19 de febrero de 2011

Una luz blanca

Salí a caminar por las calles, tal vez a buscar un libro. Ya era de noche, llovía un agua mansa, como blanquecina, triste, que el paraguas no detenía. Caminé en silencio, hablé, seguí andando. Daba igual. Y al llegar frente a la catedral escuché el ruido de un generador y más gente de lo normal en el pórtico. Me detuve y entonces recordé que había un concierto, anunciado desde hace semanas, y que la lluvia me había hecho olvidar.

Entré al Pórtico do Paraíso. En la música antigua aparece continuamente la palabra paraíso. ¿Qué significará? Cantaba el grupo vocal The Tallis Scholars, dirigido por su fundador Peter Phillips. Once músicos cantando a cappella en una catedral, música sacra, sagrada. Pero con un añadido que es la primera vez que veo: la mezcla de música renacentista (Palestrina o William Byrd entre otros) con un músico vivo, Arvo Pärt.

Es la primera vez que escucho un programa tan valiente y tan bien escogido, que además el público reconoce y valora por el hilo espiritual que une el siglo XVI con el XXI. Una de las pocas veces en que la clasificación no juega malas pasadas y como resultado la música contemporánea se relega a ser la primera pieza de un concierto, como teloneros de lujo del clasicismo.

Arvo Pärt es una maravilla. Podría comparar mi música con una luz blanca en la que están contenidos todos los colores. Solo un prisma puede separar estos colores y hacerlos visibles, este prisma podría ser el espíritu de quien escucha, dice el compositor.

Una luz blanca. A mi me gusta escuchar la gran dedicatoria al piano que es Für Aline. Y el cedé verde con Tábula Rasa que me regaló L. y con el que descubrí a este músico estonio. Años más tarde, la pareja de L. me regaló la sinfonía nº 3, op. 36  de Henryk Górecki. Músicas muy diferentes pero cercanas en el tratamiento espiritual, en lo sagrado, también en el dolor de una nota que se instala en nosotros y va creciendo, zigzagueando, de la memoria a lo que está por venir.

No es una música triste (lo pienso mientras suena Für Aline). Es el silencio que precede al recogimiento. Aquel en el que uno respira más hondo porque sabe que se enfrenta a lo que no tiene fondo ni final, a algo infinito. Y necesita coger fuerza y seguridad, coger silencio.

Los antiguos asociaban lo sacro, lo sagrado con un hueso central en nuestro cuerpo, el hueso sacro. El centro del cuerpo es el centro del silencio, del recogimiento.

Y eso flotó ayer en el concierto de la catedral. Magnificat, Miserere y Nunc Dimitis de músicos renacentistas y de Arvo Pärt. Y el hilo del agradecimiento y de la entrega no se había roto en todos esos siglos.

Era de noche pero se podían ver algunos colores.

14 de febrero de 2011

Amnesia

Leo el testimonio que el neurólogo Oliver Sacks escribió sobre Clive Wearing, un hombre joven que tras una enfermedad perdió, entre otras cosas, la capacidad de recordar más allá de unos pocos segundos.

Un fragmento del diario de Clive:
2.10 pm: esta vez estoy perfectamente despierto (...) 2.14 pm: esta vez estoy por fin despierto (...) 2.35 pm: esta vez absolutamente despierto (...) A las 9.40 pm me desperté por primera vez, a pesar de lo que he dicho antes (...) A las 10.35 pm estaba plenamente consciente, y depierto por primera vez en muchas, muchas semanas.

Deborah, su mujer (con una historia de amor maravillosa con Clive) dice que es como si él sintiese que No he oído nada, ni visto nada, ni tocado nada ni olido nada. Es como estar muerto.

Fuera llueve despacio, escucho el agua sobre el tejado, cae sin ninguna violencia, el viento cesó. Solo queda la noche que comienza a avanzar. Pienso sobre esa forma de "estar muerto". Me parece que los recuerdos exigen ser cultivados, tal como haríamos con un buena huerta. Sin ellos solo existe un presente que no puede significar nada. Solo una inmensa amnesia.

Y, al mismo tiempo, sé que no hay nada más cierto que las palabras de Antonio Lobo Antunes cuando dice que lo que de verdad es difícil de predecir no es el futuro, es el pasado.

13 de febrero de 2011

Sin atajos

Hace unos días recibí un correo con un texto atribuido a Jorge Luis Borges. Y el caso es que ya es la segunda vez que, desde diferentes lugares, me llega el mismo texto. Es ese en el que un supuesto Borges de 85 años (tengo hasta dudas de que sea suyo) se lamenta de haber vivido la vida entera de manera tan correcta e "higiénica" y escribe sobre todo lo bueno que haría si volviera a vivir, y que dice haberse perdido (habla de tomarse las cosas con menos seriedad, de caminar descalzo, de contemplar más amaneceres...).

Hace tiempo también circulaba por muchos lugares una larga carta atribuida a Gabriel García Márquez en la que reflexionaba sobre su vida en un momento en el que una supuesta enfermedad terminal le había hecho ver la vida de otra manera.
Parecen textos con buenas intenciones y aire seudopoético que se me caen de las manos en las primeras palabras. Sean o no de ellos no me merecen mucho interés (ni aprecio). Ahí no está la valentía ni el gusto por correr "riesgos" que dice el supuesto Borges.

Cuando la cosa se pone difícil a mi no me sirven de nada esos supuestos atajos bienintencionados, que incluyen buena parte de lo que se debería hacer y además cómo hay que hacerlo. Parecen recetas de cocina dedicadas a explicar la elaboración en unos pocos minutos de un plato que tarda horas en cocinarse. Y además horas de dedicación plena (y gustosa). Creo que hay que vivir al límite, pero eso no tiene nada que ver con la apariencia de vivir al límite. Es otra cosa. En realidad es algo que solo sirve para cada persona, es una trayectoria que está pendiente de ser trazada.

Hace unos días escuché a Amancio Prada interpretar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en una antigua abadía. En ese poema maravilloso es donde se habla de la noche sosegada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora. Y por supuesto de la música callada.

Durante mucho tiempo, y sigue ocurriendo con igual intensidad, cuando no busco un atajo necesito estar cerca de la Música callada de Federico Mompou. Sencillamente porque tiene la cualidad de señalar, por algo parecido a la decantación (el silencio), lo que es importante de verdad. Separa las emociones y al final te deja a solas con lo que de manera cierta está contigo. Y entonces, por fin, puedes escuchar algo.

11 de febrero de 2011

Los recuerdos son el combustible

Las personas diminutas, la luz brillante.
Encuentro esta frase en una libreta de notas y quiero tenerla cerca.

Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Lo escribe Haruki Murakami en "After Dark"

Hace unos días me crucé con un poema de un autor que no conocía, el polaco Vladimír Holan, que me llevó hasta una gran reserva de combustible, intacta en algún lugar no lejos de aquí. Voy a copiar el poema:

¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento...
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo del café.
Estaremos de nuevo en casa.

Viví durante mucho tiempo una resurrección así. Conocí el silencio de la casa cuando el fuego de la cocina comenzaba a calentar. El olor de la lumbre, la confianza que ofrecía. Las piñas secas prendiendo en la madera. Los pasos sigilosos. Un silencio cuidadoso para no despertar a quien todavía quería dormir.

Cuando comencé a vivir fuera de la casa y volvía a ella en invierno, en las vacaciones, llegaba de madrugada. Cerca de la estación, el tren cruzaba el río a través de una densa niebla y mucho frío. Toda una noche de viaje, sin poder dormir apenas. Desde la ventanilla de aquella especie de camarote veía pasar los árboles desnudos y entonces sabía cuanto los había echado de menos. Aún estaba amaneciendo.

Por eso llegaba a la casa cuando el fuego empezaba a calentar la cocina y el resto de la casa permanecía congelada.

Ahora leo "Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro" de Oliver Sacks. En uno de sus capítulos, habla de lo que denomina conciertos involuntarios, una especie de sonidos que de pronto comienzan a acompañarnos a todas horas y en todo momento y que pueden llegar a ser difíciles de controlar. Y siento que los recuerdos se parecen mucho a esa idea de concierto involuntario, de sonidos y silencios que viajan a nuestro alrededor.

2 de febrero de 2011

Un lápiz

Durante mucho tiempo lleve este viejo lápiz sobre el salpicadero de mi coche. Cada vez que lo veía me sentía incómodo al observar su punta desgastada y sucia. Siempre quise afilarlo hasta que un día ya no pude más y por fin lo hice. No estoy seguro, pero creo que esto tiene que ver algo con el arte.

Hace tiempo que conservo este pequeño texto de John Baldessari, que él montó con dos fotos del lápiz, antes y después de afilarlo. Me lo envió un amigo hace algunos años y, de una u otra manera, cada vez que lo leo siento que mucho de lo que se puede decir sobre el trabajo artístico y creativo está ahí.

30 de enero de 2011

No, no tardaré mucho

Últimamente, de pronto,
en medio de algo cotidiano y pequeño
me llegan voces perdidas de hace tanto,
acentos, sonidos,
expresiones y gestos
aquellas voces de niños
y de tardes de infancia, de subir
a ciruelos y cruzar sigilosos a la huerta de al lado
para robar la fruta y salir volando.

¿Y por qué llegan de pronto las voces del pasado?
Inconexas, como aves perdidas del grupo migratorio
¿Cuántos años han pasado de la infancia de los setos, sorbas,
los manzanos y el sauce llorón?
Aventuras infantiles al lado del caudal,
conquistando rocas como si fueran islas.

Me fui hace mucho tiempo
pero sin previo aviso llegan a veces voces

Éstas y otras voces del pasado

Me rozan con sus alas


Hace unos meses, en el otoño, una persona a la que aprecio de verdad y a quien conozco desde hace años escribió este poema y me lo envió (me pidió que le guardara el anonimato de una manera ingeniosa y ahora no se me ocurre otra). Hoy, mediante uno de esos procesos incontrolables y que obedecen a una corriente desconocida, lo sentí cerca y dialogando con unos versos de Robert Frost que tengo copiados en no sé cuantas libretas, porque siempre que me los encuentro me parecen únicos:

Voy a limpiar el arroyo, en los pastos...
Sólo rastrillaré las hojas secas.
(Y quizás me detenga hasta ver clara el agua)
No, no tardaré mucho. -Ven también

28 de enero de 2011

Como un iris

Ayer fue tarde de concierto.
Ahora llueve con suavidad y hace menos frio.

La RFG tocó el concierto para piano núm. 1 op. 15 de Brahms y la Sinfonía núm. 1 de Kurt Weill.

Y algo extraño me sucede con la música de Weill, de quien ya había escuchado alguna otra pieza en el auditorio. No identifico lo que es, pero ayer me volvió a suceder.

Esta sinfonía se desarrolla en un solo acto: grave, allegro vivace, andante religioso y larghetto se suceden sin ningún silencio intermedio. Al inicio no parece fácil de escuchar, se pasa por tramos en que los sonidos parecen discutir entre si y recuerdo una especie de continuos toboganes por los que se deslizan de una manera poco predecible. Cuando escucho algo así, sé por qué me gusta este tipo de música y por qué me aburro, o pierdo interés, frente a otro tipo de sonidos.

Pero la música avanzaba girando cada vez más cerca. A veces pasaba rozándote. Cuando llega al andante religioso todo parece estar decidido: estás dentro de un viaje y estás empezando a internarte en un territorio que existe según lo vas atravesando. Como abrir un fruto y ver las pepitas, algo circular y generoso en la mano.

