Hace días, leyendo a Comte-Sponville (creo que esto va a durar), encontré lo que él considera una declaración de amor, mejor dicho, una declaración de amor profunda porque no nos pide nada: Me alegra la idea de que existas o Cuando pienso que existes, me da alegría.
Marqué la página. No conozco otra manera mejor de expresarlo.
En un largo viaje en coche, de pronto me dio por escuchar una música de hace muchos años. Es la banda sonora que Nino Rota compuso para la película Amarcord de Fellini. Amarcord. Unos días antes había recuperado ese cedé del fondo de una estantería.
Recuerdo que en la carretera, despacio, me adelantaban unos camiones portugueses de una empresa que se llama Joao Pires. No es la primera vez, y siempre que los veo me hacen pensar en la pianista María Joao Pires. Y en mitad de una recta encuentro Valparaíso de abajo y Valparaíso de arriba. Mientras sigo hacia delante pienso en el Valparaíso de Chile, que solo conozco por las fotos de Sergio Larrain.
Un mapa con rutas no escritas. De aquí hasta allí para poder perderse. Siguiendo la línea invisible.
Aunque parezca mentira, ahora tengo ganas de que llegue el invierno. Puede que ahí empiece todo, más que en la primavera. En la oscuridad que llega pronto y que obliga a encender alguna luz.
29 de abril de 2011
30 de marzo de 2011
El hallazgo de unas palabras
Algunas veces, en algún lugar, uno encuentra las palabras que sabía que existían pero que no lograba dar con ellas. De una manera más o menos difusa intenté referirme en otras entradas del blog a una experiencia, una percepción, que no sabía nombrar bien. Estos días, al empezar un libro de Comte-Sponville dí con esas palabras. Son estas:
En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien "existe". Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien "existe" (en Dios) no se debe "hacer" el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien "no existe" es preciso "hacerlo". Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
Me parece que desde ahí se puede hacer algo. El bien, como la realidad, es algo que hay construir, elaborar, sobre la base de que lo propio es su ausencia o el caos sin forma que a veces constituye lo real.
Pienso en los poemas de Raymond Carver y en su conquista de un Sendero nuevo a la cascada.
En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien "existe". Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien "existe" (en Dios) no se debe "hacer" el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien "no existe" es preciso "hacerlo". Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
Me parece que desde ahí se puede hacer algo. El bien, como la realidad, es algo que hay construir, elaborar, sobre la base de que lo propio es su ausencia o el caos sin forma que a veces constituye lo real.
Pienso en los poemas de Raymond Carver y en su conquista de un Sendero nuevo a la cascada.
25 de marzo de 2011
Pequeñas marcas hechas con un lápiz
Mañana tengo que devolver un libro a la biblioteca sin haber tenido tiempo para leerlo. Lo hojeo, leo algunos fragmentos. Y encuentro marcas, a lápiz y muy pequeñas, que un lector anterior ha dejado. Salto de marca en marca, hay una persona con unos intereses tras esas pequeñas señales. Quiero copiar aquí algunas de ellas.
La oración, decía Wittgenstein, "es el pensamiento del sentido de la vida". Pero si la vida tuviera un sentido, no habría necesidad de orar.
¿Quién puede jactarse de haber suprimido todo el miedo?
Vivir consiste siempre en soñar la vida (la vida nunca nos es dada, excepto en algunos momentos de gracia o de eternidad, más que como vivida o por vivir).
La verdad de vivir es vivir. Desesperanza y plenitud: la verdadera vida está presente.
"La clave del enigma", decía Wittgenstein, "es que no hay enigma". La vida no está para interpretarla, sino para vivirla. Lo real no está para comprenderlo sino para conocerlo. Y tanto una como el otro están para amarlos alegremente. Ésta es la sabiduría misma: amor y simplicidad.
Todo reside en la ética (desilusionarse de sí, del futuro y de todo), la moral (dejar de mentir) y la metafísica o la ontología (la eternidad de lo real y de lo verdadero).
Palabra del que vive: "Mientras la vida no nos abandone, no aullaremos a la muerte".
Desesperación y coraje, confianza y paz: lo real se toma o se deja.
Tómalo.
Este es el círculo vicioso del yo: hago lo que yo quiero, quiero lo que soy, soy lo que hago... Como el sujeto no es algo distinto de sus actos, el círculo vicioso se resuelve, como siempre, en la identidad donde él nos retiene. Soy lo que soy porque hago lo que hago; hago lo que hago porque soy lo que soy. Pero el ser es anterior al actuar (no eliges tu cuerpo), y siempre se está "hecho" antes de "hacer" (no eliges tu infancia). Cada cual es así culpable de sus actos (en la medida en que son voluntarios), pero inocente de sí.
(son fragmentos que otro lector señaló en "Vivir", del filósofo André Comte-Sponville)
La oración, decía Wittgenstein, "es el pensamiento del sentido de la vida". Pero si la vida tuviera un sentido, no habría necesidad de orar.
¿Quién puede jactarse de haber suprimido todo el miedo?
Vivir consiste siempre en soñar la vida (la vida nunca nos es dada, excepto en algunos momentos de gracia o de eternidad, más que como vivida o por vivir).
La verdad de vivir es vivir. Desesperanza y plenitud: la verdadera vida está presente.
"La clave del enigma", decía Wittgenstein, "es que no hay enigma". La vida no está para interpretarla, sino para vivirla. Lo real no está para comprenderlo sino para conocerlo. Y tanto una como el otro están para amarlos alegremente. Ésta es la sabiduría misma: amor y simplicidad.
Todo reside en la ética (desilusionarse de sí, del futuro y de todo), la moral (dejar de mentir) y la metafísica o la ontología (la eternidad de lo real y de lo verdadero).
Palabra del que vive: "Mientras la vida no nos abandone, no aullaremos a la muerte".
Desesperación y coraje, confianza y paz: lo real se toma o se deja.
Tómalo.
Este es el círculo vicioso del yo: hago lo que yo quiero, quiero lo que soy, soy lo que hago... Como el sujeto no es algo distinto de sus actos, el círculo vicioso se resuelve, como siempre, en la identidad donde él nos retiene. Soy lo que soy porque hago lo que hago; hago lo que hago porque soy lo que soy. Pero el ser es anterior al actuar (no eliges tu cuerpo), y siempre se está "hecho" antes de "hacer" (no eliges tu infancia). Cada cual es así culpable de sus actos (en la medida en que son voluntarios), pero inocente de sí.
