Sentado a la mesa, escuchando las idas y venidas de la voz en el canto gregoriano, copiando un texto leído, copiando textos de un libro en una libreta sin tener una razón concreta para hacerlo, solo por la necesidad de recorrer esas palabras de otra manera, con todo el cuerpo. Es tarde, hay mosquitos, hace calor. Algunas imágenes mentales se superponen a las físicas, o al revés. No están claras las fronteras.
Hace días que no consigo asistir a conciertos que me hubiera gustado escuchar, a veces porque no puedo, otras porque no hay entradas (nunca hay entradas para la programación del Xacobeo Classics, siempre está lleno pero nadie sabe como poder asistir. Uno siente algo parecido a la vergüenza ante ese uso del dinero público). Por supuesto fue imposible escuchar a Mischa Maisky tocas las suites para chelo de Bach y mucho más será a Daniel Barenboim dirigir a la Staatskapelle de Berlín.
A cambio pude oir las imágenes, en silencio, de Nathaniel Dorsky. Me lo habían recomendado, no lo conocía. Fue una experiencia inolvidable. Películas de cine, mediometrajes, que nada tienen que ver con el cine habitual. Solo imágenes que crean la propia película, que la van creando mientras surgen en la pantalla. En muchas el mundo misterioso, envolvente, de los organismos vivos, mundos hechos a base de partes diminutas, como panales de abeja. O la agitación del mundo celular, su temblor. Organismos celulares emitiendo un mensaje hipnótico, del que es posible que no haya código. Solo hay su escucha, el proceso de sentirse uno mismo esa agitación.
Nathaniel Dorsky estaba presente en la proyección, decía unas palabras antes de cada película. Hablaba, por ejemplo, de la arquitectura del refugio, de la película como un lugar o de como unas imágenes se acercan al umbral de la solidez. También de como desde un punto de vista poético todo es más real, naturaleza y artificio apenas se diferencian, igual que un pájaro y su nido.
Y ahora recuerdo lo que dice Chantal Maillard de por qué escribe poesía: escribo para que el agua envenenada pueda beberse.
17 de junio de 2011
9 de junio de 2011
Reciprocidad
Un hermoso acuerdo de reciprocidad, dice J.D. Salinger.
En algunas ocasiones ese acuerdo se produce con una persona, un lugar, un tiempo. También con los sonidos. Tal vez con la música a la que se está agradecido exista esa reciprocidad, porque tras el momento en que quien escucha le dedica toda su atención, ella devuelve en buena reciprocidad toda esa intensidad, en un circuito que no se sabe donde comenzó.
En algunas ocasiones ese acuerdo se produce con una persona, un lugar, un tiempo. También con los sonidos. Tal vez con la música a la que se está agradecido exista esa reciprocidad, porque tras el momento en que quien escucha le dedica toda su atención, ella devuelve en buena reciprocidad toda esa intensidad, en un circuito que no se sabe donde comenzó.
25 de mayo de 2011
¿Qué es un día logrado?
De pronto, un día (una noche) una voz silenciosa va atravesando, sin esfuerzo, las horas. Y el tiempo tiene otra duración.
Toda la realidad es sagrada cuando la contemplamos con piedad, escucho en la radio del coche. Nunca entiendo bien el significado de piedad, pero me gusta sustituir esa palabra por atención, por concentración. O por silencio. Toda la realidad es sagrada cuando la escuchamos. Por eso la charlataneria no tiene disculpa.
Me hubiera gustado mucho escribir aquí sobre mi experiencia en un concierto al que no pude ir: el domingo tocaba el pianista Aldo Ciccolini. Esperaba ese concierto desde hace semanas, pero no pudo ser. Así que pienso en como sonaria esa música. Solo puedo recrear ese tiempo.
Hoy, de pronto, tuve que estar cerca de mis libros de Peter Handke, para buscar un título precioso: Ensayo sobre el día logrado. Un libro de texto.
Y después, como en un acto reflejo, pensé en el final de un libro inaccesible para mi (pero del que recibo destellos poderosos cada vez que vuelvo a él): el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.
Su última proposición es:
De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.
Toda la realidad es sagrada cuando la contemplamos con piedad, escucho en la radio del coche. Nunca entiendo bien el significado de piedad, pero me gusta sustituir esa palabra por atención, por concentración. O por silencio. Toda la realidad es sagrada cuando la escuchamos. Por eso la charlataneria no tiene disculpa.
Me hubiera gustado mucho escribir aquí sobre mi experiencia en un concierto al que no pude ir: el domingo tocaba el pianista Aldo Ciccolini. Esperaba ese concierto desde hace semanas, pero no pudo ser. Así que pienso en como sonaria esa música. Solo puedo recrear ese tiempo.
Hoy, de pronto, tuve que estar cerca de mis libros de Peter Handke, para buscar un título precioso: Ensayo sobre el día logrado. Un libro de texto.
Y después, como en un acto reflejo, pensé en el final de un libro inaccesible para mi (pero del que recibo destellos poderosos cada vez que vuelvo a él): el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.
Su última proposición es:
De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca.
21 de mayo de 2011
Vernos en la penumbra
Recuerdo bastante bien como son los pisos en los que transcurren las películas de Woody Allen. Casi todos me gustan, y en especial las habitaciones para dormir, las camas, los cabeceros de las camas, los colores. Y la iluminación, las lámparas puntuales, las zonas en penumbra. La calidez de un ambiente. Siempre me parecen espacios cargados de erotismo.
Ayer recordé todo esto escuchando en un café precioso, El Latino, al grupo de jazz The Swing Serenaders, de Barcelona. Aquello fue una fiesta. Un clarinete, un trombón, una guitarra y un contrabajo sobre el pequeño altillo del escenario. Y piezas de jazz clásico más algunas propias tocadas a la manera, como ellos decían, de New Orleans. Una auténtica fiesta. Cuatro músicos que emitían la felicidad de tocar en directo, dirigiendo hacia nosotros una música que te levantaba de la silla. Y un público que no paraba de sonreir, tocado por aquel ritmo, por el buen ambiente. En un café, por la noche. A todo el mundo allí parecía habérsele transformado la cara. Un instante en el que la atención consistía en seguir aquel río.
En la singularidad de su ser siendo cualquier cosa es infinita, dice Chantal Maillard. Escuchar es infinito. Porque exige atención, dirigir la atención, elegir los canales por los que va a circular una especie de energía, también de vacío, invisible. Escuchar es ofrecer ese cauce. Pero saber centrar la atención no es fácil, aunque tal vez se pueda practicar: Entrenarse en la temporalidad del suceder, dice Maillard, aprender a transformar lo real en un suceder, las cosas en una vibración. Por ejemplo quedándose cerca de la música, dedicándole un tiempo, aceptando que ese tiempo se alarga y se expande cuanto más nos concentramos.
