31 de enero de 2012

Los tártaros, los desiertos, las piedras

Una imagen:
dos personas caminan por la montaña. Por un desierto de piedras, sin vegetación. En silencio.
Avanzan y solo escuchan sus pies y el viento. Ningún lugar en el que fijar la atención, solo en pisar la tierra marrón que hay entre las piedras.

Entonces,
alguien me llamó y me dijo que había terminado de leer El desierto de los tártaros, de Dino Buzatti. La vida en ese desierto siempre está por venir y el enemigo acecha tras la muralla de la fortaleza. La vida se consagra a protegerse del enemigo, que causa terror. Y el enemigo, invisible, consume la vida de Giovanni Drogo en la fortaleza Bastiani. Nos consume la vida.

¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.

Los tártaros.
Ellos estaban emparentados, aunque solo sea en el nombre, con Mongolia, con el desierto. Con los bosques rusos, con la taiga, con una noche que consume el día. He escuchado algo que no conocía: los cantos de algunos pueblos mongoles, las voces difónicas, los cantos armónicos, en los que un cantante es capaz de emitir dos tonos distintos, simultáneamente.

Recordé una vez que vi danzar a los derviches.

Pensé en copiar entera una canción de Ataualpa Yupanqui:
A que le llamamos distancia, eso me habrán de explicar. Solo están lejos las cosas que no sabemos mirar.

Los tártaros.
Los desiertos. La nieve seca, los bosques en los huecos de las montañas. Las personas caminando sobre las piedras, casi descalzas, adaptando la piel a la piedra. Hasta alcanzar algún lugar que no conocían, tal vez el final del valle. Y frente a un muro de tierra y piedras, cantar. Emitir un sonido que a veces recuerda al de los animales. Cantar en silencio también. Serios. Y dejar que la voz busque a las piedras.

Después,
leí una entrevista con Lobo Antunes en la que dice que casi ha perdido el oido, pero que cuanto menos escucha lo de fuera mejor oye las voces de dentro. Y que escribe con ellas cerca.

Las piedras. No recordamos cosas, sino la relación que establecimos con esas cosas.





28 de enero de 2012




27 de enero de 2012

El nervio de lo vivo

Regresó Paul Daniel.
Ayer jueves veintiseis de enero, dirigió de nuevo a la Real Filharmonia de Galicia en Santiago.
Y siempre que vuelve ocurre algo especial.

Ayer, la primera pieza se titulaba: Al escuchar el primer cuco en primavera, de Fréderick Delius (un autor al que no conocía). Una pieza breve en la que toda la orquesta avanza con lentitud, en pequeñas oleadas para que entre ellas se cuele, lento pero intenso, el clarinete que en realidad es el cuco. Un sonido del fondo de la tarde, aéreo y cálido. Inolvidable.

Ayer amaneció con lluvia. Duró poco. Pero al escuchar el primer cuco en enero recordé otra vez más los versos de Manuel Rivas: esta vez tampoco será el fin. Aunque él hable de la abubilla.

Después, Paul Daniel había programado otra pieza única: Épiphanie de André Caplet. Tres movimientos cortos para orquesta y violonchelo solista, que interpretó Plamen Velev, el primer chelista de la RFG. Una música rara e hipnótica, sobre todo el momento en que solo se escucha la percusión y el violonchelo. Un ritmo repetitivo del tambor sobre el que el chelo va trazando sus pasos oscilantes y recurrentes, siempre intensos, como los giros de un ser vivo. O como un cielo.

Disfruté mucho con la interpretación de Plamen Velev, a pesar de que no tenía un recuerdo demasiado bueno de cuando viajé para escucharle tocar tres de las seis suites para chelo de Bach. Pero ayer este músico estaba en un estado especial, concentrado e intenso.