(son fragmentos que otro lector señaló en "Vivir", del filósofo André Comte-Sponville)
23 de marzo de 2011
Racalmuto
Recorrió la isla en tren. Había llegado a Sicilia en barco. Se quedó un tiempo en Palermo. Me lo contó con detalle: como iba por las mañanas al mercado que quedaba cerca de las ruinas de los bombardeos de la gran guerra, el asombro frente a los cristales antibala del palacio de justicia, acristalado, un bunker traslúcido (opaco en muchos lados), para intentar juzgar a los mafiosos; Racalmuto, a donde fue y volvió en homenaje a su admirado Leonardo Sciascia, la habitación en un hotel de una calle principal, con una mesa pintada de verde y un balcón desde el que podría haber fotografiado Cartier-Bresson. Debajo, la calle. Y al cabo de un tiempo, se compró una chaqueta negra, una especie de americana, como la mayoría de los hombres de la isla. No salía a caminar sin ella.
No se por qué, mientras cenábamos me lo fue contando. Mejor dicho, sí me lo dijo: fue porque en aquel restaurante, de pronto, sonó una música que le recordó a Sicilia (tan cerca de Libia). Le miré fijamente, con toda mi concentración, porque me gustaba como me lo contaba. Vivió allí una buena temporada. Y unos acordes en un restaurante fueron suficiente para regresar.
Cuando volví a casa, escuché por casualidad en la televisión una música preciosa, una banda sonora de Gustavo Santaolalla. De él también era la pieza que había sonado durante la cena.
No se por qué, mientras cenábamos me lo fue contando. Mejor dicho, sí me lo dijo: fue porque en aquel restaurante, de pronto, sonó una música que le recordó a Sicilia (tan cerca de Libia). Le miré fijamente, con toda mi concentración, porque me gustaba como me lo contaba. Vivió allí una buena temporada. Y unos acordes en un restaurante fueron suficiente para regresar.
Cuando volví a casa, escuché por casualidad en la televisión una música preciosa, una banda sonora de Gustavo Santaolalla. De él también era la pieza que había sonado durante la cena.
20 de marzo de 2011
Citas, un fado
En la letra de una canción sefardí: Pescaría mis penas con palabras de amor.
El título de un fado que canta Amalia Rodrigues: Extraña forma de vida.
Una opinión que escucho en la radio: No vale nada si no tiene swing.
Y un título de Tony Judd: Algo va mal.
Y otra opinión que escucho hoy sobre la música sacra de Vivaldi: La pasión por existir.
Me dejo llevar, pero conozco la corriente que he elegido. De una entrevista al pintor Anselm Kiefer.
Anotaciones de un día
El título de un fado que canta Amalia Rodrigues: Extraña forma de vida.
Una opinión que escucho en la radio: No vale nada si no tiene swing.
Y un título de Tony Judd: Algo va mal.
Y otra opinión que escucho hoy sobre la música sacra de Vivaldi: La pasión por existir.
Me dejo llevar, pero conozco la corriente que he elegido. De una entrevista al pintor Anselm Kiefer.
Anotaciones de un día
19 de marzo de 2011
36 opciones
Anoto una frase de Wordsworth: El niño es el padre del hombre. Lleva conmigo varias semanas.
Hace un tiempo me regalaron una botella de vino de Emilio Rojo. Es una pequeña (o gran) joya que guardé con esmero, con mucho cuidado. Así me lo habían pedido y así lo hice. Ocupaba un lugar tan importante que nunca era el momento de beber ese vino, tenía que venir algo todavía más especial. Cuando al final llegó el día, con una buena comida acabada de preparar, al abrir la botella comprobé que el vino se había estropeado. Había pasado su tiempo.
Hace días que me acuerdo de esto. Porque también hace semanas que guardo con todo cuidado el recuerdo de dos de los mejores conciertos que escuché este año. Y porque me parecía tan difícil decir algo sobre ellos que nunca fue, tal vez hasta ahora, el momento.Y así me fuí quedando en silencio sin en realidad pretenderlo.
El 24 de febrero escuché a la RFG, dirigida por Helmuth Rilling, interpretar un concierto completo dedicado a Bach: la Suite núm. 2, la cantata núm. 202, el concierto para tres violines BWV 1064 y la cantata núm. 51. En mitad de días muy difíciles, recuerdo ese concierto como un momento en el que recuperé por unos instantes el control de la respiración. Y aquellos sonidos me acompañaron, a ellos les estoy agradecido como lo estaría con una persona a la que le debo mucho.
La música no debería ser meramente cómoda, nunca fosilizada, nunca calmante. Debería sorprender a la gente y llegarles muy dentro, obligándolos a reflexionar, dice Helmuth Rilling, uno de los grandes estudiosos de Bach.
Días más tarde, el 27 de febrero, con ese recuerdo en la piel, acudí a la Iglesia de Santa Eufemia a Real do Centro a escuchar a un violonchelista que no conocía, Pieter Wispelwey, interpretar dos de las seis suites para chelo de Bach, la núm. 1 y la 2, y otras dos suites para chelo que dialogaban con estas: la Suite n1 º op. 72 de Benjamin Britten y la Suite núm. 1 de Joseph Maximilian Reger. Y fue un encuentro inolvidable. Llegué con tiempo, pude sentarme en uno de los primeros bancos de la iglesia y disfrutar de una sonoridad semejante a la mejor sala de conciertos.
Es imposible agotar la escucha de las suites para chelo de Bach. Y es una experiencia que no se olvida escucharlas interpretar en directo. Pieter Wispelwey aportó vibración, colorido y también una ligereza llena de precisión en los seis movimientos de cada suite: desde la fantasía que parece dominar el Preludio hasta la organización rigurosa de la Allemande, la alegria de la Courante y la serenidad y madurez que hay en la Sarabande (así se titula la última película de Bergman, siempre me acuerdo de ella en ese movimiento), justo antes de las danzas casi de corte que parecen los dos Menuet y el lazo final, más suelto, de la Gigue. Y todo con esa especie de polifonía que en unos momentos parece venir de varios instrumentos y en otros se asemeja a un diálogo de varias voces. Seis suites con seis movimientos cada una: 36 combinaciones a las que volver una y otra vez.
En esos días, mientras intentaba averiguar por donde seguia la senda, me llegó un precioso correo que hablaba de algunos viajes interiores parecidos a un gran elefante que nos lleva. Y de saber balancearse sobre él, con la confianza que da abrazarlo más que agarrarlo.
Ahora releo una frase de Rilke que cita Comte-Sponville: Debemos mantenernos en lo difícil. Todo lo que vive se mantiene ahí... Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, pues el amor es difícil.
Leo sin parar, sin tregua, 1Q84 de Haruki Murakami. Escrito con la misma estructura que El clave bien temperado de Bach. A veces, algunas tardes, alterno una pieza de esa música con un capítulo del libro, como un homenaje a no se sabe bien qué, a algo invisible que simplemente le gusta estar cerca de nosotros, sin esperar nada.
