19 de julio de 2012




Pensé en algo extraño,
sentí que no tenía tiempo de explicarlo.
En algún lugar, una sola vez, como si fuese siempre así

18 de julio de 2012





17 de julio de 2012

La higuera

Lo mejor del día es el olor de la higuera por la noche.

Me gusta su olor, dulce y verdoso. Cuando hoy lo sentí pensé que lo propio de los recuerdos es convivir con el olvido y el cambio. Transformaciones gigantescas sobre la cabeza de un alfiler. Un alfiler transformado en el ojo de un insecto. Un ojo constante que todo lo recuerda mientras nada permanece en su sitio.

El alfiler de la higuera me hizo olvidar durante unos segundos el imán de un pájaro cerca de un árbol desnudo. Los pájaros. Y también el olor del té recién abierto, con la menta comenzando a flotar. El olor del papel escrito, la tinta verde. El color de una caja sobre esta mesa.

Detrás de la higuera está lo que queda de hoy. Un niño que quiere ser Deep Purple mientras sus padres preparan café. Y un mensajero vestido de azul que trae un paquete de color verde. Y una cartera que cubrió ausente y se sorprendió cuando alguien respondió a su llamada (nadie está ausente, eso ya debería saberlo).

Salimos a la noche y entonces viene el olor de las grandes hojas de la higuera. Teníamos una detrás de la casa (siempre hay una detrás de las casas). Y alguna noche miraba sus hojas a través de la ventana iluminada: parecían pequeñas manos que querían alcanzar el cristal.

Algo bueno del día es cuando la higuera va soltando su silencio y muchos otros cambios.

12 de julio de 2012

Un amarillo poco frecuente

Tres escenas de algo que se parece al día de hoy.

La palabra terror.

Alguien dice en público: es necesario cuidar la soledad.

Un cocinero japonés cortando comida con un cuchillo que antes humedecía en un líquido transparente, y todo eso sobre una mesa grande y limpia de un amarillo poco frecuente.

(y la noche)

10 de julio de 2012

Aprender un poema

Durante unos días vivo junto a un edificio que se llama Orinoco.
Y paseando por una ciudad, que solo reconozco a medias, me encontré con un gran cartel: Reforma integral del hogar. Solo quise verlo desde lejos, ni cambié de acera.

Llueve y apenas hay luces en las casas. En algún barco sí. Paseando por esta mezcla de celda y camarote, sin cartas de navegación, recordé las palabras de Gadamer: aprender todos los días un poema.

Y pienso en los días en que no hay poema para aprender. Y en la distorsión que supone pensar que esto pueda ser así.

Sin experiencia nacemos
Sin rutina moriremos

(memorizo estos dos versos de Szymborska)

8 de julio de 2012

En el mundo de nada dos veces

Todo ha cambiado. Solo el ordenador recuerda la red.

Ahí fuera hay un mar con peces viajando en la oscuridad. Y una pequeña lengua de fuego en una chimenea y un puente sobre el agua señalado con pequeñas luces intermitentes (está bien que se apaguen y luego se enciendan). Y barcos.

Alguien ensayó con un violonchelo una pieza que no identifiqué. Y ahora parpadean unas luces verdes sobre el reflejo del agua. Una gran cúpula blanca brilla frente al cielo oscuro.

Ahí fuera está el mundo del Nada dos veces que describe Szymborska:
En esta escuela del mundo
ni siendo malos alumnos
repetiremos un año,
un invierno, un verano.

Leíste un poema, ese o algún otro. Me diste a leer un poema. Después vino la diferencia entre sueños y recuerdos: eso que sueñas por las noches no son sueños, ocurrió de verdad, pero tú has querido olvidarlo, dijiste. Y la memoria, ágil, limpiando las corrientes por donde fluye la corriente eléctrica de lo que está por venir.

Nada se parece a otras veces, ahora también parpadean las luces rojas. No parece haber segundas oportunidades, solo primeras. El mar a cada instante.