El larghetto parecía avanzar en esa nebulosa (que no sabría si me gusta o no), como una nave se interna en espacios oscuros y lejanos. Fue la experiencia de atravesar umbrales, de ir a través de planos que se abren como un iris cuando intuyen que ya estás cerca.

Ese es el extraño viaje, en un bucle a veces desasosegante, con el que asocio una parte de la música de Weill. Y algo de eso creo que quedó en su etapa de Nueva York, cuando trabajó en lo que sería el musical americano. Algunas piezas de George Gershwin me lo recuerdan.

Durante el regreso escuché en la radio como leían un relato de Ambrose Bierce: En el código militar el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia. Pensé en la frase sobre el placer de la entrada anterior.

Y hoy, en cuanto pude, volví a escuchar el Viaje de invierno de Schubert.

26 de enero de 2011

Diccionario

"Abstinente, adj.: persona de carácter débil que cede a la tentación de privarse de un placer"

(Sentencia que Ambrose Bierce escribió en El diccionario del diablo y que encontré en un escrito de Fernando Savater)

16 de enero de 2011

Lontano

Si supieras cada día lo que va a pasar no te levantarias de la cama, dice uno de los personajes de "Todo o nada", la película de Mike Leigh (a mi me deslumbró con "Secretos y mentiras").

Y ¿cómo se relaciona esto con el ansia de control, férrea a veces, sobre ese mismo día a día?

Amanecemos para estar expuestos a la incertidumbre, y eso parece ser lo bueno. Pero al mismo tiempo queremos reducir las opciones de imprevistos, de incertidumbre.

Puede que esto sea casi inevitable, el asunto es el cómo lo aceptamos y gestionamos.

Y esta es una enseñanza que procura la música: la aceptación de lo desconocido, lo imprevisible, el caminar en la cresta de una ola de la que no se sabe su evolución, el evitar lo obvio. Un buen maestro de todo esto es György Ligeti.

15 de enero de 2011

La explicación del relámpago

"El primer deber del hombre es definirse", dice Atahualpa Yupanqui.
Tengo conmigo esta frase desde que la escuché hace un par de días. De alguna forma estoy cerca de ella, observándola, intentando saber qué pienso sobre ella y en qué consiste eso de definirse.

Tal vez definirse tiene que ver con trazar unos contornos, unos límites, unos miedos también. Con dibujarse, con lograr una identidad y con aceptar su reforma inmediata. Definirse lo entiendo como la valentía de permanecer en silencio y, en ocasiones, hablar. Y aceptar que las dos cosas son nuestra expresión. Definirse puede tener que ver con expresarse, en un mundo en el que probablemente vale todo menos la ingenuidad de pensar que si no nos dibujamos nadie lo hará por nosotros.

Tengo ganas de decir que vale todo menos la mentira. Pero la verdad, o como se llame, hay que decirla indirectamente, "Así como el relámpago / se explica amablemente al niño" decía Emily Dickinson.

Y tampoco vale la humillación, hacer perder la dignidad a alguien. Creo que esto es especialmente delicado cuando estamos cerca de personas mayores o muy mayores. Pero entre iguales, muchas veces la humillación sobrevive a maneras que podrían parecer hasta lo contrario. Puede ser una especie de virus que se reproduce desde dentro de la ayuda o el juicio o la tutela incluso, desde dentro de la piel. No lo sé, pienso algo alrededor de todo esto.

Y ayer, en el concierto semanal, asocié la escucha del concierto para violín núm. 2 de Béla Bartók, con el recuerdo vibrante de la música popular gitana de Kalyi Jag saliéndose, a todo volumen, por las ventanillas del coche, lleno de amigos, mientras íbamos y veníamos por el desierto hace ya bastante tiempo.

Johannes Brahms, un compositor que apenas he escuchado, me devolvió con su Sinfonía núm. 2 en Re mayor a la paz y a la luz necesaria para volver a casa por la noche.

9 de enero de 2011

Música de danza y una idea obsesiva

Hace tiempo escuché en la radio una pieza para violonchelo llena de intensidad y fuerzas contradictorias. Como otras veces (no demasiadas) tuve que parar lo que estaba haciendo y escuchar. Era un diálogo de un instrumento consigo mismo: varias voces conversaban alrededor de una melodía endiablada, que por momentos tenía aires populares, (zíngaros o algo parecido). Parecían los ecos de una fiesta en el campo mezclados con una línea obsesiva que iba y venía. Una música que casi invitaba a bailar y a su alrededor una obsesión dramática, dura, sin contemplaciones.

No tenía ni idea de qué se trataba, hasta que al final dieron la referencia: la Sonata para violochelo solo op.8 de Zoltán Kodály. Y estos días conseguí el disco, en una interpretación de Xavier y Jean-Marc Phillips (porque además del Op. 8 hay el duo de la Op.7).

Escuché los tres movimientos, "Allegro maestoso ma appassionato", "Adagio" y "Allegro molto vivace" mientras cruzaba los campos bajo una tormenta que no muy lejos debía ser de nieve. Recuperé cosas de la primera vez que la escuché, una línea de atención, de sorpresa y de intensidad parecida a aquella vez. Y descubrí otras emociones. Son sonidos que mezclan la música más popular con el presagio, ya una realidad, de la música del siglo XX. Kodály era un aficionado a las "excursiones etnomusicográficas" y esos aires se dejan sentir.

Pienso en esa música y me gusta la luz de esos países, aunque no haya estado. Pienso en Béla Bártok, su amigo, y también en Josef Sudek. Y en las nubes de hoy.

¿Puede ser que los días hayan crecido algo?.

5 de enero de 2011

Es la conmoción, no lo bonito

Sea cual sea su remoto origen, probablemente vinculado a pautas de cohesión comunitaria, la música sigue marcando nuestro destino a través de las emociones, tan intensas como efímeras, como ocurre con todo lo que se desenvuelve mediante un régimen temporal
(Francisco Calvo Serraller)

En la barra de un café, escucho una conversación en la que él se interesa por el nuevo novio de ella, y lo hace preguntándole, con un tono suave, equilibrado, sonriente, si es “sano, tranquilo... y todo eso”. “Sí, super lindo” le responde ella.

Recordé entonces como un oyente explicaba el otro día en la radio lo que le unía a las interpretaciones pianísticas de Glenn Gould: “sus problemas, enfermedades y rarezas”.

Prefiero esta segunda manera de relacionarse con los afectos, también con la admiración. Sobre todo porque es más real y porque reserva más espacios para que nos podamos conmover. Es la conmoción lo que importa, no lo bonito, como dice Harnoncourt hablando de ciertos sonidos. Igual siento con las personas, con las ausencias y con las presencias.

Cada vez que encaramos los problemas, enfermedades y rarezas, rascamos alguna de las capas que esconden el oro. Me siento lejos de lo “super lindo”, del “buen rollo” que escucho en la calle a cada momento (mientras el mundo avanza a dentelladas, algo extraño). No creo que haya nadie sano y tranquilo, pero si puede haber ganas y esfuerzo por sanear, por entender, por aceptar y por comunicarse desde el respeto. También hay música que me recuerda esto a diario.

26 de diciembre de 2010

La sal de la carretera

Viajo muy despacio. La sal, reseca por el sol, forma un polvillo blanquecino sobre la carretera en el que se marca el paso de cada coche. La nieve reluce muy cerca. A ratos voy en silencio, a ratos escucho el ruido del motor, a ratos oigo algún programa en la radio. Hoy hace sol.

Después del periódico, por la noche leo unas fotocopias con el homenaje que Roland Barthes escribió para Michelangelo Antonioni. Empieza así:

En su tipología, Nietzsche distingue dos figuras: el sacerdote y el artista. Hoy en día, tenemos sacerdotes de sobra: en todas las religiones e incluso fuera de la religión; pero ¿artistas? Quisiera, querido Antonioni, que me prestara un momento algunos rasgos de su obra para permitirme fijar las tres fuerzas, o, si lo prefiere, las tres virtudes que a mis ojos constituyen el artista. Las nombro ahora mismo: la vigilancia, la sabiduría y, la más paradójica de todas, la fragilidad.

21 de diciembre de 2010











Un fragmento de ADN

20 de diciembre de 2010

Solve et coagula

Solve et coagula.

Es la fórmula que resumía el arte de la transmutación en los alquimistas: disuelve y reúne. Hablaban de transmutar un metal en otro, un caos primitivo en oro. Lo leo en un libro raro: "Catarsis" de Andrzej Szczeklik, un médico (me animé a leerlo porque el prólogo es del poeta Czeslaw Milosz).

18 de diciembre de 2010

Una voz en el circo Price

Se apagaron las luces y callaron las conversaciones del público que lo esperaba, se hizo el silencio. Y del medio de la sala, a oscuras, comenzó a llegar su voz sola, sin acompañamiento al principio, luego arropada, aunque de momento sin instrumentos. Un canto denso y envolvente, a ratos seco. Desde lo alto de la tribuna del circo Price, en Madrid, apenas se veía nada allá abajo. Pero llegaba su voz y no se escuchaba otra cosa. Un canto conmovedor, algo que giraba y ascendía en aquel escenario circular. Así siguió un buen rato hasta que se encendió alguna luz en el escenario, y en el pasillo entre butacas, para que aquel pequeño grupo de cantantes avanzara y pudiera subir al escenario. Allí acabó aquella primera canción, los aplausos cerrados, su voz ronca, socarrona, tranquila y cariñosa. Por momentos los puños y los ojos cerrados, la elegancia en todo el cuerpo sentado, la luz oscura que caía sobre su traje, la luz más blanca también. Poco a poco cantó en un flamenco de letras nuevas que a él le gustaba escoger. Mucho frío fuera y el cante que se alargaba durante aquella noche. Todo pasó muy rápido. Dentro hacía mucho calor (había llegado corriendo, casi no llego). Fue el 20 de febrero de este año. Un concierto de Enrique Morente.

Un día inolvidable.

16 de diciembre de 2010

Sentido no es significado

Una de los mejores bálsamos que conozco para tratar las heridas es escuchar la música de Bach.

Hoy, en medio de un frío polar (dentro y fuera), viajé con toda la atención puesta en la Misa en Si Menor dirigida además por Nikolaus Harnoncourt. Es una pieza vocal luminosa y brillante, deslumbrante, entregada a algo que va más allá de ella y que la recorre sin dejarse ver.

Pero al mismo tiempo la música no debe servir para tratar las heridas, ni mucho menos para entretenerse en darles lametones más o menos concienzudamente. Hace unos días leí una entrevisa al filósofo Eugenio Trías en la que decía que la música no posee significación, pero rebosa de sentido. Y creo que debe ser eso lo que ayuda a regenerar los tejidos muertos: el sentido.

Porque, de alguna manera, las heridas son una pérdida de sentido de algo que forma parte de la esfera de nuestro mundo. Y el estar cerca, simplemente eso, de algo que rebosa otro sentido hace que, por simple ósmosis, nuestras células más internas vuelvan a latir. Encontrar sentido a lo que no parece tenerlo, a lo que se nos niega, a lo que parece estar muy lejos de tener un significado, a veces es una buena razón para querer despertar.

13 de noviembre de 2010

Rascando el aire frío

Se podrían decir muchas cosas, pero de momento solo cae nieve sobre un montón de piedras y se ve un campo lejano como una raya de ojos. Hay un hombre paseando por allí con su perro. No se oye nada, solo el perro está arañando y rascando el aire frío con su pata.

