30 de enero de 2011

No, no tardaré mucho

Últimamente, de pronto,
en medio de algo cotidiano y pequeño
me llegan voces perdidas de hace tanto,
acentos, sonidos,
expresiones y gestos
aquellas voces de niños
y de tardes de infancia, de subir
a ciruelos y cruzar sigilosos a la huerta de al lado
para robar la fruta y salir volando.

¿Y por qué llegan de pronto las voces del pasado?
Inconexas, como aves perdidas del grupo migratorio
¿Cuántos años han pasado de la infancia de los setos, sorbas,
los manzanos y el sauce llorón?
Aventuras infantiles al lado del caudal,
conquistando rocas como si fueran islas.

Me fui hace mucho tiempo
pero sin previo aviso llegan a veces voces

Éstas y otras voces del pasado

Me rozan con sus alas


Hace unos meses, en el otoño, una persona a la que aprecio de verdad y a quien conozco desde hace años escribió este poema y me lo envió (me pidió que le guardara el anonimato de una manera ingeniosa y ahora no se me ocurre otra). Hoy, mediante uno de esos procesos incontrolables y que obedecen a una corriente desconocida, lo sentí cerca y dialogando con unos versos de Robert Frost que tengo copiados en no sé cuantas libretas, porque siempre que me los encuentro me parecen únicos:

Voy a limpiar el arroyo, en los pastos...
Sólo rastrillaré las hojas secas.
(Y quizás me detenga hasta ver clara el agua)
No, no tardaré mucho. -Ven también

28 de enero de 2011

Como un iris

Ayer fue tarde de concierto.
Ahora llueve con suavidad y hace menos frio.

La RFG tocó el concierto para piano núm. 1 op. 15 de Brahms y la Sinfonía núm. 1 de Kurt Weill.

Y algo extraño me sucede con la música de Weill, de quien ya había escuchado alguna otra pieza en el auditorio. No identifico lo que es, pero ayer me volvió a suceder.

Esta sinfonía se desarrolla en un solo acto: grave, allegro vivace, andante religioso y larghetto se suceden sin ningún silencio intermedio. Al inicio no parece fácil de escuchar, se pasa por tramos en que los sonidos parecen discutir entre si y recuerdo una especie de continuos toboganes por los que se deslizan de una manera poco predecible. Cuando escucho algo así, sé por qué me gusta este tipo de música y por qué me aburro, o pierdo interés, frente a otro tipo de sonidos.

Pero la música avanzaba girando cada vez más cerca. A veces pasaba rozándote. Cuando llega al andante religioso todo parece estar decidido: estás dentro de un viaje y estás empezando a internarte en un territorio que existe según lo vas atravesando. Como abrir un fruto y ver las pepitas, algo circular y generoso en la mano.

El larghetto parecía avanzar en esa nebulosa (que no sabría si me gusta o no), como una nave se interna en espacios oscuros y lejanos. Fue la experiencia de atravesar umbrales, de ir a través de planos que se abren como un iris cuando intuyen que ya estás cerca.

Ese es el extraño viaje, en un bucle a veces desasosegante, con el que asocio una parte de la música de Weill. Y algo de eso creo que quedó en su etapa de Nueva York, cuando trabajó en lo que sería el musical americano. Algunas piezas de George Gershwin me lo recuerdan.

Durante el regreso escuché en la radio como leían un relato de Ambrose Bierce: En el código militar el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia. Pensé en la frase sobre el placer de la entrada anterior.

Y hoy, en cuanto pude, volví a escuchar el Viaje de invierno de Schubert.

26 de enero de 2011

Diccionario

"Abstinente, adj.: persona de carácter débil que cede a la tentación de privarse de un placer"

(Sentencia que Ambrose Bierce escribió en El diccionario del diablo y que encontré en un escrito de Fernando Savater)

16 de enero de 2011

Lontano

Si supieras cada día lo que va a pasar no te levantarias de la cama, dice uno de los personajes de "Todo o nada", la película de Mike Leigh (a mi me deslumbró con "Secretos y mentiras").