Algo de esto ocurrió ayer durante el concierto, algo parecido a una complicidad entre músicos y espectadores, una especie de iluminación que recorría la madera del café, circulaba por entre las mesas y nos iba dibujando a todos en aquella sesión de jazz. Gracias a los sonidos tuvimos una forma nítida durante unos pocos segundos, y pudimos vernos, reconocernos, en la penumbra.
Tal vez nos volvamos a encontrar.
Ayer recordé todo esto escuchando en un café precioso, El Latino, al grupo de jazz The Swing Serenaders, de Barcelona. Aquello fue una fiesta. Un clarinete, un trombón, una guitarra y un contrabajo sobre el pequeño altillo del escenario. Y piezas de jazz clásico más algunas propias tocadas a la manera, como ellos decían, de New Orleans. Una auténtica fiesta. Cuatro músicos que emitían la felicidad de tocar en directo, dirigiendo hacia nosotros una música que te levantaba de la silla. Y un público que no paraba de sonreir, tocado por aquel ritmo, por el buen ambiente. En un café, por la noche. A todo el mundo allí parecía habérsele transformado la cara. Un instante en el que la atención consistía en seguir aquel río.
En la singularidad de su ser siendo cualquier cosa es infinita, dice Chantal Maillard. Escuchar es infinito. Porque exige atención, dirigir la atención, elegir los canales por los que va a circular una especie de energía, también de vacío, invisible. Escuchar es ofrecer ese cauce. Pero saber centrar la atención no es fácil, aunque tal vez se pueda practicar: Entrenarse en la temporalidad del suceder, dice Maillard, aprender a transformar lo real en un suceder, las cosas en una vibración. Por ejemplo quedándose cerca de la música, dedicándole un tiempo, aceptando que ese tiempo se alarga y se expande cuanto más nos concentramos.
Algo de esto ocurrió ayer durante el concierto, algo parecido a una complicidad entre músicos y espectadores, una especie de iluminación que recorría la madera del café, circulaba por entre las mesas y nos iba dibujando a todos en aquella sesión de jazz. Gracias a los sonidos tuvimos una forma nítida durante unos pocos segundos, y pudimos vernos, reconocernos, en la penumbra.
Tal vez nos volvamos a encontrar.
19 de mayo de 2011
Phoebe
Algunas veces, una pocas veces canta Atahualpa Yupanqui, me gustaría copiar aquí casi un libro entero. Es un ansia extraña de volver a leer mientra se transcriben unas palabras sin final, infinitas.
Hace tres días entré en una librería buscando un libro que no tenían. Pero antes de salir decidí llevarme, llevaba tiempo queriendo hacerlo, El guardian entre el centeno de J.D. Salinger.
Hacía tiempo que no tenía una experiencia tan intensa con un libro: una lectura que lo suspende todo y al tiempo todo lo reactiva, que exige tanto que desaparecen todos los actos, todas las citas, hasta el sueño. Porque aparece la sensación de que tienes que acabar con esas páginas (malditas páginas diría el protagonista) antes de que ellas acaben contigo. Y cuando llegas al final ya están demasiado dentro para que aquello acabe fácilmente. Imposible.
Phoebe es la hermanita pequeña de Holden, su protagonista. Y casi su única unión firme con el mundo.
Empecé a darle el resto de la pasta que me había prestado, pero no me dejó.
- Guárdalo tú. Guárdamelo -dijo. Y luego dijo enseguida -: Por favor.
Me deprime mucho que alguien me diga "por favor". Quiero decir, si se trata de Phoebe o alguien así. me deprimió muchísimo. Pero volví a meterme la pasta en el bolsillo.
- No vas a montar tú también? -me preguntó. Me miraba de una forma rara. Se le notaba que ya no estaba demasiado enfadada.
- Quizá la próxima vuelta. Te miraré -le dije-. ¿Tienes tu tiquet?
- Sí.
- Entonces, ve. Estaré en ese banco de ahí. Te miraré.
Fui al banco y me senté y ella subió al tiovivo.
Es cierto que el mito creado alrededor de J.D. Salinger puede dificultar esta lectura. No es lo que más me interesa y me alegro de que no haya dificultado demasiado leer por primera vez este texto (o eso creo). Siento que es un libro único, una lectura que se quedará durante mucho tiempo. Al terminar las páginas solo ha empezado a salir al aire un poco de su olor. Y de su misterio (empezando por el título). Pienso en Thoreau (Holden dice que se irá a una cabaña y que se convertirá en sordomudo), pero también en las imágenes que vi estos días de Jacques Henry Lartigue sobre cómo percibía desde dentro la vida de las clases ricas. No hay nada en el libro del gusto de Lartigue por vivir, pero no puedo evitar pensar que detrás de ellos hay un ajuste de cuentas sobre cuando la última palabra es un sí, y sobre lo que eso cuesta.
Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella. Son las palabras del señor Antolini a Holden.
Pero lo que quiero decir es que montones de veces no sabes qué es lo que te interesa más hasta que empiezas a hablar de algo que no es lo que más te interesa. Es parte del diálogo de Holden con el señor Antolini.
El guardian entre el centeno. Leo y releo el título. En mi edición son letras rojizas sobre fondo blanco. Es un proceso casi hipnótico. Y a largo plazo.
Hace tres días entré en una librería buscando un libro que no tenían. Pero antes de salir decidí llevarme, llevaba tiempo queriendo hacerlo, El guardian entre el centeno de J.D. Salinger.
Hacía tiempo que no tenía una experiencia tan intensa con un libro: una lectura que lo suspende todo y al tiempo todo lo reactiva, que exige tanto que desaparecen todos los actos, todas las citas, hasta el sueño. Porque aparece la sensación de que tienes que acabar con esas páginas (malditas páginas diría el protagonista) antes de que ellas acaben contigo. Y cuando llegas al final ya están demasiado dentro para que aquello acabe fácilmente. Imposible.
Phoebe es la hermanita pequeña de Holden, su protagonista. Y casi su única unión firme con el mundo.
Empecé a darle el resto de la pasta que me había prestado, pero no me dejó.
- Guárdalo tú. Guárdamelo -dijo. Y luego dijo enseguida -: Por favor.
Me deprime mucho que alguien me diga "por favor". Quiero decir, si se trata de Phoebe o alguien así. me deprimió muchísimo. Pero volví a meterme la pasta en el bolsillo.
- No vas a montar tú también? -me preguntó. Me miraba de una forma rara. Se le notaba que ya no estaba demasiado enfadada.
- Quizá la próxima vuelta. Te miraré -le dije-. ¿Tienes tu tiquet?
- Sí.
- Entonces, ve. Estaré en ese banco de ahí. Te miraré.
Fui al banco y me senté y ella subió al tiovivo.