Un amigo me envió hace semanas este fragmento de La ciudad leopardo, de Subhro Bandopadhyay. No conocía el autor ni el libro, pero el texto sí me recordó otros ambientes. En particular el libro de Colin Thubron En Siberia, y sobre todo un capítulo en el que relata su acercamiento al ártico y los días que pasó en un pueblo llamado Potalovo: frío y un vacío que era una pizarra en blanco sobre la que escribir.

Esta semana tuve la sensación de que se iniciaba, al fin, la temporada de conciertos de este año (aunque ya lleva un mes).

9 de noviembre de 2010

Partir, quedarse

Continuo leyendo El viaje a Portugal de José Saramago. Hace días decidí anotar en mi libreta pequeños fragmentos en los que habla de su manera de entender el viaje, tal vez cualquier viaje. Repaso esas notas con cierta insistencia. Estas son.

Viajar debería ser cosa de otro concierto, estar más y andar menos, tal vez incluso debiera instituirse la profesión de viajero solo para gente de mucha vocación, que mucho se engaña quien piense que sería trabajo de pequeña responsabilidad, cada kilómetro no vale menos de un año de vida.

El viajero no ha pedido y le fue dado. ¿Puede haber mejor dar que éste?

La sombra de un hombre que por aquí anduviera, mucho podría aprender

Aquí se habla de impresiones, de ojos que pasean y aceptan el peligro de no captar lo esencial por prendarse de lo accesorio

Sabe no obstante lo suficiente de sí mismo para sospechar que su mal nace de no poder conciliar dos opuestas voluntades: la de quedarse en todos los lugares, la de llegar a todos los lugares.

Evitará las carreteras principales, quiere distraerse por estos estrechos caminos que unen a los hombres con sus vecinos, coleccionando nombres singulares, de norte a sur, y, siempre que uno le apetezca al borde del camino, lo repetirá en voz baja, saboreará su gusto, intentará adivinar su significado, y casi siempre desiste, u otro aparece ante él cuando aún no ha logrado descifrar el primero.

El día había dado mucho y negado mucho. Así es la vida.

Huye el viajero del mundo para encontrar el mundo en formas particulares: las del arte, de la proporción, de la armonía, de la continuada herencia que de mano en mano va pasando.

Pero aquello que el viajero no puede ver, lo imagina, que también para eso viaja.

Con este estado de espíritu se comprende que el viajero busque, preferentemente, tierras pequeñas, sosegadas, donde él mismo pueda oír bien las preguntas que hace, aunque no reciba respuesta.

Pagó el viajero la cuenta y salió con la impresión de que aún había quedado a deber algo.

Por ella /la piedra áspera/ pasa las manos con un gusto que es sensual, siente el grano rugoso en las yemas de los dedos, y con tan poco es feliz un viajero.

El viajero tiene clara conciencia de que solo viéndolo se ve, aunque no olvide que incluso para ver se requiere aprendizaje. Por otra parte, es eso lo que el viajero anda intentando: aprender a ver, aprender a oír, aprender a decir.

Así debía ser el viaje. Estar, quedarse.

3 de septiembre de 2010

El día, aún crudo

"Era domingo en la pampa. Y tal como los pampinos se afirulaban y se ponían sus mejores prendas para salir a la calle, el sol apareció por el lado de los cerros radiante y redondo, exacto como un Longines de oro.

Toda la esfera del cielo era una soledad azul, sin la más remota posibilidad de una nubecita perdida, extraviada de su rebaño blanco. Era domingo en la pampa y el día, aún crudo, amenazaba con arder por los cuatro costados.


El calor iba a ser de perros".


Hoy no es domingo, y tampoco hace un calor especialmente duro en esta ciudad, el día amaneció gris y fresco. No conozco la pampa, ni Chile, ni el desierto de Atacama al que se refiere Hernán Rivera Letelier en "El arte de la resurrección", de donde es el fragmento que he copiado. Leo ese libro a ratos, aunque no me termina de atrapar. Por el medio me dedico a dibujar en un mapa el "Viaje a Portugal" de José Saramago y sobre todo un ensayo de Nikolaus Harnoncourt. No sé por qué he seleccionado este texto de Letelier, pero no lo olvido. Me gusta lo feo y preciso de un Longines de oro. Y sentir el calor crudo.

Quiero volver a escribir algunos encuentros en este blog, y creo que esto nada tiene que ver con que sea el mes de septiembre y uno vuelva a no se sabe que cosas. A veces pienso que apenas hay cambios, ni mejoras ni empeoramientos, ni ajustes, ni olvidos, ni nada de nada. Solo encuentros que cada uno tiene que iluminar con luz propia.

30 de abril de 2010

Las aves del bosque

Hay luna llena.
Un ave nocturna cruzó sobre la carretera.
Todo duerme en la casa.

La música a través del cuerpo, volando sobre lo que no se comprende, cruzando como una flecha el interior de lo que no se entiende, demasiadas cosas. Cuatro percusionistas, toda una orquesta sinfónica sonando en el final de Variaciones Concertantes, de Antón García Abril.

Y antes y después, La Creación de Haydn. Sobre todo el dueto de Adán y Eva con coros, Von deiner Güt. La misma música que cruzó el bosque entre las aves nocturnas que dormían en los pinos, tantas veces. Los sonidos del final de la creación, después del sexto día. La música que el director de orquesta que interpretaba Héctor Alterio escuchaba al caer la tarde, mientras pensaba en su joven amiga.

Que conocía mejor que nadie las aves del bosque.

La búsqueda de la levedad como reacción al peso de vivir.

17 de abril de 2010

Siempre los viajes de invierno

En un viaje para descansar fuera del país, lo primero que mi amigo hizo al llegar a la habitación del hotel fue revisar su blog y responder algunas entradas sin importancia. Viajaba solo y me contó lo raro que se sintió por esa necesidad.

Algunas veces todo lo que se puede responder es el silencio, sin que tenga nada que ver con la indiferencia. Respondemos con un paisaje de invierno, las afueras de alguna ciudad perdida a la que se llega por caminos que se van cerrando tras quien los atraviesa. Tal vez la música pueda enseñar algo sobre la duración de esos silencios, es una ilusión pensar que ella nos puede dar algo de la educación sentimental que nos falta.

Hoy en el mercado, una pescadera habla con dos niños pequeños mientras coloca unos peces entre el hielo. Uno de ellos le pregunta por que una merluza está sin ojos y otras de la misma caja los tienen.

Abrazar una voz. Mientras conduzco, escucho en la radio el último lieder de la colección Viaje de Invierno de Schubert. Y deseo llegar a casa para volverlo a poner y escucharlo con atención, no lo recordaba así. Llevo varios días oyendo en algún momento del día esa pieza. Apenas tres minutos para lo que parece una voz que viene de otro mundo, un piano fúnebre, el aroma del humo y del frío, de las casas que se cierran después de conocer la alegría en su interior. Cada vez que lo escucho la imaginación se rompe aún más, se pierde en la despedida. En una mezcla de calma por lo inevitable, también de dolor por mirar a los ojos y no encontrar los ojos. Lo fúnebre del viaje, del dejar atrás para apreciar que todo lo que persigues estaba allí y allí se queda. E impotencia cuando la voz sube y ya se deja ir al silencio otra vez.

Hace años leí con una gran intensidad El peor viaje del mundo. Escrito por Apsley Cherry-Garrard, narra la expedición de Scott al polo Sur de la que él formaba parte. Fue una época en la que soñé con llegar a ser un experto en las expediciones polares. Tengo el ejemplar cerca de mi, lo abrí porque hay algo en ese lieder que tiene que ver con la entrega y la despedida de aquel viaje. Reuní mucha documentación, estudié mapas, dibujé las trayectorias, tomé notas sobre los viajes al centro del frío. Ahora voy pasando las páginas, mirando las que están señaladas. El capítulo 7 se titula El viaje de invierno.

Hace unos días pude escuchar por primera vez en directo La canción de la tierra, de Gustav Mahler, interpretada en la versión para orquesta de cámara que preparó Arnold Schönberg y completó Rainer Riehn. Y en el final, otra vez esa voz de despedida, de un dolor sin final, del vagabundo en los bosques del invierno. Sabía que esa música entraba en ese territorio, pero no conocía la historia de la muerte de la hija del compositor (o tal vez el augurio de la suya). Es la serenidad del atardecer, cuando la tierra respira plena de descanso y sueño.

También pude escuchar el concierto para clarinete KV 622 de Mozart, conducido por un Frans Brüggen que apenas podía caminar, y que dirigió a la RFG sentado en una vieja silla giratoria. No lo sentí como una interpretación excepcional, pero me llamaron poderosamente la atención los silencios que él conseguía introducir en el fluir de esa música. Parecían pequeñas paradas destinadas al descanso de los sonidos, del clarinete, de los oyentes, de los recuerdos. Tal vez eran los silencios de la despedida, cuando aún tienes delante la imagen pero ya nada sirve para llegar hasta ella. Y el tren arranca.

Sopra frío nos meus piñeiros. / Eu quedo aquí e espero o meu amigo; / Eu espéroo para o derradeiro adeus./
Eu anhelo, amigo, gozar ao teu lado / a beleza deste anoitecer./ Onde estás ti? Ti deixáchesme longo tempo só! /
Eu vago arriba e abaixo co meu laúde, / por vieiros cheos de suave herba.

Es un fragmento en gallego del final de La canción de la tierra, extraido del programa de mano del concierto.

En el mundo civilizado a los hombres se les acepta tal y como son porque existen muchas formas de disimulo, y además hay muy poco tiempo y puede que incluso muy poca comprensión. Esto no ocurre en el sur. Estos hombres hicieron el viaje de invierno y sobrevivieron; luego hicieron el viaje al polo y murieron. Eran de oro de ley, relucientes y puros. No puedo expresar con palabras lo buenos compañeros que eran.

(Copiado del capítulo El viaje de Invierno, de El peor viaje del mundo).

Ahora subiré a la bicicleta y pedalearé todo lo fuerte que pueda hasta que el camino acabe en un bosque de acacias negras. No pensaré en nada, intentaré no recordar nada, iré sólo pendiente de la ruta, aunque con algunos sonidos que tienen la misión de recordar el silencio de los viajes de invierno. Y las ausencias. Después, cenaremos con vino.

20 de marzo de 2010

Una nana de tres palabras: Tirineni, Ngong, Amati

La belleza de los bocetos, la de los ensayos, también la de las piezas interpretadas fuera de programa.

El jueves pasado escuché al violinista Gidon Kremer con la OSG. Primero, el Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 35 de Chaikovski con un sonido de violín que para mí era nuevo: mucho más denso y también variable que el habitual. Lleno de ecos y resonancias, de dulzura y profundidad.

Tras eso, interpretó él solo una pieza fuera de programa. Fue un encuentro con la polifonía de un violín de 1641 (un Nicola Amati según el programa de mano). Escuchando con atención era difícil entender que esa música estuviese hecha por un solo instrumento y por un solo músico. Era una polifonía con formas orientales, un diálogo entre la mano derecha y la izquierda, que también pulsaba las cuerdas. Una música misteriosa y con una intensidad llena de silencios. Al terminar, mientras el público se iba al descanso, varios intérpretes de la OSG se acercaron a su partitura para saber que era lo que había sonado.

Pero la solución no estaba en conocer los datos de la partitura. Llevo pensando desde entonces en lo que allí escuchamos.

