26 de septiembre de 2012

El color de la zona oscura

Un bosque
y de pronto los árboles parecen convertirse en plantas acuáticas, tal vez nenúfares.
O en una mano posada sobre el agua, sin hundirse en ella, sin apenas mojarse.
Apoyarse en estos árboles y sentir la respiración.

Pintar la luz sobre las hojas verdes y el laberinto sin oscuridad.

Estás mirando como varios ojos permanecen atentos a los giros del viento sobre los tallos finos, algunos sumergidos. Varias cosas pasan a la vez, solo puedes sentir que eso ocurre y respirar algo parecido a un color terroso, rojizo.

Entonces llegó el olor a tormenta. Y dijiste que querrías vivir en el color de algunos bosques (nunca había escuchado nada semejante). El color de la zona oscura.

A veces la nieve es oscura. Lo primero es su sonido, sabes que está nevando cuando poco a poco llega el silencio o las pisadas amortiguadas de los coches, muy amortiguadas, musicales casi. Es la nieve de un niño, el cielo como acero, limpio. Todo detenido.

Piensas en la noche y en la nieve. Cada noche es una variación más a partir de un tema que desconoces. Cuando lo dices, tiemblas porque no entiendes. Saber algo sobre los ciclos, alrededor de lo que no tiene fin y sobre lo que nada puedes decidir. Y que sin embargo te afecta.

Entonces, sin que nadie te escuche y mirando fijamente al hombre de Kiefer:
Espérame, volveré.

Dos palabras. Y entre una y otra el ciclo de la ausencia, que ocupa media vida.

25 de septiembre de 2012

Qué podemos

¿Qué podemos ver de una cosa cuando está calificada antes de ser nombrada?

Los adjetivos (antes de los sustantivos) arrojan arena a los ojos
y al corazón (que es el cerebro)
y a toda la emoción

24 de septiembre de 2012

Un sabor de día uno

Tengo la sensación de que este es el momento.

Y no quiero que pase una jornada más.
En lo alto de las montañas hoy seguirá el viento, los árboles se inclinarán sobre el camino y habrá niebla. El otoño es el momento de la destrucción en muchas culturas, en realidad en la naturaleza.
Esto es una continuación con extraño sabor de día uno.

Así que copiaré la reflexión que la fotógrafa Diane Arbus hizo en 1971 y que recuerdo casi de memoria desde que hace años la leí.

Una vez soñé que me encontraba en un magnífico transatlántico, pálido, plagado de dorados, con cupidos incrustados y tan rococó como un pastel de bodas. En él se respiraba humo. La gente bebía y apostaba. Yo sabía que el barco estaba en llamas y que nos hundíamos, lentamente. Los demás también lo sabían, pero se divertían, baibaban, cantaban, se besaban como arrastrados por una especie de delirio. No había esperanza. Me puse muy contenta. Podía fotografiar todo cuanto se me antojara.

18 de septiembre de 2012

No comprender (antes escribía no saber)
y aceptarlo

16 de septiembre de 2012

Aria quiere decir Aire

La historia es conocida
pero nunca la había sentido tan cercana

Una noche sin sueño y sin paz
busqué el Aria inicial de las Variaciones Goldberg de Bach

Tumbado en la cama, en un viaje, los ojos cerrados y concentrado en lo que estaba por venir: el inicio, con esos sonidos suspendidos que parecen no saber hacia dónde encaminarse

Al instante, todo el cuerpo se fue llenando con una resonancia aguda y penetrante: la música evoluciona por el interior de un espacio vibrante, pasa de un lugar a otro, regresa al primero

Gustav Leonhardt mantiene el pulso y la precisión, sólo música, no hay concesiones. Y los dos minutos veinticuatro segundos del Aria son suficientes para cortar el vínculo con la dificultad

Esa música de 1741, que parece haber sido compuesta para hacer soportables las noches de insomnio del conde Hermann Carl von Keyserlingk, curó como una medicina el mal de la impaciencia y el disgusto, o sencillamene la fiebre del sin sentido, cientos de años después.

También regresó el sueño, el aire del agradecimiento, la tierra roja.

