Algunos días me apetece elaborar una lista de cosas que merecen ser observadas con atención y con tiempo. Más que cosas son acontecimientos, porque incluye personas y lo que estas personas hacen o dicen, y animales, ciudades, viajes.
Anoté en la libreta: solo por los peces de colores. Solo por ellos merecía la pena conocer la Alcazaba. Girando en el agua oscura, a la sombra de varios cipreses, en el estanque de un palacio perdido.
También anoté el título de un trabajo del profesor que fui a escuchar: Posible de olvidar. Todo se olvida, todo se transforma, en oposición a lo que se suele admitir (responsable a veces de una mezcla de sufrimiento y placer interno) de que lo que hemos vivido es Imposible de olvidar, explicó.
Un bote de laboratorio con ojos de hipopótamo y otro con el corazón de un cisne.
La música de Anouar Brahem, que conocí porque un amigo me regaló una pieza. Y el concierto que dará en Lisboa en otoño y al que de una u otra manera iré (como el zorro necesita preparar su corazón horas antes de que llegue El Principito).
Una mujer joven sentada en el tren que, a primera hora de la tarde, saca de su bolso la partitura de la Sinfonía nº 41 de Mozart y se pone a estudiarla con detalle, la sinfonía Júpiter, la última. Una fantasía cumplida, casi me apetece decir. Y de repente una mujer mayor la interrumpe al acercarle un teléfono móvil con la foto de su nieta y decirle que ha descubierto que son parecidísimas. Sí, nos damos un aire, le respondió. Y siguió haciendo anotaciones con un lápiz.
Una relación estable con cosas pasajeras.
Todo eso y un concierto de Enrique Morente: la experiencia de estar frente a un manantial. A él le escuché cantar Ayer, si el tiempo lo permite. Con una voz como no hay otra: intensa, fuerte y ronca, porosa, nítida también. Canta y ajusta los recortes de las emociones, desde el grito al susurro.
Era la primera vez que lo escuchaba en directo. Con letras del flamenco más actualizadas y una enorme sobriedad y pureza, sin concesiones a lo fácil, más de dos horas de música. Hubo momentos en ese concierto, también antes y después, en que todo estaba en orden. No había nada que temer ni nada que buscar en la lejanía.
24 de febrero de 2010
3 de febrero de 2010
Lo que la mano izquierda vio
Ayer un error cometido en público generó un diálogo más rico de lo habitual. Pero quedé muy confuso tras aquello, decidí parar a descansar, a dormir. Y un sueño profundo, tenso, me retuvo en lugares que se repiten con frecuencia hasta el amanecer. Entonces una parte de mí trata de investigar hasta donde ha viajado, en la oscuridad, otra parte que no consigo identificar.
En el desayuno leo:
Entonces alargué la mano adormecida para tocarle la cara, por debajo de su amplia frente, y de pronto en lugar de las gafas mis dedos encontraron lágrimas. Jamás en mi vida, ni antes ni después de aquella noche, ni siquiera cuando murió mi madre, había visto llorar a mi padre. Y de hecho tampoco esa noche lo vi: la habitación estaba a oscuras. Solo mi mano izquierda lo vio.
El jueves pasado escuché un concierto inolvidable. La RFG dirigida por Cristoph König (no lo conocía) interpretando a Rossini, Shostakovih y Antonín Dvorák, con el solista de violonchelo Alban Gerhardt.
El inicio con Rossini fue rápido, preciso y activador. Apenas unos minutos para conectarse con el mundo de una orquesta en movimiento. Pero la música que venía después es la que continua, a su manera, alimentando esos sueños. El concierto para violonchelo nº 2 op. 126 de Shostakovich, con Alban Gerhardt como solista y König dirigiendo. Todo tomó otro rumbo.
Se iniciaron unos sonidos duros, difíciles y sombríos que intentaban arrancar un pequeño diálogo entre el solista y las repentinas entradas de la orquesta, de la percusión, de todas y cada una de las secciones de instrumentistas. Silencios en los que solo se escuchaba la agitación seca y cortante del violonchelo. Poco a poco la música de Shostakovich fue creando una tensión que nunca acababa de resolverse: solo aquel avance incierto, sarcástico, poderoso. Semejante por momentos a la mano izquierda que encuentra las lágrimas en la cara que acaricia en la oscuridad. En la que busca protección también. No había solución, solo quedaba aceptar la incertidumbre y la noche de aquellos sonidos, la desesperanza que encerraban. La necesidad de compartir la noche.
La interpretación era seca, intensa, dirigía con precisión el corte en la piel. No había lamento ni compasión. A cada paso todos nos íbamos quedando más y más a la intemperie. Solo alargando la mano izquierda para comprobar si el otro también tenía los ojos inundados. Un proceso que transcurría en la oscuridad, sin poder ver, en el interior de un sueño.
Shostakovich compuso este concierto inmerso en un sufrimiento físico intenso. Y lo hizo para su amigo y admirado Rostropovich (lo leo en las notas de mano del concierto). Y todo eso fue unos pocos años antes de que Amos Oz estuviera al lado de su padre cuando este lloró una noche en medio del asedio a Jerusalén durante la guerra de 1947.
En un momento del sueño de esta noche me incorporé, comprobé si todo el mundo dormía y aunque el invierno está empezando a desaparecer, recuerdo que elegí para leerte un poema de Joseph Brodsky que empieza así: Cae la nieve dejando el mundo entero en minoría. Aquella música había dejado también a todo el auditorio en minoría. No había consuelo en el sueño.
Tras el concierto de Shostakovich vino el descanso. Y en la segunda parte, para interpretar la sinfonía de Dvorák, Alban Gerhardt se deslizó suavemente al fondo de la orquesta para interpretar con su violonchelo, como uno más, aquella música impetuosa. Parecía sonriente, agradecido. Nunca había visto eso.
En el desayuno leo:
Entonces alargué la mano adormecida para tocarle la cara, por debajo de su amplia frente, y de pronto en lugar de las gafas mis dedos encontraron lágrimas. Jamás en mi vida, ni antes ni después de aquella noche, ni siquiera cuando murió mi madre, había visto llorar a mi padre. Y de hecho tampoco esa noche lo vi: la habitación estaba a oscuras. Solo mi mano izquierda lo vio.
El jueves pasado escuché un concierto inolvidable. La RFG dirigida por Cristoph König (no lo conocía) interpretando a Rossini, Shostakovih y Antonín Dvorák, con el solista de violonchelo Alban Gerhardt.
El inicio con Rossini fue rápido, preciso y activador. Apenas unos minutos para conectarse con el mundo de una orquesta en movimiento. Pero la música que venía después es la que continua, a su manera, alimentando esos sueños. El concierto para violonchelo nº 2 op. 126 de Shostakovich, con Alban Gerhardt como solista y König dirigiendo. Todo tomó otro rumbo.
Se iniciaron unos sonidos duros, difíciles y sombríos que intentaban arrancar un pequeño diálogo entre el solista y las repentinas entradas de la orquesta, de la percusión, de todas y cada una de las secciones de instrumentistas. Silencios en los que solo se escuchaba la agitación seca y cortante del violonchelo. Poco a poco la música de Shostakovich fue creando una tensión que nunca acababa de resolverse: solo aquel avance incierto, sarcástico, poderoso. Semejante por momentos a la mano izquierda que encuentra las lágrimas en la cara que acaricia en la oscuridad. En la que busca protección también. No había solución, solo quedaba aceptar la incertidumbre y la noche de aquellos sonidos, la desesperanza que encerraban. La necesidad de compartir la noche.