Y ¿cómo se relaciona esto con el ansia de control, férrea a veces, sobre ese mismo día a día?

Amanecemos para estar expuestos a la incertidumbre, y eso parece ser lo bueno. Pero al mismo tiempo queremos reducir las opciones de imprevistos, de incertidumbre.

Puede que esto sea casi inevitable, el asunto es el cómo lo aceptamos y gestionamos.

Y esta es una enseñanza que procura la música: la aceptación de lo desconocido, lo imprevisible, el caminar en la cresta de una ola de la que no se sabe su evolución, el evitar lo obvio. Un buen maestro de todo esto es György Ligeti.

15 de enero de 2011

La explicación del relámpago

"El primer deber del hombre es definirse", dice Atahualpa Yupanqui.
Tengo conmigo esta frase desde que la escuché hace un par de días. De alguna forma estoy cerca de ella, observándola, intentando saber qué pienso sobre ella y en qué consiste eso de definirse.

Tal vez definirse tiene que ver con trazar unos contornos, unos límites, unos miedos también. Con dibujarse, con lograr una identidad y con aceptar su reforma inmediata. Definirse lo entiendo como la valentía de permanecer en silencio y, en ocasiones, hablar. Y aceptar que las dos cosas son nuestra expresión. Definirse puede tener que ver con expresarse, en un mundo en el que probablemente vale todo menos la ingenuidad de pensar que si no nos dibujamos nadie lo hará por nosotros.

Tengo ganas de decir que vale todo menos la mentira. Pero la verdad, o como se llame, hay que decirla indirectamente, "Así como el relámpago / se explica amablemente al niño" decía Emily Dickinson.

Y tampoco vale la humillación, hacer perder la dignidad a alguien. Creo que esto es especialmente delicado cuando estamos cerca de personas mayores o muy mayores. Pero entre iguales, muchas veces la humillación sobrevive a maneras que podrían parecer hasta lo contrario. Puede ser una especie de virus que se reproduce desde dentro de la ayuda o el juicio o la tutela incluso, desde dentro de la piel. No lo sé, pienso algo alrededor de todo esto.

Y ayer, en el concierto semanal, asocié la escucha del concierto para violín núm. 2 de Béla Bartók, con el recuerdo vibrante de la música popular gitana de Kalyi Jag saliéndose, a todo volumen, por las ventanillas del coche, lleno de amigos, mientras íbamos y veníamos por el desierto hace ya bastante tiempo.

Johannes Brahms, un compositor que apenas he escuchado, me devolvió con su Sinfonía núm. 2 en Re mayor a la paz y a la luz necesaria para volver a casa por la noche.

9 de enero de 2011

Música de danza y una idea obsesiva

Hace tiempo escuché en la radio una pieza para violonchelo llena de intensidad y fuerzas contradictorias. Como otras veces (no demasiadas) tuve que parar lo que estaba haciendo y escuchar. Era un diálogo de un instrumento consigo mismo: varias voces conversaban alrededor de una melodía endiablada, que por momentos tenía aires populares, (zíngaros o algo parecido). Parecían los ecos de una fiesta en el campo mezclados con una línea obsesiva que iba y venía. Una música que casi invitaba a bailar y a su alrededor una obsesión dramática, dura, sin contemplaciones.

No tenía ni idea de qué se trataba, hasta que al final dieron la referencia: la Sonata para violochelo solo op.8 de Zoltán Kodály. Y estos días conseguí el disco, en una interpretación de Xavier y Jean-Marc Phillips (porque además del Op. 8 hay el duo de la Op.7).

Escuché los tres movimientos, "Allegro maestoso ma appassionato", "Adagio" y "Allegro molto vivace" mientras cruzaba los campos bajo una tormenta que no muy lejos debía ser de nieve. Recuperé cosas de la primera vez que la escuché, una línea de atención, de sorpresa y de intensidad parecida a aquella vez. Y descubrí otras emociones. Son sonidos que mezclan la música más popular con el presagio, ya una realidad, de la música del siglo XX. Kodály era un aficionado a las "excursiones etnomusicográficas" y esos aires se dejan sentir.

