Ayer estuve con un amigo que tiene una página web conocida y muy visitada. Pero quien se la había hecho le acababa de recomendar abrir, además, un blog. Le pregunté por qué, para que quería un blog teniendo su magnífica web. Dudó algo y luego me contó que le habían explicado que lo fundamental ahora era tener un blog, actualizarlo casi a diario y sobre todo enlazarlo continuamente con páginas muy visitadas y conocidas. Era la única manera de existir para el motor de búsqueda de, por ejemplo, google.
Hoy pienso que sentido tiene mantener un blog como este, cuando lo que parece caracterizar a este recurso es ser encontrado por los algoritmos matemáticos de los buscadores. Que sentido tiene que unas pocas personas conozcan su existencia y que eso continue así. Y escribir en él cuando surge, ni mucho menos a diario. Y además sobre música y algunas experiencias personales.
Y no tengo una respuesta clara. Ahora mismo acabo de volver de un baño en las termas naturales que hay al lado del río Miño, y antes de acostarme, decidí escuchar el Réquiem de Brahms, sin hacer ninguna otra cosa. Y ese gesto, más bien, esa cosa tan real, me gusta anotarla aquí. Tal vez un blog sin ánimo de ser encontrado sólo pueda ser una pequeña guía de las escuchas con las que se va construyendo un refugio.
13 de noviembre de 2008
28 de octubre de 2008
La canción de la tierra
Estos últimos días escuché la octava sinfonía de Gustav Mahler, La canción de la tierra. La descubrí igual que otras piezas: escuchaba fragmentos en la radio de una música que me llamaba la atención, esperaba a su final y en varias ocasiones se trataba de una parte de esta sinfonía. Así que un amigo me regaló la grabación de la Orquesta Filarmónica de Viena, con Bruno Walter y sobre todo Kathleen Ferrier.
A mí me parece una música de frontera, un umbral con lo que ya producirá el siglo XX. Y por lo tanto, una música que exige una atención (como todas en realidad). Pero, tras las escuchas de estos días, sobre todo recuerdo la parte final.
Experimento con ella algo que hasta ahora sólo me pasaba con los Cuatro últimos Lieder de Richard Strauss, y es una experiencia muy difícil de pasar a palabras. Las siento como músicas del final de una vida (aunque literalmente no sea así en Mahler), interpretan la entrega a la tierra y el agradecimiento por lo vivido. No tengo ni idea de si La canción de la tierra trata de esto, pero si lleva mi experiencia hacia ahí. Es algo muy ambiguo, pero a la vez lleno de paz, de la calma que produce la aceptación de lo que ha ocurrido. Puedo oirlas una y otra vez, y en cada ocasión se mantiene ese alargamiento de la voz hasta el final. Hasta tocarnos. No hay lamento. Y todo eso junto, las convierte en música excepcionales.
A mí me parece una música de frontera, un umbral con lo que ya producirá el siglo XX. Y por lo tanto, una música que exige una atención (como todas en realidad). Pero, tras las escuchas de estos días, sobre todo recuerdo la parte final.
Experimento con ella algo que hasta ahora sólo me pasaba con los Cuatro últimos Lieder de Richard Strauss, y es una experiencia muy difícil de pasar a palabras. Las siento como músicas del final de una vida (aunque literalmente no sea así en Mahler), interpretan la entrega a la tierra y el agradecimiento por lo vivido. No tengo ni idea de si La canción de la tierra trata de esto, pero si lleva mi experiencia hacia ahí. Es algo muy ambiguo, pero a la vez lleno de paz, de la calma que produce la aceptación de lo que ha ocurrido. Puedo oirlas una y otra vez, y en cada ocasión se mantiene ese alargamiento de la voz hasta el final. Hasta tocarnos. No hay lamento. Y todo eso junto, las convierte en música excepcionales.
Los recuerdos de lo que escucho
Parece ser que cuando se evoca el recuerdo y la sensación de una música escuchada, se activan las mismas zonas del cerebro que cuando se oía en la realidad. Y cada vez me apetece más intentar pasar a este blog una especie de recuerdo de lo que voy escuchando en el día a día. Tal vez sea otra forma de activar esas zonas que sólo la música pone en movimiento.
Beethoven decía que la música es el medium que comunica el mundo de los sentidos con el mundo espiritual. Y si fuera así, ese camino merece ser andado y desandado una y otra vez, en una y otra dirección.
Beethoven decía que la música es el medium que comunica el mundo de los sentidos con el mundo espiritual. Y si fuera así, ese camino merece ser andado y desandado una y otra vez, en una y otra dirección.
Escenas de cine
Hoy he visto la película Buenos días, noche de Marco Bellocchio. En ella hay una escena en la que se canta una canción revolucionaria alrededor de una mesa, tras una comida familiar. Está contado con una gran intensidad y belleza, y me hizo acordarme de otras películas en las que hay escenas inolvidables alrededor de una pieza de música. Sin duda El Sur de Víctor Erice (el banquete de la primera comunión, cuando padre e hija bailan al son de un acordeón) y también Tango de Carlos Saura (el baile, en un café, entre el bailador afamado y una joven bailarina).