Como propina del solista, un fragmento de una de las suites para chelo de Bach. Y aquello fue único, porque se adentró en ella despacio y decidido, al tiempo que por fin alguien pensó que la música también se mira y la luz del escenario fue bajando de intensidad hasta que todo quedó en penumbra, salvo las cuerdas y las manos que brillaban bajo un único foco. Fueron minutos de descenso por un río,  a través de la memoria, a través del dolor, también del júbilo, a través del agua.

Y para finalizar, la Sinfonía núm. 2 en Do mayor de Robert Schumann: la última entrega que hubo sobre un cierto final del invierno y un cierto sueño de primavera. Una orquesta sinfónica completa mostrando el nervio de lo vivo, la mirada que se enfrenta al hielo, al temporal, mientras sueña con un cuco en los montes.

Tal vez todo el programa estaba dedicado a la naturaleza, a los cielos cambiantes, a las huellas. Paul Daniel dirige como si solo de vez en cuando lo atravesase el rayo. El resto del tiempo él también escucha a los músicos e incluso les grita ¡bravo! (Es una gran noticia que vaya a ser el próximo director titular de la RFG).

Aunque hubo otros dos antes (todavía muy pocos esta temporada), éste ha sido el primer concierto tras que el que solo cabía regresar con el silencio, mientras se oía, lejos, el retumbar de la tormenta. Es lo que tiene entrar en la primavera en pleno enero.

Hacía tiempo que tenía ganas de contar aquí un concierto.

23 de enero de 2012

Ruina montium

Es extraño.
Es difícil, decía Miguel Torga, esto de empezar en un estercolero cualquiera y no parar hasta llegar a la copa de un castaño, tiene su misterio. Hay que recorrer un largo camino.
Él habla así de la chicharra en Bichos.

Y es extraño.
Es difícil querer hacer un viaje y no querer iniciarlo. Tampoco querer regresar. Hay que recorrer un largo camino. Y además también Torga decía que nadie es capaz de penetrar en el corazón de las cosas. Puede ser.

Así que me metí a mi mismo en el coche y busqué artilleria pesada en la música que tenía allí. Primero fué el Requiem de Gabriel Fauré. Pero es una música tan ensombrecedora, por momentos tan callada que parecía inaudible. Todo un equipo de música no conseguía hacer oir las voces de los siete momentos del requiem, que acaba con un In Paradisum.

Cuando terminó, sin un intervalo, puse el Dido & Eneas de Purcell. Hace tiempo que compré esa música porque un día me conquistó su final, el lamento de Dido: When I am laid in earth. Cuando uno sale del mar, cuando uno baja a tierra.

Solo quería que llegara esa parte. Pero ese canto es la pista 38 de 39. Más allá, solo un coro final para despedir. Hay que recorrer un largo camino. Y esta música no era la que yo recordaba. (Quiero conocer la historia de Dido & Eneas, aparentemente un divertimento en su época).

Después, silencio. El ruido de los neumáticos rodando. Silencio. Parecido al de las ruedas en la calle cuando el día amanece con lluvia y se escucha su silbido desde la cama. O al silencio de cuando comienza a nevar. Nadie en la ruta. Casi nadie.

Hasta que vi un desvío al túnel romano de Montefurado. Aquí hay muchos pueblos con ese nombre pero solo uno con un túnel excavado en la roca para desviar todo un río y desecar un meandro al que arrancarle el oro con más facilidad. Subí por un camino estrecho. Llegué hasta un lugar en el que se divisa la obra y allí había un cartel que quería explicar algo.

Trataba de la técnica por la que los romanos excavaban un túnel así. Consistía en perforar estrechas galerias verticales y horizontales comunicadas entre sí. Luego las inundaban, infiltrando grandes cantidades de agua. Y lo último era esperar que ese agua hiciese su trabajo, es decir, que la presión que ejercía más el aire que se había comprimido más el reblandecimiento de la tierra, provocaran que el monte se derrumbase desde dentro. Algo así ha recibido el nombre de Ruina montium.

