Hace un tiempo, algunos años, la manera de entrar en la noche y en el descanso era a través de la música.
Hay piezas que entonces escuché que ya siempre estarán unidas a un tiempo en que cuando había que dormir todo el cuerpo se rebelaba mientras fuera nevaba. El invierno en todas direcciones.
Una de esas piezas es el Adagio D897 de Schubert.
Hace más de un año me regalaron un pequeño cactus. Me gustan las plantas, las cuido con atención, pero no siento especial cercanía hacia esa variante que son los cactus. Pero este era poco más que un esqueje y además me lo traía alguien a quien quiero. Así que le di un lugar preferente frente al sol de la ventana.
Apenas crecía pero en una de sus pequeñas ramas comenzó a formarse una estructura como aérea, fina, una ligerísima membrana blanquecina replegada sobre si misma. Comprendí que aquello quería ser su flor pero que difícilmente llegaría a ser tal cosa.
Tras más de seis meses de incubación al final allí apareció una flor blanca y roja de una intensidad desconocida para mi. Duró poquísimo, no más de dos días. Luego se secó su unión con la rama, y como un avión de papel, voló hasta la mesa.
Aquella gran flor tenía el tamaño de medio cactus. Y era el resultado de un trabajo intenso y decidido por florecer.
¿Por qué tanto esfuerzo?, ¿para qué centrar todas sus energías en un pequeño ovillo que de pronto se desplegó y mostró su belleza durante solo unas horas?
Ahora recuerdo como Lobo Antunes habla de que solo comienza a escribir bien cuando está agotado, cuando el cansancio vence las resistencias y una parte subconsciente comienza a dictar. Son las voces, la línea ondulante de saberse rendido.
Y entregado. También en ese estado suena diferente el Andante D929 de Shubert. Y por supuesto el final de Un Viaje de Invierno. Gracias a esa música, hay días en que por fin el cuerpo puede comenzar a encontrar su noche.
Y descansar sobre la voz de la rendición, de la entrega. La misma que abre compartimentos secretos (desconocidos hasta para los niños).
6 de febrero de 2012
5 de febrero de 2012
Un gato en un piso vacío
Morir -eso, a un gato, no se le hace.
Porque, ¿qué puede hacer un gato
en un piso vacío?
Subirse por las paredes.
Restregarse contra los muebles.
Nada aquí ha cambiado,
pero nada es como antes.
Nada ha cambiado de sitio,
pero nada está en su sitio.
Y la luz sigue apagada al anochecer.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son los esperados.
Una mano deja pescado en el plato
y no es, tampoco, la de antes.
Algo no empieza
a la hora de siempre.
Algo no sucede
según lo establecido.
Alguien estaba aquí, estaba siempre,
y de repente desapareció
y se empeña en no estar.
Se ha buscado ya en los armarios,
se han recorrido los estantes.
Se ha comprobado bajo la alfombra.
Incluso se ha roto la veda
de esparcir papeles.
¿Qué más se puede hacer?
Dormir y esperar.
¡Ay, cuando él regrese,
ay, cuando aparezca!
Se enterará de que ésas no son maneras
de tratar a un gato.
Como quien no quiere la cosa,
habrá que acercársele,
despacito,
sobre unas patitas muy muy ofendidas.
Y, de entrada, nada de brincos ni maullidos.
Wislawa Szymborska escribió este poema en 1993 para su libro Fin y principio. Szymborska murió este miércoles 1 de febrero. Tenía 88 años. Supe de su poesía cuando el periódico dijo en 1996 que el nobel de literatura era para una poeta polaca de la que nada sabía. Pero en el mismo periódico había unos versos inclasificables y llenos de intensidad. A los pocos meses, en marzo de 1997, leí en todas las direcciones posibles su antología Paisaje con un grano de arena. Su poesía me curó. Desde entonces, los tres libros que tengo de ella están en primera fila de la mejor estanteria, de la más luminosa.
Da igual por donde se empiece a leerla, siempre hay una conexión con lo más valioso hecha desde la cotidianeidad, el desamparo y también el humor y la ironía. Por ejemplo, la página que está al lado del poema que he copiado empieza así:
No guardo rencor a la primavera
por haber vuelto.
(...)
Comprendo que mi tristeza
no detendrá su verdor.
Si la hierba vacila
se debe sólo al viento.
Porque, ¿qué puede hacer un gato
en un piso vacío?
Subirse por las paredes.
Restregarse contra los muebles.
Nada aquí ha cambiado,
pero nada es como antes.
Nada ha cambiado de sitio,
pero nada está en su sitio.
Y la luz sigue apagada al anochecer.
Se oyen pasos en la escalera,
pero no son los esperados.
Una mano deja pescado en el plato
y no es, tampoco, la de antes.
Algo no empieza
a la hora de siempre.
Algo no sucede
según lo establecido.
Alguien estaba aquí, estaba siempre,
y de repente desapareció
y se empeña en no estar.
Se ha buscado ya en los armarios,
se han recorrido los estantes.
Se ha comprobado bajo la alfombra.
Incluso se ha roto la veda
de esparcir papeles.
¿Qué más se puede hacer?
Dormir y esperar.
¡Ay, cuando él regrese,
ay, cuando aparezca!
Se enterará de que ésas no son maneras
de tratar a un gato.
Como quien no quiere la cosa,
habrá que acercársele,
despacito,
sobre unas patitas muy muy ofendidas.
Y, de entrada, nada de brincos ni maullidos.
Wislawa Szymborska escribió este poema en 1993 para su libro Fin y principio. Szymborska murió este miércoles 1 de febrero. Tenía 88 años. Supe de su poesía cuando el periódico dijo en 1996 que el nobel de literatura era para una poeta polaca de la que nada sabía. Pero en el mismo periódico había unos versos inclasificables y llenos de intensidad. A los pocos meses, en marzo de 1997, leí en todas las direcciones posibles su antología Paisaje con un grano de arena. Su poesía me curó. Desde entonces, los tres libros que tengo de ella están en primera fila de la mejor estanteria, de la más luminosa.
Da igual por donde se empiece a leerla, siempre hay una conexión con lo más valioso hecha desde la cotidianeidad, el desamparo y también el humor y la ironía. Por ejemplo, la página que está al lado del poema que he copiado empieza así:
No guardo rencor a la primavera
por haber vuelto.
(...)
Comprendo que mi tristeza
no detendrá su verdor.
Si la hierba vacila
se debe sólo al viento.
31 de enero de 2012
Los tártaros, los desiertos, las piedras
Una imagen:
dos personas caminan por la montaña. Por un desierto de piedras, sin vegetación. En silencio.
Avanzan y solo escuchan sus pies y el viento. Ningún lugar en el que fijar la atención, solo en pisar la tierra marrón que hay entre las piedras.
Entonces,
alguien me llamó y me dijo que había terminado de leer El desierto de los tártaros, de Dino Buzatti. La vida en ese desierto siempre está por venir y el enemigo acecha tras la muralla de la fortaleza. La vida se consagra a protegerse del enemigo, que causa terror. Y el enemigo, invisible, consume la vida de Giovanni Drogo en la fortaleza Bastiani. Nos consume la vida.
¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.
Los tártaros.
Ellos estaban emparentados, aunque solo sea en el nombre, con Mongolia, con el desierto. Con los bosques rusos, con la taiga, con una noche que consume el día. He escuchado algo que no conocía: los cantos de algunos pueblos mongoles, las voces difónicas, los cantos armónicos, en los que un cantante es capaz de emitir dos tonos distintos, simultáneamente.
Recordé una vez que vi danzar a los derviches.
Pensé en copiar entera una canción de Ataualpa Yupanqui:
A que le llamamos distancia, eso me habrán de explicar. Solo están lejos las cosas que no sabemos mirar.
Los tártaros.
Los desiertos. La nieve seca, los bosques en los huecos de las montañas. Las personas caminando sobre las piedras, casi descalzas, adaptando la piel a la piedra. Hasta alcanzar algún lugar que no conocían, tal vez el final del valle. Y frente a un muro de tierra y piedras, cantar. Emitir un sonido que a veces recuerda al de los animales. Cantar en silencio también. Serios. Y dejar que la voz busque a las piedras.
Después,
leí una entrevista con Lobo Antunes en la que dice que casi ha perdido el oido, pero que cuanto menos escucha lo de fuera mejor oye las voces de dentro. Y que escribe con ellas cerca.
Las piedras. No recordamos cosas, sino la relación que establecimos con esas cosas.
dos personas caminan por la montaña. Por un desierto de piedras, sin vegetación. En silencio.
Avanzan y solo escuchan sus pies y el viento. Ningún lugar en el que fijar la atención, solo en pisar la tierra marrón que hay entre las piedras.
Entonces,
alguien me llamó y me dijo que había terminado de leer El desierto de los tártaros, de Dino Buzatti. La vida en ese desierto siempre está por venir y el enemigo acecha tras la muralla de la fortaleza. La vida se consagra a protegerse del enemigo, que causa terror. Y el enemigo, invisible, consume la vida de Giovanni Drogo en la fortaleza Bastiani. Nos consume la vida.
¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.
Los tártaros.
Ellos estaban emparentados, aunque solo sea en el nombre, con Mongolia, con el desierto. Con los bosques rusos, con la taiga, con una noche que consume el día. He escuchado algo que no conocía: los cantos de algunos pueblos mongoles, las voces difónicas, los cantos armónicos, en los que un cantante es capaz de emitir dos tonos distintos, simultáneamente.
Recordé una vez que vi danzar a los derviches.
Pensé en copiar entera una canción de Ataualpa Yupanqui:
A que le llamamos distancia, eso me habrán de explicar. Solo están lejos las cosas que no sabemos mirar.
Los tártaros.
Los desiertos. La nieve seca, los bosques en los huecos de las montañas. Las personas caminando sobre las piedras, casi descalzas, adaptando la piel a la piedra. Hasta alcanzar algún lugar que no conocían, tal vez el final del valle. Y frente a un muro de tierra y piedras, cantar. Emitir un sonido que a veces recuerda al de los animales. Cantar en silencio también. Serios. Y dejar que la voz busque a las piedras.
Después,
leí una entrevista con Lobo Antunes en la que dice que casi ha perdido el oido, pero que cuanto menos escucha lo de fuera mejor oye las voces de dentro. Y que escribe con ellas cerca.
Las piedras. No recordamos cosas, sino la relación que establecimos con esas cosas.
27 de enero de 2012
El nervio de lo vivo
Regresó Paul Daniel.
Ayer jueves veintiseis de enero, dirigió de nuevo a la Real Filharmonia de Galicia en Santiago.
Y siempre que vuelve ocurre algo especial.
Ayer, la primera pieza se titulaba: Al escuchar el primer cuco en primavera, de Fréderick Delius (un autor al que no conocía). Una pieza breve en la que toda la orquesta avanza con lentitud, en pequeñas oleadas para que entre ellas se cuele, lento pero intenso, el clarinete que en realidad es el cuco. Un sonido del fondo de la tarde, aéreo y cálido. Inolvidable.
Ayer amaneció con lluvia. Duró poco. Pero al escuchar el primer cuco en enero recordé otra vez más los versos de Manuel Rivas: esta vez tampoco será el fin. Aunque él hable de la abubilla.
Después, Paul Daniel había programado otra pieza única: Épiphanie de André Caplet. Tres movimientos cortos para orquesta y violonchelo solista, que interpretó Plamen Velev, el primer chelista de la RFG. Una música rara e hipnótica, sobre todo el momento en que solo se escucha la percusión y el violonchelo. Un ritmo repetitivo del tambor sobre el que el chelo va trazando sus pasos oscilantes y recurrentes, siempre intensos, como los giros de un ser vivo. O como un cielo.
Disfruté mucho con la interpretación de Plamen Velev, a pesar de que no tenía un recuerdo demasiado bueno de cuando viajé para escucharle tocar tres de las seis suites para chelo de Bach. Pero ayer este músico estaba en un estado especial, concentrado e intenso.
Como propina del solista, un fragmento de una de las suites para chelo de Bach. Y aquello fue único, porque se adentró en ella despacio y decidido, al tiempo que por fin alguien pensó que la música también se mira y la luz del escenario fue bajando de intensidad hasta que todo quedó en penumbra, salvo las cuerdas y las manos que brillaban bajo un único foco. Fueron minutos de descenso por un río, a través de la memoria, a través del dolor, también del júbilo, a través del agua.
Y para finalizar, la Sinfonía núm. 2 en Do mayor de Robert Schumann: la última entrega que hubo sobre un cierto final del invierno y un cierto sueño de primavera. Una orquesta sinfónica completa mostrando el nervio de lo vivo, la mirada que se enfrenta al hielo, al temporal, mientras sueña con un cuco en los montes.
Tal vez todo el programa estaba dedicado a la naturaleza, a los cielos cambiantes, a las huellas. Paul Daniel dirige como si solo de vez en cuando lo atravesase el rayo. El resto del tiempo él también escucha a los músicos e incluso les grita ¡bravo! (Es una gran noticia que vaya a ser el próximo director titular de la RFG).
Aunque hubo otros dos antes (todavía muy pocos esta temporada), éste ha sido el primer concierto tras que el que solo cabía regresar con el silencio, mientras se oía, lejos, el retumbar de la tormenta. Es lo que tiene entrar en la primavera en pleno enero.
Hacía tiempo que tenía ganas de contar aquí un concierto.
Ayer jueves veintiseis de enero, dirigió de nuevo a la Real Filharmonia de Galicia en Santiago.
Y siempre que vuelve ocurre algo especial.
Ayer, la primera pieza se titulaba: Al escuchar el primer cuco en primavera, de Fréderick Delius (un autor al que no conocía). Una pieza breve en la que toda la orquesta avanza con lentitud, en pequeñas oleadas para que entre ellas se cuele, lento pero intenso, el clarinete que en realidad es el cuco. Un sonido del fondo de la tarde, aéreo y cálido. Inolvidable.
Ayer amaneció con lluvia. Duró poco. Pero al escuchar el primer cuco en enero recordé otra vez más los versos de Manuel Rivas: esta vez tampoco será el fin. Aunque él hable de la abubilla.
Después, Paul Daniel había programado otra pieza única: Épiphanie de André Caplet. Tres movimientos cortos para orquesta y violonchelo solista, que interpretó Plamen Velev, el primer chelista de la RFG. Una música rara e hipnótica, sobre todo el momento en que solo se escucha la percusión y el violonchelo. Un ritmo repetitivo del tambor sobre el que el chelo va trazando sus pasos oscilantes y recurrentes, siempre intensos, como los giros de un ser vivo. O como un cielo.
Disfruté mucho con la interpretación de Plamen Velev, a pesar de que no tenía un recuerdo demasiado bueno de cuando viajé para escucharle tocar tres de las seis suites para chelo de Bach. Pero ayer este músico estaba en un estado especial, concentrado e intenso.
Como propina del solista, un fragmento de una de las suites para chelo de Bach. Y aquello fue único, porque se adentró en ella despacio y decidido, al tiempo que por fin alguien pensó que la música también se mira y la luz del escenario fue bajando de intensidad hasta que todo quedó en penumbra, salvo las cuerdas y las manos que brillaban bajo un único foco. Fueron minutos de descenso por un río, a través de la memoria, a través del dolor, también del júbilo, a través del agua.
Y para finalizar, la Sinfonía núm. 2 en Do mayor de Robert Schumann: la última entrega que hubo sobre un cierto final del invierno y un cierto sueño de primavera. Una orquesta sinfónica completa mostrando el nervio de lo vivo, la mirada que se enfrenta al hielo, al temporal, mientras sueña con un cuco en los montes.
Tal vez todo el programa estaba dedicado a la naturaleza, a los cielos cambiantes, a las huellas. Paul Daniel dirige como si solo de vez en cuando lo atravesase el rayo. El resto del tiempo él también escucha a los músicos e incluso les grita ¡bravo! (Es una gran noticia que vaya a ser el próximo director titular de la RFG).
Aunque hubo otros dos antes (todavía muy pocos esta temporada), éste ha sido el primer concierto tras que el que solo cabía regresar con el silencio, mientras se oía, lejos, el retumbar de la tormenta. Es lo que tiene entrar en la primavera en pleno enero.
Hacía tiempo que tenía ganas de contar aquí un concierto.
23 de enero de 2012
Ruina montium
Es extraño.
Es difícil, decía Miguel Torga, esto de empezar en un estercolero cualquiera y no parar hasta llegar a la copa de un castaño, tiene su misterio. Hay que recorrer un largo camino.
Él habla así de la chicharra en Bichos.
Y es extraño.
Es difícil querer hacer un viaje y no querer iniciarlo. Tampoco querer regresar. Hay que recorrer un largo camino. Y además también Torga decía que nadie es capaz de penetrar en el corazón de las cosas. Puede ser.
Así que me metí a mi mismo en el coche y busqué artilleria pesada en la música que tenía allí. Primero fué el Requiem de Gabriel Fauré. Pero es una música tan ensombrecedora, por momentos tan callada que parecía inaudible. Todo un equipo de música no conseguía hacer oir las voces de los siete momentos del requiem, que acaba con un In Paradisum.
Cuando terminó, sin un intervalo, puse el Dido & Eneas de Purcell. Hace tiempo que compré esa música porque un día me conquistó su final, el lamento de Dido: When I am laid in earth. Cuando uno sale del mar, cuando uno baja a tierra.
Solo quería que llegara esa parte. Pero ese canto es la pista 38 de 39. Más allá, solo un coro final para despedir. Hay que recorrer un largo camino. Y esta música no era la que yo recordaba. (Quiero conocer la historia de Dido & Eneas, aparentemente un divertimento en su época).
Después, silencio. El ruido de los neumáticos rodando. Silencio. Parecido al de las ruedas en la calle cuando el día amanece con lluvia y se escucha su silbido desde la cama. O al silencio de cuando comienza a nevar. Nadie en la ruta. Casi nadie.
Hasta que vi un desvío al túnel romano de Montefurado. Aquí hay muchos pueblos con ese nombre pero solo uno con un túnel excavado en la roca para desviar todo un río y desecar un meandro al que arrancarle el oro con más facilidad. Subí por un camino estrecho. Llegué hasta un lugar en el que se divisa la obra y allí había un cartel que quería explicar algo.
Trataba de la técnica por la que los romanos excavaban un túnel así. Consistía en perforar estrechas galerias verticales y horizontales comunicadas entre sí. Luego las inundaban, infiltrando grandes cantidades de agua. Y lo último era esperar que ese agua hiciese su trabajo, es decir, que la presión que ejercía más el aire que se había comprimido más el reblandecimiento de la tierra, provocaran que el monte se derrumbase desde dentro. Algo así ha recibido el nombre de Ruina montium.
Aquella era la música de la chicharra, la que recorre un largo camino. La que no había conseguido escuchar prestando atención a Fauré y a Purcell.
Un ruido sordo, profundo, que se siente aunque no se oiga. El de un monte excavado por el agua. El de un Bicho mientras cae fulminado.
Es difícil, decía Miguel Torga, esto de empezar en un estercolero cualquiera y no parar hasta llegar a la copa de un castaño, tiene su misterio. Hay que recorrer un largo camino.
Él habla así de la chicharra en Bichos.
Y es extraño.
Es difícil querer hacer un viaje y no querer iniciarlo. Tampoco querer regresar. Hay que recorrer un largo camino. Y además también Torga decía que nadie es capaz de penetrar en el corazón de las cosas. Puede ser.
Así que me metí a mi mismo en el coche y busqué artilleria pesada en la música que tenía allí. Primero fué el Requiem de Gabriel Fauré. Pero es una música tan ensombrecedora, por momentos tan callada que parecía inaudible. Todo un equipo de música no conseguía hacer oir las voces de los siete momentos del requiem, que acaba con un In Paradisum.
Cuando terminó, sin un intervalo, puse el Dido & Eneas de Purcell. Hace tiempo que compré esa música porque un día me conquistó su final, el lamento de Dido: When I am laid in earth. Cuando uno sale del mar, cuando uno baja a tierra.
Solo quería que llegara esa parte. Pero ese canto es la pista 38 de 39. Más allá, solo un coro final para despedir. Hay que recorrer un largo camino. Y esta música no era la que yo recordaba. (Quiero conocer la historia de Dido & Eneas, aparentemente un divertimento en su época).
