No es esto compañeros, no es esto
por lo que murieron tantas flores,
por lo que lloramos tantos anhelos.
Quizás debamos ser valientes de nuevo
y decir no, amigos, no es esto.
(...)
No es esto compañeros, no es esto;
nos dirán que hace falta esperar.
Y esperaremos, bien es cierto que esperaremos.
Es la espera de los que no nos detendremos
hasta que no sea preciso decir, no es esto.
Durante toda la conversación escuché de fondo estos versos escritos por Luis Llach. Permanecí atento a aquella descripción de la imposibilidad, también de la dignidad, y la música de esta canción compuesta hace más de treinta años regresó, aunque hacía mucho que no la había escuchado. Dijo que el sesenta por cien de sus compañeros de trabajo no tendrian contrato este año. Y todavía desconocía de que lado de la balanza caería su caso particular.
He pensado durante un cierto tiempo en abrir una etiqueta con ese primer verso: no es esto compañeros, no es esto. Y lo voy a hacer. Me gustaría que tratara de las cosas que tienen que ver más con la justicia que con el derecho, tal y como lo escribe Simone Weil:
Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de la justicia. (...)
No es imaginable san Francisco de Asís hablando de derecho. (...)
Si se le dice a alguien capaz de escuchar: "Lo que usted me hace no es justo", se puede golpear y despertar, allí donde nace, al espíritu de atención y de amor. No sucede la mismo con palabras como: "Tengo derecho a...", "usted no tiene derecho a..."; encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible desde todos los ángulos cualquier matiz de caridad.
¿Qué quedará de toda esta situación si solo acudimos al derecho?
No es esto compañeros, no es esto.
Así que volví a casa, busqué la canción, me coloqué unos cascos capaz de aislarme de algún tipo de soledad y puse, con todo el volumen soportable, la música de Llach. Y esperé que fuese penetrando en los dos hemisferios cerebrales, que llegara a las circunvoluciones internas, a las más oscuras, al cerebro también reptiliano, a todos los lugares, de lado a lado, con la confianza de que cuando las voces hacen los coros, entonces, el área encargada de la memoria también se activaria y aquello sería un proceso irreversible. Y me pareció un buen ejercicio.
5 de septiembre de 2012
4 de septiembre de 2012
Hacer
Hacerlo, y no juzgarlo mientras se está haciendo.
Para no distanciarme de él: de lo que hago, de lo que estoy haciendo.
Para no distanciarme de él: de lo que hago, de lo que estoy haciendo.
1 de septiembre de 2012
Iré a verte
Iré a verte, le dijo.
Llevaré algo para pasar la tarde. Tal vez podamos leer juntos o recoger la última fruta.
Verás que todo es casi igual en todos los sitios, por eso estamos aquí, en cualquier lugar.
Podremos hablar sobre en qué consiste ser valiente, o que quiere decir internarse en los bosques: una vez entré en uno y permanecí en silencio hasta desaparecer. Ojalá nunca lo olvide.
Espérame, no tardaré en llegar. Y si sales a caminar, tal vez puedas ir por el camino por el que llegaré, así nos encontraremos como si fuese una casualidad.
Tendremos tiempo, no te preocupes, no tengo prisa: toda la casa está ya embalada. No queda nada por hacer.
(Tal vez hubiese preferido no estar allí y no escuchar la conversación de aquellos ojos, diminutos y líquidos, a través del teléfono. Salí fuera, busqué el camino de la tierra rojiza. Hacía calor y todo el mundo parecía dormir. Recuerdo haber hablado algo aunque no había nadie cerca. Quise pensar qué habría antes y después de aquella conversación).
Llevaré algo para pasar la tarde. Tal vez podamos leer juntos o recoger la última fruta.
Verás que todo es casi igual en todos los sitios, por eso estamos aquí, en cualquier lugar.
Podremos hablar sobre en qué consiste ser valiente, o que quiere decir internarse en los bosques: una vez entré en uno y permanecí en silencio hasta desaparecer. Ojalá nunca lo olvide.
Espérame, no tardaré en llegar. Y si sales a caminar, tal vez puedas ir por el camino por el que llegaré, así nos encontraremos como si fuese una casualidad.
Tendremos tiempo, no te preocupes, no tengo prisa: toda la casa está ya embalada. No queda nada por hacer.
(Tal vez hubiese preferido no estar allí y no escuchar la conversación de aquellos ojos, diminutos y líquidos, a través del teléfono. Salí fuera, busqué el camino de la tierra rojiza. Hacía calor y todo el mundo parecía dormir. Recuerdo haber hablado algo aunque no había nadie cerca. Quise pensar qué habría antes y después de aquella conversación).
31 de agosto de 2012
Una vida a la intemperie
Hay un grabado de Ernst Ludwig Kirchner que se titula Abetos a la intemperie.
Lo observo una y otra vez en la exposición. Los árboles son altos, poderosos, viven en una escena casi nocturna, y por debajo de ellos, diminutas, se intuyen algunas personas pasar. Ahora lo recuerdo lleno de un verde azulado muy oscuro, también con una luz blanquecina, como lunar.
Pienso en la escena, intento recordar el cuadro, también imaginar otras escenas posibles dentro de esa. Alguien camina bajo un árbol inmenso, tal vez dos personas hablan mientras avanzan por el bosque, a la intemperie. O simplemente alguien se interna cerca del silencio de los árboles. Pero sobre todo intento imaginar cómo es la intemperie en ese lugar.
Kirchner se refugiaba en Davos, en los Alpes suizos. Allí era capaz de generar colores y luces que no veía en las calles de Berlín. Ahora ese pueblo suizo es conocido sobre todo por la reunión anual de los poderosos. Si Davos fuera conocido por Kirchner y no por los banqueros estaríamos en otro mundo (mucho mejor).
Viendo las imágenes de su casa, de las montañas, de los grandes prados alpinos, y pensando en cómo ha cambiado ese lugar desde 1919, pienso en Henry David Thoreau y su apuesta por una vida en los bosques, su maravilloso Walden. Busco el libro y lo abro al azar, La laguna en invierno: La naturaleza no hace preguntas ni responde a ninguna de las que formulamos los mortales.
Una vida en los bosques. Una vida a la intemperie.
Sin refugio
Lo observo una y otra vez en la exposición. Los árboles son altos, poderosos, viven en una escena casi nocturna, y por debajo de ellos, diminutas, se intuyen algunas personas pasar. Ahora lo recuerdo lleno de un verde azulado muy oscuro, también con una luz blanquecina, como lunar.
Pienso en la escena, intento recordar el cuadro, también imaginar otras escenas posibles dentro de esa. Alguien camina bajo un árbol inmenso, tal vez dos personas hablan mientras avanzan por el bosque, a la intemperie. O simplemente alguien se interna cerca del silencio de los árboles. Pero sobre todo intento imaginar cómo es la intemperie en ese lugar.
Kirchner se refugiaba en Davos, en los Alpes suizos. Allí era capaz de generar colores y luces que no veía en las calles de Berlín. Ahora ese pueblo suizo es conocido sobre todo por la reunión anual de los poderosos. Si Davos fuera conocido por Kirchner y no por los banqueros estaríamos en otro mundo (mucho mejor).
Viendo las imágenes de su casa, de las montañas, de los grandes prados alpinos, y pensando en cómo ha cambiado ese lugar desde 1919, pienso en Henry David Thoreau y su apuesta por una vida en los bosques, su maravilloso Walden. Busco el libro y lo abro al azar, La laguna en invierno: La naturaleza no hace preguntas ni responde a ninguna de las que formulamos los mortales.
Una vida en los bosques. Una vida a la intemperie.
Sin refugio
30 de agosto de 2012
Má vlast
Desde el valle, depués de cruzar el río, se subía por una carretera de montaña. Vuelta tras vuelta se iba tomando altura y se apreciaba mejor qué bosques habían ardido y cuáles se habían salvado. Aún olía a humo.
Arriba del todo estaba la frontera. En esta parte del mundo todavía hay guardias uniformados (y aburridos) que la custodian. Paré el coche, apagué el motor, abrí las puertas, también la maleta, me situé a un lado, esperé que unos y otros entraran y salieran de él, ellos, los perros, el calor de la media mañana. Y como allí no había nada, con muy pocos gestos dijeron que podía atravesar la frontera y continuar el viaje. Muy poca gente cruzaba ya a través de aquel paso de montaña.
Sin decir una palabra me senté en el asiento, encendí el motor y me sentí a salvo durante unos segundos tras las puertas y los cristales. Arranqué y, no sé la razón, comencé a conducir más despacio de lo habitual y bajo la sensación de encontrarme perdido entre los primeros pinos del otro lado. Sabía donde estaba y sin embargo estaba perdido.
Lejos de la vista de los guardias, a varios kilómetros de su puesto, me detuve. Bajé y en silencio sentí el aire en todo el cuerpo. Los bosques parecían comerse la carretera estrecha: había pinos, pero también abetos y un árbol muy especial, el alerce. Pasado un tiempo decidí continuar, ya iría encontrando el ritmo de aquel descenso. Lo que me confundía no era la extraña escena de la frontera, sino la maldición de quien está en viaje: qué hacía yo en aquel momento y en aquel lugar.
Puse una música antes de arrancar. Lo pensé dos veces y elegí una pieza que contara una historia: Má vlast de Smetana, Mi tierra. Aquella sería la música que me ayudaría a alejarme de aquel país y a asumir la pérdida que ocurre siempre que se atraviesan fronteras. Hasta agradecí a aquellos guardias que hubieran marcado tan bien donde está la línea de separación. Identificar los países no es tan fácil.
Comenzó a sonar. La carretera estaba vacía, hacía mucho sol. Me concentré en escuchar, apenas en conducir. Algo que no era yo guiaba y me salvaba de los precipicios. En aquel lado de la montaña no había habido incendios.
Entonces llegó mi preferida: El moldava, Vltava. Una música sobre el recorrido de todo un río, desde su nacimiento. Y hecha de tal forma que a los pocos compases quien la escucha ya forma parte de ese descenso fluido e inevitable, también gozoso. Seguir los sonidos era la mejor manera de seguir, de no volver la vista atrás, de perder de vista la línea fronteriza hasta no saber en que parte de aquel continente, o de aquella isla, crecían aquellos árboles, había aquella carretera y un coche giraba y giraba con las ventanillas abiertas.
Escuché los seis poemas sinfónicos de Má vlast. Y entre tanto recorrí ciento treinta y cuatro kilómetros. Las cifras pueden ser más o menos opacas, pero cada vez confío más en ellas. Ciento treinta y cuatro son bastantes kilómetros, a pie serían varias jornadas. Me había alejado de la frontera y me había internado en aquel lugar al que me unian tan pocas cosas. Más de un siglo después de su composición, esa música me había ofrecido algo parecido a su fuerza a través de la descripción minuciosa de un río.
Estaba en otro país. El disco se terminó. Todo podía volver a empezar.
Había que esperar.
Arriba del todo estaba la frontera. En esta parte del mundo todavía hay guardias uniformados (y aburridos) que la custodian. Paré el coche, apagué el motor, abrí las puertas, también la maleta, me situé a un lado, esperé que unos y otros entraran y salieran de él, ellos, los perros, el calor de la media mañana. Y como allí no había nada, con muy pocos gestos dijeron que podía atravesar la frontera y continuar el viaje. Muy poca gente cruzaba ya a través de aquel paso de montaña.
Sin decir una palabra me senté en el asiento, encendí el motor y me sentí a salvo durante unos segundos tras las puertas y los cristales. Arranqué y, no sé la razón, comencé a conducir más despacio de lo habitual y bajo la sensación de encontrarme perdido entre los primeros pinos del otro lado. Sabía donde estaba y sin embargo estaba perdido.
Lejos de la vista de los guardias, a varios kilómetros de su puesto, me detuve. Bajé y en silencio sentí el aire en todo el cuerpo. Los bosques parecían comerse la carretera estrecha: había pinos, pero también abetos y un árbol muy especial, el alerce. Pasado un tiempo decidí continuar, ya iría encontrando el ritmo de aquel descenso. Lo que me confundía no era la extraña escena de la frontera, sino la maldición de quien está en viaje: qué hacía yo en aquel momento y en aquel lugar.
Puse una música antes de arrancar. Lo pensé dos veces y elegí una pieza que contara una historia: Má vlast de Smetana, Mi tierra. Aquella sería la música que me ayudaría a alejarme de aquel país y a asumir la pérdida que ocurre siempre que se atraviesan fronteras. Hasta agradecí a aquellos guardias que hubieran marcado tan bien donde está la línea de separación. Identificar los países no es tan fácil.
Comenzó a sonar. La carretera estaba vacía, hacía mucho sol. Me concentré en escuchar, apenas en conducir. Algo que no era yo guiaba y me salvaba de los precipicios. En aquel lado de la montaña no había habido incendios.
Entonces llegó mi preferida: El moldava, Vltava. Una música sobre el recorrido de todo un río, desde su nacimiento. Y hecha de tal forma que a los pocos compases quien la escucha ya forma parte de ese descenso fluido e inevitable, también gozoso. Seguir los sonidos era la mejor manera de seguir, de no volver la vista atrás, de perder de vista la línea fronteriza hasta no saber en que parte de aquel continente, o de aquella isla, crecían aquellos árboles, había aquella carretera y un coche giraba y giraba con las ventanillas abiertas.
Escuché los seis poemas sinfónicos de Má vlast. Y entre tanto recorrí ciento treinta y cuatro kilómetros. Las cifras pueden ser más o menos opacas, pero cada vez confío más en ellas. Ciento treinta y cuatro son bastantes kilómetros, a pie serían varias jornadas. Me había alejado de la frontera y me había internado en aquel lugar al que me unian tan pocas cosas. Más de un siglo después de su composición, esa música me había ofrecido algo parecido a su fuerza a través de la descripción minuciosa de un río.
Estaba en otro país. El disco se terminó. Todo podía volver a empezar.
Había que esperar.
29 de agosto de 2012
A veces
A veces llego a hacer algo tan bien que no me doy cuenta de que empecé haciéndolo para escapar.
En ese momento es cuando vuelvo a empezar.
En ese momento es cuando vuelvo a empezar.
28 de agosto de 2012
Acostumbrando la vista
Ordenar y clasificar produce una extraña e ilusoria paz. Colocar en cajones, meter en botes, disponer en la estanteria, hacer etiquetas para las entradas de un blog...
Acostumbrando la vista será la segunda etiqueta que tendrán, a partir de mañana, algunas entradas de este blog.
Son textos muy cortos, escritos entre 2002 y 2007, en una época en la que tras un largo y costoso proceso en algo parecido a una mina, de vez en cuando y tras lavar toneladas de mineral en el río, brillaba una pepita de oro. Por entonces el oro no estaba tan caro, así que el proceso de demolición de la montaña no parecía justificar esos pequeñísimos tesoros: lo encontrado no valía tanto esfuerzo.
Aunque todo depende de como se mire. Pasado un poco de tiempo, y con los años más, descubrí que el brillo de aquel metal precioso era tan intenso que me obligaba a acostumbrar la vista cuando quería mirarlo. A cambio, su brillo generaba una especie de campo magnético que parecía proteger y hasta dirigir lo que de verdad era importante hacer.
As coisas aqui em baixo
Llevar una cuenta:
por ejemplo, tras 69 días y noches las orquídeas mantienen su flor
(Dicen que es una flor del invierno)
Mirando esos cambios pensé en el título de un libro de Lobo Antunes:
Buenas tardes a las cosas de aquí abajo
por ejemplo, tras 69 días y noches las orquídeas mantienen su flor
(Dicen que es una flor del invierno)
Mirando esos cambios pensé en el título de un libro de Lobo Antunes:
Buenas tardes a las cosas de aquí abajo
18 de agosto de 2012
Un cauce para una llama
A veces las cosas pueden ser más sencillas (e intensas).
Lo realmente decisivo es disponer de un cauce para aquello con lo que uno quiere dialogar. Algo, un dispositivo, un lugar, que permita encauzar lo que de otra forma se extendería sin límite y sin cesar por cualquier superficie que le ofrezcamos.
A partir de ahí hay que pensar que condiciones estamos dispuestos a asumir para ese cauce: cuáles son sus costes, su posible dependencia o independencia, su disponibilidad para las personas con las que nos gustaria hablar.
Y de no existir ese cauce, ¿cuál es el dispositivo que permite que la olla a presión no explote?, ¿cuáles son esos otros cauces que surgen y que ni tan siquiera elegimos?
Hace días que anoté parte de la presentación que Gustavo Martín Garzo hace en uno de sus libros, La habitación de al lado:
Pero se habla sobre todo del gozo humano, un gozo algo pesaroso, extraño. Como si fuéramos portadores de un mensaje, un mensaje que no comprendemos ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros de un mundo desaparecido. Así es nuestra vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso. Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado para otro, aunque no sepamos para qué.
Lo realmente decisivo es disponer de un cauce para aquello con lo que uno quiere dialogar. Algo, un dispositivo, un lugar, que permita encauzar lo que de otra forma se extendería sin límite y sin cesar por cualquier superficie que le ofrezcamos.
A partir de ahí hay que pensar que condiciones estamos dispuestos a asumir para ese cauce: cuáles son sus costes, su posible dependencia o independencia, su disponibilidad para las personas con las que nos gustaria hablar.
Y de no existir ese cauce, ¿cuál es el dispositivo que permite que la olla a presión no explote?, ¿cuáles son esos otros cauces que surgen y que ni tan siquiera elegimos?
Hace días que anoté parte de la presentación que Gustavo Martín Garzo hace en uno de sus libros, La habitación de al lado:
Pero se habla sobre todo del gozo humano, un gozo algo pesaroso, extraño. Como si fuéramos portadores de un mensaje, un mensaje que no comprendemos ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros de un mundo desaparecido. Así es nuestra vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso. Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado para otro, aunque no sepamos para qué.
10 de agosto de 2012
Arde la amapola amarilla
Hay que intentarlo.
Y reviso papeles de hace bastantes años. Encuentro un recorte de prensa con la referencia a un libro: El primer trato de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm. No llegué a leerlo ni a hacerme con él.
Once años después de aquel recorte, hace unos meses, en la radio del coche hablan de este libro y para mi es la primera noticia sobre él. Lo había olvidado por completo. En realidad le dedican un programa en el que intercalan fragmentos del texto con una selección de música especialmente cuidada. Anoto el título y el nombre del autor, me prometo buscarlo y lo hago, pero está agotado. A los pocos días también olvidé esa escena.
Hasta que di con el recorte de hace años.
Llegan los animales del silencio, pero debajo de tu piel
arde la amapola amarilla (...)
escribe Antonio Gamoneda
Intentarlo.
Una pequeña luna amarilla parece estar al final de la carretera, vacía a estas horas de la noche. Viajas (y yo también) despacio, porque es imposible viajar rápido. Hay música en el coche, una música que hace existir de otra manera la noche. Imagino los árboles oscuros que nos cruzamos, aunque apenas se ven.
Miras hacia fuera (yo también). Luego hacia el frente. Y ahí vamos, hasta la luna del final. Oscilando entre nuestro movimiento cíclico y nuestro movimiento impresivible. Esa es la diferencia entre el ritmo del corazón y una conversación.
Y reviso papeles de hace bastantes años. Encuentro un recorte de prensa con la referencia a un libro: El primer trato de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm. No llegué a leerlo ni a hacerme con él.
Once años después de aquel recorte, hace unos meses, en la radio del coche hablan de este libro y para mi es la primera noticia sobre él. Lo había olvidado por completo. En realidad le dedican un programa en el que intercalan fragmentos del texto con una selección de música especialmente cuidada. Anoto el título y el nombre del autor, me prometo buscarlo y lo hago, pero está agotado. A los pocos días también olvidé esa escena.
Hasta que di con el recorte de hace años.
Llegan los animales del silencio, pero debajo de tu piel
arde la amapola amarilla (...)
escribe Antonio Gamoneda
Intentarlo.
Una pequeña luna amarilla parece estar al final de la carretera, vacía a estas horas de la noche. Viajas (y yo también) despacio, porque es imposible viajar rápido. Hay música en el coche, una música que hace existir de otra manera la noche. Imagino los árboles oscuros que nos cruzamos, aunque apenas se ven.
Miras hacia fuera (yo también). Luego hacia el frente. Y ahí vamos, hasta la luna del final. Oscilando entre nuestro movimiento cíclico y nuestro movimiento impresivible. Esa es la diferencia entre el ritmo del corazón y una conversación.
