20 de febrero de 2011

Sobre la intuición, tal vez

La intuición nunca falla.
Si falla no es intuición
(le leí estos días, pero no recuerdo donde)

19 de febrero de 2011

Una luz blanca

Salí a caminar por las calles, tal vez a buscar un libro. Ya era de noche, llovía un agua mansa, como blanquecina, triste, que el paraguas no detenía. Caminé en silencio, hablé, seguí andando. Daba igual. Y al llegar frente a la catedral escuché el ruido de un generador y más gente de lo normal en el pórtico. Me detuve y entonces recordé que había un concierto, anunciado desde hace semanas, y que la lluvia me había hecho olvidar.

Entré al Pórtico do Paraíso. En la música antigua aparece continuamente la palabra paraíso. ¿Qué significará? Cantaba el grupo vocal The Tallis Scholars, dirigido por su fundador Peter Phillips. Once músicos cantando a cappella en una catedral, música sacra, sagrada. Pero con un añadido que es la primera vez que veo: la mezcla de música renacentista (Palestrina o William Byrd entre otros) con un músico vivo, Arvo Pärt.

Es la primera vez que escucho un programa tan valiente y tan bien escogido, que además el público reconoce y valora por el hilo espiritual que une el siglo XVI con el XXI. Una de las pocas veces en que la clasificación no juega malas pasadas y como resultado la música contemporánea se relega a ser la primera pieza de un concierto, como teloneros de lujo del clasicismo.

Arvo Pärt es una maravilla. Podría comparar mi música con una luz blanca en la que están contenidos todos los colores. Solo un prisma puede separar estos colores y hacerlos visibles, este prisma podría ser el espíritu de quien escucha, dice el compositor.

Una luz blanca. A mi me gusta escuchar la gran dedicatoria al piano que es Für Aline. Y el cedé verde con Tábula Rasa que me regaló L. y con el que descubrí a este músico estonio. Años más tarde, la pareja de L. me regaló la sinfonía nº 3, op. 36  de Henryk Górecki. Músicas muy diferentes pero cercanas en el tratamiento espiritual, en lo sagrado, también en el dolor de una nota que se instala en nosotros y va creciendo, zigzagueando, de la memoria a lo que está por venir.

No es una música triste (lo pienso mientras suena Für Aline). Es el silencio que precede al recogimiento. Aquel en el que uno respira más hondo porque sabe que se enfrenta a lo que no tiene fondo ni final, a algo infinito. Y necesita coger fuerza y seguridad, coger silencio.

Los antiguos asociaban lo sacro, lo sagrado con un hueso central en nuestro cuerpo, el hueso sacro. El centro del cuerpo es el centro del silencio, del recogimiento.

Y eso flotó ayer en el concierto de la catedral. Magnificat, Miserere y Nunc Dimitis de músicos renacentistas y de Arvo Pärt. Y el hilo del agradecimiento y de la entrega no se había roto en todos esos siglos.

Era de noche pero se podían ver algunos colores.

14 de febrero de 2011

Amnesia

Leo el testimonio que el neurólogo Oliver Sacks escribió sobre Clive Wearing, un hombre joven que tras una enfermedad perdió, entre otras cosas, la capacidad de recordar más allá de unos pocos segundos.

Un fragmento del diario de Clive:
2.10 pm: esta vez estoy perfectamente despierto (...) 2.14 pm: esta vez estoy por fin despierto (...) 2.35 pm: esta vez absolutamente despierto (...) A las 9.40 pm me desperté por primera vez, a pesar de lo que he dicho antes (...) A las 10.35 pm estaba plenamente consciente, y depierto por primera vez en muchas, muchas semanas.

Deborah, su mujer (con una historia de amor maravillosa con Clive) dice que es como si él sintiese que No he oído nada, ni visto nada, ni tocado nada ni olido nada. Es como estar muerto.

Fuera llueve despacio, escucho el agua sobre el tejado, cae sin ninguna violencia, el viento cesó. Solo queda la noche que comienza a avanzar. Pienso sobre esa forma de "estar muerto". Me parece que los recuerdos exigen ser cultivados, tal como haríamos con un buena huerta. Sin ellos solo existe un presente que no puede significar nada. Solo una inmensa amnesia.

Y, al mismo tiempo, sé que no hay nada más cierto que las palabras de Antonio Lobo Antunes cuando dice que lo que de verdad es difícil de predecir no es el futuro, es el pasado.