Aquella música tenía que ver con un cruce de voces, en voz baja, a veces sin hablar; mejor dicho, con un recuerdo de voces. Había alguna relación entre aquel colorido y la densidad de la memoria, entre la desigualdad de los datos y la certeza de lo que inventamos o necesitamos recordar.

Aquellos sonidos se parecían a otros que había escuchado en los últimos días. Primero la pieza Kala!, del guitarrista Ali Farka Touré y el instrumentista de kora Toumani Diabate (In the heart of the moon, 2005). Sonidos que vienen de la luz, del placer de mirar el desierto, de imaginarlo. Un avanzar y un retroceder constante, una especie de baile sensual y ágil, melancólico, para no olvidar un cuerpo o un desierto.

Pero el Nicola Amati, pequeñito y de un amarillo intenso, también estaba muy cerca de Tirineni Tsitsiki, interpretada por Lila Downs (Una sangre, 2004). Y otra vez la luz intensa, cegadora pero no violenta, una contradición, que te pone frente a otra percepción del tiempo. Un diálogo hipnótico al que se responde en silencio, como a una nana.

En silencio exactamente no. Son músicas que activan ciertas zonas restringidas, que a veces uno identifica conforme las va dibujando en la memoria. Son sonidos para arrancar luz a la memoria, para hacerla salir a campo abierto, para iluminarla y saber qué sí y qué no. No lo que ocurrió, sino lo que va a ocurrir a partir de ahora.

Es la luz que hace que los ojos por momentos sepan a sal: Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. Siempre hubo una granja en África cuando uno cambió de continente. Mirando, imaginando, las grandes extensiones de terreno, las hogueras, los animales salvajes, las rutas a través de lo desconocido, las fiestas con un farol encendido, el sonido de esa luz amarilla y circular, un pequeño instrumento tiene la capacidad de convertirse en brújula también. Sin saberlo.

15 de marzo de 2010

No hay prisa, es viernes a la noche

Tres escenas:
A la mañana.
Miro unas fotos sobre una mujer mayor que sufre Alzheimer. En una de ellas intenta escribir su nombre, pero ya no sabe escribir, también lo ha olvidado. Aún así traza algunas letras: una eme preciosa para iniciar el nombre de Marina, ilegible. En otras fotos está jugando a las cartas con una mujer joven que es su hija. Entonces le pregunto a quien hizo las imágenes si la mujer mayor todavía se acuerda de jugar a las cartas y me responde que no. Pero que su hija juega con ella, cada día, con una seriedad de buena jugadora, a un intercambio de cartas que obedece a reglas desconocidas para las dos. Se inventan un juego y un significado para las cartas, e imagino que para todo lo que existe en ese espacio que comparten. Un juego solo se modifica con otro juego.

Al empezar la noche.
Tuve ganas de acercarme y decirle: Maestro, no hay prisa, es viernes a la noche. El pianista Alexander Ghindin interpretó el viernes pasado de una manera magistral piezas de Scriabin y Rachmaninov. Pero sobre todo Cuadros de una exposición de Modest Mussorgski. A un ritmo lento, mucho en algunas ocasiones, pero de una profundidad difícil de alcanzar. Sonidos de trazos largos y densos que avanzaban con las pulsiones de un ser increíblemente vivo, capaz de apreciar la diferencia. El público reconoció el esfuerzo y el pianista concedió tres piezas breves e igual de intensas que la emoción que había en la sala. Parecía querer seguir tocando toda la noche. Ojalá hubiera sido así.

Al final de tres días.
Al caer la tarde, frente al sol, las aves marinas viajan hacia el mejor lugar para pasar la noche. Frente a la luz rojiza cruzan convertidas en siluetas negras. Un hombre sube con tres niños pequeños a una roca cercana. Intenta sentarse para ver ponerse el sol, pero ellos gritan y juegan y es imposible tener la tranquilidad que parece buscar. Se enfada, les riñe, pero también se rie con ellos. Hablan portugués, me gusta oírles mientras miro el mar. Creo que les dice algo sobre un árbol que se llama guayacán. Falta poco para que empiece la noche. En la cabeza, una y otra vez, un poema de Billy Collins titulado The Introduction, de su libro Lo malo de la poesía. Y la confusión, siempre, con otro de Philip Larkin (¿Es solo por ahora o para siempre / que el mundo tenga que asirse a una estaca?). The Introduction es demasiado largo para copiarlo aquí, que es lo que me gustaría. Habla de lo que es obvio y de lo que es menos obvio, de lo que necesita presentación y de aquello cuya principal propiedad es permanecer en la oscuridad. Y de ser espectador de todo esto.

7 de marzo de 2010

Saberlo y no saber como demostrarlo

La noche del jueves sucedió algo en la orquesta.

Algo que tuvo que ver con un sonido hecho de silencios y encajado en una estructura de enorme precisión (al tiempo que se respiraba un aire de felicidad y satisfacción en los propios músicos). O al menos eso me pareció.

Todo el programa estaba dedicado a Robert Schumann. El Carnaval Op. 9 (orquestado por M. Ravel) se terminó y el público no aplaudía (algo bien raro, pero que se agradece durante esos segundos que siguen a los últimos sonidos). Fue una pieza corta, rara, llena de vida.

Tras ella el Concierto para piano en la menor Op. 54 con el pianista Iván Martín. El piano y la orquesta sonaron llenos de integración y comenzó a escucharse en la sala ese algo que se identifica como excepcional aunque no se pueda demostrar. Daba gusto seguir unos sonidos que, organizados en capas muy finas, recubrian la melancolía y la lentitud de algo que palpitaba en la música. Como luego sucedió en la Sinfonía nº3 en Mi bemol mayor, op. 97, "Renana".

No cabía otra cosa que ir tras aquella ruta que parecía adentrarse por momentos en la taiga rusa, en la nieve y el invierno, en los bosques de abedules de Dersu Uzala. El Maestoso de esa sinfonía fue el avance hacia una tensión irresoluble, hacia un diálogo sordo, a media voz, entre las pulsiones propias del invierno y el ansia de que llegue alguna primavera.

Para mí ha sido uno de los mejores conciertos de la temporada. Hice los cien kilómetros de regreso a casa en silencio.

Dos días después, encontré por casualidad esta frase de E. M. Cioran en un blog de internet y la anoté:

Yo sé que todo es irreal, pero no sé como demostrarlo
.

24 de febrero de 2010

ayer, si el tiempo lo permite

Algunos días me apetece elaborar una lista de cosas que merecen ser observadas con atención y con tiempo. Más que cosas son acontecimientos, porque incluye personas y lo que estas personas hacen o dicen, y animales, ciudades, viajes.

Anoté en la libreta: solo por los peces de colores. Solo por ellos merecía la pena conocer la Alcazaba. Girando en el agua oscura, a la sombra de varios cipreses, en el estanque de un palacio perdido.

También anoté el título de un trabajo del profesor que fui a escuchar: Posible de olvidar. Todo se olvida, todo se transforma, en oposición a lo que se suele admitir (responsable a veces de una mezcla de sufrimiento y placer interno) de que lo que hemos vivido es Imposible de olvidar, explicó.

Un bote de laboratorio con ojos de hipopótamo y otro con el corazón de un cisne.

La música de Anouar Brahem, que conocí porque un amigo me regaló una pieza. Y el concierto que dará en Lisboa en otoño y al que de una u otra manera iré (como el zorro necesita preparar su corazón horas antes de que llegue El Principito).

Una mujer joven sentada en el tren que, a primera hora de la tarde, saca de su bolso la partitura de la Sinfonía nº 41 de Mozart y se pone a estudiarla con detalle, la sinfonía Júpiter, la última. Una fantasía cumplida, casi me apetece decir. Y de repente una mujer mayor la interrumpe al acercarle un teléfono móvil con la foto de su nieta y decirle que ha descubierto que son parecidísimas. Sí, nos damos un aire, le respondió. Y siguió haciendo anotaciones con un lápiz.

Una relación estable con cosas pasajeras.

Todo eso y un concierto de Enrique Morente: la experiencia de estar frente a un manantial. A él le escuché cantar Ayer, si el tiempo lo permite. Con una voz como no hay otra: intensa, fuerte y ronca, porosa, nítida también. Canta y ajusta los recortes de las emociones, desde el grito al susurro.

Era la primera vez que lo escuchaba en directo. Con letras del flamenco más actualizadas y una enorme sobriedad y pureza, sin concesiones a lo fácil, más de dos horas de música. Hubo momentos en ese concierto, también antes y después, en que todo estaba en orden. No había nada que temer ni nada que buscar en la lejanía.

3 de febrero de 2010

Lo que la mano izquierda vio

Ayer un error cometido en público generó un diálogo más rico de lo habitual. Pero quedé muy confuso tras aquello, decidí parar a descansar, a dormir. Y un sueño profundo, tenso, me retuvo en lugares que se repiten con frecuencia hasta el amanecer. Entonces una parte de mí trata de investigar hasta donde ha viajado, en la oscuridad, otra parte que no consigo identificar.

En el desayuno leo:
Entonces alargué la mano adormecida para tocarle la cara, por debajo de su amplia frente, y de pronto en lugar de las gafas mis dedos encontraron lágrimas. Jamás en mi vida, ni antes ni después de aquella noche, ni siquiera cuando murió mi madre, había visto llorar a mi padre. Y de hecho tampoco esa noche lo vi: la habitación estaba a oscuras. Solo mi mano izquierda lo vio.

El jueves pasado escuché un concierto inolvidable. La RFG dirigida por Cristoph König (no lo conocía) interpretando a Rossini, Shostakovih y Antonín Dvorák, con el solista de violonchelo Alban Gerhardt.

El inicio con Rossini fue rápido, preciso y activador. Apenas unos minutos para conectarse con el mundo de una orquesta en movimiento. Pero la música que venía después es la que continua, a su manera, alimentando esos sueños. El concierto para violonchelo nº 2 op. 126 de Shostakovich, con Alban Gerhardt como solista y König dirigiendo. Todo tomó otro rumbo.

Se iniciaron unos sonidos duros, difíciles y sombríos que intentaban arrancar un pequeño diálogo entre el solista y las repentinas entradas de la orquesta, de la percusión, de todas y cada una de las secciones de instrumentistas. Silencios en los que solo se escuchaba la agitación seca y cortante del violonchelo. Poco a poco la música de Shostakovich fue creando una tensión que nunca acababa de resolverse: solo aquel avance incierto, sarcástico, poderoso. Semejante por momentos a la mano izquierda que encuentra las lágrimas en la cara que acaricia en la oscuridad. En la que busca protección también. No había solución, solo quedaba aceptar la incertidumbre y la noche de aquellos sonidos, la desesperanza que encerraban. La necesidad de compartir la noche.

La interpretación era seca, intensa, dirigía con precisión el corte en la piel. No había lamento ni compasión. A cada paso todos nos íbamos quedando más y más a la intemperie. Solo alargando la mano izquierda para comprobar si el otro también tenía los ojos inundados. Un proceso que transcurría en la oscuridad, sin poder ver, en el interior de un sueño.

Shostakovich compuso este concierto inmerso en un sufrimiento físico intenso. Y lo hizo para su amigo y admirado Rostropovich (lo leo en las notas de mano del concierto). Y todo eso fue unos pocos años antes de que Amos Oz estuviera al lado de su padre cuando este lloró una noche en medio del asedio a Jerusalén durante la guerra de 1947.

En un momento del sueño de esta noche me incorporé, comprobé si todo el mundo dormía y aunque el invierno está empezando a desaparecer, recuerdo que elegí para leerte un poema de Joseph Brodsky que empieza así: Cae la nieve dejando el mundo entero en minoría. Aquella música había dejado también a todo el auditorio en minoría. No había consuelo en el sueño.