Es cierto que el mito creado alrededor de J.D. Salinger puede dificultar esta lectura. No es lo que más me interesa y me alegro de que no haya dificultado demasiado leer por primera vez este texto (o eso creo). Siento que es un libro único, una lectura que se quedará durante mucho tiempo. Al terminar las páginas solo ha empezado a salir al aire un poco de su olor. Y de su misterio (empezando por el título). Pienso en Thoreau (Holden dice que se irá a una cabaña y que se convertirá en sordomudo), pero también en las imágenes que vi estos días de Jacques Henry Lartigue sobre cómo percibía desde dentro la vida de las clases ricas. No hay nada en el libro del gusto de Lartigue por vivir, pero no puedo evitar pensar que detrás de ellos hay un ajuste de cuentas sobre cuando la última palabra es un sí, y sobre lo que eso cuesta.
Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella. Son las palabras del señor Antolini a Holden.
Pero lo que quiero decir es que montones de veces no sabes qué es lo que te interesa más hasta que empiezas a hablar de algo que no es lo que más te interesa. Es parte del diálogo de Holden con el señor Antolini.
El guardian entre el centeno. Leo y releo el título. En mi edición son letras rojizas sobre fondo blanco. Es un proceso casi hipnótico. Y a largo plazo.
30 de abril de 2011
Una música y una ciudad
Cuando en una historia aparece un arma de fuego, ésta deberá ser disparada, (encuentro esta cita de Chéjov). Recuerdo que hace pocos meses, en el tren, el hombre que ocupaba el asiento de al lado leyó los cuentos de Chéjov durante un trayecto de varias horas. Me encanta saber qué está leyendo la gente con la que me cruzo. A veces, no puedo evitarlo, el libro abierto me parece un pasaporte: allí también está la identidad de quien le está prestando toda su atención.
Hace días cumplí un pequeño sueño: asistir a la Semana de Música Religiosa de Cuenca (he seguido muchos de sus conciertos por la radio estos años pasados). Es una ciudad a la que, por unas u otras razones, he ido y venido con frecuencia. Y me gusta. Pero el festival, al menos los conciertos a los que pude asistir no me entusiasmaron. Ni la organización ni el propio concierto. Se me hacía raro esa percepción en un lugar que formaba parte casi de un sueño.
Me hubiera gustado poder asistir al concierto de Gustav Leonhardt interpretando cantatas de Bach. Pero sí pude escuchar a Fabio Bonizzoni tocando a Bach en el clave, junto a su grupo, La Risonanza. Y no sentí que allí se creara ese bucle de sonido que es la Ofrenda musical. Me pareció música sin demasiado hilván, salvo en el clave y en el chelo. Ritmos y tiempos que sonaban extraños, poco intensos, secos y hasta desajustados por momentos. Extraño también percibir eso, pero así me lo pareció.
Hoy me crucé en la televisión con un reportaje sobre la Semana de este año. Y me gustó escuchar las opiniones de Nathalie Stutzmann hablando de la dificultad de dirigir una pequeña orquesta y de cantar a la vez.
Tengo cerca un disco con madrigales de Claudio Monteverdi, interpretados por el grupo La Venexiana, en el que Fabio Bonizzoni vuelve a tocar el clave. Me quedo con esa interpretación, por ejemplo con la intensidad y el vaivén desgarrador del dolor con el que suena el precioso Lamento de Arianna.
Hace días cumplí un pequeño sueño: asistir a la Semana de Música Religiosa de Cuenca (he seguido muchos de sus conciertos por la radio estos años pasados). Es una ciudad a la que, por unas u otras razones, he ido y venido con frecuencia. Y me gusta. Pero el festival, al menos los conciertos a los que pude asistir no me entusiasmaron. Ni la organización ni el propio concierto. Se me hacía raro esa percepción en un lugar que formaba parte casi de un sueño.
Me hubiera gustado poder asistir al concierto de Gustav Leonhardt interpretando cantatas de Bach. Pero sí pude escuchar a Fabio Bonizzoni tocando a Bach en el clave, junto a su grupo, La Risonanza. Y no sentí que allí se creara ese bucle de sonido que es la Ofrenda musical. Me pareció música sin demasiado hilván, salvo en el clave y en el chelo. Ritmos y tiempos que sonaban extraños, poco intensos, secos y hasta desajustados por momentos. Extraño también percibir eso, pero así me lo pareció.
Hoy me crucé en la televisión con un reportaje sobre la Semana de este año. Y me gustó escuchar las opiniones de Nathalie Stutzmann hablando de la dificultad de dirigir una pequeña orquesta y de cantar a la vez.
Tengo cerca un disco con madrigales de Claudio Monteverdi, interpretados por el grupo La Venexiana, en el que Fabio Bonizzoni vuelve a tocar el clave. Me quedo con esa interpretación, por ejemplo con la intensidad y el vaivén desgarrador del dolor con el que suena el precioso Lamento de Arianna.
29 de abril de 2011
Valparaisos
Hace días, leyendo a Comte-Sponville (creo que esto va a durar), encontré lo que él considera una declaración de amor, mejor dicho, una declaración de amor profunda porque no nos pide nada: Me alegra la idea de que existas o Cuando pienso que existes, me da alegría.
Marqué la página. No conozco otra manera mejor de expresarlo.
En un largo viaje en coche, de pronto me dio por escuchar una música de hace muchos años. Es la banda sonora que Nino Rota compuso para la película Amarcord de Fellini. Amarcord. Unos días antes había recuperado ese cedé del fondo de una estantería.
Recuerdo que en la carretera, despacio, me adelantaban unos camiones portugueses de una empresa que se llama Joao Pires. No es la primera vez, y siempre que los veo me hacen pensar en la pianista María Joao Pires. Y en mitad de una recta encuentro Valparaíso de abajo y Valparaíso de arriba. Mientras sigo hacia delante pienso en el Valparaíso de Chile, que solo conozco por las fotos de Sergio Larrain.
Un mapa con rutas no escritas. De aquí hasta allí para poder perderse. Siguiendo la línea invisible.
Aunque parezca mentira, ahora tengo ganas de que llegue el invierno. Puede que ahí empiece todo, más que en la primavera. En la oscuridad que llega pronto y que obliga a encender alguna luz.
Marqué la página. No conozco otra manera mejor de expresarlo.
En un largo viaje en coche, de pronto me dio por escuchar una música de hace muchos años. Es la banda sonora que Nino Rota compuso para la película Amarcord de Fellini. Amarcord. Unos días antes había recuperado ese cedé del fondo de una estantería.
Recuerdo que en la carretera, despacio, me adelantaban unos camiones portugueses de una empresa que se llama Joao Pires. No es la primera vez, y siempre que los veo me hacen pensar en la pianista María Joao Pires. Y en mitad de una recta encuentro Valparaíso de abajo y Valparaíso de arriba. Mientras sigo hacia delante pienso en el Valparaíso de Chile, que solo conozco por las fotos de Sergio Larrain.
Un mapa con rutas no escritas. De aquí hasta allí para poder perderse. Siguiendo la línea invisible.
