22 de mayo de 2012

Guardaré tu voz

John Donne. John Dowland. Muchas noches. En mitad de la nada. El tañido de las cuerdas. Bajo el influjo de lo que parece no existir, avanzas.

El domingo 13 de mayo algo importante me trajo a la memoria el Gutte Nach de Schubert. Después gente amiga lo volvió a escuchar y el viernes 18 de mayo leí un precioso correo en el que se decía que Dietrich Fischer-Dieskau estaba sonando con fuerza en alguna casa, al través de la mañana. Ese mismo día, lo supe hoy, Dietrich Fischer-Dieskau murió. 

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras,  pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve (escribe Tomas Tranströmer)

Tengo como una joya las tres colecciones de lieder de Shubert cantadas por el barítono alemán. Hoy escuché que no actuaba en público desde 1992 y que desde entonces se había dedicado sobre todo a estudiar precisamente la obra de Schubert. Tenía 87 años.

Tal vez el día deba terminar. ¿Cómo echar de menos a quien no se ha conocido pero de quien se han recibido tantas y tantas llamadas desde su voz?. Una voz pronunciando el paso del invierno hasta sus bosques más oscuros. Tenía un nombre bonito. Me gustaría saber pronunciarlo bien, con más ligereza.

Ahora, hasta John Dowland calla. Ya no se escucha el laúd, la guitarra antigua, una sola voz, sola, pronunciando frases que dibujan el mapa del día. Jornadas de las que se sabe poco, solo que existen. John Donne hace tiempo que ya no existe, aunque lo busque.

Guardaré tu voz.
Para que cuide esas canciones

Cuando partamos hacia la nieve

14 de mayo de 2012

Insectos y pétalos

Cerca de un río
debajo de la piel.
En mitad de un lugar
que hay que dibujar para que exista
sin mapa ni utensilios, con riesgo
en un lugar desconocido.

En otro continente
ahora que delante de la pantalla zumban insectos y pétalos de plantas que parecen hacer una muda nocturna. Una selva que llega hasta la ventana.

Este calor es otro.
A veces se escuchan voces
canciones muy a lo lejos. Antes de dormir me dijiste que algunas noches soñabas con piedras negras.

13 de mayo de 2012

Una música puede apagar el motor de un avión

Una música antes de subir a un avión.

Después, sobre el océano, los motores rugen de manera regular y monótona, todo va bien. Es un sonido frío y sordo que invade el oído. El motor hace su trabajo, viaja por la noche, incluso permite que se iluminen las diminutas luces rojas que pretenden señalar una posición.

Todo es de calidad: es fácil imaginarse una turbina hecha de las mejores aleaciones para sostenernos sobre el abismo del océano, a miles de pies del suelo y a muchos más de las profundidades. Sobre un abismo insondable nos lleva a todos.

Este avión se parece a muchos otros y aspira a comportarse como los que son igual que él. Las personas hemos hecho todo lo posible para que eso ocurra, alguien ha trabajado durante años para asegurarse que allí solo hable una máquina casi perfecta. Un ensamblaje de metal y fluidos. Fiable y predecible.

Y en esa nave de acero, una música.
Que también hace su trabajo. ¿Cuál?

Permitir que exista algo todavía más poderoso que la voz de las personas: la voz de la tierra, como la llama Eustaquio Barjau, un hombre sabio que además es el traductor de Peter Handke.

En este caso, la voz de la tierra permite oir la voz de la memoria. Y la memoria no tiene nada que ver (aunque suspiremos con eso) con un disco duro, ni con un motor de avión. Ni es fiable, ni es predecible, ni clasifica cronológicamente o por tamaño. La memoria almacena conexiones, no datos. Y no son conexiones con ese algo, sino con la relación que mantuvimos con ese algo. Lo entiende todo como un diálogo a dos (como mínimo) que define a cada momento a quienes participan en él. Hasta transformarlos.

Una música regalada para un viaje, escuchada mientras los motores no nos abandonan al abismo.

Y ahora, la misma música, el Winterreise de Schubert, ha establecido sus conexiones con la voz de la tierra, con la memoria. Cuando suena, el viaje vuelve a comenzar. Y su voz es tan fuerte que acalla el motor del avión, ¡es más poderosa que una turbina a reacción!. Esa pequeña canción, cantada por Dietrich Fischer-Dieskau tiene el poder de silenciar la voz del hombre, de hacer callar a un avión sobre un océano, de apagar su motor. 

Por eso, una pequeña canción es responsable de que ahora nos precipitemos hacia las profundidades.

Tal vez todo suceda muy rápido y no quepa decir ni buena suerte. 

En griego hubo antiguamente una palabra para "yo soy" que no era más que una O larga, y se podía encontrar, por ejemplo, en la frase: "mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo"
(lo escribió Peter Handke y lo tradujo Eustaquio Barjau)

Me gustó leerlo.

9 de mayo de 2012

Murmullo de fondo

Ayer

Volví a escuchar una música de Olivier Messiaen, un fragmento de su Libro de órgano. Y otra vez tuve que quedarme quieto mientras los pájaros sonaban a través de los tubos del instrumento. La música, con su estar de camino, me detuvo. Después, cuando reanudé la marcha, la ruta ya no era la misma.

Hoy

Leo en el desayuno:
El tono fundamental, el murmullo de fondo, el sonido de todo mi trabajo es el examen de las carencias de nuestra existencia, los conflictos irresolubles con nosotros mismos y el "hermoso fracaso" que conllevan. Ese retorno de lo mismo en condiciones siempre distintas me lleva a querer cerciorarme del mundo y de mi persona en un reflejo poético y en imágenes siempre diferentes. El mundo como representación. Imágenes de lo invisible. Pero también es siempre una ruptura conceptual y visual con las representaciones mentales y de imagen recibidas.
Lo escribió Jürgen Klauke


Los últimos días

Dedico un tiempo a seguir pensando en el Ensayo sobre el día logrado de Peter Handke. Y sobre el poder que tiene vivir el día olvidándose de la necesidad de que sea un día logrado. Y como esa es una emoción global porque un día logrado no es una suma de anécdotas amables o poéticas. Es algo más, que puede incluir la dificultad y la imposibilidad. Un día logrado está al otro lado de los conceptos ya construidos, al otro lado de esa pantalla. Otra vez, como casi todo lo importante, es un umbral. Imposible permanecer en él. Aunque sí es posible cruzar a través de él.
Y de pronto me encuentro con un artículo de Ricardo Piglia: Un día perfecto (el título me gusta menos). ¿Cómo podría yo narrar un día perfecto? se pregunta.


Dias imposibles de olvidar

8 de mayo de 2012

Alemparte

Estar de camino,
ir de camino. A veces todo empieza en una palabra,
o un sueño. Todo está nítido, vibra bajo la luz

Estar de camino,
no parar, no cesar, mantener una generosidad extraña con uno mismo cuando asiente hacia lo oscuro

O cuando no se rebela, o cuando no calla. Ojalá hubiera (algunas veces) una guerra a la que marchar. A trabajar. Pero no hay guerras (aunque existan muertos).

Recordé cuando cogía fósiles en un lugar que se llama Triste. Sonó mi móvil y eras tú, estabas (literalmente) cerca de la batalla. Miles de millones de kilómetros. Y yo recogía conchas en lo que antes fue el fondo del mar.

Szymborska habla del corazón:
cada una de tus sístoles es como empujar una barca hacia alta mar en un viaje alrededor del mundo

(Hace muy poco pasé cercar de un pueblo que se llama Alemparte. Pasé todo lo despacio que pude).

Esta noche, ahora mismo, ya

5 de mayo de 2012

Ensayos silenciosos

Algo acaricia la cuerda, Ray
he esperado por ti (¿sabes?) con una paciencia persistente

Soñé todo el día con un pez.
Era raro, grande, elegante, nadaba cerca del fondo: al batir los extremos de sus alas de pájaro avanzaba. Blanco y negro sobre el fondo negro de las profundidades, sin prestar atención a nada que no fuese su propio movimiento. Lo vi durante todo el día

un rayo blanquísimo con motas negras. Y una leve agitación imposible de olvidar. Una musculatura bajo los cartílagos que seguro que tienen los peces de las profundidades. Firmeza y ternura para no rozar el suelo (si es que existe) del océano

Y atravesando la dulzura de ese movimiento, una sacudida como aquella de los flamencos en mitad de la noche, aquel escalofrío, aquel brote que parecía una quemadura o un pinchazo de frío intenso.

Ray, cruzas las corrientes como los pájaros emigran entre continentes.
Pero hoy, porque llevaba mucho tiempo esperando, te sentí pasar. Y aunque había ruido de calle, aunque sonaba una música maravillosa (Pedro Soler tocaba la guitarra y Gaspar Claus el violonchelo), aunque se hablaba otro idioma alrededor, a pesar del asfalto

la picadura, Ray

El fondo del océano.
Solo callar. Sé que pasaste bajo mis pies. Lo sé. Me gusta imaginarte viajando, sin parar a dormir ni a comer, los ojos fijos. Observar tu tensión, la voz en tu piel y la imposibilidad de poder acercarme. Existes y te siento y no me puedo ir contigo.

3 de mayo de 2012

La afinación de la tierra

Imagino algo ágil y lleno de una fibra que puede ser cálida y mortal, algo que existe y que gira, da vueltas sobre si mismo, con un paso elegante y sedoso, seguro, reservando sus fuerzas. Un ser vivo que camina sobre la punta de sus pies, por momentos relajado, siempre nervioso. Una fiera oscura que solo tiene brillo en el centro de los ojos, una fiera que apenas abre la boca para respirar, que todo en ella es inmediatez, peligro y cuya piel irradia una auténtica vibración eléctrica. Una mezcla letal.

Algo así, en ocasiones, es un recuerdo.

Y de pronto, en el buzón de entrada hay una fiera girando sobre si misma, haciendo una torsión tan fluida que con los dientes roza el final del lomo. Alguien envía fotos escaneadas, primero unas pocas, luego algunas más.

Frente al tiempo, frente a algo de nosotros que no somos nosotros, a veces, se pierde el ritmo.

Hay una preciosa canción que interpreta Joao Gilberto y Stan Getz: Desafinado. La he escuchado muchas veces, siempre la tengo cerca. Pero hasta hoy no había recorrido su letra como un niño sigue un renglón manuscrito mientras aprende a leer: para no perderse.

Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
Que no peito dos desafinados
Também bate um coração


Este es el final. Y cuando se llega a él casi siempre se tienen los dedos manchados por la tinta negra del renglón, tinta que ensucia las manos como lo hace la tierra oscura.

Poder terminar el día con las manos manchadas de tinta y tierra.

Esa música.

2 de mayo de 2012

En el intervalo mágico

Me gustaría que un día vinieras conmigo.
¿Cuál es la diferencia entre subir río arriba o salir a limpiar las fuentes?

Por eso hoy fui a ver por donde iba el camino,
cual es la mejor orilla para subir, donde comienzan los bosques más cerrados,
por que camino podríamos pasar
Y donde, cansados, podríamos cenar algo. Tranquilos

El caso es que llovía, y caminé todo lo despacio que pude. Olía a una extraña luz, a una luz huidiza. Era una fragancia agradable, poco común.

En la libreta anoté las carreteras y los caminos, los pasadizos, los cruces a través de puentes de piedra, la ruta para llegar a un espacio detenido en medio de las fuentes, al inicio.

