupaba el poco espacio que quedaba vacío entre un lago interior y otro. Un ajedrezado de agua con el color de la tierra y siempre cerca de ella inmesos depósitos de combustible, o de gas, o de nada. Más depósitos que personas y más perros que depósitos.
Aprendiste a caminar como aquellos perros, sin rumbo, cabizbajo, olisqueando algo que parecía no existir. Entre la llegada y la salida de aquellos pueblos podían pasar tres o cuatro días en los que había que convivir con aquel olvido. Ni rastro del sol y de vez en cuando oscuros lamparones de nieve también olvidada.
No sé como fuimos a parar allí. Algo de la limpieza del Ártico se debía colar hasta aquellas aguas, pero llegaba sucio y con un intenso olor a gas.
Después de horas caminando a la intemperie había que meterse en algún sitio y calentarse, o sencillamente recuperar no sé que energía que se había ido perdiendo en las profundidades de aquellos lagos. Lo único bueno de los interiores era que hacía calor: lugares inhóspitos a veinte grados y a los que a veces entraba alguna persona. Cuando eso ocurría, todo se desarrollaba en silencio.
Sentado, necesitabas mirar por la ventana como si nunca antes hubieses estado en el exterior, y minutos después comenzabas a leer un libro.
Soy toda tuya ahora, dime cosas tiernas, háblame de las tinieblas.
Recuerdas haber leído esa frase de Gao Xingjian en Severnyy, dentro de un lugar hecho con chapa y tapizado con madera de abedul y una moqueta roja seguramente arrancada de algún otro lugar. Una tarde entera leyendo La montaña del alma, mientras fuera no había más que distintos tonos de un color plateado que solo identificabas con la ausencia.
Cada pueblo ocupaba el poco espacio que quedaba vacío entre un lago interior y otro. Un ajedrezado de agua con el color de la tierra y siempre cerca de ella inmesos depósitos de combustible, o de gas, o de nada. Más depósitos que personas y más perros que depósitos.
Aprendiste a caminar como aquellos perros, sin rumbo, cabizbajo, olisqueando algo que parecía no existir. Entre la llegada y la salida de aquellos pueblos podían pasar tres o cuatro días en los que había que convivir con aquel olvido. Ni rastro del sol y de vez en cuando oscuros lamparones de nieve también olvidada.
No sé como fuimos a parar allí. Algo de la limpieza del Ártico se debía colar hasta aquellas aguas, pero llegaba sucio y con un intenso olor a gas.
Después de horas caminando a la intemperie había que meterse en algún sitio y calentarse, o sencillamente recuperar no sé que energía que se había ido perdiendo en las profundidades de aquellos lagos. Lo único bueno de los interiores era que hacía calor: lugares inhóspitos a veinte grados y a los que a veces entraba alguna persona. Cuando eso ocurría, todo se desarrollaba en silencio.
Sentado, necesitabas mirar por la ventana como si nunca antes hubieses estado en el exterior, y minutos después comenzabas a leer un libro.
Soy toda tuya ahora, dime cosas tiernas, háblame de las tinieblas.
Recuerdas haber leído esa frase de Gao Xingjian en Severnyy, dentro de un lugar hecho con chapa y tapizado con madera de abedul y una moqueta roja seguramente arrancada de algún otro lugar. Una tarde entera leyendo La montaña del alma, mientras fuera no había más que distintos tonos de un color plateado que solo identificabas con la ausencia.
16 de noviembre de 2012
Mi Rusia
Muchas horas cerca de aquel río inmenso, en una primavera que casi era un invierno.
El tren no paraba de costear una ribera llena de hierba alta y casas muy a lo lejos, nadie en el horizonte. De vez en cuando, a veces pasaban horas, algunos árboles gigantescos y unas nubes densas y serenas que no sabíamos leer.
Tras muchas horas en aquellos asientos me gustaba ponerme de pie y apoyarme en el cristal de la ventana, frío y sucio, y esperar. Intentaba ver algo pero no tenía ninguna meta, eso era lo que estaba consiguiendo aquel viaje soñado desde la infancia. Al fin Rusia.
Sobre el agua volaban con cierta regularidad aves blancas que no conocía. El agua era de un color terroso, aunque podía deberse a las lluvias de días atrás. Y no era difícil ver los círculos concéntricos que dejan sobre su superficie los peces cuando suben a comer insectos y con su boca lamen el aire. Pero no sé si esto sería así, porque solo conseguía imaginar peces enlodados y grasientos, poco ágiles, girando bajo aquel paisaje abandonado.
Poco se podía hacer en el interior del vagón, nadie con quien hablar (imposible entendernos en aquellos lugares sin saber su idioma). Y sin embargo, cada minuto había una señal a la que había que atender y que en realidad no quería decir nada, solo que viajábamos a bordo de aquel convoy. Un tren que parecía ir a la deriva a pesar de viajar sobre railes.
Durante dos días seguimos el curso del río. Solo en una ocasión cambiamos de orilla, después de cruzar un puente construido con metal y madera. Me gustaba la ventanilla y también recorrer los pasillos, había diecinueve vagones. Los pasillos solían tener más gente que los compartimentos: había mineros que regresaban al trabajo, familias enteras que se habían subido en la última ciudad grande, unos pocos soldados, hombres solos que alternaban la mirada entre el suelo y el cielo, siempre a través de algún cristal.
Es difícil anotar los nombres escritos en un alfabeto que no conocemos. Pero ese día, al final de la tarde, toda la hierba amarillenta y unos bosques de pino en el horizonte, el tren se detuvo en Natara.