Pienso en esa música y me gusta la luz de esos países, aunque no haya estado. Pienso en Béla Bártok, su amigo, y también en Josef Sudek. Y en las nubes de hoy.

¿Puede ser que los días hayan crecido algo?.

5 de enero de 2011

Es la conmoción, no lo bonito

Sea cual sea su remoto origen, probablemente vinculado a pautas de cohesión comunitaria, la música sigue marcando nuestro destino a través de las emociones, tan intensas como efímeras, como ocurre con todo lo que se desenvuelve mediante un régimen temporal
(Francisco Calvo Serraller)

En la barra de un café, escucho una conversación en la que él se interesa por el nuevo novio de ella, y lo hace preguntándole, con un tono suave, equilibrado, sonriente, si es “sano, tranquilo... y todo eso”. “Sí, super lindo” le responde ella.

Recordé entonces como un oyente explicaba el otro día en la radio lo que le unía a las interpretaciones pianísticas de Glenn Gould: “sus problemas, enfermedades y rarezas”.

Prefiero esta segunda manera de relacionarse con los afectos, también con la admiración. Sobre todo porque es más real y porque reserva más espacios para que nos podamos conmover. Es la conmoción lo que importa, no lo bonito, como dice Harnoncourt hablando de ciertos sonidos. Igual siento con las personas, con las ausencias y con las presencias.

Cada vez que encaramos los problemas, enfermedades y rarezas, rascamos alguna de las capas que esconden el oro. Me siento lejos de lo “super lindo”, del “buen rollo” que escucho en la calle a cada momento (mientras el mundo avanza a dentelladas, algo extraño). No creo que haya nadie sano y tranquilo, pero si puede haber ganas y esfuerzo por sanear, por entender, por aceptar y por comunicarse desde el respeto. También hay música que me recuerda esto a diario.

26 de diciembre de 2010

La sal de la carretera

Viajo muy despacio. La sal, reseca por el sol, forma un polvillo blanquecino sobre la carretera en el que se marca el paso de cada coche. La nieve reluce muy cerca. A ratos voy en silencio, a ratos escucho el ruido del motor, a ratos oigo algún programa en la radio. Hoy hace sol.

Después del periódico, por la noche leo unas fotocopias con el homenaje que Roland Barthes escribió para Michelangelo Antonioni. Empieza así:

En su tipología, Nietzsche distingue dos figuras: el sacerdote y el artista. Hoy en día, tenemos sacerdotes de sobra: en todas las religiones e incluso fuera de la religión; pero ¿artistas? Quisiera, querido Antonioni, que me prestara un momento algunos rasgos de su obra para permitirme fijar las tres fuerzas, o, si lo prefiere, las tres virtudes que a mis ojos constituyen el artista. Las nombro ahora mismo: la vigilancia, la sabiduría y, la más paradójica de todas, la fragilidad.

21 de diciembre de 2010











Un fragmento de ADN

20 de diciembre de 2010

Solve et coagula

Solve et coagula.

Es la fórmula que resumía el arte de la transmutación en los alquimistas: disuelve y reúne. Hablaban de transmutar un metal en otro, un caos primitivo en oro. Lo leo en un libro raro: "Catarsis" de Andrzej Szczeklik, un médico (me animé a leerlo porque el prólogo es del poeta Czeslaw Milosz).

18 de diciembre de 2010

Una voz en el circo Price

Se apagaron las luces y callaron las conversaciones del público que lo esperaba, se hizo el silencio. Y del medio de la sala, a oscuras, comenzó a llegar su voz sola, sin acompañamiento al principio, luego arropada, aunque de momento sin instrumentos. Un canto denso y envolvente, a ratos seco. Desde lo alto de la tribuna del circo Price, en Madrid, apenas se veía nada allá abajo. Pero llegaba su voz y no se escuchaba otra cosa. Un canto conmovedor, algo que giraba y ascendía en aquel escenario circular. Así siguió un buen rato hasta que se encendió alguna luz en el escenario, y en el pasillo entre butacas, para que aquel pequeño grupo de cantantes avanzara y pudiera subir al escenario. Allí acabó aquella primera canción, los aplausos cerrados, su voz ronca, socarrona, tranquila y cariñosa. Por momentos los puños y los ojos cerrados, la elegancia en todo el cuerpo sentado, la luz oscura que caía sobre su traje, la luz más blanca también. Poco a poco cantó en un flamenco de letras nuevas que a él le gustaba escoger. Mucho frío fuera y el cante que se alargaba durante aquella noche. Todo pasó muy rápido. Dentro hacía mucho calor (había llegado corriendo, casi no llego). Fue el 20 de febrero de este año. Un concierto de Enrique Morente.