7 de julio de 2012







Lo que está y no se deja ver

Esta noche
lo que está alojado en lo que existe

lo que es capaz de desplegarse a partir de casi nada porque estaba contenido en ese espacio mínimo
en el que se mantiene la confianza

aquello que da forma a la noche.
Apreciar la diferencia entre los grandes hechos y cada hora del día, a favor de lo cotidiano

Y esta noche mantener la capacidad de asombro
como la única comprobación de que el pulso late y de que las cosas básicas

están en su sitio: un lugar desconocido
Una voz escribiendo

5 de julio de 2012

Estoy intentando perderme

Quise ver una imagen de Gidon Kremer. Porque hacía días que su música iba entrando en unos y otros espacios. Allí estaba, por ejemplo con una camiseta blanca y ensayando, una boca grande, poco pelo, unas gafas casi invisibles, difícil saber algo de él por esas fotos.

Por debajo de todo, o en la superficie del agua, corre algo semejante a la generosidad (no las entregas a cuenta que produce la pobreza). O no corre.

Y en esos giros del agua, como capas, corrientes más o menos submarinas aunque sea un torrente de montaña. La música de Astor Piazzola interpretada por Gidon Kremer se parece a ese burbujeo de capas vivas.

Hay un sonido de masa intensa, grande, que corre por debajo (casi un bajo continuo, aunque no tenga nada que ver con el clásico) sobre el que se escriben trazos apenas entrevistos. Olfateados tal vez.

Nunca antes me había sentido tan
en minoría
Fuera, frente a la ventana,
todo era superioridad
Primero trinaron un par de pájaros,
(escribe Peter Handke)

En Hommage a Piazzola hay una pieza titulada Celos que encierra esa minoría (tal vez frente a lo hostil, claro, porque ese título tenía que ser un tango). Escucharla se parece a una experiencia que se ralentiza y también se curva bajo el viento. O bajo la corriente de agua.

El cantar tiene sentido, el cantar tiene sentido, entendimiento y razón. Una canción que habla de lirios, de su perfume, del agua que fluye desde las fuentes o del hueco entre piedras donde nacen los ríos, hasta los más caudalosos, los que entran en el mar abriéndose en un gran delta con peces que parecen serpientes y que vienen a morir donde nacieron.

Miro un dibujo de alguien que pasa las horas cerca del agua, de las corrientes de agua. Observo a quien allí está y me sorprendo del tiempo que llevo atento a la escena. El dibujo es imperceptible pero parece moverse: las hojas de los árboles, la tona del agua, las piedras, los mosquitos y la tarde, todo se balancea de manera mínima e intensa, en tensión. Podría parecer también un tango, pero es un río. Al pie de esta escena me dijo: estoy intentando perderme.

28 de junio de 2012

Lavanda

Tuve que ir a pie por un lugar donde casi a diario paso en coche.
Y fue la única manera de saber que allí crecía lavanda en grandes matas. Al principio noté su olor. Las busqué y allí estaban, algo sucias porque el borde de una carretera transitada lo ensucia todo. Pero seguían creciendo y habían florecido.

Horas después, enciendo la radio del coche para un pequeño viaje de vuelta a casa, y escucho:

Quise contar una historia y la historia me contó a mi.

Hace mucho que anoté una frase de Víctor Erice: Ver es dejarse ver.

Pocas cosas hay que evidencien tanto nuestra fragilidad y dependencia.
Todos los que somos habitan en nuestra mirada: mestiza, siempre sucia por ser el borde de una carretera. Y en medio de la mirada, olor a lavanda limpísima (tal vez porque nos hemos dejado ver)

27 de junio de 2012

Carta

Aquí, en un día de muchísimo calor, en este año

Quería escribirte sobre algunas cosas que siempre están pendientes:
la cercanía y la distancia, el sonido de lo que se quiere, la memoria, lo que se cuida, lo que permanece, también lo que se va.

Ayer decidí al fin escribir esta carta porque en dos versos de Peter Handke encontré casi todo lo que quería decirte:

Lo que TODAVÍA soy:
Soy todavía uno de los presentes.

Así que aún estoy aquí, aunque no me veas (ni yo a ti).