Sugar Blue
El sábado decidí ir a un concierto de blues. Fue una cita a ciegas porque no conocía al intérprete (y apenas escucho blues, aunque es una música que siempre me atrae). Era la banda de Sugar Blue, un tipo sonriente y con unos pantalones vaqueros preciosos que tocaba la armónica de una forma prodigiosa. Escuché el concierto desde un palco del segundo piso del Teatro Principal, todo era nuevo, aquellos sonidos, el teatro, la gente de pie en lo que es una platea sin butacas. Y una música densa y repetitiva. Escuché creo que en la radio, que John Lee Hooker decía que el blues estaba compuesto de unas pocas notas sobre las que él relataba una historia. Y así me pareció el otro día.
19 de octubre de 2008
Un bosque antiguo
Sigo viajando cada jueves o viernes a Santiago para escuchar el concierto que tiene lugar en el Auditorio, habitualmente de la Real Filharmonía de Galicia. El primero al que pude ir esta temporada fue el del jueves 10 de octubre.
La segunda parte del concierto fue la Sinfonía núm. 7 en la mayor, op. 92 (1812) de Beethoven. Cuando comenzó a sonar la fui reconociendo, seguramente todos la tenemos de una forma u otra en la cabeza. Es un espectáculo escuchar en directo una sinfonía de Beethoven, todo parece entrar en ebullición, conducido por unos contrastes extremos. Es lo que más me gusta, la reunión en una pieza de lugares opuestos, (su allegretto es increíble).
Tras la música busqué en mi libreta un texto del escritor Gustavo Martín Garzo que hacía semanas recordaba haber anotado. La sinfonía me llevó a aquel texto. Es el siguiente:
Un personaje de Fanny y Alexander, la película de Bergman, cuenta a los niños una hermosa fábula. Su enseñanza es que ser hombre es andar perdido, no tener adónde ir; pero también que hay lugares en la tierra poblados de hermosos bosques, manantiales y arroyos. Y eso nos dicen algunas ciudades, que todavía hay lugares misteriosamente comunicados con esos bosques antiguos donde se guarda la memoria de anhelos, deseos y angustias de los hombres.
La segunda parte del concierto fue la Sinfonía núm. 7 en la mayor, op. 92 (1812) de Beethoven. Cuando comenzó a sonar la fui reconociendo, seguramente todos la tenemos de una forma u otra en la cabeza. Es un espectáculo escuchar en directo una sinfonía de Beethoven, todo parece entrar en ebullición, conducido por unos contrastes extremos. Es lo que más me gusta, la reunión en una pieza de lugares opuestos, (su allegretto es increíble).
Tras la música busqué en mi libreta un texto del escritor Gustavo Martín Garzo que hacía semanas recordaba haber anotado. La sinfonía me llevó a aquel texto. Es el siguiente:
Un personaje de Fanny y Alexander, la película de Bergman, cuenta a los niños una hermosa fábula. Su enseñanza es que ser hombre es andar perdido, no tener adónde ir; pero también que hay lugares en la tierra poblados de hermosos bosques, manantiales y arroyos. Y eso nos dicen algunas ciudades, que todavía hay lugares misteriosamente comunicados con esos bosques antiguos donde se guarda la memoria de anhelos, deseos y angustias de los hombres.
La música y la mente
Una de las cosas que hice en estos últimos meses fue leer La música y la mente, de Anthony Storr. Casi en cada página encontraba un texto, alguna idea que me apetecía anotar y también pasar al blog (si así lo hiciera, transcribiría el libro).
Pero hubo un fragmento de Peter King, citado por Storr, que me hizo pensar que eso era lo que ocurría, por ejemplo con la simplificación de las emociones que provoca la música (un caso particular son las suites para chelo de Bach). El texto es el siguiente:
Debemos distinguir la afirmación de que la música puede emocionarnos de la afirmación de que la música puede ser triste, airada o terrorífica(...) Una pieza musical puede conmovernos, en parte, porque expresa tristeza, pero no nos conmueve entristeciéndonos.
Este fragmento explica algo que experimento y que no había logrado describir con tal claridad. Hay muchas piezas que me conmueven desde la tristeza que expresan, pero que no me entristecen, todo lo contrario, siento una especie de intensidad alegre por estar cerca de algo que tiene la capacidad de transformarme. Una música que expresa tristeza puede hacerme sentir más vivo que nunca.
Pero hubo un fragmento de Peter King, citado por Storr, que me hizo pensar que eso era lo que ocurría, por ejemplo con la simplificación de las emociones que provoca la música (un caso particular son las suites para chelo de Bach). El texto es el siguiente:
Debemos distinguir la afirmación de que la música puede emocionarnos de la afirmación de que la música puede ser triste, airada o terrorífica(...) Una pieza musical puede conmovernos, en parte, porque expresa tristeza, pero no nos conmueve entristeciéndonos.
Este fragmento explica algo que experimento y que no había logrado describir con tal claridad. Hay muchas piezas que me conmueven desde la tristeza que expresan, pero que no me entristecen, todo lo contrario, siento una especie de intensidad alegre por estar cerca de algo que tiene la capacidad de transformarme. Una música que expresa tristeza puede hacerme sentir más vivo que nunca.
Continuación
Esta es la primera entrada de esta nueva temporada. Lo cierto es que la vuelta a los conciertos me anima a seguir escribiendo en el blog, aunque es fácil imaginar que escuchar música es algo que no se detiene nunca. Pero hay algo en la regularidad, también en la formalidad del viaje a Santiago para el concierto, en la previsión del próximo acontecimiento, que le da otro tono a esta experiencia. También está el que me sigue costando sentarme, escribir y lanzarlo a un mar completamente desconocido e imprevisible. Pero allá va. Hoy es 19 de octubre de 2008.