8 de agosto de 2012
Hemavati y el miedo
Hasta hace muy poco era costumbre en China que los alfareros mandaran inscribir en el barro con que fabricaban sus vasijas palabras que tenían que ver con sus creencias y devociones. Era una escritura inaccesible, pues cuando la vasija estaba terminada el mensaje quedaba recluido en su fondo, sin que la luz o la mirada de hombre pudiera llegar a descifrarlo. Una escritura que no sería leída jamás, pero que todos sabían allí, haciendo de ese objeto no sólo un utensilio, sino un lugar de recogimiento y devoción. Un lugar de encuentro con el misterio del mundo.
Encuentro este texto de Gustavo Martín Garzo.
Escuchar una pieza infinita. Igual que parece serlo la respiración. Respirar al ritmo de algo que no tiene fin, cuando los sonidos sirven para ajustar la piel al aire que entra y sale con tanta suavidad como violencia. La Raga Hemavati interpretada por Subramaniam al violín, K. Shekar al Tavil y Veena Natarajan al Tampura es algo que impulsa a entender como funciona el aire en todo su recorrido.
Tres voces que mezclan lo que parecen pasajes fijos con un diálogo impredecible, tras lo cual todo vuelve a comenzar y luego todo llega a su fin en un bucle sin el cual no existiria la vida.
De pronto pienso que existir en el interior de una pieza infinita, sea esta cual sea, es el antídoto contra el único veneno capaz de paralizarnos: el miedo.
Encuentro este texto de Gustavo Martín Garzo.
Escuchar una pieza infinita. Igual que parece serlo la respiración. Respirar al ritmo de algo que no tiene fin, cuando los sonidos sirven para ajustar la piel al aire que entra y sale con tanta suavidad como violencia. La Raga Hemavati interpretada por Subramaniam al violín, K. Shekar al Tavil y Veena Natarajan al Tampura es algo que impulsa a entender como funciona el aire en todo su recorrido.
Tres voces que mezclan lo que parecen pasajes fijos con un diálogo impredecible, tras lo cual todo vuelve a comenzar y luego todo llega a su fin en un bucle sin el cual no existiria la vida.
De pronto pienso que existir en el interior de una pieza infinita, sea esta cual sea, es el antídoto contra el único veneno capaz de paralizarnos: el miedo.
7 de agosto de 2012
Misterioso, no secreto
No sabría que decirle a esa voz si la escuchara ahora.
Cada día.
En cada jornada debería haber un espacio para quedarse con las voces que ya no están, incluida la de uno mismo (los días que desaparece). Quedarse a solas tal vez es abrirles un canal para que lo atraviesen a uno: una pequeña ruta navegable que no sale hasta el mar sino hasta el interior de la oscuridad. Pero sin miedo. Y sería maravilloso pensar que sin mentira.
Hablo con un buen amigo sobre la mentira. Cruzamos algunas ideas, algunas experiencias también. La noche pasada leí a Gustavo Martín Garzo:
La felicidad de las mentiras
Inquieta: "Allí, dentro de la mentira, estaba segura de que sería feliz, como lo eran los gusanitos que vivían en los frutos"
Un trabajo bonito: ayudar a un árbol cargado de fruta a sujetar su cosecha intentando evitar que no se rompan sus ramas llenas de ciruelas oscuras y pesadas. Ese árbol nunca ha dado fruta, vivía casi olvidado de todos (es literal), pero este año todo ha cambiado: estaba casi en estado salvaje y ahora está lleno de ciruelas.
Para poder encontrar la ruta navegable de hoy he necesito escuchar completa la sinfonía número 3, Op. 36 de Gorecki. Fueron necesarios todos sus movimientos para deshacer algo que impedía acceder a la noche, ahora que ya no hay luz.
Hablan los manantiales en la noche, hablan en los imanes del silencio
Siento la suavidad de las palabras olvidadas
escribe Antonio Gamoneda. Y un poco más atrás, o más adelante
Es la impureza y la piedad, el alimento de los cuerpos
abandonados por la esperanza
Agradezco la voz de Gorecki (no es la primera vez) para saber algo sobre el alimento más imprescindible, callado y misterioso que conozco.
Misterioso, no secreto.
Cada día.
En cada jornada debería haber un espacio para quedarse con las voces que ya no están, incluida la de uno mismo (los días que desaparece). Quedarse a solas tal vez es abrirles un canal para que lo atraviesen a uno: una pequeña ruta navegable que no sale hasta el mar sino hasta el interior de la oscuridad. Pero sin miedo. Y sería maravilloso pensar que sin mentira.
Hablo con un buen amigo sobre la mentira. Cruzamos algunas ideas, algunas experiencias también. La noche pasada leí a Gustavo Martín Garzo:
La felicidad de las mentiras
Inquieta: "Allí, dentro de la mentira, estaba segura de que sería feliz, como lo eran los gusanitos que vivían en los frutos"
Un trabajo bonito: ayudar a un árbol cargado de fruta a sujetar su cosecha intentando evitar que no se rompan sus ramas llenas de ciruelas oscuras y pesadas. Ese árbol nunca ha dado fruta, vivía casi olvidado de todos (es literal), pero este año todo ha cambiado: estaba casi en estado salvaje y ahora está lleno de ciruelas.
Para poder encontrar la ruta navegable de hoy he necesito escuchar completa la sinfonía número 3, Op. 36 de Gorecki. Fueron necesarios todos sus movimientos para deshacer algo que impedía acceder a la noche, ahora que ya no hay luz.
Hablan los manantiales en la noche, hablan en los imanes del silencio
Siento la suavidad de las palabras olvidadas
escribe Antonio Gamoneda. Y un poco más atrás, o más adelante
Es la impureza y la piedad, el alimento de los cuerpos
abandonados por la esperanza
Agradezco la voz de Gorecki (no es la primera vez) para saber algo sobre el alimento más imprescindible, callado y misterioso que conozco.
Misterioso, no secreto.
1 de agosto de 2012
Hoy y siempre
Seguir no siempre es ir hacia delante.
Se parece más a viajar sobre un fluido que avanza y retrocede al mismo tiempo, mejor dicho, que se mueve sin tener consciencia de si es hacia delante o detrás porque esos conceptos que no le pertenecen.
Por una serie de casualidades cuyo origen fue un problema técnico, estos días reorganizo correos electrónicos de los últimos años. Son miles y voy pasando a través de ellos como si recorriera imágenes de una vida que al mismo tiempo es y no es pasada. Una sensación algo extraña.
A veces me gusta leer los títulos porque pienso que saltando de uno a otro se podría construir un precioso poema.
Hace poco me crucé con uno que decía: Hoy y siempre (y era un error, claro), Nieve y más nieve, Un sueño ligero, Todo en orden y el elefante, Me debes una, Cuarto oscuro, Desde Atacama, Poemas y plantas carnívoras...
A veces me atrevo a abrir alguno de hace bastantes años y de pronto algo de la historia parece tener algún sentido (puede que otro error, no lo sé). De vez en cuando borro algunos, muy pocos.
Miro estos correos y se me parecen a una bandada de aves migratorias volando en forma de flecha, intercambiándose quien va a la cabeza, transformándose de una manera eficaz y misteriosa. A algo así hoy se le llamaría un fractal. Si es así, hasta puede que las cartas sean fractales.
Las piedras creo que también lo son.
Se parece más a viajar sobre un fluido que avanza y retrocede al mismo tiempo, mejor dicho, que se mueve sin tener consciencia de si es hacia delante o detrás porque esos conceptos que no le pertenecen.
Por una serie de casualidades cuyo origen fue un problema técnico, estos días reorganizo correos electrónicos de los últimos años. Son miles y voy pasando a través de ellos como si recorriera imágenes de una vida que al mismo tiempo es y no es pasada. Una sensación algo extraña.
A veces me gusta leer los títulos porque pienso que saltando de uno a otro se podría construir un precioso poema.
Hace poco me crucé con uno que decía: Hoy y siempre (y era un error, claro), Nieve y más nieve, Un sueño ligero, Todo en orden y el elefante, Me debes una, Cuarto oscuro, Desde Atacama, Poemas y plantas carnívoras...
A veces me atrevo a abrir alguno de hace bastantes años y de pronto algo de la historia parece tener algún sentido (puede que otro error, no lo sé). De vez en cuando borro algunos, muy pocos.
Miro estos correos y se me parecen a una bandada de aves migratorias volando en forma de flecha, intercambiándose quien va a la cabeza, transformándose de una manera eficaz y misteriosa. A algo así hoy se le llamaría un fractal. Si es así, hasta puede que las cartas sean fractales.
Las piedras creo que también lo son.
31 de julio de 2012
Algún día
Abro el libro y leo:
En los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la imposibilidad de transgedirla: "No matarás a las nubes". Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: "Las leyes y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible".
Abro el paquete y leo su trayectoria:
Un día, una noche, escribí su nombre en una página y le dí al Ok. Quería tener cerca un ejemplar del libro de Rafael Pérez Estrada del que procede este fragmento. A la mañana siguiente ese ejemplar estaba en Milano, en Italia. Y solo unas horas después en Koeln, Alemania (creo que allí durmió). Al día siguiente, mientras desayunaba recordando ese Ok., el ejemplar voló hasta Maia, en Portugal. Y durante ese mismo día viajó hasta esta casa. Una pequeña etiqueta dice: entregado.
Aquí está.
Aquí y en más sitios.
Una vez leí en un libro de Peter Matthiessen que los dos grandes pecados (creo que en algún lugar de Asia) son asustar a los niños y arrancar flores silvestres. No matarás a las nubes podría ser el tercero.
Mientras lo pienso, una pequeña flauta intenta dibujar la música del agua. Supe de ella por las películas de Akira Kurosawa y busqué y anoté quien componía con tanta precisión para un sonido tan aéreo y por momentos imperceptible como un batir de pequeñas alas: era Toru Takemitsu.
No asustar a los niños, no arrancar flores silvestres, no matar a las nubes, no alejarse del agua. Aunque faltan algunos, creo que tiene mucho sentido empezar por estos mandamientos.
El primero: no asustar al niño que cuida de cada uno de nosotros, no asustarlo jamás.
En los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la imposibilidad de transgedirla: "No matarás a las nubes". Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: "Las leyes y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible".
Abro el paquete y leo su trayectoria:
Un día, una noche, escribí su nombre en una página y le dí al Ok. Quería tener cerca un ejemplar del libro de Rafael Pérez Estrada del que procede este fragmento. A la mañana siguiente ese ejemplar estaba en Milano, en Italia. Y solo unas horas después en Koeln, Alemania (creo que allí durmió). Al día siguiente, mientras desayunaba recordando ese Ok., el ejemplar voló hasta Maia, en Portugal. Y durante ese mismo día viajó hasta esta casa. Una pequeña etiqueta dice: entregado.
Aquí está.
Aquí y en más sitios.
Una vez leí en un libro de Peter Matthiessen que los dos grandes pecados (creo que en algún lugar de Asia) son asustar a los niños y arrancar flores silvestres. No matarás a las nubes podría ser el tercero.
Mientras lo pienso, una pequeña flauta intenta dibujar la música del agua. Supe de ella por las películas de Akira Kurosawa y busqué y anoté quien componía con tanta precisión para un sonido tan aéreo y por momentos imperceptible como un batir de pequeñas alas: era Toru Takemitsu.
No asustar a los niños, no arrancar flores silvestres, no matar a las nubes, no alejarse del agua. Aunque faltan algunos, creo que tiene mucho sentido empezar por estos mandamientos.
El primero: no asustar al niño que cuida de cada uno de nosotros, no asustarlo jamás.
30 de julio de 2012
Material preparatorio
Un hombre graba un despertador detenido en las siete y veintidós. La película dura varios minutos. Caminamos frente a ese reloj, vamos y venimos. Todo parpadea en la pequeña proyección sobre la pared: la estructura de la imagen, las rayaduras del celuloide, la vibración del proyector con una diminuta luz cálida que ilumina miles de fotogramas exactamente iguales.
El hombre precisa un silencio cálido, y se le da un tumulto glacial, escribe Simone Weil.
La película parece un koan: no hay solución racional (aunque existan interpretaciones artísticas más o menos contextualizadas). Son imágenes que hacen explotar en mil pedazos una idea, muchas ideas, tras lo cual dejan el espacio vacío (y limpio) sufiente para que cada uno reconstruya desde su lugar las piezas que sepa identificar.
Un silencio cálido puede ser el tiempo. Otro puede ser la libertad (sin contemplaciones). El tiempo exige de la libertad para existir (y no tiene nada que ver con los relojes).
Frente a una película de James Coleman nunca se pueden cerrar los ojos, porque desaparecemos. Dejamos de existir durante unos segundos y al no percibir la ausencia, la transformación, nos embrutecemos y hasta es posible que algo vil aflore a la superficie más racional. Y porque eso ocurre, existen los koan (o eso me gusta pensar): para romper la escucha de mala calidad o la no escucha. No conozco su ortodoxia pero sí su eficacia.
No, no cierres los ojos nunca parecen decir. Si lo haces todo el material preparatorio, todo lo que has trabajado para llegar aquí se podría perder. Y sería algo grave. No es fácil esto de mantener la mirada sobre un reloj que está detenido mientras toda la imagen avanza, se mueve, gira.
Sí, cierra los ojos y escucha parecen querer decir otras veces: si mantienes y cuidas la atención entonces podrás sentir la incoherencia y la imperfección como algo ajeno al tumulto glacial. Con los ojos cerrados tal vez se pueda sentir la perfección de lo incompleto.
Luego, en otra película, el sonido de la conversación entre dos personas se interrrumpió por un problema técnico. Pese a ello se podía continuar el diálogo.
El hombre precisa un silencio cálido, y se le da un tumulto glacial, escribe Simone Weil.
La película parece un koan: no hay solución racional (aunque existan interpretaciones artísticas más o menos contextualizadas). Son imágenes que hacen explotar en mil pedazos una idea, muchas ideas, tras lo cual dejan el espacio vacío (y limpio) sufiente para que cada uno reconstruya desde su lugar las piezas que sepa identificar.
Un silencio cálido puede ser el tiempo. Otro puede ser la libertad (sin contemplaciones). El tiempo exige de la libertad para existir (y no tiene nada que ver con los relojes).
Frente a una película de James Coleman nunca se pueden cerrar los ojos, porque desaparecemos. Dejamos de existir durante unos segundos y al no percibir la ausencia, la transformación, nos embrutecemos y hasta es posible que algo vil aflore a la superficie más racional. Y porque eso ocurre, existen los koan (o eso me gusta pensar): para romper la escucha de mala calidad o la no escucha. No conozco su ortodoxia pero sí su eficacia.
No, no cierres los ojos nunca parecen decir. Si lo haces todo el material preparatorio, todo lo que has trabajado para llegar aquí se podría perder. Y sería algo grave. No es fácil esto de mantener la mirada sobre un reloj que está detenido mientras toda la imagen avanza, se mueve, gira.
Sí, cierra los ojos y escucha parecen querer decir otras veces: si mantienes y cuidas la atención entonces podrás sentir la incoherencia y la imperfección como algo ajeno al tumulto glacial. Con los ojos cerrados tal vez se pueda sentir la perfección de lo incompleto.
Luego, en otra película, el sonido de la conversación entre dos personas se interrrumpió por un problema técnico. Pese a ello se podía continuar el diálogo.
25 de julio de 2012
No siempre en red
Un tren que atraviesa un bosque con árboles que no conozco, bordea un lago interior que parece un mar.
Fuera debe hacer frío, las ventanillas están sucias, el agua brilla con un gris que a veces es blanco. Los árboles, finos y altos, parecen crecer hacia arriba y hacia las profundidades del agua. De vez en cuando comienza a llover y las gotas, como arañas, suben y bajan por el cristal. La vía casi está pegada a la orilla.
Hay ruidos pero es más fuerte el silencio.
Estoy empezando a conocer a Zygmunt Bauman: La lógica de las categorías no se adecua bien a la diversidad y el desorden de las interacciones humanas.
Ahora, en esta zona del mundo es época de tormentas. Y por momentos el agua cae con furia sobre los restos de nieve. Todo es más gris que en otros veranos y en medio de ese cielo los rayos de la tormenta eléctrica. A una cierta distancia de la vía se intuyen pueblos no muy grandes y una extensa red de caminos de tierra.
Bauman habla en algún momento del cambio que supone entender el mundo como algo que está en red:
Las redes solo son imaginables si ambas actividades no están habilitadas al mismo tiempo. En una red, conectarse y desconectarse son elecciones igualmente legítimas, gozan del mismo estatus y de igual importancia. ¡No tiene sentido preguntarse cuál de las dos actividades complementarias constituye "la esencia" de una red! "Red" sugiere momentos de "estar en contacto" intercalados con períodos de libre merodeo. En una red, las conexiones se establecen a demanda, y pueden cortarse a voluntad.
Para él esto es lo opuesto a modelos anteriores como las "relaciones", el "parentesco" o la "pareja".
En mitad del verano cruzar los restos del invierno. Y ver pasar algún cartel con palabras desconocidas y difíciles de pronunciar. Hace horas que no sé en que punto del paisaje estamos ni cuanto falta para llegar a la siguiente estación ni si aparecerán los límites de este lago. Viajar unido a esta máquina poderosa y sucia me parece más propio de una relación que de estar en red.
Otra vez el agua, ahora a ambos lados de la vía. Viajamos por un canal estrecho con una seguridad asombrosa. La confianza en los pasadizos del viaje.
Fuera debe hacer frío, las ventanillas están sucias, el agua brilla con un gris que a veces es blanco. Los árboles, finos y altos, parecen crecer hacia arriba y hacia las profundidades del agua. De vez en cuando comienza a llover y las gotas, como arañas, suben y bajan por el cristal. La vía casi está pegada a la orilla.
Hay ruidos pero es más fuerte el silencio.
Estoy empezando a conocer a Zygmunt Bauman: La lógica de las categorías no se adecua bien a la diversidad y el desorden de las interacciones humanas.
Ahora, en esta zona del mundo es época de tormentas. Y por momentos el agua cae con furia sobre los restos de nieve. Todo es más gris que en otros veranos y en medio de ese cielo los rayos de la tormenta eléctrica. A una cierta distancia de la vía se intuyen pueblos no muy grandes y una extensa red de caminos de tierra.
Bauman habla en algún momento del cambio que supone entender el mundo como algo que está en red:
Las redes solo son imaginables si ambas actividades no están habilitadas al mismo tiempo. En una red, conectarse y desconectarse son elecciones igualmente legítimas, gozan del mismo estatus y de igual importancia. ¡No tiene sentido preguntarse cuál de las dos actividades complementarias constituye "la esencia" de una red! "Red" sugiere momentos de "estar en contacto" intercalados con períodos de libre merodeo. En una red, las conexiones se establecen a demanda, y pueden cortarse a voluntad.
Para él esto es lo opuesto a modelos anteriores como las "relaciones", el "parentesco" o la "pareja".
En mitad del verano cruzar los restos del invierno. Y ver pasar algún cartel con palabras desconocidas y difíciles de pronunciar. Hace horas que no sé en que punto del paisaje estamos ni cuanto falta para llegar a la siguiente estación ni si aparecerán los límites de este lago. Viajar unido a esta máquina poderosa y sucia me parece más propio de una relación que de estar en red.
Otra vez el agua, ahora a ambos lados de la vía. Viajamos por un canal estrecho con una seguridad asombrosa. La confianza en los pasadizos del viaje.
19 de julio de 2012
17 de julio de 2012
La higuera
Lo mejor del día es el olor de la higuera por la noche.
Me gusta su olor, dulce y verdoso. Cuando hoy lo sentí pensé que lo propio de los recuerdos es convivir con el olvido y el cambio. Transformaciones gigantescas sobre la cabeza de un alfiler. Un alfiler transformado en el ojo de un insecto. Un ojo constante que todo lo recuerda mientras nada permanece en su sitio.
El alfiler de la higuera me hizo olvidar durante unos segundos el imán de un pájaro cerca de un árbol desnudo. Los pájaros. Y también el olor del té recién abierto, con la menta comenzando a flotar. El olor del papel escrito, la tinta verde. El color de una caja sobre esta mesa.
Detrás de la higuera está lo que queda de hoy. Un niño que quiere ser Deep Purple mientras sus padres preparan café. Y un mensajero vestido de azul que trae un paquete de color verde. Y una cartera que cubrió ausente y se sorprendió cuando alguien respondió a su llamada (nadie está ausente, eso ya debería saberlo).