Apenas unos metros, los pies rodeados de agua oscura sobre piedras resbaladizas. Hay poca profundidad pero hay un rumor intenso con todo lo que brota. Hay anises y al final del verano habrá libélulas. Aquel es el intervalo mágico, así lo llama Damasio, en el que la vida es posible.

Vivimos gracias a ese lugar. En ese pequeño espacio el cuerpo está equilibrado y la vida puede existir (como si la superficie lunar tuviese pequeños lagos de agua). Un sueño.

Me quedé quieto un buen rato, oliendo. Aguardando a ver que pasaba. Y solo cantaban algunos pájaros en el borde de los pinos. Todo estaba. Y en un segundo, solo en la punta de un segundo, todo estaba en orden, todo existía.

Todo lo que se manifiesta es una luz, dice Peter Handke.
Y pone ejemplos: ¿No es verdad que el clic-clic de los botones de la camisa, cuando hoy, a primera hora de la mañana, rozaste la silla, tuvo algo de este diapasón del día?, escribe en su Ensayo sobre el día logrado.

La medida del día. ¿Cómo es el ritmo de la vibración del día?, ¿cómo es la escala para medir?, ¿como consigo recordar tan bien el clic-clic de los botones de toda tu ropa?

Un día de estos, tal vez, la noche cubrirá ese intervalo mágico. Mágico por breve, por difícil de identificar, por crítico, por tener la condición fundamental que alimenta las células de la vida: la condición de ser un umbral.

29 de abril de 2012

Radiografía de mi mente

En un libro al que acudo una y otra vez, aunque nunca lo consigo terminar, encuentro:

El héroe masculino de la narrativa (inspirado en la Odisea de Homero y la Eneida de Virgilio) representa a un personaje que afirma su individualidad y "se busca a si mismo" mediante la empresa de un viaje. Dicho periplo suele realizarse en solitario (aunque se disfruta de diversos compañeros de viaje temporales que se integran en la aventura o mueren asesinados). Tras el periplo, el héroe regresa al hogar convertido en un hombre maduro de personalidad realizada. Este mito en particular está muy arraigado en la civilización occidental.

(Es lo que a continuación denominan el modelo de llanero solitario).

Llevo un par de días pensando qué opino de todo esto. Al final, mirando de reojo la estantería vi la respuesta en el lomo de un libro:

Sin heroísmos, por favor de Raymond Carver

Solo ese título ya es suficiente. Pero busco en él alguna página con la esquina superior doblada (hay muchas). Y leo en una:

Cada poema que he escrito fue un momento único (...) Cuando veo uno estoy viendo la radiografía de mi mente en ese momento. Leyendo ahora estos poemas, tengo la sensación de estar ante un mapa aproximativo pero auténtico de mi pasado. me ayudan a hilvanar mi vida, a percibir su continuidad. Y me gusta la idea.

Mientras, la tormenta ha oscurecido la habitación. Pero esto no es la noche.

27 de abril de 2012

Ceguera

Una pequeña carta, sin nombre
escrita en el mismo tiempo que dura esta música

La música es el estado en que nos deja el alma,
algo así dijo Stendhal (se lo escucho a otra persona).

Una respiración

Mientras me alejaba decidí escribirte,
Versos del Magnificat

Y entre las imágenes de la montaña, mucho frío
este pequeño sobre

Un impulso por llegar a la isla de Farö,
siempre al final del día

La ceguera del autor de aquellos versos
resuena al final del Tiento, cuando el lugar queda resonando 

Unas palabras anotadas en la última literatura,
junto a tu ropa (¿recuerdas los versos?)

Los viajes de invierno cruzan el vagón,
Viajábamos en el tren

Mientras escucho a Antonio de Cabezón

26 de abril de 2012

Declaración de dependencia

En un intercambio de músicas me enfrento a una carpeta que decido copiar aunque no sé nada de lo que hay allí dentro.

La escucho y la música no me entusiasma (es de un grupo noruego que no conocía), pero el título del álbum sí: Declaración de dependencia.

(Y además me apetece escribirlo entero y sin sentirme obligado a ajustar los infinitos matices de las infinitas tonterías sobre la independencia y todo eso).

Me gustaría dedicar más tiempo a trazar los límites de una intensa, profunda (y muy personal) declaración de dependencia.

Uno no es hasta que el observador lo situa. Algo así dice la física cuántica. Pero también los estudiosos de la neurobiología. Claro que eso supone una dependencia y una igualdad en algo que nos constituye. Y es fácil que eso lleve añadido fragilidad y cambios en conceptos como originalidad, incertidumbre o simplemente entereza.

Un fragmento de un texto de Umberto Galimberti que llega a mi buzón:

Una especie de fractura de sí mismo para que el otro lo atraviese. Eso es el amor. No una búsqueda de uno mismo sino del otro, que sea capaz naturalmente bajo nuestra propia responsabilidad, de alterar nuestra identidad, desequilibrándola en sus defensas.

Sueño con poder escribir una larga lista de dependencias hecha solo a través de la experiencia. Con poder contar como cayeron las defensas, una tras otra, mientras ardían en contacto con el rayo que las atravesó.

La fortaleza de poder ser alterado, modificado, desequilibrado. La posibilidad de hacerse, de contarse el relato de otra manera, de contarnos a través de un relato que se hace cuando somos, cuando alguien, cuando algo, nos situa en un mapa infinito.

La posibilidad de depender de las fuentes, río arriba.

25 de abril de 2012

Debajo del viento

Empieza a contarme tu historia,
me gusta escuchar tu voz aunque no te conozco.
Es solo una manera de que existas

24 de abril de 2012

Ganar la partida

Gloria In Excelsis Deo
Dura 2:23 minutos. Y hoy sonó con tanta intensidad, que por momentos todo desapareció tras esa voz que entra desde una nada para agradecer, honrar, celebrar. La música sacra de Vivaldi.

Sonaba tan fuerte que la lluvia no existía, ni el motor del coche. Y en la esquina donde me giro a mirar, no miré. Subí la cuesta sobre el halo de celebración de la voz que adora. Avanzaba bajo la lluvia y no existía, ni el cristal la recogía, ni empapaba los árboles. Nada (o casi nada).

Sonó tan fuerte que el cansancio también desapareció. Y el ardor de ojos. Nada. Nada existe mientras la voz va creciendo hasta un lugar, en alguna altura, en que se calla porque roza con algo de su piel un cielo que, para los no creyentes, podría ser el silencio.

Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más (escribe Albert Camus).

A quien me recomendó leer este libro, gracias.

Sabían, ahora, que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana.

Gloria In Excelsis Deo y después el silencio. La secuencia del respeto y la ternura. El conocimiento: Un calor de vida y una imagen de muerte: esto era el conocimiento.

Y el recuerdo. La música se internó tan decidida en los oidos que se hizo con el control de muchas emociones. Emociones salvajes me gusta pensar. Recuerdos sin domesticar.

Tarrou había perdido la partida, como él decía, pero él, Rieux, ¿qué había ganado? Él había ganado únicamente el haber conocido la peste y acordarse de ella, haber conocido la amistad y acordarse de ella, conocer la ternura y tener que acordarse de ella algún día. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou llamaba ganar la partida!

Tras la presentación de la orquesta, tras su avance poderoso se escucha la palabra Gloria. Y luego las otras palabras. En total las voces solo dicen cuatro palabras, situando la respiración, el acento en momentos distintos.

El conocimiento. El recuerdo. Los ojos mirando sin querer despegarse.

23 de abril de 2012

Cartas submarinas

En esta etapa me gustaría hacer algunos cambios.

El primero es que habrá entradas pensadas como cartas a personas que existen en algún lugar emocional, probablemente no en un lugar físico. Y desde ahí son importantes.

Aparecerán identificadas con la etiqueta Cartas submarinas (será la primera etiqueta que aplicaré a las entradas).

21 de abril de 2012

Abecedario de posibilidades

Veintiuno de abril de 2012.
Un aniversario, porque hace cuatro años que empecé a escribir en este blog. Y habría que celebrarlo.

Hace bastante tiempo (mucho más que este aniversario) hice una cosa que titulé Abecedario de Imposibilidades. Alabaron el título pero realmente detrás de aquello sí había una gran imposibilidad (y también una gran juventud). Esto también pasará, dice Chantal Maillard, unas palabras que se han convertido en un mantra particular. Y aquello también pasó.

Años después, en esta pantalla, he decidido modificar el título. Este blog solo me ha traido cosas buenas. Muchas y muy sorprendentes. Imposibles de prever y de calcular. En estos cuatro años se ha convertido para mi en un lugar de encuentro y de posibilidad.

Estas son algunas de las letras de ese abecedario de posibilidades. Alrededor de ellas no hay más que agradecimiento.

M. aún reinaba en la época en que abrí este blog. Cuido la planta que nos sacó de una mañana oscura. P. fue la primera persona que escribió un comentario (ocultos ahora), a las pocas horas de arrancar. A los pocos minutos I. dejó una reflexión y una foto preciosa, de rojo, declamando un texto en un teatro. Y O. enseguida me envió algunas sugerencias que con el tiempo se han ido convirtiendo en diálogos musicales más sugerentes.

En el viaje de invierno me encontré con personas excepcionales: el frío de B. atravesaba la piel de M. y algo de eso llegaba al correo. D. escribió el nombre del blog y eso lo sacó de una especie de clandestinidad íntima. L. hizo lo mismo (¡que elegante es L.!). Y A. aun no ha cumplido su primer aniversario.

Todo parecen emes, pero así es: M. dijo cosas sobre el Gran Norte que se incorporaron a la brújula. R. imaginé que me sujetaba la mano en el avión y de paso abrió algunas entradas del blog como se parte una sandía un día de verano, un día luminoso y cálido en el que no hay nada que hacer: solo ser feliz.

P. siempre identifica el murmullo de la corriente y me escribe sobre cómo limpiar el manantial. Con J. se recuperó un espacio perdido hace años y además escuchamos juntos un mal concierto (inolvidable ahora). Y con J. regresó todo con un abrazo entre algunas palabras. M. apareció con una intensidad increíble y con la misma contundencia desapareció: echo de menos ese encuentro.

Descubrí a S. hablar y escuchar con una gran calidad desde su silencio (¡y que bien hace el pan!). C... bueno, gracias a C. existe para mi mucha de la música que conozco y gracias a M. los Gurrelieder (eme... me sonrío pensando que podría extenderme un poco más pero me voy a contener).

A. me explicó con mucho detalle como cuidar los árboles y A. los tomates (y me recomendó lecturas, siempre confío en su criterio). Y por V. supe como era Japón, su Japón. Gracias a B. entré en el mundo interior que tiene tras de si un piano y a M. le regalé libros con portadas inventadas (...pero nada). C. escribió en alemán historias que no entendí. Y con J. reapareció la amistad.

E. me respondió de manera minuciosa y cálida a un montón de datos y sugerencias y F. envía pequeños detalles de sus viajes diarios que marcan con mucha nitidez mis días. D. calla mientras envía fotos de hoteles (me gustaría desarrollar esa amistad). Y con S. comparto las palabras y los gestos (gritos y susurros) sobre la lluvia en el tejado: cualquier lluvia, cualquier tejado.