29 de junio de 2008
El mar a intervalos irregulares
El otro cedé del que quería escribir algo es I Hear The Water Dreaming, del compositor japonés Toru Takemitsu. Música para flauta, acompañada en algunos momentos por el arpa, la guitarra o la orquesta de cuerda.
No sabía nada de Takemitsu hasta que ví algunas películas de Akira Kurosawa. Takemitsu trabajó como músico en algunas de las películas del director japonés, Ran entre otras. Pero la primera película suya que ví fue Dersu Uzala. (Una noche que la ponían en la televisión me dediqué a fotografiar escenas que recordaba de otras veces, como si ya no me fuese posible volverme a encontrar con aquellos hombres y aquel paisaje nevado).
Cuando supe que Takemitsu colaboraba con Kurosawa, empecé a buscar su música. En esos días salía a la venta este cedé, lo pedí en la tienda y esperé sin saber absolutamente nada de él. Desde que lo escuché por primera vez hasta hoy, se ha convertido en una de mis músicas preferidas. No importa las veces que la escuche, siempre surge algo nuevo y siempre se genera una conexión, como con Mompou, con lo más valioso y duradero. Es música infinita para el oyente.
Este disco son piezas centradas en la relación con el agua, con el mar, y están interpretadas casi todas por una flauta solista (Patrick Gallois). Un instrumento lleno de aparente fragilidad, una ligera columna de humo que casi no se destaca del cielo (poco que ver con la cuerda occidental). Takemitsu era un hombre menudo, con aspecto de niño, en las fotos parecía triste y ágil a la vez. Tal vez como las flautas de bambú japonesas. Su música parece un cruce entre la tradición japonesa y la música contemporánea europea.
Es también una música que da gran valor a las versiones que se van contruyendo a lo largo del tiempo: Hacia el mar aparece en tres versiones distintas: para flauta y guitarra, para flauta, arpa y orquesta de cuerda y la última, para flauta y arpa. Siempre sonidos ligeros, lanzados al aire y que permanecen flotando entre quienes los escuchan. Ninguna grandilocuencia, tampoco un sistema de intervalos regulares. Nada que luche por capturar la atención del oyente. Como Mompou, me parece una música que busca, con mucho silencio, pasar a través de quien la escucha, atravesarlo de manera imperceptible, empaparlo con una lluvia invisible, llevarlo fuera de la cotidianeidad y lejos del ruido. En el mejor de los casos, acercarle a un umbral (aquello en lo que consiste la poesía, según Seamus Heaney).
Cerca del mar y sin intervalos regulares. Es de las cosas que más me atraen.
No sabía nada de Takemitsu hasta que ví algunas películas de Akira Kurosawa. Takemitsu trabajó como músico en algunas de las películas del director japonés, Ran entre otras. Pero la primera película suya que ví fue Dersu Uzala. (Una noche que la ponían en la televisión me dediqué a fotografiar escenas que recordaba de otras veces, como si ya no me fuese posible volverme a encontrar con aquellos hombres y aquel paisaje nevado).
Cuando supe que Takemitsu colaboraba con Kurosawa, empecé a buscar su música. En esos días salía a la venta este cedé, lo pedí en la tienda y esperé sin saber absolutamente nada de él. Desde que lo escuché por primera vez hasta hoy, se ha convertido en una de mis músicas preferidas. No importa las veces que la escuche, siempre surge algo nuevo y siempre se genera una conexión, como con Mompou, con lo más valioso y duradero. Es música infinita para el oyente.
Este disco son piezas centradas en la relación con el agua, con el mar, y están interpretadas casi todas por una flauta solista (Patrick Gallois). Un instrumento lleno de aparente fragilidad, una ligera columna de humo que casi no se destaca del cielo (poco que ver con la cuerda occidental). Takemitsu era un hombre menudo, con aspecto de niño, en las fotos parecía triste y ágil a la vez. Tal vez como las flautas de bambú japonesas. Su música parece un cruce entre la tradición japonesa y la música contemporánea europea.
Es también una música que da gran valor a las versiones que se van contruyendo a lo largo del tiempo: Hacia el mar aparece en tres versiones distintas: para flauta y guitarra, para flauta, arpa y orquesta de cuerda y la última, para flauta y arpa. Siempre sonidos ligeros, lanzados al aire y que permanecen flotando entre quienes los escuchan. Ninguna grandilocuencia, tampoco un sistema de intervalos regulares. Nada que luche por capturar la atención del oyente. Como Mompou, me parece una música que busca, con mucho silencio, pasar a través de quien la escucha, atravesarlo de manera imperceptible, empaparlo con una lluvia invisible, llevarlo fuera de la cotidianeidad y lejos del ruido. En el mejor de los casos, acercarle a un umbral (aquello en lo que consiste la poesía, según Seamus Heaney).
Cerca del mar y sin intervalos regulares. Es de las cosas que más me atraen.
17 de junio de 2008
La música callada
Peter Handke tiene un libro maravilloso que se titula Ensayo sobre el día logrado. Lo leí hace tiempo y recuerdo sobre todo sus reflexiones sobre lo dificil que es terminar el día con el cansancio propio de un día logrado, (algo que no es mi caso hoy).
Por la mañana dejé sobre la mesa dos cedés con la intención de intentar escribir algo sobre ellos en el blog. Son dos músicas que me acompañan desde hace tiempo, y cuando hago un traslado, o una variación en la casa, esos dos cedés siempre tienen un lugar preferente, generalmente fuera de la estantería en la que conviven los demás. Escribiré algo sobre uno de ellos, será mi manera de acercarme a un cansancio en el que poder descansar.