Salimos a la noche y entonces viene el olor de las grandes hojas de la higuera. Teníamos una detrás de la casa (siempre hay una detrás de las casas). Y alguna noche miraba sus hojas a través de la ventana iluminada: parecían pequeñas manos que querían alcanzar el cristal.
Algo bueno del día es cuando la higuera va soltando su silencio y muchos otros cambios.
Me gusta su olor, dulce y verdoso. Cuando hoy lo sentí pensé que lo propio de los recuerdos es convivir con el olvido y el cambio. Transformaciones gigantescas sobre la cabeza de un alfiler. Un alfiler transformado en el ojo de un insecto. Un ojo constante que todo lo recuerda mientras nada permanece en su sitio.
El alfiler de la higuera me hizo olvidar durante unos segundos el imán de un pájaro cerca de un árbol desnudo. Los pájaros. Y también el olor del té recién abierto, con la menta comenzando a flotar. El olor del papel escrito, la tinta verde. El color de una caja sobre esta mesa.
Detrás de la higuera está lo que queda de hoy. Un niño que quiere ser Deep Purple mientras sus padres preparan café. Y un mensajero vestido de azul que trae un paquete de color verde. Y una cartera que cubrió ausente y se sorprendió cuando alguien respondió a su llamada (nadie está ausente, eso ya debería saberlo).
Salimos a la noche y entonces viene el olor de las grandes hojas de la higuera. Teníamos una detrás de la casa (siempre hay una detrás de las casas). Y alguna noche miraba sus hojas a través de la ventana iluminada: parecían pequeñas manos que querían alcanzar el cristal.
Algo bueno del día es cuando la higuera va soltando su silencio y muchos otros cambios.
12 de julio de 2012
Un amarillo poco frecuente
Tres escenas de algo que se parece al día de hoy.
La palabra terror.
Alguien dice en público: es necesario cuidar la soledad.
Un cocinero japonés cortando comida con un cuchillo que antes humedecía en un líquido transparente, y todo eso sobre una mesa grande y limpia de un amarillo poco frecuente.
(y la noche)
La palabra terror.
Alguien dice en público: es necesario cuidar la soledad.
Un cocinero japonés cortando comida con un cuchillo que antes humedecía en un líquido transparente, y todo eso sobre una mesa grande y limpia de un amarillo poco frecuente.
(y la noche)
10 de julio de 2012
Aprender un poema
Durante unos días vivo junto a un edificio que se llama Orinoco.
Y paseando por una ciudad, que solo reconozco a medias, me encontré con un gran cartel: Reforma integral del hogar. Solo quise verlo desde lejos, ni cambié de acera.
Llueve y apenas hay luces en las casas. En algún barco sí. Paseando por esta mezcla de celda y camarote, sin cartas de navegación, recordé las palabras de Gadamer: aprender todos los días un poema.
Y pienso en los días en que no hay poema para aprender. Y en la distorsión que supone pensar que esto pueda ser así.
Sin experiencia nacemos
Sin rutina moriremos
(memorizo estos dos versos de Szymborska)
Y paseando por una ciudad, que solo reconozco a medias, me encontré con un gran cartel: Reforma integral del hogar. Solo quise verlo desde lejos, ni cambié de acera.
Llueve y apenas hay luces en las casas. En algún barco sí. Paseando por esta mezcla de celda y camarote, sin cartas de navegación, recordé las palabras de Gadamer: aprender todos los días un poema.
Y pienso en los días en que no hay poema para aprender. Y en la distorsión que supone pensar que esto pueda ser así.
Sin experiencia nacemos
Sin rutina moriremos
(memorizo estos dos versos de Szymborska)
8 de julio de 2012
En el mundo de nada dos veces
Todo ha cambiado. Solo el ordenador recuerda la red.
Ahí fuera hay un mar con peces viajando en la oscuridad. Y una pequeña lengua de fuego en una chimenea y un puente sobre el agua señalado con pequeñas luces intermitentes (está bien que se apaguen y luego se enciendan). Y barcos.
Alguien ensayó con un violonchelo una pieza que no identifiqué. Y ahora parpadean unas luces verdes sobre el reflejo del agua. Una gran cúpula blanca brilla frente al cielo oscuro.
Ahí fuera está el mundo del Nada dos veces que describe Szymborska:
En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.
Leíste un poema, ese o algún otro. Me diste a leer un poema. Después vino la diferencia entre sueños y recuerdos: eso que sueñas por las noches no son sueños, ocurrió de verdad, pero tú has querido olvidarlo, dijiste. Y la memoria, ágil, limpiando las corrientes por donde fluye la corriente eléctrica de lo que está por venir.
Nada se parece a otras veces, ahora también parpadean las luces rojas. No parece haber segundas oportunidades, solo primeras. El mar a cada instante.
Ahí fuera hay un mar con peces viajando en la oscuridad. Y una pequeña lengua de fuego en una chimenea y un puente sobre el agua señalado con pequeñas luces intermitentes (está bien que se apaguen y luego se enciendan). Y barcos.
Alguien ensayó con un violonchelo una pieza que no identifiqué. Y ahora parpadean unas luces verdes sobre el reflejo del agua. Una gran cúpula blanca brilla frente al cielo oscuro.
Ahí fuera está el mundo del Nada dos veces que describe Szymborska:
En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.
Leíste un poema, ese o algún otro. Me diste a leer un poema. Después vino la diferencia entre sueños y recuerdos: eso que sueñas por las noches no son sueños, ocurrió de verdad, pero tú has querido olvidarlo, dijiste. Y la memoria, ágil, limpiando las corrientes por donde fluye la corriente eléctrica de lo que está por venir.
Nada se parece a otras veces, ahora también parpadean las luces rojas. No parece haber segundas oportunidades, solo primeras. El mar a cada instante.
7 de julio de 2012
Lo que está y no se deja ver
Esta noche
lo que está alojado en lo que existe
lo que es capaz de desplegarse a partir de casi nada porque estaba contenido en ese espacio mínimo
en el que se mantiene la confianza
aquello que da forma a la noche.
Apreciar la diferencia entre los grandes hechos y cada hora del día, a favor de lo cotidiano
Y esta noche mantener la capacidad de asombro
como la única comprobación de que el pulso late y de que las cosas básicas
están en su sitio: un lugar desconocido
Una voz escribiendo
lo que está alojado en lo que existe
lo que es capaz de desplegarse a partir de casi nada porque estaba contenido en ese espacio mínimo
en el que se mantiene la confianza
aquello que da forma a la noche.
Apreciar la diferencia entre los grandes hechos y cada hora del día, a favor de lo cotidiano
Y esta noche mantener la capacidad de asombro
como la única comprobación de que el pulso late y de que las cosas básicas
están en su sitio: un lugar desconocido
Una voz escribiendo
5 de julio de 2012
Estoy intentando perderme
Quise ver una imagen de Gidon Kremer. Porque hacía días que su música iba entrando en unos y otros espacios. Allí estaba, por ejemplo con una camiseta blanca y ensayando, una boca grande, poco pelo, unas gafas casi invisibles, difícil saber algo de él por esas fotos.
Por debajo de todo, o en la superficie del agua, corre algo semejante a la generosidad (no las entregas a cuenta que produce la pobreza). O no corre.
Y en esos giros del agua, como capas, corrientes más o menos submarinas aunque sea un torrente de montaña. La música de Astor Piazzola interpretada por Gidon Kremer se parece a ese burbujeo de capas vivas.
Hay un sonido de masa intensa, grande, que corre por debajo (casi un bajo continuo, aunque no tenga nada que ver con el clásico) sobre el que se escriben trazos apenas entrevistos. Olfateados tal vez.
Nunca antes me había sentido tan
en minoría
Fuera, frente a la ventana,
todo era superioridad
Primero trinaron un par de pájaros,
(escribe Peter Handke)
En Hommage a Piazzola hay una pieza titulada Celos que encierra esa minoría (tal vez frente a lo hostil, claro, porque ese título tenía que ser un tango). Escucharla se parece a una experiencia que se ralentiza y también se curva bajo el viento. O bajo la corriente de agua.
El cantar tiene sentido, el cantar tiene sentido, entendimiento y razón. Una canción que habla de lirios, de su perfume, del agua que fluye desde las fuentes o del hueco entre piedras donde nacen los ríos, hasta los más caudalosos, los que entran en el mar abriéndose en un gran delta con peces que parecen serpientes y que vienen a morir donde nacieron.
Miro un dibujo de alguien que pasa las horas cerca del agua, de las corrientes de agua. Observo a quien allí está y me sorprendo del tiempo que llevo atento a la escena. El dibujo es imperceptible pero parece moverse: las hojas de los árboles, la tona del agua, las piedras, los mosquitos y la tarde, todo se balancea de manera mínima e intensa, en tensión. Podría parecer también un tango, pero es un río. Al pie de esta escena me dijo: estoy intentando perderme.
Por debajo de todo, o en la superficie del agua, corre algo semejante a la generosidad (no las entregas a cuenta que produce la pobreza). O no corre.
Y en esos giros del agua, como capas, corrientes más o menos submarinas aunque sea un torrente de montaña. La música de Astor Piazzola interpretada por Gidon Kremer se parece a ese burbujeo de capas vivas.
Hay un sonido de masa intensa, grande, que corre por debajo (casi un bajo continuo, aunque no tenga nada que ver con el clásico) sobre el que se escriben trazos apenas entrevistos. Olfateados tal vez.
Nunca antes me había sentido tan
en minoría
Fuera, frente a la ventana,
todo era superioridad
Primero trinaron un par de pájaros,
(escribe Peter Handke)
En Hommage a Piazzola hay una pieza titulada Celos que encierra esa minoría (tal vez frente a lo hostil, claro, porque ese título tenía que ser un tango). Escucharla se parece a una experiencia que se ralentiza y también se curva bajo el viento. O bajo la corriente de agua.
El cantar tiene sentido, el cantar tiene sentido, entendimiento y razón. Una canción que habla de lirios, de su perfume, del agua que fluye desde las fuentes o del hueco entre piedras donde nacen los ríos, hasta los más caudalosos, los que entran en el mar abriéndose en un gran delta con peces que parecen serpientes y que vienen a morir donde nacieron.
Miro un dibujo de alguien que pasa las horas cerca del agua, de las corrientes de agua. Observo a quien allí está y me sorprendo del tiempo que llevo atento a la escena. El dibujo es imperceptible pero parece moverse: las hojas de los árboles, la tona del agua, las piedras, los mosquitos y la tarde, todo se balancea de manera mínima e intensa, en tensión. Podría parecer también un tango, pero es un río. Al pie de esta escena me dijo: estoy intentando perderme.
28 de junio de 2012
Lavanda
Tuve que ir a pie por un lugar donde casi a diario paso en coche.
Y fue la única manera de saber que allí crecía lavanda en grandes matas. Al principio noté su olor. Las busqué y allí estaban, algo sucias porque el borde de una carretera transitada lo ensucia todo. Pero seguían creciendo y habían florecido.
Horas después, enciendo la radio del coche para un pequeño viaje de vuelta a casa, y escucho:
Quise contar una historia y la historia me contó a mi.
Hace mucho que anoté una frase de Víctor Erice: Ver es dejarse ver.
Pocas cosas hay que evidencien tanto nuestra fragilidad y dependencia.
Todos los que somos habitan en nuestra mirada: mestiza, siempre sucia por ser el borde de una carretera. Y en medio de la mirada, olor a lavanda limpísima (tal vez porque nos hemos dejado ver)
Y fue la única manera de saber que allí crecía lavanda en grandes matas. Al principio noté su olor. Las busqué y allí estaban, algo sucias porque el borde de una carretera transitada lo ensucia todo. Pero seguían creciendo y habían florecido.
Horas después, enciendo la radio del coche para un pequeño viaje de vuelta a casa, y escucho:
Quise contar una historia y la historia me contó a mi.
Hace mucho que anoté una frase de Víctor Erice: Ver es dejarse ver.
Pocas cosas hay que evidencien tanto nuestra fragilidad y dependencia.
Todos los que somos habitan en nuestra mirada: mestiza, siempre sucia por ser el borde de una carretera. Y en medio de la mirada, olor a lavanda limpísima (tal vez porque nos hemos dejado ver)
27 de junio de 2012
Carta
Aquí, en un día de muchísimo calor, en este año
Quería escribirte sobre algunas cosas que siempre están pendientes:
la cercanía y la distancia, el sonido de lo que se quiere, la memoria, lo que se cuida, lo que permanece, también lo que se va.
Ayer decidí al fin escribir esta carta porque en dos versos de Peter Handke encontré casi todo lo que quería decirte:
Lo que TODAVÍA soy:
Soy todavía uno de los presentes.
Así que aún estoy aquí, aunque no me veas (ni yo a ti).
Hay un tipo de araña que vive bajo el agua, sumergida. De una manera laboriosa, lenta, teje una burbuja de aire que asciende a la superficie: una esfera de aire construida de manera trabajosa. Me gusta pensar que un hilo de seda hace de cordón umbilical y le permite respirar en un medio que no es el suyo.
Escribir cartas no parece muy diferente de eso.
Soy todavía uno de los presentes. Y el árbol que podé en diciembre (días negros y helados) ha dado fruta en Junio. Es un cerezo, luego te envío una foto. Es un árbol alto y esbelto, elegante y da unas cerezas pequeñas con muy buen sabor. El sabor de las cerezas, ¿recuerdas?
Un hombre busca quien le ayude a terminar ya, a irse. En los alrededores polvorientos de una gran ciudad. Hasta que encuentra alguien que le habla del sabor de las cerezas.
Así que subí a una escalera muy ligera y fui arrancando cada pequeño racimo de esa fruta roja. No es fácil coger cerezas sin dañar el árbol. Y donde no llegaba con el brazo me ayudé de una vara larga para inclinar la rama (pola se dice en gallego) y traerla hacia mi.
Me volví a sorprender de lo flexible que es un árbol. Un cerezo es nuestro junco japonés: curvándose sin romperse.
Los mirlos son unos grandes comedores de cerezas, les encantan. Así que muchas veces mis dedos tocaban donde ellos ya habían estado. A veces hasta la fruta mantenía su jugo, acababan de pasar. Pájaros y personas disputándose el fruto.
Hace años mi padre me trajo madera de cerezo: quería que hiciera algo con ella. Y lo hice. Tal vez un día puedas verlo. La madera de cerezo es cálida, anaranjada, buena. Da gusto tocarla.
Una tarde, río arriba, te pasaste varias horas hablándome de como las hormigas corrían por tu mano y por el tronco de los árboles. Les ponías puentes y ellas cruzaban, cargadas, de un lugar a otro. Son trabajadoras, gregarias, diminutas y muy poderosas. Luego dibujaste un hormiguero que aún tengo en mi mesa (imagino que debajo hay infinitas galerías y todo un sistema paralelo al nuestro).
Solo con escuchar, se cuida. Y si se mira a las hormigas uno aprende a perderse. Que es ganarse. Pocas cosas hay más relativas que la cercanía y la distancia, a no ser que uno caiga en burdos engaños kilométricos: una cinta métrica no lo mide todo.
Y el sonido de lo que se quiere es el silencio. Cerca.
Y los olores, el tacto, no son muy diferentes de las vibraciones sonoras.
Y la memoria solo existe cuando viaja hacia delante y hacia atrás con igual velocidad (y necesidad).
Es posible que te gusten esos versos de Handke. Están en un poema que se titula:
Lo que no soy, no tengo, no quiero, no me gustaría. Y lo que me gustaría, lo que tengo y lo que soy.
El subtítulo es biografía de una oración.
Coger cerezas es una oración. Escuchar es una oración. Callar también lo es. Nada que ver con las religiones.
No sé donde estarás, ni si estarás. No sé nada. Por eso existen las oraciones de los no creyentes. Para eso dan fruta por ejemplo los cerezos. Y para eso los mirlos han desarrollado una maestria al comer la fruta. Existen tal vez sin razón ninguna.
Y todavía es emocionante ver que no hay razón ninguna ni posibilidad de entender nada.
Por eso alguien puede decir que soy todavía uno de los presentes.
(no hay despedida, sí una firma)
25 de junio de 2012
Una nota pegada en la nevera
Había oido la historia, siempre contada de una manera más o menos parecida: algo de la poesía moderna surgió cuando William Carlos Williams consideró como poema una breve nota dejada a su esposa acerca de las ciruelas que se había comido por la mañana. Era una nota de esas que se dejan encima de la cocina, o pegada a la nevera. Esta tarde de pronto lo recordé.
Y fuí a ver mi nevera. Pegada en su puerta una nota manuscrita: y mis besos. Más una inicial (ningún nombre completo, solo una letra). Escrito en un gran papel blanco. Y junto a eso una etiqueta de un queso de cabra que quería volver a comprar y una pegatina que dice Nunca Mais.
Si pienso en pequeñas notas sobre ciruelas, besos y nunca máis, siento cerca los poemas de Bernardo Atxaga. Abro al azar Nueva etiopía y encuentro Hi hintzena, Lo que tú eras. Atxaga es el que escribió esa preciosa nota para dejar sobre la mesa de la cocina, sobre la de la cena, sobre la cama, sobre cualquier lugar:
Necesito un largo día finlandés;
tan largo
como cuarenta días corrientes.
Quiero un día finlandés
para seguir hablando contigo.
Siempre tengo la sensación de que Atxaga sabe de qué van las cosas. Habla de los exploradores y de los viajeros que se adentran en lo desconocido:
Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza,
sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas
y ondulados Campos donde el vino ya se presiente.
A veces pienso que se está haciendo tarde para salir a caminar. A veces no.
Pero habrá que decidirlo pronto, mientras quede la luz del día, o la de la noche, todavía más luminosa. Y observar con la atención que solo la falta de metáforas permite. Por eso antes de nada estaría bien salir ahí fuera y romper sus vínculos, desajustarlas en lo más íntimo hasta hacerlas inservibles. Y si no hay metáforas solo queda aquello que podemos apreciar, una escucha sin jerarquías. Y entonces lo poético puede que tome otro rumbo, uno más propio en el que no se envían rutas ni trazados hacia otros lugares.
Así que esta noche voy a intentar escuchar con toda la precisión que pueda lo que dicen los tres poemas de la nevera. Lo que dicen y a qué saben.
Y fuí a ver mi nevera. Pegada en su puerta una nota manuscrita: y mis besos. Más una inicial (ningún nombre completo, solo una letra). Escrito en un gran papel blanco. Y junto a eso una etiqueta de un queso de cabra que quería volver a comprar y una pegatina que dice Nunca Mais.
Si pienso en pequeñas notas sobre ciruelas, besos y nunca máis, siento cerca los poemas de Bernardo Atxaga. Abro al azar Nueva etiopía y encuentro Hi hintzena, Lo que tú eras. Atxaga es el que escribió esa preciosa nota para dejar sobre la mesa de la cocina, sobre la de la cena, sobre la cama, sobre cualquier lugar:
Necesito un largo día finlandés;
tan largo
como cuarenta días corrientes.
Quiero un día finlandés
para seguir hablando contigo.
Siempre tengo la sensación de que Atxaga sabe de qué van las cosas. Habla de los exploradores y de los viajeros que se adentran en lo desconocido:
Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza,
sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas
y ondulados Campos donde el vino ya se presiente.
A veces pienso que se está haciendo tarde para salir a caminar. A veces no.
Pero habrá que decidirlo pronto, mientras quede la luz del día, o la de la noche, todavía más luminosa. Y observar con la atención que solo la falta de metáforas permite. Por eso antes de nada estaría bien salir ahí fuera y romper sus vínculos, desajustarlas en lo más íntimo hasta hacerlas inservibles. Y si no hay metáforas solo queda aquello que podemos apreciar, una escucha sin jerarquías. Y entonces lo poético puede que tome otro rumbo, uno más propio en el que no se envían rutas ni trazados hacia otros lugares.
Así que esta noche voy a intentar escuchar con toda la precisión que pueda lo que dicen los tres poemas de la nevera. Lo que dicen y a qué saben.
6 de junio de 2012
Una parte del mundo que es habitable
Tres encuentros.
El primero es una conversación de teléfono. Hablo con un niño de cinco años, nunca nos hemos visto, y de pronto él se para y me pregunta: ¿a qué no sabes cómo es mi cara?