Y en esto apareció B.: un ave, tal vez un pájaro: No creo que el primer deber del hombre sea definirse, si hay un deber primordial tendría mas que ver con la experiencia de profundizarse. Tragué saliva porque esta era la presentación.

Esto... y los encuentros que no existen en la bandeja de entrada del correo pero que igualmente existen y son poderosos. Con S. sobre el viaje al silencio, con A. sobre la caja negra que acumula datos sobre los viajes de nuestra vida, con R. sobre el cómo y el porqué hay que utilizarlo todo, siempre; con A. sobre como cada gesto es, en sus palabras, el último cigarrillo del condenado a muerte (fumado con placer).

Todas las historias que he escrito son autobiográficas, ninguna es una confesión. Son palabras de Amos Oz. También las agradezco porque así ocurre en este blog.

La ficción forma también parte de la autobiografía. Y la memoria, a la que me gusta acariciar como a un animal capaz de devorarte si se siente atacado, forma parte de esa misma ficción.

20 de abril de 2012


17 de abril de 2012

La Peste (a día de hoy)

Leo La Peste, de Albert Camus.
Y le pregunto a una persona cuya opinión valoro mucho cual puede ser La Peste hoy en día.

El individualismo feroz, responde sin pensárselo mucho. El continuo miramiento de ombligo (o como se diga), la actuación solo y en favor de uno mismo, la poderosa desaparición de los demás (los inmediatamente cercanos y los más lejanos), la sumisión a la dictadura de lo único, lo maravilloso, lo mío, lo poderoso (de poder) y unas cuantas cosas más.

Me deja en silencio, asiento a través del teléfono. El individualismo feroz.

Y el no querer ver el lado oscuro de la vida, añade luego. Y ahí ya no sé si estoy tan de acuerdo.

En el libro de Camus, la epidemia se extiende sin remedio por la ciudad entera. Las personas enferman una tras otra y en medio de grandes sufrimientos y dolores, con ganglios explotando de pus, se consumen y mueren. Es la peor de las enfermedades, la maldición.

Y apenas va quedando gente viva para intentar curar, acompañar y enterrar a los muertos. Muchos se parapetan en sus casas, otros intentan escapar. Pero algunos se quedan, presos de una ciudad sitiada. Y lo hacen desde la dignidad de ser personas.

La Peste también es el miedo. El miedo a lo que vendrá pero aún no ha llegado, como en El desierto de los tártaros. El miedo a la llegada de la barbarie, al galope, dispuesta a matar y violar, a saquear, a abrir el estómago con un cuchillo y a comer sobre lo arrasado. Eso es la barbarie y el miedo a la barbarie es la peste. Y aunque la barbarie puede ser hoy infinitamente más refinada, el miedo a ella sigue siendo la peste.

Camus dice que el mecanismo de esta maldición es recomenzar. La peste es infinita y continua, pertenece a todos los tiempos. Y precisamente por eso habría que atreverse a combatirla con el valor de mirar de frente el horror cotidiano y callado.

Es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad, dice uno de los protagonistas en el libro de Camus.

Y prosigue:

El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad.

La ignorancia también es la peste. El no saber y el no querer saber que vivimos a tientas y en la noche pero con ganas de luz, con muchas ganas de claridad. Y que por eso, tal vez, fabricamos cosas y queremos a gente y viajamos y todo lo que pueda ayudar (y por eso me parece tan deshonesto el oscurantismo calculado).

No hay inocencia posible en un estado así. No hay disculpa. No hay excusa para la ignorancia, para no escuchar, para no cuidar los alrededores y los límites, el centro. Tampoco se trata de protagonizar actos oraculares, pedagógicos. La peste nos iguala, no hay nada que enseñar.

A lo sumo habría que encontrar un lugar, digno, desde donde escuchar y querer el mundo. Y estudiar día y noche para averiguar que significa digno.

16 de abril de 2012

Un rompecabezas con dendroaspis angusticeps

Un puzle imposible de completar. Siempre es así.
Aunque dentro de la casa haya calor y sensación de protección, nadie sabe si la caja con las piezas cayó al suelo y alguna se perdió.

La vida humana es un misterio. Ayer, por casualidad, encontré y releí esta pieza del puzle, es decir, un artículo de Antonio Lobo Antunes. Llevaba días escuchando insistentemente los Gurrelieder de Arnold Schoenberg (al fin los tengo cerca), pero Lobo Antunes hizo que de repente se mezclaran con las músicas de Shubert que escuchaba, hace tiempo, al inicio de la noche.

De esos años la memoria recuerda lo que quiere. Pero junto a Schubert leía las Cartas de la guerra del mismo Lobo Antunes: la correspondencia que desde Angola le escribió a su mujer (estaban recién casados) que se había quedado en Lisboa. Cartas del día a día, cartas de amor, recuperadas hace unos años por sus hijas.

Y después mis dedos llegaron a otra pieza del puzle: las palabras Avenue Patrice Lumumba. Las leí y en la boca sentí los sabores del primer trago de un vino bueno, cuando todo se inunda y por unos momentos pierdes cualquier referencia, solo bebes y saboreas.

Crucé las palabras como se cruza a alguien en la calle, aparentemente sin darte cuenta. Pero las había reconocido. Regresé sobre mis pasos. Las había visto en unas imágenes del fotógrafo Guy Tillim, en un libro con fotos de Angola, Mozambique, Madagascar y la República Democrática del Congo: Avenue Patrice Lumumba se titula. Ni más ni menos.

Las miré una por una. Shubert y Schoenberg luchando en una parte del cerebro mientras otra área se dedicaba a saborear esa especie de vino imaginado. En cada esquina de las imágenes te escuchaba iniciar el relato: Volvíamos a casa...

El relato del horror, el de la memoria y la imaginación. El de quien ha visto morir en un combate. Ya no existía la posibilidad de volver. ni tan siquiera quedaba la casa en pie. Avenue Patrice Lumumba. Todo en ruinas.

Entré en internet para comprobar si esa Avenue existía en los cuatro paises que Guy Tillim fotografió. Y el puzle me devolvió, entre otras cosas, otro nombre: Dendroaspis angusticeps (está claro que en el medio se han perdido piezas). Es la letal mamba verde, que si habita en esos paises.

La vida humana es un rompecabezas misterioso. Imposible comprender. Pero necesario escuchar y cuidar la caja con las piezas que no se perdieron, que probablemente no son otras que todo lo que somos, todo lo que nos vamos haciendo.

Cerca de los Gurrelieder.


10 de abril de 2012

La oportunidad de elegir

Una habitación pequeña pero acogedora.
Casi todo lo que había en ella parecía tener un color ocre, terroso. Una cama amplia, tampoco muy grande, y una silla antigua. Una pequeña mesa de madera nueva. Y un balcón cerrado contra el frío. Varias luces. Cálidas. Y un rumor de gente charlando, bebiendo y cenando en la planta de abajo. Por lo demás, silencio.

La música unida por un vínculo con el momento en que se la escucha, en que se la ha escuchado. Un vínculo que es patrimonio individual. Y ser rico en ese tipo de patrimonio.

Temblaba. El aire circulaba por todos los espacios, entre las personas, entre los bancos y la cúpula, a través de los tubos. Desde el interior. La música de Antonio de Cabezón ofreciendo su versión de una respiración, de como suena el agradecimiento y cierta empatía con algo no terrenal. Un músico ciego.

Y anoté: sin el amor somos seres inertes.

Y también algo de lo que escribe Albert Camus en La peste: En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.

Covarrubias.

Antonio de Cabezón sonando en Covarrubias, en mitad de la noche cerrada y con un frío del invierno más duro. Conocía el pueblo pero cada visita era un viaje a lo desconocido y también a lo poderoso. Como los registros en los que puede sonar el órgano, uno de los instrumentos más completos y también más misteriosos. Tal vez porque todo en él se basa en la circulación del aire.

Invisible.

Los conciertos de órgano. Sentado por lo general en medio de una iglesia, o una gran catedral, fuera de la sala de conciertos habitual. Otros espacios. La mirada sin apenas detenerse en el intérprete, que está sentado cerca de la bombilla que alimenta la lectura de la partitura. Y los grandes tubos verticales con las aberturas para que el aire haga su trabajo. Zaragoza, los conciertos conmemorativos de la restauración del órgano de la Seo. La vida se estructuraba alrededor del viaje semanal para asistir a ellos.

El oído atento a los pequeños placeres, a los grandes también. Todos son grandes. Y todos ellos dibujan algún tipo de autorretrato, escucho en la radio del coche una mañana muy temprano. Cuando contemplamos uno de esos autorretratos nos llenamos, por arte de magia, de ganas de hacer el nuestro también. Solo se puede enseñar lo que uno ama.

Escuchar la música de órgano es reconciliarnos con el tiempo. Y no sé explicarlo.
Pero escucharlo a lo largo del tiempo, en varias piezas, en días distintos, con lluvia y con sol. Oir como nos rodea con ímpetu y luego nos abandona con cuidado. Escuchar sus cambios de registro, su infinito.

Y reconciliarnos con el tiempo, de una manera misteriosa, sedante, liberadora nos inyecta esa cura que ocurre cuando salimos a campo abierto y nos ofrecemos la oportunidad de elegir.

4 de abril de 2012

Donde debe estar

Escucho algunas canciones de Rodrigo Leao que estos últimos días llegan por caminos distintos.

Pocas veces me sentí cerca de su música, y aun menos cuando lideraba Madredeus (aunque ellos cantan en Lisboa Story de Win Wenders y solo por eso merece la pena volver a intentar escucharlo).

Y en una de sus canciones:

Mi corazón está ahí,
donde debe estar,
batiendo fuerte en el pecho

Justo ahí recordé la conversación con un buen amigo hace pocos días. Me contó que en la despedida de una persona a la que quería, ella le pidió las manos y también le pidió que cerrara los ojos. Fueron unos segundos en los que ella las sujetó entre las suyas, cerca de su ropa, cerca de su bolso.

E. me contó que no había notado más que ese contacto. Pero cuando se las devolvió, entre sus dedos venía el olor que ella había llevado durante toda la tarde. Le había traspasado su olor.

29 de marzo de 2012

Si te dejas atravesar

Así que te paras y recuerdas cómo era la piel vista desde tan cerca. Oscura. Y piensas en que es lo que nos convierte en necesarios para alguien o que seamos nosotros los que necesitemos. Y qué significa necesitar con calidad. Y en cómo brilla una luz que no se puede ver.

Quietos en la oscuridad. Caminando a plena luz. Un sol fuerte a través de las plantas verdes, los zapatos sucios. Los caminos. En plena noche, cruzando una calle, perdidos. Sin voz. La piel redonda.

Si te dejas atravesar, dijiste.

O me lo inventé. 

Frente a una gran orquesta dividida en dos.

El director sin batuta, con unas manos grandes y redondeadas también, unos ojos ágiles (se los podíamos ver desde el palco) y una respiración serena. Levantó las manos, las juntó, las volvió a separar un poco, inclinó una de ellas y luego con los ojos marcó la entrada en el silencio en el que poco a poco te va sumiendo La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach.

Marc Minkowski era el director y Les Musiciens du Louvre Grenoble la orquesta. El auditorio olía bien, olía a cuero, a piel. Y había madera de color claro. Un concierto de algo más de dos horas y media, también dividido en dos.