Tras el concierto de Shostakovich vino el descanso. Y en la segunda parte, para interpretar la sinfonía de Dvorák, Alban Gerhardt se deslizó suavemente al fondo de la orquesta para interpretar con su violonchelo, como uno más, aquella música impetuosa. Parecía sonriente, agradecido. Nunca había visto eso.

26 de enero de 2010

¿Por dónde voy?

Un sol muy intenso atraviesa todo el vagón. Algunos asientos hacia delante una mujer enseña a leer a sus hijos con un texto hecho de frases cortas. Palabra por palabra. Y cada poco uno de ellos, al que imagino pegado a la hoja y siguiendo la estrecha línea de arabescos que deben ser las letras para él, se detiene y como si lo invadiera una angustia repentina pregunta por donde va. Supongo, porque no los veo, que entonces ella pone su dedo en el renglón, señala la última palabra e infunde la confianza necesaria para retomar la frase. Continuar.

Cada cual se tapa hasta donde le alcanza el poncho
, dice Ataulpa Yupanki. Escucho su música interpretada al piano, sin su voz. Falta su voz.

En el mismo vagón leo unos versos de T.S. Eliot. Y también me pregunto cada poco, no muy distinto del niño, que por donde voy.
Señora, tres leopardos blancos se posaron bajo un junípero.
En la tibieza del día, habiéndose alimentado hasta la saciedad
De mis piernas mi corazón mi hígado y todo lo contenido

En la hueca redondez de mi craneo.
Y dijo Dios:
¿Acaso vivirán estos huesos? ¿Acaso
vivirán?


No conozco el original pero no me suenan bien estas palabras traducidas. Pero sí me gusta pensar y sentir tres leopardos blancos.

Empecé pensando que iba a copiar un poema entero de Joan Margarit: Nunca quemes las cartas de amor. Pero hoy no. A cambio miro de reojo su último libro: Misteriosamente feliz.

La sensación de esperar algo que no se puede nombrar, aguardar sentado en esta silla y, mientras tanto, escuchar la música.

15 de enero de 2010

Una medida del tiempo: cada día a las ocho

Cada día a las ocho de la tarde los vecinos bañan a su hijo pequeño. Me contó que todos los días de este invierno, desde que nació, se escucha a través de la pared el borboteo del agua, las voces, las risas y un tono de voz que no se olvida aunque no se identiquen las palabras. Sentados frente a un café también me dijo que cuando estaba en casa y lo escuchaba, sentía que era una señal de que todo iba bien, de que todo estaba en orden, que el día había merecido la pena, mejor dicho, que ese día tampoco sería el final. El baño de aquel niño era una medida del tiempo.

Ayer hubo concierto. Fue un concierto maravilloso, una tarde extraordinaria. Nos citamos en la cafetería de un hotel en la circunvalación de la ciudad, de esos que a los dos nos gusta reservar por internet a la mitad de precio, y en los que apreciamos una habitación silenciosa.

La RFG conducida por Manuel Hernández Silva, un director venezolano que no conocía. La primera pieza fue la Serenata para cuerdas en Do Mayor, op. 48 de Chaikovsky. Yo nunca había escuchado una interpretación así de viva y cuidada de ese tipo de música. A cada paso, más y más espacios abiertos en ese tiempo romántico. La sonatina, un vals, una elegía y un final que parecía cruzar, vagar, por la Rusia de Dr. Zhivago. El paisaje, los caminos a través de la estepa, el drama y la emoción palpitante, el romanticismo ruso. Rusia. Todo aquello con una precisión, una amplitud y una pasión enorme.

En el descanso miré el programa de mano. Aquel director dialogaba de otra manera con la música, para empezar sonreía, y trataba los sonidos con una intensidad lejana a la relación burocrática. Venezolano. Recordé la orquesta y el proyecto musical Simón Bolivar, la película de Simon Rattle sobre la educación musical, las ganas que tengo de escuchar una interpretación de Gustavo Dudamel.

Como llegué con más de media hora de antelación a la sala, primero hice tiempo en la cafetería y luego ya sentado en la butaca. En todo ese rato ví gente que no es la habitual en los conciertos. Personas mayores, pero también muchos niños, incluso algunos adolescentes. Con la segunda pieza del programa llegó la explicación: los vecinos de Guláns, una parroquia de Ponteareas, habían llenado un autobús para acompañar al compositor gallego Rogelio Groba a celebrar su ochenta cumpleaños en el auditorio. La segunda pieza, Concerto no lameiro, de Groba, fue el homenaje de la ciudad y de la orquesta.

No es lo habitual, gente de un pueblo pequeño (con excelentes bandas populares) que acompañan a un músico que tiene su mismo físico, viste un traje gris y se mueve como si tuviese veinte años menos. Antes de la pieza subió al escenario a decir unas palabras de agradecimiento. Cada frase era aplaudida por todos, muy especialmente por sus vecinos. Los niños estaban eufóricos en el auditorio, conocían al homenajeado y él los miraba sonriente. No se podía pedir más. Primero habían dirigido con sus manos y desde sus asientos la pieza de Chaikovsky y ahora aplaudían con ganas.

Al final, una Sinfonía núm. 36 de Mozart que parecía obedecer a abruptos contrastes de un romanticismo oscuro: por momentos todo parecía terminar para luego volver a existir. Para mí sonaba a otros autores, no me concentré. Pero no importaba, tal vez era el cansancio de las once de la noche tras una jornada intensa, o la larga temporada escuchando sus conciertos de piano.

Ahora sigo pensando en las medidas individuales del tiempo. Y en el misterio que las hace tan fiables. Por ejemplo la hora en la que en una casa hay que bañar a los niños. O la música inesperada de Chaikovsky al final del día. O las conversaciones que están fuera de lo que podríamos esperar y que permiten encajar las suficientes piezas del puzle para que identifiquemos otras caras de lo que ocurrió.

9 de enero de 2010

Amaicha

Cuando estaba en el instituto leí un libro titulado La importancia de vivir, de Lin Yutang. En uno de sus capítulos describía con todo detalle diez momentos plenos de felicidad. Eran cosas como un paseo por el monte, una tormenta repentina que empapa al paseante y su llegada a la casa caliente donde se pone ropa seca. Acontecimientos así de pequeños, así de grandes. Desde entonces, en las conversaciones con algunos amigos compartimos la clave, en un instante dado, de estar en un momento Lin Yutang.

Hace días que una y otra vez experimento un momento Lin Yutang. Desde que descubrí el programa de radio clásica Juego de Espejos, de Luis Suñén, intento escucharlo todos los domingos a la noche. Pero a veces no es un buen momento. Así que investigué y encontré en la web de R2 los archivos digitales de cada programa emitido, al menos de los últimos. Los descargué y decidí grabar un programa en cada cedé. Así que tengo sesenta minutos por programa en el que un invitado pone la música que le gusta, la que lo acompaña a lo largo de los años, la que admira (nadie es músico profesional), la que le permite reconstruirse a cada paso.

Comencé a escucharlos en casa, pero enseguida sentí que el mejor lugar para esa audición era un viaje en coche, a lo largo de una carretera. Y ese es el momento Lin Yutang: salir a carretera abierta y encender el aparato de música. Hace pocos días de esto pero cada cedé se ha convertido ya en la medida de tiempo más precisa que tengo para mis viajes. Un programa permite llegar, yendo despacio, a Portugal (por ejemplo). Y un programa y un pequeño silencio de reposo es suficiente para llegar a las montañas de Sanabria, yendo algo más rápido. Con las dos o tres primeras músicas de cada invitado (muchas veces asociadas a la infancia) llego muchos días a una pequeña salida de trabajo. Y también con un programa entero estoy en el centro de Santiago, o de Vigo. Aún no he probado esta medida en viajes largos, aunque ya puedo calcular las distancias. Pero los cedés se agotan más rápido de lo que esperaba. Cuento los que me quedan por oir igual que recelo pasar las páginas de un libro maravilloso, no quiero que se terminen. Es la otra cara.

Son programas sugerentes y abiertos. No solo hay música clásica, a veces hay algo de flamenco o de jazz, más raramente algo de pop. Hay invitados con los que me identifico mucho, con otros que traen todo ópera, apenas. Pero se saborean todos los colores. Porque en todos existe un material emocional que liga la música, la memoria y el día a día. Es un programa para gente que no vive de la música pero vive con la música, le gusta decir a Luis Suñén.

Hace meses leí un libro titulado Piano. La historia de un Steinway de gran cola, de James Barron. La historia que se cuenta es la de la construcción paso a paso de uno de estos instrumentos, 4.752 piezas mecánicas que hay que ajustar hasta que el instrumento deja de parecer mecánico. Y en medio de esas fases, alguien fabrica cuñas de madera de 0,33 milímetros. Y ese es el dato relevante, el que no se olvida: una cuña imperceptible que hace inclinarse la balanza del sonido hacia uno u otro lado. Así me parece la memoria, llena de cuñas invisibles que reordenan los pesos y los espacios, los sonidos, y permiten llegar a sesenta minutos de música. ¿Cuáles son los sesenta minutos de cada uno?

Antes de escribir esta entrada puse una canción de Ataulpa Yupanqui que conocí también en la radio. Me costó encontrar la grabación pero al final dí con ella: Danza de la paloma enamorada. Y como otras veces, tras la canción no pude dejar de escuchar las siguientes tres o cuatro, o más. Hasta que la voz poderosa y seductora de Ataulpa cuenta la historia de su Baguala de Amaicha. En ella, Ataulpa se encuentra con un campesino que tararea una música, los dos a caballo, camino de Amaicha, en las montañas cerca de Tucumán, Argentina. Y cuando Ataulpa elogia su cantar, el campesino enmudece y le dice que él ya sabe que canta "fiero", que canta "feo", pero que lo hermoso de ese cante lo pone la montaña, lo pone el cerro: si a usted le gusta es porque el cerro pone lindo las cosas que yo canto. Y Ataulpa Yupanqui se pregunta qué será de nosotros si no tenemos una montaña que nos haga lindo el canto, si no hay un paisaje que ampare y custodie la canción.

A nosotros tal vez el único paisaje que nos puede hacer lindo el canto es la memoria. Por eso se disfruta tanto caminando por las montañas de lo que no queremos olvidar. Construyendo y reconstruyendo a cada paso, unas veces a caballo, otras a pie, hacia Amaicha, siempre hacia otros lugares.

5 de enero de 2010

"Truenos mórbidos y un rayo que me partió"

Leo Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz como si fuese Rayuela. De aquí para allá, empezando por los últimos capítulos, iniciando una historia por el final, a saltos, con varios marcadores que son entradas viejas a los conciertos. Comencé a leerlo como si fuese un libro normal pero me aburría. No llegaba al río que intuía corría por debajo de las frases, entre las páginas. Oía parte de su discurrir sin lograr acceder a él. Así que probé con el método de Cortázar y las piezas del puzle comenzaron a encajar, en realidad, comencé a avanzar por túneles subterráneos que, como madrigueras, se conectan entre sí y aseguran una tupida red de caminos en los que sobrevivir y también esconderse.

Entonces comenzaron a alternarse los capítulos más dramáticos, el que parece que fue el suicidio de su madre, con otros festivos como el conocimiento de Nilli, la que sería su mujer. O la mejor descripción que recuerdo de una historia de amor y erotismo, la que mantiene con la maestra Orna (sentí en lo más profundo del cuerpo como truenos mórbidos e inmediatamente después un rayo que me partió).