Después, silencio. El ruido de los neumáticos rodando. Silencio. Parecido al de las ruedas en la calle cuando el día amanece con lluvia y se escucha su silbido desde la cama. O al silencio de cuando comienza a nevar. Nadie en la ruta. Casi nadie.
Hasta que vi un desvío al túnel romano de Montefurado. Aquí hay muchos pueblos con ese nombre pero solo uno con un túnel excavado en la roca para desviar todo un río y desecar un meandro al que arrancarle el oro con más facilidad. Subí por un camino estrecho. Llegué hasta un lugar en el que se divisa la obra y allí había un cartel que quería explicar algo.
Trataba de la técnica por la que los romanos excavaban un túnel así. Consistía en perforar estrechas galerias verticales y horizontales comunicadas entre sí. Luego las inundaban, infiltrando grandes cantidades de agua. Y lo último era esperar que ese agua hiciese su trabajo, es decir, que la presión que ejercía más el aire que se había comprimido más el reblandecimiento de la tierra, provocaran que el monte se derrumbase desde dentro. Algo así ha recibido el nombre de Ruina montium.
Aquella era la música de la chicharra, la que recorre un largo camino. La que no había conseguido escuchar prestando atención a Fauré y a Purcell.
Un ruido sordo, profundo, que se siente aunque no se oiga. El de un monte excavado por el agua. El de un Bicho mientras cae fulminado.
22 de enero de 2012
20 de enero de 2012
Hoy, sin saberlo, buscaba esa música
De pronto, una pequeña hierba brillaba en la noche. A ras de suelo, intensa, como si fuese una luciérnaga. Pero en enero todavía no han llegado. Así que me acerqué a ella, sumergido en el agua que parecía hervir, oscura, algo verdosa. Una diminuta gota en la punta brillaba iluminaba por un foco de luz lejano. Podría haber sido una luciérnaga. No me alejé, tampoco esperé. La miraba.
En el coche, escucho un programa de Juego de Espejos al que vuelvo una y otra vez. Por la selección de música que hace el invitado, Virgilio Zapatero, y por su voz mientras cuenta sus impresiones. En un momento dado habla de la música que escucha por la noche, al final del día. A veces Mozart, y elige el Andante del concierto para piano nº 21, K467. Así que al llegar a casa, hace rato que es de noche, lo busco.
Y aunque sin duda esta es la música, no me suena igual. Tal vez mi disco va demasiado rápido (pero es un andante...). Sigo escuchando. Y entonces llega el Adagio del concierto nº 23, K488.
Esta si es la música que, sin saberlo, buscaba (no es la que había escuchado en el programa). Porque estos son los sonidos que hacen sentir, como dice Virgilio Zapatero, que hay cosas más hermosas que las que te han pasado algunos días. Cosas más hermosas, esas son sus palabras.
La música al final del día.
Tal vez construida a partes iguales por la escucha y la memoria. Por todo el cuerpo.
En el coche, escucho un programa de Juego de Espejos al que vuelvo una y otra vez. Por la selección de música que hace el invitado, Virgilio Zapatero, y por su voz mientras cuenta sus impresiones. En un momento dado habla de la música que escucha por la noche, al final del día. A veces Mozart, y elige el Andante del concierto para piano nº 21, K467. Así que al llegar a casa, hace rato que es de noche, lo busco.
Y aunque sin duda esta es la música, no me suena igual. Tal vez mi disco va demasiado rápido (pero es un andante...). Sigo escuchando. Y entonces llega el Adagio del concierto nº 23, K488.
Esta si es la música que, sin saberlo, buscaba (no es la que había escuchado en el programa). Porque estos son los sonidos que hacen sentir, como dice Virgilio Zapatero, que hay cosas más hermosas que las que te han pasado algunos días. Cosas más hermosas, esas son sus palabras.
La música al final del día.
Tal vez construida a partes iguales por la escucha y la memoria. Por todo el cuerpo.
17 de enero de 2012
Lo que me dijo
Recuerdo el olor de aquella casa.
Me dijo que le gustaba cocinar al vapor porque el vaho que inundaba la cocina convertía la casa en un hogar.
Incluso empañaba sus gafas.
No era una mujer joven, sus hijos ya eran mayores. Vivía sola. Ahora, no había exigencias con la vida, como mucho algunas búsquedas.
Apenas tuve tiempo de tratarla, pero sentados a la mesa de la cocina me pareció que olía al fuego de una chimenea.
Cocinaré al vapor.
Volveré a leer a Antonio Gamoneda:
Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta
cansar mi corazón.
Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas
entre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?
Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de
significado.
Me dijo que le gustaba cocinar al vapor porque el vaho que inundaba la cocina convertía la casa en un hogar.
Incluso empañaba sus gafas.
No era una mujer joven, sus hijos ya eran mayores. Vivía sola. Ahora, no había exigencias con la vida, como mucho algunas búsquedas.
Apenas tuve tiempo de tratarla, pero sentados a la mesa de la cocina me pareció que olía al fuego de una chimenea.
Cocinaré al vapor.
Volveré a leer a Antonio Gamoneda:
Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta
cansar mi corazón.
Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas
entre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?
Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de
significado.
14 de enero de 2012
Siempre somos otra cosa
Los mejores títulos son siempre los de Antonio Lobo Antunes.
Por ejemplo: Buenas tardes a las cosas de aquí abajo. Cojo el libro de la estantería: él escribió su nombre completo en la página uno, lo hizo en cientos de ejemplares y alguien me regaló uno de ellos. Pero hay más: Conocimiento del infierno, El orden natural de las cosas y sobre todos uno: No entres tan deprisa en esa noche oscura.
¿Qué se sabe del mundo para escribir ese título?
Hace días el invitado a un programa de radio que escuchaba en el coche habló de una música. Anoté el título equivocándome en varias letras. La canción era un viejo blues: Dark was the night, cold was the ground, de Blind Willie Johnson. Me impresionó el sonido de su guitarra y también su voz, la conversación, algo de lamento, que giraba alrededor de un lugar desnudo. Era un blues, a veces parecía gospel, algo del primer jazz... imposible de clasificar. Pero de manera inmediata aquella música me recordó otra: la banda sonora que Ry Cooder compuso para la película París-Texas, de Win Wenders.
El mismo vagar por el desierto con el que se abre la película, la misma inexpresividad en la mirada de un hombre porque detrás de ella se agolpan los recuerdos de unos momentos plenos y con algo parecido a la felicidad. (Y reconozco que yo no he visto en ningún lugar, en el cedé que tengo desde luego no está, a Ry Cooder hablar de esta música de blues, aunque siento que una procede de la otra).
Pero el invitado de la radio traía la música por otra razón: ese blues es una de las veintisiete músicas que, grabadas en un disco de oro, viajan por el espacio a bordo de las naves Voyager. El disco se llama Sound of Earh y recoge música, voces y sonidos naturales: un compendio de lo que puede escucharse en la tierra lanzado hacia lo desconocido.
Y Dark was the night forma parte de los sonidos de la tierra. Las Voyager se lanzaron al espacio en 1977, en Agosto partió la Voyager 2 y en septiembre la Voyager 1. Se pretendía que viajaran a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno aprovechando una técnica en la que el sobrevuelo de cada planeta modifica la ruta de vuelo y aumenta su velocidad lo suficiente como para entregarla al próximo destino.
Contra todo pronóstico las naves, además de cumplir su cometido, siguen en perfecto funcionamiento y viajando a través del espacio. Ahora mismo son los instrumentos artificiales más lejanos a la tierra. Y en su interior viaja un blues, cantado por un hombre que ladea un poco la cabeza al cantar, como para aguzar el oido. Un hombre ciego que toca la slide guitar, una técnica que también permite pasar de un planeta a otro mientras se toca una nota y se desliza el dedo por la cuerda hasta convertir ese sonido en un lamento, en una voz que se aleja hasta perderse.
Desde que supe que las Voyager existen pienso en ellas. Busqué alguna imagen para saber cómo son, que expresión tienen, como es su cara, como caminan. Y me parecieron preciosas (en realidad ya quería que me gustaran). Hay momentos del día en que las imagino transmitiendo lo que ven o simplemente descansando, sintiéndose solas también porque saben que su única misión es alejarse de donde partieron. Mientras alguien, frente a una pantalla, vela por ellas y las cuida. En turnos de ocho horas, alguien sujeta el hilo.
Ahora, parte de la escucha de ese viejo blues me trae al lamento de la tierra, de ese pulsar y deslizar el sonido, y otra parte me situa en el interior de una nave silenciosa que se interna en lo más profundo del espacio, aproximándose a la última barrera tras la cual nadie sabe qué pasará con sus mensajes. Sus infinitas ganas de vivir alimentan una propulsión que debía haberse terminado ya.
Siempre somos otra cosa y bajo la otra cosa otras cosas ocultas, escribe Lobo Antunes. Así de oscuro es el espacio a medida que uno se aleja del sistema solar.
Por ejemplo: Buenas tardes a las cosas de aquí abajo. Cojo el libro de la estantería: él escribió su nombre completo en la página uno, lo hizo en cientos de ejemplares y alguien me regaló uno de ellos. Pero hay más: Conocimiento del infierno, El orden natural de las cosas y sobre todos uno: No entres tan deprisa en esa noche oscura.
¿Qué se sabe del mundo para escribir ese título?
Hace días el invitado a un programa de radio que escuchaba en el coche habló de una música. Anoté el título equivocándome en varias letras. La canción era un viejo blues: Dark was the night, cold was the ground, de Blind Willie Johnson. Me impresionó el sonido de su guitarra y también su voz, la conversación, algo de lamento, que giraba alrededor de un lugar desnudo. Era un blues, a veces parecía gospel, algo del primer jazz... imposible de clasificar. Pero de manera inmediata aquella música me recordó otra: la banda sonora que Ry Cooder compuso para la película París-Texas, de Win Wenders.
El mismo vagar por el desierto con el que se abre la película, la misma inexpresividad en la mirada de un hombre porque detrás de ella se agolpan los recuerdos de unos momentos plenos y con algo parecido a la felicidad. (Y reconozco que yo no he visto en ningún lugar, en el cedé que tengo desde luego no está, a Ry Cooder hablar de esta música de blues, aunque siento que una procede de la otra).
Pero el invitado de la radio traía la música por otra razón: ese blues es una de las veintisiete músicas que, grabadas en un disco de oro, viajan por el espacio a bordo de las naves Voyager. El disco se llama Sound of Earh y recoge música, voces y sonidos naturales: un compendio de lo que puede escucharse en la tierra lanzado hacia lo desconocido.
Y Dark was the night forma parte de los sonidos de la tierra. Las Voyager se lanzaron al espacio en 1977, en Agosto partió la Voyager 2 y en septiembre la Voyager 1. Se pretendía que viajaran a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno aprovechando una técnica en la que el sobrevuelo de cada planeta modifica la ruta de vuelo y aumenta su velocidad lo suficiente como para entregarla al próximo destino.
Contra todo pronóstico las naves, además de cumplir su cometido, siguen en perfecto funcionamiento y viajando a través del espacio. Ahora mismo son los instrumentos artificiales más lejanos a la tierra. Y en su interior viaja un blues, cantado por un hombre que ladea un poco la cabeza al cantar, como para aguzar el oido. Un hombre ciego que toca la slide guitar, una técnica que también permite pasar de un planeta a otro mientras se toca una nota y se desliza el dedo por la cuerda hasta convertir ese sonido en un lamento, en una voz que se aleja hasta perderse.
Desde que supe que las Voyager existen pienso en ellas. Busqué alguna imagen para saber cómo son, que expresión tienen, como es su cara, como caminan. Y me parecieron preciosas (en realidad ya quería que me gustaran). Hay momentos del día en que las imagino transmitiendo lo que ven o simplemente descansando, sintiéndose solas también porque saben que su única misión es alejarse de donde partieron. Mientras alguien, frente a una pantalla, vela por ellas y las cuida. En turnos de ocho horas, alguien sujeta el hilo.
Ahora, parte de la escucha de ese viejo blues me trae al lamento de la tierra, de ese pulsar y deslizar el sonido, y otra parte me situa en el interior de una nave silenciosa que se interna en lo más profundo del espacio, aproximándose a la última barrera tras la cual nadie sabe qué pasará con sus mensajes. Sus infinitas ganas de vivir alimentan una propulsión que debía haberse terminado ya.
Siempre somos otra cosa y bajo la otra cosa otras cosas ocultas, escribe Lobo Antunes. Así de oscuro es el espacio a medida que uno se aleja del sistema solar.
10 de enero de 2012
Abedules rusos
Al final nos vimos.
Y no hablamos de lo que era habitual. Ni de música ni de películas ni de pequeños o grandes viajes.
Pensé, de regreso, que habíamos hablado de lo que realmente importaba. Pero seguramente me equivoco.
Muchas noches, me dijo, se sentaba a esperar.
A que la niebla cubriese los árboles que tenía frente a la gran ventana, sin luces de ciudad, sin luz, como los árboles de sus sueños rusos, abedules criados por el frío, sumergidos en el invierno. Como si nunca fuese a volver la primavera.
Entonces quise sacar el tema de Dersu Uzala, que los dos compartíamos, pero ni me dejó.
Se sentaba a esperar
y escuchaba sonidos de otro mundo a través de unos cascos con un cable "libre de oxígeno", insistió en eso.
No entendía a que se refería
pero averigué que eran los que mejor transmitían el sonido.
A esperar una señal,
entre los abedules. A veces le gustaba llamar así a las palabras.
Puede ser que fuera el vino, pero no recuerdo todo lo que me dijo a continuación. Recuerdo que hablaba de animales moviéndose en la noche, de imágenes de la oscuridad, tal vez de una voz.
Ahora pienso en si habló algo de una piel. No lo sé.
Saqué el tema de una de mis músicas favoritas este tiempo, el Cum Dederit de Vivaldi, y claro que lo conocía (a través de sus cascos).
Algo que casi nunca he podido hacer, me gusta que el sonido fluya a mi alrededor.
Miré como hablaba y como, tras varias horas, se levantaba. Una persona abatida y con el poder, si quisiera, de cruzar Rusia como si fuese un norte cualquiera.
Le dediqué el camino que vuelve a casa, mientras imaginaba su viaje de regreso cerca de unos árboles frágiles y blanquecinos, algo siberianos.
Fue como la audición de una pieza imposible de clasificar. Y viva.
Y no hablamos de lo que era habitual. Ni de música ni de películas ni de pequeños o grandes viajes.
Pensé, de regreso, que habíamos hablado de lo que realmente importaba. Pero seguramente me equivoco.
Muchas noches, me dijo, se sentaba a esperar.
A que la niebla cubriese los árboles que tenía frente a la gran ventana, sin luces de ciudad, sin luz, como los árboles de sus sueños rusos, abedules criados por el frío, sumergidos en el invierno. Como si nunca fuese a volver la primavera.
Entonces quise sacar el tema de Dersu Uzala, que los dos compartíamos, pero ni me dejó.
Se sentaba a esperar
y escuchaba sonidos de otro mundo a través de unos cascos con un cable "libre de oxígeno", insistió en eso.
No entendía a que se refería
pero averigué que eran los que mejor transmitían el sonido.
A esperar una señal,
entre los abedules. A veces le gustaba llamar así a las palabras.
Puede ser que fuera el vino, pero no recuerdo todo lo que me dijo a continuación. Recuerdo que hablaba de animales moviéndose en la noche, de imágenes de la oscuridad, tal vez de una voz.
Ahora pienso en si habló algo de una piel. No lo sé.
Saqué el tema de una de mis músicas favoritas este tiempo, el Cum Dederit de Vivaldi, y claro que lo conocía (a través de sus cascos).
Algo que casi nunca he podido hacer, me gusta que el sonido fluya a mi alrededor.
Miré como hablaba y como, tras varias horas, se levantaba. Una persona abatida y con el poder, si quisiera, de cruzar Rusia como si fuese un norte cualquiera.
Le dediqué el camino que vuelve a casa, mientras imaginaba su viaje de regreso cerca de unos árboles frágiles y blanquecinos, algo siberianos.
Fue como la audición de una pieza imposible de clasificar. Y viva.
7 de enero de 2012
Un poder con luz
Empezó el año.
Decidí organizar la estantería donde guardo los cedés de música. Cuanto más desajustada es la elipse en la que gira el mundo que tengo cerca, más ordenada está mi casa.
En mi relación con la música, sobre todo la llamada clásica, sigo una especie de orientación intuitiva y azarosa en las piezas que voy conociendo y escuchando, además de lo que programa radio2 (rne) y de lo que me graba, y antes me recomendó, un amigo muy querido al que considero un gran experto.
Cada vez que nos encontramos, si su sexto sentido le indica que se me han debido de terminar los nuevos cedés, me prepara un pequeño lote de grabaciones. Aunque en ocasiones le pido algo concreto, por lo general él me propone un itinerario que yo desconozco.
Pero pasa el tiempo y en muchas de esas selecciones voy profundizando poco a poco, y al cabo de meses, años, me voy dando cuenta de que lo que me había regalado como si nada es, por ejemplo, una de las mejores versiones que existen.
C. me da joyas mientras hablamos de cualquier otra cosa. Y no espera un agradecimiento especial: entre lo que tiene da lo mejor, lo que puede haberle costado años encontrar. De esta forma he recibido discos cuya calidad excepcional tardé en saber calibrar.
Suelen ser olores imperceptibles al principio.
Y después se van convirtiendo en mundos que lanzan al exterior un aroma único y difícil de clasificar, lleno de un poder con luz.
Dar cosas muy buenas aún sabiendo que su apreciación tardará tiempo, o incluso puede que nunca se produzca. Pero mientras tanto, quien lo recibió pudo convivir, estar cerca, de un ser con una calidad excepcional. Y algo de eso, por ósmosis, pasará al interior de sus días.
Por ejemplo, la voz de la contralto Kathleen Ferrier. De ella C. me regaló los Kindertotenlieder de Mahler y una interpretación única de la Pasión según San Mateo de Bach.
Puede que lo que demos sea lo único que muestre nuestra calidad.
(Y justo al terminar de escribir lo anterior leo en Comte-Sponville:
Todas mis acciones no son sino el efecto en mí de una selección entre los simulacros (es decir, de una elección entre los posibles), llevada a cabo según la potencia (potestas) de la voluntad (voluntas) como tendencia indeterminada (pero determinante) hacia el placer (voluptas), es decir, como deseo).
Decidí organizar la estantería donde guardo los cedés de música. Cuanto más desajustada es la elipse en la que gira el mundo que tengo cerca, más ordenada está mi casa.
En mi relación con la música, sobre todo la llamada clásica, sigo una especie de orientación intuitiva y azarosa en las piezas que voy conociendo y escuchando, además de lo que programa radio2 (rne) y de lo que me graba, y antes me recomendó, un amigo muy querido al que considero un gran experto.
Cada vez que nos encontramos, si su sexto sentido le indica que se me han debido de terminar los nuevos cedés, me prepara un pequeño lote de grabaciones. Aunque en ocasiones le pido algo concreto, por lo general él me propone un itinerario que yo desconozco.
Pero pasa el tiempo y en muchas de esas selecciones voy profundizando poco a poco, y al cabo de meses, años, me voy dando cuenta de que lo que me había regalado como si nada es, por ejemplo, una de las mejores versiones que existen.
C. me da joyas mientras hablamos de cualquier otra cosa. Y no espera un agradecimiento especial: entre lo que tiene da lo mejor, lo que puede haberle costado años encontrar. De esta forma he recibido discos cuya calidad excepcional tardé en saber calibrar.
Suelen ser olores imperceptibles al principio.
Y después se van convirtiendo en mundos que lanzan al exterior un aroma único y difícil de clasificar, lleno de un poder con luz.
Dar cosas muy buenas aún sabiendo que su apreciación tardará tiempo, o incluso puede que nunca se produzca. Pero mientras tanto, quien lo recibió pudo convivir, estar cerca, de un ser con una calidad excepcional. Y algo de eso, por ósmosis, pasará al interior de sus días.
Por ejemplo, la voz de la contralto Kathleen Ferrier. De ella C. me regaló los Kindertotenlieder de Mahler y una interpretación única de la Pasión según San Mateo de Bach.