La interpretación era seca, intensa, dirigía con precisión el corte en la piel. No había lamento ni compasión. A cada paso todos nos íbamos quedando más y más a la intemperie. Solo alargando la mano izquierda para comprobar si el otro también tenía los ojos inundados. Un proceso que transcurría en la oscuridad, sin poder ver, en el interior de un sueño.
Shostakovich compuso este concierto inmerso en un sufrimiento físico intenso. Y lo hizo para su amigo y admirado Rostropovich (lo leo en las notas de mano del concierto). Y todo eso fue unos pocos años antes de que Amos Oz estuviera al lado de su padre cuando este lloró una noche en medio del asedio a Jerusalén durante la guerra de 1947.
En un momento del sueño de esta noche me incorporé, comprobé si todo el mundo dormía y aunque el invierno está empezando a desaparecer, recuerdo que elegí para leerte un poema de Joseph Brodsky que empieza así: Cae la nieve dejando el mundo entero en minoría. Aquella música había dejado también a todo el auditorio en minoría. No había consuelo en el sueño.
Tras el concierto de Shostakovich vino el descanso. Y en la segunda parte, para interpretar la sinfonía de Dvorák, Alban Gerhardt se deslizó suavemente al fondo de la orquesta para interpretar con su violonchelo, como uno más, aquella música impetuosa. Parecía sonriente, agradecido. Nunca había visto eso.
26 de enero de 2010
¿Por dónde voy?
Un sol muy intenso atraviesa todo el vagón. Algunos asientos hacia delante una mujer enseña a leer a sus hijos con un texto hecho de frases cortas. Palabra por palabra. Y cada poco uno de ellos, al que imagino pegado a la hoja y siguiendo la estrecha línea de arabescos que deben ser las letras para él, se detiene y como si lo invadiera una angustia repentina pregunta por donde va. Supongo, porque no los veo, que entonces ella pone su dedo en el renglón, señala la última palabra e infunde la confianza necesaria para retomar la frase. Continuar.
Cada cual se tapa hasta donde le alcanza el poncho, dice Ataulpa Yupanki. Escucho su música interpretada al piano, sin su voz. Falta su voz.
En el mismo vagón leo unos versos de T.S. Eliot. Y también me pregunto cada poco, no muy distinto del niño, que por donde voy.
Señora, tres leopardos blancos se posaron bajo un junípero.
En la tibieza del día, habiéndose alimentado hasta la saciedad
De mis piernas mi corazón mi hígado y todo lo contenido
En la hueca redondez de mi craneo.
Y dijo Dios: ¿Acaso vivirán estos huesos? ¿Acaso
vivirán?
No conozco el original pero no me suenan bien estas palabras traducidas. Pero sí me gusta pensar y sentir tres leopardos blancos.
Empecé pensando que iba a copiar un poema entero de Joan Margarit: Nunca quemes las cartas de amor. Pero hoy no. A cambio miro de reojo su último libro: Misteriosamente feliz.
La sensación de esperar algo que no se puede nombrar, aguardar sentado en esta silla y, mientras tanto, escuchar la música.
Cada cual se tapa hasta donde le alcanza el poncho, dice Ataulpa Yupanki. Escucho su música interpretada al piano, sin su voz. Falta su voz.
En el mismo vagón leo unos versos de T.S. Eliot. Y también me pregunto cada poco, no muy distinto del niño, que por donde voy.
Señora, tres leopardos blancos se posaron bajo un junípero.
En la tibieza del día, habiéndose alimentado hasta la saciedad
De mis piernas mi corazón mi hígado y todo lo contenido
En la hueca redondez de mi craneo.
Y dijo Dios: ¿Acaso vivirán estos huesos? ¿Acaso
vivirán?
No conozco el original pero no me suenan bien estas palabras traducidas. Pero sí me gusta pensar y sentir tres leopardos blancos.
Empecé pensando que iba a copiar un poema entero de Joan Margarit: Nunca quemes las cartas de amor. Pero hoy no. A cambio miro de reojo su último libro: Misteriosamente feliz.
La sensación de esperar algo que no se puede nombrar, aguardar sentado en esta silla y, mientras tanto, escuchar la música.
15 de enero de 2010
Una medida del tiempo: cada día a las ocho
Cada día a las ocho de la tarde los vecinos bañan a su hijo pequeño. Me contó que todos los días de este invierno, desde que nació, se escucha a través de la pared el borboteo del agua, las voces, las risas y un tono de voz que no se olvida aunque no se identiquen las palabras. Sentados frente a un café también me dijo que cuando estaba en casa y lo escuchaba, sentía que era una señal de que todo iba bien, de que todo estaba en orden, que el día había merecido la pena, mejor dicho, que ese día tampoco sería el final. El baño de aquel niño era una medida del tiempo.
Ayer hubo concierto. Fue un concierto maravilloso, una tarde extraordinaria. Nos citamos en la cafetería de un hotel en la circunvalación de la ciudad, de esos que a los dos nos gusta reservar por internet a la mitad de precio, y en los que apreciamos una habitación silenciosa.
La RFG conducida por Manuel Hernández Silva, un director venezolano que no conocía. La primera pieza fue la Serenata para cuerdas en Do Mayor, op. 48 de Chaikovsky. Yo nunca había escuchado una interpretación así de viva y cuidada de ese tipo de música. A cada paso, más y más espacios abiertos en ese tiempo romántico. La sonatina, un vals, una elegía y un final que parecía cruzar, vagar, por la Rusia de Dr. Zhivago. El paisaje, los caminos a través de la estepa, el drama y la emoción palpitante, el romanticismo ruso. Rusia. Todo aquello con una precisión, una amplitud y una pasión enorme.
En el descanso miré el programa de mano. Aquel director dialogaba de otra manera con la música, para empezar sonreía, y trataba los sonidos con una intensidad lejana a la relación burocrática. Venezolano. Recordé la orquesta y el proyecto musical Simón Bolivar, la película de Simon Rattle sobre la educación musical, las ganas que tengo de escuchar una interpretación de Gustavo Dudamel.
Como llegué con más de media hora de antelación a la sala, primero hice tiempo en la cafetería y luego ya sentado en la butaca. En todo ese rato ví gente que no es la habitual en los conciertos. Personas mayores, pero también muchos niños, incluso algunos adolescentes. Con la segunda pieza del programa llegó la explicación: los vecinos de Guláns, una parroquia de Ponteareas, habían llenado un autobús para acompañar al compositor gallego Rogelio Groba a celebrar su ochenta cumpleaños en el auditorio. La segunda pieza, Concerto no lameiro, de Groba, fue el homenaje de la ciudad y de la orquesta.
No es lo habitual, gente de un pueblo pequeño (con excelentes bandas populares) que acompañan a un músico que tiene su mismo físico, viste un traje gris y se mueve como si tuviese veinte años menos. Antes de la pieza subió al escenario a decir unas palabras de agradecimiento. Cada frase era aplaudida por todos, muy especialmente por sus vecinos. Los niños estaban eufóricos en el auditorio, conocían al homenajeado y él los miraba sonriente. No se podía pedir más. Primero habían dirigido con sus manos y desde sus asientos la pieza de Chaikovsky y ahora aplaudían con ganas.