El tren no paraba de costear una ribera llena de hierba alta y casas muy a lo lejos, nadie en el horizonte. De vez en cuando, a veces pasaban horas, algunos árboles gigantescos y unas nubes densas y serenas que no sabíamos leer.
Tras muchas horas en aquellos asientos me gustaba ponerme de pie y apoyarme en el cristal de la ventana, frío y sucio, y esperar. Intentaba ver algo pero no tenía ninguna meta, eso era lo que estaba consiguiendo aquel viaje soñado desde la infancia. Al fin Rusia.
Sobre el agua volaban con cierta regularidad aves blancas que no conocía. El agua era de un color terroso, aunque podía deberse a las lluvias de días atrás. Y no era difícil ver los círculos concéntricos que dejan sobre su superficie los peces cuando suben a comer insectos y con su boca lamen el aire. Pero no sé si esto sería así, porque solo conseguía imaginar peces enlodados y grasientos, poco ágiles, girando bajo aquel paisaje abandonado.
Poco se podía hacer en el interior del vagón, nadie con quien hablar (imposible entendernos en aquellos lugares sin saber su idioma). Y sin embargo, cada minuto había una señal a la que había que atender y que en realidad no quería decir nada, solo que viajábamos a bordo de aquel convoy. Un tren que parecía ir a la deriva a pesar de viajar sobre railes.
Durante dos días seguimos el curso del río. Solo en una ocasión cambiamos de orilla, después de cruzar un puente construido con metal y madera. Me gustaba la ventanilla y también recorrer los pasillos, había diecinueve vagones. Los pasillos solían tener más gente que los compartimentos: había mineros que regresaban al trabajo, familias enteras que se habían subido en la última ciudad grande, unos pocos soldados, hombres solos que alternaban la mirada entre el suelo y el cielo, siempre a través de algún cristal.
Es difícil anotar los nombres escritos en un alfabeto que no conocemos. Pero ese día, al final de la tarde, toda la hierba amarillenta y unos bosques de pino en el horizonte, el tren se detuvo en Natara.
10 de enero de 2012
Abedules rusos
Al final nos vimos.
Y no hablamos de lo que era habitual. Ni de música ni de películas ni de pequeños o grandes viajes.
Pensé, de regreso, que habíamos hablado de lo que realmente importaba. Pero seguramente me equivoco.
Muchas noches, me dijo, se sentaba a esperar.
A que la niebla cubriese los árboles que tenía frente a la gran ventana, sin luces de ciudad, sin luz, como los árboles de sus sueños rusos, abedules criados por el frío, sumergidos en el invierno. Como si nunca fuese a volver la primavera.
Entonces quise sacar el tema de Dersu Uzala, que los dos compartíamos, pero ni me dejó.
Se sentaba a esperar
y escuchaba sonidos de otro mundo a través de unos cascos con un cable "libre de oxígeno", insistió en eso.
No entendía a que se refería
pero averigué que eran los que mejor transmitían el sonido.
A esperar una señal,
entre los abedules. A veces le gustaba llamar así a las palabras.
Puede ser que fuera el vino, pero no recuerdo todo lo que me dijo a continuación. Recuerdo que hablaba de animales moviéndose en la noche, de imágenes de la oscuridad, tal vez de una voz.
Ahora pienso en si habló algo de una piel. No lo sé.
Saqué el tema de una de mis músicas favoritas este tiempo, el Cum Dederit de Vivaldi, y claro que lo conocía (a través de sus cascos).
Algo que casi nunca he podido hacer, me gusta que el sonido fluya a mi alrededor.
Miré como hablaba y como, tras varias horas, se levantaba. Una persona abatida y con el poder, si quisiera, de cruzar Rusia como si fuese un norte cualquiera.
Le dediqué el camino que vuelve a casa, mientras imaginaba su viaje de regreso cerca de unos árboles frágiles y blanquecinos, algo siberianos.
Fue como la audición de una pieza imposible de clasificar. Y viva.
Y no hablamos de lo que era habitual. Ni de música ni de películas ni de pequeños o grandes viajes.
Pensé, de regreso, que habíamos hablado de lo que realmente importaba. Pero seguramente me equivoco.
Muchas noches, me dijo, se sentaba a esperar.
A que la niebla cubriese los árboles que tenía frente a la gran ventana, sin luces de ciudad, sin luz, como los árboles de sus sueños rusos, abedules criados por el frío, sumergidos en el invierno. Como si nunca fuese a volver la primavera.
Entonces quise sacar el tema de Dersu Uzala, que los dos compartíamos, pero ni me dejó.
Se sentaba a esperar
y escuchaba sonidos de otro mundo a través de unos cascos con un cable "libre de oxígeno", insistió en eso.
No entendía a que se refería
pero averigué que eran los que mejor transmitían el sonido.
A esperar una señal,
entre los abedules. A veces le gustaba llamar así a las palabras.
Puede ser que fuera el vino, pero no recuerdo todo lo que me dijo a continuación. Recuerdo que hablaba de animales moviéndose en la noche, de imágenes de la oscuridad, tal vez de una voz.
Ahora pienso en si habló algo de una piel. No lo sé.
Saqué el tema de una de mis músicas favoritas este tiempo, el Cum Dederit de Vivaldi, y claro que lo conocía (a través de sus cascos).
Algo que casi nunca he podido hacer, me gusta que el sonido fluya a mi alrededor.
Miré como hablaba y como, tras varias horas, se levantaba. Una persona abatida y con el poder, si quisiera, de cruzar Rusia como si fuese un norte cualquiera.
Le dediqué el camino que vuelve a casa, mientras imaginaba su viaje de regreso cerca de unos árboles frágiles y blanquecinos, algo siberianos.
Fue como la audición de una pieza imposible de clasificar. Y viva.
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