Aunque parezca mentira, ahora tengo ganas de que llegue el invierno. Puede que ahí empiece todo, más que en la primavera. En la oscuridad que llega pronto y que obliga a encender alguna luz.
30 de marzo de 2011
El hallazgo de unas palabras
Algunas veces, en algún lugar, uno encuentra las palabras que sabía que existían pero que no lograba dar con ellas. De una manera más o menos difusa intenté referirme en otras entradas del blog a una experiencia, una percepción, que no sabía nombrar bien. Estos días, al empezar un libro de Comte-Sponville dí con esas palabras. Son estas:
En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien "existe". Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien "existe" (en Dios) no se debe "hacer" el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien "no existe" es preciso "hacerlo". Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
Me parece que desde ahí se puede hacer algo. El bien, como la realidad, es algo que hay construir, elaborar, sobre la base de que lo propio es su ausencia o el caos sin forma que a veces constituye lo real.
Pienso en los poemas de Raymond Carver y en su conquista de un Sendero nuevo a la cascada.
En relación con la moral hay muchas formas de ser religioso y muchas formas de creer. Pero quizás haya sólo una creencia: la de que el Bien "existe". Con eso les basta. Todas las religiones coinciden en lo siguiente: como el Bien "existe" (en Dios) no se debe "hacer" el mal. En eso consiste la moral de todas las religiones. La cuestión radica en saber si toda moral es religiosa. Una moral verdaderamente atea diría exactamente lo contrario: puesto que el bien "no existe" es preciso "hacerlo". Moral de la desesperanza. Trataremos de pensar su posibilidad.
Me parece que desde ahí se puede hacer algo. El bien, como la realidad, es algo que hay construir, elaborar, sobre la base de que lo propio es su ausencia o el caos sin forma que a veces constituye lo real.
Pienso en los poemas de Raymond Carver y en su conquista de un Sendero nuevo a la cascada.
25 de marzo de 2011
Pequeñas marcas hechas con un lápiz
Mañana tengo que devolver un libro a la biblioteca sin haber tenido tiempo para leerlo. Lo hojeo, leo algunos fragmentos. Y encuentro marcas, a lápiz y muy pequeñas, que un lector anterior ha dejado. Salto de marca en marca, hay una persona con unos intereses tras esas pequeñas señales. Quiero copiar aquí algunas de ellas.
La oración, decía Wittgenstein, "es el pensamiento del sentido de la vida". Pero si la vida tuviera un sentido, no habría necesidad de orar.
¿Quién puede jactarse de haber suprimido todo el miedo?
Vivir consiste siempre en soñar la vida (la vida nunca nos es dada, excepto en algunos momentos de gracia o de eternidad, más que como vivida o por vivir).
La verdad de vivir es vivir. Desesperanza y plenitud: la verdadera vida está presente.
"La clave del enigma", decía Wittgenstein, "es que no hay enigma". La vida no está para interpretarla, sino para vivirla. Lo real no está para comprenderlo sino para conocerlo. Y tanto una como el otro están para amarlos alegremente. Ésta es la sabiduría misma: amor y simplicidad.
Todo reside en la ética (desilusionarse de sí, del futuro y de todo), la moral (dejar de mentir) y la metafísica o la ontología (la eternidad de lo real y de lo verdadero).
Palabra del que vive: "Mientras la vida no nos abandone, no aullaremos a la muerte".
Desesperación y coraje, confianza y paz: lo real se toma o se deja.
Tómalo.
Este es el círculo vicioso del yo: hago lo que yo quiero, quiero lo que soy, soy lo que hago... Como el sujeto no es algo distinto de sus actos, el círculo vicioso se resuelve, como siempre, en la identidad donde él nos retiene. Soy lo que soy porque hago lo que hago; hago lo que hago porque soy lo que soy. Pero el ser es anterior al actuar (no eliges tu cuerpo), y siempre se está "hecho" antes de "hacer" (no eliges tu infancia). Cada cual es así culpable de sus actos (en la medida en que son voluntarios), pero inocente de sí.
(son fragmentos que otro lector señaló en "Vivir", del filósofo André Comte-Sponville)
La oración, decía Wittgenstein, "es el pensamiento del sentido de la vida". Pero si la vida tuviera un sentido, no habría necesidad de orar.
¿Quién puede jactarse de haber suprimido todo el miedo?
Vivir consiste siempre en soñar la vida (la vida nunca nos es dada, excepto en algunos momentos de gracia o de eternidad, más que como vivida o por vivir).
La verdad de vivir es vivir. Desesperanza y plenitud: la verdadera vida está presente.
"La clave del enigma", decía Wittgenstein, "es que no hay enigma". La vida no está para interpretarla, sino para vivirla. Lo real no está para comprenderlo sino para conocerlo. Y tanto una como el otro están para amarlos alegremente. Ésta es la sabiduría misma: amor y simplicidad.
Todo reside en la ética (desilusionarse de sí, del futuro y de todo), la moral (dejar de mentir) y la metafísica o la ontología (la eternidad de lo real y de lo verdadero).
Palabra del que vive: "Mientras la vida no nos abandone, no aullaremos a la muerte".
Desesperación y coraje, confianza y paz: lo real se toma o se deja.
Tómalo.
Este es el círculo vicioso del yo: hago lo que yo quiero, quiero lo que soy, soy lo que hago... Como el sujeto no es algo distinto de sus actos, el círculo vicioso se resuelve, como siempre, en la identidad donde él nos retiene. Soy lo que soy porque hago lo que hago; hago lo que hago porque soy lo que soy. Pero el ser es anterior al actuar (no eliges tu cuerpo), y siempre se está "hecho" antes de "hacer" (no eliges tu infancia). Cada cual es así culpable de sus actos (en la medida en que son voluntarios), pero inocente de sí.
(son fragmentos que otro lector señaló en "Vivir", del filósofo André Comte-Sponville)
23 de marzo de 2011
Racalmuto
Recorrió la isla en tren. Había llegado a Sicilia en barco. Se quedó un tiempo en Palermo. Me lo contó con detalle: como iba por las mañanas al mercado que quedaba cerca de las ruinas de los bombardeos de la gran guerra, el asombro frente a los cristales antibala del palacio de justicia, acristalado, un bunker traslúcido (opaco en muchos lados), para intentar juzgar a los mafiosos; Racalmuto, a donde fue y volvió en homenaje a su admirado Leonardo Sciascia, la habitación en un hotel de una calle principal, con una mesa pintada de verde y un balcón desde el que podría haber fotografiado Cartier-Bresson. Debajo, la calle. Y al cabo de un tiempo, se compró una chaqueta negra, una especie de americana, como la mayoría de los hombres de la isla. No salía a caminar sin ella.
No se por qué, mientras cenábamos me lo fue contando. Mejor dicho, sí me lo dijo: fue porque en aquel restaurante, de pronto, sonó una música que le recordó a Sicilia (tan cerca de Libia). Le miré fijamente, con toda mi concentración, porque me gustaba como me lo contaba. Vivió allí una buena temporada. Y unos acordes en un restaurante fueron suficiente para regresar.