13 de febrero de 2011

Sin atajos

Hace unos días recibí un correo con un texto atribuido a Jorge Luis Borges. Y el caso es que ya es la segunda vez que, desde diferentes lugares, me llega el mismo texto. Es ese en el que un supuesto Borges de 85 años (tengo hasta dudas de que sea suyo) se lamenta de haber vivido la vida entera de manera tan correcta e "higiénica" y escribe sobre todo lo bueno que haría si volviera a vivir, y que dice haberse perdido (habla de tomarse las cosas con menos seriedad, de caminar descalzo, de contemplar más amaneceres...).

Hace tiempo también circulaba por muchos lugares una larga carta atribuida a Gabriel García Márquez en la que reflexionaba sobre su vida en un momento en el que una supuesta enfermedad terminal le había hecho ver la vida de otra manera.
Parecen textos con buenas intenciones y aire seudopoético que se me caen de las manos en las primeras palabras. Sean o no de ellos no me merecen mucho interés (ni aprecio). Ahí no está la valentía ni el gusto por correr "riesgos" que dice el supuesto Borges.

Cuando la cosa se pone difícil a mi no me sirven de nada esos supuestos atajos bienintencionados, que incluyen buena parte de lo que se debería hacer y además cómo hay que hacerlo. Parecen recetas de cocina dedicadas a explicar la elaboración en unos pocos minutos de un plato que tarda horas en cocinarse. Y además horas de dedicación plena (y gustosa). Creo que hay que vivir al límite, pero eso no tiene nada que ver con la apariencia de vivir al límite. Es otra cosa. En realidad es algo que solo sirve para cada persona, es una trayectoria que está pendiente de ser trazada.

Hace unos días escuché a Amancio Prada interpretar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en una antigua abadía. En ese poema maravilloso es donde se habla de la noche sosegada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora. Y por supuesto de la música callada.

Durante mucho tiempo, y sigue ocurriendo con igual intensidad, cuando no busco un atajo necesito estar cerca de la Música callada de Federico Mompou. Sencillamente porque tiene la cualidad de señalar, por algo parecido a la decantación (el silencio), lo que es importante de verdad. Separa las emociones y al final te deja a solas con lo que de manera cierta está contigo. Y entonces, por fin, puedes escuchar algo.

11 de febrero de 2011

Los recuerdos son el combustible

Las personas diminutas, la luz brillante.
Encuentro esta frase en una libreta de notas y quiero tenerla cerca.

Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Lo escribe Haruki Murakami en "After Dark"

Hace unos días me crucé con un poema de un autor que no conocía, el polaco Vladimír Holan, que me llevó hasta una gran reserva de combustible, intacta en algún lugar no lejos de aquí. Voy a copiar el poema:

¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento...
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo del café.
Estaremos de nuevo en casa.

Viví durante mucho tiempo una resurrección así. Conocí el silencio de la casa cuando el fuego de la cocina comenzaba a calentar. El olor de la lumbre, la confianza que ofrecía. Las piñas secas prendiendo en la madera. Los pasos sigilosos. Un silencio cuidadoso para no despertar a quien todavía quería dormir.

Cuando comencé a vivir fuera de la casa y volvía a ella en invierno, en las vacaciones, llegaba de madrugada. Cerca de la estación, el tren cruzaba el río a través de una densa niebla y mucho frío. Toda una noche de viaje, sin poder dormir apenas. Desde la ventanilla de aquella especie de camarote veía pasar los árboles desnudos y entonces sabía cuanto los había echado de menos. Aún estaba amaneciendo.

Por eso llegaba a la casa cuando el fuego empezaba a calentar la cocina y el resto de la casa permanecía congelada.

Ahora leo "Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro" de Oliver Sacks. En uno de sus capítulos, habla de lo que denomina conciertos involuntarios, una especie de sonidos que de pronto comienzan a acompañarnos a todas horas y en todo momento y que pueden llegar a ser difíciles de controlar. Y siento que los recuerdos se parecen mucho a esa idea de concierto involuntario, de sonidos y silencios que viajan a nuestro alrededor.

2 de febrero de 2011

Un lápiz

Durante mucho tiempo lleve este viejo lápiz sobre el salpicadero de mi coche. Cada vez que lo veía me sentía incómodo al observar su punta desgastada y sucia. Siempre quise afilarlo hasta que un día ya no pude más y por fin lo hice. No estoy seguro, pero creo que esto tiene que ver algo con el arte.