El segundo es con una frase que me vino a la cabeza y la anoté hace días. Desde entonces me observa: Caminar a lomos de una ola inquieta, por momentos violenta.
El tercero es el final de un artículo de Muñoz Molina: palabras que nacen de una soledad y parece que llegan sin mediación a otra.
Y hay una cuarta certeza: por las noches vuelve el invierno (aunque en algunos ríos es posible que, cuando hay luz, ya vuelen las libélulas). Un buen amigo me dijo que todas las noches, como un monje en su códice, dibuja alas de libélulas e intenta que brillen con todo su color. Lo hace como una ofrenda a quien se enfrenta a la muerte. Es duro. Pero si alguien dibuja alas de libélula brillantes para ti, y solo para ti, está dibujando un mapa de la parte del mundo que es habitable.
El primero es una conversación de teléfono. Hablo con un niño de cinco años, nunca nos hemos visto, y de pronto él se para y me pregunta: ¿a qué no sabes cómo es mi cara?
El segundo es con una frase que me vino a la cabeza y la anoté hace días. Desde entonces me observa: Caminar a lomos de una ola inquieta, por momentos violenta.
El tercero es el final de un artículo de Muñoz Molina: palabras que nacen de una soledad y parece que llegan sin mediación a otra.
Y hay una cuarta certeza: por las noches vuelve el invierno (aunque en algunos ríos es posible que, cuando hay luz, ya vuelen las libélulas). Un buen amigo me dijo que todas las noches, como un monje en su códice, dibuja alas de libélulas e intenta que brillen con todo su color. Lo hace como una ofrenda a quien se enfrenta a la muerte. Es duro. Pero si alguien dibuja alas de libélula brillantes para ti, y solo para ti, está dibujando un mapa de la parte del mundo que es habitable.
28 de mayo de 2012
Temblor
El viento
mientras las libélulas vuelan en círculo alrededor de los pies desnudos
Sin poder hacer nada, solo soñar con ese viento
Las virtudes del pájaro solitario
(uno de los mejores títulos que conozco, de Juan Goytisolo)
Atraidos por la noche, tal vez por la luna
en la época en que el fruto hunde sus pequeñas manos en la tierra
Y todo tiembla
mientras las libélulas vuelan en círculo alrededor de los pies desnudos
Sin poder hacer nada, solo soñar con ese viento
Las virtudes del pájaro solitario
(uno de los mejores títulos que conozco, de Juan Goytisolo)
Atraidos por la noche, tal vez por la luna
en la época en que el fruto hunde sus pequeñas manos en la tierra
Y todo tiembla
27 de mayo de 2012
La piedra 609
Cerré los ojos.
Entonces te pude ver
A media mañana hacía fresco y algo de sol. Viajaba, me apetecía conducir y la autovía estaba casi vacía.
No sé como fue pero casi de repente encontré delante de mi una gran piedra que viajaba sobre el remolque de un camión, una piedra seguro que de varias toneladas. Reduje la velocidad y me puse tras ella, quería observarla con calma.
Era un gran bloque de granito con las huellas circulares de las perforadoras. Un cuadrado casi perfecto que llevaba inscrito con pintura roja: nº 609. Aquella era la piedra número seiscientos nueve, camino de no se sabe donde y procedente de alguna montaña.
Hace años hice un trabajo sobre esas grandes piedras. Y vi como inyectaban calor hasta el final de un minúsculo túnel que se internaba en las paredes de la cantera. Calor y frío hasta que algo allí dentro se rompía.
Así que decidí viajar todo el tiempo que pudiera tras la piedra 609.
Hace unos días releí en mi libreta la despedida de una persona que aprecio tras haber compartido una pequeña ruta: Buen viaje y buenos recuerdos
Y hace muy poco, uno o dos días, escuché las tres Lecciones de tinieblas de Couperin. Y ese mismo día encontré una persona desconocida que estaba viviendo la misma experiencia que alguien a quien quise mucho: una experiencia difícil aunque elegida con libertad. Y llevaban el mismo olor.
Entonces me di cuenta, mientras subía tras la 609 que la música había llegado al Macpherson's Lament interpretado por Jordi Savall. Fuego en el interior de la piedra, luego la presión del frío, más tarde otra vez fuego. Y la roca se desprende, se escucha un quejido sordo, parece un pequeño temblor, y con cierta suavidad se deja caer. Los hombres se apartan, alguno permanece encima del gran bloque, otros guardan las herramientas. Todo está preparado, todo ha terminado.
Apagué la música. Alguien me dijo: sin dramatismos.
Sin dramatismos. Todos los días nace y muere gente y todo sigue más o menos a buen ritmo. Vamos a los entierros, enterramos a quien sea, y luego nos tomamos un café para reconfortarnos, así que sin dramatismos: eso para la ópera.
Solo quería cerrar los ojos. Para poder ver.
Pero estaba conduciendo y como en una refinada tortura tuve que mantenerlos abiertos para seguir una ruta que podría parecer normal. Pero era anormal. Subir tras una gran piedra, luchando para que no ruede camino abajo siempre será una tarea perdida de antemano.
Ahora, después de un largo rodeo tras la piedra, regresé a un lugar que parece la casa. Y aquí busco algo parecido a la desaparición. Si lo consigo convertiré este lugar en mi casa. Escucho la Música callada de Mompou. El silencio, perderse en los silencios.
Entonces te pude ver
A media mañana hacía fresco y algo de sol. Viajaba, me apetecía conducir y la autovía estaba casi vacía.
No sé como fue pero casi de repente encontré delante de mi una gran piedra que viajaba sobre el remolque de un camión, una piedra seguro que de varias toneladas. Reduje la velocidad y me puse tras ella, quería observarla con calma.
Era un gran bloque de granito con las huellas circulares de las perforadoras. Un cuadrado casi perfecto que llevaba inscrito con pintura roja: nº 609. Aquella era la piedra número seiscientos nueve, camino de no se sabe donde y procedente de alguna montaña.
Hace años hice un trabajo sobre esas grandes piedras. Y vi como inyectaban calor hasta el final de un minúsculo túnel que se internaba en las paredes de la cantera. Calor y frío hasta que algo allí dentro se rompía.
Así que decidí viajar todo el tiempo que pudiera tras la piedra 609.
Hace unos días releí en mi libreta la despedida de una persona que aprecio tras haber compartido una pequeña ruta: Buen viaje y buenos recuerdos
Y hace muy poco, uno o dos días, escuché las tres Lecciones de tinieblas de Couperin. Y ese mismo día encontré una persona desconocida que estaba viviendo la misma experiencia que alguien a quien quise mucho: una experiencia difícil aunque elegida con libertad. Y llevaban el mismo olor.
Entonces me di cuenta, mientras subía tras la 609 que la música había llegado al Macpherson's Lament interpretado por Jordi Savall. Fuego en el interior de la piedra, luego la presión del frío, más tarde otra vez fuego. Y la roca se desprende, se escucha un quejido sordo, parece un pequeño temblor, y con cierta suavidad se deja caer. Los hombres se apartan, alguno permanece encima del gran bloque, otros guardan las herramientas. Todo está preparado, todo ha terminado.
Apagué la música. Alguien me dijo: sin dramatismos.
Sin dramatismos. Todos los días nace y muere gente y todo sigue más o menos a buen ritmo. Vamos a los entierros, enterramos a quien sea, y luego nos tomamos un café para reconfortarnos, así que sin dramatismos: eso para la ópera.
Solo quería cerrar los ojos. Para poder ver.
Pero estaba conduciendo y como en una refinada tortura tuve que mantenerlos abiertos para seguir una ruta que podría parecer normal. Pero era anormal. Subir tras una gran piedra, luchando para que no ruede camino abajo siempre será una tarea perdida de antemano.
Ahora, después de un largo rodeo tras la piedra, regresé a un lugar que parece la casa. Y aquí busco algo parecido a la desaparición. Si lo consigo convertiré este lugar en mi casa. Escucho la Música callada de Mompou. El silencio, perderse en los silencios.
22 de mayo de 2012
Guardaré tu voz
John Donne. John Dowland. Muchas noches. En mitad de la nada. El tañido de las cuerdas. Bajo el influjo de lo que parece no existir, avanzas.
El domingo 13 de mayo algo importante me trajo a la memoria el Gutte Nach de Schubert. Después gente amiga lo volvió a escuchar y el viernes 18 de mayo leí un precioso correo en el que se decía que Dietrich Fischer-Dieskau estaba sonando con fuerza en alguna casa, al través de la mañana. Ese mismo día, lo supe hoy, Dietrich Fischer-Dieskau murió.
Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve (escribe Tomas Tranströmer)
Tengo como una joya las tres colecciones de lieder de Shubert cantadas por el barítono alemán. Hoy escuché que no actuaba en público desde 1992 y que desde entonces se había dedicado sobre todo a estudiar precisamente la obra de Schubert. Tenía 87 años.
Tal vez el día deba terminar. ¿Cómo echar de menos a quien no se ha conocido pero de quien se han recibido tantas y tantas llamadas desde su voz?. Una voz pronunciando el paso del invierno hasta sus bosques más oscuros. Tenía un nombre bonito. Me gustaría saber pronunciarlo bien, con más ligereza.
Ahora, hasta John Dowland calla. Ya no se escucha el laúd, la guitarra antigua, una sola voz, sola, pronunciando frases que dibujan el mapa del día. Jornadas de las que se sabe poco, solo que existen. John Donne hace tiempo que ya no existe, aunque lo busque.
Guardaré tu voz.
Para que cuide esas canciones
Cuando partamos hacia la nieve
El domingo 13 de mayo algo importante me trajo a la memoria el Gutte Nach de Schubert. Después gente amiga lo volvió a escuchar y el viernes 18 de mayo leí un precioso correo en el que se decía que Dietrich Fischer-Dieskau estaba sonando con fuerza en alguna casa, al través de la mañana. Ese mismo día, lo supe hoy, Dietrich Fischer-Dieskau murió.
Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve (escribe Tomas Tranströmer)
Tengo como una joya las tres colecciones de lieder de Shubert cantadas por el barítono alemán. Hoy escuché que no actuaba en público desde 1992 y que desde entonces se había dedicado sobre todo a estudiar precisamente la obra de Schubert. Tenía 87 años.
Tal vez el día deba terminar. ¿Cómo echar de menos a quien no se ha conocido pero de quien se han recibido tantas y tantas llamadas desde su voz?. Una voz pronunciando el paso del invierno hasta sus bosques más oscuros. Tenía un nombre bonito. Me gustaría saber pronunciarlo bien, con más ligereza.
Ahora, hasta John Dowland calla. Ya no se escucha el laúd, la guitarra antigua, una sola voz, sola, pronunciando frases que dibujan el mapa del día. Jornadas de las que se sabe poco, solo que existen. John Donne hace tiempo que ya no existe, aunque lo busque.
Guardaré tu voz.
Para que cuide esas canciones
Cuando partamos hacia la nieve
14 de mayo de 2012
Insectos y pétalos
Cerca de un río
debajo de la piel.
En mitad de un lugar
que hay que dibujar para que exista
sin mapa ni utensilios, con riesgo
en un lugar desconocido.
En otro continente
ahora que delante de la pantalla zumban insectos y pétalos de plantas que parecen hacer una muda nocturna. Una selva que llega hasta la ventana.
Este calor es otro.
A veces se escuchan voces
canciones muy a lo lejos. Antes de dormir me dijiste que algunas noches soñabas con piedras negras.
debajo de la piel.
En mitad de un lugar
que hay que dibujar para que exista
sin mapa ni utensilios, con riesgo
en un lugar desconocido.
En otro continente
ahora que delante de la pantalla zumban insectos y pétalos de plantas que parecen hacer una muda nocturna. Una selva que llega hasta la ventana.
Este calor es otro.
A veces se escuchan voces
canciones muy a lo lejos. Antes de dormir me dijiste que algunas noches soñabas con piedras negras.
13 de mayo de 2012
Una música puede apagar el motor de un avión
Una música antes de subir a un avión.
Después, sobre el océano, los motores rugen de manera regular y monótona, todo va bien. Es un sonido frío y sordo que invade el oído. El motor hace su trabajo, viaja por la noche, incluso permite que se iluminen las diminutas luces rojas que pretenden señalar una posición.
Todo es de calidad: es fácil imaginarse una turbina hecha de las mejores aleaciones para sostenernos sobre el abismo del océano, a miles de pies del suelo y a muchos más de las profundidades. Sobre un abismo insondable nos lleva a todos.
Este avión se parece a muchos otros y aspira a comportarse como los que son igual que él. Las personas hemos hecho todo lo posible para que eso ocurra, alguien ha trabajado durante años para asegurarse que allí solo hable una máquina casi perfecta. Un ensamblaje de metal y fluidos. Fiable y predecible.
Y en esa nave de acero, una música.
Que también hace su trabajo. ¿Cuál?
Permitir que exista algo todavía más poderoso que la voz de las personas: la voz de la tierra, como la llama Eustaquio Barjau, un hombre sabio que además es el traductor de Peter Handke.
En este caso, la voz de la tierra permite oir la voz de la memoria. Y la memoria no tiene nada que ver (aunque suspiremos con eso) con un disco duro, ni con un motor de avión. Ni es fiable, ni es predecible, ni clasifica cronológicamente o por tamaño. La memoria almacena conexiones, no datos. Y no son conexiones con ese algo, sino con la relación que mantuvimos con ese algo. Lo entiende todo como un diálogo a dos (como mínimo) que define a cada momento a quienes participan en él. Hasta transformarlos.
Una música regalada para un viaje, escuchada mientras los motores no nos abandonan al abismo.
Y ahora, la misma música, el Winterreise de Schubert, ha establecido sus conexiones con la voz de la tierra, con la memoria. Cuando suena, el viaje vuelve a comenzar. Y su voz es tan fuerte que acalla el motor del avión, ¡es más poderosa que una turbina a reacción!. Esa pequeña canción, cantada por Dietrich Fischer-Dieskau tiene el poder de silenciar la voz del hombre, de hacer callar a un avión sobre un océano, de apagar su motor.
Por eso, una pequeña canción es responsable de que ahora nos precipitemos hacia las profundidades.
Tal vez todo suceda muy rápido y no quepa decir ni buena suerte.
En griego hubo antiguamente una palabra para "yo soy" que no era más que una O larga, y se podía encontrar, por ejemplo, en la frase: "mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo"
(lo escribió Peter Handke y lo tradujo Eustaquio Barjau)
Me gustó leerlo.
Después, sobre el océano, los motores rugen de manera regular y monótona, todo va bien. Es un sonido frío y sordo que invade el oído. El motor hace su trabajo, viaja por la noche, incluso permite que se iluminen las diminutas luces rojas que pretenden señalar una posición.
Todo es de calidad: es fácil imaginarse una turbina hecha de las mejores aleaciones para sostenernos sobre el abismo del océano, a miles de pies del suelo y a muchos más de las profundidades. Sobre un abismo insondable nos lleva a todos.
Este avión se parece a muchos otros y aspira a comportarse como los que son igual que él. Las personas hemos hecho todo lo posible para que eso ocurra, alguien ha trabajado durante años para asegurarse que allí solo hable una máquina casi perfecta. Un ensamblaje de metal y fluidos. Fiable y predecible.
Y en esa nave de acero, una música.
Que también hace su trabajo. ¿Cuál?
Permitir que exista algo todavía más poderoso que la voz de las personas: la voz de la tierra, como la llama Eustaquio Barjau, un hombre sabio que además es el traductor de Peter Handke.
En este caso, la voz de la tierra permite oir la voz de la memoria. Y la memoria no tiene nada que ver (aunque suspiremos con eso) con un disco duro, ni con un motor de avión. Ni es fiable, ni es predecible, ni clasifica cronológicamente o por tamaño. La memoria almacena conexiones, no datos. Y no son conexiones con ese algo, sino con la relación que mantuvimos con ese algo. Lo entiende todo como un diálogo a dos (como mínimo) que define a cada momento a quienes participan en él. Hasta transformarlos.
Una música regalada para un viaje, escuchada mientras los motores no nos abandonan al abismo.
Y ahora, la misma música, el Winterreise de Schubert, ha establecido sus conexiones con la voz de la tierra, con la memoria. Cuando suena, el viaje vuelve a comenzar. Y su voz es tan fuerte que acalla el motor del avión, ¡es más poderosa que una turbina a reacción!. Esa pequeña canción, cantada por Dietrich Fischer-Dieskau tiene el poder de silenciar la voz del hombre, de hacer callar a un avión sobre un océano, de apagar su motor.
Por eso, una pequeña canción es responsable de que ahora nos precipitemos hacia las profundidades.
Tal vez todo suceda muy rápido y no quepa decir ni buena suerte.
En griego hubo antiguamente una palabra para "yo soy" que no era más que una O larga, y se podía encontrar, por ejemplo, en la frase: "mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo"
(lo escribió Peter Handke y lo tradujo Eustaquio Barjau)
Me gustó leerlo.
9 de mayo de 2012
Murmullo de fondo
Ayer
Volví a escuchar una música de Olivier Messiaen, un fragmento de su Libro de órgano. Y otra vez tuve que quedarme quieto mientras los pájaros sonaban a través de los tubos del instrumento. La música, con su estar de camino, me detuvo. Después, cuando reanudé la marcha, la ruta ya no era la misma.
Hoy
Leo en el desayuno:
El tono fundamental, el murmullo de fondo, el sonido de todo mi trabajo es el examen de las carencias de nuestra existencia, los conflictos irresolubles con nosotros mismos y el "hermoso fracaso" que conllevan. Ese retorno de lo mismo en condiciones siempre distintas me lleva a querer cerciorarme del mundo y de mi persona en un reflejo poético y en imágenes siempre diferentes. El mundo como representación. Imágenes de lo invisible. Pero también es siempre una ruptura conceptual y visual con las representaciones mentales y de imagen recibidas.
Lo escribió Jürgen Klauke
Los últimos días
Dedico un tiempo a seguir pensando en el Ensayo sobre el día logrado de Peter Handke. Y sobre el poder que tiene vivir el día olvidándose de la necesidad de que sea un día logrado. Y como esa es una emoción global porque un día logrado no es una suma de anécdotas amables o poéticas. Es algo más, que puede incluir la dificultad y la imposibilidad. Un día logrado está al otro lado de los conceptos ya construidos, al otro lado de esa pantalla. Otra vez, como casi todo lo importante, es un umbral. Imposible permanecer en él. Aunque sí es posible cruzar a través de él.
Y de pronto me encuentro con un artículo de Ricardo Piglia: Un día perfecto (el título me gusta menos). ¿Cómo podría yo narrar un día perfecto? se pregunta.
Dias imposibles de olvidar
Volví a escuchar una música de Olivier Messiaen, un fragmento de su Libro de órgano. Y otra vez tuve que quedarme quieto mientras los pájaros sonaban a través de los tubos del instrumento. La música, con su estar de camino, me detuvo. Después, cuando reanudé la marcha, la ruta ya no era la misma.
Hoy
Leo en el desayuno:
El tono fundamental, el murmullo de fondo, el sonido de todo mi trabajo es el examen de las carencias de nuestra existencia, los conflictos irresolubles con nosotros mismos y el "hermoso fracaso" que conllevan. Ese retorno de lo mismo en condiciones siempre distintas me lleva a querer cerciorarme del mundo y de mi persona en un reflejo poético y en imágenes siempre diferentes. El mundo como representación. Imágenes de lo invisible. Pero también es siempre una ruptura conceptual y visual con las representaciones mentales y de imagen recibidas.
Lo escribió Jürgen Klauke
Los últimos días
Dedico un tiempo a seguir pensando en el Ensayo sobre el día logrado de Peter Handke. Y sobre el poder que tiene vivir el día olvidándose de la necesidad de que sea un día logrado. Y como esa es una emoción global porque un día logrado no es una suma de anécdotas amables o poéticas. Es algo más, que puede incluir la dificultad y la imposibilidad. Un día logrado está al otro lado de los conceptos ya construidos, al otro lado de esa pantalla. Otra vez, como casi todo lo importante, es un umbral. Imposible permanecer en él. Aunque sí es posible cruzar a través de él.
Y de pronto me encuentro con un artículo de Ricardo Piglia: Un día perfecto (el título me gusta menos). ¿Cómo podría yo narrar un día perfecto? se pregunta.