15 de septiembre de 2012

Los riesgos del cara a cara

Al principio no tienes sensación de que haya principio. Y más adelante se pierde la noción de haber avanzado. Cualquier lugar del recorrido es una secuencia, lo es todo y a la vez desaparece entre todo lo que hay a su alrededor. La ilusión, perversa, de que existe un avance es posible que solo se pueda dar en la existencia de las máquinas, en la tecnología (y ni mucho menos en el sentido con el que se utilizan).

Seguir tiene que ver tanto con ir hacia delante (no sé bien lo que es) como con ir hacia atrás. Incluso en el día a día, para comprender algo de lo que ocurre puede ser más eficaz revisar los periódicos viejos que comprar el del día.

Dijiste que ya todo estaba en los griegos. Entonces, ¿a qué nos dedicamos?, ¿por qué tanta ilusión en que de verdad existe el progreso?, ¿como es el avance en todo lo que no es tecnológico?

Por algo del azar y por algo que es premeditado reviso periódicos, noticias, cajas de hace bastante tiempo.

El hambre lleva a los ganaderos a devorar las reses de sus propias granjas, era el subtítulo de una noticia el 16 de marzo de 1997. El título: Se hunde la Rusia profunda.

Podríamos ir al kiosko y comprar el periódico del día y el mes en que estamos pero de hace diez, quince o veinte años. Incluso deberíamos aceptarlo si nos lo entregan con la huella del paso del tiempo: deberíamos porque allí hay cosas a las que los años han aportado profundidad y entendimiento. Y eso, al menos, ofrece unas coordenadas, nos sitúa.

Algo parecido ocurre con los sms del móvil, incluso con los correos electrónicos. Abres un sms correspondiente al día de hoy pero de hace un año y encuentras que todo era actual, hasta podía seguir en pié la llamada de teléfono pendiente, el miedo pendiente, el viaje pendiente, todo estaba contenido en unos pocos caracteres.

Saber lo que está sucediendo no es lo mismo que comprender algo de lo que está sucediendo. Y se necesita entender algo para luego aceptar que siempre habrá áreas restringidas al misterio (no a la ocultación).

Un viaje portugués de Julio Llamazares se publicó en el periódico en Agosto de 1996. En él se habla de partes de la ciudad de Vidago de las que, cada vez que regreso, solo veo sus ruinas.

Y si piensas en la guerra de Yugoslavia, siempre ves las caras de tus familiares huyendo aterrorizados de la barbarie en la que casi todo el mundo tenía una parte. Tengo aquí delante una foto de cuando Mitterrand rompe el cerco de Sarajevo. Julio de 1992. Gran parte de los que aparecen en la foto ya han muerto.

El 4 de Enero de 1990, el jefe de Estado de la RDA, Manfred Gerlach dijo que Vamos a demoler el Muro de Berlín, porque ha perdido toda utilidad.

Berlín. Viajamos allí antes que a Rusia. El hotel nos ofreció una habitación como pocas veces volvimos a tener. Era invierno y parte del tiempo lo pasamos en aquel lugar blanco y cálido, envueltos en albornoces que parecían abrigos de piel. Aún existía el Checkpoint Charlie, y lo cruzamos.

B. pintaba con pasión. P. también, y además pensaba con mucha agudeza, un buen tipo. Ahora B. es fotógrafa (claro) y de P. solo sé por una foto en la que se le ve igual de serio y reflexivo tras veintitrés años.

Algo sobre el terror, por si piensas que solo existe en los países árabes. El terror es, también, ver llorar a través del skype y no poder traspasar la frontera de la pantalla, tan luminosa, tan oscura. Por eso en Junio de 1992 el periódico publicó: Los riesgos del cara a cara. La inmediata implantación del videoteléfono cambiará muchas actitudes de la sociedad, según los expertos.

Y en noviembre de ese mismo año un experto de verdad, Agustín García Calvo, escribía artículos para una serie larga que tituló El derrumbe del sistema.

Voy a contar cuantos años hace de aquello. Y ¿cuánto hace que los rusos devoraban sus propias reses? Hacia atrás es hacia delante, o es hacia ningún sitio, simplemente es con tanta fuerza, sentido y honestidad como está siendo la actualidad.