Música callada de Federico Mompou. Lo conocí leyendo un texto sobre el fotógrafo Harry Callahan. El autor explicaba que él asociaba aquellas imágenes con la música de Mompou, en especial con la versión del pianista Josep Colom. Me gustan las imágenes del fotógrafo americano, así que me invadió la curiosidad por conocer esa música. En la tienda no tenían la versión de Colom, y podrían tardar mucho en conseguirla, me dijeron. Pero podían tener pronto la versión del propio Mompou al piano. Es la que tengo sobre la mesa.
Es una música misteriosa porque acumula a partes iguales fragilidad y fortaleza. Cuando se inicia, suelo experimentar algo cercano al desasosiego, al vacío, como si alguien comenzase a mostrar minuciosamente un páramo interminable, sin asideros, en toda su desnudez. Ni un solo artificio, ni una nota de distración. Y de manera imperceptible, esa misma música va empapando el presente hasta que no existe otra cosa con sentido. Es una música sin principio y sin final, empieza en algún lugar remoto y finaliza mucho más allá de quien la escucha. Todo lo que deseo es acercarme a ella, nada más.
El título procede de un verso de San Juan de la Cruz, La música callada, la soledad sonora. Cuatro cuadernos, veintiocho piezas, en las que Mompou dice estar buscando el expresar así la idea de una música que sería la voz misma del silencio.
Para mí, estos sonidos tratan, además de sobre el silencio, sobre el origen. Y cada vez que los escucho ejercen el poder, impagable, de alejarme de lo que no importa, o de lo que importa menos. No decepcionan, no mienten, por momentos no son fáciles. Pero a pesar de todo continúan existiendo con tenacidad y suavidad.
Por la mañana dejé sobre la mesa dos cedés con la intención de intentar escribir algo sobre ellos en el blog. Son dos músicas que me acompañan desde hace tiempo, y cuando hago un traslado, o una variación en la casa, esos dos cedés siempre tienen un lugar preferente, generalmente fuera de la estantería en la que conviven los demás. Escribiré algo sobre uno de ellos, será mi manera de acercarme a un cansancio en el que poder descansar.
Música callada de Federico Mompou. Lo conocí leyendo un texto sobre el fotógrafo Harry Callahan. El autor explicaba que él asociaba aquellas imágenes con la música de Mompou, en especial con la versión del pianista Josep Colom. Me gustan las imágenes del fotógrafo americano, así que me invadió la curiosidad por conocer esa música. En la tienda no tenían la versión de Colom, y podrían tardar mucho en conseguirla, me dijeron. Pero podían tener pronto la versión del propio Mompou al piano. Es la que tengo sobre la mesa.
Es una música misteriosa porque acumula a partes iguales fragilidad y fortaleza. Cuando se inicia, suelo experimentar algo cercano al desasosiego, al vacío, como si alguien comenzase a mostrar minuciosamente un páramo interminable, sin asideros, en toda su desnudez. Ni un solo artificio, ni una nota de distración. Y de manera imperceptible, esa misma música va empapando el presente hasta que no existe otra cosa con sentido. Es una música sin principio y sin final, empieza en algún lugar remoto y finaliza mucho más allá de quien la escucha. Todo lo que deseo es acercarme a ella, nada más.
El título procede de un verso de San Juan de la Cruz, La música callada, la soledad sonora. Cuatro cuadernos, veintiocho piezas, en las que Mompou dice estar buscando el expresar así la idea de una música que sería la voz misma del silencio.
Para mí, estos sonidos tratan, además de sobre el silencio, sobre el origen. Y cada vez que los escucho ejercen el poder, impagable, de alejarme de lo que no importa, o de lo que importa menos. No decepcionan, no mienten, por momentos no son fáciles. Pero a pesar de todo continúan existiendo con tenacidad y suavidad.
12 de junio de 2008
El Taj Mahal por dentro
Tres encuentros:
En la primera página de Un descanso verdadero Amos Oz escribe: Un hombre se levanta y se va a otro lugar. Lo que el hombre deja detrás de él permanece detrás observándole.
Al terminar de comer con un amigo y su pareja en un restaurante japonés que nos gusta, mientras tomábamos un té en una mesa del fondo del local, alguien comenzó a cantar una música tras los biombos que dividían la sala en varios compartimentos. Había tres o cuatro voces, y en poco tiempo conquistaron el silencio de todo el local. Venían de un lugar que ninguno de los que estábamos en esa parte alcanzábamos a ver. Era un canto cálido, decidido, un diálogo corto. Aquellas voces acallaron todas nuestras conversaciones. Nos mirábamos, sonreíamos y dejábamos que los ojos se perdieran, sólo cabía escuchar aquella música inesperada. Apenas duró unos minutos, era una energía que brillaba y paralizaba. Todo el restaurante pendiente de un lugar invisible. Al terminar, todo se quedó en silencio unos segundos. Aplaudimos. Me pareció un concierto inolvidable.
El bedel de una sala del festival PHE nos dijo, refiriéndose a la exposición que había terminado hacía unos días: ¡Era el Taj Mahal por dentro!
En la primera página de Un descanso verdadero Amos Oz escribe: Un hombre se levanta y se va a otro lugar. Lo que el hombre deja detrás de él permanece detrás observándole.