Hay un tipo de araña que vive bajo el agua, sumergida. De una manera laboriosa, lenta, teje una burbuja de aire que asciende a la superficie: una esfera de aire construida de manera trabajosa. Me gusta pensar que un hilo de seda hace de cordón umbilical y le permite respirar en un medio que no es el suyo.

Escribir cartas no parece muy diferente de eso.

Soy todavía uno de los presentes. Y el árbol que podé en diciembre (días negros y helados) ha dado fruta en Junio. Es un cerezo, luego te envío una foto. Es un árbol alto y esbelto, elegante y da unas cerezas pequeñas con muy buen sabor. El sabor de las cerezas, ¿recuerdas?

Un hombre busca quien le ayude a terminar ya, a irse. En los alrededores polvorientos de una gran ciudad. Hasta que encuentra alguien que le habla del sabor de las cerezas.

Así que subí a una escalera muy ligera y fui arrancando cada pequeño racimo de esa fruta roja. No es fácil coger cerezas sin dañar el árbol. Y donde no llegaba con el brazo me ayudé de una vara larga para inclinar la rama (pola se dice en gallego) y traerla hacia mi.

Me volví a sorprender de lo flexible que es un árbol. Un cerezo es nuestro junco japonés: curvándose sin romperse.

Los mirlos son unos grandes comedores de cerezas, les encantan. Así que muchas veces mis dedos tocaban donde ellos ya habían estado. A veces hasta la fruta mantenía su jugo, acababan de pasar. Pájaros y personas disputándose el fruto.

Hace años mi padre me trajo madera de cerezo: quería que hiciera algo con ella. Y lo hice. Tal vez un día puedas verlo. La madera de cerezo es cálida, anaranjada, buena. Da gusto tocarla.

Una tarde, río arriba, te pasaste varias horas hablándome de como las hormigas corrían por tu mano y por el tronco de los árboles. Les ponías puentes y ellas cruzaban, cargadas, de un lugar a otro. Son trabajadoras, gregarias, diminutas y muy poderosas. Luego dibujaste un hormiguero que aún tengo en mi mesa (imagino que debajo hay infinitas galerías y todo un sistema paralelo al nuestro).

Solo con escuchar, se cuida. Y si se mira a las hormigas uno aprende a perderse. Que es ganarse. Pocas cosas hay más relativas que la cercanía y la distancia, a no ser que uno caiga en burdos engaños kilométricos: una cinta métrica no lo mide todo.

Y el sonido de lo que se quiere es el silencio. Cerca.

Y los olores, el tacto, no son muy diferentes de las vibraciones sonoras.

Y la memoria solo existe cuando viaja hacia delante y hacia atrás con igual velocidad (y necesidad).

Es posible que te gusten esos versos de Handke. Están en un poema que se titula:
Lo que no soy, no tengo, no quiero, no me gustaría. Y lo que me gustaría, lo que tengo y lo que soy.
El subtítulo es biografía de una oración.

Coger cerezas es una oración. Escuchar es una oración. Callar también lo es. Nada que ver con las religiones.

No sé donde estarás, ni si estarás. No sé nada. Por eso existen las oraciones de los no creyentes. Para eso dan fruta por ejemplo los cerezos. Y para eso los mirlos han desarrollado una maestria al comer la fruta. Existen tal vez sin razón ninguna.

Y todavía es emocionante ver que no hay razón ninguna ni posibilidad de entender nada.

Por eso alguien puede decir que soy todavía uno de los presentes.

(no hay despedida, sí una firma)


26 de junio de 2012




25 de junio de 2012

Una nota pegada en la nevera

Había oido la historia, siempre contada de una manera más o menos parecida: algo de la poesía moderna surgió cuando William Carlos Williams consideró como poema una breve nota dejada a su esposa acerca de las ciruelas que se había comido por la mañana. Era una nota de esas que se dejan encima de la cocina, o pegada a la nevera. Esta tarde de pronto lo recordé.

Y fuí a ver mi nevera. Pegada en su puerta una nota manuscrita: y mis besos. Más una inicial (ningún nombre completo, solo una letra). Escrito en un gran papel blanco. Y junto a eso una etiqueta de un queso de cabra que quería volver a comprar y una pegatina que dice Nunca Mais.