No sabría qué más decirte. Ayer activé un archivo con mis datos en una institución y para mi sorpresa aquella base de datos ya los poseía: a mi nombre y apellidos le correspondía una calle, una casa, un distrito y una ciudad del año 1989. Aletargados, los datos empezaron de pronto a explicar cosas con su silencio.

Ir hacia atrás puede ser una forma como cualquier otra de observar lo invisible, lo que ofrece sentido y comprensión al terror, al miedo a la oscuridad, a los sonidos de la casa cuando todos duermen. Si pudiéramos pedir un deseo por haber sobrevivido (desde una casa en paz) a la hambruna rusa y a la guerra yugoslava, yo pediría que el pasado nos concediese algo (solo algo) menos de miedo para avanzar en cualquier dirección, incluida la ruta hacia nuestra memoria.

12 de septiembre de 2012

Difícil saber

Lo recordaba desde esa memoria lejana: un parpadeo que apagaba y encendía una luz sin ninguna regularidad aparente.

Sabia que estaba en algún lugar y que seguía vivo, todo lo demás permanecía borroso. Ni un nombre, ni un lugar para localizar el origen del recuerdo, ni un hilo para tirar de él.

Era, estaba allí y no se dejaba ver del todo. Parpadeaba.

Y había a su alrededor una niebla como la que se ve en un puerto de montaña: sobre las antenas, en la piel del ganado que cruza, salvaje y manso, el monte.

Miré en la estanteria. Reparación de C.K. Williams lo recibí en un paquete en noviembre de 2007.

Difícil saber si el ser humano se muestra especialmente
inquieto
con las crisis, calamidades, desastres, o si los desea
inconscientemente.

Cinco años después, sentado frente a un buen amigo hablamos de Williams y ojeo el libro que ha comprado. El primer poema empieza así:

Al anochecer, ante un sendero, un arroyo,
nos detuvimos, yo nervioso y desanimado
por el sufrimiento de alguien a quien amaba,
la gama con su eterna alarma incipiente.

Durante un tiempo cuando escuchaba "Williams" pensaba en C.K. Williams y también en William Carlos Williams; mejor dicho, no sabía en quien pensaba porque los confundía. Recuerdo que busqué sus fechas de nacimiento, algo sobre cada uno de ellos.

De vuelta a la ciudad busco ese libro de C.K. Williams (Newark, Nueva Jersey, 1936) y en una buena librería solo encuentro Paterson de William Carlos Williams (Rutherford, Nueva Jersey, 1883-1963). Está en la estanteria de la uve doble, en una edición fea. Decido llevármelo, y entonces lo abro:

Y es que el comienzo es con seguridad
el final -ya que no conocemos nada, puro
y simple, más allá
de nuestras propias complejidades.

Y sin entrar en ninguna otra librería sigo buscando El Canto, de C.K. Williams.
Hasta que un día entro y allí está:

La mayor parte de lo que somos es memoria
y la anticipación de recuerdos por llegar.

Solo hay un ejemplar y tiene marcas de haber pasado por varias estanterías: las esquinas algo dobladas, ya nada es blanco en la portada. Me lo llevo.

Aquel parpadeo.

Ahora recuerdo un semáforo con una sola luz, amarilla, señalando algún peligro en mitad de la carretera de montaña: ni cerraba el paso ni lo abría, parecía advertir sobre algo invisible. Había niebla y era de noche, tarde. Creo que volvía a casa y al hacer una curva, pegado al borde de un gran precipicio, el río allá en el fondo, apareció aquella luz portátil. Era invierno y la lluvia había limpiado la nieve de la carretera. Nadie exigía nada.

Ahora, abro El Canto:

Cómo llegar a saber de verdad
cuánto de nuestra mente es memoria, y no menos
qué porción de uno mismo es de los demás
antes que de sí.

11 de septiembre de 2012

Jugar

Jugar a juegos que no conocemos
o jugar con reglas que ha propuesto el otro.

(Jugar es una razón grande para saber algo acerca de la realidad)

5 de septiembre de 2012

Justicia. No la fuerza bruta del derecho

No es esto compañeros, no es esto
por lo que murieron tantas flores,
por lo que lloramos tantos anhelos.
Quizás debamos ser valientes de nuevo
y decir no, amigos, no es esto.
 (...)
 No es esto compañeros, no es esto;
nos dirán que hace falta esperar.
Y esperaremos, bien es cierto que esperaremos.
Es la espera de los que no nos detendremos
hasta que no sea preciso decir, no es esto.