Esta música fue compuesta por Bach en 1727 para que sonara en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig un viernes santo. Y como aquella iglesia tenía dos galerías y dos órganos, Bach compuso una música para dos coros y dos conjuntos instrumentales (leo en el programa de mano).

Es la primera vez que escucho La Pasion según San Mateo en directo.

Y sobrecoge todo. Las dimensiones de la música, el nivel de los diálogos (a dos coros y también dentro de cada coro), la magnitud de la emoción contenida que solo en algunos instantes se desata, mientras en el resto se lucha por ofrecerle un cauce. Al final, el dolor abierto frente a la muerte.

Jesús es una voz de bajo. Christian Immler se parece algo a la imagen que la pintura nos ha dejado de Jesús. Parece cantar desde el entendimiento incluso de la traición. Y lo hace acompañado de las cuerdas, excepto cuando parece haberle abandonado esa vida que le infunde fuerza. Entonces es cuando dice: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. La única vez.

Y a pesar de no seguir esta música desde la fé y el conocimiento de la pasión de Jesús, el halo que va desde la última cena hasta el entierro se puede seguir de una manera muy intensa. Porque sobre todo es una música estructurada desde los diálogos que alcanzan y van empapando poco a poco a quien escucha. Siempre hay dos voces, a veces un instrumento y una voz, a veces un coro y un instrumento, a veces toda la orquesta, que dialogan e intercambian su temor y su encuentro, su desconcierto y su dolor.

Escuchando las arias o los recitativos más conocidos solo se llega a la epidermis de este fuego. Oyendo todo seguido, durante esas casi tres horas, cada parte se va diluyendo en un todo que llena el cuerpo de intensidad, de encuentro y finalmente de silencio.

Descansa, descansa dulcemente canta el coro final.

Y antes:

Cuando yo haya de partir,
¡no te apartes de mí!
Cuando tenga que sufrir
las angustias de la muerte,
¡permanece a mi lado!

Cuando las manos del director se fueron cerrando hasta juntar el  índice y el pulgar en señal de final nos quedamos en silencio. Aquel coro viajaba a través nuestro, entre los músculos y los huesos hasta el centro, sea este cual sea. No se podía decir nada.

Fuera, la noche había enfriado. Una experiencia así altera el mundo de la piel, al fin y al cabo la misión de esa parte del cuerpo es marcar una frontera, protegernos, y darle solidez a lo que permane en estado líquido dentro de nosotros. La piel es nuestra frontera. Es permeable aunque protectora. La voz también es una piel.

Nos abrazamos como una señal de reconocimiento. Aceptábamos que apenas nos conocíamos y que la música estaba viajando piel adentro.

28 de marzo de 2012




Una herida cónica

Hace alrededor de veinte años me hice una herida cónica. Suena raro el término pero lo aprendí del médico. Me la hice con un taladro: mientras perforaba una madera la broca salió por el lado donde tenía apoyada la otra mano y, suavemente, entró en la piel.

Estaba solo. Salí corriendo hacia un centro médico y por el camino me recogió un coche que pasaba. Cuando llegué el médico salía por la puerta pero volvió a entrar. Me atendió y me curó. La herida no parecía querer cerrarse y yo le pregunté por que no me daba unos puntos de sutura.

Entonces fue cuando me dijo que aquella herida era cónica (y tenía esa forma, era cierto) y que si se cerraba por arriba, la parte ancha del cono, dentro se crearía una bolsa de infección. No, aquella tenía que cicatrizar de abajo arriba, drenándose de manera natural. No había sutura ni rapidez posible. Sería lento y habría riesgos. Era una herida extraña, aunque él actuaba con mucha calma.

La herida acabó curando y dejó una marca en la piel que ahí sigue.

Ir cerrando leí el otro día en una carta, y me acordé de lo que me había dicho aquel buen médico. Ir cerrando. ¿Qué significará?

Duermo tan profundamente, un ramo en mis manos
y en mi frente la herida roja

Son dos versos, de Edith Ronsperger si no me equivoco, que forman parte de las Cinco canciones para voz grave y orquesta de Franz Schreker. Son los dos últimos versos.

No conocía ni al autor ni la pieza pero escuché a la mezzosoprano Jane Irwin cantar esas cinco canciones en un concierto hace muy pocos días. Y no se me van a olvidar.

Una música densa y por momentos sombría que fluye de manera natural a través de esa voz que cantó con una entrega y una concentración sin fisuras. Verso a verso, aun sin comprender la letra, se percibía un descenso a través de un río hacia un lugar al otro lado de la espuma que rebotaba en las piedras. Al través del agua, gracias a la corriente: un sitio en el interior de ese flujo, donde se podía respirar y también dormir. Dormir durante tiempo, mucho tiempo.

Cuando acaban músicas así agradería mucho el silencio. Porque aún está caminando por todo el cuerpo, dejando su rastro, abriendo una ruta. Pero llegan los aplausos. Y al final también aplaudo. Fue una interpretación única.

Toda la orquesta, dirigida por Josep Pons, participaba de esa concentración. Tenía ganas de escuchar a este director. Me gustó verlo moverse, señalar los momentos centrales, ayudar en esa ruta. Además de Schreker, tocaron un breve fragmento de Mahler y la Suite del Burgués Gentilhombre de Richard Strauss, op. 60, una pieza que quiero volver a escuchar con mucha atención.

Me gustaría entender algo sobre lo que significa decir que la música fluía (como ocurrió ese día). ¿A través de qué fluye el sonido cuando se experimenta esa emoción?

¿A través tal vez de una herida a la que solo se puede cuidar manteniéndola lo más limpia posible?

¿Una herida cónica?

20 de marzo de 2012

En oleadas

Es muy raro, es extraño. Que una música fúnebre, una marcha, tenga la capacidad de activar las células que revitalizan el cuerpo.

Una marcha fúnebre. Todo se detiene a su paso. Todo se activa. Las emociones quedan más desnudas, difíciles. Aunque con una dignidad que solo tiene aquello que existe a pesar de casi todo.

Se hace el silencio. Está cruzando. El último camino se hace durante la noche, a plena luz del día. Retrasas un poco los pies, apenas te mueves, es difícil sostener la mirada. Se escucha como llega, y como tras un caminar sin vuelta atrás, se va alejando. El día, la tarde, la noche es gris. Y la piel de los tambores apenas se roza al inicio y al final, como si no fuese música, como si fuese un adiós.

A veces todo es extraño.

Había escuchado una música. Era el inicio de una pieza de Wagner. La recuerdo como un rumor de olas, como las ondas del mar llegando poco a poco, sin detenerse, avanzando. Cada vez más cerca. Olas. Así se la describí a mi amigo C., confiando en que dariamos con ella. Preparó una selección con partes escogidas de Wagner, un autor que no está (tal vez estaba) entre mis preferidos. Pero el mar que buscaba no se encontraba allí. Luego, otra selección escogida y tampoco.

Pasaron las semanas. Escuché una marcha que me recordó aquellas olas. Volví a una de las selecciones buscando ahora esa marcha. Y sí: en la pista nueve la Trauermarsch, la marcha fúnebre, el entierro de Sigfrido de la ópera El ocaso de los dioses de Richard Wagner.

Así que de una manera rara, inesperada, otras olas llegaron y se van a quedar un tiempo largo. Esta música es capaz de invadir cualquier lugar al que llegue, en oleadas de serenidad y decisión, de acuerdo entre la muerte y quien la observa, de profundidad y también de decisión por pasar a algún lugar que parece otro lugar.

Ahora la escucho de pared a pared. A veces uno encuentra los sonidos justos para un momento concreto. Hasta encontrar ese acoplamiento es raro, pero a veces se produce. Esta marcha hacia el otro lado, pasando cerca de donde estoy. Alargando el brazo, extendiendo los dedos para rozarla. Imperturbable, callada, en una noche que no es oscura, continua su ritmo.

A través de estos y tal vez otros caminos.

La veo avanzar.

15 de marzo de 2012

Lo que queda es un olor

La casa huele a pan recien hecho. No hay pan acabado de hacer. Pero el recuerdo de ese olor hace que el día ya pueda terminar.

O empezar.

El día casi siempre comienza con un olor. Es bueno pararse y olfatear mientras todo se mueve alrededor. Para saber que olor trae consigo ese mundo. Todo pasa cerca, rozándonos la piel, acariciándonos, también cortando; todo a la vez, todo en un segundo.

En esas situaciones me gusta quedarme quieto y callado. Cerrar los ojos para saber cuando ha pasado y se aleja. Entonces, oler.

Porque algo ha quedado y eso es para quien quiera continuarlo.

Un buen amigo me recuerda que Lo que queda es con lo que empiezas,
una cita de Charles Wright que escribe Raymond Carver.

Lo que queda casi siempre es un olor. Que continua rozándonos mientras lo que está vivo se agita.

¿Cómo cuidar un tesoro?, ¿dónde guardarlo?, ¿de qué, de quién protegerlo?
Jacques Brell canta sobre una manera de cuidar el tesoro que el paso de los años desluce. Es una de las pocas canciones de estos días. Así que entré en la galaxia del ordenador para buscarla.

Pero no la encontré.

A cambio, allí estaba Amsterdam. Otra vez esta vieja música sobre los puertos, escuchada en la versión que Brell cantó en el Olympia de París. Los aplausos, la voz arrastrando los pasos, su decisión de avanzar como una nave poderosa, cargada, que se aleja, que se interna ahora que el día ha terminado.

Marsella al amanecer. Génova. El mar oscuro y por momentos sucio. La huella de los barcos, su olor también. El frío de la noche, caminar entre los muelles. Esperar. Señalar un lugar con la mirada y dirigirse allí. Solo por esperar. Lo que queda es el olor, que con algo de suerte, antes o después pasará cerca.

8 de marzo de 2012

Una fiera de ojos brillantes

En mitad de la montaña.

Atravesando caminos que cruzan los bosques de hayas, en mitad de una pista helada cubierta con la nieve de la noche pasada, de los días pasados. En estos lugares, aunque el día sea luminoso, la oscuridad va con uno. Y un frío imposible de ahuyentar vuelve a merodear como una fiera a la que solo delatan unos ojos brillantes.

A veces la nieve es sucia. Por ella han pasado personas, animales y las hojas de los árboles.

Te observo.

Y como no tengo otra cosa que hacer pienso y recuerdo. Y me viene a la cabeza una fotografía de Alexandra David-Neel, la primera mujer en llegar a Lhassa, la capital del Tibet, en 1924. Y me acuerdo que anoté en mi libreta el pie de foto:

La autora, en el Tíbet, vestida de ermitaño. Lleva al cuello un rosario de 108 cuentas hecho con 108 cráneos humanos distintos. En el cinto lleva la daga mágica, y colgando de él se ve la trompeta Kongling, hecha de un fémur humano.

Por la noche aquí apagan la luz. Se raciona la energía que produce una pequeña batería. Desaparece la luz y el calor. Pero a cambio parecen oirse mejor unos copos grandes, densos, constantes, que caen de manera mansa sobre la claraboya. Son muchas horas hasta que vuelve el sol. Me gusta tener una pequeña linterna cerca, con ella leí el pie de foto que había copiado.

Entonces me vino a la cabeza un pensamiento:

Alexandra David-Neel somos todos.

Y mientras nieva, solo queda esperar que esta vez el día llegue y haga bien su trabajo de dejarnos permanecer aquí un poco más. No para lucir los abalorios de la selva, de las expediciones. Tal vez para desayunar (ya habrá vuelto la luz), calentarnos un poco al sol e intentar caminar cerca de algún árbol.