Al terminar de comer con un amigo y su pareja en un restaurante japonés que nos gusta, mientras tomábamos un té en una mesa del fondo del local, alguien comenzó a cantar una música tras los biombos que dividían la sala en varios compartimentos. Había tres o cuatro voces, y en poco tiempo conquistaron el silencio de todo el local. Venían de un lugar que ninguno de los que estábamos en esa parte alcanzábamos a ver. Era un canto cálido, decidido, un diálogo corto. Aquellas voces acallaron todas nuestras conversaciones. Nos mirábamos, sonreíamos y dejábamos que los ojos se perdieran, sólo cabía escuchar aquella música inesperada. Apenas duró unos minutos, era una energía que brillaba y paralizaba. Todo el restaurante pendiente de un lugar invisible. Al terminar, todo se quedó en silencio unos segundos. Aplaudimos. Me pareció un concierto inolvidable.
El bedel de una sala del festival PHE nos dijo, refiriéndose a la exposición que había terminado hacía unos días: ¡Era el Taj Mahal por dentro!
27 de mayo de 2008
El cant dels ocells
Me relaciono con la música de una manera intuitiva. Un día me encontré en una tienda con un cedé del violonchelista Pau Casals: Concierto en la Casa Blanca. Fue hace años, sabía muy poco de Casals y menos de ese concierto, pero me intrigó una grabación hecha en directo, el 13 de noviembre de 1961, en la casa del presidente americano. Lo compré.
La primera pieza es El cant dels ocells, una canción popular catalana que dura poco más de tres minutos. Al escucharla, reconocí la melodía, aunque no hubiera sabido identificarla (seguramente a todos nos suena). Me parece una pieza maravillosa, llena de vida, generosidad, celebración y con un ritmo que no es ni alegre ni triste (ni cumple con otros adjetivos vacíos de significado). Es un ritmo lleno, pleno, que acompaña. Escuchándola, se percibe el testimonio de quien ha vivido, y no de cualquier manera (como explica en clase quien yo me sé). Ayer la recordé, porque escuché por primera vez en directo dos de las Suites para Violonchelo de Bach, en interpretación de Plamen Velev.
Tras el concierto, me volvió un pensamiento que quería escribir aquí. El cant dels ocells, interpretada al violonchelo, es la pieza que se suele interpretar en las conmemoraciones dolosas, fúnebres, que se organizan en muchas ciudades, por ejemplo tras un atentado terrorista. La escena se repite: un violonchelista interpreta esos tres minutos casi como un réquiem, en homenaje a las víctimas. Se favorece la lentitud, la melancolía, la liturgia de los grandes duelos. A mí no deja de sorprenderme, y no dejo de pensar en quien habrá decidido transformar El canto de los pájaros en una música de réquiem, intentando empaparla con una tristeza, que durante unos instantes, no ofrece alternativa. No lo comparto, es más, me parece una simplificación que tiene poco que ver con la sensibilidad que debería presidir un homenaje de este tipo. Pero claro, tal vez la decisión proceda de esas simplificaciones absurdas que indican, por ejemplo, que el violín es alegre, el violonchelo melancólico, el rojo es símbolo de pasión y el azul invita al sueño. (¡Qué interesante sería ir desmontando pieza a pieza esa sensiblería que tapona la piel!)
Para mí, la música de violonchelo, y en particular esta canción catalana, igual que las suites de Bach, son una música llena de vida y si hay que utilizar adjetivos vacíos de significado, diría que hasta alegre. Me transmiten el disfrute de vivir, lo que no quiere decir, la alegría constante. A veces, muchas veces, ese disfrute incluye la dificultad, la gran dificultad. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce pude dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma, dijo Juan Gelman en su discurso de aceptación del último premio Cervantes. Al leer esta frase, me acordé de otra del fotógrafo Josef Sudek, hablando de alguna de sus fotografías: Son paisajes tristones. A mí no me gusta trabajar con paisajes alegres. La alegría es alegre y ya está, es siempre igual. La tristeza tiene muchos matices. Es más triste y menos triste y aún mucho más triste, y con eso se puede hacer algo.
La música de violonchelo, y estas piezas de las que hablo, representan en mi opinión música con la que se puede hacer algo, es decir, con la que se puede aprender mucho. No creo que haya mayor disfrute que la escucha que nos lleva en volandas a terrenos nuevos, en los que seguir aprendiendo. Por eso, propondría (no sé a quien) que no se interprete en ningún duelo público una música como ésta, con el argumento de que al teñirla de negro se la vacía de su fuerza comunicadora, mucho más rica, y de su enorme capacidad de conmoción en un espectador dispuesto a escuchar.
La primera pieza es El cant dels ocells, una canción popular catalana que dura poco más de tres minutos. Al escucharla, reconocí la melodía, aunque no hubiera sabido identificarla (seguramente a todos nos suena). Me parece una pieza maravillosa, llena de vida, generosidad, celebración y con un ritmo que no es ni alegre ni triste (ni cumple con otros adjetivos vacíos de significado). Es un ritmo lleno, pleno, que acompaña. Escuchándola, se percibe el testimonio de quien ha vivido, y no de cualquier manera (como explica en clase quien yo me sé). Ayer la recordé, porque escuché por primera vez en directo dos de las Suites para Violonchelo de Bach, en interpretación de Plamen Velev.
