Cuando cruzas el puente, mientras el coche avanza sobre el vacío, giras un poco la cabeza para poder ver otro puente paralelo.
Muchos días con los párpados bajados, lanzando las manos al vacío para buscar los límites, a veces las paredes, y saber dónde estás. El tacto es más fiable.
Pero de pronto, en la librería, el Tercer libro de crónicas de Antonio Lobo Antunes. Y todo lo demás desaparece, el río se lo lleva. Al instante, como un rayo, puedes entrever que El cielo está en el fondo del mar.
Una descarga de luz que parece colocarlo todo en su lugar.
Pero hay otras: Deberían llover lágrimas cuando pesa mucho el corazón.
Una mujer está muriéndose en un hospital. Sabe que se muere, no es muy mayor. Hace un verano que os invitó un domingo a su casa a comer, al sol, bajo el viento que venía del mar. Y hoy su hijo intenta acercarse a ella y acompañarla, sin saber cómo.
Es posible que los dos estén perdidos. El océano más profundo con su oleaje de color verde oscuro. Deberían llover lágrimas cuando pesa mucho el corazón.
Hace unos días leíste unos versos de Catulo:
Los soles pueden ponerse y salir de nuevo.
Pero para nosotros, cuando esta breve luz se ponga,
no habrá más que una noche eterna
que debe ser dormida
(los transcribe Julio Llamazares en su último libro)
Con los párpados cerrados, una mano agarra con delicadeza, con toda la fuerza posible, la sábana blanca de la cama de hospital. Nadie puede ver el gesto, no hay luz. Los párpados, bajo el peso del corazón, se cierran todavía más. Esta noche.
Ojos no transparentes, del color del musgo en los árboles antiguos. Es un título de Lobo Antunes.
Piensas en como es la luz en la oscuridad y buscas con todo el cuerpo la breve luz. Durante un instante, mientras avanzas sobre el vacío, ahora que los pasillos y las habitaciones hace horas que han apagado las luces.
19 de junio de 2013
1 de junio de 2013
Vivir con el enemigo
Estraste y tuviste que apretar varias veces la tecla del número 9 para que aquella especie de cápsula empezara a moverse. Había treinta y siete teclas en aquel ascensor y todas parecían vivir sin luz. El edificio más alto de la ciudad. Un pequeño rascacielos rodeado de nieve manchada con la tierra de Vorkuta.
Solo en esa larga ascensión. Nadie más, nada. Y el sonido de las poleas.
La planta nueve era amplia y tal vez luminosa. Alguien que sabía que estabas subiendo te esperaba. Las mínimas palabras y con los gestos venga conmigo.
Frente a un armario de madera que iba desde el suelo hasta el techo, frente de un cajón con caracteres que no supiste descifrar, aquel ser pálido pero sonriente se volvió para mirarte y tuviste la sensación que también con gestos quería decir aquí es.
Pensaste que el sentido más antiguo que poseemos es el olfato, así que intentaste saber algo de aquel lugar. Olía a madera, había algo cálido en aquel archivo. Abrió el gran cajón y lo sacó hacia fuera, después se volvió a mirarte como queriendo preguntar si estabas preparado.
Al no hacer nada entendió que sí. Tú no sabías si lo estabas.
Pero antes de empezar quiso acercar una mesa cuadrada y la colocó frente al gran cajón y entre vosotros dos. Lo primero que sacó fue un sobre del mismo color que la madera. Y luego todo lo demás. No era mucho.
Durante el viaje supiste que aquella caja existía, pero ni te habías imaginado frente a ella. Cuando todo estuvo sobre la mesa, sin mirarte, aquel ser respetuoso retrocedió y se alejó, es posible que quisiese decir este tiempo es suyo, también la soledad en que se va a quedar.
Abriste el sobre y sacaste un pequeño legajo de papeles manuscritos, era una caligrafía preciosa y las palabras estaban escritas en un idioma que conocías.
Vivo con mi enemigo, decía la primera hoja. Y una fecha. Salgo a la calle y ya no sé si sabré volver a casa. No quiero dejar de salir porque quiero poder regresar. Pasaste los dedos sobre las letras y la tinta se movió.
Luego una caja azul y dentro algunas fotografías, pocas. Una mujer desnuda mirando a través del cristal, la espalda en sombra, el pelo largo, parecía tranquila. No sabías quien era.
Te sentaste. Había una pequeña acuarela hecha con tanto esmero y cuidado que parecía un icono. Te hubiera gustado acercarte más y olerla, inclinarte ante ella, rezar todo lo que sabías, acariciar aquella planta dibujada junto a un mantel y una mesa tras una comida. Quizás un día feliz en el que apetecía dibujar después de comer y de beber. Dibujaba bien, seguía haciéndolo desde su indiferencia.
Había un pequeño billete de tren del país del que venías, un billete a la ciudad. Y un tosco juguete de madera. Y dentro de una caja los pétalos caídos de una planta que había florecido y entre ellos las alas de una libélula. Habrías esperado encontrar cartas, escritos, pero sobre todo había objetos.
Hacia semanas los cuidadores te habían dado una anotación suya, hablaba de una caja en la que había depositado, decía literalmente, los objetos del amor, de las historias de amor, pero no solo las que ocurren entre las mujeres y los hombres sino también las que suceden, así estaba escrito, entre las personas y las piedras.
¿Qué se podía hacer ahora con esa caja?, ¿qué se puede hacer con esas cajas? Estuviste tentado de sacar la cámara y fotografiarlo todo, pieza a pieza. Pero retrocediste a tiempo y no lo hiciste, y te alegra haberte dado cuenta que frente a lo que no se puede descifrar hay que saber callar para permanecer cerca, acercándose.
Luego un papel, doblado por la mitad, con la dirección de un hotel lejano. Y al desdoblarlo encontraste una lista de nombres para alguien que pronto va a nacer. Allí estaba tu nombre.
Solo en esa larga ascensión. Nadie más, nada. Y el sonido de las poleas.
La planta nueve era amplia y tal vez luminosa. Alguien que sabía que estabas subiendo te esperaba. Las mínimas palabras y con los gestos venga conmigo.
Frente a un armario de madera que iba desde el suelo hasta el techo, frente de un cajón con caracteres que no supiste descifrar, aquel ser pálido pero sonriente se volvió para mirarte y tuviste la sensación que también con gestos quería decir aquí es.
Pensaste que el sentido más antiguo que poseemos es el olfato, así que intentaste saber algo de aquel lugar. Olía a madera, había algo cálido en aquel archivo. Abrió el gran cajón y lo sacó hacia fuera, después se volvió a mirarte como queriendo preguntar si estabas preparado.
Al no hacer nada entendió que sí. Tú no sabías si lo estabas.
Pero antes de empezar quiso acercar una mesa cuadrada y la colocó frente al gran cajón y entre vosotros dos. Lo primero que sacó fue un sobre del mismo color que la madera. Y luego todo lo demás. No era mucho.
Durante el viaje supiste que aquella caja existía, pero ni te habías imaginado frente a ella. Cuando todo estuvo sobre la mesa, sin mirarte, aquel ser respetuoso retrocedió y se alejó, es posible que quisiese decir este tiempo es suyo, también la soledad en que se va a quedar.
Abriste el sobre y sacaste un pequeño legajo de papeles manuscritos, era una caligrafía preciosa y las palabras estaban escritas en un idioma que conocías.
Vivo con mi enemigo, decía la primera hoja. Y una fecha. Salgo a la calle y ya no sé si sabré volver a casa. No quiero dejar de salir porque quiero poder regresar. Pasaste los dedos sobre las letras y la tinta se movió.
Luego una caja azul y dentro algunas fotografías, pocas. Una mujer desnuda mirando a través del cristal, la espalda en sombra, el pelo largo, parecía tranquila. No sabías quien era.
Te sentaste. Había una pequeña acuarela hecha con tanto esmero y cuidado que parecía un icono. Te hubiera gustado acercarte más y olerla, inclinarte ante ella, rezar todo lo que sabías, acariciar aquella planta dibujada junto a un mantel y una mesa tras una comida. Quizás un día feliz en el que apetecía dibujar después de comer y de beber. Dibujaba bien, seguía haciéndolo desde su indiferencia.
Había un pequeño billete de tren del país del que venías, un billete a la ciudad. Y un tosco juguete de madera. Y dentro de una caja los pétalos caídos de una planta que había florecido y entre ellos las alas de una libélula. Habrías esperado encontrar cartas, escritos, pero sobre todo había objetos.