Puede que lo que demos sea lo único que muestre nuestra calidad.
(Y justo al terminar de escribir lo anterior leo en Comte-Sponville:
Todas mis acciones no son sino el efecto en mí de una selección entre los simulacros (es decir, de una elección entre los posibles), llevada a cabo según la potencia (potestas) de la voluntad (voluntas) como tendencia indeterminada (pero determinante) hacia el placer (voluptas), es decir, como deseo).
31 de diciembre de 2011
La belleza es una voz que cuida nuestro sueño
Último día del año.
Escucho la música del Shakuhachi, una flauta que se utilizaba como instrumento de meditación en algunas tradiciones japonesas. Empiezo a descubrirla, hace poco que conozco estos sonidos. A veces está sola, y es el correr del aire al través de sus pequeños agujeros, y a veces surge en la compañía de otros instrumentos tradicionales.
El Shakuhachi es lo más parecido a una voz, a palabras que algún viento apenas deja oir pero de las que percibimos su sonoridad y su sentido. Una voz que no habla por si sola, sino con quien la escucha, que toma su tono y su decir del viento que cruza todo nuestro cuerpo, un aire agitado por remolinos más o menos rítmicos.
El Shakuhachi es una música de la respiración. A veces se escucha el aire de un lamento. O el de la melancolía. A veces se siente en la piel el viento de la crueldad extrema. Su sentido es marcar el tono para que los otros sonidos del cuerpo se situen en su escala y, de alguna manera, se acallen.
Ayer escuchaba la radio. Alguien hablaba de que la única salvación podía venir por la belleza. Una opción para aportar un poco de sentido a la crueldad, a la sinrazón, a los trazos despiadados que pueden cortar a una persona en varias personas, a través de un filo frío.
El agradecimiento a quien te ha salvado es infinito. Vives gracias a ese ser, que se convierte en una existencia, en una presencia intensa y cierta como un árbol o una piedra. A pesar de su invisibilidad.
Cuidar la belleza es conquistar la belleza. Hacerla. Soplar con el ritmo de la respiración y hacer que el Shakuhachi emita su particular viento. Darle voz a una pequeña flauta. Atender a lo que está pero no se muestra y, a pesar de eso, sigue estando. Empeñándose en viajar con nosotros. Capaz de velar nuestro sueño sin rozarnos la piel, solo a base de voces pronunciadas en una noche y para una persona.
Escucho la música del Shakuhachi, una flauta que se utilizaba como instrumento de meditación en algunas tradiciones japonesas. Empiezo a descubrirla, hace poco que conozco estos sonidos. A veces está sola, y es el correr del aire al través de sus pequeños agujeros, y a veces surge en la compañía de otros instrumentos tradicionales.
El Shakuhachi es lo más parecido a una voz, a palabras que algún viento apenas deja oir pero de las que percibimos su sonoridad y su sentido. Una voz que no habla por si sola, sino con quien la escucha, que toma su tono y su decir del viento que cruza todo nuestro cuerpo, un aire agitado por remolinos más o menos rítmicos.
El Shakuhachi es una música de la respiración. A veces se escucha el aire de un lamento. O el de la melancolía. A veces se siente en la piel el viento de la crueldad extrema. Su sentido es marcar el tono para que los otros sonidos del cuerpo se situen en su escala y, de alguna manera, se acallen.
Ayer escuchaba la radio. Alguien hablaba de que la única salvación podía venir por la belleza. Una opción para aportar un poco de sentido a la crueldad, a la sinrazón, a los trazos despiadados que pueden cortar a una persona en varias personas, a través de un filo frío.
El agradecimiento a quien te ha salvado es infinito. Vives gracias a ese ser, que se convierte en una existencia, en una presencia intensa y cierta como un árbol o una piedra. A pesar de su invisibilidad.
Cuidar la belleza es conquistar la belleza. Hacerla. Soplar con el ritmo de la respiración y hacer que el Shakuhachi emita su particular viento. Darle voz a una pequeña flauta. Atender a lo que está pero no se muestra y, a pesar de eso, sigue estando. Empeñándose en viajar con nosotros. Capaz de velar nuestro sueño sin rozarnos la piel, solo a base de voces pronunciadas en una noche y para una persona.
26 de diciembre de 2011
Huesos huecos
Hace unos pocos años un buen amigo envió una felicitación de navidad. Había una fotografía en la que un pulpo intentaba sobrevivir en el fondo de un gran cubo de plástico, aunque en realidad parecía rendido. Y había un pequeño texto que, según lo recuerdo, decía
feliz no sé qué
A pesar de tanta queja sobre estas fechas, me sigue sorprendiendo que la bandeja de entrada del correo empiece a acumular felicitaciones de gente a la que jamás hubiera imaginado emocionarse por la presencia de un milagro bíblico...
Pero hoy me llegó una que me hizo detenerme en ella.
También había una foto, pero de un mirlo, solo, en mitad de un campo. Y había un texto con un poema de Rimbaud en francés y traducido al castellano. La traducción no me gustó pero el poema sí. Se titula Sensation y voy a copiarlo en su lengua original. Si se entienden las palabras tendrá un significado y si no se comprenden pero se lee con atención musical, también tendrá un sentido.
Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l'herbe menue:
Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l'amour infini me montera dans l'âme,
et j'irai loin, bien loin comme un bohémien,
par la Nature, -heureux comme avec une femme.
Ahora miro el mirlo. Merlo se dice aquí.
Cuando el fotógrafo japonés Masahisa Fukase se enfrentó a una de las etapas más negras de su vida se retiró a fotografiar cuervos en mitad del campo. Aves negras que antes fueron blancas.
Los pájaros. Todas las aves. Las plumas, huesos huecos para que puedan ser dueños de la ligereza.
Si hubiera que felicitar algo podría ser el que las aves vuelvan a volar.
Y eso ocurre todo el año. Pero es cierto que cuando se acerca la primavera se las puede ver con más decisión buscar lugares y viajes. Sus Grandes Rutas. Así que tal vez envíe una tarjeta de felicitación a las bandejas de entrada por el final del invierno.
feliz no sé qué
A pesar de tanta queja sobre estas fechas, me sigue sorprendiendo que la bandeja de entrada del correo empiece a acumular felicitaciones de gente a la que jamás hubiera imaginado emocionarse por la presencia de un milagro bíblico...
Pero hoy me llegó una que me hizo detenerme en ella.
También había una foto, pero de un mirlo, solo, en mitad de un campo. Y había un texto con un poema de Rimbaud en francés y traducido al castellano. La traducción no me gustó pero el poema sí. Se titula Sensation y voy a copiarlo en su lengua original. Si se entienden las palabras tendrá un significado y si no se comprenden pero se lee con atención musical, también tendrá un sentido.
Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l'herbe menue:
Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l'amour infini me montera dans l'âme,
et j'irai loin, bien loin comme un bohémien,
par la Nature, -heureux comme avec une femme.
Ahora miro el mirlo. Merlo se dice aquí.
Cuando el fotógrafo japonés Masahisa Fukase se enfrentó a una de las etapas más negras de su vida se retiró a fotografiar cuervos en mitad del campo. Aves negras que antes fueron blancas.
Los pájaros. Todas las aves. Las plumas, huesos huecos para que puedan ser dueños de la ligereza.
Si hubiera que felicitar algo podría ser el que las aves vuelvan a volar.
Y eso ocurre todo el año. Pero es cierto que cuando se acerca la primavera se las puede ver con más decisión buscar lugares y viajes. Sus Grandes Rutas. Así que tal vez envíe una tarjeta de felicitación a las bandejas de entrada por el final del invierno.
24 de diciembre de 2011
Mensajes cifrados
La realidad es un texto que hay que descifrar, como se hace con una inscripción. Lo malo es que estamos inscritos en la realidad, y eso es un obstáculo para el desciframiento, sobre todo si intuimos que no nos conviene.
(Carlos Castilla del Pino, en Aflorismos)
(Carlos Castilla del Pino, en Aflorismos)
23 de diciembre de 2011
Un sol negro
Un sol negro a primera hora de la mañana.
El sol no iluminaba, apenas era un círculo oscuro, gris oscuro, casi negro.
Aunque había algo de luz pero no sabía de donde venía.
Un sol que no calentaba, una esfera fría tras los edificios y las pequeñas montañas. Demasiado frío para ser invierno.
Parece ser que es poco frecuente, es un fenómeno raro.
Me recordó el mundo paralelo de Murakami en 1Q84: un mundo con dos lunas. (Donde vivo existe la expresión bañarse con dos lunas).
Así fue el desayuno. Un sol negro y una vela diminuta encendida, para poder ver algo.
Puse la radio.
Y apareció la Sonata Waldstein de Beethoven, la sonata para piano 21 en Do Mayor, Op. 53, interpretada por Daniel Barenboim. La reconocía.
Había abierto un periódico. Tuve que cerrarlo y quedarme quieto, solo mirando la llama y el sol negro. Así durante los tres movimientos, a pesar de que se me hacía tarde.
Otra vez la misma parálisis, presa de la picadura de un insecto raro.
En el desayuno, solo aquella luz, solo aquel suave aire cálido.
Hasta bien entrada la noche.
El sol no iluminaba, apenas era un círculo oscuro, gris oscuro, casi negro.
Aunque había algo de luz pero no sabía de donde venía.
Un sol que no calentaba, una esfera fría tras los edificios y las pequeñas montañas. Demasiado frío para ser invierno.
Parece ser que es poco frecuente, es un fenómeno raro.
Me recordó el mundo paralelo de Murakami en 1Q84: un mundo con dos lunas. (Donde vivo existe la expresión bañarse con dos lunas).
Así fue el desayuno. Un sol negro y una vela diminuta encendida, para poder ver algo.
Puse la radio.
Y apareció la Sonata Waldstein de Beethoven, la sonata para piano 21 en Do Mayor, Op. 53, interpretada por Daniel Barenboim. La reconocía.
Había abierto un periódico. Tuve que cerrarlo y quedarme quieto, solo mirando la llama y el sol negro. Así durante los tres movimientos, a pesar de que se me hacía tarde.
Otra vez la misma parálisis, presa de la picadura de un insecto raro.
En el desayuno, solo aquella luz, solo aquel suave aire cálido.
Hasta bien entrada la noche.
19 de diciembre de 2011
La niebla de esta noche
Se acabó el día. Es tarde y hace horas que la luz se fue. Pero aún no quiero que llegue la noche. Me vienen a la memoria unas cantigas medievales que esta tarde escuché. Las busco. Busco unos sonidos para mostrar el agradecimiento.
Cesaria Evora. Se fue la cantante de las mornas, de la saudade de Cabo Verde que no es muy diferente de la portuguesa, de la del noroeste. Formas de la melancolía o, tal vez, de echar de menos la niebla. Pero si miro hacia fuera apenas se ven algunas luces amarillas, hoy la niebla lo cubre todo. Tuve la suerte de escucharla en directo, de verla cantar de pie y con los pies descalzos. Me gustaba el ritmo que había en sus pequeños movimientos. Hoy tenía 70 años.
El pasado veintitrés de noviembre murió Montserrat Figueras, tenía 69 años. Hice un largo viaje para escucharla cantar en directo, con su grupo Hespèrion XXI y junto a su pareja Jordi Savall. Tal vez ella habrá cantado también estas canciones medievales que ahora escucho. Tenía una gran voz y también una sensibilidad excepcional para entender los ritmos de la voz interior. Ella cantaba desde otro lugar. Me gustaba. Me gustaba mucho. Era una mujer elegante, llena de belleza. Escucharla era verla caminar.
Y hoy domingo dieciocho de diciembre se fue Václav Havel, el escritor checo que incluso fue presidente de Checoslovaquia. Pero yo lo conocía desde hace años por un libro rojo de tapas duras, con una pequeña foto en la portada, que guardo en una mesilla de noche: Cartas a Olga. Lo leí hace mucho, envuelto en el frío de una casa sin calefacción. Desde la prisión, entre 1979 y 1984, escribe cartas a su mujer que son un ensayo y también una confesión sobre el amor, la dignidad, la memoria, sobre la dificultad y la necesidad de ser una persona.
Ahora, una voz entona los cánticos medievales. A su lado una zanfoña, un pequeño tambor, otras voces. Así es la noche. De alguna manera quise y sigo queriendo a estas tres personas con las que jamás crucé una palabra. Agradezco el haber podido estar cerca de algo que hicieron y que creo que me hizo mejor.
Hoy leí una frase de Foucault, citada por Comte-Sponville, que sin el contexto queda algo extraña pero aún así me apetece copiarla:
Lo que se anuncia es que el hombre se ha "acabado", y que al llegar al final de toda palabra posible, no es al corazón de él mismo donde llegamos, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en que merodea la muerte, en que el pensamiento se extingue, en que la promesa del origen retrocede indefinidamente.
En esa soledad y en esa desesperanza, con la promesa del origen retrocediendo indefinidamente, existe la alegría de compartir el espacio con quienes queremos, gente a la que desconocemos y a la que conocemos. Y escucharlos. Y permanecer en ese silencio.
Cesaria Evora. Se fue la cantante de las mornas, de la saudade de Cabo Verde que no es muy diferente de la portuguesa, de la del noroeste. Formas de la melancolía o, tal vez, de echar de menos la niebla. Pero si miro hacia fuera apenas se ven algunas luces amarillas, hoy la niebla lo cubre todo. Tuve la suerte de escucharla en directo, de verla cantar de pie y con los pies descalzos. Me gustaba el ritmo que había en sus pequeños movimientos. Hoy tenía 70 años.
El pasado veintitrés de noviembre murió Montserrat Figueras, tenía 69 años. Hice un largo viaje para escucharla cantar en directo, con su grupo Hespèrion XXI y junto a su pareja Jordi Savall. Tal vez ella habrá cantado también estas canciones medievales que ahora escucho. Tenía una gran voz y también una sensibilidad excepcional para entender los ritmos de la voz interior. Ella cantaba desde otro lugar. Me gustaba. Me gustaba mucho. Era una mujer elegante, llena de belleza. Escucharla era verla caminar.
Y hoy domingo dieciocho de diciembre se fue Václav Havel, el escritor checo que incluso fue presidente de Checoslovaquia. Pero yo lo conocía desde hace años por un libro rojo de tapas duras, con una pequeña foto en la portada, que guardo en una mesilla de noche: Cartas a Olga. Lo leí hace mucho, envuelto en el frío de una casa sin calefacción. Desde la prisión, entre 1979 y 1984, escribe cartas a su mujer que son un ensayo y también una confesión sobre el amor, la dignidad, la memoria, sobre la dificultad y la necesidad de ser una persona.
Ahora, una voz entona los cánticos medievales. A su lado una zanfoña, un pequeño tambor, otras voces. Así es la noche. De alguna manera quise y sigo queriendo a estas tres personas con las que jamás crucé una palabra. Agradezco el haber podido estar cerca de algo que hicieron y que creo que me hizo mejor.
Hoy leí una frase de Foucault, citada por Comte-Sponville, que sin el contexto queda algo extraña pero aún así me apetece copiarla:
Lo que se anuncia es que el hombre se ha "acabado", y que al llegar al final de toda palabra posible, no es al corazón de él mismo donde llegamos, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en que merodea la muerte, en que el pensamiento se extingue, en que la promesa del origen retrocede indefinidamente.
En esa soledad y en esa desesperanza, con la promesa del origen retrocediendo indefinidamente, existe la alegría de compartir el espacio con quienes queremos, gente a la que desconocemos y a la que conocemos. Y escucharlos. Y permanecer en ese silencio.
14 de diciembre de 2011
Las flores eran de nieve, los ríos de hielo
El 14 de diciembre de 1911, hoy se cumplen cien años, el noruego Roald Amundsen llegó al Polo Sur. Fue el primero. Unos días después, el 16 de enero de 1912 lo hizo el inglés Robert Scott, aunque junto a todos sus hombres moriría en el regreso a la base. Sus cuerpos y sus escritos fueron encontrados en la nieve por otra expedición el 12 de noviembre de 1912.
El descubrimiento de los polos, los viajes al ártico y a la antártida me atraen igual que un imán. Son viajes literales y también metafóricos. Es el viaje al frío y a las tierras lejanas y perdidas, solitarias, imposibles de habitar. Salvo en la imaginación. Y son viajes que me gustan a pesar de su romanticismo y a pesar de la competitividad que había en esas expediciones.
Traté de leer los diarios de Scott, las notas que se encontraron junto a los cuerpos. Hay palabras duras que expresan una gran frustración por no haber sido los primeros, pero también hay una profunda humanidad y compañerismo. En un lugar imprevisto, un libro de poemas de Bernardo Atxaga, encontré esta misma admiración y una transcripción de lo último que Scott escribió:
Viernes 16 de Marzo o sábado 17
Así marchó a la muerte Titus Oates: anteayer entró en la tienda con la idea de no volver a despertarse. Sin embargo, ayer despertó vivo. Nos dijo: «Voy a salir. Quizá tarde algo en regresar». Fuera, la tempestad era espantosa. Se perdió en el blizard blanco y no lo hemos vuelto a ver.
Sólo puedo escribir mientras como, y a ratos. El frío es terrible. Cuarenta grados bajo cero. Mis compañeros intentan mostrarse animosos, pero todos tenemos algo congelado. Aunque nos decimos mutuamente que saldremos de ésta, nadie cree seriamente en tal posibilidad.
Jueves 22 de Marzo
La tempestad no amaina. Wilson y Bowers no han podido salir hacia el depósito. Mañana haremos el último intento. Sólo tenemos combustible y comida para uno o dos turnos. El final se acerca. Hemos decidido que sea natural. Seguiremos hacia el depósito y moriremos en el camino.
(Un tiempo más tarde leí algo, no consigo recordar donde, sobre una traducción poco fiel de estas frases con el objeto de ensalzar, mitificar, la figura de Scott. Pero no tengo los datos).
Luego descubrí un libro: El peor viaje del mundo, escrito por Apsley Cherry-Garrard, uno de los compañeros de Scott que sobrevivió porque formó parte de los expedicionarios que permanecieron en la base. Miro la fecha: lo leí hace ahora once años, en medio de una montaña. Desde entonces ese ejemplar me acompaña físicamente, casa tras casa. Es un libro inolvidable porque en él está escrito, muy bien escrito (el título de esta entrada aparece al describir la primavera en la Antártida), uno de los viajes de invierno que una persona puede emprender.
Cuanto más horribles eran las condiciones en que dormíamos, más tranquilizadores y maravillosos eran los sueños que nos visitaban.
Si no estuviera escribiendo frente a una pantalla, ahora me gustaría preguntar por otros viajes de invierno.
El descubrimiento de los polos, los viajes al ártico y a la antártida me atraen igual que un imán. Son viajes literales y también metafóricos. Es el viaje al frío y a las tierras lejanas y perdidas, solitarias, imposibles de habitar. Salvo en la imaginación. Y son viajes que me gustan a pesar de su romanticismo y a pesar de la competitividad que había en esas expediciones.
Traté de leer los diarios de Scott, las notas que se encontraron junto a los cuerpos. Hay palabras duras que expresan una gran frustración por no haber sido los primeros, pero también hay una profunda humanidad y compañerismo. En un lugar imprevisto, un libro de poemas de Bernardo Atxaga, encontré esta misma admiración y una transcripción de lo último que Scott escribió:
Viernes 16 de Marzo o sábado 17
Así marchó a la muerte Titus Oates: anteayer entró en la tienda con la idea de no volver a despertarse. Sin embargo, ayer despertó vivo. Nos dijo: «Voy a salir. Quizá tarde algo en regresar». Fuera, la tempestad era espantosa. Se perdió en el blizard blanco y no lo hemos vuelto a ver.
Sólo puedo escribir mientras como, y a ratos. El frío es terrible. Cuarenta grados bajo cero. Mis compañeros intentan mostrarse animosos, pero todos tenemos algo congelado. Aunque nos decimos mutuamente que saldremos de ésta, nadie cree seriamente en tal posibilidad.
Jueves 22 de Marzo
La tempestad no amaina. Wilson y Bowers no han podido salir hacia el depósito. Mañana haremos el último intento. Sólo tenemos combustible y comida para uno o dos turnos. El final se acerca. Hemos decidido que sea natural. Seguiremos hacia el depósito y moriremos en el camino.