Un día inolvidable.

16 de diciembre de 2010

Sentido no es significado

Una de los mejores bálsamos que conozco para tratar las heridas es escuchar la música de Bach.

Hoy, en medio de un frío polar (dentro y fuera), viajé con toda la atención puesta en la Misa en Si Menor dirigida además por Nikolaus Harnoncourt. Es una pieza vocal luminosa y brillante, deslumbrante, entregada a algo que va más allá de ella y que la recorre sin dejarse ver.

Pero al mismo tiempo la música no debe servir para tratar las heridas, ni mucho menos para entretenerse en darles lametones más o menos concienzudamente. Hace unos días leí una entrevisa al filósofo Eugenio Trías en la que decía que la música no posee significación, pero rebosa de sentido. Y creo que debe ser eso lo que ayuda a regenerar los tejidos muertos: el sentido.

Porque, de alguna manera, las heridas son una pérdida de sentido de algo que forma parte de la esfera de nuestro mundo. Y el estar cerca, simplemente eso, de algo que rebosa otro sentido hace que, por simple ósmosis, nuestras células más internas vuelvan a latir. Encontrar sentido a lo que no parece tenerlo, a lo que se nos niega, a lo que parece estar muy lejos de tener un significado, a veces es una buena razón para querer despertar.

13 de noviembre de 2010

Rascando el aire frío

Se podrían decir muchas cosas, pero de momento solo cae nieve sobre un montón de piedras y se ve un campo lejano como una raya de ojos. Hay un hombre paseando por allí con su perro. No se oye nada, solo el perro está arañando y rascando el aire frío con su pata.

Un amigo me envió hace semanas este fragmento de La ciudad leopardo, de Subhro Bandopadhyay. No conocía el autor ni el libro, pero el texto sí me recordó otros ambientes. En particular el libro de Colin Thubron En Siberia, y sobre todo un capítulo en el que relata su acercamiento al ártico y los días que pasó en un pueblo llamado Potalovo: frío y un vacío que era una pizarra en blanco sobre la que escribir.

Esta semana tuve la sensación de que se iniciaba, al fin, la temporada de conciertos de este año (aunque ya lleva un mes).

9 de noviembre de 2010

Partir, quedarse

Continuo leyendo El viaje a Portugal de José Saramago. Hace días decidí anotar en mi libreta pequeños fragmentos en los que habla de su manera de entender el viaje, tal vez cualquier viaje. Repaso esas notas con cierta insistencia. Estas son.

Viajar debería ser cosa de otro concierto, estar más y andar menos, tal vez incluso debiera instituirse la profesión de viajero solo para gente de mucha vocación, que mucho se engaña quien piense que sería trabajo de pequeña responsabilidad, cada kilómetro no vale menos de un año de vida.

El viajero no ha pedido y le fue dado. ¿Puede haber mejor dar que éste?

La sombra de un hombre que por aquí anduviera, mucho podría aprender

Aquí se habla de impresiones, de ojos que pasean y aceptan el peligro de no captar lo esencial por prendarse de lo accesorio

Sabe no obstante lo suficiente de sí mismo para sospechar que su mal nace de no poder conciliar dos opuestas voluntades: la de quedarse en todos los lugares, la de llegar a todos los lugares.