Hace un tiempo me regalaron una botella de vino de Emilio Rojo. Es una pequeña (o gran) joya que guardé con esmero, con mucho cuidado. Así me lo habían pedido y así lo hice. Ocupaba un lugar tan importante que nunca era el momento de beber ese vino, tenía que venir algo todavía más especial. Cuando al final llegó el día, con una buena comida acabada de preparar, al abrir la botella comprobé que el vino se había estropeado. Había pasado su tiempo.
Hace días que me acuerdo de esto. Porque también hace semanas que guardo con todo cuidado el recuerdo de dos de los mejores conciertos que escuché este año. Y porque me parecía tan difícil decir algo sobre ellos que nunca fue, tal vez hasta ahora, el momento.Y así me fuí quedando en silencio sin en realidad pretenderlo.
El 24 de febrero escuché a la RFG, dirigida por Helmuth Rilling, interpretar un concierto completo dedicado a Bach: la Suite núm. 2, la cantata núm. 202, el concierto para tres violines BWV 1064 y la cantata núm. 51. En mitad de días muy difíciles, recuerdo ese concierto como un momento en el que recuperé por unos instantes el control de la respiración. Y aquellos sonidos me acompañaron, a ellos les estoy agradecido como lo estaría con una persona a la que le debo mucho.
La música no debería ser meramente cómoda, nunca fosilizada, nunca calmante. Debería sorprender a la gente y llegarles muy dentro, obligándolos a reflexionar, dice Helmuth Rilling, uno de los grandes estudiosos de Bach.
Días más tarde, el 27 de febrero, con ese recuerdo en la piel, acudí a la Iglesia de Santa Eufemia a Real do Centro a escuchar a un violonchelista que no conocía, Pieter Wispelwey, interpretar dos de las seis suites para chelo de Bach, la núm. 1 y la 2, y otras dos suites para chelo que dialogaban con estas: la Suite n1 º op. 72 de Benjamin Britten y la Suite núm. 1 de Joseph Maximilian Reger. Y fue un encuentro inolvidable. Llegué con tiempo, pude sentarme en uno de los primeros bancos de la iglesia y disfrutar de una sonoridad semejante a la mejor sala de conciertos.
Es imposible agotar la escucha de las suites para chelo de Bach. Y es una experiencia que no se olvida escucharlas interpretar en directo. Pieter Wispelwey aportó vibración, colorido y también una ligereza llena de precisión en los seis movimientos de cada suite: desde la fantasía que parece dominar el Preludio hasta la organización rigurosa de la Allemande, la alegria de la Courante y la serenidad y madurez que hay en la Sarabande (así se titula la última película de Bergman, siempre me acuerdo de ella en ese movimiento), justo antes de las danzas casi de corte que parecen los dos Menuet y el lazo final, más suelto, de la Gigue. Y todo con esa especie de polifonía que en unos momentos parece venir de varios instrumentos y en otros se asemeja a un diálogo de varias voces. Seis suites con seis movimientos cada una: 36 combinaciones a las que volver una y otra vez.
En esos días, mientras intentaba averiguar por donde seguia la senda, me llegó un precioso correo que hablaba de algunos viajes interiores parecidos a un gran elefante que nos lleva. Y de saber balancearse sobre él, con la confianza que da abrazarlo más que agarrarlo.
Ahora releo una frase de Rilke que cita Comte-Sponville: Debemos mantenernos en lo difícil. Todo lo que vive se mantiene ahí... Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, pues el amor es difícil.
Leo sin parar, sin tregua, 1Q84 de Haruki Murakami. Escrito con la misma estructura que El clave bien temperado de Bach. A veces, algunas tardes, alterno una pieza de esa música con un capítulo del libro, como un homenaje a no se sabe bien qué, a algo invisible que simplemente le gusta estar cerca de nosotros, sin esperar nada.
23 de febrero de 2011
Los demonios y la noche
A los demonios no les gusta el aire libre, dice Ingmar Bergman. Por eso salgo a caminar por la mañanas (él dice que los demonios le asaltan por la noche). Admiro a este hombre, al menos a la construcción que voy haciendo de él desde hace años. En otro lugar, lejos de aquí, leí sus tres libros traducidos. Luego, poco a poco, algunas de sus películas. Y no hace mucho, Fresas salvajes.
Ingmar Bergman se parece físicamente a mi tío Andrés. Son casi idénticos. En su aspecto físico ninguno de los dos me inspira confianza. Pero cuando Bergman comienza a hablar, o cuando escribe, tengo la sensación, la certeza, de estar delante de alguien que sabe de qué va la raza humana. Sobre todo porque identifica muy bien las miserias y los miedos y aun así sigue adelante con sus proyectos. Siempre me lo he imaginado como un tipo valiente.
En el último documental que rodaron sobre él, la presentadora le pide que describa cuáles son sus demonios. Y él aparece con una pequeña lista manuscrita y comienza, uno por uno, a describirlos. Con más de ochenta años y ante una cámara. Sensible e implacable. Consciente. Pero lo mejor de todo es que, al terminar (y había unos cuantos) le dio la vuelta a la hoja y dijo que quería añadir cuáles eran los demonios que no tenía. El orgullo de no haber sido engullido por unos cuantos agujeros negros.
Admiro a alguien con ese conocimiento.
Ingmar Bergman se parece físicamente a mi tío Andrés. Son casi idénticos. En su aspecto físico ninguno de los dos me inspira confianza. Pero cuando Bergman comienza a hablar, o cuando escribe, tengo la sensación, la certeza, de estar delante de alguien que sabe de qué va la raza humana. Sobre todo porque identifica muy bien las miserias y los miedos y aun así sigue adelante con sus proyectos. Siempre me lo he imaginado como un tipo valiente.
En el último documental que rodaron sobre él, la presentadora le pide que describa cuáles son sus demonios. Y él aparece con una pequeña lista manuscrita y comienza, uno por uno, a describirlos. Con más de ochenta años y ante una cámara. Sensible e implacable. Consciente. Pero lo mejor de todo es que, al terminar (y había unos cuantos) le dio la vuelta a la hoja y dijo que quería añadir cuáles eran los demonios que no tenía. El orgullo de no haber sido engullido por unos cuantos agujeros negros.
Admiro a alguien con ese conocimiento.
20 de febrero de 2011
Sobre la intuición, tal vez
La intuición nunca falla.
Si falla no es intuición
(le leí estos días, pero no recuerdo donde)
Si falla no es intuición
(le leí estos días, pero no recuerdo donde)
19 de febrero de 2011
Una luz blanca
Salí a caminar por las calles, tal vez a buscar un libro. Ya era de noche, llovía un agua mansa, como blanquecina, triste, que el paraguas no detenía. Caminé en silencio, hablé, seguí andando. Daba igual. Y al llegar frente a la catedral escuché el ruido de un generador y más gente de lo normal en el pórtico. Me detuve y entonces recordé que había un concierto, anunciado desde hace semanas, y que la lluvia me había hecho olvidar.