Dias imposibles de olvidar
8 de mayo de 2012
Alemparte
Estar de camino,
ir de camino. A veces todo empieza en una palabra,
o un sueño. Todo está nítido, vibra bajo la luz
Estar de camino,
no parar, no cesar, mantener una generosidad extraña con uno mismo cuando asiente hacia lo oscuro
O cuando no se rebela, o cuando no calla. Ojalá hubiera (algunas veces) una guerra a la que marchar. A trabajar. Pero no hay guerras (aunque existan muertos).
Recordé cuando cogía fósiles en un lugar que se llama Triste. Sonó mi móvil y eras tú, estabas (literalmente) cerca de la batalla. Miles de millones de kilómetros. Y yo recogía conchas en lo que antes fue el fondo del mar.
Szymborska habla del corazón:
cada una de tus sístoles es como empujar una barca hacia alta mar en un viaje alrededor del mundo
(Hace muy poco pasé cercar de un pueblo que se llama Alemparte. Pasé todo lo despacio que pude).
Esta noche, ahora mismo, ya
ir de camino. A veces todo empieza en una palabra,
o un sueño. Todo está nítido, vibra bajo la luz
Estar de camino,
no parar, no cesar, mantener una generosidad extraña con uno mismo cuando asiente hacia lo oscuro
O cuando no se rebela, o cuando no calla. Ojalá hubiera (algunas veces) una guerra a la que marchar. A trabajar. Pero no hay guerras (aunque existan muertos).
Recordé cuando cogía fósiles en un lugar que se llama Triste. Sonó mi móvil y eras tú, estabas (literalmente) cerca de la batalla. Miles de millones de kilómetros. Y yo recogía conchas en lo que antes fue el fondo del mar.
Szymborska habla del corazón:
cada una de tus sístoles es como empujar una barca hacia alta mar en un viaje alrededor del mundo
(Hace muy poco pasé cercar de un pueblo que se llama Alemparte. Pasé todo lo despacio que pude).
Esta noche, ahora mismo, ya
5 de mayo de 2012
Ensayos silenciosos
Algo acaricia la cuerda, Ray
he esperado por ti (¿sabes?) con una paciencia persistente
Soñé todo el día con un pez.
Era raro, grande, elegante, nadaba cerca del fondo: al batir los extremos de sus alas de pájaro avanzaba. Blanco y negro sobre el fondo negro de las profundidades, sin prestar atención a nada que no fuese su propio movimiento. Lo vi durante todo el día
un rayo blanquísimo con motas negras. Y una leve agitación imposible de olvidar. Una musculatura bajo los cartílagos que seguro que tienen los peces de las profundidades. Firmeza y ternura para no rozar el suelo (si es que existe) del océano
Y atravesando la dulzura de ese movimiento, una sacudida como aquella de los flamencos en mitad de la noche, aquel escalofrío, aquel brote que parecía una quemadura o un pinchazo de frío intenso.
Ray, cruzas las corrientes como los pájaros emigran entre continentes.
Pero hoy, porque llevaba mucho tiempo esperando, te sentí pasar. Y aunque había ruido de calle, aunque sonaba una música maravillosa (Pedro Soler tocaba la guitarra y Gaspar Claus el violonchelo), aunque se hablaba otro idioma alrededor, a pesar del asfalto
la picadura, Ray
El fondo del océano.
Solo callar. Sé que pasaste bajo mis pies. Lo sé. Me gusta imaginarte viajando, sin parar a dormir ni a comer, los ojos fijos. Observar tu tensión, la voz en tu piel y la imposibilidad de poder acercarme. Existes y te siento y no me puedo ir contigo.
he esperado por ti (¿sabes?) con una paciencia persistente
Soñé todo el día con un pez.
Era raro, grande, elegante, nadaba cerca del fondo: al batir los extremos de sus alas de pájaro avanzaba. Blanco y negro sobre el fondo negro de las profundidades, sin prestar atención a nada que no fuese su propio movimiento. Lo vi durante todo el día
un rayo blanquísimo con motas negras. Y una leve agitación imposible de olvidar. Una musculatura bajo los cartílagos que seguro que tienen los peces de las profundidades. Firmeza y ternura para no rozar el suelo (si es que existe) del océano
Y atravesando la dulzura de ese movimiento, una sacudida como aquella de los flamencos en mitad de la noche, aquel escalofrío, aquel brote que parecía una quemadura o un pinchazo de frío intenso.
Ray, cruzas las corrientes como los pájaros emigran entre continentes.
Pero hoy, porque llevaba mucho tiempo esperando, te sentí pasar. Y aunque había ruido de calle, aunque sonaba una música maravillosa (Pedro Soler tocaba la guitarra y Gaspar Claus el violonchelo), aunque se hablaba otro idioma alrededor, a pesar del asfalto
la picadura, Ray
El fondo del océano.
Solo callar. Sé que pasaste bajo mis pies. Lo sé. Me gusta imaginarte viajando, sin parar a dormir ni a comer, los ojos fijos. Observar tu tensión, la voz en tu piel y la imposibilidad de poder acercarme. Existes y te siento y no me puedo ir contigo.
3 de mayo de 2012
La afinación de la tierra
Imagino algo ágil y lleno de una fibra que puede ser cálida y mortal, algo que existe y que gira, da vueltas sobre si mismo, con un paso elegante y sedoso, seguro, reservando sus fuerzas. Un ser vivo que camina sobre la punta de sus pies, por momentos relajado, siempre nervioso. Una fiera oscura que solo tiene brillo en el centro de los ojos, una fiera que apenas abre la boca para respirar, que todo en ella es inmediatez, peligro y cuya piel irradia una auténtica vibración eléctrica. Una mezcla letal.
Algo así, en ocasiones, es un recuerdo.
Y de pronto, en el buzón de entrada hay una fiera girando sobre si misma, haciendo una torsión tan fluida que con los dientes roza el final del lomo. Alguien envía fotos escaneadas, primero unas pocas, luego algunas más.
Frente al tiempo, frente a algo de nosotros que no somos nosotros, a veces, se pierde el ritmo.
Hay una preciosa canción que interpreta Joao Gilberto y Stan Getz: Desafinado. La he escuchado muchas veces, siempre la tengo cerca. Pero hasta hoy no había recorrido su letra como un niño sigue un renglón manuscrito mientras aprende a leer: para no perderse.
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
Que no peito dos desafinados
Também bate um coração
Este es el final. Y cuando se llega a él casi siempre se tienen los dedos manchados por la tinta negra del renglón, tinta que ensucia las manos como lo hace la tierra oscura.
Poder terminar el día con las manos manchadas de tinta y tierra.
Esa música.
Algo así, en ocasiones, es un recuerdo.
Y de pronto, en el buzón de entrada hay una fiera girando sobre si misma, haciendo una torsión tan fluida que con los dientes roza el final del lomo. Alguien envía fotos escaneadas, primero unas pocas, luego algunas más.
Frente al tiempo, frente a algo de nosotros que no somos nosotros, a veces, se pierde el ritmo.
Hay una preciosa canción que interpreta Joao Gilberto y Stan Getz: Desafinado. La he escuchado muchas veces, siempre la tengo cerca. Pero hasta hoy no había recorrido su letra como un niño sigue un renglón manuscrito mientras aprende a leer: para no perderse.
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado
Que no peito dos desafinados
Também bate um coração
Este es el final. Y cuando se llega a él casi siempre se tienen los dedos manchados por la tinta negra del renglón, tinta que ensucia las manos como lo hace la tierra oscura.
Poder terminar el día con las manos manchadas de tinta y tierra.
Esa música.
2 de mayo de 2012
En el intervalo mágico
Me gustaría que un día vinieras conmigo.
¿Cuál es la diferencia entre subir río arriba o salir a limpiar las fuentes?
Por eso hoy fui a ver por donde iba el camino,
cual es la mejor orilla para subir, donde comienzan los bosques más cerrados,
por que camino podríamos pasar
Y donde, cansados, podríamos cenar algo. Tranquilos
El caso es que llovía, y caminé todo lo despacio que pude. Olía a una extraña luz, a una luz huidiza. Era una fragancia agradable, poco común.
En la libreta anoté las carreteras y los caminos, los pasadizos, los cruces a través de puentes de piedra, la ruta para llegar a un espacio detenido en medio de las fuentes, al inicio.
Apenas unos metros, los pies rodeados de agua oscura sobre piedras resbaladizas. Hay poca profundidad pero hay un rumor intenso con todo lo que brota. Hay anises y al final del verano habrá libélulas. Aquel es el intervalo mágico, así lo llama Damasio, en el que la vida es posible.
Vivimos gracias a ese lugar. En ese pequeño espacio el cuerpo está equilibrado y la vida puede existir (como si la superficie lunar tuviese pequeños lagos de agua). Un sueño.
Me quedé quieto un buen rato, oliendo. Aguardando a ver que pasaba. Y solo cantaban algunos pájaros en el borde de los pinos. Todo estaba. Y en un segundo, solo en la punta de un segundo, todo estaba en orden, todo existía.
Todo lo que se manifiesta es una luz, dice Peter Handke.
Y pone ejemplos: ¿No es verdad que el clic-clic de los botones de la camisa, cuando hoy, a primera hora de la mañana, rozaste la silla, tuvo algo de este diapasón del día?, escribe en su Ensayo sobre el día logrado.
La medida del día. ¿Cómo es el ritmo de la vibración del día?, ¿cómo es la escala para medir?, ¿como consigo recordar tan bien el clic-clic de los botones de toda tu ropa?
Un día de estos, tal vez, la noche cubrirá ese intervalo mágico. Mágico por breve, por difícil de identificar, por crítico, por tener la condición fundamental que alimenta las células de la vida: la condición de ser un umbral.
¿Cuál es la diferencia entre subir río arriba o salir a limpiar las fuentes?
Por eso hoy fui a ver por donde iba el camino,
cual es la mejor orilla para subir, donde comienzan los bosques más cerrados,
por que camino podríamos pasar
Y donde, cansados, podríamos cenar algo. Tranquilos
El caso es que llovía, y caminé todo lo despacio que pude. Olía a una extraña luz, a una luz huidiza. Era una fragancia agradable, poco común.
En la libreta anoté las carreteras y los caminos, los pasadizos, los cruces a través de puentes de piedra, la ruta para llegar a un espacio detenido en medio de las fuentes, al inicio.
Apenas unos metros, los pies rodeados de agua oscura sobre piedras resbaladizas. Hay poca profundidad pero hay un rumor intenso con todo lo que brota. Hay anises y al final del verano habrá libélulas. Aquel es el intervalo mágico, así lo llama Damasio, en el que la vida es posible.
Vivimos gracias a ese lugar. En ese pequeño espacio el cuerpo está equilibrado y la vida puede existir (como si la superficie lunar tuviese pequeños lagos de agua). Un sueño.
Me quedé quieto un buen rato, oliendo. Aguardando a ver que pasaba. Y solo cantaban algunos pájaros en el borde de los pinos. Todo estaba. Y en un segundo, solo en la punta de un segundo, todo estaba en orden, todo existía.
Todo lo que se manifiesta es una luz, dice Peter Handke.
Y pone ejemplos: ¿No es verdad que el clic-clic de los botones de la camisa, cuando hoy, a primera hora de la mañana, rozaste la silla, tuvo algo de este diapasón del día?, escribe en su Ensayo sobre el día logrado.
La medida del día. ¿Cómo es el ritmo de la vibración del día?, ¿cómo es la escala para medir?, ¿como consigo recordar tan bien el clic-clic de los botones de toda tu ropa?
Un día de estos, tal vez, la noche cubrirá ese intervalo mágico. Mágico por breve, por difícil de identificar, por crítico, por tener la condición fundamental que alimenta las células de la vida: la condición de ser un umbral.
29 de abril de 2012
Radiografía de mi mente
En un libro al que acudo una y otra vez, aunque nunca lo consigo terminar, encuentro:
El héroe masculino de la narrativa (inspirado en la Odisea de Homero y la Eneida de Virgilio) representa a un personaje que afirma su individualidad y "se busca a si mismo" mediante la empresa de un viaje. Dicho periplo suele realizarse en solitario (aunque se disfruta de diversos compañeros de viaje temporales que se integran en la aventura o mueren asesinados). Tras el periplo, el héroe regresa al hogar convertido en un hombre maduro de personalidad realizada. Este mito en particular está muy arraigado en la civilización occidental.
(Es lo que a continuación denominan el modelo de llanero solitario).
Llevo un par de días pensando qué opino de todo esto. Al final, mirando de reojo la estantería vi la respuesta en el lomo de un libro:
Sin heroísmos, por favor de Raymond Carver
Solo ese título ya es suficiente. Pero busco en él alguna página con la esquina superior doblada (hay muchas). Y leo en una:
Cada poema que he escrito fue un momento único (...) Cuando veo uno estoy viendo la radiografía de mi mente en ese momento. Leyendo ahora estos poemas, tengo la sensación de estar ante un mapa aproximativo pero auténtico de mi pasado. me ayudan a hilvanar mi vida, a percibir su continuidad. Y me gusta la idea.
Mientras, la tormenta ha oscurecido la habitación. Pero esto no es la noche.
El héroe masculino de la narrativa (inspirado en la Odisea de Homero y la Eneida de Virgilio) representa a un personaje que afirma su individualidad y "se busca a si mismo" mediante la empresa de un viaje. Dicho periplo suele realizarse en solitario (aunque se disfruta de diversos compañeros de viaje temporales que se integran en la aventura o mueren asesinados). Tras el periplo, el héroe regresa al hogar convertido en un hombre maduro de personalidad realizada. Este mito en particular está muy arraigado en la civilización occidental.
(Es lo que a continuación denominan el modelo de llanero solitario).
Llevo un par de días pensando qué opino de todo esto. Al final, mirando de reojo la estantería vi la respuesta en el lomo de un libro:
Sin heroísmos, por favor de Raymond Carver
Solo ese título ya es suficiente. Pero busco en él alguna página con la esquina superior doblada (hay muchas). Y leo en una:
Cada poema que he escrito fue un momento único (...) Cuando veo uno estoy viendo la radiografía de mi mente en ese momento. Leyendo ahora estos poemas, tengo la sensación de estar ante un mapa aproximativo pero auténtico de mi pasado. me ayudan a hilvanar mi vida, a percibir su continuidad. Y me gusta la idea.
Mientras, la tormenta ha oscurecido la habitación. Pero esto no es la noche.
27 de abril de 2012
Ceguera
Una pequeña carta, sin nombre
escrita en el mismo tiempo que dura esta música
La música es el estado en que nos deja el alma,
algo así dijo Stendhal (se lo escucho a otra persona).
Una respiración
Mientras me alejaba decidí escribirte,
Versos del Magnificat
Y entre las imágenes de la montaña, mucho frío
este pequeño sobre
Un impulso por llegar a la isla de Farö,
siempre al final del día
La ceguera del autor de aquellos versos
resuena al final del Tiento, cuando el lugar queda resonando
Unas palabras anotadas en la última literatura,
junto a tu ropa (¿recuerdas los versos?)
Los viajes de invierno cruzan el vagón,
Viajábamos en el tren
Mientras escucho a Antonio de Cabezón
escrita en el mismo tiempo que dura esta música
La música es el estado en que nos deja el alma,
algo así dijo Stendhal (se lo escucho a otra persona).
Una respiración
Mientras me alejaba decidí escribirte,
Versos del Magnificat
Y entre las imágenes de la montaña, mucho frío
este pequeño sobre
Un impulso por llegar a la isla de Farö,
siempre al final del día
La ceguera del autor de aquellos versos
resuena al final del Tiento, cuando el lugar queda resonando
Unas palabras anotadas en la última literatura,
junto a tu ropa (¿recuerdas los versos?)
Los viajes de invierno cruzan el vagón,
Viajábamos en el tren
Mientras escucho a Antonio de Cabezón
26 de abril de 2012
Declaración de dependencia
En un intercambio de músicas me enfrento a una carpeta que decido copiar aunque no sé nada de lo que hay allí dentro.
La escucho y la música no me entusiasma (es de un grupo noruego que no conocía), pero el título del álbum sí: Declaración de dependencia.
(Y además me apetece escribirlo entero y sin sentirme obligado a ajustar los infinitos matices de las infinitas tonterías sobre la independencia y todo eso).
Me gustaría dedicar más tiempo a trazar los límites de una intensa, profunda (y muy personal) declaración de dependencia.
Uno no es hasta que el observador lo situa. Algo así dice la física cuántica. Pero también los estudiosos de la neurobiología. Claro que eso supone una dependencia y una igualdad en algo que nos constituye. Y es fácil que eso lleve añadido fragilidad y cambios en conceptos como originalidad, incertidumbre o simplemente entereza.
Un fragmento de un texto de Umberto Galimberti que llega a mi buzón:
Una especie de fractura de sí mismo para que el otro lo atraviese. Eso es el amor. No una búsqueda de uno mismo sino del otro, que sea capaz naturalmente bajo nuestra propia responsabilidad, de alterar nuestra identidad, desequilibrándola en sus defensas.
Sueño con poder escribir una larga lista de dependencias hecha solo a través de la experiencia. Con poder contar como cayeron las defensas, una tras otra, mientras ardían en contacto con el rayo que las atravesó.
La fortaleza de poder ser alterado, modificado, desequilibrado. La posibilidad de hacerse, de contarse el relato de otra manera, de contarnos a través de un relato que se hace cuando somos, cuando alguien, cuando algo, nos situa en un mapa infinito.
La posibilidad de depender de las fuentes, río arriba.
La escucho y la música no me entusiasma (es de un grupo noruego que no conocía), pero el título del álbum sí: Declaración de dependencia.
(Y además me apetece escribirlo entero y sin sentirme obligado a ajustar los infinitos matices de las infinitas tonterías sobre la independencia y todo eso).
Me gustaría dedicar más tiempo a trazar los límites de una intensa, profunda (y muy personal) declaración de dependencia.
Uno no es hasta que el observador lo situa. Algo así dice la física cuántica. Pero también los estudiosos de la neurobiología. Claro que eso supone una dependencia y una igualdad en algo que nos constituye. Y es fácil que eso lleve añadido fragilidad y cambios en conceptos como originalidad, incertidumbre o simplemente entereza.
Un fragmento de un texto de Umberto Galimberti que llega a mi buzón:
Una especie de fractura de sí mismo para que el otro lo atraviese. Eso es el amor. No una búsqueda de uno mismo sino del otro, que sea capaz naturalmente bajo nuestra propia responsabilidad, de alterar nuestra identidad, desequilibrándola en sus defensas.
Sueño con poder escribir una larga lista de dependencias hecha solo a través de la experiencia. Con poder contar como cayeron las defensas, una tras otra, mientras ardían en contacto con el rayo que las atravesó.
La fortaleza de poder ser alterado, modificado, desequilibrado. La posibilidad de hacerse, de contarse el relato de otra manera, de contarnos a través de un relato que se hace cuando somos, cuando alguien, cuando algo, nos situa en un mapa infinito.
La posibilidad de depender de las fuentes, río arriba.
25 de abril de 2012
Debajo del viento
Empieza a contarme tu historia,
me gusta escuchar tu voz aunque no te conozco.
Es solo una manera de que existas
me gusta escuchar tu voz aunque no te conozco.
Es solo una manera de que existas
24 de abril de 2012
Ganar la partida
Gloria In Excelsis Deo
Dura 2:23 minutos. Y hoy sonó con tanta intensidad, que por momentos todo desapareció tras esa voz que entra desde una nada para agradecer, honrar, celebrar. La música sacra de Vivaldi.
Sonaba tan fuerte que la lluvia no existía, ni el motor del coche. Y en la esquina donde me giro a mirar, no miré. Subí la cuesta sobre el halo de celebración de la voz que adora. Avanzaba bajo la lluvia y no existía, ni el cristal la recogía, ni empapaba los árboles. Nada (o casi nada).
Sonó tan fuerte que el cansancio también desapareció. Y el ardor de ojos. Nada. Nada existe mientras la voz va creciendo hasta un lugar, en alguna altura, en que se calla porque roza con algo de su piel un cielo que, para los no creyentes, podría ser el silencio.
Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más (escribe Albert Camus).
A quien me recomendó leer este libro, gracias.
Sabían, ahora, que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana.
Gloria In Excelsis Deo y después el silencio. La secuencia del respeto y la ternura. El conocimiento: Un calor de vida y una imagen de muerte: esto era el conocimiento.
Y el recuerdo. La música se internó tan decidida en los oidos que se hizo con el control de muchas emociones. Emociones salvajes me gusta pensar. Recuerdos sin domesticar.