Al final, una Sinfonía núm. 36 de Mozart que parecía obedecer a abruptos contrastes de un romanticismo oscuro: por momentos todo parecía terminar para luego volver a existir. Para mí sonaba a otros autores, no me concentré. Pero no importaba, tal vez era el cansancio de las once de la noche tras una jornada intensa, o la larga temporada escuchando sus conciertos de piano.
Ahora sigo pensando en las medidas individuales del tiempo. Y en el misterio que las hace tan fiables. Por ejemplo la hora en la que en una casa hay que bañar a los niños. O la música inesperada de Chaikovsky al final del día. O las conversaciones que están fuera de lo que podríamos esperar y que permiten encajar las suficientes piezas del puzle para que identifiquemos otras caras de lo que ocurrió.
Ayer hubo concierto. Fue un concierto maravilloso, una tarde extraordinaria. Nos citamos en la cafetería de un hotel en la circunvalación de la ciudad, de esos que a los dos nos gusta reservar por internet a la mitad de precio, y en los que apreciamos una habitación silenciosa.
La RFG conducida por Manuel Hernández Silva, un director venezolano que no conocía. La primera pieza fue la Serenata para cuerdas en Do Mayor, op. 48 de Chaikovsky. Yo nunca había escuchado una interpretación así de viva y cuidada de ese tipo de música. A cada paso, más y más espacios abiertos en ese tiempo romántico. La sonatina, un vals, una elegía y un final que parecía cruzar, vagar, por la Rusia de Dr. Zhivago. El paisaje, los caminos a través de la estepa, el drama y la emoción palpitante, el romanticismo ruso. Rusia. Todo aquello con una precisión, una amplitud y una pasión enorme.
En el descanso miré el programa de mano. Aquel director dialogaba de otra manera con la música, para empezar sonreía, y trataba los sonidos con una intensidad lejana a la relación burocrática. Venezolano. Recordé la orquesta y el proyecto musical Simón Bolivar, la película de Simon Rattle sobre la educación musical, las ganas que tengo de escuchar una interpretación de Gustavo Dudamel.
Como llegué con más de media hora de antelación a la sala, primero hice tiempo en la cafetería y luego ya sentado en la butaca. En todo ese rato ví gente que no es la habitual en los conciertos. Personas mayores, pero también muchos niños, incluso algunos adolescentes. Con la segunda pieza del programa llegó la explicación: los vecinos de Guláns, una parroquia de Ponteareas, habían llenado un autobús para acompañar al compositor gallego Rogelio Groba a celebrar su ochenta cumpleaños en el auditorio. La segunda pieza, Concerto no lameiro, de Groba, fue el homenaje de la ciudad y de la orquesta.
No es lo habitual, gente de un pueblo pequeño (con excelentes bandas populares) que acompañan a un músico que tiene su mismo físico, viste un traje gris y se mueve como si tuviese veinte años menos. Antes de la pieza subió al escenario a decir unas palabras de agradecimiento. Cada frase era aplaudida por todos, muy especialmente por sus vecinos. Los niños estaban eufóricos en el auditorio, conocían al homenajeado y él los miraba sonriente. No se podía pedir más. Primero habían dirigido con sus manos y desde sus asientos la pieza de Chaikovsky y ahora aplaudían con ganas.
Al final, una Sinfonía núm. 36 de Mozart que parecía obedecer a abruptos contrastes de un romanticismo oscuro: por momentos todo parecía terminar para luego volver a existir. Para mí sonaba a otros autores, no me concentré. Pero no importaba, tal vez era el cansancio de las once de la noche tras una jornada intensa, o la larga temporada escuchando sus conciertos de piano.
Ahora sigo pensando en las medidas individuales del tiempo. Y en el misterio que las hace tan fiables. Por ejemplo la hora en la que en una casa hay que bañar a los niños. O la música inesperada de Chaikovsky al final del día. O las conversaciones que están fuera de lo que podríamos esperar y que permiten encajar las suficientes piezas del puzle para que identifiquemos otras caras de lo que ocurrió.
9 de enero de 2010
Amaicha
Cuando estaba en el instituto leí un libro titulado La importancia de vivir, de Lin Yutang. En uno de sus capítulos describía con todo detalle diez momentos plenos de felicidad. Eran cosas como un paseo por el monte, una tormenta repentina que empapa al paseante y su llegada a la casa caliente donde se pone ropa seca. Acontecimientos así de pequeños, así de grandes. Desde entonces, en las conversaciones con algunos amigos compartimos la clave, en un instante dado, de estar en un momento Lin Yutang.
Hace días que una y otra vez experimento un momento Lin Yutang. Desde que descubrí el programa de radio clásica Juego de Espejos, de Luis Suñén, intento escucharlo todos los domingos a la noche. Pero a veces no es un buen momento. Así que investigué y encontré en la web de R2 los archivos digitales de cada programa emitido, al menos de los últimos. Los descargué y decidí grabar un programa en cada cedé. Así que tengo sesenta minutos por programa en el que un invitado pone la música que le gusta, la que lo acompaña a lo largo de los años, la que admira (nadie es músico profesional), la que le permite reconstruirse a cada paso.
Comencé a escucharlos en casa, pero enseguida sentí que el mejor lugar para esa audición era un viaje en coche, a lo largo de una carretera. Y ese es el momento Lin Yutang: salir a carretera abierta y encender el aparato de música. Hace pocos días de esto pero cada cedé se ha convertido ya en la medida de tiempo más precisa que tengo para mis viajes. Un programa permite llegar, yendo despacio, a Portugal (por ejemplo). Y un programa y un pequeño silencio de reposo es suficiente para llegar a las montañas de Sanabria, yendo algo más rápido. Con las dos o tres primeras músicas de cada invitado (muchas veces asociadas a la infancia) llego muchos días a una pequeña salida de trabajo. Y también con un programa entero estoy en el centro de Santiago, o de Vigo. Aún no he probado esta medida en viajes largos, aunque ya puedo calcular las distancias. Pero los cedés se agotan más rápido de lo que esperaba. Cuento los que me quedan por oir igual que recelo pasar las páginas de un libro maravilloso, no quiero que se terminen. Es la otra cara.
Son programas sugerentes y abiertos. No solo hay música clásica, a veces hay algo de flamenco o de jazz, más raramente algo de pop. Hay invitados con los que me identifico mucho, con otros que traen todo ópera, apenas. Pero se saborean todos los colores. Porque en todos existe un material emocional que liga la música, la memoria y el día a día. Es un programa para gente que no vive de la música pero vive con la música, le gusta decir a Luis Suñén.
Hace meses leí un libro titulado Piano. La historia de un Steinway de gran cola, de James Barron. La historia que se cuenta es la de la construcción paso a paso de uno de estos instrumentos, 4.752 piezas mecánicas que hay que ajustar hasta que el instrumento deja de parecer mecánico. Y en medio de esas fases, alguien fabrica cuñas de madera de 0,33 milímetros. Y ese es el dato relevante, el que no se olvida: una cuña imperceptible que hace inclinarse la balanza del sonido hacia uno u otro lado. Así me parece la memoria, llena de cuñas invisibles que reordenan los pesos y los espacios, los sonidos, y permiten llegar a sesenta minutos de música. ¿Cuáles son los sesenta minutos de cada uno?