(Un tiempo más tarde leí algo, no consigo recordar donde, sobre una traducción poco fiel de estas frases con el objeto de ensalzar, mitificar, la figura de Scott. Pero no tengo los datos).
Luego descubrí un libro: El peor viaje del mundo, escrito por Apsley Cherry-Garrard, uno de los compañeros de Scott que sobrevivió porque formó parte de los expedicionarios que permanecieron en la base. Miro la fecha: lo leí hace ahora once años, en medio de una montaña. Desde entonces ese ejemplar me acompaña físicamente, casa tras casa. Es un libro inolvidable porque en él está escrito, muy bien escrito (el título de esta entrada aparece al describir la primavera en la Antártida), uno de los viajes de invierno que una persona puede emprender.
Cuanto más horribles eran las condiciones en que dormíamos, más tranquilizadores y maravillosos eran los sueños que nos visitaban.
Si no estuviera escribiendo frente a una pantalla, ahora me gustaría preguntar por otros viajes de invierno.
13 de diciembre de 2011
Cum dederit
Escuchar una música no es escucharla, es seguirla.
Alguien evoca esa frase de María Zambrano.
Otra vez vuelvo a pensar en la idea del estar cerca, del situarse no lejos de la corriente. Atento a sus movimientos, a los pequeños cambios, a la superficie igual que a lo subterráneo.
Estar cerca de lo que uno quiere. Y en ese estar cerca lo que uno quiere se deja ver.
Se deja sentir: desde el abismo a las estrellas.
Cerca, por ejemplo, del Cum dederit que Antonio Vivaldi compuso en su Nisi Dominus. Una música que se eleva suave y obstinadamente hacia la noche.
Alguien evoca esa frase de María Zambrano.
Otra vez vuelvo a pensar en la idea del estar cerca, del situarse no lejos de la corriente. Atento a sus movimientos, a los pequeños cambios, a la superficie igual que a lo subterráneo.
Estar cerca de lo que uno quiere. Y en ese estar cerca lo que uno quiere se deja ver.
Se deja sentir: desde el abismo a las estrellas.
Cerca, por ejemplo, del Cum dederit que Antonio Vivaldi compuso en su Nisi Dominus. Una música que se eleva suave y obstinadamente hacia la noche.
6 de diciembre de 2011
Viaje nocturno
¿Qué decir para que decir sea ver? Cielo o piedra, viaje: todas las palabras se abren al infinito de las palabras. Memoria: la frase es transparente. (Jacques Ancet)
Llega el tren de la noche
tampoco hoy lo cogeré
Llega el tren de la noche
tampoco hoy lo cogeré
3 de diciembre de 2011
Fugas
Una historia que no comienza, parece haber existido siempre, recorre un trayecto y llega a un punto imaginario que en nada se parece a un final.
Al mismo tiempo, con unos segundos de diferencia, otro camino pasa por esos mismos lugares pero centra su recorrido en puntos intermedios algo diferentes del anterior.
Y una tercera ruta se adentra de manera sinuosa en ese espacio oscuro e indeterminado, llegando en ocasiones a observar como las otras dos, o una sola de ellas, se desplazan.
Las tres historias parecen confluir a pesar de hacer viajes distintos. Coinciden en que pese a las dificultades su decisión de viajar es inquebrantable. Siempre avanzando, no siempre hacia delante, muchas veces en círculo o dando grandes rodeos para reunirse con quien permanece a su lado.
Llegadas a ese final imaginario nada termina. Es solo otro punto intermedio entre los infinitos puntos de anclaje a un territorio que se curva sobre sí y que pareciendo hablar de todo solo lo hace de el mismo. Lenguaje para explicar un lenguaje.
Pienso en esto mientras leo los últimos capítulos de 1Q84 de Haruki Murakami, es decir, el volumen dos (que se corresponde con el libro 3). En el volumen uno (libros uno y dos) se decía que la obra estaba estructurada como la música de El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach. Y ahora, cuando va transcurrida buena parte de la escritura, lo percibo en cada párrafo. Pero hay diferencias entre los dos volúmenes. El primero parece corresponderse bien con esa estructura repetitiva de preludio y fuga. Pero este segundo volumen a mi me recuerda más a El arte de la fuga, también de Bach.
Tres voces. Tres historias. Dependientes unas de otras porque se dibujan entre ellas. Imposible fijarse solo en una porque una parte de su superficie depende de la voz que dialoga con ella. Un entramado complejo en mitad de una historia infinita, sin límites.
La soledad es otra fuga. Varias voces de uno mismo, separadas y dependientes como los colores de la luz, se adentran en un cuerpo negro, como el espacio, en un viaje sinuoso y sin final.
Es curioso, al citar la soledad en el blog he tenido en el correo más respuestas que nunca (!). Sí, a mi también me pasa: viajar cerca de esas voces es extrañamente reconfortante, algo así como esa afligida esperanza que una persona a la que aprecio escribió. Creo que se debe al bienestar que produce observar de cerca una luz que nos gusta, en lugar de prestar atención solo a lo que esa luz pudiera iluminar.
Al mismo tiempo, con unos segundos de diferencia, otro camino pasa por esos mismos lugares pero centra su recorrido en puntos intermedios algo diferentes del anterior.
Y una tercera ruta se adentra de manera sinuosa en ese espacio oscuro e indeterminado, llegando en ocasiones a observar como las otras dos, o una sola de ellas, se desplazan.
Las tres historias parecen confluir a pesar de hacer viajes distintos. Coinciden en que pese a las dificultades su decisión de viajar es inquebrantable. Siempre avanzando, no siempre hacia delante, muchas veces en círculo o dando grandes rodeos para reunirse con quien permanece a su lado.
Llegadas a ese final imaginario nada termina. Es solo otro punto intermedio entre los infinitos puntos de anclaje a un territorio que se curva sobre sí y que pareciendo hablar de todo solo lo hace de el mismo. Lenguaje para explicar un lenguaje.
Pienso en esto mientras leo los últimos capítulos de 1Q84 de Haruki Murakami, es decir, el volumen dos (que se corresponde con el libro 3). En el volumen uno (libros uno y dos) se decía que la obra estaba estructurada como la música de El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach. Y ahora, cuando va transcurrida buena parte de la escritura, lo percibo en cada párrafo. Pero hay diferencias entre los dos volúmenes. El primero parece corresponderse bien con esa estructura repetitiva de preludio y fuga. Pero este segundo volumen a mi me recuerda más a El arte de la fuga, también de Bach.
Tres voces. Tres historias. Dependientes unas de otras porque se dibujan entre ellas. Imposible fijarse solo en una porque una parte de su superficie depende de la voz que dialoga con ella. Un entramado complejo en mitad de una historia infinita, sin límites.
La soledad es otra fuga. Varias voces de uno mismo, separadas y dependientes como los colores de la luz, se adentran en un cuerpo negro, como el espacio, en un viaje sinuoso y sin final.
Es curioso, al citar la soledad en el blog he tenido en el correo más respuestas que nunca (!). Sí, a mi también me pasa: viajar cerca de esas voces es extrañamente reconfortante, algo así como esa afligida esperanza que una persona a la que aprecio escribió. Creo que se debe al bienestar que produce observar de cerca una luz que nos gusta, en lugar de prestar atención solo a lo que esa luz pudiera iluminar.
1 de diciembre de 2011
Maneras de decir la compañía
Flotar en el espacio, a través de la ingravidez.
Moverse con pasos lentos y pesados, viajar en medio una luz brillante y sin reflejos, con la sensación continua de adentrarse.
En lo desconocido, en el laberinto de las órbitas. En silencio. Al ritmo de una música que nos guía hasta algún mecanismo que enciende sus luces para señalar la posición. Igual que una nave espacial atraca en su puerto de destino.
Pienso en el baile de 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. El silencio y los pasos lentos de la tripulación, su soledad. El viaje de una nave.
Ser adulto es estar solo, declaraba Rousseau.
Leo a Manuel Cruz en un libro que nunca consigo terminar. Ayer di con este párrafo:
No queda más opción que el aprendizaje de la soledad, que el esforzado trabajo interior de no identificar soledad con abandono, de aceptar que la compañía de los demás se dice de muchas maneras.
Moverse con pasos lentos y pesados, viajar en medio una luz brillante y sin reflejos, con la sensación continua de adentrarse.
En lo desconocido, en el laberinto de las órbitas. En silencio. Al ritmo de una música que nos guía hasta algún mecanismo que enciende sus luces para señalar la posición. Igual que una nave espacial atraca en su puerto de destino.
Pienso en el baile de 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. El silencio y los pasos lentos de la tripulación, su soledad. El viaje de una nave.
Ser adulto es estar solo, declaraba Rousseau.
Leo a Manuel Cruz en un libro que nunca consigo terminar. Ayer di con este párrafo:
No queda más opción que el aprendizaje de la soledad, que el esforzado trabajo interior de no identificar soledad con abandono, de aceptar que la compañía de los demás se dice de muchas maneras.
23 de noviembre de 2011
Un olor a ciprés y a café
Empezar por el final.
Cualquier final, porque en realidad es posible que no exista tal cosa.
Hacer ese recorrido para escribir un Elogio de los combates ordinarios (anoté este título pero no recuerdo donde lo encontré). O para comprobar lo que el poeta Joan Margarit escribió: No estaba lejos, no era difícil.
Pero a veces es imposible.
Uno de los finales es Antón Chéjov.
El que describe un aroma como un olor a ciprés y a café.
Leo por fin a Chéjov. Casi todo lo que llevo leyendo estos últimos años llevaba hacia él: Amos Oz, Raymond Carver, Haruki Murakami, incluso Peter Handke. Para todos ellos Chéjov es el maestro.
Comienzo una selección de sus cuentos. Se inicia un mundo de atmósferas y detalles, también de modernidad, que irradia un poder oscuro, secreto. Una descripción minuciosa y precisa de los alrededores de la manzana para hacernos sentir como es el invisible gusano que la corroe.
Empezar por el final.
Me está ocurriendo en varias cosas que inicio, también en varios viajes, pequeños y grandes. Sin habérmelo propuesto remonto el río desde el mar hasta las piedras donde surge un hilo de agua. Es la ilusión de los orígenes, del manantial. Una ilusión más de la imaginación que de la fantasía (por eso me gusta). Tal vez en algún lugar de esa ruta exista la posibilidad de identificar un aroma a ciprés y a café. Identicarlo y detenerse, para saber de donde viene.
Chéjov tiene que ver con la observación atenta. Y la observación, aunque signifique fijar la vista sobre realidades problemáticas, cura. La observación permite salir de uno y descansar. Y desde ahí regresar y revisitarse, recorrer a otro ritmo las arterias y los finales. Chéjov pone en movimiento un gran nivel de concentración, no vale la distración. Tener esa capacidad para construir una observación desde la ruina, desde lo fragmentario e incompleto, desde el desengaño y la pérdida. Y desde ahí desear llegar a casa para beber, escribe, aguardiente de serbal.
Tras leer varios de sus cuentos entiendo algo mejor los escritos de Amos Oz, en particular su Caja negra. Y la actitud de Lobo Antunes frente a la memoria. Y por que no consigo soltar de la mano algunos libros de Murakami, (mientras se deshace como la mantequilla al fuego el feísmo del llamado pensamiento positivo). Chéjov tiene la belleza de la dureza, de lo que no tiene vuelta atrás, aunque empecemos por el final. Nada es gratuito, todo es imprescindible, incluida la soledad, la incomprensión y la pérdida.
Pero Chéjov es el maestro, entre otras cosas, porque lucha (como Carver en toda su vida) por aprender a no deshauciarse nunca a uno mismo. Y eso siento que es algo más sutil de lo que pueda parecer a primera vista.
Cualquier final, porque en realidad es posible que no exista tal cosa.
Hacer ese recorrido para escribir un Elogio de los combates ordinarios (anoté este título pero no recuerdo donde lo encontré). O para comprobar lo que el poeta Joan Margarit escribió: No estaba lejos, no era difícil.
Pero a veces es imposible.
Uno de los finales es Antón Chéjov.
El que describe un aroma como un olor a ciprés y a café.
Leo por fin a Chéjov. Casi todo lo que llevo leyendo estos últimos años llevaba hacia él: Amos Oz, Raymond Carver, Haruki Murakami, incluso Peter Handke. Para todos ellos Chéjov es el maestro.
Comienzo una selección de sus cuentos. Se inicia un mundo de atmósferas y detalles, también de modernidad, que irradia un poder oscuro, secreto. Una descripción minuciosa y precisa de los alrededores de la manzana para hacernos sentir como es el invisible gusano que la corroe.
Empezar por el final.
Me está ocurriendo en varias cosas que inicio, también en varios viajes, pequeños y grandes. Sin habérmelo propuesto remonto el río desde el mar hasta las piedras donde surge un hilo de agua. Es la ilusión de los orígenes, del manantial. Una ilusión más de la imaginación que de la fantasía (por eso me gusta). Tal vez en algún lugar de esa ruta exista la posibilidad de identificar un aroma a ciprés y a café. Identicarlo y detenerse, para saber de donde viene.
Chéjov tiene que ver con la observación atenta. Y la observación, aunque signifique fijar la vista sobre realidades problemáticas, cura. La observación permite salir de uno y descansar. Y desde ahí regresar y revisitarse, recorrer a otro ritmo las arterias y los finales. Chéjov pone en movimiento un gran nivel de concentración, no vale la distración. Tener esa capacidad para construir una observación desde la ruina, desde lo fragmentario e incompleto, desde el desengaño y la pérdida. Y desde ahí desear llegar a casa para beber, escribe, aguardiente de serbal.
Tras leer varios de sus cuentos entiendo algo mejor los escritos de Amos Oz, en particular su Caja negra. Y la actitud de Lobo Antunes frente a la memoria. Y por que no consigo soltar de la mano algunos libros de Murakami, (mientras se deshace como la mantequilla al fuego el feísmo del llamado pensamiento positivo). Chéjov tiene la belleza de la dureza, de lo que no tiene vuelta atrás, aunque empecemos por el final. Nada es gratuito, todo es imprescindible, incluida la soledad, la incomprensión y la pérdida.
Pero Chéjov es el maestro, entre otras cosas, porque lucha (como Carver en toda su vida) por aprender a no deshauciarse nunca a uno mismo. Y eso siento que es algo más sutil de lo que pueda parecer a primera vista.
6 de noviembre de 2011
Un misterio que palpita
Escucho otra vez los cuatro últimos lieder de Richard Strauss en la primera versión que tuve, la de la soprano Jessye Norman con Kurt Masur al frente de la orquesta.
¿Cuántas veces he escuchado esta música?, ¿y en cuántas situaciones diferentes? Y una y otra vez el orden y la escritura de esta emoción en cuatro canciones existe y expulsa fuera de esa estructura todo lo que no es ella misma. Y ni asomo de poder entender la inmensidad y también la calma que hay en esa despedida: un misterio que permanece innombrable desde el primer día que escuché uno de los lieder en la radio y me detuve como si me hubieran hipnotizado. Luego supe que eran las canciones para despedirse de una vida.
Al final de La montaña del alma, Gao Xingjian, tras narrar en 651 páginas un viaje inolvidable, el de una vida también, concluye con una frase: En realidad no comprendo nada, pura y simplemente nada. Así es. Y no es cualquier incomprensión, es la de quien ha regresado a casa luego de dar la vuelta a varios mundos interiores.
Lo más complejo, y es posible que lo más enriquecedor, es cuidar por mantener cerca de nosotros el misterio, lo que no comprendemos. Y admitir que lo mejor que nos puede ocurrir es esa ignorancia: saber que la semilla, una esfera protectora, no se abre nunca.
El otro es un enigma para mí. Yo, para el otro. O se renuncia a descifrarlo o se entra en la desconfianza, escribe Castilla del Pino. Pero eso es difícil de aceptar, nadie nos ha enseñado, y por eso con una navajita afilada, como si nada fuese a ocurrir, a veces se abre la semilla para mirar dentro y, al instante, sentir el ácido que indica que no habrá vuelta atrás.
Tal vez la música pueda enseñar a disfrutar del enigma, a identificar lo que no se puede descifrar y a intentar convivir con él. Estas cuatro canciones hay que aceptarlas como cuatro misterios que palpitan, sin más, y sin creer saber nada de ellas cuando comienzan a sonar (puede que antes o justo después sea algo distinto, pero no cuando están sonando). Cuando están haciéndose solo queda callar y escuchar, porque nos están haciendo.
Inclinarse ante el enigma, ante la riqueza de lo que no podremos desentrañar (sacarle las entrañas). Y acariciarlo.
¿Cuántas veces he escuchado esta música?, ¿y en cuántas situaciones diferentes? Y una y otra vez el orden y la escritura de esta emoción en cuatro canciones existe y expulsa fuera de esa estructura todo lo que no es ella misma. Y ni asomo de poder entender la inmensidad y también la calma que hay en esa despedida: un misterio que permanece innombrable desde el primer día que escuché uno de los lieder en la radio y me detuve como si me hubieran hipnotizado. Luego supe que eran las canciones para despedirse de una vida.
Al final de La montaña del alma, Gao Xingjian, tras narrar en 651 páginas un viaje inolvidable, el de una vida también, concluye con una frase: En realidad no comprendo nada, pura y simplemente nada. Así es. Y no es cualquier incomprensión, es la de quien ha regresado a casa luego de dar la vuelta a varios mundos interiores.
Lo más complejo, y es posible que lo más enriquecedor, es cuidar por mantener cerca de nosotros el misterio, lo que no comprendemos. Y admitir que lo mejor que nos puede ocurrir es esa ignorancia: saber que la semilla, una esfera protectora, no se abre nunca.
El otro es un enigma para mí. Yo, para el otro. O se renuncia a descifrarlo o se entra en la desconfianza, escribe Castilla del Pino. Pero eso es difícil de aceptar, nadie nos ha enseñado, y por eso con una navajita afilada, como si nada fuese a ocurrir, a veces se abre la semilla para mirar dentro y, al instante, sentir el ácido que indica que no habrá vuelta atrás.
Tal vez la música pueda enseñar a disfrutar del enigma, a identificar lo que no se puede descifrar y a intentar convivir con él. Estas cuatro canciones hay que aceptarlas como cuatro misterios que palpitan, sin más, y sin creer saber nada de ellas cuando comienzan a sonar (puede que antes o justo después sea algo distinto, pero no cuando están sonando). Cuando están haciéndose solo queda callar y escuchar, porque nos están haciendo.
Inclinarse ante el enigma, ante la riqueza de lo que no podremos desentrañar (sacarle las entrañas). Y acariciarlo.
28 de octubre de 2011
Uno más
Voy a un lugar al que sé que volveré pasado un tiempo largo: meses, tal vez años. Se trata, en parte, de investigar sobre lo que ocurrirá en ese intervalo.
Sin una razón concreta para hacerlo, quiero anotar este pensamiento de Castilla del Pino:
Una fuente de error: la primacía del hombre sobre su contexto. El hombre es componente -uno más- de su contexto. O sea, el hombre es su contexto.
En la mesa tengo un papel con un nombre de un pueblo que me gustó y que leí al pie de la carretera: Vilar de peras. Lo pronuncio, y también sin saber porqué, pienso que ojalá todo fuera algo más sencillo.
Esperaré, otro día más, a que llegue la noche. Entonces escucharé una pieza de Bach que no estaba entre las que más me gustaban, Las Suites Inglesas, hasta que escuché la interpretación de Glenn Gould al piano. Algo de su marcha, entre serena, templada y rabiosa me permite concentrarme en lo que ocurre cuando ya casi no hay luz en los paisajes.
Sin una razón concreta para hacerlo, quiero anotar este pensamiento de Castilla del Pino:
Una fuente de error: la primacía del hombre sobre su contexto. El hombre es componente -uno más- de su contexto. O sea, el hombre es su contexto.
En la mesa tengo un papel con un nombre de un pueblo que me gustó y que leí al pie de la carretera: Vilar de peras. Lo pronuncio, y también sin saber porqué, pienso que ojalá todo fuera algo más sencillo.