Entré al Pórtico do Paraíso. En la música antigua aparece continuamente la palabra paraíso. ¿Qué significará? Cantaba el grupo vocal The Tallis Scholars, dirigido por su fundador Peter Phillips. Once músicos cantando a cappella en una catedral, música sacra, sagrada. Pero con un añadido que es la primera vez que veo: la mezcla de música renacentista (Palestrina o William Byrd entre otros) con un músico vivo, Arvo Pärt.
Es la primera vez que escucho un programa tan valiente y tan bien escogido, que además el público reconoce y valora por el hilo espiritual que une el siglo XVI con el XXI. Una de las pocas veces en que la clasificación no juega malas pasadas y como resultado la música contemporánea se relega a ser la primera pieza de un concierto, como teloneros de lujo del clasicismo.
Arvo Pärt es una maravilla. Podría comparar mi música con una luz blanca en la que están contenidos todos los colores. Solo un prisma puede separar estos colores y hacerlos visibles, este prisma podría ser el espíritu de quien escucha, dice el compositor.
Una luz blanca. A mi me gusta escuchar la gran dedicatoria al piano que es Für Aline. Y el cedé verde con Tábula Rasa que me regaló L. y con el que descubrí a este músico estonio. Años más tarde, la pareja de L. me regaló la sinfonía nº 3, op. 36 de Henryk Górecki. Músicas muy diferentes pero cercanas en el tratamiento espiritual, en lo sagrado, también en el dolor de una nota que se instala en nosotros y va creciendo, zigzagueando, de la memoria a lo que está por venir.
No es una música triste (lo pienso mientras suena Für Aline). Es el silencio que precede al recogimiento. Aquel en el que uno respira más hondo porque sabe que se enfrenta a lo que no tiene fondo ni final, a algo infinito. Y necesita coger fuerza y seguridad, coger silencio.
Los antiguos asociaban lo sacro, lo sagrado con un hueso central en nuestro cuerpo, el hueso sacro. El centro del cuerpo es el centro del silencio, del recogimiento.
Y eso flotó ayer en el concierto de la catedral. Magnificat, Miserere y Nunc Dimitis de músicos renacentistas y de Arvo Pärt. Y el hilo del agradecimiento y de la entrega no se había roto en todos esos siglos.
Era de noche pero se podían ver algunos colores.
Entré al Pórtico do Paraíso. En la música antigua aparece continuamente la palabra paraíso. ¿Qué significará? Cantaba el grupo vocal The Tallis Scholars, dirigido por su fundador Peter Phillips. Once músicos cantando a cappella en una catedral, música sacra, sagrada. Pero con un añadido que es la primera vez que veo: la mezcla de música renacentista (Palestrina o William Byrd entre otros) con un músico vivo, Arvo Pärt.
Es la primera vez que escucho un programa tan valiente y tan bien escogido, que además el público reconoce y valora por el hilo espiritual que une el siglo XVI con el XXI. Una de las pocas veces en que la clasificación no juega malas pasadas y como resultado la música contemporánea se relega a ser la primera pieza de un concierto, como teloneros de lujo del clasicismo.
Arvo Pärt es una maravilla. Podría comparar mi música con una luz blanca en la que están contenidos todos los colores. Solo un prisma puede separar estos colores y hacerlos visibles, este prisma podría ser el espíritu de quien escucha, dice el compositor.
Una luz blanca. A mi me gusta escuchar la gran dedicatoria al piano que es Für Aline. Y el cedé verde con Tábula Rasa que me regaló L. y con el que descubrí a este músico estonio. Años más tarde, la pareja de L. me regaló la sinfonía nº 3, op. 36 de Henryk Górecki. Músicas muy diferentes pero cercanas en el tratamiento espiritual, en lo sagrado, también en el dolor de una nota que se instala en nosotros y va creciendo, zigzagueando, de la memoria a lo que está por venir.
No es una música triste (lo pienso mientras suena Für Aline). Es el silencio que precede al recogimiento. Aquel en el que uno respira más hondo porque sabe que se enfrenta a lo que no tiene fondo ni final, a algo infinito. Y necesita coger fuerza y seguridad, coger silencio.
Los antiguos asociaban lo sacro, lo sagrado con un hueso central en nuestro cuerpo, el hueso sacro. El centro del cuerpo es el centro del silencio, del recogimiento.
Y eso flotó ayer en el concierto de la catedral. Magnificat, Miserere y Nunc Dimitis de músicos renacentistas y de Arvo Pärt. Y el hilo del agradecimiento y de la entrega no se había roto en todos esos siglos.
Era de noche pero se podían ver algunos colores.
14 de febrero de 2011
Amnesia
Leo el testimonio que el neurólogo Oliver Sacks escribió sobre Clive Wearing, un hombre joven que tras una enfermedad perdió, entre otras cosas, la capacidad de recordar más allá de unos pocos segundos.
Un fragmento del diario de Clive:
2.10 pm: esta vez estoy perfectamente despierto (...) 2.14 pm: esta vez estoy por fin despierto (...) 2.35 pm: esta vez absolutamente despierto (...) A las 9.40 pm me desperté por primera vez, a pesar de lo que he dicho antes (...) A las 10.35 pm estaba plenamente consciente, y depierto por primera vez en muchas, muchas semanas.
Deborah, su mujer (con una historia de amor maravillosa con Clive) dice que es como si él sintiese que No he oído nada, ni visto nada, ni tocado nada ni olido nada. Es como estar muerto.
Fuera llueve despacio, escucho el agua sobre el tejado, cae sin ninguna violencia, el viento cesó. Solo queda la noche que comienza a avanzar. Pienso sobre esa forma de "estar muerto". Me parece que los recuerdos exigen ser cultivados, tal como haríamos con un buena huerta. Sin ellos solo existe un presente que no puede significar nada. Solo una inmensa amnesia.
Y, al mismo tiempo, sé que no hay nada más cierto que las palabras de Antonio Lobo Antunes cuando dice que lo que de verdad es difícil de predecir no es el futuro, es el pasado.
Un fragmento del diario de Clive:
2.10 pm: esta vez estoy perfectamente despierto (...) 2.14 pm: esta vez estoy por fin despierto (...) 2.35 pm: esta vez absolutamente despierto (...) A las 9.40 pm me desperté por primera vez, a pesar de lo que he dicho antes (...) A las 10.35 pm estaba plenamente consciente, y depierto por primera vez en muchas, muchas semanas.
Deborah, su mujer (con una historia de amor maravillosa con Clive) dice que es como si él sintiese que No he oído nada, ni visto nada, ni tocado nada ni olido nada. Es como estar muerto.