Si pienso en pequeñas notas sobre ciruelas, besos y nunca máis, siento cerca los poemas de Bernardo Atxaga. Abro al azar Nueva etiopía y encuentro Hi hintzena, Lo que tú eras. Atxaga es el que escribió esa preciosa nota para dejar sobre la mesa de la cocina, sobre la de la cena, sobre la cama, sobre cualquier lugar:

Necesito un largo día finlandés; 
tan largo 
como cuarenta días corrientes. 
Quiero un día finlandés 
para seguir hablando contigo.

Siempre tengo la sensación de que Atxaga sabe de qué van las cosas. Habla de los exploradores y de los viajeros que se adentran en lo desconocido:

Qué otra cosa podría ver un explorador cansado
dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza,
sino Caminos que los limoneros acompañan, sino Colinas
y ondulados Campos donde el vino ya se presiente.

A veces pienso que se está haciendo tarde para salir a caminar. A veces no.

Pero habrá que decidirlo pronto, mientras quede la luz del día, o la de la noche, todavía más luminosa. Y observar con la atención que solo la falta de metáforas permite. Por eso antes de nada estaría bien salir ahí fuera y romper sus vínculos, desajustarlas en lo más íntimo hasta hacerlas inservibles. Y si no hay metáforas solo queda aquello que podemos apreciar, una escucha sin jerarquías. Y entonces lo poético puede que tome otro rumbo, uno más propio en el que no se envían rutas ni trazados hacia otros lugares.

Así que esta noche voy a intentar escuchar con toda la precisión que pueda lo que dicen los tres poemas de la nevera. Lo que dicen y a qué saben.

6 de junio de 2012

Una parte del mundo que es habitable

Tres encuentros.

El primero es una conversación de teléfono. Hablo con un niño de cinco años, nunca nos hemos visto, y de pronto él se para y me pregunta: ¿a qué no sabes cómo es mi cara?

El segundo es con una frase que me vino a la cabeza y la anoté hace días. Desde entonces me observa: Caminar a lomos de una ola inquieta, por momentos violenta.

El tercero es el final de un artículo de Muñoz Molina: palabras que nacen de una soledad y parece que llegan sin mediación a otra.

Y hay una cuarta certeza: por las noches vuelve el invierno (aunque en algunos ríos es posible que, cuando hay luz, ya vuelen las libélulas). Un buen amigo me dijo que todas las noches, como un monje en su códice, dibuja alas de libélulas e intenta que brillen con todo su color. Lo hace como una ofrenda a quien se enfrenta a la muerte. Es duro. Pero si alguien dibuja alas de libélula brillantes para ti, y solo para ti, está dibujando un mapa de la parte del mundo que es habitable.

28 de mayo de 2012

Temblor

El viento
mientras las libélulas vuelan en círculo alrededor de los pies desnudos
Sin poder hacer nada, solo soñar con ese viento

Las virtudes del pájaro solitario
(uno de los mejores títulos que conozco, de Juan Goytisolo)

Atraidos por la noche, tal vez por la luna
en la época en que el fruto hunde sus pequeñas manos en la tierra

Y todo tiembla

27 de mayo de 2012

La piedra 609

Cerré los ojos.
Entonces te pude ver

A media mañana hacía fresco y algo de sol. Viajaba, me apetecía conducir y la autovía estaba casi vacía.

No sé como fue pero casi de repente encontré delante de mi una gran piedra que viajaba sobre el remolque de un camión, una piedra seguro que de varias toneladas. Reduje la velocidad y me puse tras ella, quería observarla con calma.

Era un gran bloque de granito con las huellas circulares de las perforadoras. Un cuadrado casi perfecto que llevaba inscrito con pintura roja: nº 609. Aquella era la piedra número seiscientos nueve, camino de no se sabe donde y procedente de alguna montaña.

Hace años hice un trabajo sobre esas grandes piedras. Y vi como inyectaban calor hasta el final de un minúsculo túnel que se internaba en las paredes de la cantera. Calor y frío hasta que algo allí dentro se rompía. 