Evitará las carreteras principales, quiere distraerse por estos estrechos caminos que unen a los hombres con sus vecinos, coleccionando nombres singulares, de norte a sur, y, siempre que uno le apetezca al borde del camino, lo repetirá en voz baja, saboreará su gusto, intentará adivinar su significado, y casi siempre desiste, u otro aparece ante él cuando aún no ha logrado descifrar el primero.

El día había dado mucho y negado mucho. Así es la vida.

Huye el viajero del mundo para encontrar el mundo en formas particulares: las del arte, de la proporción, de la armonía, de la continuada herencia que de mano en mano va pasando.

Pero aquello que el viajero no puede ver, lo imagina, que también para eso viaja.

Con este estado de espíritu se comprende que el viajero busque, preferentemente, tierras pequeñas, sosegadas, donde él mismo pueda oír bien las preguntas que hace, aunque no reciba respuesta.

Pagó el viajero la cuenta y salió con la impresión de que aún había quedado a deber algo.

Por ella /la piedra áspera/ pasa las manos con un gusto que es sensual, siente el grano rugoso en las yemas de los dedos, y con tan poco es feliz un viajero.

El viajero tiene clara conciencia de que solo viéndolo se ve, aunque no olvide que incluso para ver se requiere aprendizaje. Por otra parte, es eso lo que el viajero anda intentando: aprender a ver, aprender a oír, aprender a decir.

Así debía ser el viaje. Estar, quedarse.

3 de septiembre de 2010

El día, aún crudo

"Era domingo en la pampa. Y tal como los pampinos se afirulaban y se ponían sus mejores prendas para salir a la calle, el sol apareció por el lado de los cerros radiante y redondo, exacto como un Longines de oro.

Toda la esfera del cielo era una soledad azul, sin la más remota posibilidad de una nubecita perdida, extraviada de su rebaño blanco. Era domingo en la pampa y el día, aún crudo, amenazaba con arder por los cuatro costados.


El calor iba a ser de perros".


Hoy no es domingo, y tampoco hace un calor especialmente duro en esta ciudad, el día amaneció gris y fresco. No conozco la pampa, ni Chile, ni el desierto de Atacama al que se refiere Hernán Rivera Letelier en "El arte de la resurrección", de donde es el fragmento que he copiado. Leo ese libro a ratos, aunque no me termina de atrapar. Por el medio me dedico a dibujar en un mapa el "Viaje a Portugal" de José Saramago y sobre todo un ensayo de Nikolaus Harnoncourt. No sé por qué he seleccionado este texto de Letelier, pero no lo olvido. Me gusta lo feo y preciso de un Longines de oro. Y sentir el calor crudo.

Quiero volver a escribir algunos encuentros en este blog, y creo que esto nada tiene que ver con que sea el mes de septiembre y uno vuelva a no se sabe que cosas. A veces pienso que apenas hay cambios, ni mejoras ni empeoramientos, ni ajustes, ni olvidos, ni nada de nada. Solo encuentros que cada uno tiene que iluminar con luz propia.

30 de abril de 2010

Las aves del bosque

Hay luna llena.
Un ave nocturna cruzó sobre la carretera.
Todo duerme en la casa.

La música a través del cuerpo, volando sobre lo que no se comprende, cruzando como una flecha el interior de lo que no se entiende, demasiadas cosas. Cuatro percusionistas, toda una orquesta sinfónica sonando en el final de Variaciones Concertantes, de Antón García Abril.

Y antes y después, La Creación de Haydn. Sobre todo el dueto de Adán y Eva con coros, Von deiner Güt. La misma música que cruzó el bosque entre las aves nocturnas que dormían en los pinos, tantas veces. Los sonidos del final de la creación, después del sexto día. La música que el director de orquesta que interpretaba Héctor Alterio escuchaba al caer la tarde, mientras pensaba en su joven amiga.

Que conocía mejor que nadie las aves del bosque.

La búsqueda de la levedad como reacción al peso de vivir.

17 de abril de 2010

Siempre los viajes de invierno

En un viaje para descansar fuera del país, lo primero que mi amigo hizo al llegar a la habitación del hotel fue revisar su blog y responder algunas entradas sin importancia. Viajaba solo y me contó lo raro que se sintió por esa necesidad.