Fuera llueve despacio, escucho el agua sobre el tejado, cae sin ninguna violencia, el viento cesó. Solo queda la noche que comienza a avanzar. Pienso sobre esa forma de "estar muerto". Me parece que los recuerdos exigen ser cultivados, tal como haríamos con un buena huerta. Sin ellos solo existe un presente que no puede significar nada. Solo una inmensa amnesia.
Y, al mismo tiempo, sé que no hay nada más cierto que las palabras de Antonio Lobo Antunes cuando dice que lo que de verdad es difícil de predecir no es el futuro, es el pasado.
13 de febrero de 2011
Sin atajos
Hace unos días recibí un correo con un texto atribuido a Jorge Luis Borges. Y el caso es que ya es la segunda vez que, desde diferentes lugares, me llega el mismo texto. Es ese en el que un supuesto Borges de 85 años (tengo hasta dudas de que sea suyo) se lamenta de haber vivido la vida entera de manera tan correcta e "higiénica" y escribe sobre todo lo bueno que haría si volviera a vivir, y que dice haberse perdido (habla de tomarse las cosas con menos seriedad, de caminar descalzo, de contemplar más amaneceres...).
Hace tiempo también circulaba por muchos lugares una larga carta atribuida a Gabriel García Márquez en la que reflexionaba sobre su vida en un momento en el que una supuesta enfermedad terminal le había hecho ver la vida de otra manera.
Parecen textos con buenas intenciones y aire seudopoético que se me caen de las manos en las primeras palabras. Sean o no de ellos no me merecen mucho interés (ni aprecio). Ahí no está la valentía ni el gusto por correr "riesgos" que dice el supuesto Borges.
Cuando la cosa se pone difícil a mi no me sirven de nada esos supuestos atajos bienintencionados, que incluyen buena parte de lo que se debería hacer y además cómo hay que hacerlo. Parecen recetas de cocina dedicadas a explicar la elaboración en unos pocos minutos de un plato que tarda horas en cocinarse. Y además horas de dedicación plena (y gustosa). Creo que hay que vivir al límite, pero eso no tiene nada que ver con la apariencia de vivir al límite. Es otra cosa. En realidad es algo que solo sirve para cada persona, es una trayectoria que está pendiente de ser trazada.
Hace unos días escuché a Amancio Prada interpretar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en una antigua abadía. En ese poema maravilloso es donde se habla de la noche sosegada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora. Y por supuesto de la música callada.
Durante mucho tiempo, y sigue ocurriendo con igual intensidad, cuando no busco un atajo necesito estar cerca de la Música callada de Federico Mompou. Sencillamente porque tiene la cualidad de señalar, por algo parecido a la decantación (el silencio), lo que es importante de verdad. Separa las emociones y al final te deja a solas con lo que de manera cierta está contigo. Y entonces, por fin, puedes escuchar algo.
Hace tiempo también circulaba por muchos lugares una larga carta atribuida a Gabriel García Márquez en la que reflexionaba sobre su vida en un momento en el que una supuesta enfermedad terminal le había hecho ver la vida de otra manera.
Parecen textos con buenas intenciones y aire seudopoético que se me caen de las manos en las primeras palabras. Sean o no de ellos no me merecen mucho interés (ni aprecio). Ahí no está la valentía ni el gusto por correr "riesgos" que dice el supuesto Borges.
Cuando la cosa se pone difícil a mi no me sirven de nada esos supuestos atajos bienintencionados, que incluyen buena parte de lo que se debería hacer y además cómo hay que hacerlo. Parecen recetas de cocina dedicadas a explicar la elaboración en unos pocos minutos de un plato que tarda horas en cocinarse. Y además horas de dedicación plena (y gustosa). Creo que hay que vivir al límite, pero eso no tiene nada que ver con la apariencia de vivir al límite. Es otra cosa. En realidad es algo que solo sirve para cada persona, es una trayectoria que está pendiente de ser trazada.
Hace unos días escuché a Amancio Prada interpretar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en una antigua abadía. En ese poema maravilloso es donde se habla de la noche sosegada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora. Y por supuesto de la música callada.
Durante mucho tiempo, y sigue ocurriendo con igual intensidad, cuando no busco un atajo necesito estar cerca de la Música callada de Federico Mompou. Sencillamente porque tiene la cualidad de señalar, por algo parecido a la decantación (el silencio), lo que es importante de verdad. Separa las emociones y al final te deja a solas con lo que de manera cierta está contigo. Y entonces, por fin, puedes escuchar algo.
11 de febrero de 2011
Los recuerdos son el combustible
Las personas diminutas, la luz brillante.
Encuentro esta frase en una libreta de notas y quiero tenerla cerca.
Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Lo escribe Haruki Murakami en "After Dark"
Hace unos días me crucé con un poema de un autor que no conocía, el polaco Vladimír Holan, que me llevó hasta una gran reserva de combustible, intacta en algún lugar no lejos de aquí. Voy a copiar el poema:
¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento...
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo del café.
Estaremos de nuevo en casa.
Viví durante mucho tiempo una resurrección así. Conocí el silencio de la casa cuando el fuego de la cocina comenzaba a calentar. El olor de la lumbre, la confianza que ofrecía. Las piñas secas prendiendo en la madera. Los pasos sigilosos. Un silencio cuidadoso para no despertar a quien todavía quería dormir.
Cuando comencé a vivir fuera de la casa y volvía a ella en invierno, en las vacaciones, llegaba de madrugada. Cerca de la estación, el tren cruzaba el río a través de una densa niebla y mucho frío. Toda una noche de viaje, sin poder dormir apenas. Desde la ventanilla de aquella especie de camarote veía pasar los árboles desnudos y entonces sabía cuanto los había echado de menos. Aún estaba amaneciendo.
Por eso llegaba a la casa cuando el fuego empezaba a calentar la cocina y el resto de la casa permanecía congelada.
Ahora leo "Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro" de Oliver Sacks. En uno de sus capítulos, habla de lo que denomina conciertos involuntarios, una especie de sonidos que de pronto comienzan a acompañarnos a todas horas y en todo momento y que pueden llegar a ser difíciles de controlar. Y siento que los recuerdos se parecen mucho a esa idea de concierto involuntario, de sonidos y silencios que viajan a nuestro alrededor.
Encuentro esta frase en una libreta de notas y quiero tenerla cerca.
Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Lo escribe Haruki Murakami en "After Dark"
Hace unos días me crucé con un poema de un autor que no conocía, el polaco Vladimír Holan, que me llevó hasta una gran reserva de combustible, intacta en algún lugar no lejos de aquí. Voy a copiar el poema:
¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento...
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo del café.
Estaremos de nuevo en casa.