Muchas veces me pregunto desde dónde escribe Amos Oz, o cómo se puede tener semejante conocimiento, qué ha vivido, que mundo habita para poder recorrer esos mundos importantes cuya existencia es invisible. Pues aquí me parece que hay algunas respuestas.

Y mientras tanto escucho las Sonatas para piano de Mozart, ahora mismo el cedé con la 4, 2, 12 y 15. No es el músico que ansío escuchar continuamente, pero esta temporada, ya larga, me acompaña una y otra vez. El correr de esa música, sea lenta o más rápida, parece estar dirigido por la misma sabiduría que a Amos Oz le permite describir la muerte de su madre diciendo que no se despertó por la mañana, tampoco cuando clareó el día y entre las ramas del ficus del jardín del hospital el pájaro Elisa la llamó sorprendido y la llamó de nuevo y la llamó en vano y pese a todo lo intentó una y otra vez y aún sigue intentándolo a veces.

Mozart trata con actitud parecida los caminos subterraneos del dolor y las superficies brillantes del placer y la alegría máximos. Y la interpretación de Christian Zacharias deja que eso se vea. Es un conocimiento sobre la frontera tan fina que separa la tristeza y el placer o sobre la fibra con la que están hechas esas emociones: la misma. Una vez, en mitad del invierno y en un campo nevado, al pie de una roca, descubrimos la despensa de algún animalillo para lo que quedaba aún de frío: bayas rojas. Los sonidos de piano de Mozart, en estos días de temporal sin fin, son como las bayas rojas. Permanecen a cubierto, agrupados como los huevos en un nido, cuidados, preciosos. Emocionantes.

26 de diciembre de 2009

Acariciar al tigre

Ven gato, acércate más, eres mi oportunidad de acariciar al tigre.
Hace días que anoté este verso de José Emilio Pacheco.

Desde entonces han pasado varias músicas inolvidables, algún pequeño y gran viaje, encuentros con imán y libros nuevos.

El pasado viernes asistí en Santiago a las tres primeras cantatas del Oratorio de Navidad (BWV 248) de Bach. Una música girando alrededor de lo sagrado y frente a la que tuve la sensación de que aquellos sonidos habían existido desde siempre y ahora se limitaban a pasar a través de los cuerpos que había frente de la orquesta. Una música de una profundidad increíblemente ligera, centrada en el agradecimiento y el dolor.

También había anotado estos días tres características de una buena una obra, sea cual sea su disciplina: respetuosa con el espectador y que no resulte ni oracular ni pedagógica (lo escuché en la radio). Días más tarde y leyendo a Amos Oz: que la obra cuente y no que opine y que sea autobiográfica sin resultar una confesión.

26 de noviembre de 2009

La dificultad de los signos de puntuación

Tras ver la película "Control" de Anton Corbijn sobre la vida del cantante del grupo Joy Division Ian Curtis, me pregunto cuántas películas he visto ya que cuentan historias similares de la misma manera. Y de memoria me acuerdo de otras dos. No me refiero a la biografía del cantante, que es la que fue, sino a cómo se colocan los signos de puntuación en esa biografía.

Lo que ya he visto es: un joven músico se enamora, se casa y tiene algún hijo mientras aún es un talento anónimo. Comienza la carrera, la fama llega rápido y los viajes más o menos largos también. Igual que el acercamiento a otras mujeres mientras está fuera de casa. Rápidamente la primera mujer se presenta como menos atractiva (a la Ian Curtis le ponen unos pantalones horribles y la engordan un poquito), el cantante se desencanta y, o bien se va con la nueva o bien pasa a una tercera. Mientras, el talento continua imparable y la injusticia del drama surge a cada paso. En casos extremos como éste todo termina en suicidio.

La muerte de Ian Curtis es inapelable. La colocación de los signos de puntuación que permiten leer el texto de su vida es otra cosa. Lo que veo una y otra vez es una vida de artista enfocada desde el lugar común del genio romántico, cuyo inmenso potencial creativo le impide controlar su evolución como persona a la vez que cuidar sus relaciones más queridas (dos cosas que deben generar buena taquilla y hasta premios en festivales). Un analfabeto emocional capaz de emocionar en los conciertos.

En mi opinión, una mirada que arroja arena a los ojos.

24 de noviembre de 2009

Carreteras secundarias

Casi siempre por carreteras secundarias. Así crucé la Sierra de la Culebra. Llovía, puse la radio del coche e increíblemente la señal llegaba bien, sin mezclarse con las emisoras portuguesas. Había un programa sobre el Orient Express en el que ponían música de Debussy o las Danzas Húngaras de Bela Bartok. Conduje aún más despacio. De París a Estambul, de Europa hasta Asia.

Hacía tiempo que no cogía una carretera tan secundaria, tan fuera de los mapas. Esas rutas siempre me han parecido las más cortas para llegar a un sitio desconocido. También las mejores para encontrarte con perdices en mitad de la carretera.

Momentos brevísimos en los que no hay nada que hacer, nada que comprender. Sólo conducir y escuchar, limpiar el agua del cristal del coche, avanzar, imaginar algunas cosas. Pensé en la cúpula llena de estrellas pintadas que había visto, en la Hidra, Hércules, en el escorpión sobre el que brillaban pequeños puntos dorados a lo largo del cuerpo. Seres vivos en mitad de la noche.

14 de noviembre de 2009

Una y otra vez

Sentados a la mesa de un café antiguo, me dijo una tras otra varias opiniones que eran difíciles de escuchar. Además no las había pedido. Pero no hubo tregua y la conversación derivó hacia una gran dificultad para el destinatario. Cuando terminó, y a la vista del destrozo de quien tenía enfrente, metió la mano en una cartera y sacó un pack con los cinco cedés de Las sonatas para piano de Mozart, interpretadas por Christian Zacarias. Un bálsamo, dijo.

Tardé varios días en sentirme con fuerzas para abrir la caja. Ahora, cada vez que escucho esa música la herida de aquella conversación se reabre para luego volver a cerrarse y un poco más adelante volver a abrirse, como si palpitase, o como si bombease una energía oscura desde el centro. Una y otra vez.

11 de noviembre de 2009

Ríos y mareas

El once de septiembre, justo hace ahora dos meses, me regalaron la película Ríos y Mareas sobre el trabajo de Andy Goldsworthy. Sabía de su existencia desde hacía tiempo, incluso había visto algunas imágenes, tenía muchas ganas de encontrarme con ella. Pensaba que sería una mirada con la que me identificaría, de la que podía aprender mucho, quería escuchar lo que Goldsworthy dice sobre su relación con los ríos, con la tierra, con el color rojo: "El verdadero trabajo es el cambio (...) El río no depende del agua, hablamos del flujo (...) Lo que está debajo de la superficie afecta la superficie". Sobre estar solo en mitad de la montaña, junto al agua, trabajando. Tenía tanta curiosidad y ganas que invertí todo este tiempo en la espera. Dos meses, ni más ni menos. No sé que pensar de esta actitud. La película es una maravilla, su trabajo también.

4 de noviembre de 2009

Teixos, gaios

Otra vez los tejos.
Los frutos rojos del serbal ya están en el suelo, y algunos árboles sin hoja. Pero aún hay castañas recién salidas del nido.
O gaio, el arrendajo. Sigo sin encontrar sus plumas. Subí hasta aquí para volver a sentir este silencio.
Y enterrar dos semillas.
Aquí, en lo más oscuro del bosque, al pie de unas hayas, cerca de un tejo.
Después, desciendo por una ladera suave, sin prisa.
Antes de cenar leo un capítulo que se titula Las trampas de la memoria.

La voz de un aniversario

Debería haber escrito al llegar del concierto, pero estaba muy cansado o no encontré las fuerzas. El viernes pasado el auditorio de Santiago celebraba su vigésimo aniversario con algo especial, Paul Daniel dirigía a la RFG y cantaba Ute Lemper. Era un día especial.

La tarde empezó abriendo un libro de John Cage en una librería. Eso, en si mismo, ya tiene algo de escucha porque de ahí salen siempre cosas inesperadas. Y me encontré con una fotografía de Llorenç Barber en uno de sus conciertos de campanas. Y la memoria comenzó a funcionar. A construir y también a borrar. Casi podría celebrar el vigésimo aniversario del día en que conocí a Llorenç en un concierto de campanas en Segovia. Me pareció un tipo maravilloso.

Llegué al auditorio con mucha antelación para, de alguna extraña manera, concentrarme. Y sentado en la butaca ví pasar una persona que hace otros veinte años formó parte de mi familia y a la que sigo apreciando. Hacía años que no nos veíamos.

Comenzó el concierto. No conocía físicamente a Ute Lemper ni a Paul Daniel. Pero la orquesta sonaba muy bien bajo su dirección y él transmitía la música con sus movimientos, sin batuta, con las manos abiertas. Me gustó. Eran piezas con dureza y sarcasmo de Kurt Weill, reconozco que no era la música que esperaba, aunque la totalidad del concierto le ofrecería sentido a toda esta primera parte.

La fiesta de celebración venía luego. Primero escuché la voz de Ros Marbá leyendo un pequeño texto sobre al aniversario, no me la imaginaba así, aguda, diminuta, excesivamente forzada por hablar en gallego. Y volvió a salir Ute Lemper (con un vestido inolvidable). Para cantar las piezas del exilio de Kurt Weill en EE.UU. Otra música que también incluía nostalgia y dureza, aunque de otra manera. Cantó con emoción y mucha precisión, como una actriz también. Luego, tras una pieza de Erik Satie, interpretó varias canciones que todos conocíamos.

¡Y con qué ritmo!, parecía que había que sujetarla para que no saliese disparada entre sus movimientos casi de baile. ¡Cómo dirigía el sonido por todo su cuerpo, sacándolo en pequeños avances y retrocesos, a saltos, de manera intermitente, en una fluidez constante. Y casi al final, "In the port of Amsterdam", una extraña marcha casi militar hacia la tristeza.

Es el primer concierto de esta temporada en que regresé a casa por la noche en silencio, cien kilómetros escuchando las últimas voces.

25 de octubre de 2009

Un canto para tí, amigo K

Escuchar una música, dedicando ese acto de atención a alguien que ya no está. Así fue en el último concierto.

Algunos días más tarde una música de la radio que apenas oía porque estaba en al cocina, consiguió que poco a poco me fuese acercando a ella casi sin yo saberlo, hasta que empecé a saborear los sonidos que venían en pequeños impulsos por entre los espacios de la casa. Comencé a prestarle atención, era un motete.

Luego, uno de los intérpretes dijo que un motete es una música de duelo y de esperanza.

12 de octubre de 2009

A mí me gusta escucharte

Son imágenes que provocan casi un dolor físico. Imágenes de la vida en un estado que parece el natural, no el de todos los días.

No mentir, no traicionar, no humillar, no dominar... Son palabras de Natalia Ginzburg citada por Gustavo Martín Garzo en un artículo que leí esta mañana. En él habla de esta escritora y la relaciona con la cineasta Agnès Varda, en su retrato de las espigadoras, también de ella misma: ir tomando de la corriente de la vida esos restos que nadie quiere y que conservan misteriosamente el poder de iluminar un instante nuestro paso por este mundo.