Hace tiempo que conservo este pequeño texto de John Baldessari, que él montó con dos fotos del lápiz, antes y después de afilarlo. Me lo envió un amigo hace algunos años y, de una u otra manera, cada vez que lo leo siento que mucho de lo que se puede decir sobre el trabajo artístico y creativo está ahí.

30 de enero de 2011

No, no tardaré mucho

Últimamente, de pronto,
en medio de algo cotidiano y pequeño
me llegan voces perdidas de hace tanto,
acentos, sonidos,
expresiones y gestos
aquellas voces de niños
y de tardes de infancia, de subir
a ciruelos y cruzar sigilosos a la huerta de al lado
para robar la fruta y salir volando.

¿Y por qué llegan de pronto las voces del pasado?
Inconexas, como aves perdidas del grupo migratorio
¿Cuántos años han pasado de la infancia de los setos, sorbas,
los manzanos y el sauce llorón?
Aventuras infantiles al lado del caudal,
conquistando rocas como si fueran islas.

Me fui hace mucho tiempo
pero sin previo aviso llegan a veces voces

Éstas y otras voces del pasado

Me rozan con sus alas


Hace unos meses, en el otoño, una persona a la que aprecio de verdad y a quien conozco desde hace años escribió este poema y me lo envió (me pidió que le guardara el anonimato de una manera ingeniosa y ahora no se me ocurre otra). Hoy, mediante uno de esos procesos incontrolables y que obedecen a una corriente desconocida, lo sentí cerca y dialogando con unos versos de Robert Frost que tengo copiados en no sé cuantas libretas, porque siempre que me los encuentro me parecen únicos:

Voy a limpiar el arroyo, en los pastos...
Sólo rastrillaré las hojas secas.
(Y quizás me detenga hasta ver clara el agua)
No, no tardaré mucho. -Ven también

28 de enero de 2011

Como un iris

Ayer fue tarde de concierto.
Ahora llueve con suavidad y hace menos frio.

La RFG tocó el concierto para piano núm. 1 op. 15 de Brahms y la Sinfonía núm. 1 de Kurt Weill.

Y algo extraño me sucede con la música de Weill, de quien ya había escuchado alguna otra pieza en el auditorio. No identifico lo que es, pero ayer me volvió a suceder.

Esta sinfonía se desarrolla en un solo acto: grave, allegro vivace, andante religioso y larghetto se suceden sin ningún silencio intermedio. Al inicio no parece fácil de escuchar, se pasa por tramos en que los sonidos parecen discutir entre si y recuerdo una especie de continuos toboganes por los que se deslizan de una manera poco predecible. Cuando escucho algo así, sé por qué me gusta este tipo de música y por qué me aburro, o pierdo interés, frente a otro tipo de sonidos.

Pero la música avanzaba girando cada vez más cerca. A veces pasaba rozándote. Cuando llega al andante religioso todo parece estar decidido: estás dentro de un viaje y estás empezando a internarte en un territorio que existe según lo vas atravesando. Como abrir un fruto y ver las pepitas, algo circular y generoso en la mano.

El larghetto parecía avanzar en esa nebulosa (que no sabría si me gusta o no), como una nave se interna en espacios oscuros y lejanos. Fue la experiencia de atravesar umbrales, de ir a través de planos que se abren como un iris cuando intuyen que ya estás cerca.

Ese es el extraño viaje, en un bucle a veces desasosegante, con el que asocio una parte de la música de Weill. Y algo de eso creo que quedó en su etapa de Nueva York, cuando trabajó en lo que sería el musical americano. Algunas piezas de George Gershwin me lo recuerdan.

Durante el regreso escuché en la radio como leían un relato de Ambrose Bierce: En el código militar el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia. Pensé en la frase sobre el placer de la entrada anterior.

Y hoy, en cuanto pude, volví a escuchar el Viaje de invierno de Schubert.

26 de enero de 2011

Diccionario

"Abstinente, adj.: persona de carácter débil que cede a la tentación de privarse de un placer"

(Sentencia que Ambrose Bierce escribió en El diccionario del diablo y que encontré en un escrito de Fernando Savater)

16 de enero de 2011

Lontano

Si supieras cada día lo que va a pasar no te levantarias de la cama, dice uno de los personajes de "Todo o nada", la película de Mike Leigh (a mi me deslumbró con "Secretos y mentiras").

Y ¿cómo se relaciona esto con el ansia de control, férrea a veces, sobre ese mismo día a día?