Tras el concierto, me volvió un pensamiento que quería escribir aquí. El cant dels ocells, interpretada al violonchelo, es la pieza que se suele interpretar en las conmemoraciones dolosas, fúnebres, que se organizan en muchas ciudades, por ejemplo tras un atentado terrorista. La escena se repite: un violonchelista interpreta esos tres minutos casi como un réquiem, en homenaje a las víctimas. Se favorece la lentitud, la melancolía, la liturgia de los grandes duelos. A mí no deja de sorprenderme, y no dejo de pensar en quien habrá decidido transformar El canto de los pájaros en una música de réquiem, intentando empaparla con una tristeza, que durante unos instantes, no ofrece alternativa. No lo comparto, es más, me parece una simplificación que tiene poco que ver con la sensibilidad que debería presidir un homenaje de este tipo. Pero claro, tal vez la decisión proceda de esas simplificaciones absurdas que indican, por ejemplo, que el violín es alegre, el violonchelo melancólico, el rojo es símbolo de pasión y el azul invita al sueño. (¡Qué interesante sería ir desmontando pieza a pieza esa sensiblería que tapona la piel!)
Para mí, la música de violonchelo, y en particular esta canción catalana, igual que las suites de Bach, son una música llena de vida y si hay que utilizar adjetivos vacíos de significado, diría que hasta alegre. Me transmiten el disfrute de vivir, lo que no quiere decir, la alegría constante. A veces, muchas veces, ese disfrute incluye la dificultad, la gran dificultad. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce pude dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma, dijo Juan Gelman en su discurso de aceptación del último premio Cervantes. Al leer esta frase, me acordé de otra del fotógrafo Josef Sudek, hablando de alguna de sus fotografías: Son paisajes tristones. A mí no me gusta trabajar con paisajes alegres. La alegría es alegre y ya está, es siempre igual. La tristeza tiene muchos matices. Es más triste y menos triste y aún mucho más triste, y con eso se puede hacer algo.
La música de violonchelo, y estas piezas de las que hablo, representan en mi opinión música con la que se puede hacer algo, es decir, con la que se puede aprender mucho. No creo que haya mayor disfrute que la escucha que nos lleva en volandas a terrenos nuevos, en los que seguir aprendiendo. Por eso, propondría (no sé a quien) que no se interprete en ningún duelo público una música como ésta, con el argumento de que al teñirla de negro se la vacía de su fuerza comunicadora, mucho más rica, y de su enorme capacidad de conmoción en un espectador dispuesto a escuchar.
24 de mayo de 2008
Oboe
Cuando hay concierto en Santiago, lo que más me gusta es llegar con tiempo, casi una hora antes. Voy a la cafetería de la Universidad, pido un café y leo un rato. Para mí es una especie de concentración en lo que va venir, al tiempo que una desconexión con el mundo que ruge. Ayer la orquesta tocó una sinfonía de Mozart y la Sinfonietta en Re Mayor (1925) de Ernesto Halffter. Me gusta entrar en el auditorio y sentarme cuando los primeros músicos comienzan a salir al escenario para afinar. Los veinte minutos previos al concierto son especiales, llenos de sonidos únicos. La sala está casi vacía, los músicos van saliendo despacio, afinan, tocan unas frases y muchos desaparecen. Otros permanecen sentados, charlan, miran al público, disponen las partituras, esperan y se concentran. Y luego, la música.
La solista que ayer tocaba el oboe estaba embarazada. La miraba moverse, agitada, la cara roja en los pasajes de Mozart que exigían más entrega, en el borde de la silla, con la barriga ya grande. Pensaba en como influiría esa música en su hijo.
Después de la música y la cena, el viaje de vuelta, más de cien kilómetros a la una de la madrugada. Pero entonces, en la radio del coche está el filósofo Angel Gabilondo. Y esa es otra historia. La última vez que lo escuché dijo que la vejez aparece cuando perdemos alguna de estas tres cosas: curiosidad (entendida como la posibilidad de ser de otra manera), buen humor o salud.
La solista que ayer tocaba el oboe estaba embarazada. La miraba moverse, agitada, la cara roja en los pasajes de Mozart que exigían más entrega, en el borde de la silla, con la barriga ya grande. Pensaba en como influiría esa música en su hijo.
Después de la música y la cena, el viaje de vuelta, más de cien kilómetros a la una de la madrugada. Pero entonces, en la radio del coche está el filósofo Angel Gabilondo. Y esa es otra historia. La última vez que lo escuché dijo que la vejez aparece cuando perdemos alguna de estas tres cosas: curiosidad (entendida como la posibilidad de ser de otra manera), buen humor o salud.
Un secreto auténtico
Hace ya tiempo que anoté una frase del historiador del arte Nikos Stangos, hablando del arte conceptual. Desde que la copié, me acompaña en más de un borrador de algo que finalmente no concluyo. Es esta:
Huebler solicitó de la gente que acudía a visitar un museo que escribiera un secreto auténtico, y con los 1.800 documentos resultantes se hizo un libro que es de lectura fascinante, aunque a veces se haga repetitiva ya que la mayor parte de los secretos se parecen mucho entre sí.
Pensar durante un tiempo en lo que significa esta afirmación me ha animado a intentar hacer algo con el barro de los secretos, aquellos que todos parecemos compartir. Meses después anoté en la misma libreta un pequeño texto de Kapuscinksky: El hombre contemporáneo no se preocupa por su memoria individual porque vive rodeado de memoria almacenada. (en tiempos de Herodoto) la persona sabía sólo aquello que su memoria lograba conservar.