Esta noche ví la película Génova de Michael Winterbottom. Me será difícil olvidarla, es una maravilla que provoca algo que es casi dolor físico. Tres personas luchando por sobrevivir, queriéndose y gritando en mitad de la noche su dolor. Un padre y sus dos hijas, una de ellas aún pequeña. Una mujer maravillosa que los guía por la nueva ciudad y a la que él rechaza en favor de una tal Rosa, ¡qué rabia me dió!, ¿cómo pudo dejar que pasara a su lado sin más aquella mujer?

Todo parecen casualidades. Ayer, en un acto, por azar me senté al lado de una señora que no conocía. Al rato alguien nos presentó y comenzamos a hablar. Era una mujer madura, llena de poder en sus gestos, muy guapa. En muy poco tiempo me contó una desgracia igual a la que vive el protagonista de Génova.

Martín Garzo elogia el trabajo de las espigadoras, recoger las espigas que quedan abandonadas en la cuneta. Lo que no merece otro aprecio, lo que se desecha. En un momento de Génova, la niña más pequeña enciende una vela por alguien, y la mujer que la acompaña le pasa la mano por la cabeza mientras intenta responder a su pregunta sobre si existe el cielo. Al terminar la explicación le pregunta si tal vez habla demasiado. No, le responde la niña, a mí me gusta escucharte.

Zoltán

Al fin regresó la música en directo. El jueves pasado volví a elaborar el ritual del viaje que acaba en un concierto a las 9 de la noche en Santiago. Lo eché de menos con mucha frecuencia estos últimos meses. Me senté en esas butacas estrechas y rojas de hace veinte años, a esperar la salida de los músicos. Y aunque todos son desconocidos para mí, tuve la sensación de regresar junto a viejos amigos. Reconozco algunas caras, sobre todo las de quienes tocan en las primeras filas pero, de alguna manera, a todos ellos les estoy agradecido. Allí volvíamos a estar. Y eso ya era un triunfo.

La música que sonó no me emocionó especialmente. La primera parte me pareció fría y deslabazada y hasta me pareció sentir que faltaba concentración o algo así. No sé. En la segunda parte disfruté más la pieza de Xavier de Paz, y pensé que hace falta escuchar mucha más música contemporánea. Es bien curioso todo el público que hay para la pintura moderna y el poco que está dispuesto a escuchar la música que se correspondería con esos cuadros, (Muñoz Molina dice esto en uno de sus últimos artículos sobre música).

Pero lo mejor del concierto para mí fue la última pieza, las Danzas de Galatea de Zoltán Kodály. Aunque no la conocía, la sentí como una música que me era familiar. Sonidos con muchas capas, desde la música más popular hasta otra más elaborada. Música mestiza que corre por todo el cuerpo, desde los sonidos de la infancia, hasta la alegría de la luz. La lentitud, la calma y lo impetuoso, pero no desde el lado romántico. Con unos lugares maravillosos para el clarinete. Ser recolector de sonidos perdidos y ser autor de sonidos nuevos, Kodály y Bela Bartók.

Después conduje en silencio, no quería interrumpir la continuación de esa parte final.

6 de octubre de 2009

Será complicado

Dentro del cine, cuando la película comienza, igual que en los párrafos de la primera página de un libro, todo vuelve a empezar. Una y otra vez. No hay desgaste, nunca lo hubo ni nunca lo habrá. Hoy el proyector se apagó a mitad de la sesión y la sala quedó casi a oscuras. Tardaron algunos minutos en solucionar el problema, después la historia continuó fluyendo.

Hacía tiempo que una película no me agitaba de esa manera, en varias direcciones a la vez, tirando de muchas partes del cuerpo, haciendo crujir la nave. Todas direcciones quiere decir una sola, la de la única fuerza que mueve todo lo que hacemos (estoy convencido, hasta las cosas más increíbles y locas), aquello que nos lleva a avanzar hacia los recuerdos y a resumir años en escenas sin importancia aparente (por ejemplo el vestido que llevabas en tal o cual momento).

Poco a poco me fuí quedando más y más quieto en la butaca. Inquieto también. Mirando la pantalla, reconociendo varias películas al mismo tiempo. Sudoroso. Y al final noté que la ropa se me pegaba al cuerpo. Igual que cuando atraviesas un momento intenso y complejo y te felicitas por haber salido de allí. Pero aún no quería irme. Aguardé hasta saber que la película estaba basada en la novela La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri. Hasta el letrero de Dolby Stereo.

Después caminé hacia casa, crucé el puente sobre el río que me recuerda alguna ciudad yugoslava. Cené rápido. Quería subir a escribir esto: que hay diálogos maravillosos como el del final de hoy:
- será complicado (dicho por Soledad Villamil)
- sí, lo sé (dicho por Ricardo Darín)
No muy lejano del que mantiene el protagonista con la bibliotecaria de Lugares comunes, Tutti Tudela.

Ahora llueve sin cesar. Echaba mucho de menos la lluvia.

30 de septiembre de 2009

Una tiorba

Al final de un día largo e intenso, sumergido en una poza de agua termal a más de 40º, que a duras penas soporto y nunca más de diez minutos. Después agua muy fría, para volver a un agua un poco menos caliente que la primera. Así unas tres veces, por la noche y al aire libre, con los ruidos de la ciudad cerca, en silencio. A veces con la cabeza sumergida, conteniendo la respiración. Parecido a cuando hoy hemos hecho fotos con los ojos tapados. Hasta perder la noción de las proporciones y algo de la orientación, aunque percibíamos mejor las gotas de lluvia en la piel y hasta los relieves del suelo. Siempre se pierde algo por el camino, o mucho, tengas los ojos abiertos o cerrados. Tras el baño, me volvían a la cabeza los sonidos de guitarra de una pieza que escuché hace pocos días en la radio. Y me acordé del concierto que Juan Carlos Rivera ofreció con guitarra y tiorba en la iglesia de Agüero. Era verano. Entonces busqué y compré una de sus grabaciones. Y hoy volví a escuchar esa música. Sonidos delicados y precisos como las alas de un insecto. No ha sido una mala jornada.

27 de septiembre de 2009

¡Pues son guapas, Agustín!

En el coche, por la noche y escuchando radío 2. De pronto aparece uno de los programas que prefiero: Juego de Espejos de Luis Suñén. Cada programa es un diálogo con una persona que vive cerca de la música aunque sin dedicarse a ella. Se escuchan las piezas que propone el invitado, y en los intervalos la conversación que mantiene con el presentador. Aprendo mucho de esas charlas.

El invitado de hoy es Agustín Gervás (que no sé quien es). Pero tiene una voz bonita. Y de pronto empieza a hablar de la belleza que puede tener una voz. Después relaciona músicas como la samba argentina (la Samba de Vargas) con música antigua española. Y habla del flamenco y de los cantes de ida y vuelta. Y luego dice que para él la música de Bach conecta con unas ganas inmensas de vivir, con algo pleno. Me gustan sus opiniones. Afirma que ese interés por la voz también lo desarrolla escuchando la radio, porque juega con las imágenes que puede haber detrás de esas voces. Y entonces es cuando afirma, divertido, que hay voces de mujeres en radio 2 a las que es mejor no conocer en persona, porque si son guapas se enamoraría de ellas... y cita dos o tres ejemplos, pero sobre todo la voz de Ana Vega Toscano.

Y entonces Luis Suñén, el presentador, le responde muy serio: ¡Pues son guapas, Agustín!, como advirtiéndole del peligro.

Escuché con todo mi interés hasta el final. Conozco esa voz de Ana Vega Toscano. Comparto el gusto de Agustín Gervás. Conocer a alguien solo por la voz es otra manera maravillosa de conocer, además sin límites. Es una gran construcción de la imaginación, como todo. Hasta ahora he preferido no ir a la web de R2 para ver como es esta presentadora, y creo que estupenda pianista.

¿Cuánto tiempo puede resistir uno solo con una voz?

22 de septiembre de 2009

Duración

Hay libros que necesito tener cerca. Por ejemplo Poema a la duración, de Peter Handke: No es a quien está en casa sino a quien va camino a casa a quien le llega la duración.

De ahí salió el título para una proyección de fotos: "Lugares que duran".

Y de la diferencia entre el instante, sin duración, y el presente que se extiende hacia atrás y hacia delante. Igual que los sonidos.

En los conciertos, cuando acaba una pieza, habría que dejar que el sonido durase todo el tiempo que hiciese falta antes de comenzar los aplausos. Siempre me pareció que los directores deberían ayudar con sus gestos a que la música no se terminase con el inicio del último sonido audible. Como espectador me gustaría esperar en silencio a que mi cuerpo dejase de sentir las imperceptibles líneas que lo cruzan, incluso cuando ya casi no se escucha nada.

Un cambio en el blog

Al final he decidido hacer un cambio en la estructura del blog: suprimir las entradas de comentarios. El tiempo ha demostrado que apenas eran útiles para la comunicación, porque salvo alguna excepción, todos los diálogos que han surgido han ido directamente a mi correo electrónico. Debe haber razones de varios tipos para querer buscar esa privacidad que, por otro lado, comprendo y me gusta. Así que lo mejor es dejar que las entradas del blog encuentren su lugar sin apenas coletilla en su parte inferior.

17 de septiembre de 2009

La respiración, el aliento, los gestos

Escuchar la respiración del interprete, intuir sus gestos, el aliento de unos sonidos que salen de algún lugar entre el instrumento y el músico. Pequeños gestos que también son una huella y que por fortuna nadie ha borrado de la grabación.

Me gusta escuchar el aliento de Pau Casals en la grabación de su concierto en la Casa Blanca en 1961. Y también a Keith Jarreth en su Concierto de Colonia. Es la música que sigue a Nani Moretti mientras viaja en su vespa hasta el lugar en que murió Passolini. (Hace poco la escuché en un viaje largo en coche, cruzando una llanura en la que el termómetro marcaba 36º y en la que no había otra cosa que hacer más que conducir y escuchar la música y la respiración).

¿Un virus de la empatía funciona a larga distancia?, dice la protagonista de Código 46. Al inicio de la película me vino a la cabeza lo que dice el fotógrafo Raymond Depardon: cuando tengo interés en una mujer me gusta invitarla a un viaje. La misma protagonista dice que le pasa algo frente a una piel con pecas: la piel con pecas es como vestida y desnuda. La última frase de la película es: Te extraño. Condenada a mantener sus recuerdos mientras a los más afortunados se los extirpan.

Escuchar una respiración. O pensar en escucharla. Mientras el avión alcanza altura y gira para enfilar la ruta. Y el horizonte se inclina.

Dicen que pensar en los sonidos activa las mismas zonas del cerebro que escucharlos.

16 de septiembre de 2009

No lo sé

Hace unas semanas que escucho los Últimos Cuartetos de Beethoven, en una interpretación del cuarteto Lasalle. Intento saber en que dirección avanza mi emoción al escucharlos y aún no lo sé. Pero quería escribir aquí lo que sí identifico.

Lo primero es que no tengo el oído acostumbrado a esta música. No deja tregua.
Lo segundo es que me parece una música dura. Lo que no le quita ningún interés.
Lo tercero es que me doy cuenta de que no vale, no basta, con intentar saber si me gusta o no me gusta. Mejor dicho, esta música no se adapta a estas categorías. (Tampoco podría decir fácilmente si me gusta o no).
Lo cuarto es que la escucho durante varias horas seguidas, sin querer separarme de ella.

Es posible que sea una continuación

Una conversación sobre alguno de los muchos tipos de soledades que pueden surgir cuando uno no está solo. También sobre la dificultad de dormir a tu hijo pequeño.

Casi ese mismo día, me regalaron varios discos en los que había grabados quince películas que no había visto.