Amanecemos para estar expuestos a la incertidumbre, y eso parece ser lo bueno. Pero al mismo tiempo queremos reducir las opciones de imprevistos, de incertidumbre.

Puede que esto sea casi inevitable, el asunto es el cómo lo aceptamos y gestionamos.

Y esta es una enseñanza que procura la música: la aceptación de lo desconocido, lo imprevisible, el caminar en la cresta de una ola de la que no se sabe su evolución, el evitar lo obvio. Un buen maestro de todo esto es György Ligeti.

15 de enero de 2011

La explicación del relámpago

"El primer deber del hombre es definirse", dice Atahualpa Yupanqui.
Tengo conmigo esta frase desde que la escuché hace un par de días. De alguna forma estoy cerca de ella, observándola, intentando saber qué pienso sobre ella y en qué consiste eso de definirse.

Tal vez definirse tiene que ver con trazar unos contornos, unos límites, unos miedos también. Con dibujarse, con lograr una identidad y con aceptar su reforma inmediata. Definirse lo entiendo como la valentía de permanecer en silencio y, en ocasiones, hablar. Y aceptar que las dos cosas son nuestra expresión. Definirse puede tener que ver con expresarse, en un mundo en el que probablemente vale todo menos la ingenuidad de pensar que si no nos dibujamos nadie lo hará por nosotros.

Tengo ganas de decir que vale todo menos la mentira. Pero la verdad, o como se llame, hay que decirla indirectamente, "Así como el relámpago / se explica amablemente al niño" decía Emily Dickinson.

Y tampoco vale la humillación, hacer perder la dignidad a alguien. Creo que esto es especialmente delicado cuando estamos cerca de personas mayores o muy mayores. Pero entre iguales, muchas veces la humillación sobrevive a maneras que podrían parecer hasta lo contrario. Puede ser una especie de virus que se reproduce desde dentro de la ayuda o el juicio o la tutela incluso, desde dentro de la piel. No lo sé, pienso algo alrededor de todo esto.

Y ayer, en el concierto semanal, asocié la escucha del concierto para violín núm. 2 de Béla Bartók, con el recuerdo vibrante de la música popular gitana de Kalyi Jag saliéndose, a todo volumen, por las ventanillas del coche, lleno de amigos, mientras íbamos y veníamos por el desierto hace ya bastante tiempo.

Johannes Brahms, un compositor que apenas he escuchado, me devolvió con su Sinfonía núm. 2 en Re mayor a la paz y a la luz necesaria para volver a casa por la noche.

9 de enero de 2011

Música de danza y una idea obsesiva

Hace tiempo escuché en la radio una pieza para violonchelo llena de intensidad y fuerzas contradictorias. Como otras veces (no demasiadas) tuve que parar lo que estaba haciendo y escuchar. Era un diálogo de un instrumento consigo mismo: varias voces conversaban alrededor de una melodía endiablada, que por momentos tenía aires populares, (zíngaros o algo parecido). Parecían los ecos de una fiesta en el campo mezclados con una línea obsesiva que iba y venía. Una música que casi invitaba a bailar y a su alrededor una obsesión dramática, dura, sin contemplaciones.

No tenía ni idea de qué se trataba, hasta que al final dieron la referencia: la Sonata para violochelo solo op.8 de Zoltán Kodály. Y estos días conseguí el disco, en una interpretación de Xavier y Jean-Marc Phillips (porque además del Op. 8 hay el duo de la Op.7).

Escuché los tres movimientos, "Allegro maestoso ma appassionato", "Adagio" y "Allegro molto vivace" mientras cruzaba los campos bajo una tormenta que no muy lejos debía ser de nieve. Recuperé cosas de la primera vez que la escuché, una línea de atención, de sorpresa y de intensidad parecida a aquella vez. Y descubrí otras emociones. Son sonidos que mezclan la música más popular con el presagio, ya una realidad, de la música del siglo XX. Kodály era un aficionado a las "excursiones etnomusicográficas" y esos aires se dejan sentir.

Pienso en esa música y me gusta la luz de esos países, aunque no haya estado. Pienso en Béla Bártok, su amigo, y también en Josef Sudek. Y en las nubes de hoy.

¿Puede ser que los días hayan crecido algo?.