Tarrou había perdido la partida, como él decía, pero él, Rieux, ¿qué había ganado? Él había ganado únicamente el haber conocido la peste y acordarse de ella, haber conocido la amistad y acordarse de ella, conocer la ternura y tener que acordarse de ella algún día. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou llamaba ganar la partida!
Tras la presentación de la orquesta, tras su avance poderoso se escucha la palabra Gloria. Y luego las otras palabras. En total las voces solo dicen cuatro palabras, situando la respiración, el acento en momentos distintos.
El conocimiento. El recuerdo. Los ojos mirando sin querer despegarse.
Dura 2:23 minutos. Y hoy sonó con tanta intensidad, que por momentos todo desapareció tras esa voz que entra desde una nada para agradecer, honrar, celebrar. La música sacra de Vivaldi.
Sonaba tan fuerte que la lluvia no existía, ni el motor del coche. Y en la esquina donde me giro a mirar, no miré. Subí la cuesta sobre el halo de celebración de la voz que adora. Avanzaba bajo la lluvia y no existía, ni el cristal la recogía, ni empapaba los árboles. Nada (o casi nada).
Sonó tan fuerte que el cansancio también desapareció. Y el ardor de ojos. Nada. Nada existe mientras la voz va creciendo hasta un lugar, en alguna altura, en que se calla porque roza con algo de su piel un cielo que, para los no creyentes, podría ser el silencio.
Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más (escribe Albert Camus).
A quien me recomendó leer este libro, gracias.
Sabían, ahora, que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana.
Gloria In Excelsis Deo y después el silencio. La secuencia del respeto y la ternura. El conocimiento: Un calor de vida y una imagen de muerte: esto era el conocimiento.
Y el recuerdo. La música se internó tan decidida en los oidos que se hizo con el control de muchas emociones. Emociones salvajes me gusta pensar. Recuerdos sin domesticar.
Tarrou había perdido la partida, como él decía, pero él, Rieux, ¿qué había ganado? Él había ganado únicamente el haber conocido la peste y acordarse de ella, haber conocido la amistad y acordarse de ella, conocer la ternura y tener que acordarse de ella algún día. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou llamaba ganar la partida!
Tras la presentación de la orquesta, tras su avance poderoso se escucha la palabra Gloria. Y luego las otras palabras. En total las voces solo dicen cuatro palabras, situando la respiración, el acento en momentos distintos.
El conocimiento. El recuerdo. Los ojos mirando sin querer despegarse.
23 de abril de 2012
Cartas submarinas
En esta etapa me gustaría hacer algunos cambios.
El primero es que habrá entradas pensadas como cartas a personas que existen en algún lugar emocional, probablemente no en un lugar físico. Y desde ahí son importantes.
Aparecerán identificadas con la etiqueta Cartas submarinas (será la primera etiqueta que aplicaré a las entradas).
21 de abril de 2012
Abecedario de posibilidades
Veintiuno de abril de 2012.
Un aniversario, porque hace cuatro años que empecé a escribir en este blog. Y habría que celebrarlo.
Hace bastante tiempo (mucho más que este aniversario) hice una cosa que titulé Abecedario de Imposibilidades. Alabaron el título pero realmente detrás de aquello sí había una gran imposibilidad (y también una gran juventud). Esto también pasará, dice Chantal Maillard, unas palabras que se han convertido en un mantra particular. Y aquello también pasó.
Años después, en esta pantalla, he decidido modificar el título. Este blog solo me ha traido cosas buenas. Muchas y muy sorprendentes. Imposibles de prever y de calcular. En estos cuatro años se ha convertido para mi en un lugar de encuentro y de posibilidad.
Estas son algunas de las letras de ese abecedario de posibilidades. Alrededor de ellas no hay más que agradecimiento.
M. aún reinaba en la época en que abrí este blog. Cuido la planta que nos sacó de una mañana oscura. P. fue la primera persona que escribió un comentario (ocultos ahora), a las pocas horas de arrancar. A los pocos minutos I. dejó una reflexión y una foto preciosa, de rojo, declamando un texto en un teatro. Y O. enseguida me envió algunas sugerencias que con el tiempo se han ido convirtiendo en diálogos musicales más sugerentes.
En el viaje de invierno me encontré con personas excepcionales: el frío de B. atravesaba la piel de M. y algo de eso llegaba al correo. D. escribió el nombre del blog y eso lo sacó de una especie de clandestinidad íntima. L. hizo lo mismo (¡que elegante es L.!). Y A. aun no ha cumplido su primer aniversario.
Todo parecen emes, pero así es: M. dijo cosas sobre el Gran Norte que se incorporaron a la brújula. R. imaginé que me sujetaba la mano en el avión y de paso abrió algunas entradas del blog como se parte una sandía un día de verano, un día luminoso y cálido en el que no hay nada que hacer: solo ser feliz.
P. siempre identifica el murmullo de la corriente y me escribe sobre cómo limpiar el manantial. Con J. se recuperó un espacio perdido hace años y además escuchamos juntos un mal concierto (inolvidable ahora). Y con J. regresó todo con un abrazo entre algunas palabras. M. apareció con una intensidad increíble y con la misma contundencia desapareció: echo de menos ese encuentro.
Descubrí a S. hablar y escuchar con una gran calidad desde su silencio (¡y que bien hace el pan!). C... bueno, gracias a C. existe para mi mucha de la música que conozco y gracias a M. los Gurrelieder (eme... me sonrío pensando que podría extenderme un poco más pero me voy a contener).
A. me explicó con mucho detalle como cuidar los árboles y A. los tomates (y me recomendó lecturas, siempre confío en su criterio). Y por V. supe como era Japón, su Japón. Gracias a B. entré en el mundo interior que tiene tras de si un piano y a M. le regalé libros con portadas inventadas (...pero nada). C. escribió en alemán historias que no entendí. Y con J. reapareció la amistad.
E. me respondió de manera minuciosa y cálida a un montón de datos y sugerencias y F. envía pequeños detalles de sus viajes diarios que marcan con mucha nitidez mis días. D. calla mientras envía fotos de hoteles (me gustaría desarrollar esa amistad). Y con S. comparto las palabras y los gestos (gritos y susurros) sobre la lluvia en el tejado: cualquier lluvia, cualquier tejado.
Y en esto apareció B.: un ave, tal vez un pájaro: No creo que el primer deber del hombre sea definirse, si hay un deber primordial tendría mas que ver con la experiencia de profundizarse. Tragué saliva porque esta era la presentación.
Esto... y los encuentros que no existen en la bandeja de entrada del correo pero que igualmente existen y son poderosos. Con S. sobre el viaje al silencio, con A. sobre la caja negra que acumula datos sobre los viajes de nuestra vida, con R. sobre el cómo y el porqué hay que utilizarlo todo, siempre; con A. sobre como cada gesto es, en sus palabras, el último cigarrillo del condenado a muerte (fumado con placer).
Todas las historias que he escrito son autobiográficas, ninguna es una confesión. Son palabras de Amos Oz. También las agradezco porque así ocurre en este blog.
La ficción forma también parte de la autobiografía. Y la memoria, a la que me gusta acariciar como a un animal capaz de devorarte si se siente atacado, forma parte de esa misma ficción.
Un aniversario, porque hace cuatro años que empecé a escribir en este blog. Y habría que celebrarlo.
Hace bastante tiempo (mucho más que este aniversario) hice una cosa que titulé Abecedario de Imposibilidades. Alabaron el título pero realmente detrás de aquello sí había una gran imposibilidad (y también una gran juventud). Esto también pasará, dice Chantal Maillard, unas palabras que se han convertido en un mantra particular. Y aquello también pasó.
Años después, en esta pantalla, he decidido modificar el título. Este blog solo me ha traido cosas buenas. Muchas y muy sorprendentes. Imposibles de prever y de calcular. En estos cuatro años se ha convertido para mi en un lugar de encuentro y de posibilidad.
Estas son algunas de las letras de ese abecedario de posibilidades. Alrededor de ellas no hay más que agradecimiento.
M. aún reinaba en la época en que abrí este blog. Cuido la planta que nos sacó de una mañana oscura. P. fue la primera persona que escribió un comentario (ocultos ahora), a las pocas horas de arrancar. A los pocos minutos I. dejó una reflexión y una foto preciosa, de rojo, declamando un texto en un teatro. Y O. enseguida me envió algunas sugerencias que con el tiempo se han ido convirtiendo en diálogos musicales más sugerentes.
En el viaje de invierno me encontré con personas excepcionales: el frío de B. atravesaba la piel de M. y algo de eso llegaba al correo. D. escribió el nombre del blog y eso lo sacó de una especie de clandestinidad íntima. L. hizo lo mismo (¡que elegante es L.!). Y A. aun no ha cumplido su primer aniversario.
Todo parecen emes, pero así es: M. dijo cosas sobre el Gran Norte que se incorporaron a la brújula. R. imaginé que me sujetaba la mano en el avión y de paso abrió algunas entradas del blog como se parte una sandía un día de verano, un día luminoso y cálido en el que no hay nada que hacer: solo ser feliz.
P. siempre identifica el murmullo de la corriente y me escribe sobre cómo limpiar el manantial. Con J. se recuperó un espacio perdido hace años y además escuchamos juntos un mal concierto (inolvidable ahora). Y con J. regresó todo con un abrazo entre algunas palabras. M. apareció con una intensidad increíble y con la misma contundencia desapareció: echo de menos ese encuentro.
Descubrí a S. hablar y escuchar con una gran calidad desde su silencio (¡y que bien hace el pan!). C... bueno, gracias a C. existe para mi mucha de la música que conozco y gracias a M. los Gurrelieder (eme... me sonrío pensando que podría extenderme un poco más pero me voy a contener).
A. me explicó con mucho detalle como cuidar los árboles y A. los tomates (y me recomendó lecturas, siempre confío en su criterio). Y por V. supe como era Japón, su Japón. Gracias a B. entré en el mundo interior que tiene tras de si un piano y a M. le regalé libros con portadas inventadas (...pero nada). C. escribió en alemán historias que no entendí. Y con J. reapareció la amistad.
E. me respondió de manera minuciosa y cálida a un montón de datos y sugerencias y F. envía pequeños detalles de sus viajes diarios que marcan con mucha nitidez mis días. D. calla mientras envía fotos de hoteles (me gustaría desarrollar esa amistad). Y con S. comparto las palabras y los gestos (gritos y susurros) sobre la lluvia en el tejado: cualquier lluvia, cualquier tejado.
Y en esto apareció B.: un ave, tal vez un pájaro: No creo que el primer deber del hombre sea definirse, si hay un deber primordial tendría mas que ver con la experiencia de profundizarse. Tragué saliva porque esta era la presentación.
Esto... y los encuentros que no existen en la bandeja de entrada del correo pero que igualmente existen y son poderosos. Con S. sobre el viaje al silencio, con A. sobre la caja negra que acumula datos sobre los viajes de nuestra vida, con R. sobre el cómo y el porqué hay que utilizarlo todo, siempre; con A. sobre como cada gesto es, en sus palabras, el último cigarrillo del condenado a muerte (fumado con placer).
Todas las historias que he escrito son autobiográficas, ninguna es una confesión. Son palabras de Amos Oz. También las agradezco porque así ocurre en este blog.
La ficción forma también parte de la autobiografía. Y la memoria, a la que me gusta acariciar como a un animal capaz de devorarte si se siente atacado, forma parte de esa misma ficción.
17 de abril de 2012
La Peste (a día de hoy)
Leo La Peste, de Albert Camus.
Y le pregunto a una persona cuya opinión valoro mucho cual puede ser La Peste hoy en día.
El individualismo feroz, responde sin pensárselo mucho. El continuo miramiento de ombligo (o como se diga), la actuación solo y en favor de uno mismo, la poderosa desaparición de los demás (los inmediatamente cercanos y los más lejanos), la sumisión a la dictadura de lo único, lo maravilloso, lo mío, lo poderoso (de poder) y unas cuantas cosas más.
Me deja en silencio, asiento a través del teléfono. El individualismo feroz.
Y el no querer ver el lado oscuro de la vida, añade luego. Y ahí ya no sé si estoy tan de acuerdo.
En el libro de Camus, la epidemia se extiende sin remedio por la ciudad entera. Las personas enferman una tras otra y en medio de grandes sufrimientos y dolores, con ganglios explotando de pus, se consumen y mueren. Es la peor de las enfermedades, la maldición.
Y apenas va quedando gente viva para intentar curar, acompañar y enterrar a los muertos. Muchos se parapetan en sus casas, otros intentan escapar. Pero algunos se quedan, presos de una ciudad sitiada. Y lo hacen desde la dignidad de ser personas.
La Peste también es el miedo. El miedo a lo que vendrá pero aún no ha llegado, como en El desierto de los tártaros. El miedo a la llegada de la barbarie, al galope, dispuesta a matar y violar, a saquear, a abrir el estómago con un cuchillo y a comer sobre lo arrasado. Eso es la barbarie y el miedo a la barbarie es la peste. Y aunque la barbarie puede ser hoy infinitamente más refinada, el miedo a ella sigue siendo la peste.
Camus dice que el mecanismo de esta maldición es recomenzar. La peste es infinita y continua, pertenece a todos los tiempos. Y precisamente por eso habría que atreverse a combatirla con el valor de mirar de frente el horror cotidiano y callado.
Es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad, dice uno de los protagonistas en el libro de Camus.
Y prosigue:
El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad.
La ignorancia también es la peste. El no saber y el no querer saber que vivimos a tientas y en la noche pero con ganas de luz, con muchas ganas de claridad. Y que por eso, tal vez, fabricamos cosas y queremos a gente y viajamos y todo lo que pueda ayudar (y por eso me parece tan deshonesto el oscurantismo calculado).
No hay inocencia posible en un estado así. No hay disculpa. No hay excusa para la ignorancia, para no escuchar, para no cuidar los alrededores y los límites, el centro. Tampoco se trata de protagonizar actos oraculares, pedagógicos. La peste nos iguala, no hay nada que enseñar.
A lo sumo habría que encontrar un lugar, digno, desde donde escuchar y querer el mundo. Y estudiar día y noche para averiguar que significa digno.
Y le pregunto a una persona cuya opinión valoro mucho cual puede ser La Peste hoy en día.
El individualismo feroz, responde sin pensárselo mucho. El continuo miramiento de ombligo (o como se diga), la actuación solo y en favor de uno mismo, la poderosa desaparición de los demás (los inmediatamente cercanos y los más lejanos), la sumisión a la dictadura de lo único, lo maravilloso, lo mío, lo poderoso (de poder) y unas cuantas cosas más.
Me deja en silencio, asiento a través del teléfono. El individualismo feroz.
Y el no querer ver el lado oscuro de la vida, añade luego. Y ahí ya no sé si estoy tan de acuerdo.
En el libro de Camus, la epidemia se extiende sin remedio por la ciudad entera. Las personas enferman una tras otra y en medio de grandes sufrimientos y dolores, con ganglios explotando de pus, se consumen y mueren. Es la peor de las enfermedades, la maldición.
Y apenas va quedando gente viva para intentar curar, acompañar y enterrar a los muertos. Muchos se parapetan en sus casas, otros intentan escapar. Pero algunos se quedan, presos de una ciudad sitiada. Y lo hacen desde la dignidad de ser personas.
La Peste también es el miedo. El miedo a lo que vendrá pero aún no ha llegado, como en El desierto de los tártaros. El miedo a la llegada de la barbarie, al galope, dispuesta a matar y violar, a saquear, a abrir el estómago con un cuchillo y a comer sobre lo arrasado. Eso es la barbarie y el miedo a la barbarie es la peste. Y aunque la barbarie puede ser hoy infinitamente más refinada, el miedo a ella sigue siendo la peste.
Camus dice que el mecanismo de esta maldición es recomenzar. La peste es infinita y continua, pertenece a todos los tiempos. Y precisamente por eso habría que atreverse a combatirla con el valor de mirar de frente el horror cotidiano y callado.
Es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad, dice uno de los protagonistas en el libro de Camus.
Y prosigue:
El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad.
La ignorancia también es la peste. El no saber y el no querer saber que vivimos a tientas y en la noche pero con ganas de luz, con muchas ganas de claridad. Y que por eso, tal vez, fabricamos cosas y queremos a gente y viajamos y todo lo que pueda ayudar (y por eso me parece tan deshonesto el oscurantismo calculado).
No hay inocencia posible en un estado así. No hay disculpa. No hay excusa para la ignorancia, para no escuchar, para no cuidar los alrededores y los límites, el centro. Tampoco se trata de protagonizar actos oraculares, pedagógicos. La peste nos iguala, no hay nada que enseñar.
A lo sumo habría que encontrar un lugar, digno, desde donde escuchar y querer el mundo. Y estudiar día y noche para averiguar que significa digno.
16 de abril de 2012
Un rompecabezas con dendroaspis angusticeps
Un puzle imposible de completar. Siempre es así.
Aunque dentro de la casa haya calor y sensación de protección, nadie sabe si la caja con las piezas cayó al suelo y alguna se perdió.
La vida humana es un misterio. Ayer, por casualidad, encontré y releí esta pieza del puzle, es decir, un artículo de Antonio Lobo Antunes. Llevaba días escuchando insistentemente los Gurrelieder de Arnold Schoenberg (al fin los tengo cerca), pero Lobo Antunes hizo que de repente se mezclaran con las músicas de Shubert que escuchaba, hace tiempo, al inicio de la noche.
De esos años la memoria recuerda lo que quiere. Pero junto a Schubert leía las Cartas de la guerra del mismo Lobo Antunes: la correspondencia que desde Angola le escribió a su mujer (estaban recién casados) que se había quedado en Lisboa. Cartas del día a día, cartas de amor, recuperadas hace unos años por sus hijas.
Y después mis dedos llegaron a otra pieza del puzle: las palabras Avenue Patrice Lumumba. Las leí y en la boca sentí los sabores del primer trago de un vino bueno, cuando todo se inunda y por unos momentos pierdes cualquier referencia, solo bebes y saboreas.
Crucé las palabras como se cruza a alguien en la calle, aparentemente sin darte cuenta. Pero las había reconocido. Regresé sobre mis pasos. Las había visto en unas imágenes del fotógrafo Guy Tillim, en un libro con fotos de Angola, Mozambique, Madagascar y la República Democrática del Congo: Avenue Patrice Lumumba se titula. Ni más ni menos.
Las miré una por una. Shubert y Schoenberg luchando en una parte del cerebro mientras otra área se dedicaba a saborear esa especie de vino imaginado. En cada esquina de las imágenes te escuchaba iniciar el relato: Volvíamos a casa...
El relato del horror, el de la memoria y la imaginación. El de quien ha visto morir en un combate. Ya no existía la posibilidad de volver. ni tan siquiera quedaba la casa en pie. Avenue Patrice Lumumba. Todo en ruinas.
Entré en internet para comprobar si esa Avenue existía en los cuatro paises que Guy Tillim fotografió. Y el puzle me devolvió, entre otras cosas, otro nombre: Dendroaspis angusticeps (está claro que en el medio se han perdido piezas). Es la letal mamba verde, que si habita en esos paises.
La vida humana es un rompecabezas misterioso. Imposible comprender. Pero necesario escuchar y cuidar la caja con las piezas que no se perdieron, que probablemente no son otras que todo lo que somos, todo lo que nos vamos haciendo.
Cerca de los Gurrelieder.
Aunque dentro de la casa haya calor y sensación de protección, nadie sabe si la caja con las piezas cayó al suelo y alguna se perdió.
La vida humana es un misterio. Ayer, por casualidad, encontré y releí esta pieza del puzle, es decir, un artículo de Antonio Lobo Antunes. Llevaba días escuchando insistentemente los Gurrelieder de Arnold Schoenberg (al fin los tengo cerca), pero Lobo Antunes hizo que de repente se mezclaran con las músicas de Shubert que escuchaba, hace tiempo, al inicio de la noche.
De esos años la memoria recuerda lo que quiere. Pero junto a Schubert leía las Cartas de la guerra del mismo Lobo Antunes: la correspondencia que desde Angola le escribió a su mujer (estaban recién casados) que se había quedado en Lisboa. Cartas del día a día, cartas de amor, recuperadas hace unos años por sus hijas.
Y después mis dedos llegaron a otra pieza del puzle: las palabras Avenue Patrice Lumumba. Las leí y en la boca sentí los sabores del primer trago de un vino bueno, cuando todo se inunda y por unos momentos pierdes cualquier referencia, solo bebes y saboreas.