Hacia semanas los cuidadores te habían dado una anotación suya, hablaba de una caja en la que había depositado, decía literalmente, los objetos del amor, de las historias de amor, pero no solo las que ocurren entre las mujeres y los hombres sino también las que suceden, así estaba escrito, entre las personas y las piedras.
¿Qué se podía hacer ahora con esa caja?, ¿qué se puede hacer con esas cajas? Estuviste tentado de sacar la cámara y fotografiarlo todo, pieza a pieza. Pero retrocediste a tiempo y no lo hiciste, y te alegra haberte dado cuenta que frente a lo que no se puede descifrar hay que saber callar para permanecer cerca, acercándose.
Luego un papel, doblado por la mitad, con la dirección de un hotel lejano. Y al desdoblarlo encontraste una lista de nombres para alguien que pronto va a nacer. Allí estaba tu nombre.
27 de mayo de 2013
El gamelán de la isla de Java
En un extremo del jardín crece una planta que lanza sus pequeños brotes verdes hacia el vacío. Parecen irradiaciones sin sentido y luchan durante días, milímetro a milímetro por alcanzar algo que siempre está lejos, al tiempo que su propio peso las inclina y aleja de algún lugar firme. Siguen en el vacío.
Pero hoy, una de ellas alcanzó la pared y rápidamente comenzó a disponer sus filamentos sobre el cemento. Parecía entregada a descansar y luego a ascender hasta el final del muro, tras el que vuelve a haber más vacío.
Los filamentos de los seres vivos.
Puse en práctica una costumbre que aprendí en la Trapa: cavar en una esquina del jardín la fosa en que me habría gustado ser enterrado si es que moría en aquel lugar. Acto seguido la bendije con un sencillo ceremonial. Hice esto mismo en todos los puntos del Sahara donde viví. Ver mi propia tumba y pensar en mi muerte me ha ayudado siempre a vivir mejor: más intensa y conscientemente,
escribe Pablo d'Ors en El olvido de sí.
Es difícil ver los filamentos a plena luz del día. Por la noche se aprecian mejor. Tal vez porque es el momento del día en que ya nada cabe esperar, todo está terminado o nada más puede hacerse. Unos instantes que no son de descanso sino de entrega, apenas iluminados, igual que la llama de todo lo que es frágil, tan decidida a cruzar el vacío.
A veces, por azar casi, en un bar de alguna ciudad, por ejemplo hace unos días.
Entras a comer algo, lo que quede. Y, de pronto, aquel ambiente de ruidos hostiles se transforma en algo cálido, simplemente porque ese es el único lugar. Además los camareros son amables y además hay comida. Así que no hay prisa y puedes sentarte en una mesa, casi a la medianoche, a leer el periódico del día, ya casi pasado. Es cierto que las hojas están sucias, pero la concentración permite que aún huelan a tinta y que parezca una mañana radiante.
Georges Moustaki ha muerto hace un día, lees. Apenas lo has escuchado pero sientes una cercanía cálida hacia él: da gusto verlo sobre esa motocicleta, en la fotografía. No sabes por qué pero Moustaki te recuerda a José Agustín Goytisolo y a Palabras para Julia, aunque en tu cabeza la imagen que tienes es la de Agustín García Calvo. Ya no sabes quién es quién.
Los bares nocturnos, solo aquellos que no tienen más pretensión que ser un bar perdido, son grandes lugares de paz, tal vez porque representan todo lo pasajero de ese tiempo compartido entre trabajadores cansados y gente que, por alguna razón, no está al calor de ninguna casa. En esos instantes todo está perdido y, sin hacer nada, obra el milagro: todo está ganado. No hay nada que ganar. Y ese umbral es algo cálido.
Después, al subir en el coche y adentrarte en la oscuridad, comenzó a sonar en la radio una preciosa música de la isla de Java.
Pero hoy, una de ellas alcanzó la pared y rápidamente comenzó a disponer sus filamentos sobre el cemento. Parecía entregada a descansar y luego a ascender hasta el final del muro, tras el que vuelve a haber más vacío.
Los filamentos de los seres vivos.
Puse en práctica una costumbre que aprendí en la Trapa: cavar en una esquina del jardín la fosa en que me habría gustado ser enterrado si es que moría en aquel lugar. Acto seguido la bendije con un sencillo ceremonial. Hice esto mismo en todos los puntos del Sahara donde viví. Ver mi propia tumba y pensar en mi muerte me ha ayudado siempre a vivir mejor: más intensa y conscientemente,
escribe Pablo d'Ors en El olvido de sí.
Es difícil ver los filamentos a plena luz del día. Por la noche se aprecian mejor. Tal vez porque es el momento del día en que ya nada cabe esperar, todo está terminado o nada más puede hacerse. Unos instantes que no son de descanso sino de entrega, apenas iluminados, igual que la llama de todo lo que es frágil, tan decidida a cruzar el vacío.
A veces, por azar casi, en un bar de alguna ciudad, por ejemplo hace unos días.
Entras a comer algo, lo que quede. Y, de pronto, aquel ambiente de ruidos hostiles se transforma en algo cálido, simplemente porque ese es el único lugar. Además los camareros son amables y además hay comida. Así que no hay prisa y puedes sentarte en una mesa, casi a la medianoche, a leer el periódico del día, ya casi pasado. Es cierto que las hojas están sucias, pero la concentración permite que aún huelan a tinta y que parezca una mañana radiante.
Georges Moustaki ha muerto hace un día, lees. Apenas lo has escuchado pero sientes una cercanía cálida hacia él: da gusto verlo sobre esa motocicleta, en la fotografía. No sabes por qué pero Moustaki te recuerda a José Agustín Goytisolo y a Palabras para Julia, aunque en tu cabeza la imagen que tienes es la de Agustín García Calvo. Ya no sabes quién es quién.
Los bares nocturnos, solo aquellos que no tienen más pretensión que ser un bar perdido, son grandes lugares de paz, tal vez porque representan todo lo pasajero de ese tiempo compartido entre trabajadores cansados y gente que, por alguna razón, no está al calor de ninguna casa. En esos instantes todo está perdido y, sin hacer nada, obra el milagro: todo está ganado. No hay nada que ganar. Y ese umbral es algo cálido.
Después, al subir en el coche y adentrarte en la oscuridad, comenzó a sonar en la radio una preciosa música de la isla de Java.
13 de mayo de 2013
Vámonos a casa
Dijo:
vámonos a casa.
Y sonó con tal decisión, con tal sentido de normalidad, que durante un momento sentiste que había una casa a la que volver.
De un golpe seco la herramienta se hundió.
Pero con la tierra removida vino un ser hinchado y somnoliento, enroscado sobre si mismo, que aguardaba en la profundidad una señal sobre su nacimiento. Ciego.
Hay silencio. En la calle, en la carretera. No hay líneas en el cielo. Pero pronto habitaremos otros planetas y viajaremos hasta ellos en un disco de oro puro que girando sobre si mismo, y a altísimas velocidades, nos protegerá del riesgo de arder cada vez que salgamos de nuestra atmósfera.
Escuchas el último cuarteto de Shostakovich, el No. 15, Op. 14. ¿Cómo se llega donde está esta música?, ¿cómo sobrevivir cuando no hay nada más ya? Los seis movimientos están recorridos por la vibración del final, también por el instante previo al nacimiento. Cada sonido es una onda más profunda.
Después, querías decir algo pero no había nada en tu voz. Tampoco personas. Pero sí grandes troncos de árboles y también recuerdos, ganas de viajar contigo en un disco de oro, una rara nave espacial capaz de mecernos mientras atravesamos dentelladas de fuego.
Vámonos a casa
en voz baja sin prisa con urgencia salgamos de aquí desaparezcamos hundámonos junto a los seres que aguardan su nacimiento o desistamos para poder viajar lejos muy cerca.
Terminó la música.
Con esos seis Adagios del descenso regresó tu voz.
Y en la caída aún pudimos vibrar como los insectos nocturnos del calor.
Seguramente fue el rozamiento con el aire, o con la tierra negra.
Olores que tienen la precisión de un mapa.
vámonos a casa.
Y sonó con tal decisión, con tal sentido de normalidad, que durante un momento sentiste que había una casa a la que volver.
De un golpe seco la herramienta se hundió.
Pero con la tierra removida vino un ser hinchado y somnoliento, enroscado sobre si mismo, que aguardaba en la profundidad una señal sobre su nacimiento. Ciego.
Hay silencio. En la calle, en la carretera. No hay líneas en el cielo. Pero pronto habitaremos otros planetas y viajaremos hasta ellos en un disco de oro puro que girando sobre si mismo, y a altísimas velocidades, nos protegerá del riesgo de arder cada vez que salgamos de nuestra atmósfera.