Aquella era la música de la chicharra, la que recorre un largo camino. La que no había conseguido escuchar prestando atención a Fauré y a Purcell.

Un ruido sordo, profundo, que se siente aunque no se oiga. El de un monte excavado por el agua. El de un Bicho mientras cae fulminado.

También esto

22 de enero de 2012

22 de enero de 2012

Algo, de algunos días

22 de enero de 2012

20 de enero de 2012

Hoy, sin saberlo, buscaba esa música

De pronto, una pequeña hierba brillaba en la noche. A ras de suelo, intensa, como si fuese una luciérnaga. Pero en enero todavía no han llegado. Así que me acerqué a ella, sumergido en el agua que parecía hervir, oscura, algo verdosa. Una diminuta gota en la punta brillaba iluminaba por un foco de luz lejano. Podría haber sido una luciérnaga. No me alejé, tampoco esperé. La miraba.

En el coche, escucho un programa de Juego de Espejos al que vuelvo una y otra vez. Por la selección de música que hace el invitado, Virgilio Zapatero, y por su voz mientras cuenta sus impresiones. En un momento dado habla de la música que escucha por la noche, al final del día. A veces Mozart, y elige el Andante del concierto para piano nº 21, K467. Así que al llegar a casa, hace rato que es de noche, lo busco.

Y aunque sin duda esta es la música, no me suena igual. Tal vez mi disco va demasiado rápido (pero es un andante...). Sigo escuchando. Y entonces llega el Adagio del concierto nº 23, K488.

Esta si es la música que, sin saberlo, buscaba (no es la que había escuchado en el programa). Porque estos son los sonidos que hacen sentir, como dice Virgilio Zapatero, que hay cosas más hermosas que las que te han pasado algunos días. Cosas más hermosas, esas son sus palabras.

La música al final del día.

Tal vez construida a partes iguales por la escucha y la memoria. Por todo el cuerpo.

17 de enero de 2012

Lo que me dijo

Recuerdo el olor de aquella casa.

Me dijo que le gustaba cocinar al vapor porque el vaho que inundaba la cocina convertía la casa en un hogar.

Incluso empañaba sus gafas.

No era una mujer joven, sus hijos ya eran mayores. Vivía sola. Ahora, no había exigencias con la vida, como mucho algunas búsquedas.

Apenas tuve tiempo de tratarla, pero sentados a la mesa de la cocina me pareció que olía al fuego de una chimenea.

Cocinaré al vapor.

Volveré a leer a Antonio Gamoneda:

Tengo frío junto a los manantiales. He subido hasta
cansar mi corazón.

Hay yerba negra en las laderas y azucenas cárdenas
entre sombras, pero, ¿qué hago yo delante del abismo?

Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de
significado.

14 de enero de 2012

Siempre somos otra cosa

Los mejores títulos son siempre los de Antonio Lobo Antunes.

Por ejemplo: Buenas tardes a las cosas de aquí abajo. Cojo el libro de la estantería: él escribió su nombre completo en la página uno, lo hizo en cientos de ejemplares y alguien me regaló uno de ellos. Pero hay más: Conocimiento del infierno, El orden natural de las cosas y sobre todos uno: No entres tan deprisa en esa noche oscura.

¿Qué se sabe del mundo para escribir ese título?

Hace días el invitado a un programa de radio que escuchaba en el coche habló de una música. Anoté el título equivocándome en varias letras. La canción era un viejo blues: Dark was the night, cold was the ground, de Blind Willie Johnson. Me impresionó el sonido de su guitarra y también su voz, la conversación, algo de lamento, que giraba alrededor de un lugar desnudo. Era un blues, a veces parecía gospel, algo del primer jazz... imposible de clasificar. Pero de manera inmediata aquella música me recordó otra: la banda sonora que Ry Cooder compuso para la película París-Texas, de Win Wenders.