Viví durante mucho tiempo una resurrección así. Conocí el silencio de la casa cuando el fuego de la cocina comenzaba a calentar. El olor de la lumbre, la confianza que ofrecía. Las piñas secas prendiendo en la madera. Los pasos sigilosos. Un silencio cuidadoso para no despertar a quien todavía quería dormir.
Cuando comencé a vivir fuera de la casa y volvía a ella en invierno, en las vacaciones, llegaba de madrugada. Cerca de la estación, el tren cruzaba el río a través de una densa niebla y mucho frío. Toda una noche de viaje, sin poder dormir apenas. Desde la ventanilla de aquella especie de camarote veía pasar los árboles desnudos y entonces sabía cuanto los había echado de menos. Aún estaba amaneciendo.
Por eso llegaba a la casa cuando el fuego empezaba a calentar la cocina y el resto de la casa permanecía congelada.
Ahora leo "Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro" de Oliver Sacks. En uno de sus capítulos, habla de lo que denomina conciertos involuntarios, una especie de sonidos que de pronto comienzan a acompañarnos a todas horas y en todo momento y que pueden llegar a ser difíciles de controlar. Y siento que los recuerdos se parecen mucho a esa idea de concierto involuntario, de sonidos y silencios que viajan a nuestro alrededor.
2 de febrero de 2011
Un lápiz
Durante mucho tiempo lleve este viejo lápiz sobre el salpicadero de mi coche. Cada vez que lo veía me sentía incómodo al observar su punta desgastada y sucia. Siempre quise afilarlo hasta que un día ya no pude más y por fin lo hice. No estoy seguro, pero creo que esto tiene que ver algo con el arte.
Hace tiempo que conservo este pequeño texto de John Baldessari, que él montó con dos fotos del lápiz, antes y después de afilarlo. Me lo envió un amigo hace algunos años y, de una u otra manera, cada vez que lo leo siento que mucho de lo que se puede decir sobre el trabajo artístico y creativo está ahí.
Hace tiempo que conservo este pequeño texto de John Baldessari, que él montó con dos fotos del lápiz, antes y después de afilarlo. Me lo envió un amigo hace algunos años y, de una u otra manera, cada vez que lo leo siento que mucho de lo que se puede decir sobre el trabajo artístico y creativo está ahí.
30 de enero de 2011
No, no tardaré mucho
Últimamente, de pronto,
en medio de algo cotidiano y pequeño
me llegan voces perdidas de hace tanto,
acentos, sonidos,
expresiones y gestos
aquellas voces de niños
y de tardes de infancia, de subir
a ciruelos y cruzar sigilosos a la huerta de al lado
para robar la fruta y salir volando.
¿Y por qué llegan de pronto las voces del pasado?
Inconexas, como aves perdidas del grupo migratorio
¿Cuántos años han pasado de la infancia de los setos, sorbas,
los manzanos y el sauce llorón?
Aventuras infantiles al lado del caudal,
conquistando rocas como si fueran islas.
Me fui hace mucho tiempo
pero sin previo aviso llegan a veces voces
Éstas y otras voces del pasado
Me rozan con sus alas
Hace unos meses, en el otoño, una persona a la que aprecio de verdad y a quien conozco desde hace años escribió este poema y me lo envió (me pidió que le guardara el anonimato de una manera ingeniosa y ahora no se me ocurre otra). Hoy, mediante uno de esos procesos incontrolables y que obedecen a una corriente desconocida, lo sentí cerca y dialogando con unos versos de Robert Frost que tengo copiados en no sé cuantas libretas, porque siempre que me los encuentro me parecen únicos:
Voy a limpiar el arroyo, en los pastos...
Sólo rastrillaré las hojas secas.
(Y quizás me detenga hasta ver clara el agua)
No, no tardaré mucho. -Ven también
en medio de algo cotidiano y pequeño
me llegan voces perdidas de hace tanto,
acentos, sonidos,
expresiones y gestos
aquellas voces de niños
y de tardes de infancia, de subir
a ciruelos y cruzar sigilosos a la huerta de al lado
para robar la fruta y salir volando.
¿Y por qué llegan de pronto las voces del pasado?
Inconexas, como aves perdidas del grupo migratorio
¿Cuántos años han pasado de la infancia de los setos, sorbas,
los manzanos y el sauce llorón?
Aventuras infantiles al lado del caudal,
conquistando rocas como si fueran islas.
Me fui hace mucho tiempo
pero sin previo aviso llegan a veces voces
Éstas y otras voces del pasado
Me rozan con sus alas
Hace unos meses, en el otoño, una persona a la que aprecio de verdad y a quien conozco desde hace años escribió este poema y me lo envió (me pidió que le guardara el anonimato de una manera ingeniosa y ahora no se me ocurre otra). Hoy, mediante uno de esos procesos incontrolables y que obedecen a una corriente desconocida, lo sentí cerca y dialogando con unos versos de Robert Frost que tengo copiados en no sé cuantas libretas, porque siempre que me los encuentro me parecen únicos:
Voy a limpiar el arroyo, en los pastos...
Sólo rastrillaré las hojas secas.
(Y quizás me detenga hasta ver clara el agua)
No, no tardaré mucho. -Ven también
28 de enero de 2011
Como un iris
Ayer fue tarde de concierto.
Ahora llueve con suavidad y hace menos frio.
La RFG tocó el concierto para piano núm. 1 op. 15 de Brahms y la Sinfonía núm. 1 de Kurt Weill.
Y algo extraño me sucede con la música de Weill, de quien ya había escuchado alguna otra pieza en el auditorio. No identifico lo que es, pero ayer me volvió a suceder.
Esta sinfonía se desarrolla en un solo acto: grave, allegro vivace, andante religioso y larghetto se suceden sin ningún silencio intermedio. Al inicio no parece fácil de escuchar, se pasa por tramos en que los sonidos parecen discutir entre si y recuerdo una especie de continuos toboganes por los que se deslizan de una manera poco predecible. Cuando escucho algo así, sé por qué me gusta este tipo de música y por qué me aburro, o pierdo interés, frente a otro tipo de sonidos.
Pero la música avanzaba girando cada vez más cerca. A veces pasaba rozándote. Cuando llega al andante religioso todo parece estar decidido: estás dentro de un viaje y estás empezando a internarte en un territorio que existe según lo vas atravesando. Como abrir un fruto y ver las pepitas, algo circular y generoso en la mano.
El larghetto parecía avanzar en esa nebulosa (que no sabría si me gusta o no), como una nave se interna en espacios oscuros y lejanos. Fue la experiencia de atravesar umbrales, de ir a través de planos que se abren como un iris cuando intuyen que ya estás cerca.
Ese es el extraño viaje, en un bucle a veces desasosegante, con el que asocio una parte de la música de Weill. Y algo de eso creo que quedó en su etapa de Nueva York, cuando trabajó en lo que sería el musical americano. Algunas piezas de George Gershwin me lo recuerdan.