Escuchas el último cuarteto de Shostakovich, el No. 15, Op. 14. ¿Cómo se llega donde está esta música?, ¿cómo sobrevivir cuando no hay nada más ya? Los seis movimientos están recorridos por la vibración del final, también por el instante previo al nacimiento. Cada sonido es una onda más profunda.
Después, querías decir algo pero no había nada en tu voz. Tampoco personas. Pero sí grandes troncos de árboles y también recuerdos, ganas de viajar contigo en un disco de oro, una rara nave espacial capaz de mecernos mientras atravesamos dentelladas de fuego.
Vámonos a casa
en voz baja sin prisa con urgencia salgamos de aquí desaparezcamos hundámonos junto a los seres que aguardan su nacimiento o desistamos para poder viajar lejos muy cerca.
Terminó la música.
Con esos seis Adagios del descenso regresó tu voz.
Y en la caída aún pudimos vibrar como los insectos nocturnos del calor.
Seguramente fue el rozamiento con el aire, o con la tierra negra.
Olores que tienen la precisión de un mapa.
1 de mayo de 2013
Una carpeta y una colmena
Tenía los dedos gruesos y amarillentos. Pero los movía con una elegancia y una precisión que no parecían de aquellas manos.
La punta de todos los dedos estaba manchada de un polvillo verdoso, casi amarillento, finísimo, que todo lo recubría. Lo podías ver porque estabas muy cerca, a su lado en la mesa. Era casi imposible saber si te había visto, concentrado en aquel ir y venir laborioso que lo asemejaba más a un insecto bondadoso que a alguien que había luchado en una guerra y que había matado con aquellas mismas manos.
En la sala no habría más de ocho o diez personas, o pacientes, o enfermos, o gente olvidada. En uno de los laterales una mujer alta y huesuda parecía buscar una música que había olvidado entre las teclas de un piano de pared, un instrumento viejo y bastante desafinado que también ella recorría con el orden de los insectos. Tocaba unos acordes y luego se detenía, bajaba la cabeza, cerraba los ojos y pronto volvía a abrirlos, iniciaba la nueva secuencia de movimientos como si aquella vez fuese la definitiva. Pero a los segundos la música se volvía a interrumpir y a nadie parecía extrañarle.
Pensaste que todas aquellas personas aceptaban lo que ocurría día tras día en aquella sala. Y que lo mejor que podías hacer, ya que nadie te pedía nada era observar y, aunque no pudiese apreciarlo, dedicar tu atención a quien habías venido a ver.
La mesa sobre la que apoyabas los codos tenía algo de parecido al estudio de un pintor. Había un bote de metal con una cola blanca que parecía la de un carpintero y había dos o tres pinceles y una botella de plástico, cortada por la mitad, con agua. El trabajo consistía en separar minuciosamente los pétalos de todas las flores que había en un plato de aluminio y luego pegarlos en una gran hoja blanca con aquella cola casi transparente. Así, una flor tras otra, en un movimiento que por sistemático y calmado llegaba a ser hipnótico.
Una de las cuidadoras, una mujer mayor con la que te conseguiste entender, te había explicado que esa era su tarea desde hacía varios meses: recogía del suelo las flores que las plantas habían dejado caer, las guardaba y clasificaba según un orden indescifrable y luego, de alguna manera, buscaba reconstruirlas sobre un papel, aunque con otra forma y otros colores, porque las entremezclaba.
Sabías que las tareas repetitivas siempre habían sido promovidas en los psiquiátricos, en los manicomios que recogían a los deshauciados de la pobre salud mental de casi cualquier país. Habías visto como los cuidadores les encargaban trocear minuciosamente periódicos hasta reducirlos a pequeños cuadraditos de no más de un centímetro de lado. Y también habías visto como, con esa actividad, la calma parecía ir llegando a los cuerpos angustiados y sin orientación. Pero nunca habías conocido a alguien que reconstruyese flores sobre una hoja en blanco como si estuviese tejiendo una planta.
Te pareció sentir también en ti la paz que produce la repetición. Todo lo que ocurría allí recordaba algo cíclico y básico. Durante una tarde, alguien buscaba algo en el piano mientras otro alguien construía una planta. La colmena trabajaba con precisión y constancia para elaborar la mejor miel: buscar las mejores flores, libar, ir y venir y esperar, sin saberlo, que alguien recojiese el fruto de todo ese viaje aéreo. Pero aquella miel no sería recogida. Las hojas blancas ya cubiertas se acumulaban en una estantería.
Pensaste en que solo quedabas tú con interés por seguir viaje junto a aquella carpeta. Y cuando volviste a mirar sus dedos te diste cuenta que aquel polvillo verdoso que los cubría no era otra cosa que el polen de todas aquellas flores, semillas que la cola blanca había unido a la piel.
La punta de todos los dedos estaba manchada de un polvillo verdoso, casi amarillento, finísimo, que todo lo recubría. Lo podías ver porque estabas muy cerca, a su lado en la mesa. Era casi imposible saber si te había visto, concentrado en aquel ir y venir laborioso que lo asemejaba más a un insecto bondadoso que a alguien que había luchado en una guerra y que había matado con aquellas mismas manos.
En la sala no habría más de ocho o diez personas, o pacientes, o enfermos, o gente olvidada. En uno de los laterales una mujer alta y huesuda parecía buscar una música que había olvidado entre las teclas de un piano de pared, un instrumento viejo y bastante desafinado que también ella recorría con el orden de los insectos. Tocaba unos acordes y luego se detenía, bajaba la cabeza, cerraba los ojos y pronto volvía a abrirlos, iniciaba la nueva secuencia de movimientos como si aquella vez fuese la definitiva. Pero a los segundos la música se volvía a interrumpir y a nadie parecía extrañarle.
Pensaste que todas aquellas personas aceptaban lo que ocurría día tras día en aquella sala. Y que lo mejor que podías hacer, ya que nadie te pedía nada era observar y, aunque no pudiese apreciarlo, dedicar tu atención a quien habías venido a ver.
La mesa sobre la que apoyabas los codos tenía algo de parecido al estudio de un pintor. Había un bote de metal con una cola blanca que parecía la de un carpintero y había dos o tres pinceles y una botella de plástico, cortada por la mitad, con agua. El trabajo consistía en separar minuciosamente los pétalos de todas las flores que había en un plato de aluminio y luego pegarlos en una gran hoja blanca con aquella cola casi transparente. Así, una flor tras otra, en un movimiento que por sistemático y calmado llegaba a ser hipnótico.
Una de las cuidadoras, una mujer mayor con la que te conseguiste entender, te había explicado que esa era su tarea desde hacía varios meses: recogía del suelo las flores que las plantas habían dejado caer, las guardaba y clasificaba según un orden indescifrable y luego, de alguna manera, buscaba reconstruirlas sobre un papel, aunque con otra forma y otros colores, porque las entremezclaba.
Sabías que las tareas repetitivas siempre habían sido promovidas en los psiquiátricos, en los manicomios que recogían a los deshauciados de la pobre salud mental de casi cualquier país. Habías visto como los cuidadores les encargaban trocear minuciosamente periódicos hasta reducirlos a pequeños cuadraditos de no más de un centímetro de lado. Y también habías visto como, con esa actividad, la calma parecía ir llegando a los cuerpos angustiados y sin orientación. Pero nunca habías conocido a alguien que reconstruyese flores sobre una hoja en blanco como si estuviese tejiendo una planta.
Te pareció sentir también en ti la paz que produce la repetición. Todo lo que ocurría allí recordaba algo cíclico y básico. Durante una tarde, alguien buscaba algo en el piano mientras otro alguien construía una planta. La colmena trabajaba con precisión y constancia para elaborar la mejor miel: buscar las mejores flores, libar, ir y venir y esperar, sin saberlo, que alguien recojiese el fruto de todo ese viaje aéreo. Pero aquella miel no sería recogida. Las hojas blancas ya cubiertas se acumulaban en una estantería.
Pensaste en que solo quedabas tú con interés por seguir viaje junto a aquella carpeta. Y cuando volviste a mirar sus dedos te diste cuenta que aquel polvillo verdoso que los cubría no era otra cosa que el polen de todas aquellas flores, semillas que la cola blanca había unido a la piel.
30 de abril de 2013
Mapa
El mapa de los afectos se hace y se deshace en el agua oscura.