Antes de escribir esta entrada puse una canción de Ataulpa Yupanqui que conocí también en la radio. Me costó encontrar la grabación pero al final dí con ella: Danza de la paloma enamorada. Y como otras veces, tras la canción no pude dejar de escuchar las siguientes tres o cuatro, o más. Hasta que la voz poderosa y seductora de Ataulpa cuenta la historia de su Baguala de Amaicha. En ella, Ataulpa se encuentra con un campesino que tararea una música, los dos a caballo, camino de Amaicha, en las montañas cerca de Tucumán, Argentina. Y cuando Ataulpa elogia su cantar, el campesino enmudece y le dice que él ya sabe que canta "fiero", que canta "feo", pero que lo hermoso de ese cante lo pone la montaña, lo pone el cerro: si a usted le gusta es porque el cerro pone lindo las cosas que yo canto. Y Ataulpa Yupanqui se pregunta qué será de nosotros si no tenemos una montaña que nos haga lindo el canto, si no hay un paisaje que ampare y custodie la canción.
A nosotros tal vez el único paisaje que nos puede hacer lindo el canto es la memoria. Por eso se disfruta tanto caminando por las montañas de lo que no queremos olvidar. Construyendo y reconstruyendo a cada paso, unas veces a caballo, otras a pie, hacia Amaicha, siempre hacia otros lugares.
Hace días que una y otra vez experimento un momento Lin Yutang. Desde que descubrí el programa de radio clásica Juego de Espejos, de Luis Suñén, intento escucharlo todos los domingos a la noche. Pero a veces no es un buen momento. Así que investigué y encontré en la web de R2 los archivos digitales de cada programa emitido, al menos de los últimos. Los descargué y decidí grabar un programa en cada cedé. Así que tengo sesenta minutos por programa en el que un invitado pone la música que le gusta, la que lo acompaña a lo largo de los años, la que admira (nadie es músico profesional), la que le permite reconstruirse a cada paso.
Comencé a escucharlos en casa, pero enseguida sentí que el mejor lugar para esa audición era un viaje en coche, a lo largo de una carretera. Y ese es el momento Lin Yutang: salir a carretera abierta y encender el aparato de música. Hace pocos días de esto pero cada cedé se ha convertido ya en la medida de tiempo más precisa que tengo para mis viajes. Un programa permite llegar, yendo despacio, a Portugal (por ejemplo). Y un programa y un pequeño silencio de reposo es suficiente para llegar a las montañas de Sanabria, yendo algo más rápido. Con las dos o tres primeras músicas de cada invitado (muchas veces asociadas a la infancia) llego muchos días a una pequeña salida de trabajo. Y también con un programa entero estoy en el centro de Santiago, o de Vigo. Aún no he probado esta medida en viajes largos, aunque ya puedo calcular las distancias. Pero los cedés se agotan más rápido de lo que esperaba. Cuento los que me quedan por oir igual que recelo pasar las páginas de un libro maravilloso, no quiero que se terminen. Es la otra cara.
Son programas sugerentes y abiertos. No solo hay música clásica, a veces hay algo de flamenco o de jazz, más raramente algo de pop. Hay invitados con los que me identifico mucho, con otros que traen todo ópera, apenas. Pero se saborean todos los colores. Porque en todos existe un material emocional que liga la música, la memoria y el día a día. Es un programa para gente que no vive de la música pero vive con la música, le gusta decir a Luis Suñén.
Hace meses leí un libro titulado Piano. La historia de un Steinway de gran cola, de James Barron. La historia que se cuenta es la de la construcción paso a paso de uno de estos instrumentos, 4.752 piezas mecánicas que hay que ajustar hasta que el instrumento deja de parecer mecánico. Y en medio de esas fases, alguien fabrica cuñas de madera de 0,33 milímetros. Y ese es el dato relevante, el que no se olvida: una cuña imperceptible que hace inclinarse la balanza del sonido hacia uno u otro lado. Así me parece la memoria, llena de cuñas invisibles que reordenan los pesos y los espacios, los sonidos, y permiten llegar a sesenta minutos de música. ¿Cuáles son los sesenta minutos de cada uno?
Antes de escribir esta entrada puse una canción de Ataulpa Yupanqui que conocí también en la radio. Me costó encontrar la grabación pero al final dí con ella: Danza de la paloma enamorada. Y como otras veces, tras la canción no pude dejar de escuchar las siguientes tres o cuatro, o más. Hasta que la voz poderosa y seductora de Ataulpa cuenta la historia de su Baguala de Amaicha. En ella, Ataulpa se encuentra con un campesino que tararea una música, los dos a caballo, camino de Amaicha, en las montañas cerca de Tucumán, Argentina. Y cuando Ataulpa elogia su cantar, el campesino enmudece y le dice que él ya sabe que canta "fiero", que canta "feo", pero que lo hermoso de ese cante lo pone la montaña, lo pone el cerro: si a usted le gusta es porque el cerro pone lindo las cosas que yo canto. Y Ataulpa Yupanqui se pregunta qué será de nosotros si no tenemos una montaña que nos haga lindo el canto, si no hay un paisaje que ampare y custodie la canción.
A nosotros tal vez el único paisaje que nos puede hacer lindo el canto es la memoria. Por eso se disfruta tanto caminando por las montañas de lo que no queremos olvidar. Construyendo y reconstruyendo a cada paso, unas veces a caballo, otras a pie, hacia Amaicha, siempre hacia otros lugares.
5 de enero de 2010
"Truenos mórbidos y un rayo que me partió"
Leo Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz como si fuese Rayuela. De aquí para allá, empezando por los últimos capítulos, iniciando una historia por el final, a saltos, con varios marcadores que son entradas viejas a los conciertos. Comencé a leerlo como si fuese un libro normal pero me aburría. No llegaba al río que intuía corría por debajo de las frases, entre las páginas. Oía parte de su discurrir sin lograr acceder a él. Así que probé con el método de Cortázar y las piezas del puzle comenzaron a encajar, en realidad, comencé a avanzar por túneles subterráneos que, como madrigueras, se conectan entre sí y aseguran una tupida red de caminos en los que sobrevivir y también esconderse.
Entonces comenzaron a alternarse los capítulos más dramáticos, el que parece que fue el suicidio de su madre, con otros festivos como el conocimiento de Nilli, la que sería su mujer. O la mejor descripción que recuerdo de una historia de amor y erotismo, la que mantiene con la maestra Orna (sentí en lo más profundo del cuerpo como truenos mórbidos e inmediatamente después un rayo que me partió).
Muchas veces me pregunto desde dónde escribe Amos Oz, o cómo se puede tener semejante conocimiento, qué ha vivido, que mundo habita para poder recorrer esos mundos importantes cuya existencia es invisible. Pues aquí me parece que hay algunas respuestas.
Y mientras tanto escucho las Sonatas para piano de Mozart, ahora mismo el cedé con la 4, 2, 12 y 15. No es el músico que ansío escuchar continuamente, pero esta temporada, ya larga, me acompaña una y otra vez. El correr de esa música, sea lenta o más rápida, parece estar dirigido por la misma sabiduría que a Amos Oz le permite describir la muerte de su madre diciendo que no se despertó por la mañana, tampoco cuando clareó el día y entre las ramas del ficus del jardín del hospital el pájaro Elisa la llamó sorprendido y la llamó de nuevo y la llamó en vano y pese a todo lo intentó una y otra vez y aún sigue intentándolo a veces.