Cuando volví a casa, escuché por casualidad en la televisión una música preciosa, una banda sonora de Gustavo Santaolalla. De él también era la pieza que había sonado durante la cena.
No se por qué, mientras cenábamos me lo fue contando. Mejor dicho, sí me lo dijo: fue porque en aquel restaurante, de pronto, sonó una música que le recordó a Sicilia (tan cerca de Libia). Le miré fijamente, con toda mi concentración, porque me gustaba como me lo contaba. Vivió allí una buena temporada. Y unos acordes en un restaurante fueron suficiente para regresar.
Cuando volví a casa, escuché por casualidad en la televisión una música preciosa, una banda sonora de Gustavo Santaolalla. De él también era la pieza que había sonado durante la cena.
20 de marzo de 2011
Citas, un fado
En la letra de una canción sefardí: Pescaría mis penas con palabras de amor.
El título de un fado que canta Amalia Rodrigues: Extraña forma de vida.
Una opinión que escucho en la radio: No vale nada si no tiene swing.
Y un título de Tony Judd: Algo va mal.
Y otra opinión que escucho hoy sobre la música sacra de Vivaldi: La pasión por existir.
Me dejo llevar, pero conozco la corriente que he elegido. De una entrevista al pintor Anselm Kiefer.
Anotaciones de un día
El título de un fado que canta Amalia Rodrigues: Extraña forma de vida.
Una opinión que escucho en la radio: No vale nada si no tiene swing.
Y un título de Tony Judd: Algo va mal.
Y otra opinión que escucho hoy sobre la música sacra de Vivaldi: La pasión por existir.
Me dejo llevar, pero conozco la corriente que he elegido. De una entrevista al pintor Anselm Kiefer.
Anotaciones de un día
19 de marzo de 2011
36 opciones
Anoto una frase de Wordsworth: El niño es el padre del hombre. Lleva conmigo varias semanas.
Hace un tiempo me regalaron una botella de vino de Emilio Rojo. Es una pequeña (o gran) joya que guardé con esmero, con mucho cuidado. Así me lo habían pedido y así lo hice. Ocupaba un lugar tan importante que nunca era el momento de beber ese vino, tenía que venir algo todavía más especial. Cuando al final llegó el día, con una buena comida acabada de preparar, al abrir la botella comprobé que el vino se había estropeado. Había pasado su tiempo.
Hace días que me acuerdo de esto. Porque también hace semanas que guardo con todo cuidado el recuerdo de dos de los mejores conciertos que escuché este año. Y porque me parecía tan difícil decir algo sobre ellos que nunca fue, tal vez hasta ahora, el momento.Y así me fuí quedando en silencio sin en realidad pretenderlo.
El 24 de febrero escuché a la RFG, dirigida por Helmuth Rilling, interpretar un concierto completo dedicado a Bach: la Suite núm. 2, la cantata núm. 202, el concierto para tres violines BWV 1064 y la cantata núm. 51. En mitad de días muy difíciles, recuerdo ese concierto como un momento en el que recuperé por unos instantes el control de la respiración. Y aquellos sonidos me acompañaron, a ellos les estoy agradecido como lo estaría con una persona a la que le debo mucho.
La música no debería ser meramente cómoda, nunca fosilizada, nunca calmante. Debería sorprender a la gente y llegarles muy dentro, obligándolos a reflexionar, dice Helmuth Rilling, uno de los grandes estudiosos de Bach.
Días más tarde, el 27 de febrero, con ese recuerdo en la piel, acudí a la Iglesia de Santa Eufemia a Real do Centro a escuchar a un violonchelista que no conocía, Pieter Wispelwey, interpretar dos de las seis suites para chelo de Bach, la núm. 1 y la 2, y otras dos suites para chelo que dialogaban con estas: la Suite n1 º op. 72 de Benjamin Britten y la Suite núm. 1 de Joseph Maximilian Reger. Y fue un encuentro inolvidable. Llegué con tiempo, pude sentarme en uno de los primeros bancos de la iglesia y disfrutar de una sonoridad semejante a la mejor sala de conciertos.
Es imposible agotar la escucha de las suites para chelo de Bach. Y es una experiencia que no se olvida escucharlas interpretar en directo. Pieter Wispelwey aportó vibración, colorido y también una ligereza llena de precisión en los seis movimientos de cada suite: desde la fantasía que parece dominar el Preludio hasta la organización rigurosa de la Allemande, la alegria de la Courante y la serenidad y madurez que hay en la Sarabande (así se titula la última película de Bergman, siempre me acuerdo de ella en ese movimiento), justo antes de las danzas casi de corte que parecen los dos Menuet y el lazo final, más suelto, de la Gigue. Y todo con esa especie de polifonía que en unos momentos parece venir de varios instrumentos y en otros se asemeja a un diálogo de varias voces. Seis suites con seis movimientos cada una: 36 combinaciones a las que volver una y otra vez.
En esos días, mientras intentaba averiguar por donde seguia la senda, me llegó un precioso correo que hablaba de algunos viajes interiores parecidos a un gran elefante que nos lleva. Y de saber balancearse sobre él, con la confianza que da abrazarlo más que agarrarlo.
Ahora releo una frase de Rilke que cita Comte-Sponville: Debemos mantenernos en lo difícil. Todo lo que vive se mantiene ahí... Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, pues el amor es difícil.
Leo sin parar, sin tregua, 1Q84 de Haruki Murakami. Escrito con la misma estructura que El clave bien temperado de Bach. A veces, algunas tardes, alterno una pieza de esa música con un capítulo del libro, como un homenaje a no se sabe bien qué, a algo invisible que simplemente le gusta estar cerca de nosotros, sin esperar nada.
Hace un tiempo me regalaron una botella de vino de Emilio Rojo. Es una pequeña (o gran) joya que guardé con esmero, con mucho cuidado. Así me lo habían pedido y así lo hice. Ocupaba un lugar tan importante que nunca era el momento de beber ese vino, tenía que venir algo todavía más especial. Cuando al final llegó el día, con una buena comida acabada de preparar, al abrir la botella comprobé que el vino se había estropeado. Había pasado su tiempo.
Hace días que me acuerdo de esto. Porque también hace semanas que guardo con todo cuidado el recuerdo de dos de los mejores conciertos que escuché este año. Y porque me parecía tan difícil decir algo sobre ellos que nunca fue, tal vez hasta ahora, el momento.Y así me fuí quedando en silencio sin en realidad pretenderlo.
El 24 de febrero escuché a la RFG, dirigida por Helmuth Rilling, interpretar un concierto completo dedicado a Bach: la Suite núm. 2, la cantata núm. 202, el concierto para tres violines BWV 1064 y la cantata núm. 51. En mitad de días muy difíciles, recuerdo ese concierto como un momento en el que recuperé por unos instantes el control de la respiración. Y aquellos sonidos me acompañaron, a ellos les estoy agradecido como lo estaría con una persona a la que le debo mucho.