3 de marzo de 2012

El cielo de Finlandia

Una historia para tocar con la punta de los dedos. Una vieja historia.
La escena principal tiene lugar alrededor de las voces. Es la historia de la polifonía, el comienzo de una parte de la música o el acuerdo que se considera como uno de los comienzos. El canto, el recorrido de varias voces. El contrapunto.

Voces que comienzan una frase, una letanía, una misa de difuntos, un canto alegre. Cualquier tema sirve para hablar, para ser cantado. Y la comienzan alrededor de un círculo, mirándose a los ojos. Pero comienzan a cantarla progresivamente y cuando una acaba de dibujar las primeras palabras la tercera aún está en silencio.

Y luego se van cruzando, entrecruzando. Porque alguna vuelve atrás, rehace una palabra. Y la otra sigue rápida, circular también. Y en algún momento en el que parece que va a surgir el silencio, la historia continua.

Sueña un poco, sueña conmigo.

Un verso, por ejemplo, que no recuerdo a quien pertenece y que encontré entre algunas hojas, pero que podría ser cantado a varias voces. Y cuando algunas comenzaran a murmurar su inicio otras ya habrían dicho algo sobre los sueños.

Podría ser una frase para Monteverdi. Y en otro contexto, con igual intensidad, para Luys de Narváez o Cristóbal de Morales o Juan Gutierrez de Padilla.

Así sonó ayer, desde el frío, esta música en la catedral. La voz brillando sobre el oro del fondo.

La polifonía.
Un día finlandés,
necesito un largo día finlandés;
tan largo
como cuarenta días corrientes.

Y los pasos a lo largo de la nave central espaciaban los sonidos y los iban posando lentamente en los asientos. Hacía frío, mucho frío. Pensé en Finlandia. Egun finlandier bat.

Quiero un día finlandés
para seguir hablando contigo;
tus palabras me hacen bien,
me tranquilizan por dentro.

Te comenté algo del paraíso
y tú me dijiste, sí, en el paraíso...
en el paraíso hay frutas bellísimas,
pero también el infierno puede estar allí.

Así que acepté aquellas voces que adoraban a un dios que no conozco y que luego reconocían la incapacidad frente a la muerte. La muerte. Desaparecer en la nieve, el viejo miedo de cruzar la montaña y sentirse, en algún momento, exhausto. Y con ganas de abandonar. Y pensar que tal vez este sea un buen sitio, se parece al paraíso.

¿Es posible cambiar radicalmente de vida?
¿Cuántas veces se puede empezar de cero?
Son preguntas difíciles, pero no para ti.
Tu eres mi amiga, te quiero.

Un largo viaje para escuchar las voces que ayudaban a Tomás Luis de Victoria a cantar su Réquiem, una de sus últimas misas. Frío, mucho frío. Pero luego la vida se expandía en luces brillantes al caer la noche.

En medio de la catedral, Egun finlandier bat, el poema de Bernardo Atxaga, me vino a la memoria verso por verso. Y las voces que cantaban Cui luna, sol et omnia empezaron a entonar el ritmo algo rockero con el que Gari canta este día finlandés.

Hemos hablado de tantas cosas,
de la droga, de la ansiedad;
hemos hablado de la libertad personal
de que tenemos que ser libres, siempre.

Y un río parecido a las lágrimas comenzó a fluir a través de ese misterioso país. Hemos hablado de tantas cosas que a veces la música escribe sobre ellas un Agnus Dei sin dios. Y hasta tiene sentido. 

Regresé. Aunque estaba solo conecté otra vez los cascos (últimamente me gusta hacerlo, antes lo odiaba). Y encendí, fuerte, Un largo día finlandés. Contigo. Un poema sin final porque me lo sabía de memoria pero la música ahora sonaba abierta y limpia, cortante, entregada.

Pero en un momento dado, aquella música me hizo escuchar otra voz hablando de otro país:
un día finlandés no, tal vez, en algún momento, un café.

El cielo de Finlandia siempre es azul.

Pensé en maldecir aquí los cafés, uno de los lugares que más me gustan en el mundo. Pero me sonreí frente a la impotencia. Luego pensé en los lagos helados de Finlandia bajo un cielo azul.

No sé como terminar.

29 de febrero de 2012

Ir en quince direcciones

Tres cosas en la cabeza, en la punta de los dedos:

La primera es una frase, creo que un verso de una canción que canta Amancio Prada:
un rumor de manzanas.

La segunda es la música, casi cualquier disco, de Paco de Lucía. La sensación de que la máxima dificultad, tras un largo proceso, consigue extraer lo mejor de cada sonido, el mejor ánimo. Una música que siempre señala donde está el norte (a veces en el sur).

Y la tercera un calificativo que escuché sobre uno de los discos de los Rolling Stones, Exile on Main St.:   
Es como ir en quince direcciones a la vez.

Y otra más:
El recuerdo de un clarinetista que ensayaba cerca de una de las casas en las que viví hace años. Nunca le conocí pero seguía sus pequeños conciertos de media mañana mientras un perro que se llamaba León se tumbaba en la hierba, bajo algún manzano. Había muchos.

Algunos recuerdos también hay que abrazarlos durante la noche para que descansen a nuestro lado.

28 de febrero de 2012

Estepa

No hacía más que recordar una noche de hace algunos años, frente al fuego de la chimenea y preparando algunas cosas para un viaje al día siguiente por la estepa, en realidad por el desierto. Un lugar perdido y remoto para el que había reservado un día de primavera en el que aún hacía frio. Pero ahora, muy tarde, solo recordaba esa noche. Algo sin sentido.

Me levanté y busqué uno de los libros de la sabiduría (o algo parecido): Ciudadela de Saint-Exupéry. Lo acaricié como si fuera el lomo de un animal que se acerca confiado. Al abrirlo al azar encontré: 

Y sólo de aquello de que puedes morir puedes vivir.

25 de febrero de 2012




24 de febrero de 2012

La piel de tus palabras

Hace años, en una especie de examen, me preguntaron qué personaje del mundo del arte me gustaría entrevistar o poder elaborar un documental sobre él. Respondí que el poeta Rainer María Rilke. Y llevo algunos días pensando qué hubiera respondido hoy a la misma cuestión.

El privilegio máximo de una persona es su propia voz. Esto es lo que recuerdo haberle escuchado a alguien que hablaba de los instrumentos musicales y quería decir que quienes cantan disponen de un privilegio sobre otros instrumentistas. Pero ese pensamiento también me gusta en sentido no literal.

Una voz que oscile, que sepa balancearse entre la fuerza y la delicadeza, que aprenda el equilibrio. Y hablar. Porque solo se vive una vez.

Hace unos días releí un texto de Joseph Brodsky en el que encontré:

En estos años, durante mis largas estancias y breves temporadas aquí, he sido, creo, feliz e infeliz casi en la misma medida. No importaba tanto cuál de las dos cosas, porque yo no venía aquí por motivos románticos sino para trabajar, para terminar una obra, para traducir, para escribir un par de poemas, si tenía esa suerte; simplemente, para estar. (...) La felicidad o infelicidad, sencillamente, me acompañaban como asistentes, aunque a veces éstos se quedaran más tiempo que yo, en calidad de servicio. Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que no alimentarse de la vida sentimental de uno es una virtud. Hay siempre bastante trabajo por hacer, por no mencionar la gran cantidad de mundo que hay fuera de nosotros.

Creo que me gustaría entrevistar a Brodsky. Preguntarle cómo se hace eso, mejor dicho, cómo vivía él esa práctica de alimentarse del exterior, cómo había ido experimentando esa virtud. Porque es difícil.

Una persona de cierta edad, durante otra entrevista decía:
Lo único que me interesa ya son los individuos y las vidas cuanto más apasionadas mejor.

Otra sesión de afinación en la gran sala de conciertos.

Y me presento a ella como si fuera una pieza en si misma. Es uno de los mejores instantes para la música, entre otras cosas, porque cada uno de aquellos individuos, músicos y público, está construyendo una melodía. Aprenden algún pasaje difícil, repiten, mientras todas las barreras y las esperas están desarmadas. El cerrojo sin pasar, la puerta abierta.

En esos momentos cada uno se encierra en su pequeño espacio, atento a su sonido y preparando la voz, calentando la voz. No suelen ser sonidos gloriosos pero son únicos, también repetitivos. Lo único que me interesa son los individuos.

Ayer, un hombre grande, corpulento, con unas densas patillas negras que le cubrían media cara, movía con delicadeza los brazos de una niña pequeña para explicarle cómo los músicos rozaban el arco sobre las cuerdas del violonchelo. Ellos también estaban afinando, afinaban su cuidado.

Los sonidos de la preparación.

Aunque parezcan bocetos, siempre he sentido que son música definitiva. Y la que viene a continuación, elaborada y acordada, muchas veces se queda en el umbral de nuestra piel y no alcanza a pasar al otro lado. Hay muchas barreras que atravesar, algunas densas y peligrosas para la escucha. Cada uno, músico y oyentes, sabe algo de las suyas. Pero nada de eso existe en esos minutos del antes. Todo está ocurriendo, todo puede suceder. Es, tal vez, el equilibrio entre la fuerza y la delicadeza. Igual que el encuentro de la piel.

Incluida la piel de tus palabras.

Ayer, en el después, sonó el concierto para piano núm. 2, op. 83 de Johannes Brahms. Christian Zacharias al piano y Christoph König dirigiendo la orquesta trazaron una interpretación que me pareció como tallada en una roca: dura y cortante, moviéndose en ondas que terminaban de manera seca y precisa.

Si, era importante seguir aquella talla. Pero yo seguía en el ensayo.

17 de febrero de 2012

Hasta otro día

Como solo tenía unos minutos y quería aislarme del bullicio enchufé los cascos al ordenador.
Entraba el sol, había una luz dura. Y comenzó a sonar Hasta otro día, Chicho; el disco de Amancio Prada dedicado a Chicho Sánchez Ferlosio.

La noche me enamora más que el día 
pero mi corazón nunca se sacia 
de seguir el paso de la luna 
que en el silencio de la sombra viaja

Pensé que era un ritmo nuevo para la voz de Amancio Prada. Ágil y hasta alegre, lleno de complicidad con el amigo admirado. En cierta manera una cantiga de amigo.

Que el cantar tiene sentido
oye mi bien, entendimiento y razón

Noté que mi cara se relajaba con aquella pequeña guitarra que caminaba decidida y confiada. Pensé que sería una pequeña guitarra canaria. La boca, todo el cuerpo aflojó un poco: el cantar tiene sentido.

A lo lejos viene un barco
y en él llega mi amor

Unos bonitos cascos grises y negros, grandes y buenos.

Desconecté la clavija, interrumpí la música como se había interrumpido el poema de John Donne, como se detienen de pronto los poemas cuando ya no hay sol. Los mismos que nunca sacian la noche.

Mira ese lirio que el tiempo consume
y hay una fuente que lo hace florecer

16 de febrero de 2012

Él no lo sabe

Entonces, se sentó a la mesa y cerró los ojos.
(Como el violinista, pensé).
Hablaba en voz baja, apenas podía oir qué decía. Parecía una salmodia, o un mantra, o una carta dictada. Pero no había nadie más. Solo yo veía la escena y no sabía que hacer.