Así que decidí viajar todo el tiempo que pudiera tras la piedra 609.

Hace unos días releí en mi libreta la despedida de una persona que aprecio tras haber compartido una pequeña ruta: Buen viaje y buenos recuerdos

Y hace muy poco, uno o dos días, escuché las tres Lecciones de tinieblas de Couperin. Y ese mismo día  encontré una persona desconocida que estaba viviendo la misma experiencia que alguien a quien quise mucho: una experiencia difícil aunque elegida con libertad. Y llevaban el mismo olor.

Entonces me di cuenta, mientras subía tras la 609 que la música había llegado al Macpherson's Lament interpretado por Jordi Savall. Fuego en el interior de la piedra, luego la presión del frío, más tarde otra vez fuego. Y la roca se desprende, se escucha un quejido sordo, parece un pequeño temblor, y con cierta suavidad se deja caer. Los hombres se apartan, alguno permanece encima del gran bloque, otros guardan las herramientas. Todo está preparado, todo ha terminado.

Apagué la música. Alguien me dijo: sin dramatismos.
Sin dramatismos. Todos los días nace y muere gente y todo sigue más o menos a buen ritmo. Vamos a los entierros, enterramos a quien sea, y luego nos tomamos un café para reconfortarnos, así que sin dramatismos: eso para la ópera.

Solo quería cerrar los ojos. Para poder ver.

Pero estaba conduciendo y como en una refinada tortura tuve que mantenerlos abiertos para seguir una ruta que podría parecer normal. Pero era anormal. Subir tras una gran piedra, luchando para que no ruede camino abajo siempre será una tarea perdida de antemano.

Ahora, después de un largo rodeo tras la piedra, regresé a un lugar que parece la casa. Y aquí busco algo parecido a la desaparición. Si lo consigo convertiré este lugar en mi casa. Escucho la Música callada de Mompou. El silencio, perderse en los silencios.

22 de mayo de 2012

Guardaré tu voz

John Donne. John Dowland. Muchas noches. En mitad de la nada. El tañido de las cuerdas. Bajo el influjo de lo que parece no existir, avanzas.

El domingo 13 de mayo algo importante me trajo a la memoria el Gutte Nach de Schubert. Después gente amiga lo volvió a escuchar y el viernes 18 de mayo leí un precioso correo en el que se decía que Dietrich Fischer-Dieskau estaba sonando con fuerza en alguna casa, al través de la mañana. Ese mismo día, lo supe hoy, Dietrich Fischer-Dieskau murió. 

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras,  pero no lenguaje,
parto hacia la isla cubierta de nieve (escribe Tomas Tranströmer)

Tengo como una joya las tres colecciones de lieder de Shubert cantadas por el barítono alemán. Hoy escuché que no actuaba en público desde 1992 y que desde entonces se había dedicado sobre todo a estudiar precisamente la obra de Schubert. Tenía 87 años.

Tal vez el día deba terminar. ¿Cómo echar de menos a quien no se ha conocido pero de quien se han recibido tantas y tantas llamadas desde su voz?. Una voz pronunciando el paso del invierno hasta sus bosques más oscuros. Tenía un nombre bonito. Me gustaría saber pronunciarlo bien, con más ligereza.

Ahora, hasta John Dowland calla. Ya no se escucha el laúd, la guitarra antigua, una sola voz, sola, pronunciando frases que dibujan el mapa del día. Jornadas de las que se sabe poco, solo que existen. John Donne hace tiempo que ya no existe, aunque lo busque.

Guardaré tu voz.
Para que cuide esas canciones

Cuando partamos hacia la nieve

14 de mayo de 2012

Insectos y pétalos

Cerca de un río
debajo de la piel.
En mitad de un lugar
que hay que dibujar para que exista
sin mapa ni utensilios, con riesgo
en un lugar desconocido.

En otro continente
ahora que delante de la pantalla zumban insectos y pétalos de plantas que parecen hacer una muda nocturna. Una selva que llega hasta la ventana.

Este calor es otro.
A veces se escuchan voces
canciones muy a lo lejos. Antes de dormir me dijiste que algunas noches soñabas con piedras negras.