La música no debería ser meramente cómoda, nunca fosilizada, nunca calmante. Debería sorprender a la gente y llegarles muy dentro, obligándolos a reflexionar, dice Helmuth Rilling, uno de los grandes estudiosos de Bach.
Días más tarde, el 27 de febrero, con ese recuerdo en la piel, acudí a la Iglesia de Santa Eufemia a Real do Centro a escuchar a un violonchelista que no conocía, Pieter Wispelwey, interpretar dos de las seis suites para chelo de Bach, la núm. 1 y la 2, y otras dos suites para chelo que dialogaban con estas: la Suite n1 º op. 72 de Benjamin Britten y la Suite núm. 1 de Joseph Maximilian Reger. Y fue un encuentro inolvidable. Llegué con tiempo, pude sentarme en uno de los primeros bancos de la iglesia y disfrutar de una sonoridad semejante a la mejor sala de conciertos.
Es imposible agotar la escucha de las suites para chelo de Bach. Y es una experiencia que no se olvida escucharlas interpretar en directo. Pieter Wispelwey aportó vibración, colorido y también una ligereza llena de precisión en los seis movimientos de cada suite: desde la fantasía que parece dominar el Preludio hasta la organización rigurosa de la Allemande, la alegria de la Courante y la serenidad y madurez que hay en la Sarabande (así se titula la última película de Bergman, siempre me acuerdo de ella en ese movimiento), justo antes de las danzas casi de corte que parecen los dos Menuet y el lazo final, más suelto, de la Gigue. Y todo con esa especie de polifonía que en unos momentos parece venir de varios instrumentos y en otros se asemeja a un diálogo de varias voces. Seis suites con seis movimientos cada una: 36 combinaciones a las que volver una y otra vez.
En esos días, mientras intentaba averiguar por donde seguia la senda, me llegó un precioso correo que hablaba de algunos viajes interiores parecidos a un gran elefante que nos lleva. Y de saber balancearse sobre él, con la confianza que da abrazarlo más que agarrarlo.
Ahora releo una frase de Rilke que cita Comte-Sponville: Debemos mantenernos en lo difícil. Todo lo que vive se mantiene ahí... Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, pues el amor es difícil.
Leo sin parar, sin tregua, 1Q84 de Haruki Murakami. Escrito con la misma estructura que El clave bien temperado de Bach. A veces, algunas tardes, alterno una pieza de esa música con un capítulo del libro, como un homenaje a no se sabe bien qué, a algo invisible que simplemente le gusta estar cerca de nosotros, sin esperar nada.
23 de febrero de 2011
Los demonios y la noche
A los demonios no les gusta el aire libre, dice Ingmar Bergman. Por eso salgo a caminar por la mañanas (él dice que los demonios le asaltan por la noche). Admiro a este hombre, al menos a la construcción que voy haciendo de él desde hace años. En otro lugar, lejos de aquí, leí sus tres libros traducidos. Luego, poco a poco, algunas de sus películas. Y no hace mucho, Fresas salvajes.
Ingmar Bergman se parece físicamente a mi tío Andrés. Son casi idénticos. En su aspecto físico ninguno de los dos me inspira confianza. Pero cuando Bergman comienza a hablar, o cuando escribe, tengo la sensación, la certeza, de estar delante de alguien que sabe de qué va la raza humana. Sobre todo porque identifica muy bien las miserias y los miedos y aun así sigue adelante con sus proyectos. Siempre me lo he imaginado como un tipo valiente.
En el último documental que rodaron sobre él, la presentadora le pide que describa cuáles son sus demonios. Y él aparece con una pequeña lista manuscrita y comienza, uno por uno, a describirlos. Con más de ochenta años y ante una cámara. Sensible e implacable. Consciente. Pero lo mejor de todo es que, al terminar (y había unos cuantos) le dio la vuelta a la hoja y dijo que quería añadir cuáles eran los demonios que no tenía. El orgullo de no haber sido engullido por unos cuantos agujeros negros.
Admiro a alguien con ese conocimiento.
Ingmar Bergman se parece físicamente a mi tío Andrés. Son casi idénticos. En su aspecto físico ninguno de los dos me inspira confianza. Pero cuando Bergman comienza a hablar, o cuando escribe, tengo la sensación, la certeza, de estar delante de alguien que sabe de qué va la raza humana. Sobre todo porque identifica muy bien las miserias y los miedos y aun así sigue adelante con sus proyectos. Siempre me lo he imaginado como un tipo valiente.
En el último documental que rodaron sobre él, la presentadora le pide que describa cuáles son sus demonios. Y él aparece con una pequeña lista manuscrita y comienza, uno por uno, a describirlos. Con más de ochenta años y ante una cámara. Sensible e implacable. Consciente. Pero lo mejor de todo es que, al terminar (y había unos cuantos) le dio la vuelta a la hoja y dijo que quería añadir cuáles eran los demonios que no tenía. El orgullo de no haber sido engullido por unos cuantos agujeros negros.
Admiro a alguien con ese conocimiento.
20 de febrero de 2011
Sobre la intuición, tal vez
La intuición nunca falla.
Si falla no es intuición
(le leí estos días, pero no recuerdo donde)
Si falla no es intuición
(le leí estos días, pero no recuerdo donde)
19 de febrero de 2011
Una luz blanca
Salí a caminar por las calles, tal vez a buscar un libro. Ya era de noche, llovía un agua mansa, como blanquecina, triste, que el paraguas no detenía. Caminé en silencio, hablé, seguí andando. Daba igual. Y al llegar frente a la catedral escuché el ruido de un generador y más gente de lo normal en el pórtico. Me detuve y entonces recordé que había un concierto, anunciado desde hace semanas, y que la lluvia me había hecho olvidar.
Entré al Pórtico do Paraíso. En la música antigua aparece continuamente la palabra paraíso. ¿Qué significará? Cantaba el grupo vocal The Tallis Scholars, dirigido por su fundador Peter Phillips. Once músicos cantando a cappella en una catedral, música sacra, sagrada. Pero con un añadido que es la primera vez que veo: la mezcla de música renacentista (Palestrina o William Byrd entre otros) con un músico vivo, Arvo Pärt.
Es la primera vez que escucho un programa tan valiente y tan bien escogido, que además el público reconoce y valora por el hilo espiritual que une el siglo XVI con el XXI. Una de las pocas veces en que la clasificación no juega malas pasadas y como resultado la música contemporánea se relega a ser la primera pieza de un concierto, como teloneros de lujo del clasicismo.
Arvo Pärt es una maravilla. Podría comparar mi música con una luz blanca en la que están contenidos todos los colores. Solo un prisma puede separar estos colores y hacerlos visibles, este prisma podría ser el espíritu de quien escucha, dice el compositor.