Crucé las palabras como se cruza a alguien en la calle, aparentemente sin darte cuenta. Pero las había reconocido. Regresé sobre mis pasos. Las había visto en unas imágenes del fotógrafo Guy Tillim, en un libro con fotos de Angola, Mozambique, Madagascar y la República Democrática del Congo: Avenue Patrice Lumumba se titula. Ni más ni menos.
Las miré una por una. Shubert y Schoenberg luchando en una parte del cerebro mientras otra área se dedicaba a saborear esa especie de vino imaginado. En cada esquina de las imágenes te escuchaba iniciar el relato: Volvíamos a casa...
El relato del horror, el de la memoria y la imaginación. El de quien ha visto morir en un combate. Ya no existía la posibilidad de volver. ni tan siquiera quedaba la casa en pie. Avenue Patrice Lumumba. Todo en ruinas.
Entré en internet para comprobar si esa Avenue existía en los cuatro paises que Guy Tillim fotografió. Y el puzle me devolvió, entre otras cosas, otro nombre: Dendroaspis angusticeps (está claro que en el medio se han perdido piezas). Es la letal mamba verde, que si habita en esos paises.
La vida humana es un rompecabezas misterioso. Imposible comprender. Pero necesario escuchar y cuidar la caja con las piezas que no se perdieron, que probablemente no son otras que todo lo que somos, todo lo que nos vamos haciendo.
Cerca de los Gurrelieder.
10 de abril de 2012
La oportunidad de elegir
Una habitación pequeña pero acogedora.
Casi todo lo que había en ella parecía tener un color ocre, terroso. Una cama amplia, tampoco muy grande, y una silla antigua. Una pequeña mesa de madera nueva. Y un balcón cerrado contra el frío. Varias luces. Cálidas. Y un rumor de gente charlando, bebiendo y cenando en la planta de abajo. Por lo demás, silencio.
La música unida por un vínculo con el momento en que se la escucha, en que se la ha escuchado. Un vínculo que es patrimonio individual. Y ser rico en ese tipo de patrimonio.
Temblaba. El aire circulaba por todos los espacios, entre las personas, entre los bancos y la cúpula, a través de los tubos. Desde el interior. La música de Antonio de Cabezón ofreciendo su versión de una respiración, de como suena el agradecimiento y cierta empatía con algo no terrenal. Un músico ciego.
Y anoté: sin el amor somos seres inertes.
Y también algo de lo que escribe Albert Camus en La peste: En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.
Covarrubias.
Antonio de Cabezón sonando en Covarrubias, en mitad de la noche cerrada y con un frío del invierno más duro. Conocía el pueblo pero cada visita era un viaje a lo desconocido y también a lo poderoso. Como los registros en los que puede sonar el órgano, uno de los instrumentos más completos y también más misteriosos. Tal vez porque todo en él se basa en la circulación del aire.
Invisible.
Los conciertos de órgano. Sentado por lo general en medio de una iglesia, o una gran catedral, fuera de la sala de conciertos habitual. Otros espacios. La mirada sin apenas detenerse en el intérprete, que está sentado cerca de la bombilla que alimenta la lectura de la partitura. Y los grandes tubos verticales con las aberturas para que el aire haga su trabajo. Zaragoza, los conciertos conmemorativos de la restauración del órgano de la Seo. La vida se estructuraba alrededor del viaje semanal para asistir a ellos.
El oído atento a los pequeños placeres, a los grandes también. Todos son grandes. Y todos ellos dibujan algún tipo de autorretrato, escucho en la radio del coche una mañana muy temprano. Cuando contemplamos uno de esos autorretratos nos llenamos, por arte de magia, de ganas de hacer el nuestro también. Solo se puede enseñar lo que uno ama.
Escuchar la música de órgano es reconciliarnos con el tiempo. Y no sé explicarlo.
Pero escucharlo a lo largo del tiempo, en varias piezas, en días distintos, con lluvia y con sol. Oir como nos rodea con ímpetu y luego nos abandona con cuidado. Escuchar sus cambios de registro, su infinito.
Y reconciliarnos con el tiempo, de una manera misteriosa, sedante, liberadora nos inyecta esa cura que ocurre cuando salimos a campo abierto y nos ofrecemos la oportunidad de elegir.
Casi todo lo que había en ella parecía tener un color ocre, terroso. Una cama amplia, tampoco muy grande, y una silla antigua. Una pequeña mesa de madera nueva. Y un balcón cerrado contra el frío. Varias luces. Cálidas. Y un rumor de gente charlando, bebiendo y cenando en la planta de abajo. Por lo demás, silencio.
La música unida por un vínculo con el momento en que se la escucha, en que se la ha escuchado. Un vínculo que es patrimonio individual. Y ser rico en ese tipo de patrimonio.
Temblaba. El aire circulaba por todos los espacios, entre las personas, entre los bancos y la cúpula, a través de los tubos. Desde el interior. La música de Antonio de Cabezón ofreciendo su versión de una respiración, de como suena el agradecimiento y cierta empatía con algo no terrenal. Un músico ciego.
Y anoté: sin el amor somos seres inertes.
Y también algo de lo que escribe Albert Camus en La peste: En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.
Covarrubias.
Antonio de Cabezón sonando en Covarrubias, en mitad de la noche cerrada y con un frío del invierno más duro. Conocía el pueblo pero cada visita era un viaje a lo desconocido y también a lo poderoso. Como los registros en los que puede sonar el órgano, uno de los instrumentos más completos y también más misteriosos. Tal vez porque todo en él se basa en la circulación del aire.
Invisible.
Los conciertos de órgano. Sentado por lo general en medio de una iglesia, o una gran catedral, fuera de la sala de conciertos habitual. Otros espacios. La mirada sin apenas detenerse en el intérprete, que está sentado cerca de la bombilla que alimenta la lectura de la partitura. Y los grandes tubos verticales con las aberturas para que el aire haga su trabajo. Zaragoza, los conciertos conmemorativos de la restauración del órgano de la Seo. La vida se estructuraba alrededor del viaje semanal para asistir a ellos.
El oído atento a los pequeños placeres, a los grandes también. Todos son grandes. Y todos ellos dibujan algún tipo de autorretrato, escucho en la radio del coche una mañana muy temprano. Cuando contemplamos uno de esos autorretratos nos llenamos, por arte de magia, de ganas de hacer el nuestro también. Solo se puede enseñar lo que uno ama.
Escuchar la música de órgano es reconciliarnos con el tiempo. Y no sé explicarlo.
Pero escucharlo a lo largo del tiempo, en varias piezas, en días distintos, con lluvia y con sol. Oir como nos rodea con ímpetu y luego nos abandona con cuidado. Escuchar sus cambios de registro, su infinito.
Y reconciliarnos con el tiempo, de una manera misteriosa, sedante, liberadora nos inyecta esa cura que ocurre cuando salimos a campo abierto y nos ofrecemos la oportunidad de elegir.
4 de abril de 2012
Donde debe estar
Escucho algunas canciones de Rodrigo Leao que estos últimos días llegan por caminos distintos.
Pocas veces me sentí cerca de su música, y aun menos cuando lideraba Madredeus (aunque ellos cantan en Lisboa Story de Win Wenders y solo por eso merece la pena volver a intentar escucharlo).
Y en una de sus canciones:
Mi corazón está ahí,
donde debe estar,
batiendo fuerte en el pecho
Justo ahí recordé la conversación con un buen amigo hace pocos días. Me contó que en la despedida de una persona a la que quería, ella le pidió las manos y también le pidió que cerrara los ojos. Fueron unos segundos en los que ella las sujetó entre las suyas, cerca de su ropa, cerca de su bolso.
E. me contó que no había notado más que ese contacto. Pero cuando se las devolvió, entre sus dedos venía el olor que ella había llevado durante toda la tarde. Le había traspasado su olor.
Pocas veces me sentí cerca de su música, y aun menos cuando lideraba Madredeus (aunque ellos cantan en Lisboa Story de Win Wenders y solo por eso merece la pena volver a intentar escucharlo).
Y en una de sus canciones:
Mi corazón está ahí,
donde debe estar,
batiendo fuerte en el pecho
Justo ahí recordé la conversación con un buen amigo hace pocos días. Me contó que en la despedida de una persona a la que quería, ella le pidió las manos y también le pidió que cerrara los ojos. Fueron unos segundos en los que ella las sujetó entre las suyas, cerca de su ropa, cerca de su bolso.
E. me contó que no había notado más que ese contacto. Pero cuando se las devolvió, entre sus dedos venía el olor que ella había llevado durante toda la tarde. Le había traspasado su olor.
29 de marzo de 2012
Si te dejas atravesar
Así que te paras y recuerdas cómo era la piel vista desde tan cerca. Oscura. Y piensas en que es lo que nos convierte en necesarios para alguien o que seamos nosotros los que necesitemos. Y qué significa necesitar con calidad. Y en cómo brilla una luz que no se puede ver.
Quietos en la oscuridad. Caminando a plena luz. Un sol fuerte a través de las plantas verdes, los zapatos sucios. Los caminos. En plena noche, cruzando una calle, perdidos. Sin voz. La piel redonda.
Si te dejas atravesar, dijiste.
O me lo inventé.
Frente a una gran orquesta dividida en dos.
El director sin batuta, con unas manos grandes y redondeadas también, unos ojos ágiles (se los podíamos ver desde el palco) y una respiración serena. Levantó las manos, las juntó, las volvió a separar un poco, inclinó una de ellas y luego con los ojos marcó la entrada en el silencio en el que poco a poco te va sumiendo La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach.
Marc Minkowski era el director y Les Musiciens du Louvre Grenoble la orquesta. El auditorio olía bien, olía a cuero, a piel. Y había madera de color claro. Un concierto de algo más de dos horas y media, también dividido en dos.
Esta música fue compuesta por Bach en 1727 para que sonara en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig un viernes santo. Y como aquella iglesia tenía dos galerías y dos órganos, Bach compuso una música para dos coros y dos conjuntos instrumentales (leo en el programa de mano).
Es la primera vez que escucho La Pasion según San Mateo en directo.
Y sobrecoge todo. Las dimensiones de la música, el nivel de los diálogos (a dos coros y también dentro de cada coro), la magnitud de la emoción contenida que solo en algunos instantes se desata, mientras en el resto se lucha por ofrecerle un cauce. Al final, el dolor abierto frente a la muerte.
Jesús es una voz de bajo. Christian Immler se parece algo a la imagen que la pintura nos ha dejado de Jesús. Parece cantar desde el entendimiento incluso de la traición. Y lo hace acompañado de las cuerdas, excepto cuando parece haberle abandonado esa vida que le infunde fuerza. Entonces es cuando dice: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. La única vez.
Y a pesar de no seguir esta música desde la fé y el conocimiento de la pasión de Jesús, el halo que va desde la última cena hasta el entierro se puede seguir de una manera muy intensa. Porque sobre todo es una música estructurada desde los diálogos que alcanzan y van empapando poco a poco a quien escucha. Siempre hay dos voces, a veces un instrumento y una voz, a veces un coro y un instrumento, a veces toda la orquesta, que dialogan e intercambian su temor y su encuentro, su desconcierto y su dolor.
Escuchando las arias o los recitativos más conocidos solo se llega a la epidermis de este fuego. Oyendo todo seguido, durante esas casi tres horas, cada parte se va diluyendo en un todo que llena el cuerpo de intensidad, de encuentro y finalmente de silencio.
Descansa, descansa dulcemente canta el coro final.
Y antes:
Cuando yo haya de partir,
¡no te apartes de mí!
Cuando tenga que sufrir
las angustias de la muerte,
¡permanece a mi lado!
Cuando las manos del director se fueron cerrando hasta juntar el índice y el pulgar en señal de final nos quedamos en silencio. Aquel coro viajaba a través nuestro, entre los músculos y los huesos hasta el centro, sea este cual sea. No se podía decir nada.
Fuera, la noche había enfriado. Una experiencia así altera el mundo de la piel, al fin y al cabo la misión de esa parte del cuerpo es marcar una frontera, protegernos, y darle solidez a lo que permane en estado líquido dentro de nosotros. La piel es nuestra frontera. Es permeable aunque protectora. La voz también es una piel.
Nos abrazamos como una señal de reconocimiento. Aceptábamos que apenas nos conocíamos y que la música estaba viajando piel adentro.
Quietos en la oscuridad. Caminando a plena luz. Un sol fuerte a través de las plantas verdes, los zapatos sucios. Los caminos. En plena noche, cruzando una calle, perdidos. Sin voz. La piel redonda.
Si te dejas atravesar, dijiste.
O me lo inventé.
Frente a una gran orquesta dividida en dos.
El director sin batuta, con unas manos grandes y redondeadas también, unos ojos ágiles (se los podíamos ver desde el palco) y una respiración serena. Levantó las manos, las juntó, las volvió a separar un poco, inclinó una de ellas y luego con los ojos marcó la entrada en el silencio en el que poco a poco te va sumiendo La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach.
Marc Minkowski era el director y Les Musiciens du Louvre Grenoble la orquesta. El auditorio olía bien, olía a cuero, a piel. Y había madera de color claro. Un concierto de algo más de dos horas y media, también dividido en dos.
Esta música fue compuesta por Bach en 1727 para que sonara en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig un viernes santo. Y como aquella iglesia tenía dos galerías y dos órganos, Bach compuso una música para dos coros y dos conjuntos instrumentales (leo en el programa de mano).
Es la primera vez que escucho La Pasion según San Mateo en directo.
Y sobrecoge todo. Las dimensiones de la música, el nivel de los diálogos (a dos coros y también dentro de cada coro), la magnitud de la emoción contenida que solo en algunos instantes se desata, mientras en el resto se lucha por ofrecerle un cauce. Al final, el dolor abierto frente a la muerte.
Jesús es una voz de bajo. Christian Immler se parece algo a la imagen que la pintura nos ha dejado de Jesús. Parece cantar desde el entendimiento incluso de la traición. Y lo hace acompañado de las cuerdas, excepto cuando parece haberle abandonado esa vida que le infunde fuerza. Entonces es cuando dice: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. La única vez.
Y a pesar de no seguir esta música desde la fé y el conocimiento de la pasión de Jesús, el halo que va desde la última cena hasta el entierro se puede seguir de una manera muy intensa. Porque sobre todo es una música estructurada desde los diálogos que alcanzan y van empapando poco a poco a quien escucha. Siempre hay dos voces, a veces un instrumento y una voz, a veces un coro y un instrumento, a veces toda la orquesta, que dialogan e intercambian su temor y su encuentro, su desconcierto y su dolor.
Escuchando las arias o los recitativos más conocidos solo se llega a la epidermis de este fuego. Oyendo todo seguido, durante esas casi tres horas, cada parte se va diluyendo en un todo que llena el cuerpo de intensidad, de encuentro y finalmente de silencio.
Descansa, descansa dulcemente canta el coro final.
Y antes:
Cuando yo haya de partir,
¡no te apartes de mí!
Cuando tenga que sufrir
las angustias de la muerte,
¡permanece a mi lado!
Cuando las manos del director se fueron cerrando hasta juntar el índice y el pulgar en señal de final nos quedamos en silencio. Aquel coro viajaba a través nuestro, entre los músculos y los huesos hasta el centro, sea este cual sea. No se podía decir nada.
Fuera, la noche había enfriado. Una experiencia así altera el mundo de la piel, al fin y al cabo la misión de esa parte del cuerpo es marcar una frontera, protegernos, y darle solidez a lo que permane en estado líquido dentro de nosotros. La piel es nuestra frontera. Es permeable aunque protectora. La voz también es una piel.
Nos abrazamos como una señal de reconocimiento. Aceptábamos que apenas nos conocíamos y que la música estaba viajando piel adentro.
28 de marzo de 2012
Una herida cónica
Hace alrededor de veinte años me hice una herida cónica. Suena raro el término pero lo aprendí del médico. Me la hice con un taladro: mientras perforaba una madera la broca salió por el lado donde tenía apoyada la otra mano y, suavemente, entró en la piel.
Estaba solo. Salí corriendo hacia un centro médico y por el camino me recogió un coche que pasaba. Cuando llegué el médico salía por la puerta pero volvió a entrar. Me atendió y me curó. La herida no parecía querer cerrarse y yo le pregunté por que no me daba unos puntos de sutura.
Entonces fue cuando me dijo que aquella herida era cónica (y tenía esa forma, era cierto) y que si se cerraba por arriba, la parte ancha del cono, dentro se crearía una bolsa de infección. No, aquella tenía que cicatrizar de abajo arriba, drenándose de manera natural. No había sutura ni rapidez posible. Sería lento y habría riesgos. Era una herida extraña, aunque él actuaba con mucha calma.
La herida acabó curando y dejó una marca en la piel que ahí sigue.
Ir cerrando leí el otro día en una carta, y me acordé de lo que me había dicho aquel buen médico. Ir cerrando. ¿Qué significará?
Duermo tan profundamente, un ramo en mis manos
y en mi frente la herida roja
Son dos versos, de Edith Ronsperger si no me equivoco, que forman parte de las Cinco canciones para voz grave y orquesta de Franz Schreker. Son los dos últimos versos.
No conocía ni al autor ni la pieza pero escuché a la mezzosoprano Jane Irwin cantar esas cinco canciones en un concierto hace muy pocos días. Y no se me van a olvidar.
Una música densa y por momentos sombría que fluye de manera natural a través de esa voz que cantó con una entrega y una concentración sin fisuras. Verso a verso, aun sin comprender la letra, se percibía un descenso a través de un río hacia un lugar al otro lado de la espuma que rebotaba en las piedras. Al través del agua, gracias a la corriente: un sitio en el interior de ese flujo, donde se podía respirar y también dormir. Dormir durante tiempo, mucho tiempo.
Cuando acaban músicas así agradería mucho el silencio. Porque aún está caminando por todo el cuerpo, dejando su rastro, abriendo una ruta. Pero llegan los aplausos. Y al final también aplaudo. Fue una interpretación única.
Toda la orquesta, dirigida por Josep Pons, participaba de esa concentración. Tenía ganas de escuchar a este director. Me gustó verlo moverse, señalar los momentos centrales, ayudar en esa ruta. Además de Schreker, tocaron un breve fragmento de Mahler y la Suite del Burgués Gentilhombre de Richard Strauss, op. 60, una pieza que quiero volver a escuchar con mucha atención.
Me gustaría entender algo sobre lo que significa decir que la música fluía (como ocurrió ese día). ¿A través de qué fluye el sonido cuando se experimenta esa emoción?
¿A través tal vez de una herida a la que solo se puede cuidar manteniéndola lo más limpia posible?
¿Una herida cónica?
Estaba solo. Salí corriendo hacia un centro médico y por el camino me recogió un coche que pasaba. Cuando llegué el médico salía por la puerta pero volvió a entrar. Me atendió y me curó. La herida no parecía querer cerrarse y yo le pregunté por que no me daba unos puntos de sutura.
Entonces fue cuando me dijo que aquella herida era cónica (y tenía esa forma, era cierto) y que si se cerraba por arriba, la parte ancha del cono, dentro se crearía una bolsa de infección. No, aquella tenía que cicatrizar de abajo arriba, drenándose de manera natural. No había sutura ni rapidez posible. Sería lento y habría riesgos. Era una herida extraña, aunque él actuaba con mucha calma.
La herida acabó curando y dejó una marca en la piel que ahí sigue.
Ir cerrando leí el otro día en una carta, y me acordé de lo que me había dicho aquel buen médico. Ir cerrando. ¿Qué significará?
Duermo tan profundamente, un ramo en mis manos
y en mi frente la herida roja
Son dos versos, de Edith Ronsperger si no me equivoco, que forman parte de las Cinco canciones para voz grave y orquesta de Franz Schreker. Son los dos últimos versos.
No conocía ni al autor ni la pieza pero escuché a la mezzosoprano Jane Irwin cantar esas cinco canciones en un concierto hace muy pocos días. Y no se me van a olvidar.
Una música densa y por momentos sombría que fluye de manera natural a través de esa voz que cantó con una entrega y una concentración sin fisuras. Verso a verso, aun sin comprender la letra, se percibía un descenso a través de un río hacia un lugar al otro lado de la espuma que rebotaba en las piedras. Al través del agua, gracias a la corriente: un sitio en el interior de ese flujo, donde se podía respirar y también dormir. Dormir durante tiempo, mucho tiempo.