Huebler solicitó de la gente que acudía a visitar un museo que escribiera un secreto auténtico, y con los 1.800 documentos resultantes se hizo un libro que es de lectura fascinante, aunque a veces se haga repetitiva ya que la mayor parte de los secretos se parecen mucho entre sí.
Pensar durante un tiempo en lo que significa esta afirmación me ha animado a intentar hacer algo con el barro de los secretos, aquellos que todos parecemos compartir. Meses después anoté en la misma libreta un pequeño texto de Kapuscinksky: El hombre contemporáneo no se preocupa por su memoria individual porque vive rodeado de memoria almacenada. (en tiempos de Herodoto) la persona sabía sólo aquello que su memoria lograba conservar.
20 de mayo de 2008
La primacía del oído
Hoy ardió parte del edificio de la Filarmónica de Berlín. Recuerdo la película que su director, Simon Rattle dirigió (más o menos, porque creo que había un realizador del mundo del cine) sobre la enseñanza de la música, Esto es ritmo. Una película inolvidable.
Hace algunos días que conservo dos recortes de periódico, con la intención de copiar aquí un fragmento. En uno de ellos, Daniel Barenboim termina de hablar sobre el conflicto entre israelíes y palestinos diciendo: O encontramos una forma de vivir con el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me da esperanza? Hacer música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el Don Giovanni de Mozart o Tristán e Isolda de Wagner, todos los seres humanos son iguales.
Y en el otro, el músico Gilad Atzmon escribe: Sólo en fechas recientes comprendí que la ética entra en juego cuando los ojos se cierran y los ecos de la conciencia forman una melodía interior. Empatizar es aceptar la primacía del oído.
Hace algunos días que conservo dos recortes de periódico, con la intención de copiar aquí un fragmento. En uno de ellos, Daniel Barenboim termina de hablar sobre el conflicto entre israelíes y palestinos diciendo: O encontramos una forma de vivir con el otro o nos matamos. ¿Qué es lo que me da esperanza? Hacer música. Porque, ante una sinfonía de Beethoven, el Don Giovanni de Mozart o Tristán e Isolda de Wagner, todos los seres humanos son iguales.
Y en el otro, el músico Gilad Atzmon escribe: Sólo en fechas recientes comprendí que la ética entra en juego cuando los ojos se cierran y los ecos de la conciencia forman una melodía interior. Empatizar es aceptar la primacía del oído.
14 de mayo de 2008
Carta

Cuando escribí sobre una escena en la que dos personas escuchaban la misma música, aunque en habitaciones diferentes, un visitante anónimo del blog manifestó que le gustaría saber como continuaba la historia. Sonreí y respondí lo mejor que pude. Luego, una amiga me escribió un mail: esfuérzate y sigue la historia.
No la voy a seguir, pero hace días que pienso en otra historia que tiene relación, de alguna manera, con aquella primera escena. Sólo me veo capaz de contarla a la manera de una carta.
Fue durante una de las separaciones más difíciles que he vivido hasta la fecha, cuando entreví que ya me alejaba, sin vuelta atrás. Una tarde que estaba solo en nuestra casa, intuyendo un viaje que me llevaría lejos, decidí coger de la estantería común algún libro nuestro, alguno que tú hubieses traído cualquier día, impaciente por empezar a leer. Lo decidí rápido: el catálogo de la exposición de Arnulf Rainer que habíamos visto juntos, y un libro de poemas de Czeslaw Milosz (que acabo de coger). Leer poemas es una actividad maravillosa, en soledad o en compañía. Y hay uno de ese libro que casi me sé de memoria: La muerte de un hombre es igual a la caída de un Estado poderoso / que tenía ejércitos valerosos, caudillos y profetas y puertos prósperos y buques en todos los mares. (Y continúa).
Pero no fue lo único que me llevé de la estantería común. Aunque siempre vivíamos con poco dinero, a veces nos concedíamos grandes compras. Una de ellas fueron los dos cedés con las Suites de Violonchelo de Johann Sebastian Bach, interpretadas por Yo-Yo Ma. Venían en una caja maravillosa, de portada roja, de la firma Sony Classical. Aquella misma tarde decidí que yo me llevaría uno de los dos cedés, así podríamos seguir escuchando la misma música pero no de la misma forma: a cada uno le faltaría la mitad de las piezas, y las tendría el otro. Ni lo sentí como un reparto equitativo ni como el almíbar de la media naranja. No, no, aquello era lo que mi estómago y mi corazón me pedían, debía ser así, debía permanecer aquella marca en la piel, no compraría de nuevo esos discos. En cambio, cuando sonara aquel cedé, escucharía también el sonido de nuestra casa, la mesa grande de madera donde estaba el equipo de música. Incluso podría llegar un día, desconocido para los dos, en que los dos cedés estuviesen sonando al mismo tiempo aunque en lugares muy alejados. Serían casas distintas, por supuesto, incluso habría otras personas junto a nosotros, podría ser. Elegí el Disco 2 y no me llevé la caja original. Tú tardaste en descubrirlo, pero nunca dijiste nada y aceptaste las cartas del juego. El mío lo guardé en una caja vacía que se titulaba Nuevas Músicas, (menuda ironía), pero al poco tiempo le dediqué una caja nueva y la rotulé con cuidado: Suites nº2, 3 y 6.