El mismo vagar por el desierto con el que se abre la película, la misma inexpresividad en la mirada de un hombre porque detrás de ella se agolpan los recuerdos de unos momentos plenos y con algo parecido a la felicidad. (Y reconozco que yo no he visto en ningún lugar, en el cedé que tengo desde luego no está, a Ry Cooder hablar de esta música de blues, aunque siento que una procede de la otra).

Pero el invitado de la radio traía la música por otra razón: ese blues es una de las veintisiete músicas que, grabadas en un disco de oro, viajan por el espacio a bordo de las naves Voyager. El disco se llama Sound of Earh y recoge música, voces y sonidos naturales: un compendio de lo que puede escucharse en la tierra lanzado hacia lo desconocido.

Y Dark was the night forma parte de los sonidos de la tierra. Las Voyager se lanzaron al espacio en 1977, en Agosto partió la Voyager 2 y en septiembre la Voyager 1. Se pretendía que viajaran a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno aprovechando una técnica en la que el sobrevuelo de cada planeta modifica la ruta de vuelo y aumenta su velocidad lo suficiente como para entregarla al próximo destino.

Contra todo pronóstico las naves, además de cumplir su cometido, siguen en perfecto funcionamiento y viajando a través del espacio. Ahora mismo son los instrumentos artificiales más lejanos a la tierra. Y en su interior viaja un blues, cantado por un hombre que ladea un poco la cabeza al cantar, como para aguzar el oido. Un hombre ciego que toca la slide guitar, una técnica que también permite pasar de un planeta a otro mientras se toca una nota y se desliza el dedo por la cuerda hasta convertir ese sonido en un lamento, en una voz que se aleja hasta perderse.

Desde que supe que las Voyager existen pienso en ellas. Busqué alguna imagen para saber cómo son, que expresión  tienen, como es su cara, como caminan. Y me parecieron preciosas (en realidad ya quería que me gustaran). Hay momentos del día en que las imagino transmitiendo lo que ven o simplemente descansando, sintiéndose solas también porque saben que su única misión es alejarse de donde partieron. Mientras alguien, frente a una pantalla, vela por ellas y las cuida. En turnos de ocho horas, alguien sujeta el hilo.

Ahora, parte de la escucha de ese viejo blues me trae al lamento de la tierra, de ese pulsar y deslizar el sonido, y otra parte me situa en el interior de una nave silenciosa que se interna en lo más profundo del espacio, aproximándose a la última barrera tras la cual nadie sabe qué pasará con sus mensajes. Sus infinitas ganas de vivir alimentan una propulsión que debía haberse terminado ya.

Siempre somos otra cosa y bajo la otra cosa otras cosas ocultas, escribe Lobo Antunes. Así de oscuro es el espacio a medida que uno se aleja del sistema solar.


10 de enero de 2012

Abedules rusos

Al final nos vimos.
Y no hablamos de lo que era habitual. Ni de música ni de películas ni de pequeños o grandes viajes.
Pensé, de regreso, que habíamos hablado de lo que realmente importaba. Pero seguramente me equivoco.
Muchas noches, me dijo, se sentaba a esperar.
A que la niebla cubriese los árboles que tenía frente a la gran ventana, sin luces de ciudad, sin luz, como los árboles de sus sueños rusos, abedules criados por el frío, sumergidos en el invierno. Como si nunca fuese a volver la primavera.
Entonces quise sacar el tema de Dersu Uzala, que los dos compartíamos, pero ni me dejó.
Se sentaba a esperar
y escuchaba sonidos de otro mundo a través de unos cascos con un cable "libre de oxígeno", insistió en eso.
No entendía a que se refería
pero averigué que eran los que mejor transmitían el sonido.
A esperar una señal,
entre los abedules. A veces le gustaba llamar así a las palabras.
Puede ser que fuera el vino, pero no recuerdo todo lo que me dijo a continuación. Recuerdo que hablaba de animales moviéndose en la noche, de imágenes de la oscuridad, tal vez de una voz.
Ahora pienso en si habló algo de una piel. No lo sé.
Saqué el tema de una de mis músicas favoritas este tiempo, el Cum Dederit de Vivaldi, y claro que lo conocía (a través de sus cascos).
Algo que casi nunca he podido hacer, me gusta que el sonido fluya a mi alrededor.
Miré como hablaba y como, tras varias horas, se levantaba. Una persona abatida y con el poder, si quisiera, de cruzar Rusia como si fuese un norte cualquiera.
Le dediqué el camino que vuelve a casa, mientras imaginaba su viaje de regreso cerca de unos árboles frágiles y blanquecinos, algo siberianos.
Fue como la audición de una pieza imposible de clasificar. Y viva.