Una luz blanca. A mi me gusta escuchar la gran dedicatoria al piano que es Für Aline. Y el cedé verde con Tábula Rasa que me regaló L. y con el que descubrí a este músico estonio. Años más tarde, la pareja de L. me regaló la sinfonía nº 3, op. 36 de Henryk Górecki. Músicas muy diferentes pero cercanas en el tratamiento espiritual, en lo sagrado, también en el dolor de una nota que se instala en nosotros y va creciendo, zigzagueando, de la memoria a lo que está por venir.
No es una música triste (lo pienso mientras suena Für Aline). Es el silencio que precede al recogimiento. Aquel en el que uno respira más hondo porque sabe que se enfrenta a lo que no tiene fondo ni final, a algo infinito. Y necesita coger fuerza y seguridad, coger silencio.
Los antiguos asociaban lo sacro, lo sagrado con un hueso central en nuestro cuerpo, el hueso sacro. El centro del cuerpo es el centro del silencio, del recogimiento.
Y eso flotó ayer en el concierto de la catedral. Magnificat, Miserere y Nunc Dimitis de músicos renacentistas y de Arvo Pärt. Y el hilo del agradecimiento y de la entrega no se había roto en todos esos siglos.
Era de noche pero se podían ver algunos colores.
Entré al Pórtico do Paraíso. En la música antigua aparece continuamente la palabra paraíso. ¿Qué significará? Cantaba el grupo vocal The Tallis Scholars, dirigido por su fundador Peter Phillips. Once músicos cantando a cappella en una catedral, música sacra, sagrada. Pero con un añadido que es la primera vez que veo: la mezcla de música renacentista (Palestrina o William Byrd entre otros) con un músico vivo, Arvo Pärt.
Es la primera vez que escucho un programa tan valiente y tan bien escogido, que además el público reconoce y valora por el hilo espiritual que une el siglo XVI con el XXI. Una de las pocas veces en que la clasificación no juega malas pasadas y como resultado la música contemporánea se relega a ser la primera pieza de un concierto, como teloneros de lujo del clasicismo.
Arvo Pärt es una maravilla. Podría comparar mi música con una luz blanca en la que están contenidos todos los colores. Solo un prisma puede separar estos colores y hacerlos visibles, este prisma podría ser el espíritu de quien escucha, dice el compositor.
Una luz blanca. A mi me gusta escuchar la gran dedicatoria al piano que es Für Aline. Y el cedé verde con Tábula Rasa que me regaló L. y con el que descubrí a este músico estonio. Años más tarde, la pareja de L. me regaló la sinfonía nº 3, op. 36 de Henryk Górecki. Músicas muy diferentes pero cercanas en el tratamiento espiritual, en lo sagrado, también en el dolor de una nota que se instala en nosotros y va creciendo, zigzagueando, de la memoria a lo que está por venir.
No es una música triste (lo pienso mientras suena Für Aline). Es el silencio que precede al recogimiento. Aquel en el que uno respira más hondo porque sabe que se enfrenta a lo que no tiene fondo ni final, a algo infinito. Y necesita coger fuerza y seguridad, coger silencio.
Los antiguos asociaban lo sacro, lo sagrado con un hueso central en nuestro cuerpo, el hueso sacro. El centro del cuerpo es el centro del silencio, del recogimiento.
Y eso flotó ayer en el concierto de la catedral. Magnificat, Miserere y Nunc Dimitis de músicos renacentistas y de Arvo Pärt. Y el hilo del agradecimiento y de la entrega no se había roto en todos esos siglos.
Era de noche pero se podían ver algunos colores.
14 de febrero de 2011
Amnesia
Leo el testimonio que el neurólogo Oliver Sacks escribió sobre Clive Wearing, un hombre joven que tras una enfermedad perdió, entre otras cosas, la capacidad de recordar más allá de unos pocos segundos.
Un fragmento del diario de Clive:
2.10 pm: esta vez estoy perfectamente despierto (...) 2.14 pm: esta vez estoy por fin despierto (...) 2.35 pm: esta vez absolutamente despierto (...) A las 9.40 pm me desperté por primera vez, a pesar de lo que he dicho antes (...) A las 10.35 pm estaba plenamente consciente, y depierto por primera vez en muchas, muchas semanas.
Deborah, su mujer (con una historia de amor maravillosa con Clive) dice que es como si él sintiese que No he oído nada, ni visto nada, ni tocado nada ni olido nada. Es como estar muerto.
Fuera llueve despacio, escucho el agua sobre el tejado, cae sin ninguna violencia, el viento cesó. Solo queda la noche que comienza a avanzar. Pienso sobre esa forma de "estar muerto". Me parece que los recuerdos exigen ser cultivados, tal como haríamos con un buena huerta. Sin ellos solo existe un presente que no puede significar nada. Solo una inmensa amnesia.
Y, al mismo tiempo, sé que no hay nada más cierto que las palabras de Antonio Lobo Antunes cuando dice que lo que de verdad es difícil de predecir no es el futuro, es el pasado.
Un fragmento del diario de Clive:
2.10 pm: esta vez estoy perfectamente despierto (...) 2.14 pm: esta vez estoy por fin despierto (...) 2.35 pm: esta vez absolutamente despierto (...) A las 9.40 pm me desperté por primera vez, a pesar de lo que he dicho antes (...) A las 10.35 pm estaba plenamente consciente, y depierto por primera vez en muchas, muchas semanas.
Deborah, su mujer (con una historia de amor maravillosa con Clive) dice que es como si él sintiese que No he oído nada, ni visto nada, ni tocado nada ni olido nada. Es como estar muerto.
Fuera llueve despacio, escucho el agua sobre el tejado, cae sin ninguna violencia, el viento cesó. Solo queda la noche que comienza a avanzar. Pienso sobre esa forma de "estar muerto". Me parece que los recuerdos exigen ser cultivados, tal como haríamos con un buena huerta. Sin ellos solo existe un presente que no puede significar nada. Solo una inmensa amnesia.
Y, al mismo tiempo, sé que no hay nada más cierto que las palabras de Antonio Lobo Antunes cuando dice que lo que de verdad es difícil de predecir no es el futuro, es el pasado.
13 de febrero de 2011
Sin atajos
Hace unos días recibí un correo con un texto atribuido a Jorge Luis Borges. Y el caso es que ya es la segunda vez que, desde diferentes lugares, me llega el mismo texto. Es ese en el que un supuesto Borges de 85 años (tengo hasta dudas de que sea suyo) se lamenta de haber vivido la vida entera de manera tan correcta e "higiénica" y escribe sobre todo lo bueno que haría si volviera a vivir, y que dice haberse perdido (habla de tomarse las cosas con menos seriedad, de caminar descalzo, de contemplar más amaneceres...).
Hace tiempo también circulaba por muchos lugares una larga carta atribuida a Gabriel García Márquez en la que reflexionaba sobre su vida en un momento en el que una supuesta enfermedad terminal le había hecho ver la vida de otra manera.