Esperaré, otro día más, a que llegue la noche. Entonces escucharé una pieza de Bach que no estaba entre las que más me gustaban, Las Suites Inglesas, hasta que escuché la interpretación de Glenn Gould al piano. Algo de su marcha, entre serena, templada y rabiosa me permite concentrarme en lo que ocurre cuando ya casi no hay luz en los paisajes.
21 de octubre de 2011
Dos homenajes y un sueño
Vidago está a ciento siete kilómetros de donde partí. Exactos. Poco más de una hora viajando despacio. ¿Por qué no vine antes?
Observando el sol de la tarde a través de los cristales del coche, en silencio. Hasta la frontera y luego evitando la autoestrada para poder viajar por la pequeña nacional que llega hasta Vila Real. Al fin.
Nunca nada debe considerarse concluido, escribe Carlos Castilla del Pino en el libro que leo.
Fue un viaje con dos homenajes, que para mi es cuando quieres con el pensamiento. Me cuesta diferenciarlo de la admiración, me gusta que se confundan. Es algo parecido a inclinar la cabeza en una pequeña ceremonia solo para dos personas. (El interior del mundo debería ser para dos personas).
Vidago fue un sueño. También fue en una época la principal villa termal y de vacaciones de Portugal. Ahora es un pueblo pequeño, en mitad de una carretera que lo atraviesa, que mantiene su esplendor a través del Palace Hotel, algo más que un hotel de lujo. Quería llegar a él caminado, tal y como hizo Llamazares en su viaje de Trás-os-Montes, el primer homenaje. Así que aparqué el coche en cuanto pude y lo busqué acercándome a la zona baja del pueblo, cerca de las grandes avenidas de árboles, cruzando el río.
Allí estaba. Entré, caminé durante horas en todas direcciones. Luego me tomé un café y un vaso de agua en la terraza. No había nadie más. De vez en cuando un empleado del hotel hablaba por el móvil sobre un negocio con millonarios rusos (eso decía).
Después salí a buscar. Encontré en el camino las ruinas del viejo Hotel Avenida y las de la estación de tren con los railes cegados. Y busqué hasta dar con el Gran Hotel de Vidago, también cerrado y en estado ruinoso. Un hombre me dijo que los propietarios lo habían vendido a un hombre cualquiera, es decir, a un rico cualquiera, nadie cercano a la melancolía y el calor de las aguas que manan de esas fuentes. (Llamazares tomó en él el primer café al llegar al pueblo en el año 1998).
Pero el viaje también fue una inclinación frente a Miguel Torga y su Trás-os-Montes. Un tipo admirable que escribió lo siguiente acerca de una chicharra en su libro Bichos:
Es difícil. Esto de empezar en un estercolero cualquiera y no parar hasta llegar a la copa de un castaño, tiene su misterio. Hay que recorrer un largo camino. Embrión, larva, crisálida... Todas las estaciones del escarpado calvario de la organización de la vida.
Después subí a lo alto del pueblo, a una gran roca que lo domina todo y en la que han hecho una especie de santuario. Me quedé mirando como anochecía sobre Vidago, el valle que ocupa y también el sueño en el que aquel y otro Vidago seguían palpitando. Bajé despacio, contento. Y regresé hacia la frontera.
En Chaves, muy cerca de la raia, inmensas bandadas de pájaros, seguramente estorninos, giraban y giraban en el cielo alrededor de un viejo edificio del centro. No parecía haber razón para ello pero con cada nueva vuelta la forma de aquel laberinto de alas cambiaba su forma y su composición. Casi era de noche. Me senté en una escalinata a verlos pasar. Y a escucharlos. Una y otra vez.
Observando el sol de la tarde a través de los cristales del coche, en silencio. Hasta la frontera y luego evitando la autoestrada para poder viajar por la pequeña nacional que llega hasta Vila Real. Al fin.
Nunca nada debe considerarse concluido, escribe Carlos Castilla del Pino en el libro que leo.
Fue un viaje con dos homenajes, que para mi es cuando quieres con el pensamiento. Me cuesta diferenciarlo de la admiración, me gusta que se confundan. Es algo parecido a inclinar la cabeza en una pequeña ceremonia solo para dos personas. (El interior del mundo debería ser para dos personas).
Vidago fue un sueño. También fue en una época la principal villa termal y de vacaciones de Portugal. Ahora es un pueblo pequeño, en mitad de una carretera que lo atraviesa, que mantiene su esplendor a través del Palace Hotel, algo más que un hotel de lujo. Quería llegar a él caminado, tal y como hizo Llamazares en su viaje de Trás-os-Montes, el primer homenaje. Así que aparqué el coche en cuanto pude y lo busqué acercándome a la zona baja del pueblo, cerca de las grandes avenidas de árboles, cruzando el río.
Allí estaba. Entré, caminé durante horas en todas direcciones. Luego me tomé un café y un vaso de agua en la terraza. No había nadie más. De vez en cuando un empleado del hotel hablaba por el móvil sobre un negocio con millonarios rusos (eso decía).
Después salí a buscar. Encontré en el camino las ruinas del viejo Hotel Avenida y las de la estación de tren con los railes cegados. Y busqué hasta dar con el Gran Hotel de Vidago, también cerrado y en estado ruinoso. Un hombre me dijo que los propietarios lo habían vendido a un hombre cualquiera, es decir, a un rico cualquiera, nadie cercano a la melancolía y el calor de las aguas que manan de esas fuentes. (Llamazares tomó en él el primer café al llegar al pueblo en el año 1998).
Pero el viaje también fue una inclinación frente a Miguel Torga y su Trás-os-Montes. Un tipo admirable que escribió lo siguiente acerca de una chicharra en su libro Bichos:
Es difícil. Esto de empezar en un estercolero cualquiera y no parar hasta llegar a la copa de un castaño, tiene su misterio. Hay que recorrer un largo camino. Embrión, larva, crisálida... Todas las estaciones del escarpado calvario de la organización de la vida.
Después subí a lo alto del pueblo, a una gran roca que lo domina todo y en la que han hecho una especie de santuario. Me quedé mirando como anochecía sobre Vidago, el valle que ocupa y también el sueño en el que aquel y otro Vidago seguían palpitando. Bajé despacio, contento. Y regresé hacia la frontera.
En Chaves, muy cerca de la raia, inmensas bandadas de pájaros, seguramente estorninos, giraban y giraban en el cielo alrededor de un viejo edificio del centro. No parecía haber razón para ello pero con cada nueva vuelta la forma de aquel laberinto de alas cambiaba su forma y su composición. Casi era de noche. Me senté en una escalinata a verlos pasar. Y a escucharlos. Una y otra vez.
17 de octubre de 2011
La araña y Vidago
Un viajero (el escritor Julio Llamazares) que se dedica a recorrer la región de Trás-os-montes en el norte de Portugal se dice a si mismo:
Como no se vaya pronto, nunca saldrá de Vidago.
Sé donde está Vidago en un mapa. Pero no lo conozco. Me gusta esa expresión: quedar atrapado en una tela de araña que uno mismo anudó. No salir de Vidago tras viajar allí con cuidado y decisión. Con determinación y también con libertad. Y solo pronunciar esa frase, aunque se vaya, ya es síntoma de que Vidago será inolvidable y de que habrá una red tejida por la memoria.
Llegó el momento. Iré a conocerlo.
15 de octubre de 2011
Plumas para pulsar las cuerdas
Pienso que esta noche por fin llegará la lluvia. Que dentro de muy poco caerá un agua mansa y cálida que no cesará hasta el día. Y que cuando la luz reaparezca habrá una neblina gris y suave que traerá todos los olores juntos. Y aunque habrá algún claro, seguirá lloviendo durante toda la mañana y puede que buena parte de la tarde.
Mientras me preparo, escucho Los Ympossibles, de Santiago de Murcia, interpretada por Jakob Lindberg en la guitarra española. He escuchado esta pieza una y otra vez desde hace meses y siempre me devuelve un ritmo sereno y alegre de buena conversación. Me reconstruye de una manera semejante a como una pluma acaricia la piel. Casi sin tocar. Pero la piel sabe lo que está pasando y si lo ha conocido le gusta recordarlo.
Al fin volvieron los conciertos en directo. Comenzó la temporada y el jueves pasado escuché al trío Forma Antiqua interpretar música, entre otros, de Santiago de Murcia. Pero también de Giovanni Girolamo Kapsberger y de Scarlatti. Pablo Zapico a la guitarra, Daniel Zapico a la tiorba (que instrumento tan increíble!) y Aarón Zapico al clave. Tres hermanos.
Y una iniciativa que me parece excelente: un encuentro con los músicos de casi una hora antes de comenzar el concierto para hablar de la música que sonará, de los instrumentos y de lo que el público quiera saber. Mientras haya un acto organizado con este cariño y cuidado aún tenemos esperanza (no sé bien en qué, pero siento que un país que dedica algo de su dinero público a esto aún tiene algo que decir).
Casi nunca se escucha a los músicos hablar. Parapetados tras los atriles, la partitura y los instrumentos parecen recelar de su voz. Pero las veces que los escuché siempre hubo muy buen clima y todo el mundo pareció agradecerlo. Se aligeró la pose para la escucha, tal vez la concentración aumentó, y también en todas las ocasiones antes o después apareció el humor.
Los tres músicos hablaron de cuando la partitura es poco más que un guión, del sonido de la guitarra barroca, de cuando se prefería un sonido sutil, suave y dulce a cambio de no generar potencia, de ahí las dobles cuerdas y de ahí esa ligereza que tiene alguna música renacentista o barroca.
También de la construcción de la tiorba, a partir del laúd. Y de como el mayor tamaño de los instrumentos permite esos sonidos graves y densos que las cuerdas largas de la tiorba consigue de una manera misteriosa. El lamento.
Pero lo que más me impresionó fue cuando explicaron que hasta hace bien poco, lo que pulsaba las cuerdas tensas del clave era el final de una pluma de ave. Que ese sonido agudo e intenso era generado desde algo ligero y leve, hueco.
Otra vez los pájaros. Observarlos. Diferenciar el ángulo de visión con el que rastrean el suelo y las maneras tan distintas de avisar cuando lo extraño penetra en sus bosques. Siempre sonrío cuando el arrendajo, córvido al fin y al cabo, chilla y se muestra estridente pero también generoso: el mejor centinela. Y algo se silencia cuando se escuchan los chillidos altos, distantes, solitarios y grises de algunas rapaces. Ellas que tienen que rastrear el terreno grado a grado.
Instrumentos menudos y de cuerdas dobles. La conversación con unos sonidos ligeros como el vuelo.
Tal vez esta noche comience a llover. Entonces me despertaré durante unos momentos y pensaré que las gotas en el tejado se parecen al caminar rápido de algún pájaro sobre ese mismo tejado. Durante unos segundos no sabré si es agua o son pasos ágiles y livianos. Luego, aunque tenga alguna duda, querré seguir durmiendo para seguir ese ritmo desde el sueño.
Mientras me preparo, escucho Los Ympossibles, de Santiago de Murcia, interpretada por Jakob Lindberg en la guitarra española. He escuchado esta pieza una y otra vez desde hace meses y siempre me devuelve un ritmo sereno y alegre de buena conversación. Me reconstruye de una manera semejante a como una pluma acaricia la piel. Casi sin tocar. Pero la piel sabe lo que está pasando y si lo ha conocido le gusta recordarlo.
Al fin volvieron los conciertos en directo. Comenzó la temporada y el jueves pasado escuché al trío Forma Antiqua interpretar música, entre otros, de Santiago de Murcia. Pero también de Giovanni Girolamo Kapsberger y de Scarlatti. Pablo Zapico a la guitarra, Daniel Zapico a la tiorba (que instrumento tan increíble!) y Aarón Zapico al clave. Tres hermanos.
Y una iniciativa que me parece excelente: un encuentro con los músicos de casi una hora antes de comenzar el concierto para hablar de la música que sonará, de los instrumentos y de lo que el público quiera saber. Mientras haya un acto organizado con este cariño y cuidado aún tenemos esperanza (no sé bien en qué, pero siento que un país que dedica algo de su dinero público a esto aún tiene algo que decir).
Casi nunca se escucha a los músicos hablar. Parapetados tras los atriles, la partitura y los instrumentos parecen recelar de su voz. Pero las veces que los escuché siempre hubo muy buen clima y todo el mundo pareció agradecerlo. Se aligeró la pose para la escucha, tal vez la concentración aumentó, y también en todas las ocasiones antes o después apareció el humor.
Los tres músicos hablaron de cuando la partitura es poco más que un guión, del sonido de la guitarra barroca, de cuando se prefería un sonido sutil, suave y dulce a cambio de no generar potencia, de ahí las dobles cuerdas y de ahí esa ligereza que tiene alguna música renacentista o barroca.
También de la construcción de la tiorba, a partir del laúd. Y de como el mayor tamaño de los instrumentos permite esos sonidos graves y densos que las cuerdas largas de la tiorba consigue de una manera misteriosa. El lamento.
Pero lo que más me impresionó fue cuando explicaron que hasta hace bien poco, lo que pulsaba las cuerdas tensas del clave era el final de una pluma de ave. Que ese sonido agudo e intenso era generado desde algo ligero y leve, hueco.
Otra vez los pájaros. Observarlos. Diferenciar el ángulo de visión con el que rastrean el suelo y las maneras tan distintas de avisar cuando lo extraño penetra en sus bosques. Siempre sonrío cuando el arrendajo, córvido al fin y al cabo, chilla y se muestra estridente pero también generoso: el mejor centinela. Y algo se silencia cuando se escuchan los chillidos altos, distantes, solitarios y grises de algunas rapaces. Ellas que tienen que rastrear el terreno grado a grado.
Instrumentos menudos y de cuerdas dobles. La conversación con unos sonidos ligeros como el vuelo.
Tal vez esta noche comience a llover. Entonces me despertaré durante unos momentos y pensaré que las gotas en el tejado se parecen al caminar rápido de algún pájaro sobre ese mismo tejado. Durante unos segundos no sabré si es agua o son pasos ágiles y livianos. Luego, aunque tenga alguna duda, querré seguir durmiendo para seguir ese ritmo desde el sueño.
2 de octubre de 2011
La sonrisa de Gary Snyder
Sus meditaciones consistían en hacer las cosas normales, a su debido tiempo.
(Lo escribe Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma, hablando de su amigo Japhy Ryder, en realidad el poeta Gary Snyder).
Algo que hoy en día supone una revolución: hacer las cosas de una en una, hasta las más pequeñas.
(Lo escribe Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma, hablando de su amigo Japhy Ryder, en realidad el poeta Gary Snyder).
Algo que hoy en día supone una revolución: hacer las cosas de una en una, hasta las más pequeñas.
30 de septiembre de 2011
Si per les albes veieu passar un vaixell
Al día siguiente de recordar las palabras de Luis Llach fui a comprar el cedé en el que canta los versos que reproducía en la entrada anterior. No lo encontré. Pero a cambio di con otro, I si canto trist, lleno de canciones que, de pronto, las reescribió el recuerdo. En algún momento las tuve todas en cinta de casette, e igual que hice esa noche, me gustaba escucharlas con la ventanilla bajada mientras iba o volvía en coche. Vaixell de Grècia o Silenci, por ejemplo, escuchadas casi de manera obsesiva. Para recordar y para tener presente el olor de la amistad y también de la tristeza.
Ese mismo día, antes de ir tras la música, cuando abrí una página web que suelo visitar me encontré con una entrada empobrecida y sorprendente. Lo que estaba siendo un proyecto alternativo e interesante se tornaba, a la primera de cambio (a la primera de éxito) en un acercamiento descarado y feo a la parte más miserable del caciquismo cultural. Es difícil tener un proyecto alternativo y es triste que solo sea alternativo porque no le dejan tomar el café en el salón principal y escuchar el concierto desde el palco real.
Por eso tuve una doble razón para viajar tras mi cedé del recuerdo: No es esto compañeros, no es esto, volví a sentir. Me sentí enfadado y lleno de razón. Pero no dí con él.
Encontré, a cambio, el que contiene estos versos:
Si al amanecer veis salir una nave
besando las aguas del mar, cuna de los dioses,
hacedle señal, que quiere ver dónde nos hallamos
y navegar con nosotros hacia el norte.
Si no lleva red, ni orza, ni timón,
no penséis que se ha perdido el bote,
que siempre la gente podrá hinchar las velas
y ganar olas hechas de miedo y cansancio
Hoy leo otra página que me reconforta. Sigo desde hace meses los artículos de Antonio Muñoz Molina en la prensa. Siguiendo ese rastro llegué a su página web y buscando di con un artículo sobre Mozart en el que habla, entre otras cosas, de lo mal vistos que según la época están los autores que trabajan en el ejercicio obstinado y difícil de la transparencia. Y cita el aforismo de Nietzsche en el que el filósofo habla de esas personas que enturbian el agua para que parezca profunda.
Puse Vaixell de Grècia por tercera o cuarta vez, la canción de donde son los versos anteriores. Una extraña serenidad, una alegría callada viene con esas olas. Me da paz leer la ilusión y el coraje, el compromiso y el buen hacer.
Pensé en Luis Llach, que ahora se dedica a hacer vino. En la visita a Vérges, solo por conocer el pequeño pueblo al que dedicó uno de sus discos.
Los sonidos que contienen lo mejor de cada uno, aguas profundas, son sencillos.
Ese mismo día, antes de ir tras la música, cuando abrí una página web que suelo visitar me encontré con una entrada empobrecida y sorprendente. Lo que estaba siendo un proyecto alternativo e interesante se tornaba, a la primera de cambio (a la primera de éxito) en un acercamiento descarado y feo a la parte más miserable del caciquismo cultural. Es difícil tener un proyecto alternativo y es triste que solo sea alternativo porque no le dejan tomar el café en el salón principal y escuchar el concierto desde el palco real.
Por eso tuve una doble razón para viajar tras mi cedé del recuerdo: No es esto compañeros, no es esto, volví a sentir. Me sentí enfadado y lleno de razón. Pero no dí con él.
Encontré, a cambio, el que contiene estos versos:
Si al amanecer veis salir una nave
besando las aguas del mar, cuna de los dioses,
hacedle señal, que quiere ver dónde nos hallamos
y navegar con nosotros hacia el norte.
Si no lleva red, ni orza, ni timón,
no penséis que se ha perdido el bote,
que siempre la gente podrá hinchar las velas
y ganar olas hechas de miedo y cansancio
Hoy leo otra página que me reconforta. Sigo desde hace meses los artículos de Antonio Muñoz Molina en la prensa. Siguiendo ese rastro llegué a su página web y buscando di con un artículo sobre Mozart en el que habla, entre otras cosas, de lo mal vistos que según la época están los autores que trabajan en el ejercicio obstinado y difícil de la transparencia. Y cita el aforismo de Nietzsche en el que el filósofo habla de esas personas que enturbian el agua para que parezca profunda.
Puse Vaixell de Grècia por tercera o cuarta vez, la canción de donde son los versos anteriores. Una extraña serenidad, una alegría callada viene con esas olas. Me da paz leer la ilusión y el coraje, el compromiso y el buen hacer.
Pensé en Luis Llach, que ahora se dedica a hacer vino. En la visita a Vérges, solo por conocer el pequeño pueblo al que dedicó uno de sus discos.
Los sonidos que contienen lo mejor de cada uno, aguas profundas, son sencillos.
27 de septiembre de 2011
No es esto compañeros, no es esto
Un correo electrónico. Abro la dirección a la que remite, contiene varios trabajos fotográficos personales. Alguien dice que es una fotonovela, alguien más habla de intimidad. Miro la primera imagen, y la segunda, luego un poco al azar, luego lo cierro. Siempre hay una mujer hermosa viviendo momentos de alegría, corriendo, sonriendo, probablemente al lado de quien se supone hace la foto. Casi siempre es verano y con mucha frecuencia lleva un vestido con más o menos flores. Siempre es una mujer elegante y entregada a ese juego de volar para una cámara. Y antes o después habrá una cama deshecha. Como casi siempre es así ahora miro la mariposa nocturna que esta noche no se despega de esta luz. Escucho a Arvo Pärt.