Observas el río y ves cómo se dibuja en esos brillos ondulantes. Es una corriente profunda, con árboles que ascienden a la superficie para que sus hojas crucen esa línea viva, plantas que se agarran a un fondo del que se sabe poco. Nada que ver con lo que debería ser: a cada segundo todo vuelve a existir como es en ese momento. Un mapa que no permite repetir el viaje. Mientras traza sus líneas, antes de acabar, ya las reforma. Abro el libro: Aunque es medianoche, el amanecer está aquí; aunque llega el amanecer, es de noche. Saber llegar hasta donde existen afectos con esa ondulación.
Observas el río y ves cómo se dibuja en esos brillos ondulantes. Es una corriente profunda, con árboles que ascienden a la superficie para que sus hojas crucen esa línea viva, plantas que se agarran a un fondo del que se sabe poco. Nada que ver con lo que debería ser: a cada segundo todo vuelve a existir como es en ese momento. Un mapa que no permite repetir el viaje. Mientras traza sus líneas, antes de acabar, ya las reforma. Abro el libro: Aunque es medianoche, el amanecer está aquí; aunque llega el amanecer, es de noche. Saber llegar hasta donde existen afectos con esa ondulación.
28 de abril de 2013
Una red difusa
Unas anotaciones sobre la mesa de la cocina, cerca del frutero y de todos los medicamentos. Una cocina que no conozco, un espacio luminoso y un lugar terrible:
Una red que nos soporta sin tocarnos, que apenas sabe nada de nosotros y aún menos nosotros de ella, que ofrece un soporte invisible bajo los pies. Algo sobre el peligro y el cuidado, cuando todo se transforma a la vez que es destruido. Una malla que tiembla en una agitación invisible: saltamos y caemos sobre ella, pero en realidad, existimos sin ella, a pesar de ella. Sobrevivimos porque nos salva la vida. Y también porque nos sumerge en ella.
Una red que nunca ha existido.
Una red que nos soporta sin tocarnos, que apenas sabe nada de nosotros y aún menos nosotros de ella, que ofrece un soporte invisible bajo los pies. Algo sobre el peligro y el cuidado, cuando todo se transforma a la vez que es destruido. Una malla que tiembla en una agitación invisible: saltamos y caemos sobre ella, pero en realidad, existimos sin ella, a pesar de ella. Sobrevivimos porque nos salva la vida. Y también porque nos sumerge en ella.
Una red que nunca ha existido.
25 de abril de 2013
Hiziki
Al menos dí algo. Haz una señal. Sabré leerla, me he estado preparando para eso. Mi mayor aportación podría ser: estoy aquí, intento estar preparado.
Un día iba a escribir algo parecido, pero no era el momento. Pensé en la ambigüedad de los límites, en qué nos indica, por ejemplo, que el final de la calle tampoco es un final. Pensé en los bosques, en como se extienden, en los árboles creciendo en el borde de algo que también es bosque pero con otra luz.
Otro día pensaba que no merecía la pena enviar la carta que comenzaba a tener en la cabeza (eso puede ocurrir casi todos los días). Hasta que deja de ocurrir. Es necesario salir de una ruta que conduce, seguro, a una emboscada, la de los patrones fijos y repetitivos.
Y así durante treinta y una veces. Nada era suficiente. Nunca era suficiente. Y, con esa especie de límite impuesto, los árboles se fueron quedando sin luz cada vez más adentro del bosque.
Hasta que llegó un sonido que balbucía algo que no podía ser entendido. Parecía otro lenguaje, pero era oscuro y también oscureció tu cuerpo. La voz perdió la complejidad de la música: no había posibilidad de nombrar. No había nombres pero sí objetos, no había palabras aunque el cuerpo estuviese cerca.
Al menos dí algo. Y no decías nada. Por dentro, en el mayor de los secretos, tal vez observases con impotencia como un planeta se interponía en la trayectoría de otro planeta. Y como la luz casi desaparecía. Sabré leer en el interior de tus ojos. Solo con tocarte. Escucharé.
Ictus es una palabra preciosa. Me recuerda la forma de un alga, una de esas plantas cuya raíz solo sirve para sujetarla a las rocas, una raíz a través de la que no se alimenta. Estoy preparado, pensaba. Me alimentaré a través de toda la superficie, no hace falta la raíz, como las algas. Hiziki.
Sentí que, desde dentro, pensábamos en esas dos palabras. A tu alrededor todo se movía a través de olas gigantes que no emitían ningún sonido. Los ríos se llenaban de agua salada y no tenían capacidad de empujar el mar hacia donde debe estar: la alta mar. Así que la mejor tierra fértil quedó cubierta por una fina capa de sal.
Allí no crecería el hiziki, porque necesita rocas y agua en movimiento, y mareas y olas, y animales que serpenteen entre ella. Necesita algo parecido a la alta mar pero cerca de la tierra.
¿Sabes? Cuando me hagas una señal viajaremos hasta donde haya hiziki. No está lejos. Es cerca de donde ahora tú estás. Lo recogeremos y lo dejaremos secar. Luego esperaremos, tal vez, a que se haga invierno. Y haremos unos caldos olorosos. Y todo el mundo sabrá que estamos juntos porque la señal será que huele a mar en el interior de los bosques.
Tras treinta y una medidas de algo que resulta innombrable, uno de los días que más despierto estaba, hiciste una señal. Fue suave y apenas se podía oir. Fue suficiente.
Un día iba a escribir algo parecido, pero no era el momento. Pensé en la ambigüedad de los límites, en qué nos indica, por ejemplo, que el final de la calle tampoco es un final. Pensé en los bosques, en como se extienden, en los árboles creciendo en el borde de algo que también es bosque pero con otra luz.
Otro día pensaba que no merecía la pena enviar la carta que comenzaba a tener en la cabeza (eso puede ocurrir casi todos los días). Hasta que deja de ocurrir. Es necesario salir de una ruta que conduce, seguro, a una emboscada, la de los patrones fijos y repetitivos.
Y así durante treinta y una veces. Nada era suficiente. Nunca era suficiente. Y, con esa especie de límite impuesto, los árboles se fueron quedando sin luz cada vez más adentro del bosque.
Hasta que llegó un sonido que balbucía algo que no podía ser entendido. Parecía otro lenguaje, pero era oscuro y también oscureció tu cuerpo. La voz perdió la complejidad de la música: no había posibilidad de nombrar. No había nombres pero sí objetos, no había palabras aunque el cuerpo estuviese cerca.
Al menos dí algo. Y no decías nada. Por dentro, en el mayor de los secretos, tal vez observases con impotencia como un planeta se interponía en la trayectoría de otro planeta. Y como la luz casi desaparecía. Sabré leer en el interior de tus ojos. Solo con tocarte. Escucharé.
Ictus es una palabra preciosa. Me recuerda la forma de un alga, una de esas plantas cuya raíz solo sirve para sujetarla a las rocas, una raíz a través de la que no se alimenta. Estoy preparado, pensaba. Me alimentaré a través de toda la superficie, no hace falta la raíz, como las algas. Hiziki.
Sentí que, desde dentro, pensábamos en esas dos palabras. A tu alrededor todo se movía a través de olas gigantes que no emitían ningún sonido. Los ríos se llenaban de agua salada y no tenían capacidad de empujar el mar hacia donde debe estar: la alta mar. Así que la mejor tierra fértil quedó cubierta por una fina capa de sal.
Allí no crecería el hiziki, porque necesita rocas y agua en movimiento, y mareas y olas, y animales que serpenteen entre ella. Necesita algo parecido a la alta mar pero cerca de la tierra.
¿Sabes? Cuando me hagas una señal viajaremos hasta donde haya hiziki. No está lejos. Es cerca de donde ahora tú estás. Lo recogeremos y lo dejaremos secar. Luego esperaremos, tal vez, a que se haga invierno. Y haremos unos caldos olorosos. Y todo el mundo sabrá que estamos juntos porque la señal será que huele a mar en el interior de los bosques.
Tras treinta y una medidas de algo que resulta innombrable, uno de los días que más despierto estaba, hiciste una señal. Fue suave y apenas se podía oir. Fue suficiente.
24 de marzo de 2013
Aeterna
De camino al concierto escuché en la radio del coche una historia que según creo es verídica y que se recoge en la película Todas las mañanas del mundo.
Trata de Monsieur de Sainte-Colombe, un violagambista francés del siglo XVII, que tras tras la muerte de su mujer entra en un mundo de dolor y tristeza que solo consigue apaciguar con la música. Construye una cabaña en un árbol para poder tocar horas y horas, muchas veces por la noche, y así no molestar el sueño de sus dos hijas pequeñas, es su manera de evocar una presencia que ya no está. Entonces, un joven músico, Marin Marais, busca la manera de acercarse al maestro y trata de ser su alumno, de aprender y conocer algunos secretos de la música.