Parecen textos con buenas intenciones y aire seudopoético que se me caen de las manos en las primeras palabras. Sean o no de ellos no me merecen mucho interés (ni aprecio). Ahí no está la valentía ni el gusto por correr "riesgos" que dice el supuesto Borges.
Cuando la cosa se pone difícil a mi no me sirven de nada esos supuestos atajos bienintencionados, que incluyen buena parte de lo que se debería hacer y además cómo hay que hacerlo. Parecen recetas de cocina dedicadas a explicar la elaboración en unos pocos minutos de un plato que tarda horas en cocinarse. Y además horas de dedicación plena (y gustosa). Creo que hay que vivir al límite, pero eso no tiene nada que ver con la apariencia de vivir al límite. Es otra cosa. En realidad es algo que solo sirve para cada persona, es una trayectoria que está pendiente de ser trazada.
Hace unos días escuché a Amancio Prada interpretar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en una antigua abadía. En ese poema maravilloso es donde se habla de la noche sosegada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora. Y por supuesto de la música callada.
Durante mucho tiempo, y sigue ocurriendo con igual intensidad, cuando no busco un atajo necesito estar cerca de la Música callada de Federico Mompou. Sencillamente porque tiene la cualidad de señalar, por algo parecido a la decantación (el silencio), lo que es importante de verdad. Separa las emociones y al final te deja a solas con lo que de manera cierta está contigo. Y entonces, por fin, puedes escuchar algo.
Hace tiempo también circulaba por muchos lugares una larga carta atribuida a Gabriel García Márquez en la que reflexionaba sobre su vida en un momento en el que una supuesta enfermedad terminal le había hecho ver la vida de otra manera.
Parecen textos con buenas intenciones y aire seudopoético que se me caen de las manos en las primeras palabras. Sean o no de ellos no me merecen mucho interés (ni aprecio). Ahí no está la valentía ni el gusto por correr "riesgos" que dice el supuesto Borges.
Cuando la cosa se pone difícil a mi no me sirven de nada esos supuestos atajos bienintencionados, que incluyen buena parte de lo que se debería hacer y además cómo hay que hacerlo. Parecen recetas de cocina dedicadas a explicar la elaboración en unos pocos minutos de un plato que tarda horas en cocinarse. Y además horas de dedicación plena (y gustosa). Creo que hay que vivir al límite, pero eso no tiene nada que ver con la apariencia de vivir al límite. Es otra cosa. En realidad es algo que solo sirve para cada persona, es una trayectoria que está pendiente de ser trazada.
Hace unos días escuché a Amancio Prada interpretar el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz en una antigua abadía. En ese poema maravilloso es donde se habla de la noche sosegada, de la soledad sonora, de la cena que recrea y enamora. Y por supuesto de la música callada.
Durante mucho tiempo, y sigue ocurriendo con igual intensidad, cuando no busco un atajo necesito estar cerca de la Música callada de Federico Mompou. Sencillamente porque tiene la cualidad de señalar, por algo parecido a la decantación (el silencio), lo que es importante de verdad. Separa las emociones y al final te deja a solas con lo que de manera cierta está contigo. Y entonces, por fin, puedes escuchar algo.
11 de febrero de 2011
Los recuerdos son el combustible
Las personas diminutas, la luz brillante.
Encuentro esta frase en una libreta de notas y quiero tenerla cerca.
Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Lo escribe Haruki Murakami en "After Dark"
Hace unos días me crucé con un poema de un autor que no conocía, el polaco Vladimír Holan, que me llevó hasta una gran reserva de combustible, intacta en algún lugar no lejos de aquí. Voy a copiar el poema:
¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento...
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo del café.
Estaremos de nuevo en casa.
Viví durante mucho tiempo una resurrección así. Conocí el silencio de la casa cuando el fuego de la cocina comenzaba a calentar. El olor de la lumbre, la confianza que ofrecía. Las piñas secas prendiendo en la madera. Los pasos sigilosos. Un silencio cuidadoso para no despertar a quien todavía quería dormir.
Cuando comencé a vivir fuera de la casa y volvía a ella en invierno, en las vacaciones, llegaba de madrugada. Cerca de la estación, el tren cruzaba el río a través de una densa niebla y mucho frío. Toda una noche de viaje, sin poder dormir apenas. Desde la ventanilla de aquella especie de camarote veía pasar los árboles desnudos y entonces sabía cuanto los había echado de menos. Aún estaba amaneciendo.
Por eso llegaba a la casa cuando el fuego empezaba a calentar la cocina y el resto de la casa permanecía congelada.
Ahora leo "Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro" de Oliver Sacks. En uno de sus capítulos, habla de lo que denomina conciertos involuntarios, una especie de sonidos que de pronto comienzan a acompañarnos a todas horas y en todo momento y que pueden llegar a ser difíciles de controlar. Y siento que los recuerdos se parecen mucho a esa idea de concierto involuntario, de sonidos y silencios que viajan a nuestro alrededor.
Encuentro esta frase en una libreta de notas y quiero tenerla cerca.
Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Lo escribe Haruki Murakami en "After Dark"
Hace unos días me crucé con un poema de un autor que no conocía, el polaco Vladimír Holan, que me llevó hasta una gran reserva de combustible, intacta en algún lugar no lejos de aquí. Voy a copiar el poema:
¿Qué después de esta vida tengamos que despertarnos un día aquí
al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo
pensando que el principio de nuestra resurrección, la de todos los difuntos,
lo anunciará el simple canto de un gallo...
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento...
La primera en levantarse
será mamá... La oiremos
encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo del café.
Estaremos de nuevo en casa.
Viví durante mucho tiempo una resurrección así. Conocí el silencio de la casa cuando el fuego de la cocina comenzaba a calentar. El olor de la lumbre, la confianza que ofrecía. Las piñas secas prendiendo en la madera. Los pasos sigilosos. Un silencio cuidadoso para no despertar a quien todavía quería dormir.
Cuando comencé a vivir fuera de la casa y volvía a ella en invierno, en las vacaciones, llegaba de madrugada. Cerca de la estación, el tren cruzaba el río a través de una densa niebla y mucho frío. Toda una noche de viaje, sin poder dormir apenas. Desde la ventanilla de aquella especie de camarote veía pasar los árboles desnudos y entonces sabía cuanto los había echado de menos. Aún estaba amaneciendo.
Por eso llegaba a la casa cuando el fuego empezaba a calentar la cocina y el resto de la casa permanecía congelada.
Ahora leo "Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro" de Oliver Sacks. En uno de sus capítulos, habla de lo que denomina conciertos involuntarios, una especie de sonidos que de pronto comienzan a acompañarnos a todas horas y en todo momento y que pueden llegar a ser difíciles de controlar. Y siento que los recuerdos se parecen mucho a esa idea de concierto involuntario, de sonidos y silencios que viajan a nuestro alrededor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