También me fijé en la mariposa porque junto a la mujer del verano había un texto que empezaba así: Intrínseco a la naturaleza humana (y seguía). ¿Intrínseco? Si algo empieza con esa palabra tal vez tenga ganas de abandonarlo con rapidez. Prefiero estas: Pero los caminos, como el que ya conocéis de casa a la estación, o de casa al lago, van llenándose de hojas y el jardín se va poniendo dorado y dorado.
Es otra cosa.
Puede ser que lo intrínseco, si existe, sea ahorrar energía y quedarse callado hasta que uno identifique y se enfrente a lo que no entiende, ni entenderá, y precisamente por eso quiera comunicarlo. Y disfrute con ello. Y salte de aquí hacia allá hasta extraviarse aun más y aun así sentir que está más cerca de un momento del día muy parecido a la noche.
Si no recuerdo mal Luis Llach cantaba en catalán No es esto compañeros, no es esto. Y si no es esto es porque en algún lugar se marca otra afinación para los instrumentos que quieren hacer música con las imágenes. Suelen hacerlo seres no demasiado ruidosos que luchan para que un desierto concreto no avance. Y aún así, a veces, hacen fotos a quienes viajan cerca. Pero es otra cosa. Admiro por eso a Denis Roche.
Y puestos a ser descarados e intensos prefiero otras imágenes, como cuando Kerouac habla de una mujer morena como las uvas. Y luego sigue viaje, siempre al Oeste, siempre al Sur, para regresar poco después al Norte, siempre al Este. Y volver a empezar.
También me fijé en la mariposa porque junto a la mujer del verano había un texto que empezaba así: Intrínseco a la naturaleza humana (y seguía). ¿Intrínseco? Si algo empieza con esa palabra tal vez tenga ganas de abandonarlo con rapidez. Prefiero estas: Pero los caminos, como el que ya conocéis de casa a la estación, o de casa al lago, van llenándose de hojas y el jardín se va poniendo dorado y dorado.
Es otra cosa.
Puede ser que lo intrínseco, si existe, sea ahorrar energía y quedarse callado hasta que uno identifique y se enfrente a lo que no entiende, ni entenderá, y precisamente por eso quiera comunicarlo. Y disfrute con ello. Y salte de aquí hacia allá hasta extraviarse aun más y aun así sentir que está más cerca de un momento del día muy parecido a la noche.
Si no recuerdo mal Luis Llach cantaba en catalán No es esto compañeros, no es esto. Y si no es esto es porque en algún lugar se marca otra afinación para los instrumentos que quieren hacer música con las imágenes. Suelen hacerlo seres no demasiado ruidosos que luchan para que un desierto concreto no avance. Y aún así, a veces, hacen fotos a quienes viajan cerca. Pero es otra cosa. Admiro por eso a Denis Roche.
Y puestos a ser descarados e intensos prefiero otras imágenes, como cuando Kerouac habla de una mujer morena como las uvas. Y luego sigue viaje, siempre al Oeste, siempre al Sur, para regresar poco después al Norte, siempre al Este. Y volver a empezar.
23 de septiembre de 2011
Un ritmo furioso
A las diez apareció Shearing, que es ciego, y lo llevaron de la mano hasta el piano. Era un inglés de aspecto distinguido con cuello duro, ligeramente grueso, rubio, con un delicado aire de noche-inglesa-de-verano que se hizo patente con los primeros suaves escarceos que tocó en el piano mientras el bajista se inclinaba con respeto hacia él y marcaba el ritmo. El baterista, Denzil Best, estaba sentado inmóvil exceptuadas sus muñecas, que movían las escobillas. Y Shearing empezó a balancearse; una sonrisa recorrió su rostro extasiado; comenzó a balancearse en el taburete del piano, hacia delante y hacia atrás, al principio con lentitud, luego de acuerdo con el ritmo, cada vez más deprisa, mientras su pie izquierdo golpeaba el suelo marcando el compás, su cuello se balanceaba retorciéndose, bajaba el rostro hasta las teclas, se echaba el pelo hacia atrás; se despeinó y empezó a sudar. La música se hacía más potente. El bajista se encorvó y tocaba cada vez más fuerte, y cada vez más deprisa; eso era todo. Shearing empezó a tocar su solo; los acordes salían del piano como grandes chubascos, y se pensaba que el tipo no tendría tiempo de ordenarlos. Se agitaban como el mar. La gente le gritaba:
- ¡Sigue! ¡Sigue!
Esta descripción del pianista George Shearing, fallecido este mismo año, la escribió Jack Kerouac en En el camino. Un libro para conocer, entre otras muchas cosas, algo del jazz.
- ¡Sigue! ¡Sigue!
Esta descripción del pianista George Shearing, fallecido este mismo año, la escribió Jack Kerouac en En el camino. Un libro para conocer, entre otras muchas cosas, algo del jazz.
15 de septiembre de 2011
El mundo oscuro
Leo un pequeño texto escrito por el fotógrafo Antoine d'Agata:
Mi empatía con el mundo oscuro se paga al contado. Asumo el peligro de mis riesgos.
Me gusta esa frase. Sobre todo por lo que intuyo que puede haber ocurrido hasta que uno llega a escribir algo así. La percibo como el último cristal de hielo de un enorme iceberg que navega en una deriva secreta, personal.
Ayer vi un documental sobre una cueva llena de grandes cristales de yeso que crecían, según el científico que los estudiaba, al ritmo del grosor de un pelo por siglo. Y ahora mismo son moles de decenas de metros.
Leo En el camino, de Jack Kerouac. Llevaba años queriendo hacerlo y una extraña pereza hacia ciertas lecturas que parecen obligatorias me alejaba de él. Todo eso desapareció en las cinco primeras páginas. La otra noche, muy tarde, tuve que parar la lectura para levantarme a ver como era Kerouac físicamente. Murió a los 47 años. Escuché su voz en un archivo de internet.
En cada capítulo de su loco viaje del este al oeste para regresar al mismo punto siento una empatía con su oscuridad. Y la valentía de asumir el peligro, de asumir su mundo y borrar la queja. Eso y una intensidad llena de tristeza e imposibilidad. Leo y leo el viaje, aparentemente enloquecido y vibrante y la oscuridad parece atravesarlo y silenciarlo. Me deja callado.
Kerouac habla, por ejemplo, de una alfombra que su tía ha tejido con las ropas que la familia iba desechando a lo largo de los años. Ahora estaba terminada y extendida en el suelo de mi dormitorio, compleja y rica como el propio paso del tiempo.
Un buen amigo le llama a todo esto, con cierto aire irónico: el metatema
Mi empatía con el mundo oscuro se paga al contado. Asumo el peligro de mis riesgos.
Me gusta esa frase. Sobre todo por lo que intuyo que puede haber ocurrido hasta que uno llega a escribir algo así. La percibo como el último cristal de hielo de un enorme iceberg que navega en una deriva secreta, personal.
Ayer vi un documental sobre una cueva llena de grandes cristales de yeso que crecían, según el científico que los estudiaba, al ritmo del grosor de un pelo por siglo. Y ahora mismo son moles de decenas de metros.
Leo En el camino, de Jack Kerouac. Llevaba años queriendo hacerlo y una extraña pereza hacia ciertas lecturas que parecen obligatorias me alejaba de él. Todo eso desapareció en las cinco primeras páginas. La otra noche, muy tarde, tuve que parar la lectura para levantarme a ver como era Kerouac físicamente. Murió a los 47 años. Escuché su voz en un archivo de internet.
En cada capítulo de su loco viaje del este al oeste para regresar al mismo punto siento una empatía con su oscuridad. Y la valentía de asumir el peligro, de asumir su mundo y borrar la queja. Eso y una intensidad llena de tristeza e imposibilidad. Leo y leo el viaje, aparentemente enloquecido y vibrante y la oscuridad parece atravesarlo y silenciarlo. Me deja callado.
Kerouac habla, por ejemplo, de una alfombra que su tía ha tejido con las ropas que la familia iba desechando a lo largo de los años. Ahora estaba terminada y extendida en el suelo de mi dormitorio, compleja y rica como el propio paso del tiempo.
Un buen amigo le llama a todo esto, con cierto aire irónico: el metatema
13 de septiembre de 2011
Infinity Mirror Room
Había anotado el título de una obra de Yayoi Kusama: Infinity Mirror Room. Recuerdo la experiencia de atravesar la habitación de los infinitos reflejos, con luces diminutas que iluminaban y también ocultaban.
Pienso en la música del Gran Norte. En un órgano de 1698 escuché la espiral ascendente del Passacaglia y fuga BWV 582 de Bach. Pero también a Buxtehude y Frescobaldi. Una iglesia al caer la tarde, una música que te sostiene el corazón, dijiste. Encendí una vela, sin la fe religiosa que podría llevar a encenderla, pero con la confianza en que su pequeña llama existiría hasta el final.
Los sonidos del mar. Había anotado una dirección web: listentothedeep, y entro en ella. Hace años escuché en la radio, en pleno invierno y lejos de aquí, un concierto que se iba haciendo en directo sobre una mesa de mezclas a partir de los sonidos que recogían varios micrófonos, situados bajo alguno de los principales puentes de ciudades europeas cruzadas por un río. Recuerdo voces lejanas mezcladas con el motor de algún barco o lo que parecía el batir del agua.
Escuchar las profundidades no es algo muy diferente, aunque su propósito sea científico. Sentado frente a una pantalla de ordenador se pueden seguir en tiempo real los sonidos que una boya submarina recoge y luego envía a quien quiera escuchar. En varios puntos del planeta. Y pienso que es otro Bach, otra espiral. Y me hace acordarme de la película de Pere Portabella El silencio antes de Bach y, entre otras cosas, del camionero que interpretaba a Bach en la cabina del camión.
Pienso en la música del Gran Norte. En un órgano de 1698 escuché la espiral ascendente del Passacaglia y fuga BWV 582 de Bach. Pero también a Buxtehude y Frescobaldi. Una iglesia al caer la tarde, una música que te sostiene el corazón, dijiste. Encendí una vela, sin la fe religiosa que podría llevar a encenderla, pero con la confianza en que su pequeña llama existiría hasta el final.
Los sonidos del mar. Había anotado una dirección web: listentothedeep, y entro en ella. Hace años escuché en la radio, en pleno invierno y lejos de aquí, un concierto que se iba haciendo en directo sobre una mesa de mezclas a partir de los sonidos que recogían varios micrófonos, situados bajo alguno de los principales puentes de ciudades europeas cruzadas por un río. Recuerdo voces lejanas mezcladas con el motor de algún barco o lo que parecía el batir del agua.
Escuchar las profundidades no es algo muy diferente, aunque su propósito sea científico. Sentado frente a una pantalla de ordenador se pueden seguir en tiempo real los sonidos que una boya submarina recoge y luego envía a quien quiera escuchar. En varios puntos del planeta. Y pienso que es otro Bach, otra espiral. Y me hace acordarme de la película de Pere Portabella El silencio antes de Bach y, entre otras cosas, del camionero que interpretaba a Bach en la cabina del camión.
8 de septiembre de 2011
Un día y tres minutos
Un día entero caminando en una montaña que siempre tiene casas cerca.
Recoges algún tesoro del suelo y lo escondes en el bolsillo. Crees que nadie se ha dado cuenta.
Cerca de un río, no muy ancho. Por momentos, muy cerca de él.
Voces conocidas, entre ellas la del arrendajo y sus advertencias a todo el bosque. Siempre hay perros, y una víbora pequeña, muerta, y el silencio de una garza real, gris, poderosa.
Aunque hay alguna conversación hay silencio. Los dos bastones con los que te gusta caminar baten contra el suelo, es un ritmo. Hay avellanos, nogales, muchos manzanos con la fruta sin recoger y cerca de las casas vides a punto de madurar. Al inicio y al final algo de lluvia, en medio de la jornada sol sin viento. Un día en calma.
Intento transcribir lo que recuerdo, me gusta verte caminar.
Luego querías bañarte en agua muy caliente, casi hirviendo. Querías cenar y beber vino. Y al llegar a casa pensaste que un día así había sido la mejor preparación para poder escuchar tres minutos de música. Querías el preludio de la primera Suite para chelo de Bach.
Solo esos pocos minutos, no es la primera vez.
Y después, hasta cansarte, solo escuchar la lluvia sobre el tejado
Recoges algún tesoro del suelo y lo escondes en el bolsillo. Crees que nadie se ha dado cuenta.
Cerca de un río, no muy ancho. Por momentos, muy cerca de él.
Voces conocidas, entre ellas la del arrendajo y sus advertencias a todo el bosque. Siempre hay perros, y una víbora pequeña, muerta, y el silencio de una garza real, gris, poderosa.
Aunque hay alguna conversación hay silencio. Los dos bastones con los que te gusta caminar baten contra el suelo, es un ritmo. Hay avellanos, nogales, muchos manzanos con la fruta sin recoger y cerca de las casas vides a punto de madurar. Al inicio y al final algo de lluvia, en medio de la jornada sol sin viento. Un día en calma.
Intento transcribir lo que recuerdo, me gusta verte caminar.
Luego querías bañarte en agua muy caliente, casi hirviendo. Querías cenar y beber vino. Y al llegar a casa pensaste que un día así había sido la mejor preparación para poder escuchar tres minutos de música. Querías el preludio de la primera Suite para chelo de Bach.
Solo esos pocos minutos, no es la primera vez.
Y después, hasta cansarte, solo escuchar la lluvia sobre el tejado
2 de septiembre de 2011
Penínsulas, océanos
Entro en una libreria buscando algo concreto y mientras busco en las estanterias doy con un libro de Amos Oz que no he leído. Son tres pequeños textos y casi al azar leo el inicio del tercero:
"Haz la paz, no el amor" es un dicho acuñado por mí que quiero aclarar desde el principio para que no haya malentendidos. No estoy en contra de hacer el amor, estoy en contra de confundir amor y paz, lo que es siempre una confusión sentimental.
Compro el libro, Contra el fanatismo se titula, y sigo leyendo.
Ningún hombre es una isla, dice John Donne. Me atrevo humildemente a añadir a esta maravillosa sentencia que ningún hombre ni ninguna mujer es una isla, pero que cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firma y la otra mitad mirando el océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje ya muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano.
Ser una península. Estar unido a tierra firme junto a la experiencia de estar en el extremo último de esa misma tierra, frente a lo desconocido y a lo poderoso. Reclamar el derecho a ser una península.
Me gusta John Donne desde hace tiempo, desde antes de saber quien era o en que época vivió. Hace años que he ido encontrando sus citas en autores a los que admiro.
La escucha puede ser un modo de habitar esa península. La escucha musical tiene mucho de esto porque avanza a través nuestro mediante la cultura y la tradición, al tiempo que supone un querer quedarse solo y vulnerable en la última roca antes de las olas de un mar bravo.
Ya de noche, escucho en la radio una parte de la suite Iberia de Isaac Albéniz. Los sonidos atraviesan tierra firme hasta llegar a esas últimas rocas, me sorprenden por lo novedosos que me resultan, no estoy acostumbrado a ellos, parecen acompañarme hasta la última tierra antes del océano. Espero al final para saber de qué se trata y me encuentro con la sorpresa de que está interpretada por el pianista Esteban Sánchez. Esa puede ser la razón.
No es la primera ocasión en que me cruzo con el nombre y con la interpretación de este pianista. A lo espléndido de su música se suma lo poco y cautivador que se de él. En la cima de su carrera, cuando Daniel Barenboim le reconocía como un músico excepcional, él se retira cerca de Badajoz porque no quiere vivir instalado en la frenética vida de un concertista (al menos esta es la versión que conozco) y se dedica a su familia y a dar clase en el conservatorio de la ciudad.
Quiero conseguir el disco con su interpretación de la Iberia de Albéniz. Le admiro también antes de conocerlo algo más, (probablemente todos construimos personajes, yo desde luego lo hago).
Me viene a la cabeza una frase de Joseph Brodsky:
la creatividad es el comentario de una vasta playa cuando un grano de arena es engullido por el océano.
"Haz la paz, no el amor" es un dicho acuñado por mí que quiero aclarar desde el principio para que no haya malentendidos. No estoy en contra de hacer el amor, estoy en contra de confundir amor y paz, lo que es siempre una confusión sentimental.
Compro el libro, Contra el fanatismo se titula, y sigo leyendo.
Ningún hombre es una isla, dice John Donne. Me atrevo humildemente a añadir a esta maravillosa sentencia que ningún hombre ni ninguna mujer es una isla, pero que cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firma y la otra mitad mirando el océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje ya muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano.
Ser una península. Estar unido a tierra firme junto a la experiencia de estar en el extremo último de esa misma tierra, frente a lo desconocido y a lo poderoso. Reclamar el derecho a ser una península.
Me gusta John Donne desde hace tiempo, desde antes de saber quien era o en que época vivió. Hace años que he ido encontrando sus citas en autores a los que admiro.
La escucha puede ser un modo de habitar esa península. La escucha musical tiene mucho de esto porque avanza a través nuestro mediante la cultura y la tradición, al tiempo que supone un querer quedarse solo y vulnerable en la última roca antes de las olas de un mar bravo.
Ya de noche, escucho en la radio una parte de la suite Iberia de Isaac Albéniz. Los sonidos atraviesan tierra firme hasta llegar a esas últimas rocas, me sorprenden por lo novedosos que me resultan, no estoy acostumbrado a ellos, parecen acompañarme hasta la última tierra antes del océano. Espero al final para saber de qué se trata y me encuentro con la sorpresa de que está interpretada por el pianista Esteban Sánchez. Esa puede ser la razón.
No es la primera ocasión en que me cruzo con el nombre y con la interpretación de este pianista. A lo espléndido de su música se suma lo poco y cautivador que se de él. En la cima de su carrera, cuando Daniel Barenboim le reconocía como un músico excepcional, él se retira cerca de Badajoz porque no quiere vivir instalado en la frenética vida de un concertista (al menos esta es la versión que conozco) y se dedica a su familia y a dar clase en el conservatorio de la ciudad.
Quiero conseguir el disco con su interpretación de la Iberia de Albéniz. Le admiro también antes de conocerlo algo más, (probablemente todos construimos personajes, yo desde luego lo hago).
Me viene a la cabeza una frase de Joseph Brodsky:
la creatividad es el comentario de una vasta playa cuando un grano de arena es engullido por el océano.
18 de julio de 2011
Futuro pasado
Escucho hablar de un concepto que para mi es nuevo: el futuro pasado. Se trata, más o menos, de con que pasado queremos jugar en el futuro, es decir, que pasado vamos a construir para que nos sirva en el futuro y servir es, entre otras cosas, que nos pueda ofrecer continuidad sobre nuestros episodios vitales (algo no muy lejano, tal vez, a la duración de Peter Handke).
Es la primera vez que escucho diseccionar una idea así. Pero intuitivamente siempre he sentido cerca esta forma de tratar con el tiempo y con las construcciones más personales. Y durante años esta idea la he ido tejiendo, conformando, junto a la música de Franz Schubert. Ahora creo que no.
Es la primera vez que escucho diseccionar una idea así. Pero intuitivamente siempre he sentido cerca esta forma de tratar con el tiempo y con las construcciones más personales. Y durante años esta idea la he ido tejiendo, conformando, junto a la música de Franz Schubert. Ahora creo que no.
17 de julio de 2011
Oro no
Frente a mi ventana de esta noche hay una palmera delgada, muy alta y las luces de la ciudad. Esta tarde viajé escuchando en mi admirado programa Juego de Espejos de R2 la selección musical hecha por el poeta Vicente Gallego. A lo largo de una carretera que va paralela al mar escuché la primera pieza que eligió: un motete de Tomás Luis de Victoria. Y me alegré porque fue un encuentro con una música que casi parecía necesitar, un acompañamiento en el recogerse como solo disfruto con la música de Victoria. Es un caso único, o eso me parece, porque hasta sus piezas fúnebres son un recorrido por las áreas más luminosas de lo invisible. Me parece la música de una entrega.
Bajé todavía más la marcha, acompasé las curvas de la ruta a la voz que viajaba de ventanilla a ventanilla. Un coche silencioso, viajando solo, es uno de los auditorios que más disfruto. Además iba por una carretera curiosa porque en los arcenes, en los balcones de las casas, en los portalones y en cualquier lugar hay pancartas que dicen Oro No. Me gusta ese mensaje, en realidad contra la instalación de una mina de oro a cielo abierto, porque me hace pensar en la plata de los días, un brillo que prefiero.