En mitad de la carretera, tras Les Pleurs de Monsieur de Sainte-Colombe sonó otra pieza que de alguna manera dialogaba con ella: My Lady Carey's Dompe, interpretada al clave por Rosa Rodríguez Santos.
Y desde los primeros sonidos, supe que aquella música había venido para quedarse muy cerca. Desde que empezó a sonar no se ha podido alejar ni un milímetro de la piel. Es una pieza anónima del siglo XVI que, según parece, es el lamento por la desaparición de otra mujer.
Alguien camina con su dolor sobre las teclas de un clave. Una mano insiste en una repetición casi continua mientras la otra escribe, casi improvisa, sobre los sonidos de la primera. Una obsesión y también un camino aéreo. Son sonidos con apariencia de danza, tal vez por sus repeticiones, que también recuerdan la melancolía de algunas canciones populares. Pero van más allá, sobre todo cuando el intérprete desarrolla la elegía, el dolor y el lamento que se alojan en su interior.
No se me va de la cabeza.
Cuando aparqué el coche frente a la sala de conciertos, ya casi de noche, escuché los poco más de dos minutos de My Lady Carey's Dompe una y otra vez, en un auténtico obstinato. Buscaba algo entre aquella música y cuanto más lo sentía más subía a la cabaña sobre el árbol.
Después, un concierto excepcional: Harry Christophers dirigiendo a la RFG y al coro The Sixteen, interpretando el Réquiem de Mozart además de una pieza de Haydn y el Miserere de James Macmillan.
Las voces de The Sixteen resultaron excepcionales y la emoción con la que sonó el Réquiem también lo fue. La música me pareció que cruzaba la sala en auténticas ondas de oscuridad. Mientras una parte de mi recordaba el lamento que había escuchado durante el viaje, otra parte seguía el recorrido que hay entre el Réquiem aeternam y el Lux aeterna (cuatro palabras preciosas).
Sonidos de las ausencias.
Trata de Monsieur de Sainte-Colombe, un violagambista francés del siglo XVII, que tras tras la muerte de su mujer entra en un mundo de dolor y tristeza que solo consigue apaciguar con la música. Construye una cabaña en un árbol para poder tocar horas y horas, muchas veces por la noche, y así no molestar el sueño de sus dos hijas pequeñas, es su manera de evocar una presencia que ya no está. Entonces, un joven músico, Marin Marais, busca la manera de acercarse al maestro y trata de ser su alumno, de aprender y conocer algunos secretos de la música.
En mitad de la carretera, tras Les Pleurs de Monsieur de Sainte-Colombe sonó otra pieza que de alguna manera dialogaba con ella: My Lady Carey's Dompe, interpretada al clave por Rosa Rodríguez Santos.
Y desde los primeros sonidos, supe que aquella música había venido para quedarse muy cerca. Desde que empezó a sonar no se ha podido alejar ni un milímetro de la piel. Es una pieza anónima del siglo XVI que, según parece, es el lamento por la desaparición de otra mujer.
Alguien camina con su dolor sobre las teclas de un clave. Una mano insiste en una repetición casi continua mientras la otra escribe, casi improvisa, sobre los sonidos de la primera. Una obsesión y también un camino aéreo. Son sonidos con apariencia de danza, tal vez por sus repeticiones, que también recuerdan la melancolía de algunas canciones populares. Pero van más allá, sobre todo cuando el intérprete desarrolla la elegía, el dolor y el lamento que se alojan en su interior.
No se me va de la cabeza.
Cuando aparqué el coche frente a la sala de conciertos, ya casi de noche, escuché los poco más de dos minutos de My Lady Carey's Dompe una y otra vez, en un auténtico obstinato. Buscaba algo entre aquella música y cuanto más lo sentía más subía a la cabaña sobre el árbol.
Después, un concierto excepcional: Harry Christophers dirigiendo a la RFG y al coro The Sixteen, interpretando el Réquiem de Mozart además de una pieza de Haydn y el Miserere de James Macmillan.
Las voces de The Sixteen resultaron excepcionales y la emoción con la que sonó el Réquiem también lo fue. La música me pareció que cruzaba la sala en auténticas ondas de oscuridad. Mientras una parte de mi recordaba el lamento que había escuchado durante el viaje, otra parte seguía el recorrido que hay entre el Réquiem aeternam y el Lux aeterna (cuatro palabras preciosas).
Sonidos de las ausencias.
19 de marzo de 2013
Carta
Lo leí y no recuerdo dónde: no basta con la lucidez.
Tal vez la lucidez se pueda parecer a la figura en algún retrato, nítida y vibrante. Pero el fondo es todo lo demás, aquello de apariencia menos luminosa pero que todo lo abarca. Y en el fondo, entre otras muchas cosas, está el juego, y es posible que en el juego nos vaya la vida. Por eso deberíamos tomárnoslo muy en serio.
Pero además, la lucidez, en el mejor de los casos, es un fragmento de luz personal que tal vez no pueda iluminar otros fondos. Y, por lo general, cuesta tanto llegar a ella que, a partir de ahí, todo serán defensas del terreno conquistado a la aridez del salitre.
Otra cosa son las ganas de jugar: presentes en el inconsciente de una especie que conoce el miedo, la lluvia, la cercanía, la soledad, el amor, el odio o la rabia. También la noche.
La lucidez no basta porque, en determinados ámbitos, siempre tiene algo de crítica excesiva. Y la hipercrítica (lo escribió Javier Gomá en el periódico) es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor.
Es casi imposible que el juego seque las fuentes del entusiasmo: subir río arriba, siempre hacia las fuentes, ¿recuerdas?.
Jugar no es difícil, lo difícil es querer jugar. Es cierto que en ese mundo interno existe más incertidumbre que fuera y es posible que permanezcan enquistados algunos miedos de la infancia, algunos olores. Todo eso puede ser cierto pero no puede paralizarnos.
Sumergidos en las voces del juego, callamos: no tenemos aliento para la palabrería mientras nos vamos moviendo sobre un fondo cambiante, intenso siempre, siempre atractivo, vivo. Vamos hacia lo mejor de nosotros.
Pensaba estas cosas,
(es una manera de decirte cuanto echo de menos jugar contigo).
Tal vez la lucidez se pueda parecer a la figura en algún retrato, nítida y vibrante. Pero el fondo es todo lo demás, aquello de apariencia menos luminosa pero que todo lo abarca. Y en el fondo, entre otras muchas cosas, está el juego, y es posible que en el juego nos vaya la vida. Por eso deberíamos tomárnoslo muy en serio.
Pero además, la lucidez, en el mejor de los casos, es un fragmento de luz personal que tal vez no pueda iluminar otros fondos. Y, por lo general, cuesta tanto llegar a ella que, a partir de ahí, todo serán defensas del terreno conquistado a la aridez del salitre.
Otra cosa son las ganas de jugar: presentes en el inconsciente de una especie que conoce el miedo, la lluvia, la cercanía, la soledad, el amor, el odio o la rabia. También la noche.
La lucidez no basta porque, en determinados ámbitos, siempre tiene algo de crítica excesiva. Y la hipercrítica (lo escribió Javier Gomá en el periódico) es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor.
Es casi imposible que el juego seque las fuentes del entusiasmo: subir río arriba, siempre hacia las fuentes, ¿recuerdas?.
Jugar no es difícil, lo difícil es querer jugar. Es cierto que en ese mundo interno existe más incertidumbre que fuera y es posible que permanezcan enquistados algunos miedos de la infancia, algunos olores. Todo eso puede ser cierto pero no puede paralizarnos.
Sumergidos en las voces del juego, callamos: no tenemos aliento para la palabrería mientras nos vamos moviendo sobre un fondo cambiante, intenso siempre, siempre atractivo, vivo. Vamos hacia lo mejor de nosotros.
Pensaba estas cosas,
(es una manera de decirte cuanto echo de menos jugar contigo).
17 de marzo de 2013
Tener la lámpara encendida
Hay veces en que los años parecen avanzar hacia atrás. Suelen ser horas, que a veces se alargan días, en que se vuelve a cualquiera de las edades más duras. Una de ellas la describe muy bien Tomas Tranströmer:
El invierno en que tenía quince años me cubrió una gran angustia. Fui atrapado por un reflector que proyectaba oscuridad en vez de luz. Me cubría cada tarde, cuando comenzaba a oscurecer y la angustia no aflojaba su abrazo hasta que amanecía al día siguiente. Dormía muy poco, sentado en la cama, habitualmente con un grueso libro frente a mí, leía muchos y gruesos libros por esta época, pero en realidad no puedo decir que los leía porque nada quedaba en la memoria. Los libros eran una excusa para tener la lámpara encendida.