Hoy elegí una al azar. Revolutionary road, de Sam Mendes.

No sé explicar por qué siento una cosa como continuación de la otra.

3 de septiembre de 2009














Toda la tarde, también estos últimos días, viendo y editanto fotos. Como siempre llevo "retraso", estoy trabajando con imágenes de hace tres y cuatro años. Hay momentos difíciles, otros muy intensos. Muchos presentes entrecruzándose, un diálogo a varias voces.

Y me acordé de un texto de Raymond Carver:

Cada poema que he escrito fue un momento único (...) Cuando veo uno estoy viendo la radiografía de mi mente en ese momento. Leyendo ahora estos poemas, tengo la sensación de estar ante un mapa aproximativo pero auténtico de mi pasado. Me ayudan a hilvanar mi vida, a percibir su continuidad. Y me gusta la idea.

29 de agosto de 2009

No comprender

No comprender, y aún así necesitar comunicar algo de esa experiencia.
En el último libro de Amos Oz, uno de los protagonistas, cansado al final de su vida de no entender a quienes le rodean, ni a él mismo, copia (como un bálsamo) fragmentos de una guía sobre aves. Y hablando de la migración dice:

Mattheus llamó a esto "navegación sin sentido", y no porque, en su opinión, tenga algún valor biológico, sino porque desconocemos completamente su función.

Entonces me acordé del libro de Gao Xingjiang, La montaña del alma. En la última página, la número 651, el autor escribe:

Sólo cae la nieve.
En ese instante, no sé dónde está mi cuerpo, no sé de dónde sale este pedazo de tierra del paraíso. Escruto los alrededores.
No sé que no no comprendo nada, creo que aún lo comprendo todo.
Las cosas suceden detrás de mí. Siempre hay un ojo extraño. Lo mejor es aparentar que se comprende.
Aparentar que se comprende, pero de hecho no comprender nada.
En realidad, no comprendo nada, pura y simplemente nada.
Así es.

Antenas

Un amigo me envía un texto del libro de Adam Zagajewski, Antenas, porque le pareció que había alguna relación con los viajes en compañía de la música de Mikel Laboa. Me gustaría anotarlo aquí:

La música que escuchaba contigo
en casa o en el coche
o incluso durante un paseo
no siempre sonaba tan pura
como quisieran los afinadores de pianos;
a veces se inmiscuían voces
llenas de pánico, de dolor,
y entonces aquella música
era mucho más que música
era nuestro vivir
y nuestro morir

14 de agosto de 2009

Captain Cohen

Capitán Cohen !: escucharle ha sido un placer. Apetece decir eso.
Concierto de Leonard Cohen en Vigo. No hubiera ido si no me hubieran invitado e insistido en que podría estar bien.

Tres horas de concierto. Un hombre mayor, 74 años, envuelto en una energía serena y alegre. Un monje zen al que sus acompañantes le reconocen una autoridad que él parece no necesitar. Y un conjunto de seis instrumentistas más tres voces. Diez personas sobre el escenario. Cada músico un virtuoso concentrado en lo que está haciendo. Y cada vez que él no canta, escucha con atención la música que hace el resto del grupo. Cuando hay un solo de alguien, clava en él toda su mirada y se saca el sombrero en señal de agradecimiento.

Una profunda sensación de agradecimiento a cada momento. En todas direcciones. Un escenario envuelto en una calma que no recuerdo haber visto. Sobrecogedora en muchos instantes. Las luces, el sonido, la lentitud o la rapidez. Magistral. Un encuentro con alguien que había abandonado los escenarios pero no la música. Entre las diez y la una de la noche, una noche de verano cerca del mar. Uniformados casi todos con un sombrero pequeño y negro. Casi todos de negro. Silenciosos, sin ninguna estridencia, sin bromas estúpidas, sin alzar la voz. Cantaban para nosotros. Hasta el final, hasta la despedida. Good night, darlings.

Antes del concierto compré un libro que empieza así:
Un hombre se levanta y se va a otro lugar. Lo que el hombre deja detrás de él permanece detrás observándole.

7 de agosto de 2009

Anotaciones pasadas

Durante el tiempo en que no escribí en el blog, anotaba algunas cosas en la libreta con la intención de pasarla luego al blog. El 15 de mayo murió Carlos Castilla del Pino y al día siguiente copié unas frases del artículo que el periódico le dedicó:
Castilla del Pino hizo suyas las palabras de Goethe ("llega a ser el que eres") y defendió la tarea de descubrir quién se es y tener el valor de serlo: "Ese es el éxito en la vida", dijo.

No he conocido a nadie tan implacable en sus análisis y con tanto gusto por vivir. Asistí a dos de sus cursos y el tercero y final de esa serie se suspendió por su mal estado de salud. Meses después murió. Contaba que le gustaba conducir su coche mientras dirigía la música que sonaba en el cedé.

Creo que tampoco he conocido a nadie que defendiese con tanta intensidad su privacidad y su espacio. "Echar la tranca" de la casa a la noche, arroparse en la biblioteca (sin ventanas), caminar por el patio interior.

Miedos

¡Muéstrame tu dios y te diré cuál es el color de tu miedo!

(Chantal Maillard, Diarios Indios)

2 de agosto de 2009

Mikel Laboa y el desierto

A veces una música se une a un lugar de una manera inexplicable. Nada tenían que ver, pero se encontraron.

Durante varios días crucé una carretera del desierto escuchando en el coche las canciones de Mikel Laboa. No conozco otra voz igual. Una y otra vez el cedé volvía a empezar y aquella música empapaba no sé que parte de la memoria, de una manera parecida a como el sabor del vino inunda la boca.

Hace poco más de un año, en otro viaje en coche, escuché la noticia de que Mikel Laboa había muerto. Recuerdo que paré y pensé en cómo había conocido su música. Estos días, la persona que me lo dió a conocer acaba de tener su primer hijo, aunque ya somos dos desconocidos. Así son sus canciones.

Conduciendo despacio, con el aire acondicionado puesto, en medio de un calor tórrido que parecía derretir el asfalto, había una voz que ayudaba a escuchar otras voces. Es una música a la que le tengo agradecimiento.

82 días

Ochenta y dos días sin escribir en el blog, y nunca tuve la sensación de que estuviese cerrado. Echo de menos acercarme a él y hace días que buscaba el momento para continuar, lo que ocurre es que tal vez esperaba un reinicio "especial", un tema (no sé cual) con el que dar un pequeño golpe de efecto tras el silencio. Pero nada de eso ocurrió.
Soy un experto en trabajos de todo tipo sin terminar. Suelo detenerme bajo una razón que en ese instante me parece poderosa y convincente. Entonces quedo a la espera de algo que sucederá, no se sabe bien el qué, y ese tiempo se va alargando hasta producir una especie de aletargamiento que, como el de los bichos en su cueva, aconseja esperar un cambio de estación (y de trabajo).
En la vuelta al blog me apetece escribir sobre temas que no tienen que ver con la música escuchada por lo general en una sala de conciertos, esta es una percepción con la que ya llevo tiempo y que me hizo callarme en algunas ocasiones. Los sonidos y el ritmo, la percepción y la escucha surgen en cualquier lugar, y hay encuentros inesperados o planificados, pero encuentros, que me gustaría nombrar.

11 de mayo de 2009

Solaris

Me gusta moverme por el lugar que ocupaba hace solo un instante, para seguir su rastro y saber a que huele. Escucho la música de Cliff Martínez para la película Solaris, de Steven Soderbergh. El interior de una nave girando en la ingravidez. En la calle están los ruidos de la noche y pasa algún coche. Amos Oz ha vuelto y con él una escritura dura como el diamante. Y luminosa. En algún lugar, la nave se interna por un pasadizo estrecho hacia algo desconocido, aceptando el extravío del viaje. Pienso en el Solaris de Andrei Tarkovsky, y en que hay una casa en mitad de un páramo, que cada vez que la veo recuerdo la casa en llamas de su película Sacrificio. Un diamante que recorta las palabras en un vidrio.

10 de mayo de 2009

Viaje de invierno

En otra ciudad, con ganas de escuchar a Bárbara Hendricks cantar las canciones de Viaje de Invierno, de Schubert.

Viendo una exposición sobre la sombra en el arte, anoté una frase de un autor que no conozco: estar en concordancia con el ser no significa estar en un estado de perfección.

Intentando reconocer superficies semejantes a la voz.

5 de mayo de 2009

4 de mayo de 2009

Encuentros

Al final de la película amoresperros, antes de los créditos, hay una frase: somos también lo que hemos perdido. La ví hace un par de días.

Y hoy encontré una fotocopia, entre otros papeles, con esta carta de Antoine de Saint-Exupéry. Hace años que la tenía guardada (y perdida). De repente me apeteció copiarla aquí.


Societe Anonyme des Grands Cafes de Toulouse
15, Place Wilson

Toulouse, el 22 - 10 - 1926

Mi vieja Rinette,

Te escribo para que no me acuses de olvido: palabra heróica (tengo los dedos helados y cantidades de tazas de café no han conseguido hacerme entrar en calor).

Esperaba salir de reconocimiento (viaje como pasajero a Casablanca, ida y vuelta), estoy recibiendo aviones nuevos. Soy muy feliz. Pero es mucha la soledad que sufro en este país. Ten la amabilidad de escribirme - no será lo mismo que pasar la velada en la calle Saint Guillaume pero también me hará muy feliz.

Hace un tiempo lamentable. Esta tarde he probado un avión nuevo durante una hora, bajo una lluvia torrencial y a cien metros del suelo. No te hubiera encantado la aviación. Se parecía más a un baño.

Eres una amiga encantadora pero yo no sé decir estas cosas. Solamente sé pensarlas.

Antoine
13, calle Alsaca-Lorraine, Toulouse

1 de mayo de 2009



Imaginar al otro

Hace unos días, mientras desembalaba unas maderas protegidas por periódicos, quedó delante de mi, por azar, una hoja de El País del 1 de octubre de 2005. Reparé en ella porque contenía un artículo del escritor Amos Oz: El mal tiene un olor inconfundible. Recorté la página. Hoy la leí.

Él dice que el mal supremo no es la guerra, en sí, sino la agresividad. Y que uno de los poderes que mejor puede desactivarla es imaginar al otro. El artículo termina así:
Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a mi juicio, un imperativo moral fundamental. Y, sobre todo, imaginar al otro es un placer humano profundo y muy sutil.

En la misma jornada que encontré esa hoja ví una película que ya me parece inolvidable: En el séptimo cielo. Imaginar al otro. Es muy difícil pasar a palabras lo que sucede en el interior de esos personajes, como unos se imaginan también lo que puede estar viviendo el otro. Y aún así, sólo pueden actuar. Pensé de inmediato en una película de Ingmar Bergman que ví hace años: Infiel.

Me llamó tanto la atención el artículo de Amos Oz, porque siempre me ha parecido que imaginar al otro emana un perfume sutil y hasta erótico, que surge en primer lugar de la atención. Prestar atención al otro, dedicarle atención, escucharlo y recrearlo con la imaginación (la única percepción fiable), imaginarlo. Y también es una forma de estar cerca, de sentarse cerca para aspirar su aroma. Y sorprenderse. Imaginar al otro exige aceptarlo, con todo lo difícil que eso es. Y eso sucede, por ejemplo en la música, cuando dos voces avanzan en un diálogo entrecruzado, que también puede ser profundo y sutil. Escuchar la música a mí me ayuda a imaginar al otro.