Mozart trata con actitud parecida los caminos subterraneos del dolor y las superficies brillantes del placer y la alegría máximos. Y la interpretación de Christian Zacharias deja que eso se vea. Es un conocimiento sobre la frontera tan fina que separa la tristeza y el placer o sobre la fibra con la que están hechas esas emociones: la misma. Una vez, en mitad del invierno y en un campo nevado, al pie de una roca, descubrimos la despensa de algún animalillo para lo que quedaba aún de frío: bayas rojas. Los sonidos de piano de Mozart, en estos días de temporal sin fin, son como las bayas rojas. Permanecen a cubierto, agrupados como los huevos en un nido, cuidados, preciosos. Emocionantes.
Entonces comenzaron a alternarse los capítulos más dramáticos, el que parece que fue el suicidio de su madre, con otros festivos como el conocimiento de Nilli, la que sería su mujer. O la mejor descripción que recuerdo de una historia de amor y erotismo, la que mantiene con la maestra Orna (sentí en lo más profundo del cuerpo como truenos mórbidos e inmediatamente después un rayo que me partió).
Muchas veces me pregunto desde dónde escribe Amos Oz, o cómo se puede tener semejante conocimiento, qué ha vivido, que mundo habita para poder recorrer esos mundos importantes cuya existencia es invisible. Pues aquí me parece que hay algunas respuestas.
Y mientras tanto escucho las Sonatas para piano de Mozart, ahora mismo el cedé con la 4, 2, 12 y 15. No es el músico que ansío escuchar continuamente, pero esta temporada, ya larga, me acompaña una y otra vez. El correr de esa música, sea lenta o más rápida, parece estar dirigido por la misma sabiduría que a Amos Oz le permite describir la muerte de su madre diciendo que no se despertó por la mañana, tampoco cuando clareó el día y entre las ramas del ficus del jardín del hospital el pájaro Elisa la llamó sorprendido y la llamó de nuevo y la llamó en vano y pese a todo lo intentó una y otra vez y aún sigue intentándolo a veces.
Mozart trata con actitud parecida los caminos subterraneos del dolor y las superficies brillantes del placer y la alegría máximos. Y la interpretación de Christian Zacharias deja que eso se vea. Es un conocimiento sobre la frontera tan fina que separa la tristeza y el placer o sobre la fibra con la que están hechas esas emociones: la misma. Una vez, en mitad del invierno y en un campo nevado, al pie de una roca, descubrimos la despensa de algún animalillo para lo que quedaba aún de frío: bayas rojas. Los sonidos de piano de Mozart, en estos días de temporal sin fin, son como las bayas rojas. Permanecen a cubierto, agrupados como los huevos en un nido, cuidados, preciosos. Emocionantes.
26 de diciembre de 2009
Acariciar al tigre
Ven gato, acércate más, eres mi oportunidad de acariciar al tigre.
Hace días que anoté este verso de José Emilio Pacheco.
Desde entonces han pasado varias músicas inolvidables, algún pequeño y gran viaje, encuentros con imán y libros nuevos.
El pasado viernes asistí en Santiago a las tres primeras cantatas del Oratorio de Navidad (BWV 248) de Bach. Una música girando alrededor de lo sagrado y frente a la que tuve la sensación de que aquellos sonidos habían existido desde siempre y ahora se limitaban a pasar a través de los cuerpos que había frente de la orquesta. Una música de una profundidad increíblemente ligera, centrada en el agradecimiento y el dolor.
También había anotado estos días tres características de una buena una obra, sea cual sea su disciplina: respetuosa con el espectador y que no resulte ni oracular ni pedagógica (lo escuché en la radio). Días más tarde y leyendo a Amos Oz: que la obra cuente y no que opine y que sea autobiográfica sin resultar una confesión.
Hace días que anoté este verso de José Emilio Pacheco.
Desde entonces han pasado varias músicas inolvidables, algún pequeño y gran viaje, encuentros con imán y libros nuevos.
El pasado viernes asistí en Santiago a las tres primeras cantatas del Oratorio de Navidad (BWV 248) de Bach. Una música girando alrededor de lo sagrado y frente a la que tuve la sensación de que aquellos sonidos habían existido desde siempre y ahora se limitaban a pasar a través de los cuerpos que había frente de la orquesta. Una música de una profundidad increíblemente ligera, centrada en el agradecimiento y el dolor.
También había anotado estos días tres características de una buena una obra, sea cual sea su disciplina: respetuosa con el espectador y que no resulte ni oracular ni pedagógica (lo escuché en la radio). Días más tarde y leyendo a Amos Oz: que la obra cuente y no que opine y que sea autobiográfica sin resultar una confesión.
26 de noviembre de 2009
La dificultad de los signos de puntuación
Tras ver la película "Control" de Anton Corbijn sobre la vida del cantante del grupo Joy Division Ian Curtis, me pregunto cuántas películas he visto ya que cuentan historias similares de la misma manera. Y de memoria me acuerdo de otras dos. No me refiero a la biografía del cantante, que es la que fue, sino a cómo se colocan los signos de puntuación en esa biografía.
Lo que ya he visto es: un joven músico se enamora, se casa y tiene algún hijo mientras aún es un talento anónimo. Comienza la carrera, la fama llega rápido y los viajes más o menos largos también. Igual que el acercamiento a otras mujeres mientras está fuera de casa. Rápidamente la primera mujer se presenta como menos atractiva (a la Ian Curtis le ponen unos pantalones horribles y la engordan un poquito), el cantante se desencanta y, o bien se va con la nueva o bien pasa a una tercera. Mientras, el talento continua imparable y la injusticia del drama surge a cada paso. En casos extremos como éste todo termina en suicidio.
La muerte de Ian Curtis es inapelable. La colocación de los signos de puntuación que permiten leer el texto de su vida es otra cosa. Lo que veo una y otra vez es una vida de artista enfocada desde el lugar común del genio romántico, cuyo inmenso potencial creativo le impide controlar su evolución como persona a la vez que cuidar sus relaciones más queridas (dos cosas que deben generar buena taquilla y hasta premios en festivales). Un analfabeto emocional capaz de emocionar en los conciertos.
En mi opinión, una mirada que arroja arena a los ojos.
Lo que ya he visto es: un joven músico se enamora, se casa y tiene algún hijo mientras aún es un talento anónimo. Comienza la carrera, la fama llega rápido y los viajes más o menos largos también. Igual que el acercamiento a otras mujeres mientras está fuera de casa. Rápidamente la primera mujer se presenta como menos atractiva (a la Ian Curtis le ponen unos pantalones horribles y la engordan un poquito), el cantante se desencanta y, o bien se va con la nueva o bien pasa a una tercera. Mientras, el talento continua imparable y la injusticia del drama surge a cada paso. En casos extremos como éste todo termina en suicidio.