Durante toda la conversación escuché de fondo estos versos escritos por Luis Llach. Permanecí atento a aquella descripción de la imposibilidad, también de la dignidad, y la música de esta canción compuesta hace más de treinta años regresó, aunque hacía mucho que no la había escuchado. Dijo que el sesenta por cien de sus compañeros de trabajo no tendrian contrato este año. Y todavía desconocía de que lado de la balanza caería su caso particular.

He pensado durante un cierto tiempo en abrir una etiqueta con ese primer verso: no es esto compañeros, no es esto. Y lo voy a hacer. Me gustaría que tratara de las cosas que tienen que ver más con la justicia que con el derecho, tal y como lo escribe Simone Weil:

Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de la justicia. (...)
No es imaginable san Francisco de Asís hablando de derecho. (...)
Si se le dice a alguien capaz de escuchar: "Lo que usted me hace no es justo", se puede golpear y despertar, allí donde nace, al espíritu de atención y de amor. No sucede la mismo con palabras como: "Tengo derecho a...", "usted no tiene derecho a..."; encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible desde todos los ángulos cualquier matiz de caridad.

¿Qué quedará de toda esta situación si solo acudimos al derecho?
No es esto compañeros, no es esto.

Así que volví a casa, busqué la canción, me coloqué unos cascos capaz de aislarme de algún tipo de soledad y puse, con todo el volumen soportable, la música de Llach. Y esperé que fuese penetrando en los dos hemisferios cerebrales, que llegara a las circunvoluciones internas, a las más oscuras, al cerebro también reptiliano, a todos los lugares, de lado a lado, con la confianza de que cuando las voces hacen los coros, entonces, el área encargada de la memoria también se activaria y aquello sería un proceso irreversible. Y me pareció un buen ejercicio.

4 de septiembre de 2012

Hacer

Hacerlo, y no juzgarlo mientras se está haciendo.
Para no distanciarme de él: de lo que hago, de lo que estoy haciendo.

1 de septiembre de 2012

Iré a verte

Iré a verte, le dijo.
Llevaré algo para pasar la tarde. Tal vez podamos leer juntos o recoger la última fruta.
Verás que todo es casi igual en todos los sitios, por eso estamos aquí, en cualquier lugar.
Podremos hablar sobre en qué consiste ser valiente, o que quiere decir internarse en los bosques: una vez entré en uno y permanecí en silencio hasta desaparecer. Ojalá nunca lo olvide.
Espérame, no tardaré en llegar. Y si sales a caminar, tal vez puedas ir por el camino por el que llegaré, así nos encontraremos como si fuese una casualidad.
Tendremos tiempo, no te preocupes, no tengo prisa: toda la casa está ya embalada. No queda nada por hacer.

(Tal vez hubiese preferido no estar allí y no escuchar la conversación de aquellos ojos, diminutos y líquidos, a través del teléfono. Salí fuera, busqué el camino de la tierra rojiza. Hacía calor y todo el mundo parecía dormir. Recuerdo haber hablado algo aunque no había nadie cerca. Quise pensar qué habría antes y después de aquella conversación).

31 de agosto de 2012

Una vida a la intemperie

Hay un grabado de Ernst Ludwig Kirchner que se titula Abetos a la intemperie.

Lo observo una y otra vez en la exposición. Los árboles son altos, poderosos, viven en una escena casi nocturna, y por debajo de ellos, diminutas, se intuyen algunas personas pasar. Ahora lo recuerdo lleno de un verde azulado muy oscuro, también con una luz blanquecina, como lunar.

Pienso en la escena, intento recordar el cuadro, también imaginar otras escenas posibles dentro de esa. Alguien camina bajo un árbol inmenso, tal vez dos personas hablan mientras avanzan por el bosque, a la intemperie. O simplemente alguien se interna cerca del silencio de los árboles. Pero sobre todo intento imaginar cómo es la intemperie en ese lugar.

Kirchner se refugiaba en Davos, en los Alpes suizos. Allí era capaz de generar colores y luces que no veía en las calles de Berlín. Ahora ese pueblo suizo es conocido sobre todo por la reunión anual de los poderosos. Si Davos fuera conocido por Kirchner y no por los banqueros estaríamos en otro mundo (mucho mejor).