7 de enero de 2012

Un poder con luz

Empezó el año.

Decidí organizar la estantería donde guardo los cedés de música. Cuanto más desajustada es la elipse en la que gira el mundo que tengo cerca, más ordenada está mi casa.

En mi relación con la música, sobre todo la llamada clásica, sigo una especie de orientación intuitiva y azarosa en las piezas que voy conociendo y escuchando, además de lo que programa radio2 (rne) y de lo que me graba, y antes me recomendó, un amigo muy querido al que considero un gran experto.

Cada vez que nos encontramos, si su sexto sentido le indica que se me han debido de terminar los nuevos cedés, me prepara un pequeño lote de grabaciones. Aunque en ocasiones le pido algo concreto, por lo general él me propone un itinerario que yo desconozco.

Pero pasa el tiempo y en muchas de esas selecciones voy profundizando poco a poco, y al cabo de meses, años, me voy dando cuenta de que lo que me había regalado como si nada es, por ejemplo, una de las mejores versiones que existen.

C. me da joyas mientras hablamos de cualquier otra cosa. Y no espera un agradecimiento especial: entre lo que tiene da lo mejor, lo que puede haberle costado años encontrar. De esta forma he recibido discos cuya calidad excepcional tardé en saber calibrar.

Suelen ser olores imperceptibles al principio.
Y después se van convirtiendo en mundos que lanzan al exterior un aroma único y difícil de clasificar, lleno de un poder con luz.

Dar cosas muy buenas aún sabiendo que su apreciación tardará tiempo, o incluso puede que nunca se produzca. Pero mientras tanto, quien lo recibió pudo convivir, estar cerca, de un ser con una calidad excepcional. Y algo de eso, por ósmosis, pasará al interior de sus días.

Por ejemplo, la voz de la contralto Kathleen Ferrier. De ella C. me regaló los Kindertotenlieder de Mahler y una interpretación única de la Pasión según San Mateo de Bach.

Puede que lo que demos sea lo único que muestre nuestra calidad.

(Y justo al terminar de escribir lo anterior leo en Comte-Sponville:

Todas mis acciones no son sino el efecto en mí de una selección entre los simulacros (es decir, de una elección entre los posibles), llevada a cabo según la potencia (potestas) de la voluntad (voluntas) como tendencia indeterminada (pero determinante) hacia el placer (voluptas), es decir, como deseo).


31 de diciembre de 2011

La belleza es una voz que cuida nuestro sueño

Último día del año.

Escucho la música del Shakuhachi, una flauta que se utilizaba como instrumento de meditación en algunas tradiciones japonesas. Empiezo a descubrirla, hace poco que conozco estos sonidos. A veces está sola, y es el correr del aire al través de sus pequeños agujeros, y a veces surge en la compañía de otros instrumentos tradicionales.

El Shakuhachi es lo más parecido a una voz, a palabras que algún viento apenas deja oir pero de las que percibimos su sonoridad y su sentido. Una voz que no habla por si sola, sino con quien la escucha, que toma su tono y su decir del viento que cruza todo nuestro cuerpo, un aire agitado por remolinos más o menos rítmicos.