Algunas veces todo lo que se puede responder es el silencio, sin que tenga nada que ver con la indiferencia. Respondemos con un paisaje de invierno, las afueras de alguna ciudad perdida a la que se llega por caminos que se van cerrando tras quien los atraviesa. Tal vez la música pueda enseñar algo sobre la duración de esos silencios, es una ilusión pensar que ella nos puede dar algo de la educación sentimental que nos falta.

Hoy en el mercado, una pescadera habla con dos niños pequeños mientras coloca unos peces entre el hielo. Uno de ellos le pregunta por que una merluza está sin ojos y otras de la misma caja los tienen.

Abrazar una voz. Mientras conduzco, escucho en la radio el último lieder de la colección Viaje de Invierno de Schubert. Y deseo llegar a casa para volverlo a poner y escucharlo con atención, no lo recordaba así. Llevo varios días oyendo en algún momento del día esa pieza. Apenas tres minutos para lo que parece una voz que viene de otro mundo, un piano fúnebre, el aroma del humo y del frío, de las casas que se cierran después de conocer la alegría en su interior. Cada vez que lo escucho la imaginación se rompe aún más, se pierde en la despedida. En una mezcla de calma por lo inevitable, también de dolor por mirar a los ojos y no encontrar los ojos. Lo fúnebre del viaje, del dejar atrás para apreciar que todo lo que persigues estaba allí y allí se queda. E impotencia cuando la voz sube y ya se deja ir al silencio otra vez.

Hace años leí con una gran intensidad El peor viaje del mundo. Escrito por Apsley Cherry-Garrard, narra la expedición de Scott al polo Sur de la que él formaba parte. Fue una época en la que soñé con llegar a ser un experto en las expediciones polares. Tengo el ejemplar cerca de mi, lo abrí porque hay algo en ese lieder que tiene que ver con la entrega y la despedida de aquel viaje. Reuní mucha documentación, estudié mapas, dibujé las trayectorias, tomé notas sobre los viajes al centro del frío. Ahora voy pasando las páginas, mirando las que están señaladas. El capítulo 7 se titula El viaje de invierno.

Hace unos días pude escuchar por primera vez en directo La canción de la tierra, de Gustav Mahler, interpretada en la versión para orquesta de cámara que preparó Arnold Schönberg y completó Rainer Riehn. Y en el final, otra vez esa voz de despedida, de un dolor sin final, del vagabundo en los bosques del invierno. Sabía que esa música entraba en ese territorio, pero no conocía la historia de la muerte de la hija del compositor (o tal vez el augurio de la suya). Es la serenidad del atardecer, cuando la tierra respira plena de descanso y sueño.

También pude escuchar el concierto para clarinete KV 622 de Mozart, conducido por un Frans Brüggen que apenas podía caminar, y que dirigió a la RFG sentado en una vieja silla giratoria. No lo sentí como una interpretación excepcional, pero me llamaron poderosamente la atención los silencios que él conseguía introducir en el fluir de esa música. Parecían pequeñas paradas destinadas al descanso de los sonidos, del clarinete, de los oyentes, de los recuerdos. Tal vez eran los silencios de la despedida, cuando aún tienes delante la imagen pero ya nada sirve para llegar hasta ella. Y el tren arranca.

Sopra frío nos meus piñeiros. / Eu quedo aquí e espero o meu amigo; / Eu espéroo para o derradeiro adeus./
Eu anhelo, amigo, gozar ao teu lado / a beleza deste anoitecer./ Onde estás ti? Ti deixáchesme longo tempo só! /
Eu vago arriba e abaixo co meu laúde, / por vieiros cheos de suave herba.

Es un fragmento en gallego del final de La canción de la tierra, extraido del programa de mano del concierto.

En el mundo civilizado a los hombres se les acepta tal y como son porque existen muchas formas de disimulo, y además hay muy poco tiempo y puede que incluso muy poca comprensión. Esto no ocurre en el sur. Estos hombres hicieron el viaje de invierno y sobrevivieron; luego hicieron el viaje al polo y murieron. Eran de oro de ley, relucientes y puros. No puedo expresar con palabras lo buenos compañeros que eran.