Miraba hacia la ventana. Era de noche, apenas podría ver algo, pero seguía mirando. En algún lugar. Un lugar hacia el que dirigir la atención, aunque fuese hacia la noche. Bajé la cabeza, no estaba cómodo observando aquella escena. Quería irme. Pero no quería dejarlo así.

Es tan misterioso el país de las lágrimas, dice El Principito. Me senté en el suelo, a esperar. Rogando para que aquello pasase rápido y pudiese entrar y saludar y pedir que saliésemos a caminar. Pero nada en mi se movía mientras escuchaba aquel monólogo, duro porque parecía no tener final.

Si pudiese intervenir tampoco sabría qué decirle. Tal vez que tras dar varias vueltas a los mundos posibles, la sabiduría sigue teniéndola El Principito. Por el asombro, por la preparación, por la disposición: dime cuando vienes, si por ejemplo vienes a las cuatro prepararé mi corazón desde las tres (más o menos). Él y Wittgenstein: De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.

Y Conrad, El corazón de las tinieblas. Allí sentado, escuchándole, viendo como se sumía en aquella voz incomprensible pensé que también cada día es un viaje por el río Congo. Mañana será el corazón de las tinieblas: río arriba, en un barco prestado, a la búsqueda de un tipo que sabía muchas cosas y que remontó la corriente. Para acabar con él, para acabar con algo de lo que hace que uno vaya río arriba, entre tanta oscuridad, para acabar con él. Pasado mañana será el corazón de las tinieblas. Y así sucesivamente.

Muy lentamente me levanté y sin apenas hacer ruido salí de la habitación y poco a poco de la casa.

Para tener otra vida, uno debería ser capaz de concluir la primera, y ése es un trabajo que requiere precisión. Esta frase de Brodsky me vino a la cabeza de repente. Hacía años que la había leído y había permanecido olvidada desde entonces. Caminé hasta un café. Me senté y la transcribí. Se la dediqué, aunque él no lo sabe.

15 de febrero de 2012

La lógica borrosa del estar cerca

Asisto a una conversación en la que le preguntan a un ingeniero qué es la lógica borrosa, uno de sus campos de especialización y un término que me parece precioso. Responde que la lógica que intenta parecerse al pensamiento humano, es decir, la que utiliza el concepto del caos, de la incertidumbre, de las influencias imprevisibles entre partes. Y que ahí está el reto a la hora de construir máquinas: la introducción de la lógica borrosa, la gestión de la incertidumbre.

La memoria.

Con mi amigo C., un segundo hermano durante muchos años, fuimos a la galería en la que inauguraba una exposición Antoni Tàpies. Eso ocurrió hace más de veinticinco años. Fuimos porque era nuestro ídolo, el pintor al que admirábamos en primer lugar, un hombre que había que ver en directo (me gusta seguir haciendo esos viajes de admiración).

Íbamos para ver los nuevos cuadros y para ver como era aquel hombre al que solo conocíamos en foto. Allí estaba, con su pantalón de pana, la corbata granate, el pelo canoso, sus gafas. Un tipo afable y cercano con todo el mundo. Y nos entró una especie de valentía para saludarle, tal vez darle la mano, decirle el agradecimiento que sentíamos por disfrutar de su obra. Éramos dos jóvenes estudiantes.

Así lo hicimos. Aprovechando un momento en que había calma chicha en la sala nos acercamos a él. Para nuestra total sorpresa nos recibió con total cercanía e inmediatamente nos hizo sentir que aquella era una charla particular. Llamó a su mujer, Teresa, y (aún más sorprendente) tras unos pocos minutos de conversación nos animó a visitarle en Barcelona. Dijo que tal vez podríamos seguir charlando y pasar una tarde con ellos. Los dos no podíamos creer lo que estaba ocurriendo.

Aceptamos, claro. Y algo más de un mes después allá fuimos. En un tren. Y allí estaba el matrimonio Tàpies en una casa anónima que se transformaba por completo al cruzar la puerta. La biblioteca, como la de un viejo monasterio, el salón amplio y, sobre todo, el estudio: en el sótano y sin ventanas. Hablamos (lo que podíamos), tomamos algo. En nuestra valentía le regalamos algo cada uno y él hizo lo mismo (lo tenía preparado!).

Recuerdo el calor, la cercanía, la curiosidad por dos jóvenes, incluso los buenos consejos; la percepción de estar frente a alguien de una humanidad extraordinaria, de alguien que dispone de una escala que mide el tiempo y la energía de un modo único y personal. Imposible olvidar aquel encuentro.

El domingo cinco de febrero murió. Unos días antes se fue Wislawa Szymborska. Los dos tenían ochenta y ocho años.

Su sonrisa, siempre su sonrisa. Frente a la incertidumbre, la cercanía. Una lección para no olvidar: luchar por estar cerca, por permanecer a poca distancia, por conocer el olor y la piel del mundo que queremos, por conquistar ese mundo, por bajar las barreras para que ese mundo nos conquiste: por pertenecernos. Como Antonio López dice que se dibuja un árbol: permaneciendo cerca de él.

Joseph Brodsky escribe que después de todo, un objeto es lo que hace del infinito algo privado. Y una persona también. Tal vez lo que se dibuje, se escriba, se cante, se fotografie sea esos círculos protectores de la privacidad. Y eso es mucho.

13 de febrero de 2012

Nemanja y un lugar en el mundo

El mar estaba alegre, el tercer movimiento de Vistas al mar de Eduard Toldrá me recordó la música de la película de Adolfo Aristarain Un lugar en el mundo. Al inicio, un chico montado a caballo compite en una carrera de velocidad con el tren que a diario llega a su pueblo. Corren en paralelo a lo largo de una línea recta, en algún sitio de Argentina. Si gana el chico cruzará la vía sobre un paso segundos antes de que lo haga el tren. En realidad, sin una desgracia, apenas hay otra opción. Todo o nada en un juego diario.

La pieza de Toldrá fue la primera de un concierto difícil de olvidar (a pesar de que no prometía demasiado). La segunda fue el Concierto para violín núm. 2, Op. 63 de Sergei Prokofiev. Y ahí ocurrió lo inesperado.

Delante del director, Maximino Zumalave, salió un solista muy joven que yo no conocía: Nemanja Radulovic. Sorprendente en primer lugar por su estar, su ropa, todo lo que no se correspondía con un cierto protocolo que hay en estos conciertos. Sí, vestía de negro... pero con botas altas de cuero (entre otras cosas). Pero todo eso daba igual en cuanto cogió el violín y se concentró para iniciar la música.

Cerró los ojos, esperó unos segundos e inició el concierto de Prokofiev. La orquesta, la sala, todo cambió bajo su ritmo y su fuerza, su virtuosismo también. Su intensidad. Nada había allí de gratuito, todo estaba en el límite, todo jugaba con fuerza, cada una de sus frases servía a un todo que cambiaba a cada momento: de la dulzura extrema a la luminosidad casi hiriente, del extravío a la ironía. Parecía la música nerviosa de un viaje ininterrumpido. A lo largo de miles de kilómetros, en todos los climas posibles, bajo muchos paisajes distintos. Y todo eso tocado con una precisión y también una delicadez extrema.

El orden natural de las cosas debe ser esto.
Durante una escucha así las emociones vuelven a encontrar su sitio.

Cuando acabó, la sala ofreció una de las mayores ovaciones que recuerdo. Concedió dos pequeñas piezas a mayores: una variación sobre una suite de Bach y otra que no reconocí. Y otra vez la misma intensidad y precisión. Y unos silencios desconocidos.

Al final, en el exterior la temperatura estaba bajo cero. El regreso fue en silencio.

La carretera estaba llena de sal. Había que conducir con atención, también había hielo. Era tarde, aun casi había luna llena. Recordaba a Nemanja (en sus labios leía decir constantemente gracias en francés), recordaba el último moderato de Haydn. También a uno de los músicos que unos momentos antes de iniciar el concierto, mientras la orquesta comenzaba a afinar, se acercó a la primera fila para sonreirle a una niña pequeña con un gran lazo en su pelo rizado y preguntarle, con acento argentino, si había hecho los deberes,... si había hecho faltas de ortografía.

12 de febrero de 2012

Saraband, una voz

Hace unos meses una amiga publicó en su blog un listado (numerado) de cosas que le irritaban. Le salieron diecinueve.

Llevo algunos días pensando si quiero hacer algo parecido. Y no estoy muy convencido. Entonces, hoy, decidí asistir a una clase para clarificar(me) algunas cosas. Y elegí uno de los sabios más áridos: Ingmar Bergman. Volví a ver Saraband, su última película.

La saraband es un movimiento presente en cada una de las seis suites para cello de Bach. Es el momento más sereno, tal vez más maduro, de cada suite. Se corresponde con la lentitud de la danza que evoca: la zarabanda. Y ese movimiento, en concreto el de la 5ª suite, suena en la película.

Como una obra de teatro, casi totalmente autobiográfica, la Saraband de Bergman está dividida en diez movimientos. En ocasiones duele escuchar y ver algunas escenas, pero todo permanece en el círculo de lo humano, aunque aparentemente haya personajes deshumanizados y crueles, llenos de odio. Cogí libreta y pluma, dispuesto a tomar notas.

Una buena relación, dice el protagonista, consta de dos aspectos: una buena amistad y un erotismo inquebrantable. Lo anoté.

Un erotismo inquebrantable, que buen adjetivo. También habla de las relaciones como una cuestión de pertenencia, o de los mensajes que emiten los cuerpos cuando quieren separarse o de como una discusión brutal deriva en un café en la cocina.

Las casas.

En un momento dado, Johan, el protagonista, habla de estar en este mundo para hacerlo menos insoportable. También de lo difícil de tomar decisiones cuando otros se ven afectados por ellas (y eso ocurre siempre).

No es fácil mirar a los ojos de Saraband. Una danza lenta en la que hombres y mujeres se movían alrededor de un centro que se desplaza a cada paso. Mirar de frente unas imágenes del final de una vida con áreas lúcidas y otras muy oscuras, y sentir que el amor y la barbarie que hay allí también nos pertenecen.

Una clase intensa. La película dejó tras de sí el sonido de un violonchelo, la voz más humana, atravesando una habitación que se oscurecía a la vez que protegía y calentaba. Escuchar una voz, permanecer cerca de ella. Atreverse a escuchar una voz, todo lo que tiene que decir, incluso aquello para lo que no hay palabras.

Y entonces me acordé de aquel listado de cosas que irritaban a mi amiga.

Escuchar una voz hasta el final es lo contrario a dos cosas que si me irritan: es lo contrario a la mentira (si es que existen pecados, seguramente es el único) y es lo contrario a las buenas intenciones que no descienden al terreno de los actos (y que por eso mismo suelen hacer tanto daño, porque se escuchan a si mismas en lugar de mirar a los ojos del otro).

Escuchar las pocas cuerdas del violonchelo, todas, supone aceptar la importancia, también, de todas las emociones. Supone practicar la valentía de ofrecer atención y respeto por cada sacudida que da el cuerpo, como ocurre en la Saraband de Bergman, sea lo que sea lo que produce esa sacudida. Y eso tiene algo que ver con la disposición y el compromiso. También con la generosidad (no con las buenas intenciones).