Y hay ocasiones en que esas mismas horas extienden su luz hacia atrás y hacia delante, permitiendo que cada circunvolución de nuestra zona oscura encuentre la edad a la que de verdad pertenece (que casi nunca es la edad en que se formó). Una de esas ocasiones, a la que estoy agradecido, la viví hace poco tras ver una película documental que debería ser obligatoria para hacerse una idea de que no todo está perdido: Searching for Sugar Man, dirigido por Malik Bendjelloul.
Lo que ocurre es que, aún bajo la cercanía de esas imágenes (que no se desvanece) muchas noches leo y leo para que no haya que apagar la lámpara.
El invierno en que tenía quince años me cubrió una gran angustia. Fui atrapado por un reflector que proyectaba oscuridad en vez de luz. Me cubría cada tarde, cuando comenzaba a oscurecer y la angustia no aflojaba su abrazo hasta que amanecía al día siguiente. Dormía muy poco, sentado en la cama, habitualmente con un grueso libro frente a mí, leía muchos y gruesos libros por esta época, pero en realidad no puedo decir que los leía porque nada quedaba en la memoria. Los libros eran una excusa para tener la lámpara encendida.
Y hay ocasiones en que esas mismas horas extienden su luz hacia atrás y hacia delante, permitiendo que cada circunvolución de nuestra zona oscura encuentre la edad a la que de verdad pertenece (que casi nunca es la edad en que se formó). Una de esas ocasiones, a la que estoy agradecido, la viví hace poco tras ver una película documental que debería ser obligatoria para hacerse una idea de que no todo está perdido: Searching for Sugar Man, dirigido por Malik Bendjelloul.
Lo que ocurre es que, aún bajo la cercanía de esas imágenes (que no se desvanece) muchas noches leo y leo para que no haya que apagar la lámpara.
25 de febrero de 2013
Los músicos, viejos soldados
Una tarde de la semana, durante el ensayo de la agrupación musical más importante de Lesosibirsk, probablemente la única que existía.
Un local que por momentos se parecía a un taller de antiguas máquinas y acto seguido a un hospital abandonado. Una sala demasiado grande a las afueras del único barrio que parecía tal cosa.
Una orquesta de antiguos marinos interpretaba música de ese norte, arreglos que un director local había hecho a partir de piezas de la música popular.
Era una tarde bonita, más luminosa de lo habitual. La primavera estaba cerca, tú viajabas hacia el sur, en realidad ibas a Emisejsk, pero de camino algo te retuvo varias horas en aquel lugar. No hacía demasiado frío. Algunos árboles parecían querer emerger de entre la nieve.
Los músicos eran viejos soldados. Sus mujeres, amables y envejecidas, estaban sentadas alrededor de una gigantesca e improvisada mesa. Apoyaban sus codos sobre la madera, custodiaban unos platos tapados con paños blancos, la comida que cerraba cada ensayo. Ellas la habían cocinado y ahora aguardaban mientras jugaban con los pies con dulzura de vieja bailarina.
Casi con seguridad, no había en la sala ninguno de sus hijos. Es posible que ni en el pueblo. Allí no había trabajo (poca veces hay trabajo a lo largo de una carretera secundaria).
Dirigía la banda un hombre mayor y en su chaqueta lucía una estrella de cinco puntas con un fulgor de oro antiguo en el centro. Todos los músicos eran hombres. Y había dos acordeonistas.
Era un ensayo pero en realidad parecía un concierto, las piezas sonaban una tras otra. Nunca se volvía atrás, nadie paraba para analizar mejor un pasaje, todo fluía de manera lenta y parecía que imparable. Aquella música no dejaba de ser un milagro en aquel lugar, aunque a veces una misma pieza pareciese una canción de cuna y algo después una vibrante adaptación de Sostakovich.
De pronto, aunque con una gran suavidad, casi con cansancio, una mujer se levantó y se acercó a uno de los acordeonistas: sin decir nada comenzó a cantar con una voz de bajo muy profunda. Los músicos la aceptaron con tal naturalidad que parecía que la estaban esperando. No entendías lo que decía la letra, pero parecía la historia de un regreso, una marcha lenta. Las otras mujeres callaban. También se escuchaba el fluir del agua caliente a través de las gruesas tuberias. Los cristales de la sala hacía mucho tiempo que no se limpiaban.
Tal vez aquella canción era la señal que indicaría el final del ensayo, pensaste. Es posible que tras ella todos se acercasen a la mesa para abrir los platos de la cena. Comerían en silencio, guardarían los instrumentos y se marcharían a casa. Después, el frío se internaría en la nave y todo habría terminado por aquella vez, también la música.
Pero, por el momento, solo eran imaginaciones porque la canción seguía.
Un local que por momentos se parecía a un taller de antiguas máquinas y acto seguido a un hospital abandonado. Una sala demasiado grande a las afueras del único barrio que parecía tal cosa.
Una orquesta de antiguos marinos interpretaba música de ese norte, arreglos que un director local había hecho a partir de piezas de la música popular.
Era una tarde bonita, más luminosa de lo habitual. La primavera estaba cerca, tú viajabas hacia el sur, en realidad ibas a Emisejsk, pero de camino algo te retuvo varias horas en aquel lugar. No hacía demasiado frío. Algunos árboles parecían querer emerger de entre la nieve.
Los músicos eran viejos soldados. Sus mujeres, amables y envejecidas, estaban sentadas alrededor de una gigantesca e improvisada mesa. Apoyaban sus codos sobre la madera, custodiaban unos platos tapados con paños blancos, la comida que cerraba cada ensayo. Ellas la habían cocinado y ahora aguardaban mientras jugaban con los pies con dulzura de vieja bailarina.
Casi con seguridad, no había en la sala ninguno de sus hijos. Es posible que ni en el pueblo. Allí no había trabajo (poca veces hay trabajo a lo largo de una carretera secundaria).
Dirigía la banda un hombre mayor y en su chaqueta lucía una estrella de cinco puntas con un fulgor de oro antiguo en el centro. Todos los músicos eran hombres. Y había dos acordeonistas.
Era un ensayo pero en realidad parecía un concierto, las piezas sonaban una tras otra. Nunca se volvía atrás, nadie paraba para analizar mejor un pasaje, todo fluía de manera lenta y parecía que imparable. Aquella música no dejaba de ser un milagro en aquel lugar, aunque a veces una misma pieza pareciese una canción de cuna y algo después una vibrante adaptación de Sostakovich.
De pronto, aunque con una gran suavidad, casi con cansancio, una mujer se levantó y se acercó a uno de los acordeonistas: sin decir nada comenzó a cantar con una voz de bajo muy profunda. Los músicos la aceptaron con tal naturalidad que parecía que la estaban esperando. No entendías lo que decía la letra, pero parecía la historia de un regreso, una marcha lenta. Las otras mujeres callaban. También se escuchaba el fluir del agua caliente a través de las gruesas tuberias. Los cristales de la sala hacía mucho tiempo que no se limpiaban.
Tal vez aquella canción era la señal que indicaría el final del ensayo, pensaste. Es posible que tras ella todos se acercasen a la mesa para abrir los platos de la cena. Comerían en silencio, guardarían los instrumentos y se marcharían a casa. Después, el frío se internaría en la nave y todo habría terminado por aquella vez, también la música.
Pero, por el momento, solo eran imaginaciones porque la canción seguía.
20 de febrero de 2013
Me parece bien
Sé dónde estás por ese olor.
Una vara de madera, oscura y curvada sobre sí misma.
Sentada en el borde de la cama, una mujer mayor
observa una pared de la habitación. Está repleta de fotografías,
las mira desde lejos porque las reconoce con la memoria.
Un hombre casi sumergido en una pequeña piscina de agua caliente. Es de noche
y cuesta verle entre el vapor del agua. La cara apoyada entre las manos,
los codos apoyados en las piernas, nadie a su alrededor.
Alguien que acerca su piel a una piedra color arena que desprende un calor intenso.
Sin otra luz, lo siente a través de la mano y la cara, por momentos parece que con los ojos. Bajo ese contacto parece calmarse.
Me parece bien, dices (aunque no haya nadie y aunque eso no signifique nada).
Acaricias la vara de madera hasta tocar los extremos y al alejarla y acercarla
el olor corre por ella.
Una vara de madera, oscura y curvada sobre sí misma.
Sentada en el borde de la cama, una mujer mayor
observa una pared de la habitación. Está repleta de fotografías,
las mira desde lejos porque las reconoce con la memoria.