En el programa, Vicente Gallego decía que a veces escuchar una pieza le llevaba a escribir un poema, pero que era porque una emoción llevaba a otra y luego a algo que estaba más allá de uno mismo. A mi el viaje y su música me hizo sentir claramente por qué me gustan tanto algunos personajes de Haruki Murakami, y es que cuando las cosas se ponen difíciles y estoy extraviado pienso en qué haría uno de sus personajes en mi situación. Y me sereno, porque sus hombres en momentos delicados hacen un té, o conducen por la noche, o preparan una comida con todo detalle, o escuchan una música concreta o tal vez beben algo poderoso. Sus personajes trocean el mundo en pequeñas porciones de cosas necesarias, cosas tan pequeñas que se llega hasta la escala de lo diminuto. Y en esos tamaños todo es relativo, al tiempo que se hace necesario y está dotado de un fuerte sentido. Una lucha pasa a ser un diálogo con algunos átomos de la plata diaria y puede ser el inicio para llegar a algo más allá de uno mismo. A algunos de esos encuentros les debo bastante y eso no se olvida.
Bajé todavía más la marcha, acompasé las curvas de la ruta a la voz que viajaba de ventanilla a ventanilla. Un coche silencioso, viajando solo, es uno de los auditorios que más disfruto. Además iba por una carretera curiosa porque en los arcenes, en los balcones de las casas, en los portalones y en cualquier lugar hay pancartas que dicen Oro No. Me gusta ese mensaje, en realidad contra la instalación de una mina de oro a cielo abierto, porque me hace pensar en la plata de los días, un brillo que prefiero.
En el programa, Vicente Gallego decía que a veces escuchar una pieza le llevaba a escribir un poema, pero que era porque una emoción llevaba a otra y luego a algo que estaba más allá de uno mismo. A mi el viaje y su música me hizo sentir claramente por qué me gustan tanto algunos personajes de Haruki Murakami, y es que cuando las cosas se ponen difíciles y estoy extraviado pienso en qué haría uno de sus personajes en mi situación. Y me sereno, porque sus hombres en momentos delicados hacen un té, o conducen por la noche, o preparan una comida con todo detalle, o escuchan una música concreta o tal vez beben algo poderoso. Sus personajes trocean el mundo en pequeñas porciones de cosas necesarias, cosas tan pequeñas que se llega hasta la escala de lo diminuto. Y en esos tamaños todo es relativo, al tiempo que se hace necesario y está dotado de un fuerte sentido. Una lucha pasa a ser un diálogo con algunos átomos de la plata diaria y puede ser el inicio para llegar a algo más allá de uno mismo. A algunos de esos encuentros les debo bastante y eso no se olvida.
17 de junio de 2011
La agitación del mundo celular
Sentado a la mesa, escuchando las idas y venidas de la voz en el canto gregoriano, copiando un texto leído, copiando textos de un libro en una libreta sin tener una razón concreta para hacerlo, solo por la necesidad de recorrer esas palabras de otra manera, con todo el cuerpo. Es tarde, hay mosquitos, hace calor. Algunas imágenes mentales se superponen a las físicas, o al revés. No están claras las fronteras.
Hace días que no consigo asistir a conciertos que me hubiera gustado escuchar, a veces porque no puedo, otras porque no hay entradas (nunca hay entradas para la programación del Xacobeo Classics, siempre está lleno pero nadie sabe como poder asistir. Uno siente algo parecido a la vergüenza ante ese uso del dinero público). Por supuesto fue imposible escuchar a Mischa Maisky tocas las suites para chelo de Bach y mucho más será a Daniel Barenboim dirigir a la Staatskapelle de Berlín.
A cambio pude oir las imágenes, en silencio, de Nathaniel Dorsky. Me lo habían recomendado, no lo conocía. Fue una experiencia inolvidable. Películas de cine, mediometrajes, que nada tienen que ver con el cine habitual. Solo imágenes que crean la propia película, que la van creando mientras surgen en la pantalla. En muchas el mundo misterioso, envolvente, de los organismos vivos, mundos hechos a base de partes diminutas, como panales de abeja. O la agitación del mundo celular, su temblor. Organismos celulares emitiendo un mensaje hipnótico, del que es posible que no haya código. Solo hay su escucha, el proceso de sentirse uno mismo esa agitación.
Nathaniel Dorsky estaba presente en la proyección, decía unas palabras antes de cada película. Hablaba, por ejemplo, de la arquitectura del refugio, de la película como un lugar o de como unas imágenes se acercan al umbral de la solidez. También de como desde un punto de vista poético todo es más real, naturaleza y artificio apenas se diferencian, igual que un pájaro y su nido.
Y ahora recuerdo lo que dice Chantal Maillard de por qué escribe poesía: escribo para que el agua envenenada pueda beberse.
Hace días que no consigo asistir a conciertos que me hubiera gustado escuchar, a veces porque no puedo, otras porque no hay entradas (nunca hay entradas para la programación del Xacobeo Classics, siempre está lleno pero nadie sabe como poder asistir. Uno siente algo parecido a la vergüenza ante ese uso del dinero público). Por supuesto fue imposible escuchar a Mischa Maisky tocas las suites para chelo de Bach y mucho más será a Daniel Barenboim dirigir a la Staatskapelle de Berlín.
A cambio pude oir las imágenes, en silencio, de Nathaniel Dorsky. Me lo habían recomendado, no lo conocía. Fue una experiencia inolvidable. Películas de cine, mediometrajes, que nada tienen que ver con el cine habitual. Solo imágenes que crean la propia película, que la van creando mientras surgen en la pantalla. En muchas el mundo misterioso, envolvente, de los organismos vivos, mundos hechos a base de partes diminutas, como panales de abeja. O la agitación del mundo celular, su temblor. Organismos celulares emitiendo un mensaje hipnótico, del que es posible que no haya código. Solo hay su escucha, el proceso de sentirse uno mismo esa agitación.
Nathaniel Dorsky estaba presente en la proyección, decía unas palabras antes de cada película. Hablaba, por ejemplo, de la arquitectura del refugio, de la película como un lugar o de como unas imágenes se acercan al umbral de la solidez. También de como desde un punto de vista poético todo es más real, naturaleza y artificio apenas se diferencian, igual que un pájaro y su nido.
Y ahora recuerdo lo que dice Chantal Maillard de por qué escribe poesía: escribo para que el agua envenenada pueda beberse.
9 de junio de 2011
Reciprocidad
Un hermoso acuerdo de reciprocidad, dice J.D. Salinger.
En algunas ocasiones ese acuerdo se produce con una persona, un lugar, un tiempo. También con los sonidos. Tal vez con la música a la que se está agradecido exista esa reciprocidad, porque tras el momento en que quien escucha le dedica toda su atención, ella devuelve en buena reciprocidad toda esa intensidad, en un circuito que no se sabe donde comenzó.
En algunas ocasiones ese acuerdo se produce con una persona, un lugar, un tiempo. También con los sonidos. Tal vez con la música a la que se está agradecido exista esa reciprocidad, porque tras el momento en que quien escucha le dedica toda su atención, ella devuelve en buena reciprocidad toda esa intensidad, en un circuito que no se sabe donde comenzó.
25 de mayo de 2011
¿Qué es un día logrado?
De pronto, un día (una noche) una voz silenciosa va atravesando, sin esfuerzo, las horas. Y el tiempo tiene otra duración.
Toda la realidad es sagrada cuando la contemplamos con piedad, escucho en la radio del coche. Nunca entiendo bien el significado de piedad, pero me gusta sustituir esa palabra por atención, por concentración. O por silencio. Toda la realidad es sagrada cuando la escuchamos. Por eso la charlataneria no tiene disculpa.
Me hubiera gustado mucho escribir aquí sobre mi experiencia en un concierto al que no pude ir: el domingo tocaba el pianista Aldo Ciccolini. Esperaba ese concierto desde hace semanas, pero no pudo ser. Así que pienso en como sonaria esa música. Solo puedo recrear ese tiempo.
Hoy, de pronto, tuve que estar cerca de mis libros de Peter Handke, para buscar un título precioso: Ensayo sobre el día logrado. Un libro de texto.
Y después, como en un acto reflejo, pensé en el final de un libro inaccesible para mi (pero del que recibo destellos poderosos cada vez que vuelvo a él): el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.
Su última proposición es:
De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.
Toda la realidad es sagrada cuando la contemplamos con piedad, escucho en la radio del coche. Nunca entiendo bien el significado de piedad, pero me gusta sustituir esa palabra por atención, por concentración. O por silencio. Toda la realidad es sagrada cuando la escuchamos. Por eso la charlataneria no tiene disculpa.
Me hubiera gustado mucho escribir aquí sobre mi experiencia en un concierto al que no pude ir: el domingo tocaba el pianista Aldo Ciccolini. Esperaba ese concierto desde hace semanas, pero no pudo ser. Así que pienso en como sonaria esa música. Solo puedo recrear ese tiempo.
Hoy, de pronto, tuve que estar cerca de mis libros de Peter Handke, para buscar un título precioso: Ensayo sobre el día logrado. Un libro de texto.
Y después, como en un acto reflejo, pensé en el final de un libro inaccesible para mi (pero del que recibo destellos poderosos cada vez que vuelvo a él): el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.
Su última proposición es:
De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.
21 de mayo de 2011
Vernos en la penumbra
Recuerdo bastante bien como son los pisos en los que transcurren las películas de Woody Allen. Casi todos me gustan, y en especial las habitaciones para dormir, las camas, los cabeceros de las camas, los colores. Y la iluminación, las lámparas puntuales, las zonas en penumbra. La calidez de un ambiente. Siempre me parecen espacios cargados de erotismo.
Ayer recordé todo esto escuchando en un café precioso, El Latino, al grupo de jazz The Swing Serenaders, de Barcelona. Aquello fue una fiesta. Un clarinete, un trombón, una guitarra y un contrabajo sobre el pequeño altillo del escenario. Y piezas de jazz clásico más algunas propias tocadas a la manera, como ellos decían, de New Orleans. Una auténtica fiesta. Cuatro músicos que emitían la felicidad de tocar en directo, dirigiendo hacia nosotros una música que te levantaba de la silla. Y un público que no paraba de sonreir, tocado por aquel ritmo, por el buen ambiente. En un café, por la noche. A todo el mundo allí parecía habérsele transformado la cara. Un instante en el que la atención consistía en seguir aquel río.
En la singularidad de su ser siendo cualquier cosa es infinita, dice Chantal Maillard. Escuchar es infinito. Porque exige atención, dirigir la atención, elegir los canales por los que va a circular una especie de energía, también de vacío, invisible. Escuchar es ofrecer ese cauce. Pero saber centrar la atención no es fácil, aunque tal vez se pueda practicar: Entrenarse en la temporalidad del suceder, dice Maillard, aprender a transformar lo real en un suceder, las cosas en una vibración. Por ejemplo quedándose cerca de la música, dedicándole un tiempo, aceptando que ese tiempo se alarga y se expande cuanto más nos concentramos.
Algo de esto ocurrió ayer durante el concierto, algo parecido a una complicidad entre músicos y espectadores, una especie de iluminación que recorría la madera del café, circulaba por entre las mesas y nos iba dibujando a todos en aquella sesión de jazz. Gracias a los sonidos tuvimos una forma nítida durante unos pocos segundos, y pudimos vernos, reconocernos, en la penumbra.
Tal vez nos volvamos a encontrar.
Ayer recordé todo esto escuchando en un café precioso, El Latino, al grupo de jazz The Swing Serenaders, de Barcelona. Aquello fue una fiesta. Un clarinete, un trombón, una guitarra y un contrabajo sobre el pequeño altillo del escenario. Y piezas de jazz clásico más algunas propias tocadas a la manera, como ellos decían, de New Orleans. Una auténtica fiesta. Cuatro músicos que emitían la felicidad de tocar en directo, dirigiendo hacia nosotros una música que te levantaba de la silla. Y un público que no paraba de sonreir, tocado por aquel ritmo, por el buen ambiente. En un café, por la noche. A todo el mundo allí parecía habérsele transformado la cara. Un instante en el que la atención consistía en seguir aquel río.
En la singularidad de su ser siendo cualquier cosa es infinita, dice Chantal Maillard. Escuchar es infinito. Porque exige atención, dirigir la atención, elegir los canales por los que va a circular una especie de energía, también de vacío, invisible. Escuchar es ofrecer ese cauce. Pero saber centrar la atención no es fácil, aunque tal vez se pueda practicar: Entrenarse en la temporalidad del suceder, dice Maillard, aprender a transformar lo real en un suceder, las cosas en una vibración. Por ejemplo quedándose cerca de la música, dedicándole un tiempo, aceptando que ese tiempo se alarga y se expande cuanto más nos concentramos.
Algo de esto ocurrió ayer durante el concierto, algo parecido a una complicidad entre músicos y espectadores, una especie de iluminación que recorría la madera del café, circulaba por entre las mesas y nos iba dibujando a todos en aquella sesión de jazz. Gracias a los sonidos tuvimos una forma nítida durante unos pocos segundos, y pudimos vernos, reconocernos, en la penumbra.
Tal vez nos volvamos a encontrar.
19 de mayo de 2011
Phoebe
Algunas veces, una pocas veces canta Atahualpa Yupanqui, me gustaría copiar aquí casi un libro entero. Es un ansia extraña de volver a leer mientra se transcriben unas palabras sin final, infinitas.
Hace tres días entré en una librería buscando un libro que no tenían. Pero antes de salir decidí llevarme, llevaba tiempo queriendo hacerlo, El guardian entre el centeno de J.D. Salinger.
Hacía tiempo que no tenía una experiencia tan intensa con un libro: una lectura que lo suspende todo y al tiempo todo lo reactiva, que exige tanto que desaparecen todos los actos, todas las citas, hasta el sueño. Porque aparece la sensación de que tienes que acabar con esas páginas (malditas páginas diría el protagonista) antes de que ellas acaben contigo. Y cuando llegas al final ya están demasiado dentro para que aquello acabe fácilmente. Imposible.
Phoebe es la hermanita pequeña de Holden, su protagonista. Y casi su única unión firme con el mundo.
Empecé a darle el resto de la pasta que me había prestado, pero no me dejó.
- Guárdalo tú. Guárdamelo -dijo. Y luego dijo enseguida -: Por favor.
Me deprime mucho que alguien me diga "por favor". Quiero decir, si se trata de Phoebe o alguien así. me deprimió muchísimo. Pero volví a meterme la pasta en el bolsillo.
- No vas a montar tú también? -me preguntó. Me miraba de una forma rara. Se le notaba que ya no estaba demasiado enfadada.
- Quizá la próxima vuelta. Te miraré -le dije-. ¿Tienes tu tiquet?
- Sí.
- Entonces, ve. Estaré en ese banco de ahí. Te miraré.
Fui al banco y me senté y ella subió al tiovivo.
Es cierto que el mito creado alrededor de J.D. Salinger puede dificultar esta lectura. No es lo que más me interesa y me alegro de que no haya dificultado demasiado leer por primera vez este texto (o eso creo). Siento que es un libro único, una lectura que se quedará durante mucho tiempo. Al terminar las páginas solo ha empezado a salir al aire un poco de su olor. Y de su misterio (empezando por el título). Pienso en Thoreau (Holden dice que se irá a una cabaña y que se convertirá en sordomudo), pero también en las imágenes que vi estos días de Jacques Henry Lartigue sobre cómo percibía desde dentro la vida de las clases ricas. No hay nada en el libro del gusto de Lartigue por vivir, pero no puedo evitar pensar que detrás de ellos hay un ajuste de cuentas sobre cuando la última palabra es un sí, y sobre lo que eso cuesta.
Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella. Son las palabras del señor Antolini a Holden.
Pero lo que quiero decir es que montones de veces no sabes qué es lo que te interesa más hasta que empiezas a hablar de algo que no es lo que más te interesa. Es parte del diálogo de Holden con el señor Antolini.
El guardian entre el centeno. Leo y releo el título. En mi edición son letras rojizas sobre fondo blanco. Es un proceso casi hipnótico. Y a largo plazo.
Hace tres días entré en una librería buscando un libro que no tenían. Pero antes de salir decidí llevarme, llevaba tiempo queriendo hacerlo, El guardian entre el centeno de J.D. Salinger.
Hacía tiempo que no tenía una experiencia tan intensa con un libro: una lectura que lo suspende todo y al tiempo todo lo reactiva, que exige tanto que desaparecen todos los actos, todas las citas, hasta el sueño. Porque aparece la sensación de que tienes que acabar con esas páginas (malditas páginas diría el protagonista) antes de que ellas acaben contigo. Y cuando llegas al final ya están demasiado dentro para que aquello acabe fácilmente. Imposible.
Phoebe es la hermanita pequeña de Holden, su protagonista. Y casi su única unión firme con el mundo.
Empecé a darle el resto de la pasta que me había prestado, pero no me dejó.
- Guárdalo tú. Guárdamelo -dijo. Y luego dijo enseguida -: Por favor.
Me deprime mucho que alguien me diga "por favor". Quiero decir, si se trata de Phoebe o alguien así. me deprimió muchísimo. Pero volví a meterme la pasta en el bolsillo.
- No vas a montar tú también? -me preguntó. Me miraba de una forma rara. Se le notaba que ya no estaba demasiado enfadada.
- Quizá la próxima vuelta. Te miraré -le dije-. ¿Tienes tu tiquet?
- Sí.
- Entonces, ve. Estaré en ese banco de ahí. Te miraré.
Fui al banco y me senté y ella subió al tiovivo.
Es cierto que el mito creado alrededor de J.D. Salinger puede dificultar esta lectura. No es lo que más me interesa y me alegro de que no haya dificultado demasiado leer por primera vez este texto (o eso creo). Siento que es un libro único, una lectura que se quedará durante mucho tiempo. Al terminar las páginas solo ha empezado a salir al aire un poco de su olor. Y de su misterio (empezando por el título). Pienso en Thoreau (Holden dice que se irá a una cabaña y que se convertirá en sordomudo), pero también en las imágenes que vi estos días de Jacques Henry Lartigue sobre cómo percibía desde dentro la vida de las clases ricas. No hay nada en el libro del gusto de Lartigue por vivir, pero no puedo evitar pensar que detrás de ellos hay un ajuste de cuentas sobre cuando la última palabra es un sí, y sobre lo que eso cuesta.
Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella. Son las palabras del señor Antolini a Holden.
Pero lo que quiero decir es que montones de veces no sabes qué es lo que te interesa más hasta que empiezas a hablar de algo que no es lo que más te interesa. Es parte del diálogo de Holden con el señor Antolini.
El guardian entre el centeno. Leo y releo el título. En mi edición son letras rojizas sobre fondo blanco. Es un proceso casi hipnótico. Y a largo plazo.
30 de abril de 2011
Una música y una ciudad
Cuando en una historia aparece un arma de fuego, ésta deberá ser disparada, (encuentro esta cita de Chéjov). Recuerdo que hace pocos meses, en el tren, el hombre que ocupaba el asiento de al lado leyó los cuentos de Chéjov durante un trayecto de varias horas. Me encanta saber qué está leyendo la gente con la que me cruzo. A veces, no puedo evitarlo, el libro abierto me parece un pasaporte: allí también está la identidad de quien le está prestando toda su atención.
Hace días cumplí un pequeño sueño: asistir a la Semana de Música Religiosa de Cuenca (he seguido muchos de sus conciertos por la radio estos años pasados). Es una ciudad a la que, por unas u otras razones, he ido y venido con frecuencia. Y me gusta. Pero el festival, al menos los conciertos a los que pude asistir no me entusiasmaron. Ni la organización ni el propio concierto. Se me hacía raro esa percepción en un lugar que formaba parte casi de un sueño.
Me hubiera gustado poder asistir al concierto de Gustav Leonhardt interpretando cantatas de Bach. Pero sí pude escuchar a Fabio Bonizzoni tocando a Bach en el clave, junto a su grupo, La Risonanza. Y no sentí que allí se creara ese bucle de sonido que es la Ofrenda musical. Me pareció música sin demasiado hilván, salvo en el clave y en el chelo. Ritmos y tiempos que sonaban extraños, poco intensos, secos y hasta desajustados por momentos. Extraño también percibir eso, pero así me lo pareció.