Escuchar una voz es un buen remedio para aceptar la convivencia de la miseria y la luz intensa. Y de esa emoción, de esa imposibilidad, es posible que salgan las fuerzas para llenar de ligereza y de belleza lo que siempre es muy difícil, árido y a veces odioso.

Aunque en otras ocasiones, no se trata de escuchar sino de ser la propia voz, de hablar. Sabiendo, como leo en Bataille, que el que habla confiesa su impotencia.

6 de febrero de 2012

Rendidos y entregados

Hace un tiempo, algunos años, la manera de entrar en la noche y en el descanso era a través de la música.

Hay piezas que entonces escuché que ya siempre estarán unidas a un tiempo en que cuando había que dormir todo el cuerpo se rebelaba mientras fuera nevaba. El invierno en todas direcciones.

Una de esas piezas es el Adagio D897 de Schubert.

Hace más de un año me regalaron un pequeño cactus. Me gustan las plantas, las cuido con atención, pero no siento especial cercanía hacia esa variante que son los cactus. Pero este era poco más que un esqueje y además me lo traía alguien a quien quiero. Así que le di un lugar preferente frente al sol de la ventana.

Apenas crecía pero en una de sus pequeñas ramas comenzó a formarse una estructura como aérea, fina, una ligerísima membrana blanquecina replegada sobre si misma. Comprendí que aquello quería ser su flor pero que difícilmente llegaría a ser tal cosa.

Tras más de seis meses de incubación al final allí apareció una flor blanca y roja de una intensidad desconocida para mi. Duró poquísimo, no más de dos días. Luego se secó su unión con la rama, y como un avión de papel, voló hasta la mesa.

Aquella gran flor tenía el tamaño de medio cactus. Y era el resultado de un trabajo intenso y decidido por florecer.

¿Por qué tanto esfuerzo?, ¿para qué centrar todas sus energías en un pequeño ovillo que de pronto se desplegó y mostró su belleza durante solo unas horas?

Ahora recuerdo como Lobo Antunes habla de que solo comienza a escribir bien cuando está agotado, cuando el cansancio vence las resistencias y una parte subconsciente comienza a dictar. Son las voces, la línea ondulante de saberse rendido.

Y entregado. También en ese estado suena diferente el Andante D929 de Shubert. Y por supuesto el final de Un Viaje de Invierno. Gracias a esa música, hay días en que por fin el cuerpo puede comenzar a encontrar su noche.

Y descansar sobre la voz de la rendición, de la entrega. La misma que abre compartimentos secretos (desconocidos hasta para los niños).

5 de febrero de 2012

Un gato en un piso vacío

Morir -eso, a un gato, no se le hace.
Porque, ¿qué puede hacer un gato

en un piso vacío?
Subirse por las paredes.
Restregarse contra los muebles.
Nada aquí ha cambiado,
pero nada es como antes.
Nada ha cambiado de sitio,
pero nada está en su sitio.
Y la luz sigue apagada al anochecer.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son los esperados.
Una mano deja pescado en el plato
y no es, tampoco, la de antes.

Algo no empieza 
a la hora de siempre.
Algo no sucede
según lo establecido.
Alguien estaba aquí, estaba siempre,
y de repente desapareció
y se empeña en no estar.

Se ha buscado ya en los armarios,
se han recorrido los estantes.
Se ha comprobado bajo la alfombra.
Incluso se ha roto la veda
de esparcir papeles.
¿Qué más se puede hacer?
Dormir y esperar.

¡Ay, cuando él regrese,
ay, cuando aparezca!
Se enterará de que ésas no son maneras
de tratar a un gato.
Como quien no quiere la cosa,
habrá que acercársele,
despacito,
sobre unas patitas muy muy ofendidas.
Y, de entrada, nada de brincos ni maullidos.

Wislawa Szymborska escribió este poema en 1993 para su libro Fin y principio. Szymborska murió este miércoles 1 de febrero. Tenía 88 años. Supe de su poesía cuando el periódico dijo en 1996 que el nobel de literatura era para una poeta polaca de la que nada sabía. Pero en el mismo periódico había unos versos inclasificables y llenos de intensidad. A los pocos meses, en marzo de 1997, leí en todas las direcciones posibles su antología Paisaje con un grano de arena. Su poesía me curó. Desde entonces, los tres libros que tengo de ella están en primera fila de la mejor estanteria, de la más luminosa.

Da igual por donde se empiece a leerla, siempre hay una conexión con lo más valioso hecha desde la cotidianeidad, el desamparo y también el humor y la ironía. Por ejemplo, la página que está al lado del poema que he copiado empieza así:

No guardo rencor a la primavera
por haber vuelto.
(...)

Comprendo que mi tristeza
no detendrá su verdor.
Si la hierba vacila
se debe sólo al viento.

31 de enero de 2012

Los tártaros, los desiertos, las piedras

Una imagen:
dos personas caminan por la montaña. Por un desierto de piedras, sin vegetación. En silencio.
Avanzan y solo escuchan sus pies y el viento. Ningún lugar en el que fijar la atención, solo en pisar la tierra marrón que hay entre las piedras.

Entonces,
alguien me llamó y me dijo que había terminado de leer El desierto de los tártaros, de Dino Buzatti. La vida en ese desierto siempre está por venir y el enemigo acecha tras la muralla de la fortaleza. La vida se consagra a protegerse del enemigo, que causa terror. Y el enemigo, invisible, consume la vida de Giovanni Drogo en la fortaleza Bastiani. Nos consume la vida.

¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.

Los tártaros.
Ellos estaban emparentados, aunque solo sea en el nombre, con Mongolia, con el desierto. Con los bosques rusos, con la taiga, con una noche que consume el día. He escuchado algo que no conocía: los cantos de algunos pueblos mongoles, las voces difónicas, los cantos armónicos, en los que un cantante es capaz de emitir dos tonos distintos, simultáneamente.

Recordé una vez que vi danzar a los derviches.

Pensé en copiar entera una canción de Ataualpa Yupanqui:
A que le llamamos distancia, eso me habrán de explicar. Solo están lejos las cosas que no sabemos mirar.

Los tártaros.
Los desiertos. La nieve seca, los bosques en los huecos de las montañas. Las personas caminando sobre las piedras, casi descalzas, adaptando la piel a la piedra. Hasta alcanzar algún lugar que no conocían, tal vez el final del valle. Y frente a un muro de tierra y piedras, cantar. Emitir un sonido que a veces recuerda al de los animales. Cantar en silencio también. Serios. Y dejar que la voz busque a las piedras.

Después,
leí una entrevista con Lobo Antunes en la que dice que casi ha perdido el oido, pero que cuanto menos escucha lo de fuera mejor oye las voces de dentro. Y que escribe con ellas cerca.

Las piedras. No recordamos cosas, sino la relación que establecimos con esas cosas.





28 de enero de 2012




27 de enero de 2012

El nervio de lo vivo

Regresó Paul Daniel.
Ayer jueves veintiseis de enero, dirigió de nuevo a la Real Filharmonia de Galicia en Santiago.
Y siempre que vuelve ocurre algo especial.

Ayer, la primera pieza se titulaba: Al escuchar el primer cuco en primavera, de Fréderick Delius (un autor al que no conocía). Una pieza breve en la que toda la orquesta avanza con lentitud, en pequeñas oleadas para que entre ellas se cuele, lento pero intenso, el clarinete que en realidad es el cuco. Un sonido del fondo de la tarde, aéreo y cálido. Inolvidable.

Ayer amaneció con lluvia. Duró poco. Pero al escuchar el primer cuco en enero recordé otra vez más los versos de Manuel Rivas: esta vez tampoco será el fin. Aunque él hable de la abubilla.

Después, Paul Daniel había programado otra pieza única: Épiphanie de André Caplet. Tres movimientos cortos para orquesta y violonchelo solista, que interpretó Plamen Velev, el primer chelista de la RFG. Una música rara e hipnótica, sobre todo el momento en que solo se escucha la percusión y el violonchelo. Un ritmo repetitivo del tambor sobre el que el chelo va trazando sus pasos oscilantes y recurrentes, siempre intensos, como los giros de un ser vivo. O como un cielo.

Disfruté mucho con la interpretación de Plamen Velev, a pesar de que no tenía un recuerdo demasiado bueno de cuando viajé para escucharle tocar tres de las seis suites para chelo de Bach. Pero ayer este músico estaba en un estado especial, concentrado e intenso.

Como propina del solista, un fragmento de una de las suites para chelo de Bach. Y aquello fue único, porque se adentró en ella despacio y decidido, al tiempo que por fin alguien pensó que la música también se mira y la luz del escenario fue bajando de intensidad hasta que todo quedó en penumbra, salvo las cuerdas y las manos que brillaban bajo un único foco. Fueron minutos de descenso por un río,  a través de la memoria, a través del dolor, también del júbilo, a través del agua.

Y para finalizar, la Sinfonía núm. 2 en Do mayor de Robert Schumann: la última entrega que hubo sobre un cierto final del invierno y un cierto sueño de primavera. Una orquesta sinfónica completa mostrando el nervio de lo vivo, la mirada que se enfrenta al hielo, al temporal, mientras sueña con un cuco en los montes.

Tal vez todo el programa estaba dedicado a la naturaleza, a los cielos cambiantes, a las huellas. Paul Daniel dirige como si solo de vez en cuando lo atravesase el rayo. El resto del tiempo él también escucha a los músicos e incluso les grita ¡bravo! (Es una gran noticia que vaya a ser el próximo director titular de la RFG).

Aunque hubo otros dos antes (todavía muy pocos esta temporada), éste ha sido el primer concierto tras que el que solo cabía regresar con el silencio, mientras se oía, lejos, el retumbar de la tormenta. Es lo que tiene entrar en la primavera en pleno enero.

Hacía tiempo que tenía ganas de contar aquí un concierto.

23 de enero de 2012

Ruina montium

Es extraño.
Es difícil, decía Miguel Torga, esto de empezar en un estercolero cualquiera y no parar hasta llegar a la copa de un castaño, tiene su misterio. Hay que recorrer un largo camino.
Él habla así de la chicharra en Bichos.

Y es extraño.
Es difícil querer hacer un viaje y no querer iniciarlo. Tampoco querer regresar. Hay que recorrer un largo camino. Y además también Torga decía que nadie es capaz de penetrar en el corazón de las cosas. Puede ser.

Así que me metí a mi mismo en el coche y busqué artilleria pesada en la música que tenía allí. Primero fué el Requiem de Gabriel Fauré. Pero es una música tan ensombrecedora, por momentos tan callada que parecía inaudible. Todo un equipo de música no conseguía hacer oir las voces de los siete momentos del requiem, que acaba con un In Paradisum.

Cuando terminó, sin un intervalo, puse el Dido & Eneas de Purcell. Hace tiempo que compré esa música porque un día me conquistó su final, el lamento de Dido: When I am laid in earth. Cuando uno sale del mar, cuando uno baja a tierra.

Solo quería que llegara esa parte. Pero ese canto es la pista 38 de 39. Más allá, solo un coro final para despedir. Hay que recorrer un largo camino. Y esta música no era la que yo recordaba. (Quiero conocer la historia de Dido & Eneas, aparentemente un divertimento en su época).

Después, silencio. El ruido de los neumáticos rodando. Silencio. Parecido al de las ruedas en la calle cuando el día amanece con lluvia y se escucha su silbido desde la cama. O al silencio de cuando comienza a nevar. Nadie en la ruta. Casi nadie.