5 de enero de 2011

Es la conmoción, no lo bonito

Sea cual sea su remoto origen, probablemente vinculado a pautas de cohesión comunitaria, la música sigue marcando nuestro destino a través de las emociones, tan intensas como efímeras, como ocurre con todo lo que se desenvuelve mediante un régimen temporal
(Francisco Calvo Serraller)

En la barra de un café, escucho una conversación en la que él se interesa por el nuevo novio de ella, y lo hace preguntándole, con un tono suave, equilibrado, sonriente, si es “sano, tranquilo... y todo eso”. “Sí, super lindo” le responde ella.

Recordé entonces como un oyente explicaba el otro día en la radio lo que le unía a las interpretaciones pianísticas de Glenn Gould: “sus problemas, enfermedades y rarezas”.

Prefiero esta segunda manera de relacionarse con los afectos, también con la admiración. Sobre todo porque es más real y porque reserva más espacios para que nos podamos conmover. Es la conmoción lo que importa, no lo bonito, como dice Harnoncourt hablando de ciertos sonidos. Igual siento con las personas, con las ausencias y con las presencias.

Cada vez que encaramos los problemas, enfermedades y rarezas, rascamos alguna de las capas que esconden el oro. Me siento lejos de lo “super lindo”, del “buen rollo” que escucho en la calle a cada momento (mientras el mundo avanza a dentelladas, algo extraño). No creo que haya nadie sano y tranquilo, pero si puede haber ganas y esfuerzo por sanear, por entender, por aceptar y por comunicarse desde el respeto. También hay música que me recuerda esto a diario.

26 de diciembre de 2010

La sal de la carretera

Viajo muy despacio. La sal, reseca por el sol, forma un polvillo blanquecino sobre la carretera en el que se marca el paso de cada coche. La nieve reluce muy cerca. A ratos voy en silencio, a ratos escucho el ruido del motor, a ratos oigo algún programa en la radio. Hoy hace sol.

Después del periódico, por la noche leo unas fotocopias con el homenaje que Roland Barthes escribió para Michelangelo Antonioni. Empieza así:

En su tipología, Nietzsche distingue dos figuras: el sacerdote y el artista. Hoy en día, tenemos sacerdotes de sobra: en todas las religiones e incluso fuera de la religión; pero ¿artistas? Quisiera, querido Antonioni, que me prestara un momento algunos rasgos de su obra para permitirme fijar las tres fuerzas, o, si lo prefiere, las tres virtudes que a mis ojos constituyen el artista. Las nombro ahora mismo: la vigilancia, la sabiduría y, la más paradójica de todas, la fragilidad.

21 de diciembre de 2010











Un fragmento de ADN

20 de diciembre de 2010

Solve et coagula

Solve et coagula.

Es la fórmula que resumía el arte de la transmutación en los alquimistas: disuelve y reúne. Hablaban de transmutar un metal en otro, un caos primitivo en oro. Lo leo en un libro raro: "Catarsis" de Andrzej Szczeklik, un médico (me animé a leerlo porque el prólogo es del poeta Czeslaw Milosz).

18 de diciembre de 2010

Una voz en el circo Price

Se apagaron las luces y callaron las conversaciones del público que lo esperaba, se hizo el silencio. Y del medio de la sala, a oscuras, comenzó a llegar su voz sola, sin acompañamiento al principio, luego arropada, aunque de momento sin instrumentos. Un canto denso y envolvente, a ratos seco. Desde lo alto de la tribuna del circo Price, en Madrid, apenas se veía nada allá abajo. Pero llegaba su voz y no se escuchaba otra cosa. Un canto conmovedor, algo que giraba y ascendía en aquel escenario circular. Así siguió un buen rato hasta que se encendió alguna luz en el escenario, y en el pasillo entre butacas, para que aquel pequeño grupo de cantantes avanzara y pudiera subir al escenario. Allí acabó aquella primera canción, los aplausos cerrados, su voz ronca, socarrona, tranquila y cariñosa. Por momentos los puños y los ojos cerrados, la elegancia en todo el cuerpo sentado, la luz oscura que caía sobre su traje, la luz más blanca también. Poco a poco cantó en un flamenco de letras nuevas que a él le gustaba escoger. Mucho frío fuera y el cante que se alargaba durante aquella noche. Todo pasó muy rápido. Dentro hacía mucho calor (había llegado corriendo, casi no llego). Fue el 20 de febrero de este año. Un concierto de Enrique Morente.

Un día inolvidable.

16 de diciembre de 2010

Sentido no es significado

Una de los mejores bálsamos que conozco para tratar las heridas es escuchar la música de Bach.