El Shakuhachi es una música de la respiración. A veces se escucha el aire de un lamento. O el de la melancolía. A veces se siente en la piel el viento de la crueldad extrema. Su sentido es marcar el tono para que los otros sonidos del cuerpo se situen en su escala y, de alguna manera, se acallen.

Ayer escuchaba la radio. Alguien hablaba de que la única salvación podía venir por la belleza. Una opción para aportar un poco de sentido a la crueldad, a la sinrazón, a los trazos despiadados que pueden cortar a una persona en varias personas, a través de un filo frío.

El agradecimiento a quien te ha salvado es infinito. Vives gracias a ese ser, que se convierte en una existencia, en una presencia intensa y cierta como un árbol o una piedra. A pesar de su invisibilidad.

Cuidar la belleza es conquistar la belleza. Hacerla. Soplar con el ritmo de la respiración y hacer que el Shakuhachi emita su particular viento. Darle voz a una pequeña flauta. Atender a lo que está pero no se muestra y, a pesar de eso, sigue estando. Empeñándose en viajar con nosotros. Capaz de velar nuestro sueño sin rozarnos la piel, solo a base de voces pronunciadas en una noche y para una persona.


27 de diciembre de 2011

uno de los cuervos de Fukase, encontrado en una pantalla de proyección



26 de diciembre de 2011

Huesos huecos

Hace unos pocos años un buen amigo envió una felicitación de navidad. Había una fotografía en la que un pulpo intentaba sobrevivir en el fondo de un gran cubo de plástico, aunque en realidad parecía rendido. Y había un pequeño texto que, según lo recuerdo, decía

feliz no sé qué

A pesar de tanta queja sobre estas fechas, me sigue sorprendiendo que la bandeja de entrada del correo empiece a acumular felicitaciones de gente a la que jamás hubiera imaginado emocionarse por la presencia de un milagro bíblico...

Pero hoy me llegó una que me hizo detenerme en ella.
También había una foto, pero de un mirlo, solo, en mitad de un campo. Y había un texto con un poema de Rimbaud en francés y traducido al castellano. La traducción no me gustó pero el poema sí. Se titula Sensation y voy a copiarlo en su lengua original. Si se entienden las palabras tendrá un significado y si no se comprenden pero se lee con atención musical, también tendrá un sentido.

Par les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l'herbe menue:
Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l'amour infini me montera dans l'âme,
et j'irai loin, bien loin comme un bohémien,
par la Nature, -heureux comme avec une femme.

Ahora miro el mirlo. Merlo se dice aquí.
Cuando el fotógrafo japonés Masahisa Fukase se enfrentó a una de las etapas más negras de su vida se retiró a fotografiar cuervos en mitad del campo. Aves negras que antes fueron blancas.

Los pájaros. Todas las aves. Las plumas, huesos huecos para que puedan ser dueños de la ligereza.

Si hubiera que felicitar algo podría ser el que las aves vuelvan a volar.
Y eso ocurre todo el año. Pero es cierto que cuando se acerca la primavera se las puede ver con más decisión buscar lugares y viajes. Sus Grandes Rutas. Así que tal vez envíe una tarjeta de felicitación a las bandejas de entrada por el final del invierno.

24 de diciembre de 2011

en un viaje, 21 de Agosto de 2011

Mensajes cifrados

La realidad es un texto que hay que descifrar, como se hace con una inscripción. Lo malo es que estamos inscritos en la realidad, y eso es un obstáculo para el desciframiento, sobre todo si intuimos que no nos conviene.

(Carlos Castilla del Pino, en Aflorismos)

23 de diciembre de 2011

Un sol negro

Un sol negro a primera hora de la mañana.

El sol no iluminaba, apenas era un círculo oscuro, gris oscuro, casi negro.
Aunque había algo de luz pero no sabía de donde venía.