La muerte de Ian Curtis es inapelable. La colocación de los signos de puntuación que permiten leer el texto de su vida es otra cosa. Lo que veo una y otra vez es una vida de artista enfocada desde el lugar común del genio romántico, cuyo inmenso potencial creativo le impide controlar su evolución como persona a la vez que cuidar sus relaciones más queridas (dos cosas que deben generar buena taquilla y hasta premios en festivales). Un analfabeto emocional capaz de emocionar en los conciertos.
En mi opinión, una mirada que arroja arena a los ojos.
24 de noviembre de 2009
Carreteras secundarias
Casi siempre por carreteras secundarias. Así crucé la Sierra de la Culebra. Llovía, puse la radio del coche e increíblemente la señal llegaba bien, sin mezclarse con las emisoras portuguesas. Había un programa sobre el Orient Express en el que ponían música de Debussy o las Danzas Húngaras de Bela Bartok. Conduje aún más despacio. De París a Estambul, de Europa hasta Asia.
Hacía tiempo que no cogía una carretera tan secundaria, tan fuera de los mapas. Esas rutas siempre me han parecido las más cortas para llegar a un sitio desconocido. También las mejores para encontrarte con perdices en mitad de la carretera.
Momentos brevísimos en los que no hay nada que hacer, nada que comprender. Sólo conducir y escuchar, limpiar el agua del cristal del coche, avanzar, imaginar algunas cosas. Pensé en la cúpula llena de estrellas pintadas que había visto, en la Hidra, Hércules, en el escorpión sobre el que brillaban pequeños puntos dorados a lo largo del cuerpo. Seres vivos en mitad de la noche.
Hacía tiempo que no cogía una carretera tan secundaria, tan fuera de los mapas. Esas rutas siempre me han parecido las más cortas para llegar a un sitio desconocido. También las mejores para encontrarte con perdices en mitad de la carretera.
Momentos brevísimos en los que no hay nada que hacer, nada que comprender. Sólo conducir y escuchar, limpiar el agua del cristal del coche, avanzar, imaginar algunas cosas. Pensé en la cúpula llena de estrellas pintadas que había visto, en la Hidra, Hércules, en el escorpión sobre el que brillaban pequeños puntos dorados a lo largo del cuerpo. Seres vivos en mitad de la noche.
14 de noviembre de 2009
Una y otra vez
Sentados a la mesa de un café antiguo, me dijo una tras otra varias opiniones que eran difíciles de escuchar. Además no las había pedido. Pero no hubo tregua y la conversación derivó hacia una gran dificultad para el destinatario. Cuando terminó, y a la vista del destrozo de quien tenía enfrente, metió la mano en una cartera y sacó un pack con los cinco cedés de Las sonatas para piano de Mozart, interpretadas por Christian Zacarias. Un bálsamo, dijo.
Tardé varios días en sentirme con fuerzas para abrir la caja. Ahora, cada vez que escucho esa música la herida de aquella conversación se reabre para luego volver a cerrarse y un poco más adelante volver a abrirse, como si palpitase, o como si bombease una energía oscura desde el centro. Una y otra vez.
Tardé varios días en sentirme con fuerzas para abrir la caja. Ahora, cada vez que escucho esa música la herida de aquella conversación se reabre para luego volver a cerrarse y un poco más adelante volver a abrirse, como si palpitase, o como si bombease una energía oscura desde el centro. Una y otra vez.
11 de noviembre de 2009
Ríos y mareas
El once de septiembre, justo hace ahora dos meses, me regalaron la película Ríos y Mareas sobre el trabajo de Andy Goldsworthy. Sabía de su existencia desde hacía tiempo, incluso había visto algunas imágenes, tenía muchas ganas de encontrarme con ella. Pensaba que sería una mirada con la que me identificaría, de la que podía aprender mucho, quería escuchar lo que Goldsworthy dice sobre su relación con los ríos, con la tierra, con el color rojo: "El verdadero trabajo es el cambio (...) El río no depende del agua, hablamos del flujo (...) Lo que está debajo de la superficie afecta la superficie". Sobre estar solo en mitad de la montaña, junto al agua, trabajando. Tenía tanta curiosidad y ganas que invertí todo este tiempo en la espera. Dos meses, ni más ni menos. No sé que pensar de esta actitud. La película es una maravilla, su trabajo también.
4 de noviembre de 2009
Teixos, gaios
Otra vez los tejos.
Los frutos rojos del serbal ya están en el suelo, y algunos árboles sin hoja. Pero aún hay castañas recién salidas del nido.
O gaio, el arrendajo. Sigo sin encontrar sus plumas. Subí hasta aquí para volver a sentir este silencio.
Y enterrar dos semillas.
Aquí, en lo más oscuro del bosque, al pie de unas hayas, cerca de un tejo.
Después, desciendo por una ladera suave, sin prisa.
Antes de cenar leo un capítulo que se titula Las trampas de la memoria.
Los frutos rojos del serbal ya están en el suelo, y algunos árboles sin hoja. Pero aún hay castañas recién salidas del nido.
O gaio, el arrendajo. Sigo sin encontrar sus plumas. Subí hasta aquí para volver a sentir este silencio.
Y enterrar dos semillas.
Aquí, en lo más oscuro del bosque, al pie de unas hayas, cerca de un tejo.
Después, desciendo por una ladera suave, sin prisa.
Antes de cenar leo un capítulo que se titula Las trampas de la memoria.
La voz de un aniversario
Debería haber escrito al llegar del concierto, pero estaba muy cansado o no encontré las fuerzas. El viernes pasado el auditorio de Santiago celebraba su vigésimo aniversario con algo especial, Paul Daniel dirigía a la RFG y cantaba Ute Lemper. Era un día especial.
La tarde empezó abriendo un libro de John Cage en una librería. Eso, en si mismo, ya tiene algo de escucha porque de ahí salen siempre cosas inesperadas. Y me encontré con una fotografía de Llorenç Barber en uno de sus conciertos de campanas. Y la memoria comenzó a funcionar. A construir y también a borrar. Casi podría celebrar el vigésimo aniversario del día en que conocí a Llorenç en un concierto de campanas en Segovia. Me pareció un tipo maravilloso.
Llegué al auditorio con mucha antelación para, de alguna extraña manera, concentrarme. Y sentado en la butaca ví pasar una persona que hace otros veinte años formó parte de mi familia y a la que sigo apreciando. Hacía años que no nos veíamos.
Comenzó el concierto. No conocía físicamente a Ute Lemper ni a Paul Daniel. Pero la orquesta sonaba muy bien bajo su dirección y él transmitía la música con sus movimientos, sin batuta, con las manos abiertas. Me gustó. Eran piezas con dureza y sarcasmo de Kurt Weill, reconozco que no era la música que esperaba, aunque la totalidad del concierto le ofrecería sentido a toda esta primera parte.
La fiesta de celebración venía luego. Primero escuché la voz de Ros Marbá leyendo un pequeño texto sobre al aniversario, no me la imaginaba así, aguda, diminuta, excesivamente forzada por hablar en gallego. Y volvió a salir Ute Lemper (con un vestido inolvidable). Para cantar las piezas del exilio de Kurt Weill en EE.UU. Otra música que también incluía nostalgia y dureza, aunque de otra manera. Cantó con emoción y mucha precisión, como una actriz también. Luego, tras una pieza de Erik Satie, interpretó varias canciones que todos conocíamos.