Un hombre casi sumergido en una pequeña piscina de agua caliente. Es de noche
y cuesta verle entre el vapor del agua. La cara apoyada entre las manos,
los codos apoyados en las piernas, nadie a su alrededor.
Alguien que acerca su piel a una piedra color arena que desprende un calor intenso.
Sin otra luz, lo siente a través de la mano y la cara, por momentos parece que con los ojos. Bajo ese contacto parece calmarse.
Me parece bien, dices (aunque no haya nadie y aunque eso no signifique nada).
Acaricias la vara de madera hasta tocar los extremos y al alejarla y acercarla
el olor corre por ella.
8 de febrero de 2013
Existen y no dan explicaciones
Los ríos no necesitan dar explicaciones.
No encuentras una razón para aquella conexión entre lugares, pero existió.
Eran unos días de descanso en mitad del viaje. En la casa había una mesa larga y muy alta pintada de color verdoso, las paredes repletas de cuadros y frente a las ventanas la vegetación de los grandes árboles. No muy lejos el río y algunos kilómetros más allá una ciudad pequeña llena de puentes viejos.
Alrededor de la casa una pequeña selva que los dueños luchaban por controlar. Ni tan siquiera era un jardín, se parecía más a un combate entre árboles pequeños y grandes por alcanzar el tejado y buscar un poco de luz sobre las tejas oscuras. Y de paso agrietar las paredes y la tela que las cubría, de un color terroso, con una preciosa decoración asiática. No había flores pero la casa estaba repleta de ellas.
Era un pequeño refugio y tú eras su invitado. Algunas mañanas te quedabas solo en la casa y entonces todo se convertía en una ceremonia para dar calor. Dormías sobre un futón que plegabas a conciencia. Desayunabas y salías a una primavera que dejaba hielo en todas las comisuras de la casa. Todo brillaba por el frío y la luz limpia. A veces bajabas hasta el río, no más de media hora por caminos de tierra. Nunca te cruzabas con nadie. Nunca fuiste más allá.
Una mañana pediste permiso para buscar algo de música en la estantería que había en la habitación principal. Había cosas conocidas y otras nuevas para ti, recorriste los pequeños lomos de los cedés. Había el silencio de una casa abandonada a la entrada de un bosque. Y entonces lo encontraste.
Entre aquella música había un disco:
Las cantigas de Santa María, por la Schola Cantorum Basiliensis de Thomas Binkley. Un disco raro, muy antiguo, en el que entre otras voces estaba la de Montserrat Figueras. A miles de kilómetros lucía la Strela do día.
A que nunca nos mente
e nossa coita sente,
porqué a non loades?
Del pequeño aparato de música solo funcionaba la radio. Así que te sentaste frente a una de las ventanas, los brazos apoyados en la mesa alta, y con la ayuda del pequeño libreto del disco, intentaste recordar la melodía, las olas que avanzan y retroceden, de la música de Alfonso X el Sabio.
Severnaja, el río que cruza el bosque, y la memoria de unas Cantigas de alabanza compuestas siglos atrás en el país del que venías. ¿Cómo había llegado aquel disco hasta allí?
Cuando comenzaste a recitar en silencio aquellas letras, todas las vocales abiertas comenzaron a expandir su olor. Conocías perfectamente el mar y los ríos de los lugares en los que se habían escrito aquellos versos y ahora volvían a ti de una manera imprevista. Y al detenerte sentiste que el océano, el Douro y las voces portuguesas, existían y se hacían presentes. O Porto. El bisturí de la memoria lo hizo posible y sentiste que aquello podían ser ríos distintos internándose en el mismo mar, aunque donde tú estabas el agua salada estaba muy lejos.
Pero quedaban los canales subterráneos, aquellos que todo lo conectan. Los que no necesitan dar explicaciones y a la vez todo lo alimentan.
A que faz o que morre
viv', e que nos acorre
porqué a non loades?
Cerraste el disco sobre una bonita tela blanca, encima de la mesa grande. Saliste a caminar. Llegaste al pie del río y junto a los abedules había algunas barcas amarradas, el embarcadero se usaba poco, toda aquella zona se había despoblado. Te sentaste en una tabla de madera y estaba humeda. En aquel instante no sabías frente a que río estabas sentado.
No encuentras una razón para aquella conexión entre lugares, pero existió.
Eran unos días de descanso en mitad del viaje. En la casa había una mesa larga y muy alta pintada de color verdoso, las paredes repletas de cuadros y frente a las ventanas la vegetación de los grandes árboles. No muy lejos el río y algunos kilómetros más allá una ciudad pequeña llena de puentes viejos.
Alrededor de la casa una pequeña selva que los dueños luchaban por controlar. Ni tan siquiera era un jardín, se parecía más a un combate entre árboles pequeños y grandes por alcanzar el tejado y buscar un poco de luz sobre las tejas oscuras. Y de paso agrietar las paredes y la tela que las cubría, de un color terroso, con una preciosa decoración asiática. No había flores pero la casa estaba repleta de ellas.
Era un pequeño refugio y tú eras su invitado. Algunas mañanas te quedabas solo en la casa y entonces todo se convertía en una ceremonia para dar calor. Dormías sobre un futón que plegabas a conciencia. Desayunabas y salías a una primavera que dejaba hielo en todas las comisuras de la casa. Todo brillaba por el frío y la luz limpia. A veces bajabas hasta el río, no más de media hora por caminos de tierra. Nunca te cruzabas con nadie. Nunca fuiste más allá.
Una mañana pediste permiso para buscar algo de música en la estantería que había en la habitación principal. Había cosas conocidas y otras nuevas para ti, recorriste los pequeños lomos de los cedés. Había el silencio de una casa abandonada a la entrada de un bosque. Y entonces lo encontraste.
Entre aquella música había un disco:
Las cantigas de Santa María, por la Schola Cantorum Basiliensis de Thomas Binkley. Un disco raro, muy antiguo, en el que entre otras voces estaba la de Montserrat Figueras. A miles de kilómetros lucía la Strela do día.
A que nunca nos mente
e nossa coita sente,
porqué a non loades?
Del pequeño aparato de música solo funcionaba la radio. Así que te sentaste frente a una de las ventanas, los brazos apoyados en la mesa alta, y con la ayuda del pequeño libreto del disco, intentaste recordar la melodía, las olas que avanzan y retroceden, de la música de Alfonso X el Sabio.
Severnaja, el río que cruza el bosque, y la memoria de unas Cantigas de alabanza compuestas siglos atrás en el país del que venías. ¿Cómo había llegado aquel disco hasta allí?
Cuando comenzaste a recitar en silencio aquellas letras, todas las vocales abiertas comenzaron a expandir su olor. Conocías perfectamente el mar y los ríos de los lugares en los que se habían escrito aquellos versos y ahora volvían a ti de una manera imprevista. Y al detenerte sentiste que el océano, el Douro y las voces portuguesas, existían y se hacían presentes. O Porto. El bisturí de la memoria lo hizo posible y sentiste que aquello podían ser ríos distintos internándose en el mismo mar, aunque donde tú estabas el agua salada estaba muy lejos.
Pero quedaban los canales subterráneos, aquellos que todo lo conectan. Los que no necesitan dar explicaciones y a la vez todo lo alimentan.
A que faz o que morre
viv', e que nos acorre
porqué a non loades?
Cerraste el disco sobre una bonita tela blanca, encima de la mesa grande. Saliste a caminar. Llegaste al pie del río y junto a los abedules había algunas barcas amarradas, el embarcadero se usaba poco, toda aquella zona se había despoblado. Te sentaste en una tabla de madera y estaba humeda. En aquel instante no sabías frente a que río estabas sentado.
5 de febrero de 2013
Cuando cierras los ojos
Enfrente de un sol tan intenso que obliga a cerrar los ojos.
Su calor fluye hasta casi quemar la cara, la piel fina que cubre los párpados.
Hace años que escuchas las seis Suite para Violonchelo de Bach, primero en la interpretación de Yo Yo Ma, ahora en la de Pierre Fournier. Con frecuencia paralizado, detenido por la fuerza que ellas irradian no desde los altavoces sino desde las base de todas las cosas.
Pero hace unos días experimentaste algo diferente cuando decidiste escuchar con atención la sexta suite. Y hoy ha pasado algo parecido cuando pusiste la quinta. Algo semejante a una claridad sobre por qué tanta cercanía con esas piezas.
La música se unió al libro que lees: El amor La soledad de André Comte-Sponville.