Un sol que no calentaba, una esfera fría tras los edificios y las pequeñas montañas. Demasiado frío para ser invierno.

Parece ser que es poco frecuente, es un fenómeno raro.

Me recordó el mundo paralelo de Murakami en 1Q84: un mundo con dos lunas. (Donde vivo existe la expresión bañarse con dos lunas).

Así fue el desayuno. Un sol negro y una vela diminuta encendida, para poder ver algo.

Puse la radio.

Y apareció la Sonata Waldstein de Beethoven, la sonata para piano 21 en Do Mayor, Op. 53, interpretada por Daniel Barenboim. La reconocía.

Había abierto un periódico. Tuve que cerrarlo y quedarme quieto, solo mirando la llama y el sol negro. Así durante los tres movimientos, a pesar de que se me hacía tarde.

Otra vez la misma parálisis, presa de la picadura de un insecto raro.

En el desayuno, solo aquella luz, solo aquel suave aire cálido.

Hasta bien entrada la noche.

19 de diciembre de 2011

La niebla de esta noche

Se acabó el día. Es tarde y hace horas que la luz se fue. Pero aún no quiero que llegue la noche. Me vienen a la memoria unas cantigas medievales que esta tarde escuché. Las busco. Busco unos sonidos para mostrar el agradecimiento.

Cesaria Evora. Se fue la cantante de las mornas, de la saudade de Cabo Verde que no es muy diferente de la portuguesa, de la del noroeste. Formas de la melancolía o, tal vez, de echar de menos la niebla. Pero si miro hacia fuera apenas se ven algunas luces amarillas, hoy la niebla lo cubre todo. Tuve la suerte de escucharla en directo, de verla cantar de pie y con los pies descalzos. Me gustaba el ritmo que había en sus pequeños movimientos. Hoy tenía 70 años.

El pasado veintitrés de noviembre murió Montserrat Figueras, tenía 69 años. Hice un largo viaje para escucharla cantar en directo, con su grupo Hespèrion XXI y junto a su pareja Jordi Savall. Tal vez ella habrá cantado también estas canciones medievales que ahora escucho. Tenía una gran voz y también una sensibilidad excepcional para entender los ritmos de la voz interior. Ella cantaba desde otro lugar. Me gustaba. Me gustaba mucho. Era una mujer elegante, llena de belleza. Escucharla era verla caminar.

Y hoy domingo dieciocho de diciembre se fue Václav Havel, el escritor checo que incluso fue presidente de Checoslovaquia. Pero yo lo conocía desde hace años por un libro rojo de tapas duras, con una pequeña foto en la portada, que guardo en una mesilla de noche: Cartas a Olga. Lo leí hace mucho, envuelto en el frío de una casa sin calefacción. Desde la prisión, entre 1979 y 1984, escribe cartas a su mujer que son un ensayo y también una confesión sobre el amor, la dignidad, la memoria, sobre la dificultad y la necesidad de ser una persona.

Ahora, una voz entona los cánticos medievales. A su lado una zanfoña, un pequeño tambor, otras voces. Así es la noche. De alguna manera quise y sigo queriendo a estas tres personas con las que jamás crucé una palabra. Agradezco el haber podido estar cerca de algo que hicieron y que creo que me hizo mejor.

Hoy leí una frase de Foucault, citada por Comte-Sponville, que sin el contexto queda algo extraña pero aún así me apetece copiarla:
Lo que se anuncia es que el hombre se ha "acabado", y que al llegar al final de toda palabra posible, no es al corazón de él mismo donde llegamos, sino al borde de lo que lo limita: en esta región en que merodea la muerte, en que el pensamiento se extingue, en que la promesa del origen retrocede indefinidamente.

En esa soledad y en esa desesperanza, con la promesa del origen retrocediendo indefinidamente, existe la alegría de compartir el espacio con quienes queremos, gente a la que desconocemos y a la que conocemos. Y escucharlos. Y permanecer en ese silencio.