¡Y con qué ritmo!, parecía que había que sujetarla para que no saliese disparada entre sus movimientos casi de baile. ¡Cómo dirigía el sonido por todo su cuerpo, sacándolo en pequeños avances y retrocesos, a saltos, de manera intermitente, en una fluidez constante. Y casi al final, "In the port of Amsterdam", una extraña marcha casi militar hacia la tristeza.
Es el primer concierto de esta temporada en que regresé a casa por la noche en silencio, cien kilómetros escuchando las últimas voces.
La tarde empezó abriendo un libro de John Cage en una librería. Eso, en si mismo, ya tiene algo de escucha porque de ahí salen siempre cosas inesperadas. Y me encontré con una fotografía de Llorenç Barber en uno de sus conciertos de campanas. Y la memoria comenzó a funcionar. A construir y también a borrar. Casi podría celebrar el vigésimo aniversario del día en que conocí a Llorenç en un concierto de campanas en Segovia. Me pareció un tipo maravilloso.
Llegué al auditorio con mucha antelación para, de alguna extraña manera, concentrarme. Y sentado en la butaca ví pasar una persona que hace otros veinte años formó parte de mi familia y a la que sigo apreciando. Hacía años que no nos veíamos.
Comenzó el concierto. No conocía físicamente a Ute Lemper ni a Paul Daniel. Pero la orquesta sonaba muy bien bajo su dirección y él transmitía la música con sus movimientos, sin batuta, con las manos abiertas. Me gustó. Eran piezas con dureza y sarcasmo de Kurt Weill, reconozco que no era la música que esperaba, aunque la totalidad del concierto le ofrecería sentido a toda esta primera parte.
La fiesta de celebración venía luego. Primero escuché la voz de Ros Marbá leyendo un pequeño texto sobre al aniversario, no me la imaginaba así, aguda, diminuta, excesivamente forzada por hablar en gallego. Y volvió a salir Ute Lemper (con un vestido inolvidable). Para cantar las piezas del exilio de Kurt Weill en EE.UU. Otra música que también incluía nostalgia y dureza, aunque de otra manera. Cantó con emoción y mucha precisión, como una actriz también. Luego, tras una pieza de Erik Satie, interpretó varias canciones que todos conocíamos.
¡Y con qué ritmo!, parecía que había que sujetarla para que no saliese disparada entre sus movimientos casi de baile. ¡Cómo dirigía el sonido por todo su cuerpo, sacándolo en pequeños avances y retrocesos, a saltos, de manera intermitente, en una fluidez constante. Y casi al final, "In the port of Amsterdam", una extraña marcha casi militar hacia la tristeza.
Es el primer concierto de esta temporada en que regresé a casa por la noche en silencio, cien kilómetros escuchando las últimas voces.
25 de octubre de 2009
Un canto para tí, amigo K
Escuchar una música, dedicando ese acto de atención a alguien que ya no está. Así fue en el último concierto.
Algunos días más tarde una música de la radio que apenas oía porque estaba en al cocina, consiguió que poco a poco me fuese acercando a ella casi sin yo saberlo, hasta que empecé a saborear los sonidos que venían en pequeños impulsos por entre los espacios de la casa. Comencé a prestarle atención, era un motete.
Luego, uno de los intérpretes dijo que un motete es una música de duelo y de esperanza.
Algunos días más tarde una música de la radio que apenas oía porque estaba en al cocina, consiguió que poco a poco me fuese acercando a ella casi sin yo saberlo, hasta que empecé a saborear los sonidos que venían en pequeños impulsos por entre los espacios de la casa. Comencé a prestarle atención, era un motete.
Luego, uno de los intérpretes dijo que un motete es una música de duelo y de esperanza.
12 de octubre de 2009
A mí me gusta escucharte
Son imágenes que provocan casi un dolor físico. Imágenes de la vida en un estado que parece el natural, no el de todos los días.
No mentir, no traicionar, no humillar, no dominar... Son palabras de Natalia Ginzburg citada por Gustavo Martín Garzo en un artículo que leí esta mañana. En él habla de esta escritora y la relaciona con la cineasta Agnès Varda, en su retrato de las espigadoras, también de ella misma: ir tomando de la corriente de la vida esos restos que nadie quiere y que conservan misteriosamente el poder de iluminar un instante nuestro paso por este mundo.
Esta noche ví la película Génova de Michael Winterbottom. Me será difícil olvidarla, es una maravilla que provoca algo que es casi dolor físico. Tres personas luchando por sobrevivir, queriéndose y gritando en mitad de la noche su dolor. Un padre y sus dos hijas, una de ellas aún pequeña. Una mujer maravillosa que los guía por la nueva ciudad y a la que él rechaza en favor de una tal Rosa, ¡qué rabia me dió!, ¿cómo pudo dejar que pasara a su lado sin más aquella mujer?
Todo parecen casualidades. Ayer, en un acto, por azar me senté al lado de una señora que no conocía. Al rato alguien nos presentó y comenzamos a hablar. Era una mujer madura, llena de poder en sus gestos, muy guapa. En muy poco tiempo me contó una desgracia igual a la que vive el protagonista de Génova.
Martín Garzo elogia el trabajo de las espigadoras, recoger las espigas que quedan abandonadas en la cuneta. Lo que no merece otro aprecio, lo que se desecha. En un momento de Génova, la niña más pequeña enciende una vela por alguien, y la mujer que la acompaña le pasa la mano por la cabeza mientras intenta responder a su pregunta sobre si existe el cielo. Al terminar la explicación le pregunta si tal vez habla demasiado. No, le responde la niña, a mí me gusta escucharte.
No mentir, no traicionar, no humillar, no dominar... Son palabras de Natalia Ginzburg citada por Gustavo Martín Garzo en un artículo que leí esta mañana. En él habla de esta escritora y la relaciona con la cineasta Agnès Varda, en su retrato de las espigadoras, también de ella misma: ir tomando de la corriente de la vida esos restos que nadie quiere y que conservan misteriosamente el poder de iluminar un instante nuestro paso por este mundo.
Esta noche ví la película Génova de Michael Winterbottom. Me será difícil olvidarla, es una maravilla que provoca algo que es casi dolor físico. Tres personas luchando por sobrevivir, queriéndose y gritando en mitad de la noche su dolor. Un padre y sus dos hijas, una de ellas aún pequeña. Una mujer maravillosa que los guía por la nueva ciudad y a la que él rechaza en favor de una tal Rosa, ¡qué rabia me dió!, ¿cómo pudo dejar que pasara a su lado sin más aquella mujer?
Todo parecen casualidades. Ayer, en un acto, por azar me senté al lado de una señora que no conocía. Al rato alguien nos presentó y comenzamos a hablar. Era una mujer madura, llena de poder en sus gestos, muy guapa. En muy poco tiempo me contó una desgracia igual a la que vive el protagonista de Génova.
Martín Garzo elogia el trabajo de las espigadoras, recoger las espigas que quedan abandonadas en la cuneta. Lo que no merece otro aprecio, lo que se desecha. En un momento de Génova, la niña más pequeña enciende una vela por alguien, y la mujer que la acompaña le pasa la mano por la cabeza mientras intenta responder a su pregunta sobre si existe el cielo. Al terminar la explicación le pregunta si tal vez habla demasiado. No, le responde la niña, a mí me gusta escucharte.