(Copiado del capítulo El viaje de Invierno, de El peor viaje del mundo).

Ahora subiré a la bicicleta y pedalearé todo lo fuerte que pueda hasta que el camino acabe en un bosque de acacias negras. No pensaré en nada, intentaré no recordar nada, iré sólo pendiente de la ruta, aunque con algunos sonidos que tienen la misión de recordar el silencio de los viajes de invierno. Y las ausencias. Después, cenaremos con vino.

20 de marzo de 2010

Una nana de tres palabras: Tirineni, Ngong, Amati

La belleza de los bocetos, la de los ensayos, también la de las piezas interpretadas fuera de programa.

El jueves pasado escuché al violinista Gidon Kremer con la OSG. Primero, el Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 35 de Chaikovski con un sonido de violín que para mí era nuevo: mucho más denso y también variable que el habitual. Lleno de ecos y resonancias, de dulzura y profundidad.

Tras eso, interpretó él solo una pieza fuera de programa. Fue un encuentro con la polifonía de un violín de 1641 (un Nicola Amati según el programa de mano). Escuchando con atención era difícil entender que esa música estuviese hecha por un solo instrumento y por un solo músico. Era una polifonía con formas orientales, un diálogo entre la mano derecha y la izquierda, que también pulsaba las cuerdas. Una música misteriosa y con una intensidad llena de silencios. Al terminar, mientras el público se iba al descanso, varios intérpretes de la OSG se acercaron a su partitura para saber que era lo que había sonado.

Pero la solución no estaba en conocer los datos de la partitura. Llevo pensando desde entonces en lo que allí escuchamos.

Aquella música tenía que ver con un cruce de voces, en voz baja, a veces sin hablar; mejor dicho, con un recuerdo de voces. Había alguna relación entre aquel colorido y la densidad de la memoria, entre la desigualdad de los datos y la certeza de lo que inventamos o necesitamos recordar.

Aquellos sonidos se parecían a otros que había escuchado en los últimos días. Primero la pieza Kala!, del guitarrista Ali Farka Touré y el instrumentista de kora Toumani Diabate (In the heart of the moon, 2005). Sonidos que vienen de la luz, del placer de mirar el desierto, de imaginarlo. Un avanzar y un retroceder constante, una especie de baile sensual y ágil, melancólico, para no olvidar un cuerpo o un desierto.

Pero el Nicola Amati, pequeñito y de un amarillo intenso, también estaba muy cerca de Tirineni Tsitsiki, interpretada por Lila Downs (Una sangre, 2004). Y otra vez la luz intensa, cegadora pero no violenta, una contradición, que te pone frente a otra percepción del tiempo. Un diálogo hipnótico al que se responde en silencio, como a una nana.

En silencio exactamente no. Son músicas que activan ciertas zonas restringidas, que a veces uno identifica conforme las va dibujando en la memoria. Son sonidos para arrancar luz a la memoria, para hacerla salir a campo abierto, para iluminarla y saber qué sí y qué no. No lo que ocurrió, sino lo que va a ocurrir a partir de ahora.

Es la luz que hace que los ojos por momentos sepan a sal: Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. Siempre hubo una granja en África cuando uno cambió de continente. Mirando, imaginando, las grandes extensiones de terreno, las hogueras, los animales salvajes, las rutas a través de lo desconocido, las fiestas con un farol encendido, el sonido de esa luz amarilla y circular, un pequeño instrumento tiene la capacidad de convertirse en brújula también. Sin saberlo.

15 de marzo de 2010

No hay prisa, es viernes a la noche

Tres escenas:
A la mañana.
Miro unas fotos sobre una mujer mayor que sufre Alzheimer. En una de ellas intenta escribir su nombre, pero ya no sabe escribir, también lo ha olvidado. Aún así traza algunas letras: una eme preciosa para iniciar el nombre de Marina, ilegible. En otras fotos está jugando a las cartas con una mujer joven que es su hija. Entonces le pregunto a quien hizo las imágenes si la mujer mayor todavía se acuerda de jugar a las cartas y me responde que no. Pero que su hija juega con ella, cada día, con una seriedad de buena jugadora, a un intercambio de cartas que obedece a reglas desconocidas para las dos. Se inventan un juego y un significado para las cartas, e imagino que para todo lo que existe en ese espacio que comparten. Un juego solo se modifica con otro juego.