Viendo las imágenes de su casa, de las montañas, de los grandes prados alpinos, y pensando en cómo ha cambiado ese lugar desde 1919, pienso en Henry David Thoreau y su apuesta por una vida en los bosques, su maravilloso Walden. Busco el libro y lo abro al azar, La laguna en invierno: La naturaleza no hace preguntas ni responde a ninguna de las que formulamos los mortales.

Una vida en los bosques. Una vida a la intemperie.
Sin refugio

30 de agosto de 2012

Má vlast

Desde el valle, depués de cruzar el río, se subía por una carretera de montaña. Vuelta tras vuelta se iba tomando altura y se apreciaba mejor qué bosques habían ardido y cuáles se habían salvado. Aún olía a humo.

Arriba del todo estaba la frontera. En esta parte del mundo todavía hay guardias uniformados (y aburridos) que la custodian. Paré el coche, apagué el motor, abrí las puertas, también la maleta, me situé a un lado, esperé que unos y otros entraran y salieran de él, ellos, los perros, el calor de la media mañana. Y como allí no había nada, con muy pocos gestos dijeron que podía atravesar la frontera y continuar el viaje. Muy poca gente cruzaba ya a través de aquel paso de montaña.

Sin decir una palabra me senté en el asiento, encendí el motor y me sentí a salvo durante unos segundos tras las puertas y los cristales. Arranqué y, no sé la razón, comencé a conducir más despacio de lo habitual y bajo la sensación de encontrarme perdido entre los primeros pinos del otro lado. Sabía donde estaba y sin embargo estaba perdido.

Lejos de la vista de los guardias, a varios kilómetros de su puesto, me detuve. Bajé y en silencio sentí el aire en todo el cuerpo. Los bosques parecían comerse la carretera estrecha: había pinos, pero también abetos y un árbol muy especial, el alerce. Pasado un tiempo decidí continuar, ya iría encontrando el ritmo de aquel descenso. Lo que me confundía no era la extraña escena de la frontera, sino la maldición de quien está en viaje: qué hacía yo en aquel momento y en aquel lugar.

Puse una música antes de arrancar. Lo pensé dos veces y elegí una pieza que contara una historia: Má vlast de Smetana, Mi tierra. Aquella sería la música que me ayudaría a alejarme de aquel país y a asumir la pérdida que ocurre siempre que se atraviesan fronteras. Hasta agradecí a aquellos guardias que hubieran marcado tan bien donde está la línea de separación. Identificar los países no es tan fácil.

Comenzó a sonar. La carretera estaba vacía, hacía mucho sol. Me concentré en escuchar, apenas en conducir. Algo que no era yo guiaba y me salvaba de los precipicios. En aquel lado de la montaña no había habido incendios.

Entonces llegó mi preferida: El moldava, Vltava. Una música sobre el recorrido de todo un río, desde su nacimiento. Y hecha de tal forma que a los pocos compases quien la escucha ya forma parte de ese descenso fluido e inevitable, también gozoso. Seguir los sonidos era la mejor manera de seguir, de no volver la vista atrás, de perder de vista la línea fronteriza hasta no saber en que parte de aquel continente, o de aquella isla, crecían aquellos árboles, había aquella carretera y un coche giraba y giraba con las ventanillas abiertas.

Escuché los seis poemas sinfónicos de Má vlast. Y entre tanto recorrí ciento treinta y cuatro kilómetros. Las cifras pueden ser más o menos opacas, pero cada vez confío más en ellas. Ciento treinta y cuatro son bastantes kilómetros, a pie serían varias jornadas. Me había alejado de la frontera y me había internado en aquel lugar al que me unian tan pocas cosas. Más de un siglo después de su composición, esa música me había ofrecido algo parecido a su fuerza a través de la descripción minuciosa de un río.

Estaba en otro país. El disco se terminó. Todo podía volver a empezar.
Había que esperar.

29 de agosto de 2012

A veces

A veces llego a hacer algo tan bien que no me doy cuenta de que empecé haciéndolo para escapar.
En ese momento es cuando vuelvo a empezar.