Cuando acaban músicas así agradería mucho el silencio. Porque aún está caminando por todo el cuerpo, dejando su rastro, abriendo una ruta. Pero llegan los aplausos. Y al final también aplaudo. Fue una interpretación única.
Toda la orquesta, dirigida por Josep Pons, participaba de esa concentración. Tenía ganas de escuchar a este director. Me gustó verlo moverse, señalar los momentos centrales, ayudar en esa ruta. Además de Schreker, tocaron un breve fragmento de Mahler y la Suite del Burgués Gentilhombre de Richard Strauss, op. 60, una pieza que quiero volver a escuchar con mucha atención.
Me gustaría entender algo sobre lo que significa decir que la música fluía (como ocurrió ese día). ¿A través de qué fluye el sonido cuando se experimenta esa emoción?
¿A través tal vez de una herida a la que solo se puede cuidar manteniéndola lo más limpia posible?
¿Una herida cónica?
20 de marzo de 2012
En oleadas
Es muy raro, es extraño. Que una música fúnebre, una marcha, tenga la capacidad de activar las células que revitalizan el cuerpo.
Una marcha fúnebre. Todo se detiene a su paso. Todo se activa. Las emociones quedan más desnudas, difíciles. Aunque con una dignidad que solo tiene aquello que existe a pesar de casi todo.
Se hace el silencio. Está cruzando. El último camino se hace durante la noche, a plena luz del día. Retrasas un poco los pies, apenas te mueves, es difícil sostener la mirada. Se escucha como llega, y como tras un caminar sin vuelta atrás, se va alejando. El día, la tarde, la noche es gris. Y la piel de los tambores apenas se roza al inicio y al final, como si no fuese música, como si fuese un adiós.
A veces todo es extraño.
Había escuchado una música. Era el inicio de una pieza de Wagner. La recuerdo como un rumor de olas, como las ondas del mar llegando poco a poco, sin detenerse, avanzando. Cada vez más cerca. Olas. Así se la describí a mi amigo C., confiando en que dariamos con ella. Preparó una selección con partes escogidas de Wagner, un autor que no está (tal vez estaba) entre mis preferidos. Pero el mar que buscaba no se encontraba allí. Luego, otra selección escogida y tampoco.
Pasaron las semanas. Escuché una marcha que me recordó aquellas olas. Volví a una de las selecciones buscando ahora esa marcha. Y sí: en la pista nueve la Trauermarsch, la marcha fúnebre, el entierro de Sigfrido de la ópera El ocaso de los dioses de Richard Wagner.
Así que de una manera rara, inesperada, otras olas llegaron y se van a quedar un tiempo largo. Esta música es capaz de invadir cualquier lugar al que llegue, en oleadas de serenidad y decisión, de acuerdo entre la muerte y quien la observa, de profundidad y también de decisión por pasar a algún lugar que parece otro lugar.
Ahora la escucho de pared a pared. A veces uno encuentra los sonidos justos para un momento concreto. Hasta encontrar ese acoplamiento es raro, pero a veces se produce. Esta marcha hacia el otro lado, pasando cerca de donde estoy. Alargando el brazo, extendiendo los dedos para rozarla. Imperturbable, callada, en una noche que no es oscura, continua su ritmo.
A través de estos y tal vez otros caminos.
La veo avanzar.
Una marcha fúnebre. Todo se detiene a su paso. Todo se activa. Las emociones quedan más desnudas, difíciles. Aunque con una dignidad que solo tiene aquello que existe a pesar de casi todo.
Se hace el silencio. Está cruzando. El último camino se hace durante la noche, a plena luz del día. Retrasas un poco los pies, apenas te mueves, es difícil sostener la mirada. Se escucha como llega, y como tras un caminar sin vuelta atrás, se va alejando. El día, la tarde, la noche es gris. Y la piel de los tambores apenas se roza al inicio y al final, como si no fuese música, como si fuese un adiós.
A veces todo es extraño.
Había escuchado una música. Era el inicio de una pieza de Wagner. La recuerdo como un rumor de olas, como las ondas del mar llegando poco a poco, sin detenerse, avanzando. Cada vez más cerca. Olas. Así se la describí a mi amigo C., confiando en que dariamos con ella. Preparó una selección con partes escogidas de Wagner, un autor que no está (tal vez estaba) entre mis preferidos. Pero el mar que buscaba no se encontraba allí. Luego, otra selección escogida y tampoco.
Pasaron las semanas. Escuché una marcha que me recordó aquellas olas. Volví a una de las selecciones buscando ahora esa marcha. Y sí: en la pista nueve la Trauermarsch, la marcha fúnebre, el entierro de Sigfrido de la ópera El ocaso de los dioses de Richard Wagner.
Así que de una manera rara, inesperada, otras olas llegaron y se van a quedar un tiempo largo. Esta música es capaz de invadir cualquier lugar al que llegue, en oleadas de serenidad y decisión, de acuerdo entre la muerte y quien la observa, de profundidad y también de decisión por pasar a algún lugar que parece otro lugar.
Ahora la escucho de pared a pared. A veces uno encuentra los sonidos justos para un momento concreto. Hasta encontrar ese acoplamiento es raro, pero a veces se produce. Esta marcha hacia el otro lado, pasando cerca de donde estoy. Alargando el brazo, extendiendo los dedos para rozarla. Imperturbable, callada, en una noche que no es oscura, continua su ritmo.
A través de estos y tal vez otros caminos.
La veo avanzar.
15 de marzo de 2012
Lo que queda es un olor
La casa huele a pan recien hecho. No hay pan acabado de hacer. Pero el recuerdo de ese olor hace que el día ya pueda terminar.
O empezar.
El día casi siempre comienza con un olor. Es bueno pararse y olfatear mientras todo se mueve alrededor. Para saber que olor trae consigo ese mundo. Todo pasa cerca, rozándonos la piel, acariciándonos, también cortando; todo a la vez, todo en un segundo.
En esas situaciones me gusta quedarme quieto y callado. Cerrar los ojos para saber cuando ha pasado y se aleja. Entonces, oler.
Porque algo ha quedado y eso es para quien quiera continuarlo.
Un buen amigo me recuerda que Lo que queda es con lo que empiezas,
una cita de Charles Wright que escribe Raymond Carver.
Lo que queda casi siempre es un olor. Que continua rozándonos mientras lo que está vivo se agita.
¿Cómo cuidar un tesoro?, ¿dónde guardarlo?, ¿de qué, de quién protegerlo?
Jacques Brell canta sobre una manera de cuidar el tesoro que el paso de los años desluce. Es una de las pocas canciones de estos días. Así que entré en la galaxia del ordenador para buscarla.
Pero no la encontré.
A cambio, allí estaba Amsterdam. Otra vez esta vieja música sobre los puertos, escuchada en la versión que Brell cantó en el Olympia de París. Los aplausos, la voz arrastrando los pasos, su decisión de avanzar como una nave poderosa, cargada, que se aleja, que se interna ahora que el día ha terminado.
Marsella al amanecer. Génova. El mar oscuro y por momentos sucio. La huella de los barcos, su olor también. El frío de la noche, caminar entre los muelles. Esperar. Señalar un lugar con la mirada y dirigirse allí. Solo por esperar. Lo que queda es el olor, que con algo de suerte, antes o después pasará cerca.
O empezar.
El día casi siempre comienza con un olor. Es bueno pararse y olfatear mientras todo se mueve alrededor. Para saber que olor trae consigo ese mundo. Todo pasa cerca, rozándonos la piel, acariciándonos, también cortando; todo a la vez, todo en un segundo.
En esas situaciones me gusta quedarme quieto y callado. Cerrar los ojos para saber cuando ha pasado y se aleja. Entonces, oler.
Porque algo ha quedado y eso es para quien quiera continuarlo.
Un buen amigo me recuerda que Lo que queda es con lo que empiezas,
una cita de Charles Wright que escribe Raymond Carver.
Lo que queda casi siempre es un olor. Que continua rozándonos mientras lo que está vivo se agita.
¿Cómo cuidar un tesoro?, ¿dónde guardarlo?, ¿de qué, de quién protegerlo?
Jacques Brell canta sobre una manera de cuidar el tesoro que el paso de los años desluce. Es una de las pocas canciones de estos días. Así que entré en la galaxia del ordenador para buscarla.
Pero no la encontré.
A cambio, allí estaba Amsterdam. Otra vez esta vieja música sobre los puertos, escuchada en la versión que Brell cantó en el Olympia de París. Los aplausos, la voz arrastrando los pasos, su decisión de avanzar como una nave poderosa, cargada, que se aleja, que se interna ahora que el día ha terminado.
Marsella al amanecer. Génova. El mar oscuro y por momentos sucio. La huella de los barcos, su olor también. El frío de la noche, caminar entre los muelles. Esperar. Señalar un lugar con la mirada y dirigirse allí. Solo por esperar. Lo que queda es el olor, que con algo de suerte, antes o después pasará cerca.
8 de marzo de 2012
Una fiera de ojos brillantes
En mitad de la montaña.
Atravesando caminos que cruzan los bosques de hayas, en mitad de una pista helada cubierta con la nieve de la noche pasada, de los días pasados. En estos lugares, aunque el día sea luminoso, la oscuridad va con uno. Y un frío imposible de ahuyentar vuelve a merodear como una fiera a la que solo delatan unos ojos brillantes.
A veces la nieve es sucia. Por ella han pasado personas, animales y las hojas de los árboles.
Te observo.
Y como no tengo otra cosa que hacer pienso y recuerdo. Y me viene a la cabeza una fotografía de Alexandra David-Neel, la primera mujer en llegar a Lhassa, la capital del Tibet, en 1924. Y me acuerdo que anoté en mi libreta el pie de foto:
La autora, en el Tíbet, vestida de ermitaño. Lleva al cuello un rosario de 108 cuentas hecho con 108 cráneos humanos distintos. En el cinto lleva la daga mágica, y colgando de él se ve la trompeta Kongling, hecha de un fémur humano.
Por la noche aquí apagan la luz. Se raciona la energía que produce una pequeña batería. Desaparece la luz y el calor. Pero a cambio parecen oirse mejor unos copos grandes, densos, constantes, que caen de manera mansa sobre la claraboya. Son muchas horas hasta que vuelve el sol. Me gusta tener una pequeña linterna cerca, con ella leí el pie de foto que había copiado.
Entonces me vino a la cabeza un pensamiento:
Alexandra David-Neel somos todos.
Y mientras nieva, solo queda esperar que esta vez el día llegue y haga bien su trabajo de dejarnos permanecer aquí un poco más. No para lucir los abalorios de la selva, de las expediciones. Tal vez para desayunar (ya habrá vuelto la luz), calentarnos un poco al sol e intentar caminar cerca de algún árbol.
Atravesando caminos que cruzan los bosques de hayas, en mitad de una pista helada cubierta con la nieve de la noche pasada, de los días pasados. En estos lugares, aunque el día sea luminoso, la oscuridad va con uno. Y un frío imposible de ahuyentar vuelve a merodear como una fiera a la que solo delatan unos ojos brillantes.
A veces la nieve es sucia. Por ella han pasado personas, animales y las hojas de los árboles.
Te observo.
Y como no tengo otra cosa que hacer pienso y recuerdo. Y me viene a la cabeza una fotografía de Alexandra David-Neel, la primera mujer en llegar a Lhassa, la capital del Tibet, en 1924. Y me acuerdo que anoté en mi libreta el pie de foto:
La autora, en el Tíbet, vestida de ermitaño. Lleva al cuello un rosario de 108 cuentas hecho con 108 cráneos humanos distintos. En el cinto lleva la daga mágica, y colgando de él se ve la trompeta Kongling, hecha de un fémur humano.
Por la noche aquí apagan la luz. Se raciona la energía que produce una pequeña batería. Desaparece la luz y el calor. Pero a cambio parecen oirse mejor unos copos grandes, densos, constantes, que caen de manera mansa sobre la claraboya. Son muchas horas hasta que vuelve el sol. Me gusta tener una pequeña linterna cerca, con ella leí el pie de foto que había copiado.
Entonces me vino a la cabeza un pensamiento:
Alexandra David-Neel somos todos.
Y mientras nieva, solo queda esperar que esta vez el día llegue y haga bien su trabajo de dejarnos permanecer aquí un poco más. No para lucir los abalorios de la selva, de las expediciones. Tal vez para desayunar (ya habrá vuelto la luz), calentarnos un poco al sol e intentar caminar cerca de algún árbol.
3 de marzo de 2012
El cielo de Finlandia
Una historia para tocar con la punta de los dedos. Una vieja historia.
La escena principal tiene lugar alrededor de las voces. Es la historia de la polifonía, el comienzo de una parte de la música o el acuerdo que se considera como uno de los comienzos. El canto, el recorrido de varias voces. El contrapunto.
Voces que comienzan una frase, una letanía, una misa de difuntos, un canto alegre. Cualquier tema sirve para hablar, para ser cantado. Y la comienzan alrededor de un círculo, mirándose a los ojos. Pero comienzan a cantarla progresivamente y cuando una acaba de dibujar las primeras palabras la tercera aún está en silencio.
Y luego se van cruzando, entrecruzando. Porque alguna vuelve atrás, rehace una palabra. Y la otra sigue rápida, circular también. Y en algún momento en el que parece que va a surgir el silencio, la historia continua.
Sueña un poco, sueña conmigo.
Un verso, por ejemplo, que no recuerdo a quien pertenece y que encontré entre algunas hojas, pero que podría ser cantado a varias voces. Y cuando algunas comenzaran a murmurar su inicio otras ya habrían dicho algo sobre los sueños.
Podría ser una frase para Monteverdi. Y en otro contexto, con igual intensidad, para Luys de Narváez o Cristóbal de Morales o Juan Gutierrez de Padilla.
Así sonó ayer, desde el frío, esta música en la catedral. La voz brillando sobre el oro del fondo.
La polifonía.
Un día finlandés,
necesito un largo día finlandés;
tan largo
como cuarenta días corrientes.
Y los pasos a lo largo de la nave central espaciaban los sonidos y los iban posando lentamente en los asientos. Hacía frío, mucho frío. Pensé en Finlandia. Egun finlandier bat.
Quiero un día finlandés
para seguir hablando contigo;
tus palabras me hacen bien,
me tranquilizan por dentro.
Te comenté algo del paraíso
y tú me dijiste, sí, en el paraíso...
en el paraíso hay frutas bellísimas,
pero también el infierno puede estar allí.
Así que acepté aquellas voces que adoraban a un dios que no conozco y que luego reconocían la incapacidad frente a la muerte. La muerte. Desaparecer en la nieve, el viejo miedo de cruzar la montaña y sentirse, en algún momento, exhausto. Y con ganas de abandonar. Y pensar que tal vez este sea un buen sitio, se parece al paraíso.
¿Es posible cambiar radicalmente de vida?
¿Cuántas veces se puede empezar de cero?
Son preguntas difíciles, pero no para ti.
Tu eres mi amiga, te quiero.
Un largo viaje para escuchar las voces que ayudaban a Tomás Luis de Victoria a cantar su Réquiem, una de sus últimas misas. Frío, mucho frío. Pero luego la vida se expandía en luces brillantes al caer la noche.
En medio de la catedral, Egun finlandier bat, el poema de Bernardo Atxaga, me vino a la memoria verso por verso. Y las voces que cantaban Cui luna, sol et omnia empezaron a entonar el ritmo algo rockero con el que Gari canta este día finlandés.
Hemos hablado de tantas cosas,
de la droga, de la ansiedad;
hemos hablado de la libertad personal
de que tenemos que ser libres, siempre.
Y un río parecido a las lágrimas comenzó a fluir a través de ese misterioso país. Hemos hablado de tantas cosas que a veces la música escribe sobre ellas un Agnus Dei sin dios. Y hasta tiene sentido.
Regresé. Aunque estaba solo conecté otra vez los cascos (últimamente me gusta hacerlo, antes lo odiaba). Y encendí, fuerte, Un largo día finlandés. Contigo. Un poema sin final porque me lo sabía de memoria pero la música ahora sonaba abierta y limpia, cortante, entregada.
Pero en un momento dado, aquella música me hizo escuchar otra voz hablando de otro país:
un día finlandés no, tal vez, en algún momento, un café.
El cielo de Finlandia siempre es azul.
Pensé en maldecir aquí los cafés, uno de los lugares que más me gustan en el mundo. Pero me sonreí frente a la impotencia. Luego pensé en los lagos helados de Finlandia bajo un cielo azul.
No sé como terminar.
La escena principal tiene lugar alrededor de las voces. Es la historia de la polifonía, el comienzo de una parte de la música o el acuerdo que se considera como uno de los comienzos. El canto, el recorrido de varias voces. El contrapunto.
Voces que comienzan una frase, una letanía, una misa de difuntos, un canto alegre. Cualquier tema sirve para hablar, para ser cantado. Y la comienzan alrededor de un círculo, mirándose a los ojos. Pero comienzan a cantarla progresivamente y cuando una acaba de dibujar las primeras palabras la tercera aún está en silencio.
Y luego se van cruzando, entrecruzando. Porque alguna vuelve atrás, rehace una palabra. Y la otra sigue rápida, circular también. Y en algún momento en el que parece que va a surgir el silencio, la historia continua.
Sueña un poco, sueña conmigo.
Un verso, por ejemplo, que no recuerdo a quien pertenece y que encontré entre algunas hojas, pero que podría ser cantado a varias voces. Y cuando algunas comenzaran a murmurar su inicio otras ya habrían dicho algo sobre los sueños.
Podría ser una frase para Monteverdi. Y en otro contexto, con igual intensidad, para Luys de Narváez o Cristóbal de Morales o Juan Gutierrez de Padilla.
Así sonó ayer, desde el frío, esta música en la catedral. La voz brillando sobre el oro del fondo.
La polifonía.
Un día finlandés,
necesito un largo día finlandés;
tan largo
como cuarenta días corrientes.
Y los pasos a lo largo de la nave central espaciaban los sonidos y los iban posando lentamente en los asientos. Hacía frío, mucho frío. Pensé en Finlandia. Egun finlandier bat.
Quiero un día finlandés
para seguir hablando contigo;
tus palabras me hacen bien,
me tranquilizan por dentro.
Te comenté algo del paraíso
y tú me dijiste, sí, en el paraíso...
en el paraíso hay frutas bellísimas,
pero también el infierno puede estar allí.
Así que acepté aquellas voces que adoraban a un dios que no conozco y que luego reconocían la incapacidad frente a la muerte. La muerte. Desaparecer en la nieve, el viejo miedo de cruzar la montaña y sentirse, en algún momento, exhausto. Y con ganas de abandonar. Y pensar que tal vez este sea un buen sitio, se parece al paraíso.
¿Es posible cambiar radicalmente de vida?
¿Cuántas veces se puede empezar de cero?
Son preguntas difíciles, pero no para ti.
Tu eres mi amiga, te quiero.
Un largo viaje para escuchar las voces que ayudaban a Tomás Luis de Victoria a cantar su Réquiem, una de sus últimas misas. Frío, mucho frío. Pero luego la vida se expandía en luces brillantes al caer la noche.
En medio de la catedral, Egun finlandier bat, el poema de Bernardo Atxaga, me vino a la memoria verso por verso. Y las voces que cantaban Cui luna, sol et omnia empezaron a entonar el ritmo algo rockero con el que Gari canta este día finlandés.
Hemos hablado de tantas cosas,
de la droga, de la ansiedad;
hemos hablado de la libertad personal
de que tenemos que ser libres, siempre.
Y un río parecido a las lágrimas comenzó a fluir a través de ese misterioso país. Hemos hablado de tantas cosas que a veces la música escribe sobre ellas un Agnus Dei sin dios. Y hasta tiene sentido.
Regresé. Aunque estaba solo conecté otra vez los cascos (últimamente me gusta hacerlo, antes lo odiaba). Y encendí, fuerte, Un largo día finlandés. Contigo. Un poema sin final porque me lo sabía de memoria pero la música ahora sonaba abierta y limpia, cortante, entregada.
Pero en un momento dado, aquella música me hizo escuchar otra voz hablando de otro país:
un día finlandés no, tal vez, en algún momento, un café.
El cielo de Finlandia siempre es azul.
Pensé en maldecir aquí los cafés, uno de los lugares que más me gustan en el mundo. Pero me sonreí frente a la impotencia. Luego pensé en los lagos helados de Finlandia bajo un cielo azul.
No sé como terminar.
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