Al empezar la noche.
Tuve ganas de acercarme y decirle: Maestro, no hay prisa, es viernes a la noche. El pianista Alexander Ghindin interpretó el viernes pasado de una manera magistral piezas de Scriabin y Rachmaninov. Pero sobre todo Cuadros de una exposición de Modest Mussorgski. A un ritmo lento, mucho en algunas ocasiones, pero de una profundidad difícil de alcanzar. Sonidos de trazos largos y densos que avanzaban con las pulsiones de un ser increíblemente vivo, capaz de apreciar la diferencia. El público reconoció el esfuerzo y el pianista concedió tres piezas breves e igual de intensas que la emoción que había en la sala. Parecía querer seguir tocando toda la noche. Ojalá hubiera sido así.

Al final de tres días.
Al caer la tarde, frente al sol, las aves marinas viajan hacia el mejor lugar para pasar la noche. Frente a la luz rojiza cruzan convertidas en siluetas negras. Un hombre sube con tres niños pequeños a una roca cercana. Intenta sentarse para ver ponerse el sol, pero ellos gritan y juegan y es imposible tener la tranquilidad que parece buscar. Se enfada, les riñe, pero también se rie con ellos. Hablan portugués, me gusta oírles mientras miro el mar. Creo que les dice algo sobre un árbol que se llama guayacán. Falta poco para que empiece la noche. En la cabeza, una y otra vez, un poema de Billy Collins titulado The Introduction, de su libro Lo malo de la poesía. Y la confusión, siempre, con otro de Philip Larkin (¿Es solo por ahora o para siempre / que el mundo tenga que asirse a una estaca?). The Introduction es demasiado largo para copiarlo aquí, que es lo que me gustaría. Habla de lo que es obvio y de lo que es menos obvio, de lo que necesita presentación y de aquello cuya principal propiedad es permanecer en la oscuridad. Y de ser espectador de todo esto.

7 de marzo de 2010

Saberlo y no saber como demostrarlo

La noche del jueves sucedió algo en la orquesta.

Algo que tuvo que ver con un sonido hecho de silencios y encajado en una estructura de enorme precisión (al tiempo que se respiraba un aire de felicidad y satisfacción en los propios músicos). O al menos eso me pareció.

Todo el programa estaba dedicado a Robert Schumann. El Carnaval Op. 9 (orquestado por M. Ravel) se terminó y el público no aplaudía (algo bien raro, pero que se agradece durante esos segundos que siguen a los últimos sonidos). Fue una pieza corta, rara, llena de vida.

Tras ella el Concierto para piano en la menor Op. 54 con el pianista Iván Martín. El piano y la orquesta sonaron llenos de integración y comenzó a escucharse en la sala ese algo que se identifica como excepcional aunque no se pueda demostrar. Daba gusto seguir unos sonidos que, organizados en capas muy finas, recubrian la melancolía y la lentitud de algo que palpitaba en la música. Como luego sucedió en la Sinfonía nº3 en Mi bemol mayor, op. 97, "Renana".

No cabía otra cosa que ir tras aquella ruta que parecía adentrarse por momentos en la taiga rusa, en la nieve y el invierno, en los bosques de abedules de Dersu Uzala. El Maestoso de esa sinfonía fue el avance hacia una tensión irresoluble, hacia un diálogo sordo, a media voz, entre las pulsiones propias del invierno y el ansia de que llegue alguna primavera.

Para mí ha sido uno de los mejores conciertos de la temporada. Hice los cien kilómetros de regreso a casa en silencio.

Dos días después, encontré por casualidad esta frase de E. M. Cioran en un blog de internet y la anoté:

Yo sé que todo es irreal, pero no sé como demostrarlo
.