Hasta que vi un desvío al túnel romano de Montefurado. Aquí hay muchos pueblos con ese nombre pero solo uno con un túnel excavado en la roca para desviar todo un río y desecar un meandro al que arrancarle el oro con más facilidad. Subí por un camino estrecho. Llegué hasta un lugar en el que se divisa la obra y allí había un cartel que quería explicar algo.

Trataba de la técnica por la que los romanos excavaban un túnel así. Consistía en perforar estrechas galerias verticales y horizontales comunicadas entre sí. Luego las inundaban, infiltrando grandes cantidades de agua. Y lo último era esperar que ese agua hiciese su trabajo, es decir, que la presión que ejercía más el aire que se había comprimido más el reblandecimiento de la tierra, provocaran que el monte se derrumbase desde dentro. Algo así ha recibido el nombre de Ruina montium.

Aquella era la música de la chicharra, la que recorre un largo camino. La que no había conseguido escuchar prestando atención a Fauré y a Purcell.

Un ruido sordo, profundo, que se siente aunque no se oiga. El de un monte excavado por el agua. El de un Bicho mientras cae fulminado.

También esto

22 de enero de 2012

22 de enero de 2012

Algo, de algunos días

22 de enero de 2012

20 de enero de 2012

Hoy, sin saberlo, buscaba esa música

De pronto, una pequeña hierba brillaba en la noche. A ras de suelo, intensa, como si fuese una luciérnaga. Pero en enero todavía no han llegado. Así que me acerqué a ella, sumergido en el agua que parecía hervir, oscura, algo verdosa. Una diminuta gota en la punta brillaba iluminaba por un foco de luz lejano. Podría haber sido una luciérnaga. No me alejé, tampoco esperé. La miraba.

En el coche, escucho un programa de Juego de Espejos al que vuelvo una y otra vez. Por la selección de música que hace el invitado, Virgilio Zapatero, y por su voz mientras cuenta sus impresiones. En un momento dado habla de la música que escucha por la noche, al final del día. A veces Mozart, y elige el Andante del concierto para piano nº 21, K467. Así que al llegar a casa, hace rato que es de noche, lo busco.

Y aunque sin duda esta es la música, no me suena igual. Tal vez mi disco va demasiado rápido (pero es un andante...). Sigo escuchando. Y entonces llega el Adagio del concierto nº 23, K488.

Esta si es la música que, sin saberlo, buscaba (no es la que había escuchado en el programa). Porque estos son los sonidos que hacen sentir, como dice Virgilio Zapatero, que hay cosas más hermosas que las que te han pasado algunos días. Cosas más hermosas, esas son sus palabras.

La música al final del día.

Tal vez construida a partes iguales por la escucha y la memoria. Por todo el cuerpo.

17 de enero de 2012

Lo que me dijo

Recuerdo el olor de aquella casa.

Me dijo que le gustaba cocinar al vapor porque el vaho que inundaba la cocina convertía la casa en un hogar.

Incluso empañaba sus gafas.

No era una mujer joven, sus hijos ya eran mayores. Vivía sola. Ahora, no había exigencias con la vida, como mucho algunas búsquedas.

Apenas tuve tiempo de tratarla, pero sentados a la mesa de la cocina me pareció que olía al fuego de una chimenea.

Cocinaré al vapor.

Volveré a leer a Antonio Gamoneda:

Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta
cansar mi corazón.

Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas
entre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de
significado.

14 de enero de 2012

Siempre somos otra cosa

Los mejores títulos son siempre los de Antonio Lobo Antunes.

Por ejemplo: Buenas tardes a las cosas de aquí abajo. Cojo el libro de la estantería: él escribió su nombre completo en la página uno, lo hizo en cientos de ejemplares y alguien me regaló uno de ellos. Pero hay más: Conocimiento del infierno, El orden natural de las cosas y sobre todos uno: No entres tan deprisa en esa noche oscura.

¿Qué se sabe del mundo para escribir ese título?

Hace días el invitado a un programa de radio que escuchaba en el coche habló de una música. Anoté el título equivocándome en varias letras. La canción era un viejo blues: Dark was the night, cold was the ground, de Blind Willie Johnson. Me impresionó el sonido de su guitarra y también su voz, la conversación, algo de lamento, que giraba alrededor de un lugar desnudo. Era un blues, a veces parecía gospel, algo del primer jazz... imposible de clasificar. Pero de manera inmediata aquella música me recordó otra: la banda sonora que Ry Cooder compuso para la película París-Texas, de Win Wenders.

El mismo vagar por el desierto con el que se abre la película, la misma inexpresividad en la mirada de un hombre porque detrás de ella se agolpan los recuerdos de unos momentos plenos y con algo parecido a la felicidad. (Y reconozco que yo no he visto en ningún lugar, en el cedé que tengo desde luego no está, a Ry Cooder hablar de esta música de blues, aunque siento que una procede de la otra).

Pero el invitado de la radio traía la música por otra razón: ese blues es una de las veintisiete músicas que, grabadas en un disco de oro, viajan por el espacio a bordo de las naves Voyager. El disco se llama Sound of Earh y recoge música, voces y sonidos naturales: un compendio de lo que puede escucharse en la tierra lanzado hacia lo desconocido.

Y Dark was the night forma parte de los sonidos de la tierra. Las Voyager se lanzaron al espacio en 1977, en Agosto partió la Voyager 2 y en septiembre la Voyager 1. Se pretendía que viajaran a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno aprovechando una técnica en la que el sobrevuelo de cada planeta modifica la ruta de vuelo y aumenta su velocidad lo suficiente como para entregarla al próximo destino.

Contra todo pronóstico las naves, además de cumplir su cometido, siguen en perfecto funcionamiento y viajando a través del espacio. Ahora mismo son los instrumentos artificiales más lejanos a la tierra. Y en su interior viaja un blues, cantado por un hombre que ladea un poco la cabeza al cantar, como para aguzar el oido. Un hombre ciego que toca la slide guitar, una técnica que también permite pasar de un planeta a otro mientras se toca una nota y se desliza el dedo por la cuerda hasta convertir ese sonido en un lamento, en una voz que se aleja hasta perderse.

Desde que supe que las Voyager existen pienso en ellas. Busqué alguna imagen para saber cómo son, que expresión  tienen, como es su cara, como caminan. Y me parecieron preciosas (en realidad ya quería que me gustaran). Hay momentos del día en que las imagino transmitiendo lo que ven o simplemente descansando, sintiéndose solas también porque saben que su única misión es alejarse de donde partieron. Mientras alguien, frente a una pantalla, vela por ellas y las cuida. En turnos de ocho horas, alguien sujeta el hilo.

Ahora, parte de la escucha de ese viejo blues me trae al lamento de la tierra, de ese pulsar y deslizar el sonido, y otra parte me situa en el interior de una nave silenciosa que se interna en lo más profundo del espacio, aproximándose a la última barrera tras la cual nadie sabe qué pasará con sus mensajes. Sus infinitas ganas de vivir alimentan una propulsión que debía haberse terminado ya.

Siempre somos otra cosa y bajo la otra cosa otras cosas ocultas, escribe Lobo Antunes. Así de oscuro es el espacio a medida que uno se aleja del sistema solar.


10 de enero de 2012

Abedules rusos

Al final nos vimos.
Y no hablamos de lo que era habitual. Ni de música ni de películas ni de pequeños o grandes viajes.
Pensé, de regreso, que habíamos hablado de lo que realmente importaba. Pero seguramente me equivoco.
Muchas noches, me dijo, se sentaba a esperar.
A que la niebla cubriese los árboles que tenía frente a la gran ventana, sin luces de ciudad, sin luz, como los árboles de sus sueños rusos, abedules criados por el frío, sumergidos en el invierno. Como si nunca fuese a volver la primavera.
Entonces quise sacar el tema de Dersu Uzala, que los dos compartíamos, pero ni me dejó.
Se sentaba a esperar
y escuchaba sonidos de otro mundo a través de unos cascos con un cable "libre de oxígeno", insistió en eso.
No entendía a que se refería
pero averigué que eran los que mejor transmitían el sonido.
A esperar una señal,
entre los abedules. A veces le gustaba llamar así a las palabras.
Puede ser que fuera el vino, pero no recuerdo todo lo que me dijo a continuación. Recuerdo que hablaba de animales moviéndose en la noche, de imágenes de la oscuridad, tal vez de una voz.
Ahora pienso en si habló algo de una piel. No lo sé.
Saqué el tema de una de mis músicas favoritas este tiempo, el Cum Dederit de Vivaldi, y claro que lo conocía (a través de sus cascos).
Algo que casi nunca he podido hacer, me gusta que el sonido fluya a mi alrededor.
Miré como hablaba y como, tras varias horas, se levantaba. Una persona abatida y con el poder, si quisiera, de cruzar Rusia como si fuese un norte cualquiera.
Le dediqué el camino que vuelve a casa, mientras imaginaba su viaje de regreso cerca de unos árboles frágiles y blanquecinos, algo siberianos.
Fue como la audición de una pieza imposible de clasificar. Y viva.



7 de enero de 2012

Un poder con luz

Empezó el año.

Decidí organizar la estantería donde guardo los cedés de música. Cuanto más desajustada es la elipse en la que gira el mundo que tengo cerca, más ordenada está mi casa.

En mi relación con la música, sobre todo la llamada clásica, sigo una especie de orientación intuitiva y azarosa en las piezas que voy conociendo y escuchando, además de lo que programa radio2 (rne) y de lo que me graba, y antes me recomendó, un amigo muy querido al que considero un gran experto.

Cada vez que nos encontramos, si su sexto sentido le indica que se me han debido de terminar los nuevos cedés, me prepara un pequeño lote de grabaciones. Aunque en ocasiones le pido algo concreto, por lo general él me propone un itinerario que yo desconozco.

Pero pasa el tiempo y en muchas de esas selecciones voy profundizando poco a poco, y al cabo de meses, años, me voy dando cuenta de que lo que me había regalado como si nada es, por ejemplo, una de las mejores versiones que existen.

C. me da joyas mientras hablamos de cualquier otra cosa. Y no espera un agradecimiento especial: entre lo que tiene da lo mejor, lo que puede haberle costado años encontrar. De esta forma he recibido discos cuya calidad excepcional tardé en saber calibrar.

Suelen ser olores imperceptibles al principio.
Y después se van convirtiendo en mundos que lanzan al exterior un aroma único y difícil de clasificar, lleno de un poder con luz.

Dar cosas muy buenas aún sabiendo que su apreciación tardará tiempo, o incluso puede que nunca se produzca. Pero mientras tanto, quien lo recibió pudo convivir, estar cerca, de un ser con una calidad excepcional. Y algo de eso, por ósmosis, pasará al interior de sus días.

Por ejemplo, la voz de la contralto Kathleen Ferrier. De ella C. me regaló los Kindertotenlieder de Mahler y una interpretación única de la Pasión según San Mateo de Bach.

Puede que lo que demos sea lo único que muestre nuestra calidad.

(Y justo al terminar de escribir lo anterior leo en Comte-Sponville:

Todas mis acciones no son sino el efecto en mí de una selección entre los simulacros (es decir, de una elección entre los posibles), llevada a cabo según la potencia (potestas) de la voluntad (voluntas) como tendencia indeterminada (pero determinante) hacia el placer (voluptas), es decir, como deseo).