Años más tarde, hace poco, mientras conducía, escuché en la radio una interpretación de estas suites que, literalmente, me obligó a detenerme para escuchar con toda la atención. Era una visión de Bach diferente a lo que conocía, se trataba del violonchelista Pierre Fournier. Y en ese momento decidí volver a comprar los dos discos con las suites para chelo de Bach, interpretadas por este músico. No sabía nada de él, ni lo conocía. Aunque a los pocos meses, otra amiga me dijo: Sí, Fournier es el Glenn Gould del violonchelo. Desde entonces, podría decir (a la manera de Murakami,... siempre habrá una mesa reservada para tí al fondo del restaurante) que en todas las casas que habito, hay una habitación dedicada a la música de Yo-Yo Ma, mientras en el resto de espacios me gusta disfrutar del admirado Pierre Fournier.
Ojalá mi amiga del correo electrónico entienda el esfuerzo por continuar la historia, a través de otra escena.
8 de mayo de 2008
Un viaje peligroso
Hace algunos días encontré un texto con las palabras que el explorador inglés Ernest Schackleton publicó en la prensa británica, para reclutar a la tripulación de su expedición a la Antártida:
Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.
(Espero que sean palabras literales, y no una manipulación como parece ser que se hizo con el diario de Scott).
Suponiendo que así sea, me pregunto (sin respuesta por el momento), que significarían hoy día estas palabras. ¿Qué significarían si las despojásemos de los ecos poéticos y romáticos que casi instintivamente les añadimos?, ¿Quién las podría pronunciar?, ¿Qué significa hoy un viaje peligroso?, ¿Quién respondería al anuncio?. No sé bien por qué, me acordé de todo esto después de leer las declaraciones de la cubana Yoani Sánchez, la autora del blog Generación Y, en el que habla de como empezó a escribir en él por la necesidad de hacer un exorcismo personal. No sé cual es la relación entre un tema y otro.
Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.
(Espero que sean palabras literales, y no una manipulación como parece ser que se hizo con el diario de Scott).
Suponiendo que así sea, me pregunto (sin respuesta por el momento), que significarían hoy día estas palabras. ¿Qué significarían si las despojásemos de los ecos poéticos y romáticos que casi instintivamente les añadimos?, ¿Quién las podría pronunciar?, ¿Qué significa hoy un viaje peligroso?, ¿Quién respondería al anuncio?. No sé bien por qué, me acordé de todo esto después de leer las declaraciones de la cubana Yoani Sánchez, la autora del blog Generación Y, en el que habla de como empezó a escribir en él por la necesidad de hacer un exorcismo personal. No sé cual es la relación entre un tema y otro.
7 de mayo de 2008
El amigo Mendelssohn
La música es un hilo de Ariadna que nos guía. Nada que ver con el hilo musical. Quien dice esto es el filósofo Eugenio Trías, en su libro El canto de las sirenas.
Aún no lo leí, sé de él por un artículo en el periódico y una entrevista con el autor en la que defiende que la música es una forma de conocimiento. Pero a mí lo que más me impresionó es cuando habla de uno de sus compositores preferidos: el amigo Mendelssohn. Cuenta que su música fue quien lo acompañó durante una grave convalecencia en el hospital. Porque, según Trías, el amigo Mendelssohn transmitía gozo, intensificación vital.
Leí esto en septiembre de 2007, recorté el artículo del periódico. Pero no olvidé sus palabras. Meses más tarde, instintivamente, un día busqué en una tienda algún disco de Mendelssohn. Un amigo que me acompañaba me recomendó el oratorio Elijah. Lo compré y comencé a escucharlo una y otra vez. Al poco le pedí a mi amigo alguna otra música de este autor. Y me regaló un cedé titulado Songs without words. Contiene la música para piano de las Op. 19, 30, 38 y 53, interpretada por Annie d'Arco. Y, tras semanas escuchando esa música, hoy volví a leer el artículo y la entrevista a Eugenio Trías.
Quería leer otra vez sus palabras porque lo que recordaba de ellas era esa idea de la música como algo curativo. También como un acompañante, con quien trazar un diario tan íntimo como estas piezas de piano. Hoy quería volver a tener cerca esos pensamientos y esas experiencias. Una parte de la vida que nos salva.
Aún no lo leí, sé de él por un artículo en el periódico y una entrevista con el autor en la que defiende que la música es una forma de conocimiento. Pero a mí lo que más me impresionó es cuando habla de uno de sus compositores preferidos: el amigo Mendelssohn. Cuenta que su música fue quien lo acompañó durante una grave convalecencia en el hospital. Porque, según Trías, el amigo Mendelssohn transmitía gozo, intensificación vital.
Leí esto en septiembre de 2007, recorté el artículo del periódico. Pero no olvidé sus palabras. Meses más tarde, instintivamente, un día busqué en una tienda algún disco de Mendelssohn. Un amigo que me acompañaba me recomendó el oratorio Elijah. Lo compré y comencé a escucharlo una y otra vez. Al poco le pedí a mi amigo alguna otra música de este autor. Y me regaló un cedé titulado Songs without words. Contiene la música para piano de las Op. 19, 30, 38 y 53, interpretada por Annie d'Arco. Y, tras semanas escuchando esa música, hoy volví a leer el artículo y la entrevista a Eugenio Trías.
Quería leer otra vez sus palabras porque lo que recordaba de ellas era esa idea de la música como algo curativo. También como un acompañante, con quien trazar un diario tan íntimo como estas piezas de piano. Hoy quería volver a tener cerca esos pensamientos y esas experiencias. Una parte de la vida que nos salva.
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