Hoy, en medio de un frío polar (dentro y fuera), viajé con toda la atención puesta en la Misa en Si Menor dirigida además por Nikolaus Harnoncourt. Es una pieza vocal luminosa y brillante, deslumbrante, entregada a algo que va más allá de ella y que la recorre sin dejarse ver.

Pero al mismo tiempo la música no debe servir para tratar las heridas, ni mucho menos para entretenerse en darles lametones más o menos concienzudamente. Hace unos días leí una entrevisa al filósofo Eugenio Trías en la que decía que la música no posee significación, pero rebosa de sentido. Y creo que debe ser eso lo que ayuda a regenerar los tejidos muertos: el sentido.

Porque, de alguna manera, las heridas son una pérdida de sentido de algo que forma parte de la esfera de nuestro mundo. Y el estar cerca, simplemente eso, de algo que rebosa otro sentido hace que, por simple ósmosis, nuestras células más internas vuelvan a latir. Encontrar sentido a lo que no parece tenerlo, a lo que se nos niega, a lo que parece estar muy lejos de tener un significado, a veces es una buena razón para querer despertar.

13 de noviembre de 2010

Rascando el aire frío

Se podrían decir muchas cosas, pero de momento solo cae nieve sobre un montón de piedras y se ve un campo lejano como una raya de ojos. Hay un hombre paseando por allí con su perro. No se oye nada, solo el perro está arañando y rascando el aire frío con su pata.

Un amigo me envió hace semanas este fragmento de La ciudad leopardo, de Subhro Bandopadhyay. No conocía el autor ni el libro, pero el texto sí me recordó otros ambientes. En particular el libro de Colin Thubron En Siberia, y sobre todo un capítulo en el que relata su acercamiento al ártico y los días que pasó en un pueblo llamado Potalovo: frío y un vacío que era una pizarra en blanco sobre la que escribir.

Esta semana tuve la sensación de que se iniciaba, al fin, la temporada de conciertos de este año (aunque ya lleva un mes).

9 de noviembre de 2010

Partir, quedarse

Continuo leyendo El viaje a Portugal de José Saramago. Hace días decidí anotar en mi libreta pequeños fragmentos en los que habla de su manera de entender el viaje, tal vez cualquier viaje. Repaso esas notas con cierta insistencia. Estas son.

Viajar debería ser cosa de otro concierto, estar más y andar menos, tal vez incluso debiera instituirse la profesión de viajero solo para gente de mucha vocación, que mucho se engaña quien piense que sería trabajo de pequeña responsabilidad, cada kilómetro no vale menos de un año de vida.

El viajero no ha pedido y le fue dado. ¿Puede haber mejor dar que éste?

La sombra de un hombre que por aquí anduviera, mucho podría aprender

Aquí se habla de impresiones, de ojos que pasean y aceptan el peligro de no captar lo esencial por prendarse de lo accesorio

Sabe no obstante lo suficiente de sí mismo para sospechar que su mal nace de no poder conciliar dos opuestas voluntades: la de quedarse en todos los lugares, la de llegar a todos los lugares.

Evitará las carreteras principales, quiere distraerse por estos estrechos caminos que unen a los hombres con sus vecinos, coleccionando nombres singulares, de norte a sur, y, siempre que uno le apetezca al borde del camino, lo repetirá en voz baja, saboreará su gusto, intentará adivinar su significado, y casi siempre desiste, u otro aparece ante él cuando aún no ha logrado descifrar el primero.

El día había dado mucho y negado mucho. Así es la vida.

Huye el viajero del mundo para encontrar el mundo en formas particulares: las del arte, de la proporción, de la armonía, de la continuada herencia que de mano en mano va pasando.

Pero aquello que el viajero no puede ver, lo imagina, que también para eso viaja.

Con este estado de espíritu se comprende que el viajero busque, preferentemente, tierras pequeñas, sosegadas, donde él mismo pueda oír bien las preguntas que hace, aunque no reciba respuesta.

Pagó el viajero la cuenta y salió con la impresión de que aún había quedado a deber algo.

Por ella /la piedra áspera/ pasa las manos con un gusto que es sensual, siente el grano rugoso en las yemas de los dedos, y con tan poco es feliz un viajero.

El viajero tiene clara conciencia de que solo viéndolo se ve, aunque no olvide que incluso para ver se requiere aprendizaje. Por otra parte, es eso lo que el viajero anda intentando: aprender a ver, aprender a oír, aprender a decir.

Así debía ser el viaje. Estar, quedarse.