Con los ojos cerrados muchas veces se aprecia mejor el color y hasta la piel de las cosas. El mundo no nos necesita y si cerramos los ojos, ávidos casi siempre, entonces ese mundo se deja apreciar porque pasa a nuestro lado como un inmenso barco en alta mar. Una imagen que apenas dura unos segundos, fragmentos de una totalidad que siempre será invisible. Pero que puede percibirse.
Las suite para chelo de Bach son los sonidos de El amor La soledad. Un instrumento solo, tal vez el más parecido en sonoridad a la voz humana, hablando, buscando, acercándose durante seis movimientos de otras tantas suites, sin narración, a la soledad. A la soledad de la que habla Comte-Sponville, esa que tanto admiras.
Acercándose a una voz sola, no aislada.
Una voz que ha decidido sonar en soledad porque necesita esa concentración para existir.
Solo ese instrumento, con esa afinación, en ese instante, puede sonar así. Esa es la existencia de las treinta y seis rutas de exploración de Bach. Y esa es la soledad.
¿Cómo podría alguien descargarnos del peso de ser nosotros mismos?, escribe Comte-Sponville.
La soledad es la regla. Nadie puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por nosotros. Eso es lo que llamo la soledad: no es más que un nombre distinto para el esfuerzo de existir.
Frente al sol sientes que la voz del violonchelo no cuenta ninguna historia y lo agradeces. Solo pone un ejemplo de cómo se puede existir, algo siempre emocionante, y de cómo alejarse de cualquier aislamiento para poder acercarse a las uniones invisibles de quienes conviven con su voz (no piensas en una voz artística).
La palabra no me interesa más que cuando es lo contrario de una protección: un riesgo, una apertura, una confesión, una confidencia... Me gusta que alguien hable lo mismo que se desnuda, no para que le vean, como creen los exhibicionistas, sino para dejar de esconderse...
(continúa Comte-Sponville).
Algo de lo que experimentaste con Bach y Pierre Fournier tiene que ver con la soledad y también con el amor.
La soledad no es el rechazo del otro, por el contrario, aceptar al otro es aceptarlo como otro (¡y no como un apéndice, un instrumento o un objeto de sí mismo!), y en este sentido el amor, en su esencia, es soledad. (...) El amor es soledad, siempre, y no porque toda soledad sea amorosa, faltaría más, sino porque todo amor es solitario. Nadie puede amar en nuestro lugar, ni en nosotros, ni como si fuera nosotros. Ese desierto, en torno de sí mismo o del objeto amado, es el amor mismo.
Y eso establece conexiones inmediatas con el presente, con algo que tiene que ver con aceptar la dificultad, también el cansancio de existir, el placer grande que supone disponer la atención en un fragmento de tiempo que parece no tener pasado ni futuro (y como nada de eso tiene que ver con la tristeza te molesta cuando se utiliza esa música para un duelo o para activar una nostalgia fácil).
¿Y si una plenitud posible procediese de experimentar en toda su profundidad la soledad?
En realidad más que plenitud tal y como suele entenderse, te gusta pensar que desde esa perspectiva desaparece el conflicto, la dificultad, el enfrentamiento, también el extrañamiento. Todo tiene el sentido de aquello que amamos: nada tiene valor si no es por el amor que en ello se deposita o que allí se puede hallar.
Lo más oportuno es gozar de una dicha modesta y de una desdicha serena: ninguna de las dos son merecidas, dice Comte-Sponville.
En algún momento mientras escuchabas la sexta y la quinta suite, dos días seguidos, perdiste el pie que se apoyaba en la arena y te adentraste en un mar calmo o enbravecido, dependiendo del momento. Pero, a pesar del invierno y de casi no saber nadar, no ocurrió nada dramático sino un momento de intenso placer.
Dejaste de existir durante un brevísimo instante y otra voz, la del violonchelo, comenzó a atravesar limpiamente todas las fronteras, empezando por las de tu cuerpo. Y tuviste la sensación de poder observarlo. Y aún sigues teniendo cerca ese calor cuando cierras los ojos.
Su calor fluye hasta casi quemar la cara, la piel fina que cubre los párpados.
Hace años que escuchas las seis Suite para Violonchelo de Bach, primero en la interpretación de Yo Yo Ma, ahora en la de Pierre Fournier. Con frecuencia paralizado, detenido por la fuerza que ellas irradian no desde los altavoces sino desde las base de todas las cosas.
Pero hace unos días experimentaste algo diferente cuando decidiste escuchar con atención la sexta suite. Y hoy ha pasado algo parecido cuando pusiste la quinta. Algo semejante a una claridad sobre por qué tanta cercanía con esas piezas.
La música se unió al libro que lees: El amor La soledad de André Comte-Sponville.
Con los ojos cerrados muchas veces se aprecia mejor el color y hasta la piel de las cosas. El mundo no nos necesita y si cerramos los ojos, ávidos casi siempre, entonces ese mundo se deja apreciar porque pasa a nuestro lado como un inmenso barco en alta mar. Una imagen que apenas dura unos segundos, fragmentos de una totalidad que siempre será invisible. Pero que puede percibirse.
Las suite para chelo de Bach son los sonidos de El amor La soledad. Un instrumento solo, tal vez el más parecido en sonoridad a la voz humana, hablando, buscando, acercándose durante seis movimientos de otras tantas suites, sin narración, a la soledad. A la soledad de la que habla Comte-Sponville, esa que tanto admiras.
Acercándose a una voz sola, no aislada.
Una voz que ha decidido sonar en soledad porque necesita esa concentración para existir.
Solo ese instrumento, con esa afinación, en ese instante, puede sonar así. Esa es la existencia de las treinta y seis rutas de exploración de Bach. Y esa es la soledad.
¿Cómo podría alguien descargarnos del peso de ser nosotros mismos?, escribe Comte-Sponville.
La soledad es la regla. Nadie puede vivir por nosotros, ni morir por nosotros, ni sufrir o amar por nosotros. Eso es lo que llamo la soledad: no es más que un nombre distinto para el esfuerzo de existir.
Frente al sol sientes que la voz del violonchelo no cuenta ninguna historia y lo agradeces. Solo pone un ejemplo de cómo se puede existir, algo siempre emocionante, y de cómo alejarse de cualquier aislamiento para poder acercarse a las uniones invisibles de quienes conviven con su voz (no piensas en una voz artística).
La palabra no me interesa más que cuando es lo contrario de una protección: un riesgo, una apertura, una confesión, una confidencia... Me gusta que alguien hable lo mismo que se desnuda, no para que le vean, como creen los exhibicionistas, sino para dejar de esconderse...
(continúa Comte-Sponville).
Algo de lo que experimentaste con Bach y Pierre Fournier tiene que ver con la soledad y también con el amor.
La soledad no es el rechazo del otro, por el contrario, aceptar al otro es aceptarlo como otro (¡y no como un apéndice, un instrumento o un objeto de sí mismo!), y en este sentido el amor, en su esencia, es soledad. (...) El amor es soledad, siempre, y no porque toda soledad sea amorosa, faltaría más, sino porque todo amor es solitario. Nadie puede amar en nuestro lugar, ni en nosotros, ni como si fuera nosotros. Ese desierto, en torno de sí mismo o del objeto amado, es el amor mismo.
Y eso establece conexiones inmediatas con el presente, con algo que tiene que ver con aceptar la dificultad, también el cansancio de existir, el placer grande que supone disponer la atención en un fragmento de tiempo que parece no tener pasado ni futuro (y como nada de eso tiene que ver con la tristeza te molesta cuando se utiliza esa música para un duelo o para activar una nostalgia fácil).
¿Y si una plenitud posible procediese de experimentar en toda su profundidad la soledad?
En realidad más que plenitud tal y como suele entenderse, te gusta pensar que desde esa perspectiva desaparece el conflicto, la dificultad, el enfrentamiento, también el extrañamiento. Todo tiene el sentido de aquello que amamos: nada tiene valor si no es por el amor que en ello se deposita o que allí se puede hallar.
Lo más oportuno es gozar de una dicha modesta y de una desdicha serena: ninguna de las dos son merecidas, dice Comte-Sponville.
En algún momento mientras escuchabas la sexta y la quinta suite, dos días seguidos, perdiste el pie que se apoyaba en la arena y te adentraste en un mar calmo o enbravecido, dependiendo del momento. Pero, a pesar del invierno y de casi no saber nadar, no ocurrió nada dramático sino un momento de intenso placer.
Dejaste de existir durante un brevísimo instante y otra voz, la del violonchelo, comenzó a atravesar limpiamente todas las fronteras, empezando por las de tu cuerpo. Y tuviste la sensación de poder observarlo. Y aún sigues teniendo cerca ese calor cuando cierras los ojos.
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