28 de agosto de 2012

Acostumbrando la vista

Ordenar y clasificar produce una extraña e ilusoria paz. Colocar en cajones, meter en botes, disponer en la estanteria, hacer etiquetas para las entradas de un blog...

Acostumbrando la vista será la segunda etiqueta que tendrán, a partir de mañana, algunas entradas de este blog.

Son textos muy cortos, escritos entre 2002 y 2007, en una época en la que tras un largo y costoso proceso en algo parecido a una mina, de vez en cuando y tras lavar toneladas de mineral en el río, brillaba una pepita de oro. Por entonces el oro no estaba tan caro, así que el proceso de demolición de la montaña no parecía justificar esos pequeñísimos tesoros: lo encontrado no valía tanto esfuerzo.

Aunque todo depende de como se mire. Pasado un poco de tiempo, y con los años más, descubrí que el brillo de aquel metal precioso era tan intenso que me obligaba a acostumbrar la vista cuando quería mirarlo. A cambio, su brillo generaba una especie de campo magnético que parecía proteger y hasta dirigir lo que de verdad era importante hacer.

Algunas de esas pepitas, en mi caso líneas de fuerza, estarán bajo esta nueva etiqueta, al tiempo que lucharán por salir de ella y por volver a perderse en el río.

As coisas aqui em baixo

Llevar una cuenta:
por ejemplo, tras 69 días y noches las orquídeas mantienen su flor
(Dicen que es una flor del invierno)

Mirando esos cambios pensé en el título de un libro de Lobo Antunes:
Buenas tardes a las cosas de aquí abajo



20 de agosto de 2012




19 de agosto de 2012




18 de agosto de 2012

Un cauce para una llama

A veces las cosas pueden ser más sencillas (e intensas).

Lo realmente decisivo es disponer de un cauce para aquello con lo que uno quiere dialogar. Algo, un dispositivo, un lugar, que permita encauzar lo que de otra forma se extendería sin límite y sin cesar por cualquier superficie que le ofrezcamos.

A partir de ahí hay que pensar que condiciones estamos dispuestos a asumir para ese cauce: cuáles son sus costes, su posible dependencia o independencia, su disponibilidad para las personas con las que nos gustaria hablar.

Y de no existir ese cauce, ¿cuál es el dispositivo que permite que la olla a presión no explote?, ¿cuáles son esos otros cauces que surgen y que ni tan siquiera elegimos?

Hace días que anoté parte de la presentación que Gustavo Martín Garzo hace en uno de sus libros, La habitación de al lado:

Pero se habla sobre todo del gozo humano, un gozo algo pesaroso, extraño. Como si fuéramos portadores de un mensaje, un mensaje que no comprendemos ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros de un mundo desaparecido. Así es nuestra vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso. Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado para otro, aunque no sepamos para qué.

10 de agosto de 2012

Arde la amapola amarilla

Hay que intentarlo.
Y reviso papeles de hace bastantes años. Encuentro un recorte de prensa con la referencia a un libro: El primer trato de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Philippe Delerm. No llegué a leerlo ni a hacerme con él.

Once años después de aquel recorte, hace unos meses, en la radio del coche hablan de este libro y para mi es la primera noticia sobre él. Lo había olvidado por completo. En realidad le dedican un programa en el que intercalan fragmentos del texto con una selección de música especialmente cuidada. Anoto el título y el nombre del autor, me prometo buscarlo y lo hago, pero está agotado. A los pocos días también olvidé esa escena.

Hasta que di con el recorte de hace años.

Llegan los animales del silencio, pero debajo de tu piel
arde la amapola amarilla (...)

escribe Antonio Gamoneda

Intentarlo.
Una pequeña luna amarilla parece estar al final de la carretera, vacía a estas horas de la noche. Viajas (y yo también) despacio, porque es imposible viajar rápido. Hay música en el coche, una música que hace existir de otra manera la noche. Imagino los árboles oscuros que nos cruzamos, aunque apenas se ven.

Miras hacia fuera (yo también). Luego hacia el frente. Y ahí vamos, hasta la luna del final. Oscilando entre nuestro movimiento cíclico y nuestro movimiento impresivible. Esa es la diferencia entre el ritmo del corazón y una conversación.