Zoltán
Al fin regresó la música en directo. El jueves pasado volví a elaborar el ritual del viaje que acaba en un concierto a las 9 de la noche en Santiago. Lo eché de menos con mucha frecuencia estos últimos meses. Me senté en esas butacas estrechas y rojas de hace veinte años, a esperar la salida de los músicos. Y aunque todos son desconocidos para mí, tuve la sensación de regresar junto a viejos amigos. Reconozco algunas caras, sobre todo las de quienes tocan en las primeras filas pero, de alguna manera, a todos ellos les estoy agradecido. Allí volvíamos a estar. Y eso ya era un triunfo.
La música que sonó no me emocionó especialmente. La primera parte me pareció fría y deslabazada y hasta me pareció sentir que faltaba concentración o algo así. No sé. En la segunda parte disfruté más la pieza de Xavier de Paz, y pensé que hace falta escuchar mucha más música contemporánea. Es bien curioso todo el público que hay para la pintura moderna y el poco que está dispuesto a escuchar la música que se correspondería con esos cuadros, (Muñoz Molina dice esto en uno de sus últimos artículos sobre música).
Pero lo mejor del concierto para mí fue la última pieza, las Danzas de Galatea de Zoltán Kodály. Aunque no la conocía, la sentí como una música que me era familiar. Sonidos con muchas capas, desde la música más popular hasta otra más elaborada. Música mestiza que corre por todo el cuerpo, desde los sonidos de la infancia, hasta la alegría de la luz. La lentitud, la calma y lo impetuoso, pero no desde el lado romántico. Con unos lugares maravillosos para el clarinete. Ser recolector de sonidos perdidos y ser autor de sonidos nuevos, Kodály y Bela Bartók.
Después conduje en silencio, no quería interrumpir la continuación de esa parte final.
La música que sonó no me emocionó especialmente. La primera parte me pareció fría y deslabazada y hasta me pareció sentir que faltaba concentración o algo así. No sé. En la segunda parte disfruté más la pieza de Xavier de Paz, y pensé que hace falta escuchar mucha más música contemporánea. Es bien curioso todo el público que hay para la pintura moderna y el poco que está dispuesto a escuchar la música que se correspondería con esos cuadros, (Muñoz Molina dice esto en uno de sus últimos artículos sobre música).
Pero lo mejor del concierto para mí fue la última pieza, las Danzas de Galatea de Zoltán Kodály. Aunque no la conocía, la sentí como una música que me era familiar. Sonidos con muchas capas, desde la música más popular hasta otra más elaborada. Música mestiza que corre por todo el cuerpo, desde los sonidos de la infancia, hasta la alegría de la luz. La lentitud, la calma y lo impetuoso, pero no desde el lado romántico. Con unos lugares maravillosos para el clarinete. Ser recolector de sonidos perdidos y ser autor de sonidos nuevos, Kodály y Bela Bartók.
Después conduje en silencio, no quería interrumpir la continuación de esa parte final.
6 de octubre de 2009
Será complicado
Dentro del cine, cuando la película comienza, igual que en los párrafos de la primera página de un libro, todo vuelve a empezar. Una y otra vez. No hay desgaste, nunca lo hubo ni nunca lo habrá. Hoy el proyector se apagó a mitad de la sesión y la sala quedó casi a oscuras. Tardaron algunos minutos en solucionar el problema, después la historia continuó fluyendo.
Hacía tiempo que una película no me agitaba de esa manera, en varias direcciones a la vez, tirando de muchas partes del cuerpo, haciendo crujir la nave. Todas direcciones quiere decir una sola, la de la única fuerza que mueve todo lo que hacemos (estoy convencido, hasta las cosas más increíbles y locas), aquello que nos lleva a avanzar hacia los recuerdos y a resumir años en escenas sin importancia aparente (por ejemplo el vestido que llevabas en tal o cual momento).
Poco a poco me fuí quedando más y más quieto en la butaca. Inquieto también. Mirando la pantalla, reconociendo varias películas al mismo tiempo. Sudoroso. Y al final noté que la ropa se me pegaba al cuerpo. Igual que cuando atraviesas un momento intenso y complejo y te felicitas por haber salido de allí. Pero aún no quería irme. Aguardé hasta saber que la película estaba basada en la novela La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri. Hasta el letrero de Dolby Stereo.
Después caminé hacia casa, crucé el puente sobre el río que me recuerda alguna ciudad yugoslava. Cené rápido. Quería subir a escribir esto: que hay diálogos maravillosos como el del final de hoy:
- será complicado (dicho por Soledad Villamil)
- sí, lo sé (dicho por Ricardo Darín)
No muy lejano del que mantiene el protagonista con la bibliotecaria de Lugares comunes, Tutti Tudela.
Ahora llueve sin cesar. Echaba mucho de menos la lluvia.
Hacía tiempo que una película no me agitaba de esa manera, en varias direcciones a la vez, tirando de muchas partes del cuerpo, haciendo crujir la nave. Todas direcciones quiere decir una sola, la de la única fuerza que mueve todo lo que hacemos (estoy convencido, hasta las cosas más increíbles y locas), aquello que nos lleva a avanzar hacia los recuerdos y a resumir años en escenas sin importancia aparente (por ejemplo el vestido que llevabas en tal o cual momento).
Poco a poco me fuí quedando más y más quieto en la butaca. Inquieto también. Mirando la pantalla, reconociendo varias películas al mismo tiempo. Sudoroso. Y al final noté que la ropa se me pegaba al cuerpo. Igual que cuando atraviesas un momento intenso y complejo y te felicitas por haber salido de allí. Pero aún no quería irme. Aguardé hasta saber que la película estaba basada en la novela La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri. Hasta el letrero de Dolby Stereo.
Después caminé hacia casa, crucé el puente sobre el río que me recuerda alguna ciudad yugoslava. Cené rápido. Quería subir a escribir esto: que hay diálogos maravillosos como el del final de hoy:
- será complicado (dicho por Soledad Villamil)
- sí, lo sé (dicho por Ricardo Darín)
No muy lejano del que mantiene el protagonista con la bibliotecaria de Lugares comunes, Tutti Tudela.
Ahora llueve sin cesar. Echaba mucho de menos la lluvia.
30 de septiembre de 2009
Una tiorba
Al final de un día largo e intenso, sumergido en una poza de agua termal a más de 40º, que a duras penas soporto y nunca más de diez minutos. Después agua muy fría, para volver a un agua un poco menos caliente que la primera. Así unas tres veces, por la noche y al aire libre, con los ruidos de la ciudad cerca, en silencio. A veces con la cabeza sumergida, conteniendo la respiración. Parecido a cuando hoy hemos hecho fotos con los ojos tapados. Hasta perder la noción de las proporciones y algo de la orientación, aunque percibíamos mejor las gotas de lluvia en la piel y hasta los relieves del suelo. Siempre se pierde algo por el camino, o mucho, tengas los ojos abiertos o cerrados. Tras el baño, me volvían a la cabeza los sonidos de guitarra de una pieza que escuché hace pocos días en la radio. Y me acordé del concierto que Juan Carlos Rivera ofreció con guitarra y tiorba en la iglesia de Agüero. Era verano. Entonces busqué y compré una de sus grabaciones. Y hoy volví a escuchar esa música. Sonidos delicados y precisos como las alas de un insecto. No ha sido una mala jornada.
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