Hoy me crucé en la televisión con un reportaje sobre la Semana de este año. Y me gustó escuchar las opiniones de Nathalie Stutzmann hablando de la dificultad de dirigir una pequeña orquesta y de cantar a la vez.
Tengo cerca un disco con madrigales de Claudio Monteverdi, interpretados por el grupo La Venexiana, en el que Fabio Bonizzoni vuelve a tocar el clave. Me quedo con esa interpretación, por ejemplo con la intensidad y el vaivén desgarrador del dolor con el que suena el precioso Lamento de Arianna.
Hace días cumplí un pequeño sueño: asistir a la Semana de Música Religiosa de Cuenca (he seguido muchos de sus conciertos por la radio estos años pasados). Es una ciudad a la que, por unas u otras razones, he ido y venido con frecuencia. Y me gusta. Pero el festival, al menos los conciertos a los que pude asistir no me entusiasmaron. Ni la organización ni el propio concierto. Se me hacía raro esa percepción en un lugar que formaba parte casi de un sueño.
Me hubiera gustado poder asistir al concierto de Gustav Leonhardt interpretando cantatas de Bach. Pero sí pude escuchar a Fabio Bonizzoni tocando a Bach en el clave, junto a su grupo, La Risonanza. Y no sentí que allí se creara ese bucle de sonido que es la Ofrenda musical. Me pareció música sin demasiado hilván, salvo en el clave y en el chelo. Ritmos y tiempos que sonaban extraños, poco intensos, secos y hasta desajustados por momentos. Extraño también percibir eso, pero así me lo pareció.
Hoy me crucé en la televisión con un reportaje sobre la Semana de este año. Y me gustó escuchar las opiniones de Nathalie Stutzmann hablando de la dificultad de dirigir una pequeña orquesta y de cantar a la vez.
Tengo cerca un disco con madrigales de Claudio Monteverdi, interpretados por el grupo La Venexiana, en el que Fabio Bonizzoni vuelve a tocar el clave. Me quedo con esa interpretación, por ejemplo con la intensidad y el vaivén desgarrador del dolor con el que suena el precioso Lamento de Arianna.
29 de abril de 2011
Valparaisos
Hace días, leyendo a Comte-Sponville (creo que esto va a durar), encontré lo que él considera una declaración de amor, mejor dicho, una declaración de amor profunda porque no nos pide nada: Me alegra la idea de que existas o Cuando pienso que existes, me da alegría.
Marqué la página. No conozco otra manera mejor de expresarlo.
En un largo viaje en coche, de pronto me dio por escuchar una música de hace muchos años. Es la banda sonora que Nino Rota compuso para la película Amarcord de Fellini. Amarcord. Unos días antes había recuperado ese cedé del fondo de una estantería.
Recuerdo que en la carretera, despacio, me adelantaban unos camiones portugueses de una empresa que se llama Joao Pires. No es la primera vez, y siempre que los veo me hacen pensar en la pianista María Joao Pires. Y en mitad de una recta encuentro Valparaíso de abajo y Valparaíso de arriba. Mientras sigo hacia delante pienso en el Valparaíso de Chile, que solo conozco por las fotos de Sergio Larrain.
Un mapa con rutas no escritas. De aquí hasta allí para poder perderse. Siguiendo la línea invisible.
Aunque parezca mentira, ahora tengo ganas de que llegue el invierno. Puede que ahí empiece todo, más que en la primavera. En la oscuridad que llega pronto y que obliga a encender alguna luz.
Marqué la página. No conozco otra manera mejor de expresarlo.
En un largo viaje en coche, de pronto me dio por escuchar una música de hace muchos años. Es la banda sonora que Nino Rota compuso para la película Amarcord de Fellini. Amarcord. Unos días antes había recuperado ese cedé del fondo de una estantería.
Recuerdo que en la carretera, despacio, me adelantaban unos camiones portugueses de una empresa que se llama Joao Pires. No es la primera vez, y siempre que los veo me hacen pensar en la pianista María Joao Pires. Y en mitad de una recta encuentro Valparaíso de abajo y Valparaíso de arriba. Mientras sigo hacia delante pienso en el Valparaíso de Chile, que solo conozco por las fotos de Sergio Larrain.
Un mapa con rutas no escritas. De aquí hasta allí para poder perderse. Siguiendo la línea invisible.
Aunque parezca mentira, ahora tengo ganas de que llegue el invierno. Puede que ahí empiece todo, más que en la primavera. En la oscuridad que llega pronto y que obliga a encender alguna luz.
30 de marzo de 2011
El hallazgo de unas palabras
Algunas veces, en algún lugar, uno encuentra las palabras que sabía que existían pero que no lograba dar con ellas. De una manera más o menos difusa intenté referirme en otras entradas del blog a una experiencia, una percepción, que no sabía nombrar bien. Estos días, al empezar un libro de Comte-Sponville dí con esas palabras. Son estas:
En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien "existe". Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien "existe" (en Dios) no se debe "hacer" el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien "no existe" es preciso "hacerlo". Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
Me parece que desde ahí se puede hacer algo. El bien, como la realidad, es algo que hay construir, elaborar, sobre la base de que lo propio es su ausencia o el caos sin forma que a veces constituye lo real.
Pienso en los poemas de Raymond Carver y en su conquista de un Sendero nuevo a la cascada.
En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien "existe". Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien "existe" (en Dios) no se debe "hacer" el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien "no existe" es preciso "hacerlo". Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
Me parece que desde ahí se puede hacer algo. El bien, como la realidad, es algo que hay construir, elaborar, sobre la base de que lo propio es su ausencia o el caos sin forma que a veces constituye lo real.
Pienso en los poemas de Raymond Carver y en su conquista de un Sendero nuevo a la cascada.
25 de marzo de 2011
Pequeñas marcas hechas con un lápiz
Mañana tengo que devolver un libro a la biblioteca sin haber tenido tiempo para leerlo. Lo hojeo, leo algunos fragmentos. Y encuentro marcas, a lápiz y muy pequeñas, que un lector anterior ha dejado. Salto de marca en marca, hay una persona con unos intereses tras esas pequeñas señales. Quiero copiar aquí algunas de ellas.
La oración, decía Wittgenstein, "es el pensamiento del sentido de la vida". Pero si la vida tuviera un sentido, no habría necesidad de orar.
¿Quién puede jactarse de haber suprimido todo el miedo?
Vivir consiste siempre en soñar la vida (la vida nunca nos es dada, excepto en algunos momentos de gracia o de eternidad, más que como vivida o por vivir).
La verdad de vivir es vivir. Desesperanza y plenitud: la verdadera vida está presente.
"La clave del enigma", decía Wittgenstein, "es que no hay enigma". La vida no está para interpretarla, sino para vivirla. Lo real no está para comprenderlo sino para conocerlo. Y tanto una como el otro están para amarlos alegremente. Ésta es la sabiduría misma: amor y simplicidad.
Todo reside en la ética (desilusionarse de sí, del futuro y de todo), la moral (dejar de mentir) y la metafísica o la ontología (la eternidad de lo real y de lo verdadero).
Palabra del que vive: "Mientras la vida no nos abandone, no aullaremos a la muerte".
Desesperación y coraje, confianza y paz: lo real se toma o se deja.
Tómalo.
Este es el círculo vicioso del yo: hago lo que yo quiero, quiero lo que soy, soy lo que hago... Como el sujeto no es algo distinto de sus actos, el círculo vicioso se resuelve, como siempre, en la identidad donde él nos retiene. Soy lo que soy porque hago lo que hago; hago lo que hago porque soy lo que soy. Pero el ser es anterior al actuar (no eliges tu cuerpo), y siempre se está "hecho" antes de "hacer" (no eliges tu infancia). Cada cual es así culpable de sus actos (en la medida en que son voluntarios), pero inocente de sí.
(son fragmentos que otro lector señaló en "Vivir", del filósofo André Comte-Sponville)
La oración, decía Wittgenstein, "es el pensamiento del sentido de la vida". Pero si la vida tuviera un sentido, no habría necesidad de orar.
¿Quién puede jactarse de haber suprimido todo el miedo?
Vivir consiste siempre en soñar la vida (la vida nunca nos es dada, excepto en algunos momentos de gracia o de eternidad, más que como vivida o por vivir).
La verdad de vivir es vivir. Desesperanza y plenitud: la verdadera vida está presente.
"La clave del enigma", decía Wittgenstein, "es que no hay enigma". La vida no está para interpretarla, sino para vivirla. Lo real no está para comprenderlo sino para conocerlo. Y tanto una como el otro están para amarlos alegremente. Ésta es la sabiduría misma: amor y simplicidad.
Todo reside en la ética (desilusionarse de sí, del futuro y de todo), la moral (dejar de mentir) y la metafísica o la ontología (la eternidad de lo real y de lo verdadero).
Palabra del que vive: "Mientras la vida no nos abandone, no aullaremos a la muerte".
Desesperación y coraje, confianza y paz: lo real se toma o se deja.
Tómalo.
Este es el círculo vicioso del yo: hago lo que yo quiero, quiero lo que soy, soy lo que hago... Como el sujeto no es algo distinto de sus actos, el círculo vicioso se resuelve, como siempre, en la identidad donde él nos retiene. Soy lo que soy porque hago lo que hago; hago lo que hago porque soy lo que soy. Pero el ser es anterior al actuar (no eliges tu cuerpo), y siempre se está "hecho" antes de "hacer" (no eliges tu infancia). Cada cual es así culpable de sus actos (en la medida en que son voluntarios), pero inocente de sí.
(son fragmentos que otro lector señaló en "Vivir", del filósofo André Comte-Sponville)
23 de marzo de 2011
Racalmuto
Recorrió la isla en tren. Había llegado a Sicilia en barco. Se quedó un tiempo en Palermo. Me lo contó con detalle: como iba por las mañanas al mercado que quedaba cerca de las ruinas de los bombardeos de la gran guerra, el asombro frente a los cristales antibala del palacio de justicia, acristalado, un bunker traslúcido (opaco en muchos lados), para intentar juzgar a los mafiosos; Racalmuto, a donde fue y volvió en homenaje a su admirado Leonardo Sciascia, la habitación en un hotel de una calle principal, con una mesa pintada de verde y un balcón desde el que podría haber fotografiado Cartier-Bresson. Debajo, la calle. Y al cabo de un tiempo, se compró una chaqueta negra, una especie de americana, como la mayoría de los hombres de la isla. No salía a caminar sin ella.
No se por qué, mientras cenábamos me lo fue contando. Mejor dicho, sí me lo dijo: fue porque en aquel restaurante, de pronto, sonó una música que le recordó a Sicilia (tan cerca de Libia). Le miré fijamente, con toda mi concentración, porque me gustaba como me lo contaba. Vivió allí una buena temporada. Y unos acordes en un restaurante fueron suficiente para regresar.
Cuando volví a casa, escuché por casualidad en la televisión una música preciosa, una banda sonora de Gustavo Santaolalla. De él también era la pieza que había sonado durante la cena.
No se por qué, mientras cenábamos me lo fue contando. Mejor dicho, sí me lo dijo: fue porque en aquel restaurante, de pronto, sonó una música que le recordó a Sicilia (tan cerca de Libia). Le miré fijamente, con toda mi concentración, porque me gustaba como me lo contaba. Vivió allí una buena temporada. Y unos acordes en un restaurante fueron suficiente para regresar.
Cuando volví a casa, escuché por casualidad en la televisión una música preciosa, una banda sonora de Gustavo Santaolalla. De él también era la pieza que había sonado durante la cena.
20 de marzo de 2011
Citas, un fado
En la letra de una canción sefardí: Pescaría mis penas con palabras de amor.
El título de un fado que canta Amalia Rodrigues: Extraña forma de vida.
Una opinión que escucho en la radio: No vale nada si no tiene swing.
Y un título de Tony Judd: Algo va mal.
Y otra opinión que escucho hoy sobre la música sacra de Vivaldi: La pasión por existir.
Me dejo llevar, pero conozco la corriente que he elegido. De una entrevista al pintor Anselm Kiefer.
Anotaciones de un día
El título de un fado que canta Amalia Rodrigues: Extraña forma de vida.
Una opinión que escucho en la radio: No vale nada si no tiene swing.
Y un título de Tony Judd: Algo va mal.
Y otra opinión que escucho hoy sobre la música sacra de Vivaldi: La pasión por existir.
Me dejo llevar, pero conozco la corriente que he elegido. De una entrevista al pintor Anselm Kiefer.
Anotaciones de un día
19 de marzo de 2011
36 opciones
Anoto una frase de Wordsworth: El niño es el padre del hombre. Lleva conmigo varias semanas.
Hace un tiempo me regalaron una botella de vino de Emilio Rojo. Es una pequeña (o gran) joya que guardé con esmero, con mucho cuidado. Así me lo habían pedido y así lo hice. Ocupaba un lugar tan importante que nunca era el momento de beber ese vino, tenía que venir algo todavía más especial. Cuando al final llegó el día, con una buena comida acabada de preparar, al abrir la botella comprobé que el vino se había estropeado. Había pasado su tiempo.
Hace días que me acuerdo de esto. Porque también hace semanas que guardo con todo cuidado el recuerdo de dos de los mejores conciertos que escuché este año. Y porque me parecía tan difícil decir algo sobre ellos que nunca fue, tal vez hasta ahora, el momento.Y así me fuí quedando en silencio sin en realidad pretenderlo.
El 24 de febrero escuché a la RFG, dirigida por Helmuth Rilling, interpretar un concierto completo dedicado a Bach: la Suite núm. 2, la cantata núm. 202, el concierto para tres violines BWV 1064 y la cantata núm. 51. En mitad de días muy difíciles, recuerdo ese concierto como un momento en el que recuperé por unos instantes el control de la respiración. Y aquellos sonidos me acompañaron, a ellos les estoy agradecido como lo estaría con una persona a la que le debo mucho.
La música no debería ser meramente cómoda, nunca fosilizada, nunca calmante. Debería sorprender a la gente y llegarles muy dentro, obligándolos a reflexionar, dice Helmuth Rilling, uno de los grandes estudiosos de Bach.
Días más tarde, el 27 de febrero, con ese recuerdo en la piel, acudí a la Iglesia de Santa Eufemia a Real do Centro a escuchar a un violonchelista que no conocía, Pieter Wispelwey, interpretar dos de las seis suites para chelo de Bach, la núm. 1 y la 2, y otras dos suites para chelo que dialogaban con estas: la Suite n1 º op. 72 de Benjamin Britten y la Suite núm. 1 de Joseph Maximilian Reger. Y fue un encuentro inolvidable. Llegué con tiempo, pude sentarme en uno de los primeros bancos de la iglesia y disfrutar de una sonoridad semejante a la mejor sala de conciertos.
Es imposible agotar la escucha de las suites para chelo de Bach. Y es una experiencia que no se olvida escucharlas interpretar en directo. Pieter Wispelwey aportó vibración, colorido y también una ligereza llena de precisión en los seis movimientos de cada suite: desde la fantasía que parece dominar el Preludio hasta la organización rigurosa de la Allemande, la alegria de la Courante y la serenidad y madurez que hay en la Sarabande (así se titula la última película de Bergman, siempre me acuerdo de ella en ese movimiento), justo antes de las danzas casi de corte que parecen los dos Menuet y el lazo final, más suelto, de la Gigue. Y todo con esa especie de polifonía que en unos momentos parece venir de varios instrumentos y en otros se asemeja a un diálogo de varias voces. Seis suites con seis movimientos cada una: 36 combinaciones a las que volver una y otra vez.
En esos días, mientras intentaba averiguar por donde seguia la senda, me llegó un precioso correo que hablaba de algunos viajes interiores parecidos a un gran elefante que nos lleva. Y de saber balancearse sobre él, con la confianza que da abrazarlo más que agarrarlo.
Ahora releo una frase de Rilke que cita Comte-Sponville: Debemos mantenernos en lo difícil. Todo lo que vive se mantiene ahí... Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, pues el amor es difícil.
Leo sin parar, sin tregua, 1Q84 de Haruki Murakami. Escrito con la misma estructura que El clave bien temperado de Bach. A veces, algunas tardes, alterno una pieza de esa música con un capítulo del libro, como un homenaje a no se sabe bien qué, a algo invisible que simplemente le gusta estar cerca de nosotros, sin esperar nada.
Hace un tiempo me regalaron una botella de vino de Emilio Rojo. Es una pequeña (o gran) joya que guardé con esmero, con mucho cuidado. Así me lo habían pedido y así lo hice. Ocupaba un lugar tan importante que nunca era el momento de beber ese vino, tenía que venir algo todavía más especial. Cuando al final llegó el día, con una buena comida acabada de preparar, al abrir la botella comprobé que el vino se había estropeado. Había pasado su tiempo.
Hace días que me acuerdo de esto. Porque también hace semanas que guardo con todo cuidado el recuerdo de dos de los mejores conciertos que escuché este año. Y porque me parecía tan difícil decir algo sobre ellos que nunca fue, tal vez hasta ahora, el momento.Y así me fuí quedando en silencio sin en realidad pretenderlo.
El 24 de febrero escuché a la RFG, dirigida por Helmuth Rilling, interpretar un concierto completo dedicado a Bach: la Suite núm. 2, la cantata núm. 202, el concierto para tres violines BWV 1064 y la cantata núm. 51. En mitad de días muy difíciles, recuerdo ese concierto como un momento en el que recuperé por unos instantes el control de la respiración. Y aquellos sonidos me acompañaron, a ellos les estoy agradecido como lo estaría con una persona a la que le debo mucho.
La música no debería ser meramente cómoda, nunca fosilizada, nunca calmante. Debería sorprender a la gente y llegarles muy dentro, obligándolos a reflexionar, dice Helmuth Rilling, uno de los grandes estudiosos de Bach.
Días más tarde, el 27 de febrero, con ese recuerdo en la piel, acudí a la Iglesia de Santa Eufemia a Real do Centro a escuchar a un violonchelista que no conocía, Pieter Wispelwey, interpretar dos de las seis suites para chelo de Bach, la núm. 1 y la 2, y otras dos suites para chelo que dialogaban con estas: la Suite n1 º op. 72 de Benjamin Britten y la Suite núm. 1 de Joseph Maximilian Reger. Y fue un encuentro inolvidable. Llegué con tiempo, pude sentarme en uno de los primeros bancos de la iglesia y disfrutar de una sonoridad semejante a la mejor sala de conciertos.
Es imposible agotar la escucha de las suites para chelo de Bach. Y es una experiencia que no se olvida escucharlas interpretar en directo. Pieter Wispelwey aportó vibración, colorido y también una ligereza llena de precisión en los seis movimientos de cada suite: desde la fantasía que parece dominar el Preludio hasta la organización rigurosa de la Allemande, la alegria de la Courante y la serenidad y madurez que hay en la Sarabande (así se titula la última película de Bergman, siempre me acuerdo de ella en ese movimiento), justo antes de las danzas casi de corte que parecen los dos Menuet y el lazo final, más suelto, de la Gigue. Y todo con esa especie de polifonía que en unos momentos parece venir de varios instrumentos y en otros se asemeja a un diálogo de varias voces. Seis suites con seis movimientos cada una: 36 combinaciones a las que volver una y otra vez.
En esos días, mientras intentaba averiguar por donde seguia la senda, me llegó un precioso correo que hablaba de algunos viajes interiores parecidos a un gran elefante que nos lleva. Y de saber balancearse sobre él, con la confianza que da abrazarlo más que agarrarlo.
Ahora releo una frase de Rilke que cita Comte-Sponville: Debemos mantenernos en lo difícil. Todo lo que vive se mantiene ahí... Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, pues el amor es difícil.
Leo sin parar, sin tregua, 1Q84 de Haruki Murakami. Escrito con la misma estructura que El clave bien temperado de Bach. A veces, algunas tardes, alterno una pieza de esa música con un capítulo del libro, como un homenaje a no se sabe bien qué, a algo invisible que simplemente le gusta estar cerca de nosotros, sin esperar nada.
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