14 de diciembre de 2011

Las flores eran de nieve, los ríos de hielo

El 14 de diciembre de 1911, hoy se cumplen cien años, el noruego Roald Amundsen llegó al Polo Sur. Fue el primero. Unos días después, el 16 de enero de 1912 lo hizo el inglés Robert Scott, aunque junto a todos sus hombres moriría en el regreso a la base. Sus cuerpos y sus escritos fueron encontrados en la nieve por otra expedición el 12 de noviembre de 1912.

El descubrimiento de los polos, los viajes al ártico y a la antártida me atraen igual que un imán. Son viajes literales y también metafóricos. Es el viaje al frío y a las tierras lejanas y perdidas, solitarias, imposibles de habitar. Salvo en la imaginación. Y son viajes que me gustan a pesar de su romanticismo y a pesar de la competitividad que había en esas expediciones.

Traté de leer los diarios de Scott, las notas que se encontraron junto a los cuerpos. Hay palabras duras que expresan una gran frustración por no haber sido los primeros, pero también hay una profunda humanidad y compañerismo. En un lugar imprevisto, un libro de poemas de Bernardo Atxaga, encontré esta misma admiración y una transcripción de lo último que Scott escribió:

Viernes 16 de Marzo o sábado 17
Así marchó a la muerte Titus Oates: anteayer entró en la tienda con la idea de no volver a despertarse. Sin embargo, ayer despertó vivo. Nos dijo: «Voy a salir. Quizá tarde algo en regresar». Fuera, la tempestad era espantosa. Se perdió en el blizard blanco y no lo hemos vuelto a ver.
Sólo puedo escribir mientras como, y a ratos. El frío es terrible. Cuarenta grados bajo cero. Mis compañeros intentan mostrarse animosos, pero todos tenemos algo congelado. Aunque nos decimos mutuamente que saldremos de ésta, nadie cree seriamente en tal posibilidad. 

Jueves 22 de Marzo
La tempestad no amaina. Wilson y Bowers no han podido salir hacia el depósito. Mañana haremos el último intento. Sólo tenemos combustible y comida para uno o dos turnos. El final se acerca. Hemos decidido que sea natural. Seguiremos hacia el depósito y moriremos en el camino.

(Un tiempo más tarde leí algo, no consigo recordar donde, sobre una traducción poco fiel de estas frases con el objeto de ensalzar, mitificar, la figura de Scott. Pero no tengo los datos).

Luego descubrí un libro: El peor viaje del mundo, escrito por Apsley Cherry-Garrard, uno de los compañeros de Scott que sobrevivió porque formó parte de los expedicionarios que permanecieron en la base. Miro la fecha: lo leí hace ahora once años, en medio de una montaña. Desde entonces ese ejemplar me acompaña físicamente, casa tras casa. Es un libro inolvidable porque en él está escrito, muy bien escrito (el título de esta entrada aparece al describir la primavera en la Antártida), uno de los viajes de invierno que una persona puede emprender.

Cuanto más horribles eran las condiciones en que dormíamos, más tranquilizadores y maravillosos eran los sueños que nos visitaban.

Si no estuviera escribiendo frente a una pantalla, ahora me gustaría preguntar por otros viajes de invierno.

13 de diciembre de 2011

Cum dederit

Escuchar una música no es escucharla, es seguirla.
Alguien evoca esa frase de María Zambrano.

Otra vez vuelvo a pensar en la idea del estar cerca, del situarse no lejos de la corriente. Atento a sus movimientos, a los pequeños cambios, a la superficie igual que a lo subterráneo.

Estar cerca de lo que uno quiere. Y en ese estar cerca lo que uno quiere se deja ver.

Se deja sentir: desde el abismo a las estrellas.

Cerca, por ejemplo, del Cum dederit que Antonio Vivaldi compuso en su Nisi Dominus. Una música que se eleva suave y obstinadamente hacia la noche.