Durante el regreso escuché en la radio como leían un relato de Ambrose Bierce: En el código militar el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia. Pensé en la frase sobre el placer de la entrada anterior.
Y hoy, en cuanto pude, volví a escuchar el Viaje de invierno de Schubert.
Ahora llueve con suavidad y hace menos frio.
La RFG tocó el concierto para piano núm. 1 op. 15 de Brahms y la Sinfonía núm. 1 de Kurt Weill.
Y algo extraño me sucede con la música de Weill, de quien ya había escuchado alguna otra pieza en el auditorio. No identifico lo que es, pero ayer me volvió a suceder.
Esta sinfonía se desarrolla en un solo acto: grave, allegro vivace, andante religioso y larghetto se suceden sin ningún silencio intermedio. Al inicio no parece fácil de escuchar, se pasa por tramos en que los sonidos parecen discutir entre si y recuerdo una especie de continuos toboganes por los que se deslizan de una manera poco predecible. Cuando escucho algo así, sé por qué me gusta este tipo de música y por qué me aburro, o pierdo interés, frente a otro tipo de sonidos.
Pero la música avanzaba girando cada vez más cerca. A veces pasaba rozándote. Cuando llega al andante religioso todo parece estar decidido: estás dentro de un viaje y estás empezando a internarte en un territorio que existe según lo vas atravesando. Como abrir un fruto y ver las pepitas, algo circular y generoso en la mano.
El larghetto parecía avanzar en esa nebulosa (que no sabría si me gusta o no), como una nave se interna en espacios oscuros y lejanos. Fue la experiencia de atravesar umbrales, de ir a través de planos que se abren como un iris cuando intuyen que ya estás cerca.
Ese es el extraño viaje, en un bucle a veces desasosegante, con el que asocio una parte de la música de Weill. Y algo de eso creo que quedó en su etapa de Nueva York, cuando trabajó en lo que sería el musical americano. Algunas piezas de George Gershwin me lo recuerdan.
Durante el regreso escuché en la radio como leían un relato de Ambrose Bierce: En el código militar el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia. Pensé en la frase sobre el placer de la entrada anterior.
Y hoy, en cuanto pude, volví a escuchar el Viaje de invierno de Schubert.
26 de enero de 2011
Diccionario
"Abstinente, adj.: persona de carácter débil que cede a la tentación de privarse de un placer"
(Sentencia que Ambrose Bierce escribió en El diccionario del diablo y que encontré en un escrito de Fernando Savater)
(Sentencia que Ambrose Bierce escribió en El diccionario del diablo y que encontré en un escrito de Fernando Savater)
16 de enero de 2011
Lontano
Si supieras cada día lo que va a pasar no te levantarias de la cama, dice uno de los personajes de "Todo o nada", la película de Mike Leigh (a mi me deslumbró con "Secretos y mentiras").
Y ¿cómo se relaciona esto con el ansia de control, férrea a veces, sobre ese mismo día a día?
Amanecemos para estar expuestos a la incertidumbre, y eso parece ser lo bueno. Pero al mismo tiempo queremos reducir las opciones de imprevistos, de incertidumbre.
Puede que esto sea casi inevitable, el asunto es el cómo lo aceptamos y gestionamos.
Y esta es una enseñanza que procura la música: la aceptación de lo desconocido, lo imprevisible, el caminar en la cresta de una ola de la que no se sabe su evolución, el evitar lo obvio. Un buen maestro de todo esto es György Ligeti.
Y ¿cómo se relaciona esto con el ansia de control, férrea a veces, sobre ese mismo día a día?
Amanecemos para estar expuestos a la incertidumbre, y eso parece ser lo bueno. Pero al mismo tiempo queremos reducir las opciones de imprevistos, de incertidumbre.
Puede que esto sea casi inevitable, el asunto es el cómo lo aceptamos y gestionamos.
Y esta es una enseñanza que procura la música: la aceptación de lo desconocido, lo imprevisible, el caminar en la cresta de una ola de la que no se sabe su evolución, el evitar lo obvio. Un buen maestro de todo esto es György Ligeti.
15 de enero de 2011
La explicación del relámpago
"El primer deber del hombre es definirse", dice Atahualpa Yupanqui.
Tengo conmigo esta frase desde que la escuché hace un par de días. De alguna forma estoy cerca de ella, observándola, intentando saber qué pienso sobre ella y en qué consiste eso de definirse.
Tal vez definirse tiene que ver con trazar unos contornos, unos límites, unos miedos también. Con dibujarse, con lograr una identidad y con aceptar su reforma inmediata. Definirse lo entiendo como la valentía de permanecer en silencio y, en ocasiones, hablar. Y aceptar que las dos cosas son nuestra expresión. Definirse puede tener que ver con expresarse, en un mundo en el que probablemente vale todo menos la ingenuidad de pensar que si no nos dibujamos nadie lo hará por nosotros.
Tengo ganas de decir que vale todo menos la mentira. Pero la verdad, o como se llame, hay que decirla indirectamente, "Así como el relámpago / se explica amablemente al niño" decía Emily Dickinson.
Y tampoco vale la humillación, hacer perder la dignidad a alguien. Creo que esto es especialmente delicado cuando estamos cerca de personas mayores o muy mayores. Pero entre iguales, muchas veces la humillación sobrevive a maneras que podrían parecer hasta lo contrario. Puede ser una especie de virus que se reproduce desde dentro de la ayuda o el juicio o la tutela incluso, desde dentro de la piel. No lo sé, pienso algo alrededor de todo esto.
Y ayer, en el concierto semanal, asocié la escucha del concierto para violín núm. 2 de Béla Bartók, con el recuerdo vibrante de la música popular gitana de Kalyi Jag saliéndose, a todo volumen, por las ventanillas del coche, lleno de amigos, mientras íbamos y veníamos por el desierto hace ya bastante tiempo.
Johannes Brahms, un compositor que apenas he escuchado, me devolvió con su Sinfonía núm. 2 en Re mayor a la paz y a la luz necesaria para volver a casa por la noche.
Tengo conmigo esta frase desde que la escuché hace un par de días. De alguna forma estoy cerca de ella, observándola, intentando saber qué pienso sobre ella y en qué consiste eso de definirse.
Tal vez definirse tiene que ver con trazar unos contornos, unos límites, unos miedos también. Con dibujarse, con lograr una identidad y con aceptar su reforma inmediata. Definirse lo entiendo como la valentía de permanecer en silencio y, en ocasiones, hablar. Y aceptar que las dos cosas son nuestra expresión. Definirse puede tener que ver con expresarse, en un mundo en el que probablemente vale todo menos la ingenuidad de pensar que si no nos dibujamos nadie lo hará por nosotros.
Tengo ganas de decir que vale todo menos la mentira. Pero la verdad, o como se llame, hay que decirla indirectamente, "Así como el relámpago / se explica amablemente al niño" decía Emily Dickinson.
Y tampoco vale la humillación, hacer perder la dignidad a alguien. Creo que esto es especialmente delicado cuando estamos cerca de personas mayores o muy mayores. Pero entre iguales, muchas veces la humillación sobrevive a maneras que podrían parecer hasta lo contrario. Puede ser una especie de virus que se reproduce desde dentro de la ayuda o el juicio o la tutela incluso, desde dentro de la piel. No lo sé, pienso algo alrededor de todo esto.
Y ayer, en el concierto semanal, asocié la escucha del concierto para violín núm. 2 de Béla Bartók, con el recuerdo vibrante de la música popular gitana de Kalyi Jag saliéndose, a todo volumen, por las ventanillas del coche, lleno de amigos, mientras íbamos y veníamos por el desierto hace ya bastante tiempo.
Johannes Brahms, un compositor que apenas he escuchado, me devolvió con su Sinfonía núm. 2 en Re mayor a la paz y a la luz necesaria para volver a casa por la noche.
9 de enero de 2011
Música de danza y una idea obsesiva
Hace tiempo escuché en la radio una pieza para violonchelo llena de intensidad y fuerzas contradictorias. Como otras veces (no demasiadas) tuve que parar lo que estaba haciendo y escuchar. Era un diálogo de un instrumento consigo mismo: varias voces conversaban alrededor de una melodía endiablada, que por momentos tenía aires populares, (zíngaros o algo parecido). Parecían los ecos de una fiesta en el campo mezclados con una línea obsesiva que iba y venía. Una música que casi invitaba a bailar y a su alrededor una obsesión dramática, dura, sin contemplaciones.
No tenía ni idea de qué se trataba, hasta que al final dieron la referencia: la Sonata para violochelo solo op.8 de Zoltán Kodály. Y estos días conseguí el disco, en una interpretación de Xavier y Jean-Marc Phillips (porque además del Op. 8 hay el duo de la Op.7).
Escuché los tres movimientos, "Allegro maestoso ma appassionato", "Adagio" y "Allegro molto vivace" mientras cruzaba los campos bajo una tormenta que no muy lejos debía ser de nieve. Recuperé cosas de la primera vez que la escuché, una línea de atención, de sorpresa y de intensidad parecida a aquella vez. Y descubrí otras emociones. Son sonidos que mezclan la música más popular con el presagio, ya una realidad, de la música del siglo XX. Kodály era un aficionado a las "excursiones etnomusicográficas" y esos aires se dejan sentir.
Pienso en esa música y me gusta la luz de esos países, aunque no haya estado. Pienso en Béla Bártok, su amigo, y también en Josef Sudek. Y en las nubes de hoy.
¿Puede ser que los días hayan crecido algo?.
No tenía ni idea de qué se trataba, hasta que al final dieron la referencia: la Sonata para violochelo solo op.8 de Zoltán Kodály. Y estos días conseguí el disco, en una interpretación de Xavier y Jean-Marc Phillips (porque además del Op. 8 hay el duo de la Op.7).
Escuché los tres movimientos, "Allegro maestoso ma appassionato", "Adagio" y "Allegro molto vivace" mientras cruzaba los campos bajo una tormenta que no muy lejos debía ser de nieve. Recuperé cosas de la primera vez que la escuché, una línea de atención, de sorpresa y de intensidad parecida a aquella vez. Y descubrí otras emociones. Son sonidos que mezclan la música más popular con el presagio, ya una realidad, de la música del siglo XX. Kodály era un aficionado a las "excursiones etnomusicográficas" y esos aires se dejan sentir.
Pienso en esa música y me gusta la luz de esos países, aunque no haya estado. Pienso en Béla Bártok, su amigo, y también en Josef Sudek. Y en las nubes de hoy.
¿Puede ser que los días hayan crecido algo?.
5 de enero de 2011
Es la conmoción, no lo bonito
Sea cual sea su remoto origen, probablemente vinculado a pautas de cohesión comunitaria, la música sigue marcando nuestro destino a través de las emociones, tan intensas como efímeras, como ocurre con todo lo que se desenvuelve mediante un régimen temporal
(Francisco Calvo Serraller)
En la barra de un café, escucho una conversación en la que él se interesa por el nuevo novio de ella, y lo hace preguntándole, con un tono suave, equilibrado, sonriente, si es “sano, tranquilo... y todo eso”. “Sí, super lindo” le responde ella.
Recordé entonces como un oyente explicaba el otro día en la radio lo que le unía a las interpretaciones pianísticas de Glenn Gould: “sus problemas, enfermedades y rarezas”.
Prefiero esta segunda manera de relacionarse con los afectos, también con la admiración. Sobre todo porque es más real y porque reserva más espacios para que nos podamos conmover. Es la conmoción lo que importa, no lo bonito, como dice Harnoncourt hablando de ciertos sonidos. Igual siento con las personas, con las ausencias y con las presencias.
Cada vez que encaramos los problemas, enfermedades y rarezas, rascamos alguna de las capas que esconden el oro. Me siento lejos de lo “super lindo”, del “buen rollo” que escucho en la calle a cada momento (mientras el mundo avanza a dentelladas, algo extraño). No creo que haya nadie sano y tranquilo, pero si puede haber ganas y esfuerzo por sanear, por entender, por aceptar y por comunicarse desde el respeto. También hay música que me recuerda esto a diario.
(Francisco Calvo Serraller)
En la barra de un café, escucho una conversación en la que él se interesa por el nuevo novio de ella, y lo hace preguntándole, con un tono suave, equilibrado, sonriente, si es “sano, tranquilo... y todo eso”. “Sí, super lindo” le responde ella.
Recordé entonces como un oyente explicaba el otro día en la radio lo que le unía a las interpretaciones pianísticas de Glenn Gould: “sus problemas, enfermedades y rarezas”.
Prefiero esta segunda manera de relacionarse con los afectos, también con la admiración. Sobre todo porque es más real y porque reserva más espacios para que nos podamos conmover. Es la conmoción lo que importa, no lo bonito, como dice Harnoncourt hablando de ciertos sonidos. Igual siento con las personas, con las ausencias y con las presencias.
Cada vez que encaramos los problemas, enfermedades y rarezas, rascamos alguna de las capas que esconden el oro. Me siento lejos de lo “super lindo”, del “buen rollo” que escucho en la calle a cada momento (mientras el mundo avanza a dentelladas, algo extraño). No creo que haya nadie sano y tranquilo, pero si puede haber ganas y esfuerzo por sanear, por entender, por aceptar y por comunicarse desde el respeto. También hay música que me recuerda esto a diario.
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